Ortega y Gasset

Abstract

Argues that national improvement depends on the disappearance of professional politicians and hence on smashing the two great parties; notes with Renan that in Spain a writer may say anything because he influences nothing, and cites Plato’s irony calling intellectuals “philotheamones”, lovers of looking. It takes the Count of Romanones’ speech to the Liberal party as its pretext.

Connections

Concetti: Stato
Figure: Platone
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

I

Aunque no con toda la frecuencia y agresividad deseables, se habla ahora de la disolución de los grandes partidos. Los políticos, quiero decir la gente que vive material o moralmente de la política, ponen, como es natural, el grito en el cielo. Comprenden que al desear la atomización de esos grandes conglomerados no deseamos otra cosa que la desaparición de ellos, de los políticos, de los hombres que sólo son políticos.

Y, sin embargo, no debían enojarse; se trata de un piadoso deseo que alimentan unos cuantos pechos inofensivos. Nada anuncia que tal deseo pueda conseguir inyectarse en los músculos de una parte de la nación. Continúen, pues, tranquilos: en la lucha política de nuestro país los pensamientos comienzan sólo a merecer atención cuando se convierten en movimientos musculares.

Mas el hecho de que no se realice deja intacta la convicción que pueda uno tener de que el mejoramiento nacional depende de la desaparición de los políticos, y que la desaparición de los políticos depende, por el pronto, de que los dos grandes partidos gobernantes se hagan añicos.

Así, claramente. Decía una vez Renan que en los países donde la palabra escrita no ejerce la menor influencia, pueden los escritores proporcionarse la fruición de decir sin ambages cuanto piensan. En este sentido, es España el paraíso de los escritores: tienen opción a presentar en puros cueros todas sus ideas. No pesa sobre ellos la menor responsabilidad. Y no se atribuya esta ineficacia a defectos particulares de este o el otro escritor. Mis recuerdos claros se extienden ya a trece o catorce años —en que tantas vueltas han dado las cosas nacionales—, y todavía no he sorprendido a un escritor ejerciendo influjo en la realidad social. Es posible que esto sea ventajoso, ¿quién sabe? Es posible también que la sociedad esté condenada a ser perpetua presa de los oradores, de los abogados, de los capitanes, de los hombres de negocios. De todas maneras, no intentemos hacer usos nuevos. Abracemos nuestro destino marchando por la senda contemplativa. Hace ya muchos siglos que en un rapto de ironía definió Platón a los que hoy son llamados intelectuales, diciendo que eran filoceamones, contempladores, «amigos de mirar».

En la esfera contemplativa, pues, parece bastante injustificado que pretendan subsistir hoy, en España, dos grandes partidos gobernantes. Numerosas y de vigor nada escaso son las razones que invitan a pensar así. El discurso del señor conde de Romanones nos ofrece un texto reciente en torno al cual podemos desarrollar algunas.

Este discurso ha sido pronunciado ante una gran masa de individuos reunidos en calidad de partido liberal. Y la verdad, si al comenzar el convite la Mariclío, de don Benito Pérez Galdós o algún otro sumo poder simbólico de la Historia les hubiera interpelado singularmente para averiguar qué entendían representar al representar el partido liberal, ¿qué hubieran confesado? La mayor parte —no conviene dudarlo— habría hablado de su primo, de su cuñado, de Don Fulano, de Don Zutano, de su bufete, de su negocio. La menor parte se habría elevado a consideraciones un poco más doctrinales, sosteniendo que el partido liberal era lo contrario que el señor Maura y el señor La Cierva. Nada más.

A los postres ya fue otra cosa: ya todos sabían para qué estaban allí. El conde de Romanones había, por fin, encontrado ese objeto inaprensible, ese fugaz adjetivo que vertido como un aceite de unción sobre el primo, el cuñado, Don Fulano, Don Zutano, el bufete, el negocio, sobre el partido, en fin, había de darle el tono liberal.

Y del discurso del señor presidente del Consejo resulta constituido el partido liberal por ciudadanos que afirman lo siguiente:

Primero. Que en España no hay cuestión religiosa —si bien el orador cita unas palabras de Cánovas para demostrar: a) que el fanatismo y la intolerancia religiosa impiden nada menos que el gobernar; así, en absoluto; b) que el proyecto sobre el Catecismo entra dentro de las ideas y doctrinas del partido conservador.

El señor conde de Romanones tiene la ventaja sobre todos los que bien o mal escribimos de no ser nada contemplativo, de no andarse en contemplaciones o consideraciones. Niega rotundamente, escuetamente, sin exponerse a dar la menor razón, que haya en España cuestión religiosa. Nosotros los especulativos simpatizamos con esta idea del orador. No porque nos parezca verdadera, antes bien, formulada en redondo, nos parece delicadamente absurda, sino porque es una idea original, nueva, que obliga a volver de arriba abajo la historia de España íntegra. Quedamos, pues, en que en España —fíjese el lector que hablamos de España— no hay cuestión religiosa. Mas, ¿a qué viene entonces reconocer que el fanatismo y la intolerancia religiosa no dejan gobernar?

Pero abandonemos esto. Veamos cómo llena el orador la copa del partido con otras gotas de liberalismo, ya que esta primera es una mera negación, que remueve del programa liberal la política religiosa.

Tenemos:

Segundo. Que va a suprimir la ley de Jurisdicciones. Esto es realmente —¿cómo no reconocerlo?— tarea específica del partido liberal. Sin embargo, no es menos característico del partido liberal haberla creado. De donde resulta que el partido liberal consiste en hacer una ley de Jurisdicciones, o bien en deshacerla.

Prosigamos:

Tercero. La ley de Asociaciones. Bueno; una ley de Asociaciones puede hacerla también un partido conservador. Todo está en que la ley se haga de un modo liberal. El modo, no la ley, será liberal. ¿Y cuál es el modo? El orador no lo dice; menos aún: dice que será aun menos liberal que los proyectos presentados. Seguimos, en consecuencia, sin apresar bajo la mano ningún propósito concreto que justifique la existencia de tan enorme estructura política como este partido que se reunió a yantar el otro día.

Continuemos:

Cuarto. La ley de Mancomunidades. Habiendo sido el inventor el partido conservador, no es cosa de que por mínimas variaciones le arrebatemos la paternidad.

Excluida la política religiosa, constituyen —según el señor presidente— «la base y la característica» del partido liberal las soluciones a «los problemas de orden económico y social». ¡Al fin llegamos! ¡Vamos a ver, por último, delinearse sobre el horizonte histórico con rasgos inconfundibles, enérgicos, significativos, la fisonomía liberal del glorioso partido!

Por cierto —y sea esto breve paréntesis— que, aunque no lo ha dicho el señor conde, dejan entender sus palabras que aceptaría un argumento frecuentemente repetido estos días, según el cual antes de arreglar la cuestión religiosa, dado que la haya, conviene arreglar la económica. ¿Qué quiere decir este argumento? ¿Han creído decir algo los que lo han sostenido? ¿Qué tiene que ver una cosa y otra para justificar su ordenación según el antes y el después? No parece sino que los modos del tiempo se reducen a dos, cuando son tres: antes, después y a la vez.

Mas recogiendo toda nuestra atención oigamos en qué consiste la economía y la política social del partido.

Quinto. «En la segunda etapa, dedicada, como os he dicho, a la obra económica, a todo cuanto demanda el fomento y desarrollo de los intereses materiales de las fuerzas vivas del país, será el proyecto de ley de presupuestos su materia y finalidad principal, aparte de aquellos proyectos de carácter social de los cuales hace el Gobierno su más notoria acentuación, terreno adonde irá sin vacilaciones, procurando, como es debido, que las soluciones que presente sean sentidas, se compenetren con las aspiraciones y las ideas de todos los liberales; no duda que el proyecto de presupuestos, que ha de ser leído en plazo muy breve, satisfaga, en la medida de lo posible, estas aspiraciones; espera que no sea un presupuesto más; desea que su obra responda a la atención que la ha prestado: persigue por todos los medios mantenerse dentro de la cifra de gastos del actual presupuesto, y aunque en algunos departamentos sea preciso mayor aumento, procura, en cambio, por medio de una reorganización de los servicios, buscar en otros la compensación».

Ahí tiene el lector lo que es preciso hacer antes para poder después transitar a otros problemas. Ahí tiene la economía liberal, la política social, la hacienda del gran aparato turnante. Ése, ése es el grave asunto nacional a que han dedicado su labor intensa los políticos liberales, y ese párrafo recoge y formula los resultados luminosos de tales cavilaciones. Y esos evidentes, concretos, complejos, curiosos resultados forman la esencia del credo liberal, por los cuales —según se dice más arriba— «combaten en el mundo entero los hombres consagrados a realizar el bien de su país».

No obstante, el partido liberal, que había de encontrar ahí «la base y la característica de su política», dedicará «su mayor atención» a otra cosa muy distinta, a saber:

Sexto. El Ejército y la Marina; «para ello, pensadlo bien, no hay sacrificio, por exagerado que fuere, que pueda parecer grande».

I

Although not with all the frequency and aggressiveness desirable, there is now talk of the dissolution of the great parties. The politicians, I mean the people who live materially or morally off politics, raise, naturally, a hue and cry. They understand that in desiring the atomization of those great conglomerates we desire nothing other than their disappearance, of the politicians, of the men who are only politicians.

And, nevertheless, they should not be annoyed; it is a pious desire nourished by a few inoffensive breasts. Nothing announces that such a desire can succeed in injecting itself into the muscles of a part of the nation. Let them continue, then, tranquil: in the political struggle of our country thoughts begin only to merit attention when they turn into muscular movements.

But the fact that it is not realized leaves intact the conviction one may have that national betterment depends on the disappearance of the politicians, and that the disappearance of the politicians depends, for the present, on the two great governing parties being shattered to pieces.

Thus, clearly. Renan once said that in countries where the written word exercises not the least influence, writers can procure themselves the fruition of saying without mincing words all they think. In this sense, Spain is the paradise of writers: they have the option of presenting all their ideas in the pure nude. No responsibility weighs upon them. And let this ineffectiveness not be attributed to particular defects of this or that writer. My clear memories extend already to thirteen or fourteen years —in which national affairs have turned so many times—, and still I have not caught a writer exercising influence on social reality. It is possible that this is advantageous, who knows? It is also possible that society is condemned to be the perpetual prey of the orators, the lawyers, the captains, the businessmen. In any case, let us not try to make new usages. Let us embrace our destiny marching along the contemplative path. It is already many centuries since, in a fit of irony, Plato defined those who today are called intellectuals, saying they were philotheamonos, contemplators, «friends of looking».

In the contemplative sphere, then, it seems quite unjustified that there should pretend to subsist today, in Spain, two great governing parties. Numerous, and of no scant vigor, are the reasons that invite one to think thus. The speech of the Count of Romanones offers us a recent text around which we can develop some of them.

This speech has been pronounced before a great mass of individuals gathered in the capacity of liberal party. And in truth, if at the beginning of the banquet Mariclío, of Don Benito Pérez Galdós, or some other supreme symbolic power of History, had individually interrogated them to ascertain what they understood themselves to represent when representing the liberal party, what would they have confessed? The greater part —it is not well to doubt it— would have spoken of his cousin, his brother-in-law, Don So-and-so, Don What’s-his-name, his law office, his business. The lesser part would have risen to somewhat more doctrinal considerations, maintaining that the liberal party was the contrary of Mr. Maura and Mr. La Cierva. Nothing more.

At dessert it was already another matter: now everyone knew why they were there. The Count of Romanones had, at last, found that inapprehensible object, that fugitive adjective which, poured like an unction oil over the cousin, the brother-in-law, Don So-and-so, Don What’s-his-name, the law office, the business, over the party, in short, was to give it the liberal tone.

And from the speech of the president of the Council there results the liberal party constituted by citizens who affirm the following:

First. That in Spain there is no religious question —although the orator cites some words of Cánovas to show: a) that religious fanaticism and intolerance prevent nothing less than governing; thus, absolutely; b) that the project on the Catechism falls within the ideas and doctrines of the conservative party.

The Count of Romanones has the advantage over all of us who write well or ill of being not at all contemplative, of not going in for contemplations or considerations. He roundly, curtly denies, without exposing himself to give the slightest reason, that there is a religious question in Spain. We the speculative ones sympathize with this idea of the orator. Not because it seems to us true; rather, formulated in the round, it seems to us delicately absurd, but because it is an original, new idea, which obliges one to turn the whole history of Spain upside down. We remain, then, in this: that in Spain —let the reader note that we speak of Spain— there is no religious question. But, then, why the recognition that religious fanaticism and intolerance do not allow governing?

But let us leave this. Let us see how the orator fills the cup of the party with other drops of liberalism, since this first one is a mere negation, which removes religious politics from the liberal program.

We have:

Second. That it is going to abolish the law of Jurisdictions. This is really —how not to recognize it?— a specific task of the liberal party. However, it is no less characteristic of the liberal party to have created it. From which it results that the liberal party consists in making a law of Jurisdictions, or else in undoing it.

Let us proceed:

Third. The law of Associations. Well; a law of Associations can also be made by a conservative party. Everything lies in the law being made in a liberal way. The way, not the law, will be liberal. And what is the way? The orator does not say; less still: he says it will be even less liberal than the projects presented. We continue, consequently, without grasping under our hand any concrete purpose that justifies the existence of so enormous a political structure as this party that gathered to feast the other day.

Let us continue:

Fourth. The law of Commonwealths. The inventor having been the conservative party, it is not a matter of our snatching paternity from it for minimal variations.

Religious politics being excluded, the solutions to «the problems of economic and social order» constitute —according to the president— «the base and the characteristic» of the liberal party. At last we have arrived! We shall at last see delineated upon the historical horizon, with unmistakable, energetic, significant features, the liberal physiognomy of the glorious party!

By the way —and let this be a brief parenthesis—, although the Count has not said it, his words give to understand that he would accept an argument frequently repeated these days, according to which before settling the religious question, granting there is one, it is well to settle the economic one. What does this argument mean? Have those who have upheld it believed they were saying something? What has one thing to do with the other to justify their ordering according to the before and the after? It seems only that the modes of time are reduced to two, when they are three: before, after, and at the same time.

But gathering all our attention, let us hear in what the economy and social politics of the party consist.

Fifth. «In the second stage, dedicated, as I have told you, to the economic work, to all that the foment and development of the material interests of the living forces of the country demand, the budget bill will be its principal matter and purpose, apart from those projects of a social character on which the Government lays its most notable accent, ground where it will go without hesitation, seeking, as is proper, that the solutions it presents be felt, be steeped in the aspirations and ideas of all liberals; it does not doubt that the budget bill, which is to be read within a very short time, will satisfy, in so far as possible, these aspirations; it hopes it may not be one more budget; it desires that its work answer the attention it has given it: it pursues by all means to keep within the expenditure figure of the present budget, and although in some departments a greater increase may be necessary, it seeks, instead, by means of a reorganization of the services, to find in others the compensation».

There the reader has what must be done before being able afterward to pass on to other problems. There he has the liberal economy, the social politics, the finance of the great rotating apparatus. That, that is the grave national affair to which the liberal politicians have dedicated their intense labor, and that paragraph gathers and formulates the luminous results of such musings. And those evident, concrete, complex, curious results form the essence of the liberal creed, for which —as is said above— «men consecrated to the good of their country fight all over the world».

Nevertheless, the liberal party, which was to find there «the base and the characteristic of its politics», will devote «its greatest attention» to something very different, namely:

Sixth. The Army and the Navy; «for this, think well, there is no sacrifice, however exaggerated it might be, that can seem great».

I

Sebbene non con tutta la frequenza e aggressività desiderabili, si parla ora della dissoluzione dei grandi partiti. I politici, voglio dire la gente che vive materialmente o moralmente della politica, alzano, com’è naturale, le mani al cielo. Comprendono che nel desiderare l’atomizzazione di quei grandi conglomerati non desideriamo altra cosa che la loro scomparsa, dei politici, degli uomini che sono soltanto politici.

E, tuttavia, non dovrebbero adirarsi; si tratta di un pio desiderio che alimentano pochi petti inoffensivi. Nulla annuncia che tale desiderio possa riuscire a iniettarsi nei muscoli di una parte della nazione. Continuino, dunque, tranquilli: nella lotta politica del nostro paese i pensieri cominciano soltanto a meritare attenzione quando si convertono in movimenti muscolari.

Ma il fatto che non si realizzi lascia intatta la convinzione che si possa avere che il miglioramento nazionale dipenda dalla scomparsa dei politici, e che la scomparsa dei politici dipenda, per il momento, da ciò che i due grandi partiti governanti vadano in frantumi.

Così, chiaramente. Diceva una volta Renan che nei paesi dove la parola scritta non esercita la minima influenza, possono gli scrittori procurarsi il godimento di dire senza ambagi quanto pensano. In questo senso, la Spagna è il paradiso degli scrittori: hanno la possibilità di presentare in pure carni tutte le loro idee. Non pesa su di loro la minima responsabilità. E non si attribuisca questa inefficacia a difetti particolari di questo o quell’altro scrittore. I miei ricordi chiari si estendono già a tredici o quattordici anni —in cui tante volte sono girate le cose nazionali—, e ancora non ho sorpreso uno scrittore che eserciti un influsso nella realtà sociale. È possibile che questo sia vantaggioso, chi sa? È possibile anche che la società sia condannata a essere perpetua preda degli oratori, degli avvocati, dei capitani, degli uomini d’affari. In ogni maniera, non tentiamo di fare usi nuovi. Abbracciamo il nostro destino marciando per il sentiero contemplativo. Sono già molti secoli che in un impeto di ironia Platone definì quelli che oggi sono chiamati intellettuali, dicendo che erano filoceamoni, contemplatori, «amici di guardare».

Nella sfera contemplativa, dunque, sembra abbastanza ingiustificato che pretendano di sussistere oggi, in Spagna, due grandi partiti governanti. Numerose e di vigore niente affatto scarso sono le ragioni che invitano a pensare così. Il discorso del signor conte di Romanones ci offre un testo recente attorno al quale possiamo svilupparne alcune.

Questo discorso è stato pronunciato dinanzi a una grande massa di individui riuniti in qualità di partito liberale. E la verità, se all’inizio del convito la Mariclío, di don Benito Pérez Galdós o qualche altro supremo potere simbolico della Storia li avesse interpellati singolarmente per appurare che cosa intendessero rappresentare rappresentando il partito liberale, che cosa avrebbero confessato? La maggior parte —non conviene dubitarne— avrebbe parlato di suo cugino, di suo cognato, di Don Tizio, di Don Caio, del suo studio, del suo affare. La minor parte si sarebbe elevata a considerazioni un po’ più dottrinali, sostenendo che il partito liberale era il contrario del signor Maura e del signor La Cierva. Niente di più.

Ai dessert fu già un’altra cosa: già tutti sapevano a che cosa erano lì. Il conte di Romanones aveva, per fin, trovato quell’oggetto inafferrabile, quel fugace aggettivo che, versato come un olio di unzione sul cugino, il cognato, Don Tizio, Don Caio, lo studio, l’affare, sul partito, in somma, doveva darle il tono liberale.

E dal discorso del signor presidente del Consiglio risulta costituito il partito liberale da cittadini che affermano quanto segue:

Primo. Che in Spagna non c’è questione religiosa —sebbene l’oratore citi alcune parole di Cánovas per dimostrare: a) che il fanatismo e l’intolleranza religiosa impediscono nientemeno che il governare; così, in assoluto; b) che il progetto sul Catechismo rientra dentro le idee e le dottrine del partito conservatore.

Il signor conte di Romanones ha il vantaggio su tutti noi che scriviamo bene o male di non essere niente affatto contemplativo, di non perdersi in contemplazioni o considerazioni. Nega rotondamente, speditamente, senza esporsi a dare la minima ragione, che in Spagna ci sia questione religiosa. Noi speculativi simpatizziamo con questa idea dell’oratore. Non perché ci sembri vera, anzi, formulata in tondo, ci sembra delicatamente assurda, ma perché è un’idea originale, nuova, che obbliga a rivoltare da cima a fondo la storia di Spagna integra. Restiamo, dunque, in questo: che in Spagna —badì il lettore che parliamo di Spagna— non c’è questione religiosa. Ma, allora, a che viene riconoscere che il fanatismo e l’intolleranza religiosa non lasciano governare?

Ma abbandoniamo questo. Vediamo come l’oratore riempie la coppa del partito con altre gocce di liberalismo, poiché questa prima è una mera negazione, che rimuove dal programma liberale la politica religiosa.

Abbiamo:

Secondo. Che sopprimerà la legge delle Giurisdizioni. Questo è realmente —come non riconoscerlo?— compito specifico del partito liberale. Tuttavia, non è meno caratteristico del partito liberale averla creata. Da dove risulta che il partito liberale consiste nel fare una legge delle Giurisdizioni, oppure nel disfarla.

Proseguiamo:

Terzo. La legge delle Associazioni. Bene; una legge delle Associazioni può farla anche un partito conservatore. Tutto sta in questo, che la legge si faccia in un modo liberale. Il modo, non la legge, sarà liberale. E quale è il modo? L’oratore non lo dice; meno ancora: dice che sarà ancora meno liberale dei progetti presentati. Seguiamo, in conseguenza, senza afferrare sotto la mano nessun proposito concreto che giustifichi l’esistenza di così enorme struttura politica come questo partito che si riunì a banchettare l’altro giorno.

Continuiamo:

Quarto. La legge delle Mancomunidades. Essendo stato l’inventore il partito conservatore, non è il caso che per minime variazioni gli sottraiamo la paternità.

Esclusa la politica religiosa, costituiscono —secondo il signor presidente— «la base e la caratteristica» del partito liberale le soluzioni a «i problemi di ordine economico e sociale». Finalmente siamo arrivati! Vedremo, per ultimo, delinearsi sull’orizzonte storico con tratti inconfondibili, energici, significativi, la fisionomia liberale del glorioso partito!

Del resto —e sia questo breve parentesi— che, sebbene non lo abbia detto il signor conte, le sue parole lasciano intendere che accetterebbe un argomento frequentemente ripetuto in questi giorni, secondo il quale prima di sistemare la questione religiosa, ammesso che ci sia, conviene sistemare l’economica. Che cosa vuol dire questo argomento? Hanno creduto di dire qualcosa coloro che lo hanno sostenuto? Che cosa ha a che vedere l’una cosa e l’altra per giustificare la loro ordinazione secondo il prima e il dopo? Non sembra se non che i modi del tempo si riducano a due, quando sono tre: prima, dopo e a la volta.

Ma raccogliendo tutta la nostra attenzione ascoltiamo in che cosa consiste l’economia e la politica sociale del partito.

Quinto. «Nella seconda tappa, dedicata, come vi ho detto, all’opera economica, a tutto quanto domanda il fomento e lo sviluppo degli interessi materiali delle forze vive del paese, sarà il progetto di legge di bilancio la sua materia e finalità principale, a parte quei progetti di carattere sociale dei quali il Governo fa la sua più notoria accentuazione, terreno dove andrà senza esitazioni, procurando, come si deve, che le soluzioni che presenti siano sentite, si compenetrino con le aspirazioni e le idee di tutti i liberali; non dubita che il progetto di bilancio, che deve essere letto in brevissimo termine, soddisfi, nella misura del possibile, queste aspirazioni; spera che non sia un bilancio di più; desidera che la sua opera risponda all’attenzione che le ha prestato: persegue per tutti i mezzi di mantenersi dentro la cifra di spese dell’attuale bilancio, e sebbene in alcuni dipartimenti sia necessario un maggiore aumento, procura, in cambio, per mezzo di una riorganizzazione dei servizi, di cercare in altri la compensazione».

Ecco il lettore ha ciò che è necessario fare prima per poter dopo transitare ad altri problemi. Ecco l’economia liberale, la politica sociale, la finanza del grande apparato turnante. Quello, quello è il grave assunto nazionale a cui i politici liberali hanno dedicato la loro intensa opera, e quel paragrafo raccoglie e formula i risultati luminosi di tali cavillazioni. E quegli evidenti, concreti, complessi, curiosi risultati formano l’essenza del credo liberale, per i quali —secondo si dice più sopra— «combattono nel mondo intero gli uomini consacrati a realizzare il bene del loro paese».

Nondimeno, il partito liberale, che doveva trovare lì «la base e la caratteristica della sua politica», dedicherà «la sua maggiore attenzione» a un’altra cosa molto distinta, vale a dire:

Sesto. L’Esercito e la Marina; «per questo, pensateci bene, non c’è sacrificio, per esagerato che fosse, che possa sembrare grande».

Esto es todo. Para recibir semejante unción y hasta aplaudir briosamente han peregrinado de Gog y de Magog, de las cuarenta y nueve provincias, multitud de ciudadanos. Estos ciudadanos forman un partido que pretende asumir la política española. Pero, como se ve, constituyen un peligro nacional: a ser sinceros los aplausos tributados al discurso del señor conde de Romanones, pondrían de manifiesto su escaso poder de reflexionar. ¿Cómo vamos a situar el destino de España en esas manos plaudentes que obedecen a corazones tan irreflexivos?

Yo prefiero creer que los aplausos no han sido sinceros, antes bien burlones. Porque, en definitiva, la única misión verdaderamente liberal que el señor conde de Romanones propone a su partido, suprime a éste de una manera automática el derecho a subsistir. Esta misión definitoria del partido liberal consiste en… arrimarse a las izquierdas.

Tenemos, en resolución, que el partido liberal sólo es liberal cuando deja de ser él y se torna la sombra de un cuerpo ajeno. Así es, en efecto. Ésta es la realidad. Los que deseamos la disolución del partido liberal no afirmamos otra cosa. El liberalismo no puede hoy tener otra representación que esa fuerte, pero flúida potencia que con justa vaguedad llamamos izquierdas. Y como ésa es la realidad, consideramos que el partido liberal con esas pretensiones de imponente organización definida es una falsificación de la realidad. Pretende ser máxima fuerza viva y es una sombra cesante que busca colocación junto a algún cuerpo.

El caso es de alguna gravedad a poco que se medite. Que el partido liberal no sea liberal, que no contenga una doctrina política, podría resultar indiferente si no nos sintiéramos movidos a preguntarnos lo inverso: si no contiene una doctrina política, ¿qué es lo que contiene ese partido? Si no es partido de ideas, ¿de qué es partido? ¿Qué fuerza lo sustenta en cohesión? ¿Qué poder conjuntivo lo mantiene?

Nacen vivísimas sospechas de que el partido liberal esté tejido exclusivamente del primo, del cuñado, de Don Fulano, de Don Zutano, de mi bufete, de tu bufete, de los negocios —buenos o malos, que para el caso es lo mismo. Entonces, si el partido conservador bajo la jefatura del señor Maura era un peligro nacional, el partido liberal sería un estorbo también nacional.

Veamos por qué. El resumen del discurso presidencial nos ha comido hoy espacio. Mas era forzoso hacerlo para coger in fraganti vacuidad política a los comensales del Palace Hotel. De otro modo, se nos acusaría de crítica abstracta.

En rigor, el discurso no merece gran atención. El señor conde de Romanones, que es un hombre de mundo, será acaso el primero en no dar importancia a sus discursos. Ni pedimos, claro está, que los discursos se conviertan en tratados; nos contentaríamos con que mencionaran algunas observaciones concretas que se puedan oír en serio. Un arrebato de condescendencia nos llevaría a más. Llegaríamos a reconocer que con ese discurso pueden ocho hombres mantenerse en el Gobierno unos cuantos meses y hasta significar un matiz equívoco, una entre las cien modulaciones posibles dentro de la amplia realidad izquierdista. Pero no podríamos admitir nunca que ese discurso, ni dos docenas como él, justifiquen la existencia del partido liberal. Antes al contrario, exigen perentoriamente su dislocación. Sigamos viendo por qué.

El Imparcial, 22 de abril de 1913

II

Nada puede soliviantar más fundamentalmente a un patriotismo que mira las cosas con alguna sutileza como la supervivencia de un gran partido exento de ideas políticas. Tal acontece con el partido liberal.

Si se nos refiriera que en cierta casa, a hora determinada, suele reunirse un número considerable de personas, una curiosidad muy razonable nos llevaría a indagar por qué y para qué se reúnen. Pues aunque el hombre tiene una tendencia natural a la sociedad, la agrupación de hombres en sociedades particulares e internas a la común cuenca social, necesita de justificación explícita. Yace en el fondo de nuestra conciencia la indominable sospecha de que toda asociación particular lleva en sí un germen enemigo de la sociedad general. Como si algo nos forzara a pensar que la más densa fraternidad entre unos cuantos individuos sólo es posible a costa de la fraternidad entre todos. De aquí que un partido político necesite a diario justificar su existencia haciendo plausibles los motivos en que se funda su cohesión. La ley exige de las asociaciones que declaren sus fines para tolerarlas o no. Sobre este trámite jurídico debe la conciencia pública exigir de los partidos su justificación moral.

Ésta es la que el partido liberal se obstina en no rendir. Y va siendo una cuestión ineludible de patriotismo demandársela con alguna energía. Se vale dicho partido de la inercia mental que padecen nuestras clases superiores, para quienes lo acostumbrado es, ipso facto, lo justificado.

La España de hoy —salvo unos pocos sobrevivientes de la revolución del 68— se compone de hombres educados ya en la época restauradora, gentes que al llegar al mundo y abrir los ojos encontraron allá arriba el sol, padre del día, y la luna administradora de la noche, y aquí abajo el partido conservador dividiéndose el imperio de las criaturas con el partido liberal, y así como les es difícil imaginar un firmamento sin sol ni luna gentil, no conciben una política de donde se halle ausente el partido liberal. Esta costumbre hay que romper; esta inercia hay que movilizar. Si queremos que cesen los errores acostumbrados de la época restauradora habrá que variar también la rutinaria estructura de la política. Ni una volada puede echar la raza sobre esas dos viejas alas anquilosadas —partido liberal, partido conservador.

Un siglo hace que nació —en España, por cierto— el nombre de liberal. Harto vivir para que una palabra política no se halle decrépita y exhausta. ¿Qué es ser liberal? ¿Quién puede hoy decir qué es ser liberal? El conde de Romanones, siguiendo también en esto la rutina, nos habla de Sagasta, de Alonso Martínez. Podía haber añadido Indíbil y Mandonio. ¡La tradición liberal! Como san Francisco de Asís se alimentaba con el canto de las cigarras, el partido liberal aspira a sustentarse con vocablos.

Pensadores, luchadores, héroes, formaron el partido liberal porque necesitaban forjar un órgano a su idealismo, a su doctrina. Ahora acontece lo inverso: el partido liberal se compone, en su inmensa mayoría, de gentes que no son otra cosa que miembros del partido liberal. No el partido de ellos, ellos viven del partido.

Esto es lo más grave. Cuando un partido tiene ideas fuertes, propósitos claros y suficientes, es que lo integran hombres dotados de personalidad propia, de ideas propias. ¿De dónde si no llegaron las ideas al partido? Esos hombres se agruparon como movidos por la secreta solidaridad que poseen las opiniones, tácitamente dispuestos a romper en cualquier sazón el grupo si éste pretendía mediatizar las convicciones individuales. La disciplina del partido es peligrosa sin esta garantía automática, fundada en que sus miembros poseen un valor social independientemente de aquél.

En el partido soi-disant liberal acontece todo lo contrario. Es doloroso decir con crudeza estas cosas cuando se desea no ofender a nadie en particular, y expresar, no obstante, la verdad. Si en un momento sucumbiera el partido liberal, ¿cuántos nombres desaparecerían de un golpe, como reabsorbidos por la nada? Tantos, que sería corto preguntar cuántos subsistirían. Ciudadanos ignotos en cualquier orden de la realidad española se sirven de un partido para mantener un panorama artificial que dé pretexto a una perspectiva imaginaria, donde se finjan dimensiones de grandeza, medianía y menudencia. Así un ciudadano que en ningún orden contribuye a la prez de España puede resultar grande hombre; no grande hombre en la realidad, sino grande hombre en el partido liberal. Un adarme de verismo que penetrara en ese ámbito ilusorio lo destruiría irremisiblemente. Por eso sus habitantes, los políticos, ponen tanto empeño en cerrarlo herméticamente.

He ahí lo que es el partido liberal. Lejos de fluir por sus poros la opinión pública en todas sus formas, es un recinto donde los últimos representantes de la España vieja se hacen fuertes contra la nueva opinión pública. En él reside el Estado Mayor de la incompetencia, del favoritismo y de la falta de religiosidad nacional. Cuando las convulsiones hondas del pobre pueblo anónimo hacen triunfar los principios democráticos, el partido liberal se interpone entre esas fuerzas positivas y el jefe del Estado, presentándose como el director de aquéllas.

Y así son posibles detalles como éste, que sufrirá, naturalmente, rectificación, sin que por eso deje de ser exacto. Cuando los ocho hombres que fortuitamente representan la avalancha izquierdista asisten a cierta reunión semanal y el jefe del Estado solicita de ellos reformas democráticas, los ocho hombres se miran entre mohínos y asombrados como diciendo: ¿Qué será lo que se nos pide?

This is all. To receive such an unction and even to applaud briskly have pilgrimaged from Gog and Magog, from the forty-nine provinces, a multitude of citizens. These citizens form a party that pretends to take over Spanish politics. But, as is seen, they constitute a national danger: were the applause paid to the speech of the Count of Romanones sincere, it would lay bare their scant power of reflection. How are we to place the destiny of Spain in those applauding hands that obey such unreflective hearts?

I prefer to believe that the applause has not been sincere, rather mocking. Because, in the end, the only truly liberal mission that the Count of Romanones proposes to his party suppresses, in an automatic way, its right to subsist. This defining mission of the liberal party consists in… drawing near to the lefts.

We have, in conclusion, that the liberal party is liberal only when it ceases to be itself and becomes the shadow of an alien body. Thus it is, in effect. This is the reality. Those of us who desire the dissolution of the liberal party affirm nothing else. Liberalism cannot today have any other representation than that strong, but fluid power which with just vagueness we call the lefts. And since that is the reality, we consider that the liberal party, with those pretensions of an imposing, definite organization, is a falsification of reality. It pretends to be maximum living force and is an outgoing shadow seeking a place beside some body.

The case is of some gravity if one reflects but a little. That the liberal party is not liberal, that it contains no political doctrine, could turn out to be indifferent if we did not feel moved to ask ourselves the inverse: if it contains no political doctrine, what is it that that party contains? If it is not a party of ideas, of what is it a party? What force sustains it in cohesion? What conjunctive power maintains it?

Very lively suspicions are born that the liberal party is woven exclusively of the cousin, the brother-in-law, Don So-and-so, Don What’s-his-name, my law office, your law office, of businesses —good or bad, which for the case is the same. Then, if the conservative party under the leadership of Mr. Maura was a national danger, the liberal party would be also a national nuisance.

Let us see why. The summary of the presidential speech has eaten space today. But it was necessary to do it to catch in flagrante the political vacuity of the diners at the Palace Hotel. Otherwise, we would be accused of abstract criticism.

Strictly, the speech does not deserve great attention. The Count of Romanones, who is a man of the world, will perhaps be the first not to attach importance to his speeches. Nor do we ask, of course, that speeches become treatises; we would content ourselves that they mentioned some concrete observations that can be heard in earnest. An outburst of condescension would carry us further. We would come to recognize that with that speech eight men can keep themselves in the Government a few months and even signify an equivocal nuance, one among the hundred possible modulations within the broad leftist reality. But we could never admit that that speech, nor two dozen like it, justify the existence of the liberal party. Quite the contrary, they peremptorily demand its dislocation. Let us go on seeing why.

El Imparcial, April 22, 1913

II

Nothing can more fundamentally stir a patriotism that looks at things with some subtlety than the survival of a great party devoid of political ideas. Such happens with the liberal party.

If it were told us that in a certain house, at a determinate hour, a considerable number of persons is wont to meet, a very reasonable curiosity would lead us to inquire why and for what they meet. For although man has a natural tendency to society, the grouping of men into particular societies, internal to the common social basin, needs explicit justification. There lies at the bottom of our conscience the indomitable suspicion that every particular association carries in itself an enemy germ of the general society. As if something forced us to think that the densest fraternity among a few individuals is possible only at the cost of fraternity among all. Hence a political party needs daily to justify its existence by making plausible the motives on which its cohesion is founded. The law requires of associations that they declare their ends in order to tolerate them or not. Over this juridical formality the public conscience ought to demand of parties their moral justification.

This is the one that the liberal party is obstinate in not rendering. And it is becoming an unavoidable question of patriotism to demand it with some energy. That party avails itself of the mental inertia that our upper classes suffer, for whom the accustomed is, ipso facto, the justified.

The Spain of today —save a few survivors of the revolution of ‘68— is made up of men already educated in the Restoration era, people who on coming into the world and opening their eyes found up above the sun, father of the day, and the moon administrator of the night, and down below the conservative party dividing the empire of creatures with the liberal party, and just as it is hard for them to imagine a firmament without sun or gentle moon, they do not conceive a politics from which the liberal party is absent. This habit must be broken; this inertia must be mobilized. If we want the accustomed errors of the Restoration era to cease, the routine structure of politics will also have to be varied. The race cannot take a single flight on those two old ankylosed wings —liberal party, conservative party.

A century ago the name of liberal was born —in Spain, indeed. Quite enough living for a political word not to find itself decrepit and exhausted. What is it to be liberal? Who can today say what it is to be liberal? The Count of Romanones, following routine also in this, speaks to us of Sagasta, of Alonso Martínez. He might have added Indibil and Mandonio. The liberal tradition! As Saint Francis of Assisi fed himself with the song of the cicadas, the liberal party aspires to sustain itself with vocables.

Thinkers, fighters, heroes formed the liberal party because they needed to forge an organ for their idealism, for their doctrine. Now the inverse happens: the liberal party is composed, in its immense majority, of people who are nothing other than members of the liberal party. Not their party; they live off the party.

This is the gravest thing. When a party has strong ideas, clear and sufficient purposes, it is because men endowed with their own personality, with their own ideas, integrate it. Whence else did the ideas come to the party? Those men grouped themselves as if moved by the secret solidarity that opinions possess, tacitly disposed to break the group at any season if it pretended to mediatize individual convictions. Party discipline is dangerous without this automatic guarantee, founded on the fact that its members possess a social value independently of it.

In the soi-disant liberal party just the opposite happens. It is painful to say these things crudely when one desires to offend no one in particular, and to express, nevertheless, the truth. If at some moment the liberal party were to succumb, how many names would disappear at a blow, as if reabsorbed by nothingness? So many, that it would be scant to ask how many would subsist. Citizens unknown in any order of Spanish reality use a party to maintain an artificial panorama that gives pretext to an imaginary perspective, where dimensions of greatness, mediocrity, and smallness are feigned. Thus a citizen who in no order contributes to the glory of Spain can turn out a great man; not a great man in reality, but a great man in the liberal party. A grain of verism that penetrated that illusory sphere would destroy it irrevocably. That is why its inhabitants, the politicians, put so much effort into closing it hermetically.

Behold what the liberal party is. Far from public opinion flowing through its pores in all its forms, it is an enclosure where the last representatives of old Spain make themselves strong against the new public opinion. In it resides the general staff of incompetence, of favoritism, and of the lack of national religiosity. When the deep convulsions of the poor anonymous people make the democratic principles triumph, the liberal party interposes itself between those positive forces and the head of the State, presenting itself as the director of the former.

And thus details like this one are possible, which will, naturally, suffer rectification, without ceasing on that account to be exact. When the eight men who fortuitously represent the leftist avalanche attend a certain weekly meeting and the head of the State solicits of them democratic reforms, the eight men look at one another sulky and amazed, as if saying: What can it be that is asked of us?

Questo è tutto. Per ricevere simile unzione e persino applaudire vigorosamente sono peregrinati da Gog e Magog, dalle quarantanove province, moltitudine di cittadini. Questi cittadini formano un partito che pretende di assumere la politica spagnola. Ma, come si vede, costituiscono un pericolo nazionale: a essere sinceri, gli applausi tributati al discorso del signor conte di Romanones metterebbero in evidenza la loro scarsa capacità di riflettere. Come andremo a collocare il destino di Spagna in quelle mani plaudenti che obbediscono a cuori così irriflessivi?

Io preferisco credere che gli applausi non siano stati sinceri, piuttosto canzonatori. Perché, in definitiva, l’unica missione veramente liberale che il signor conte di Romanones propone al suo partito sopprime a questo, in maniera automatica, il diritto a sussistere. Questa missione definitrice del partito liberale consiste in… accostarsi alle sinistre.

Abbiamo, in conclusione, che il partito liberale è liberale soltanto quando cessa di essere se stesso e si fa ombra di un corpo altrui. Così è, in effetti. Questa è la realtà. Noi che desideriamo la dissoluzione del partito liberale non affermiamo altra cosa. Il liberalismo non può avere oggi altra rappresentazione che quella forte, ma fluida potenza che con giusta vaghezza chiamiamo sinistre. E poiché questa è la realtà, consideriamo che il partito liberale con quelle pretese di imponente organizzazione definita sia una falsificazione della realtà. Pretende di essere massima forza viva ed è un’ombra cessante che cerca collocazione accanto a qualche corpo.

Il caso è di qualche gravità a poco che si mediti. Che il partito liberale non sia liberale, che non contenga una dottrina politica, potrebbe risultare indifferente se non ci sentissimo mossi a domandarci l’inverso: se non contiene una dottrina politica, che cosa è che contiene quel partito? Se non è partito di idee, di che cosa è partito? Quale forza lo sostiene in coesione? Quale potere congiuntivo lo mantiene?

Nascono vivissimi sospetti che il partito liberale sia tessuto esclusivamente del cugino, del cognato, di Don Tizio, di Don Caio, del mio studio, del tuo studio, degli affari —buoni o cattivi, che per il caso è lo stesso. Allora, se il partito conservatore sotto la capitananza del signor Maura era un pericolo nazionale, il partito liberale sarebbe un impaccio anche nazionale.

Vediamo perché. Il riassunto del discorso presidenziale ci ha mangiato oggi spazio. Ma era forzoso farlo per cogliere in flagrante vacuità politica i commensali del Palace Hotel. Altrimenti, ci si accuserebbe di critica astratta.

A rigore, il discorso non merita grande attenzione. Il signor conte di Romanones, che è un uomo di mondo, sarà forse il primo a non dare importanza ai suoi discorsi. Né chiediamo, naturalmente, che i discorsi si convertano in trattati; ci contenteremmo che menzionassero alcune osservazioni concrete che si possano ascoltare seriamente. Un impeto di condiscendenza ci porterebbe a più. Arriveremmo a riconoscere che con quel discorso possono otto uomini mantenersi nel Governo qualche mese e persino significare una sfumatura equivoca, una tra le cento modulazioni possibili dentro l’ampia realtà sinistrorsa. Ma non potremmo mai ammettere che quel discorso, né due dozzine come lui, giustifichino l’esistenza del partito liberale. Anzi al contrario, esigono perentoriamente la sua dislocazione. Seguiamo vedendo perché.

El Imparcial, 22 aprile 1913

II

Nulla può sobillare più fondamentalmente un patriottismo che guarda le cose con qualche sottigliezza come la sopravvivenza di un grande partito esente da idee politiche. Tale accade con il partito liberale.

Se ci si riferisse che in certa casa, a ora determinata, suole riunirsi un numero considerevole di persone, una curiosità molto ragionevole ci porterebbe a indagare perché e a che scopo si riuniscono. Poiché sebbene l’uomo abbia una tendenza naturale alla società, l’aggregazione di uomini in società particolari e interne alla comune conca sociale, ha bisogno di giustificazione esplicita. Giace nel fondo della nostra coscienza l’indominabile sospetto che ogni associazione particolare porti in sé un germe nemico della società generale. Come se qualcosa ci forzasse a pensare che la più densa fratellanza tra pochi individui sia possibile soltanto a costo della fratellanza tra tutti. Di qui che un partito politico abbia bisogno ogni giorno di giustificare la sua esistenza rendendo plausibili i motivi in cui si fonda la sua coesione. La legge esige dalle associazioni che dichiarino i loro fini per tollerarle o no. Sopra questo tratto giuridico deve la coscienza pubblica esigere dai partiti la loro giustificazione morale.

Questa è quella che il partito liberale si ostina a non rendere. E va diventando una questione ineludibile di patriottismo domandargliela con qualche energia. Si vale detto partito dell’inerzia mentale che patiscono le nostre classi superiori, per le quali l’abituato è, ipso facto, il giustificato.

La Spagna di oggi —salvo pochi sopravvissuti della rivoluzione del 68— si compone di uomini educati già nell’epoca restauratrice, genti che arrivando al mondo e aprendo gli occhi trovarono lassù il sole, padre del giorno, e la luna amministratrice della notte, e quaggiù il partito conservatore che si divideva l’impero delle creature con il partito liberale, e così come è loro difficile immaginare un firmamento senza sole né luna gentile, non concepiscono una politica da cui si trovi assente il partito liberale. Questa abitudine bisogna romperla; questa inerzia bisogna mobilitarla. Se vogliamo che cessino gli errori abituali dell’epoca restauratrice bisognerà variare anche la struttura di routine della politica. Neanche un volo può spiccare la razza su quelle due vecchie ali irrigidite —partito liberale, partito conservatore.

Un secolo fa nacque —in Spagna, per l’appunto— il nome di liberale. Fin troppo vivere perché una parola politica non si trovi decrepita ed esausta. Che cosa è essere liberale? Chi può oggi dire che cosa è essere liberale? Il conte di Romanones, seguendo anche in questo la routine, ci parla di Sagasta, di Alonso Martínez. Avrebbe potuto aggiungere Indíbil e Mandonio. La tradizione liberale! Come san Francesco d’Assisi si alimentava col canto delle cicale, il partito liberale aspira a sostenersi con vocaboli.

Pensatori, lottatori, eroi, formarono il partito liberale perché avevano bisogno di forgiare un organo al loro idealismo, alla loro dottrina. Ora accade l’inverso: il partito liberale si compone, nella sua immensa maggioranza, di genti che non sono altra cosa che membri del partito liberale. Non il partito di loro, loro vivono del partito.

Questo è il più grave. Quando un partito ha idee forti, propositi chiari e sufficienti, è che lo integrano uomini dotati di personalità propria, di idee proprie. Da dove se no arrivarono le idee al partito? Quegli uomini si raggrupparono come mossi dalla segreta solidarietà che possiedono le opinioni, tacitamente disposti a rompere in qualsiasi stagione il gruppo se questo pretendeva di mediare le convinzioni individuali. La disciplina del partito è pericolosa senza questa garanzia automatica, fondata in ciò che i suoi membri possiedono un valore sociale indipendentemente da quello.

Nel partito soi-disant liberale accade tutto il contrario. È doloroso dire con crudezza queste cose quando si desidera non offendere nessuno in particolare, ed esprimere, nondimeno, la verità. Se in un momento soccombesse il partito liberale, quanti nomi sparirebbero di colpo, come riassorbiti dal nulla? Tanti, che sarebbe corto domandare quanti sopravvivrebbero. Cittadini ignoti in qualsiasi ordine della realtà spagnola si servono di un partito per mantenere un panorama artificiale che dia pretesto a una prospettiva immaginaria, dove si fingano dimensioni di grandezza, mediocrità e minutezza. Così un cittadino che in nessun ordine contribuisce al pregio di Spagna può risultare grande uomo; non grande uomo nella realtà, ma grande uomo nel partito liberale. Un’adarma di verismo che penetrasse in quell’ambito illusorio lo distruggerebbe irremissibilmente. Per questo i suoi abitanti, i politici, mettono tanto impegno nel chiuderlo ermeticamente.

Ecco ciò che è il partito liberale. Lungi dal fluire per i suoi pori l’opinione pubblica in tutte le sue forme, è un recinto dove gli ultimi rappresentanti della vecchia Spagna si fanno forti contro la nuova opinione pubblica. In esso risiede lo Stato Maggiore dell’incompetenza, del favoritismo e della mancanza di religiosità nazionale. Quando le convulsioni profonde del povero popolo anonimo fanno trionfare i principi democratici, il partito liberale si interpone tra quelle forze positive e il capo dello Stato, presentandosi come il direttore di quelle.

E così sono possibili dettagli come questo, che subirà, naturalmente, rettificazione, senza che per questo cessi di essere esatto. Quando gli otto uomini che fortuitamente rappresentano l’avalanche sinistrorsa assistono a certa riunione settimanale e il capo dello Stato sollecita da loro riforme democratiche, gli otto uomini si guardano tra mogi e stupiti come dicendo: Che sarà ciò che ci si chiede?

El partido liberal ha vivido, hasta hace poco, de un stock de ideas políticas, fabricadas a fines del siglo XVIII. Hace ya mucho tiempo que la cosecha se consumió, y en todas partes se retiraron los grandes organismos liberales, o, a lo sumo, dejaron minorías esporádicas y de transición. En España persiste la arcaica mole donde ha venido a aposentarse la astucia, como acude de sólito la alimaña a toda vieja construcción.

Mas los problemas públicos no esperan que los partidos tengan a bien remozarse. Los problemas nuevos se presentan y los viejos toman nuevo cariz. ¿Cómo resolverlos partiendo del caduco doctrinal? El partido de que hablamos se encuentra en esta situación. No puede atacar de frente ningún problema del día —ni el de la religión, ni el de la escuela, ni el del Ejército, ni el del pan— porque rebosa fatalmente sus principios. Esto complica la gobernación, de suyo tan difícil, hasta hacerla imposible.

Y en tanto, urge la organización nacional. Urge crear nuevas instituciones eficaces, órganos jóvenes y elásticos de la vida pública. Ello supone principios claros, enérgicos, valientes. ¿Cómo podrá intentar tal empresa esa agrupación de todos los compromisos? Véase si no es el partido liberal un estorbo a la historia de España.

No voy a desconocer que militan en él algunas personas defensoras de algún programa parcial, limitado, que, sin embargo, merece respeto y aplauso. Pero la masa de un gran partido no puede movilizarse eficazmente sino en virtud de altos y genéricos ideales políticos. Cuando esa masa está muerta por dentro, paraliza y aplasta las buenas intenciones de los que sustentan aquellos programas parciales. De modo que para poder imponerse será forzoso a sus apóstoles desintegrarse del partido y hacer política de guerrilleros.

Por todas partes venimos a salir a lo mismo: la necesidad de la dislocación del partido liberal, cuerpo anquilosado y paralizador.

No son los tiempos de monoideísmo político, sino de fermentación múltiple de nuevas y complejas fórmulas sociales. La simplificación violenta de la lucha política en dos grandes partidos impide que se manifiesten y se afirmen los variadísimos matices de la voluntad contemporánea.

En épocas como ésta, donde la contienda no es simplista, hace más falta que nunca acumular en el escenario político hombres de la mejor calidad. Un historiador decía que cuando el Estado no es fuerte son más necesarios los hombres virtuosos. En la gran crisis de todo lo público porque estamos pasando —no sólo en España— conviene sacar a la vanguardia, donde se vean bien y sirvan de aliento, las reservas de moralidad, de seriedad, de competencia, que existan en la nación.

Éste es un punto muy propio para la meditación de los jefes de Estado, que tienen la más delicada responsabilidad ante la Historia. Bien claro pueden ver a qué manos va la gobernación si perduran los grandes partidos injustificados. Sostenidos éstos por las intrigas más triviales, cargados hasta la borda de compromisos, llenos de un aire muerto irrespirable, reclútanse según una selección inversa. ¿Cómo se puede esperar que ingrese la porción consciente de las nuevas generaciones en un antro como el partido liberal? No van los jóvenes a pretender con su presencia volver del revés el espíritu de este partido. Si se creyeran capaces de eso fundarían antes otro partido novísimo. Su entrada, pues, equivaldría a su anulación, por tener que hacerse solidarios del absurdo pasado liberal.

Mas disuelta esta mole en pequeños grupos, sobrevendría una sana concurrencia de programas y un mayor aprecio de la calidad de los agrupados. Dejaría de ser la política la región esteparia que es y comenzaría una existencia más accidentada. Habría verdadera lucha; el pueblo, poco a poco, se iría interesando en ella, y la sensibilidad para lo nacional y público crecería. Entonces podrían ensayarse en la política las gentes de corazón más escrupuloso.

El problema es de tal categoría que no puede menos de atacarlo generosamente todo español que lleve dentro vivas las entrañas morales. Presenciamos con perversa indiferencia los esfuerzos de una España decrépita, de una España parásita, por ahogar una España nueva que se inicia. El partido liberal es la clave de esa España vieja que tiene apercibida contra nuestra España germinal un arma horrible: la inercia.

El País, 12 de mayo de 1913

The liberal party has lived, until recently, on a stock of political ideas manufactured at the end of the eighteenth century. It has long been that the harvest was consumed, and everywhere the great liberal organisms withdrew, or, at most, left sporadic and transitional minorities. In Spain there persists the archaic mass where cunning has come to lodge itself, as vermin is wont to resort to every old construction.

But public problems do not wait for parties to be so good as to rejuvenate themselves. New problems present themselves and old ones take a new aspect. How to solve them starting from the decrepit doctrinal body? The party of which we speak finds itself in this situation. It cannot attack head-on any problem of the day —neither that of religion, nor that of the school, nor that of the Army, nor that of bread— because it fatally overflows its principles. This complicates governance, already so difficult in itself, until making it impossible.

And meanwhile, national organization is urgent. It is urgent to create new effective institutions, young and elastic organs of public life. That supposes clear, energetic, brave principles. How will that grouping of all the compromises be able to attempt such an enterprise? See whether the liberal party is not a nuisance to the history of Spain.

I am not going to ignore that there militate in it some persons defenders of some partial, limited program, which, however, merits respect and applause. But the mass of a great party cannot mobilize itself effectively except by virtue of high and generic political ideals. When that mass is dead within, it paralyzes and crushes the good intentions of those who sustain those partial programs. In such a way that to be able to impose themselves, its apostles will be forced to disintegrate themselves from the party and make guerrilla politics.

From all sides we come out at the same thing: the necessity of the dislocation of the liberal party, an ankylosed and paralyzing body.

These are not times of political mono-ideism, but of multiple fermentation of new and complex social formulas. The violent simplification of the political struggle into two great parties prevents the many varying nuances of the contemporary will from manifesting and affirming themselves.

In times like this, where the contest is not simplistic, it is more necessary than ever to accumulate on the political stage men of the best quality. A historian said that when the State is not strong, virtuous men are more necessary. In the great crisis of everything public that we are passing through —not only in Spain— it is well to bring to the vanguard, where they may be well seen and serve as encouragement, the reserves of morality, seriousness, and competence that exist in the nation.

This is a point very proper for the meditation of the heads of State, who bear the most delicate responsibility before History. They can see very clearly into what hands governance goes if the unjustified great parties endure. Sustained as these are by the most trivial intrigues, loaded to the brim with compromises, full of an unbreathable dead air, they recruit themselves according to an inverse selection. How can it be hoped that the conscious portion of the new generations enter into a den like the liberal party? The young are not going to pretend, by their presence, to turn inside out the spirit of this party. If they believed themselves capable of that, they would rather found another newest party. Their entry, then, would amount to their annulment, for having to make themselves solidary with the absurd liberal past.

But this mass dissolved into small groups, a sound competition of programs would supervene and a greater esteem for the quality of those grouped. Politics would cease to be the steppe region it is and a more eventful existence would begin. There would be true struggle; the people, little by little, would come to interest itself in it, and the sensibility for the national and public would grow. Then the people of the most scrupulous heart could try themselves in politics.

The problem is of such a category that every Spaniard who carries within him his moral guts alive cannot but attack it generously. We witness with perverse indifference the efforts of a decrepit Spain, of a parasitic Spain, to drown a new Spain that is beginning. The liberal party is the key of that old Spain which holds in readiness against our germinal Spain a horrible weapon: inertia.

El País, May 12, 1913

Il partito liberale ha vissuto, fino a poco fa, di uno stock di idee politiche, fabbricate a fine Settecento. È già da molto tempo che il raccolto si consumò, e in tutte le parti si ritirarono i grandi organismi liberali, o, al massimo, lasciarono minoranze sporadiche e di transizione. In Spagna persiste l’arcaica mole dove è venuta ad alloggiarsi l’astuzia, come suole accorrere la biscia a ogni vecchia costruzione.

Ma i problemi pubblici non aspettano che i partiti abbiano a bene rimodernarsi. I problemi nuovi si presentano e i vecchi prendono nuovo aspetto. Come risolverli partendo dal caduco dottrinale? Il partito di cui parliamo si trova in questa situazione. Non può attaccare di fronte nessun problema del giorno —né quello della religione, né quello della scuola, né quello dell’Esercito, né quello del pane— perché trabocca fatalmente i suoi principi. Questo complica la governazione, di per sé così difficile, fino a renderla impossibile.

E intanto, urge l’organizzazione nazionale. Urge creare nuove istituzioni efficaci, organi giovani ed elastici della vita pubblica. Ciò suppone principi chiari, energici, coraggiosi. Come potrà tentare tale impresa quell’aggregazione di tutti i compromessi? Si veda se non è il partito liberale un impaccio alla storia di Spagna.

Non andrò a sconoscere che militano in esso alcune persone difensore di qualche programma parziale, limitato, che, tuttavia, merita rispetto e applauso. Ma la massa di un grande partito non può mobilitarsi efficacemente se non in virtù di alti e generici ideali politici. Quando quella massa è morta dentro, paralizza e schiaccia le buone intenzioni di quelli che sostengono quei programmi parziali. Di modo che per poter imporsi sarà forzoso ai suoi apostoli disintegrarsi dal partito e fare politica di guerriglieri.

Da tutte le parti veniamo a uscire allo stesso: la necessità della dislocazione del partito liberale, corpo irrigidito e paralizzatore.

Non sono tempi di monoideismo politico, ma di fermentazione multipla di nuove e complesse formule sociali. La semplificazione violenta della lotta politica in due grandi partiti impedisce che si manifestino e si affermino i variatissimi tratti della volontà contemporanea.

In epoche come questa, dove la contesa non è semplicista, fa più bisogno che mai accumulare sulla scena politica uomini della migliore qualità. Uno storico diceva che quando lo Stato non è forte sono più necessari gli uomini virtuosi. Nella grande crisi di tutto il pubblico che stiamo attraversando —non solo in Spagna— conviene portare all’avanguardia, dove si vedano bene e servano d’incoraggiamento, le riserve di moralità, di serietà, di competenza, che esistono nella nazione.

Questo è un punto molto proprio per la meditazione dei capi di Stato, che hanno la più delicata responsabilità dinanzi alla Storia. Ben chiaro possono vedere a quali mani va la governazione se perdurano i grandi partiti ingiustificati. Sostenuti questi dalle più trite intrighi, carichi fino all’orlo di compromessi, pieni di un’aria morta irrespirabile, si reclutano secondo una selezione inversa. Come si può sperare che entri la porzione cosciente delle nuove generazioni in un antro come il partito liberale? Non andranno i giovani a pretendere con la loro presenza di rivoltare lo spirito di questo partito. Se si credessero capaci di questo fonderebbero prima un altro partito nuovissimo. La loro entrata, dunque, equivarrebbe alla loro annullamento, per doversi fare solidali dell’assurdo passato liberale.

Ma disciolta questa mole in piccoli gruppi, sopravverrebbe una sana concorrenza di programmi e una maggiore stima della qualità degli aggregati. Cesserebbe la politica di essere la regione stepposa che è e comincerebbe un’esistenza più accidentata. Ci sarebbe vera lotta; il popolo, poco a poco, si interesserebbe ad essa, e la sensibilità per il nazionale e il pubblico crescerebbe. Allora potrebbero provarsi nella politica le genti di cuore più scrupoloso.

Il problema è di tale categoria che non può fare a meno di attaccarlo generosamente ogni spagnolo che porti dentro vive le viscere morali. Presenziamo con perversa indifferenza gli sforzi di una Spagna decrepita, di una Spagna parassita, per affogare una Spagna nuova che si inizia. Il partito liberale è la chiave di quella vecchia Spagna che tiene apprestata contro la nostra Spagna germinale un’arma orribile: l’inerzia.

El País, 12 maggio 1913