Abstract

It warns workers that their rectilinear strike tactics will lead to defeat, citing the Seine syndicalist committee’s letter against excessive faith in the general strike, the “myth” invented by Sorel. It argues that central and western European peoples are too differentiated for a bold minority to do what the Bolsheviks did in Russia, and calls for a return to dialogue.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Cuando, hace unas semanas, estudiábamos en sus más amplias líneas el movimiento proletario, incitábamos a los obreros para que reflexionasen sobre su táctica actual. La táctica rectilínea que hoy siguen —decíamos—, el ataque a lo Sauer que practican los conducirá a formidables derrotas. Nos importa mucho subrayar a tiempo esta advertencia.

Claro está que, al censurar el simplismo violento de la agitación obrera, nos referimos sobre todo a los usos extremos que caracterizan la teoría y la práctica del sindicalismo. Pero, con ligeras modificaciones, nos referimos también al resto de la epidemia huelguística.

Por lo que hace al sindicalismo, bueno será recomendar al obrero militante la lectura de la carta dirigida el día 7 de noviembre al Comité general por la Comisión sindicalista del Sena. Esta carta anuncia a los Sindicatos las mismas derrotas a que nosotros aludíamos hace un mes, y funda su agüero en los mismos motivos. La teoría metafórica, literaria, de la huelga general, el «mito» inventado por el grafómano Sorel, merece al Comité del Sena algunos reparos. El exceso de fe en la potencialidad de ese arma mueve a los obreros a ejercitar la huelga general «con demasiada ligereza». «No podemos —añaden los comisionados— dejar creer por más tiempo a los trabajadores que esos continuos manejos, amenazando con la huelga general, pueden ser considerados como un remedio específico y universal, aplicable a todos los males que sufrimos». Sólo el día que los obreros «se encuentren suficientemente educados y preparados» podrá la enseña destructora que es la huelga general compensar su carácter negativo con principios creadores, constructores de nueva vida social.

Late bajo las líneas de la carta la impresión de que el sindicalismo francés se ha encontrado con una insuperable resistencia social y presiente la necesidad de abandonar su torpe táctica de revolucionarismo elemental e intratable por una acción más humana, más compleja, atractiva e inteligente. Un párrafo de la epístola permite con su sugestiva vaguedad que nos hagamos algunas ilusiones sobre la conversión al buen sentido democrático del extravagante sindicalismo. «La huelga —leemos— no puede ser hoy el único medio de acción que pueda poner en práctica la clase obrera para declarar su voluntad». ¿Cuál ha de ser el otro medio? Evidentemente, el venir a conversación. Con esto nos basta. La disposición al diálogo marca en las luchas públicas la divisoria entre lo intolerable y lo respetable. Si el sindicalismo, por una superstición de carácter mitológico, no llega a aceptar el diálogo parlamentario —esperamos que no tardará mucho en acudir a él—, búsquese otra institución, otro régimen que organice, que dé un método y una norma a la conversación.

El mismo fenómeno que en Francia se está produciendo en España. En Cataluña, como en Andalucía y, por halo de repercusión, en el resto de la Península, han sido desorientadas las cabezas de nuestros trabajadores por el gran ballet ruso del bolchevismo. Creyeron un momento que ese ballet podía danzarse en todas las latitudes. Sin embargo, ya se va viendo que no es faena liviana traducir del ruso. Los pueblos del centro y occidente europeos tienen una estructura social mucho más recia y diferenciada que los eslavos. Es muy difícil que una minoría audaz se apodere de Inglaterra o de España en un santiamén, como los bolchevistas hicieron con Rusia. Lejos de esto, cualquier exceso de presión por parte del sindicalismo revolucionario provocaría una reacción social tan violenta, que acabaría con la organización del proletariado.

Bajando el tono, diremos lo mismo de las huelgas parciales que estos días se van acumulando sobre las espaldas del consumidor español. Planteadas sin buen orden y en mala sazón, mezcladas las justas y discretas con las frívolas o audaces, la opinión pública comienza a fatigarse de todas y a sentir la consiguiente irritación. Créannos los obreros: siguiendo la ruta impremeditada que hoy llevan, sin asegurarse, por la justicia de cada caso, respeto y simpatía del espíritu público, perderán todas las huelgas y aniquilarán sus asociaciones.

En vez de fiar a la acción directa —y esto son las huelgas, así generales como parciales— toda su esperanza, busquen como dice el Comité sindicalista del Sena, «otros medios para declarar su voluntad de trabajadores». Pidan un régimen más amplio de intervención del Estado en los conflictos del trabajo, faciliten la creación de organismos oficiales donde vengan a concierto con los patronos, y reserven las huelgas para los casos de radical discrepancia. De esta suerte, sus querellas nos interesarán más a todos y nos sentiremos más propicios a descubrir la equidad de sus demandas.

Un caso bien claro de errado proceder es la huelga de panaderos. Por muy justas que acaso fueren sus peticiones, el procedimiento de dejar sin pan a todos, ricos y pobres, es, inevitablemente, impopular. El enojo que la carencia de tan primario artículo produce, llevará sin duda a crear medios oficiales supletorios de la industria vacante. Nos pondremos todos a hacer pan, dejando a los profesionales que diriman en la soledad sus contiendas.

Para conseguir transformaciones sociales hace falta, además de la fuerza, un poco de política. Los obreros creen de buena fe que esto de la política es una cosa que han inventado los burgueses para no trabajar, y aunque en buena parte tienen razón, les falta la bastante para que, sin ella, lleguen nunca a triunfar. Con menos huelgas y un poco más de política lograrían más.

Publicado sin firma, El Sol, 25 de noviembre de 1919

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