Abstract
Argues that national improvement depends on the disappearance of professional politicians and hence on smashing the two great parties; notes with Renan that in Spain a writer may say anything because he influences nothing, and cites Plato’s irony calling intellectuals “philotheamones”, lovers of looking. It takes the Count of Romanones’ speech to the Liberal party as its pretext.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
Aunque no con toda la frecuencia y agresividad deseables, se habla ahora de la disolución de los grandes partidos. Los políticos, quiero decir la gente que vive material o moralmente de la política, ponen, como es natural, el grito en el cielo. Comprenden que al desear la atomización de esos grandes conglomerados no deseamos otra cosa que la desaparición de ellos, de los políticos, de los hombres que sólo son políticos.
Y, sin embargo, no debían enojarse; se trata de un piadoso deseo que alimentan unos cuantos pechos inofensivos. Nada anuncia que tal deseo pueda conseguir inyectarse en los músculos de una parte de la nación. Continúen, pues, tranquilos: en la lucha política de nuestro país los pensamientos comienzan sólo a merecer atención cuando se convierten en movimientos musculares.
Mas el hecho de que no se realice deja intacta la convicción que pueda uno tener de que el mejoramiento nacional depende de la desaparición de los políticos, y que la desaparición de los políticos depende, por el pronto, de que los dos grandes partidos gobernantes se hagan añicos.
Así, claramente. Decía una vez Renan que en los países donde la palabra escrita no ejerce la menor influencia, pueden los escritores proporcionarse la fruición de decir sin ambages cuanto piensan. En este sentido, es España el paraíso de los escritores: tienen opción a presentar en puros cueros todas sus ideas. No pesa sobre ellos la menor responsabilidad. Y no se atribuya esta ineficacia a defectos particulares de este o el otro escritor. Mis recuerdos claros se extienden ya a trece o catorce años —en que tantas vueltas han dado las cosas nacionales—, y todavía no he sorprendido a un escritor ejerciendo influjo en la realidad social. Es posible que esto sea ventajoso, ¿quién sabe? Es posible también que la sociedad esté condenada a ser perpetua presa de los oradores, de los abogados, de los capitanes, de los hombres de negocios. De todas maneras, no intentemos hacer usos nuevos. Abracemos nuestro destino marchando por la senda contemplativa. Hace ya muchos siglos que en un rapto de ironía definió Platón a los que hoy son llamados intelectuales, diciendo que eran filoceamones, contempladores, «amigos de mirar».
En la esfera contemplativa, pues, parece bastante injustificado que pretendan subsistir hoy, en España, dos grandes partidos gobernantes. Numerosas y de vigor nada escaso son las razones que invitan a pensar así. El discurso del señor conde de Romanones nos ofrece un texto reciente en torno al cual podemos desarrollar algunas.
Este discurso ha sido pronunciado ante una gran masa de individuos reunidos en calidad de partido liberal. Y la verdad, si al comenzar el convite la Mariclío, de don Benito Pérez Galdós o algún otro sumo poder simbólico de la Historia les hubiera interpelado singularmente para averiguar qué entendían representar al representar el partido liberal, ¿qué hubieran confesado? La mayor parte —no conviene dudarlo— habría hablado de su primo, de su cuñado, de Don Fulano, de Don Zutano, de su bufete, de su negocio. La menor parte se habría elevado a consideraciones un poco más doctrinales, sosteniendo que el partido liberal era lo contrario que el señor Maura y el señor La Cierva. Nada más.
A los postres ya fue otra cosa: ya todos sabían para qué estaban allí. El conde de Romanones había, por fin, encontrado ese objeto inaprensible, ese fugaz adjetivo que vertido como un aceite de unción sobre el primo, el cuñado, Don Fulano, Don Zutano, el bufete, el negocio, sobre el partido, en fin, había de darle el tono liberal.
Y del discurso del señor presidente del Consejo resulta constituido el partido liberal por ciudadanos que afirman lo siguiente:
Primero. Que en España no hay cuestión religiosa —si bien el orador cita unas palabras de Cánovas para demostrar: a) que el fanatismo y la intolerancia religiosa impiden nada menos que el gobernar; así, en absoluto; b) que el proyecto sobre el Catecismo entra dentro de las ideas y doctrinas del partido conservador.
El señor conde de Romanones tiene la ventaja sobre todos los que bien o mal escribimos de no ser nada contemplativo, de no andarse en contemplaciones o consideraciones. Niega rotundamente, escuetamente, sin exponerse a dar la menor razón, que haya en España cuestión religiosa. Nosotros los especulativos simpatizamos con esta idea del orador. No porque nos parezca verdadera, antes bien, formulada en redondo, nos parece delicadamente absurda, sino porque es una idea original, nueva, que obliga a volver de arriba abajo la historia de España íntegra. Quedamos, pues, en que en España —fíjese el lector que hablamos de España— no hay cuestión religiosa. Mas, ¿a qué viene entonces reconocer que el fanatismo y la intolerancia religiosa no dejan gobernar?
Pero abandonemos esto. Veamos cómo llena el orador la copa del partido con otras gotas de liberalismo, ya que esta primera es una mera negación, que remueve del programa liberal la política religiosa.
Tenemos:
Segundo. Que va a suprimir la ley de Jurisdicciones. Esto es realmente —¿cómo no reconocerlo?— tarea específica del partido liberal. Sin embargo, no es menos característico del partido liberal haberla creado. De donde resulta que el partido liberal consiste en hacer una ley de Jurisdicciones, o bien en deshacerla.
Prosigamos:
Tercero. La ley de Asociaciones. Bueno; una ley de Asociaciones puede hacerla también un partido conservador. Todo está en que la ley se haga de un modo liberal. El modo, no la ley, será liberal. ¿Y cuál es el modo? El orador no lo dice; menos aún: dice que será aun menos liberal que los proyectos presentados. Seguimos, en consecuencia, sin apresar bajo la mano ningún propósito concreto que justifique la existencia de tan enorme estructura política como este partido que se reunió a yantar el otro día.
Continuemos:
Cuarto. La ley de Mancomunidades. Habiendo sido el inventor el partido conservador, no es cosa de que por mínimas variaciones le arrebatemos la paternidad.
Excluida la política religiosa, constituyen —según el señor presidente— «la base y la característica» del partido liberal las soluciones a «los problemas de orden económico y social». ¡Al fin llegamos! ¡Vamos a ver, por último, delinearse sobre el horizonte histórico con rasgos inconfundibles, enérgicos, significativos, la fisonomía liberal del glorioso partido!
Por cierto —y sea esto breve paréntesis— que, aunque no lo ha dicho el señor conde, dejan entender sus palabras que aceptaría un argumento frecuentemente repetido estos días, según el cual antes de arreglar la cuestión religiosa, dado que la haya, conviene arreglar la económica. ¿Qué quiere decir este argumento? ¿Han creído decir algo los que lo han sostenido? ¿Qué tiene que ver una cosa y otra para justificar su ordenación según el antes y el después? No parece sino que los modos del tiempo se reducen a dos, cuando son tres: antes, después y a la vez.
Mas recogiendo toda nuestra atención oigamos en qué consiste la economía y la política social del partido.
Quinto. «En la segunda etapa, dedicada, como os he dicho, a la obra económica, a todo cuanto demanda el fomento y desarrollo de los intereses materiales de las fuerzas vivas del país, será el proyecto de ley de presupuestos su materia y finalidad principal, aparte de aquellos proyectos de carácter social de los cuales hace el Gobierno su más notoria acentuación, terreno adonde irá sin vacilaciones, procurando, como es debido, que las soluciones que presente sean sentidas, se compenetren con las aspiraciones y las ideas de todos los liberales; no duda que el proyecto de presupuestos, que ha de ser leído en plazo muy breve, satisfaga, en la medida de lo posible, estas aspiraciones; espera que no sea un presupuesto más; desea que su obra responda a la atención que la ha prestado: persigue por todos los medios mantenerse dentro de la cifra de gastos del actual presupuesto, y aunque en algunos departamentos sea preciso mayor aumento, procura, en cambio, por medio de una reorganización de los servicios, buscar en otros la compensación».
Ahí tiene el lector lo que es preciso hacer antes para poder después transitar a otros problemas. Ahí tiene la economía liberal, la política social, la hacienda del gran aparato turnante. Ése, ése es el grave asunto nacional a que han dedicado su labor intensa los políticos liberales, y ese párrafo recoge y formula los resultados luminosos de tales cavilaciones. Y esos evidentes, concretos, complejos, curiosos resultados forman la esencia del credo liberal, por los cuales —según se dice más arriba— «combaten en el mundo entero los hombres consagrados a realizar el bien de su país».
No obstante, el partido liberal, que había de encontrar ahí «la base y la característica de su política», dedicará «su mayor atención» a otra cosa muy distinta, a saber:
Sexto. El Ejército y la Marina; «para ello, pensadlo bien, no hay sacrificio, por exagerado que fuere, que pueda parecer grande».
Esto es todo. Para recibir semejante unción y hasta aplaudir briosamente han peregrinado de Gog y de Magog, de las cuarenta y nueve provincias, multitud de ciudadanos. Estos ciudadanos forman un partido que pretende asumir la política española. Pero, como se ve, constituyen un peligro nacional: a ser sinceros los aplausos tributados al discurso del señor conde de Romanones, pondrían de manifiesto su escaso poder de reflexionar. ¿Cómo vamos a situar el destino de España en esas manos plaudentes que obedecen a corazones tan irreflexivos?
Yo prefiero creer que los aplausos no han sido sinceros, antes bien burlones. Porque, en definitiva, la única misión verdaderamente liberal que el señor conde de Romanones propone a su partido, suprime a éste de una manera automática el derecho a subsistir. Esta misión definitoria del partido liberal consiste en… arrimarse a las izquierdas.
Tenemos, en resolución, que el partido liberal sólo es liberal cuando deja de ser él y se torna la sombra de un cuerpo ajeno. Así es, en efecto. Ésta es la realidad. Los que deseamos la disolución del partido liberal no afirmamos otra cosa. El liberalismo no puede hoy tener otra representación que esa fuerte, pero flúida potencia que con justa vaguedad llamamos izquierdas. Y como ésa es la realidad, consideramos que el partido liberal con esas pretensiones de imponente organización definida es una falsificación de la realidad. Pretende ser máxima fuerza viva y es una sombra cesante que busca colocación junto a algún cuerpo.
El caso es de alguna gravedad a poco que se medite. Que el partido liberal no sea liberal, que no contenga una doctrina política, podría resultar indiferente si no nos sintiéramos movidos a preguntarnos lo inverso: si no contiene una doctrina política, ¿qué es lo que contiene ese partido? Si no es partido de ideas, ¿de qué es partido? ¿Qué fuerza lo sustenta en cohesión? ¿Qué poder conjuntivo lo mantiene?
Nacen vivísimas sospechas de que el partido liberal esté tejido exclusivamente del primo, del cuñado, de Don Fulano, de Don Zutano, de mi bufete, de tu bufete, de los negocios —buenos o malos, que para el caso es lo mismo. Entonces, si el partido conservador bajo la jefatura del señor Maura era un peligro nacional, el partido liberal sería un estorbo también nacional.
Veamos por qué. El resumen del discurso presidencial nos ha comido hoy espacio. Mas era forzoso hacerlo para coger in fraganti vacuidad política a los comensales del Palace Hotel. De otro modo, se nos acusaría de crítica abstracta.
En rigor, el discurso no merece gran atención. El señor conde de Romanones, que es un hombre de mundo, será acaso el primero en no dar importancia a sus discursos. Ni pedimos, claro está, que los discursos se conviertan en tratados; nos contentaríamos con que mencionaran algunas observaciones concretas que se puedan oír en serio. Un arrebato de condescendencia nos llevaría a más. Llegaríamos a reconocer que con ese discurso pueden ocho hombres mantenerse en el Gobierno unos cuantos meses y hasta significar un matiz equívoco, una entre las cien modulaciones posibles dentro de la amplia realidad izquierdista. Pero no podríamos admitir nunca que ese discurso, ni dos docenas como él, justifiquen la existencia del partido liberal. Antes al contrario, exigen perentoriamente su dislocación. Sigamos viendo por qué.
El Imparcial, 22 de abril de 1913
II
Nada puede soliviantar más fundamentalmente a un patriotismo que mira las cosas con alguna sutileza como la supervivencia de un gran partido exento de ideas políticas. Tal acontece con el partido liberal.
Si se nos refiriera que en cierta casa, a hora determinada, suele reunirse un número considerable de personas, una curiosidad muy razonable nos llevaría a indagar por qué y para qué se reúnen. Pues aunque el hombre tiene una tendencia natural a la sociedad, la agrupación de hombres en sociedades particulares e internas a la común cuenca social, necesita de justificación explícita. Yace en el fondo de nuestra conciencia la indominable sospecha de que toda asociación particular lleva en sí un germen enemigo de la sociedad general. Como si algo nos forzara a pensar que la más densa fraternidad entre unos cuantos individuos sólo es posible a costa de la fraternidad entre todos. De aquí que un partido político necesite a diario justificar su existencia haciendo plausibles los motivos en que se funda su cohesión. La ley exige de las asociaciones que declaren sus fines para tolerarlas o no. Sobre este trámite jurídico debe la conciencia pública exigir de los partidos su justificación moral.
Ésta es la que el partido liberal se obstina en no rendir. Y va siendo una cuestión ineludible de patriotismo demandársela con alguna energía. Se vale dicho partido de la inercia mental que padecen nuestras clases superiores, para quienes lo acostumbrado es, ipso facto, lo justificado.
La España de hoy —salvo unos pocos sobrevivientes de la revolución del 68— se compone de hombres educados ya en la época restauradora, gentes que al llegar al mundo y abrir los ojos encontraron allá arriba el sol, padre del día, y la luna administradora de la noche, y aquí abajo el partido conservador dividiéndose el imperio de las criaturas con el partido liberal, y así como les es difícil imaginar un firmamento sin sol ni luna gentil, no conciben una política de donde se halle ausente el partido liberal. Esta costumbre hay que romper; esta inercia hay que movilizar. Si queremos que cesen los errores acostumbrados de la época restauradora habrá que variar también la rutinaria estructura de la política. Ni una volada puede echar la raza sobre esas dos viejas alas anquilosadas —partido liberal, partido conservador.
Un siglo hace que nació —en España, por cierto— el nombre de liberal. Harto vivir para que una palabra política no se halle decrépita y exhausta. ¿Qué es ser liberal? ¿Quién puede hoy decir qué es ser liberal? El conde de Romanones, siguiendo también en esto la rutina, nos habla de Sagasta, de Alonso Martínez. Podía haber añadido Indíbil y Mandonio. ¡La tradición liberal! Como san Francisco de Asís se alimentaba con el canto de las cigarras, el partido liberal aspira a sustentarse con vocablos.
Pensadores, luchadores, héroes, formaron el partido liberal porque necesitaban forjar un órgano a su idealismo, a su doctrina. Ahora acontece lo inverso: el partido liberal se compone, en su inmensa mayoría, de gentes que no son otra cosa que miembros del partido liberal. No el partido de ellos, ellos viven del partido.
Esto es lo más grave. Cuando un partido tiene ideas fuertes, propósitos claros y suficientes, es que lo integran hombres dotados de personalidad propia, de ideas propias. ¿De dónde si no llegaron las ideas al partido? Esos hombres se agruparon como movidos por la secreta solidaridad que poseen las opiniones, tácitamente dispuestos a romper en cualquier sazón el grupo si éste pretendía mediatizar las convicciones individuales. La disciplina del partido es peligrosa sin esta garantía automática, fundada en que sus miembros poseen un valor social independientemente de aquél.
En el partido soi-disant liberal acontece todo lo contrario. Es doloroso decir con crudeza estas cosas cuando se desea no ofender a nadie en particular, y expresar, no obstante, la verdad. Si en un momento sucumbiera el partido liberal, ¿cuántos nombres desaparecerían de un golpe, como reabsorbidos por la nada? Tantos, que sería corto preguntar cuántos subsistirían. Ciudadanos ignotos en cualquier orden de la realidad española se sirven de un partido para mantener un panorama artificial que dé pretexto a una perspectiva imaginaria, donde se finjan dimensiones de grandeza, medianía y menudencia. Así un ciudadano que en ningún orden contribuye a la prez de España puede resultar grande hombre; no grande hombre en la realidad, sino grande hombre en el partido liberal. Un adarme de verismo que penetrara en ese ámbito ilusorio lo destruiría irremisiblemente. Por eso sus habitantes, los políticos, ponen tanto empeño en cerrarlo herméticamente.
He ahí lo que es el partido liberal. Lejos de fluir por sus poros la opinión pública en todas sus formas, es un recinto donde los últimos representantes de la España vieja se hacen fuertes contra la nueva opinión pública. En él reside el Estado Mayor de la incompetencia, del favoritismo y de la falta de religiosidad nacional. Cuando las convulsiones hondas del pobre pueblo anónimo hacen triunfar los principios democráticos, el partido liberal se interpone entre esas fuerzas positivas y el jefe del Estado, presentándose como el director de aquéllas.
Y así son posibles detalles como éste, que sufrirá, naturalmente, rectificación, sin que por eso deje de ser exacto. Cuando los ocho hombres que fortuitamente representan la avalancha izquierdista asisten a cierta reunión semanal y el jefe del Estado solicita de ellos reformas democráticas, los ocho hombres se miran entre mohínos y asombrados como diciendo: ¿Qué será lo que se nos pide?
El partido liberal ha vivido, hasta hace poco, de un stock de ideas políticas, fabricadas a fines del siglo XVIII. Hace ya mucho tiempo que la cosecha se consumió, y en todas partes se retiraron los grandes organismos liberales, o, a lo sumo, dejaron minorías esporádicas y de transición. En España persiste la arcaica mole donde ha venido a aposentarse la astucia, como acude de sólito la alimaña a toda vieja construcción.
Mas los problemas públicos no esperan que los partidos tengan a bien remozarse. Los problemas nuevos se presentan y los viejos toman nuevo cariz. ¿Cómo resolverlos partiendo del caduco doctrinal? El partido de que hablamos se encuentra en esta situación. No puede atacar de frente ningún problema del día —ni el de la religión, ni el de la escuela, ni el del Ejército, ni el del pan— porque rebosa fatalmente sus principios. Esto complica la gobernación, de suyo tan difícil, hasta hacerla imposible.
Y en tanto, urge la organización nacional. Urge crear nuevas instituciones eficaces, órganos jóvenes y elásticos de la vida pública. Ello supone principios claros, enérgicos, valientes. ¿Cómo podrá intentar tal empresa esa agrupación de todos los compromisos? Véase si no es el partido liberal un estorbo a la historia de España.
No voy a desconocer que militan en él algunas personas defensoras de algún programa parcial, limitado, que, sin embargo, merece respeto y aplauso. Pero la masa de un gran partido no puede movilizarse eficazmente sino en virtud de altos y genéricos ideales políticos. Cuando esa masa está muerta por dentro, paraliza y aplasta las buenas intenciones de los que sustentan aquellos programas parciales. De modo que para poder imponerse será forzoso a sus apóstoles desintegrarse del partido y hacer política de guerrilleros.
Por todas partes venimos a salir a lo mismo: la necesidad de la dislocación del partido liberal, cuerpo anquilosado y paralizador.
No son los tiempos de monoideísmo político, sino de fermentación múltiple de nuevas y complejas fórmulas sociales. La simplificación violenta de la lucha política en dos grandes partidos impide que se manifiesten y se afirmen los variadísimos matices de la voluntad contemporánea.
En épocas como ésta, donde la contienda no es simplista, hace más falta que nunca acumular en el escenario político hombres de la mejor calidad. Un historiador decía que cuando el Estado no es fuerte son más necesarios los hombres virtuosos. En la gran crisis de todo lo público porque estamos pasando —no sólo en España— conviene sacar a la vanguardia, donde se vean bien y sirvan de aliento, las reservas de moralidad, de seriedad, de competencia, que existan en la nación.
Éste es un punto muy propio para la meditación de los jefes de Estado, que tienen la más delicada responsabilidad ante la Historia. Bien claro pueden ver a qué manos va la gobernación si perduran los grandes partidos injustificados. Sostenidos éstos por las intrigas más triviales, cargados hasta la borda de compromisos, llenos de un aire muerto irrespirable, reclútanse según una selección inversa. ¿Cómo se puede esperar que ingrese la porción consciente de las nuevas generaciones en un antro como el partido liberal? No van los jóvenes a pretender con su presencia volver del revés el espíritu de este partido. Si se creyeran capaces de eso fundarían antes otro partido novísimo. Su entrada, pues, equivaldría a su anulación, por tener que hacerse solidarios del absurdo pasado liberal.
Mas disuelta esta mole en pequeños grupos, sobrevendría una sana concurrencia de programas y un mayor aprecio de la calidad de los agrupados. Dejaría de ser la política la región esteparia que es y comenzaría una existencia más accidentada. Habría verdadera lucha; el pueblo, poco a poco, se iría interesando en ella, y la sensibilidad para lo nacional y público crecería. Entonces podrían ensayarse en la política las gentes de corazón más escrupuloso.
El problema es de tal categoría que no puede menos de atacarlo generosamente todo español que lleve dentro vivas las entrañas morales. Presenciamos con perversa indiferencia los esfuerzos de una España decrépita, de una España parásita, por ahogar una España nueva que se inicia. El partido liberal es la clave de esa España vieja que tiene apercibida contra nuestra España germinal un arma horrible: la inercia.
El País, 12 de mayo de 1913