Ortega y Gasset

Abstract

Democracy as a strict norm of political right is excellent, but democracy run wild — in religion, art, thought and manners — is the most dangerous disease a society can suffer, and in Spain it has bred plebeianism. One may not be “a democrat above all”, because politics is an instrumental, adjectival order of life: this was the nineteenth century’s great error of perspective.

Connections

Assi: Legittimità del potere, Stato e individuo
Concetti: Stato, legge
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Las cosas buenas que por el mundo acontecen obtienen en España sólo un pálido reflejo. En cambio, las malas repercuten con increíble eficacia y adquieren entre nosotros mayor intensidad que en parte alguna.

En los últimos tiempos ha padecido Europa un grave descenso de la cortesía, y coetáneamente hemos llegado en España al imperio indiviso de la descortesía. Nuestra raza valetudinaria se siente halagada cuando alguien la invita a adoptar una postura plebeya, de la misma suerte que el cuerpo enfermo agradece que se le permita tenderse a su sabor. El plebeyismo, triunfante en todo el mundo, tiraniza en España. Y como toda tiranía es insufrible, conviene que vayamos preparando la revolución contra el plebeyismo, el más insufrible de los tiranos.

Tenemos que agradecer el adviento de tan enojosa monarquía al triunfo de la democracia. Al amparo de esta noble idea se ha deslizado en la conciencia pública la perversa afirmación de todo lo bajo y ruin.

¡Cuántas veces acontece esto! La bondad de una cosa arrebata a los hombres, y puestos a su servicio olvidan fácilmente que hay otras muchas cosas buenas con quienes es forzoso compaginar aquélla, so pena de convertirla en una cosa pésima y funesta. La democracia, como democracia, es decir, estricta y exclusivamente como norma del derecho político, parece una cosa óptima. Pero la democracia exasperada y fuera de sí, la democracia en religión o en arte, la democracia en el pensamiento y en el gesto, la democracia en el corazón y en la costumbre es el más peligroso morbo que puede padecer una sociedad.

Cuanto más reducida sea la esfera de acción propia a una idea, más perturbadora será su influencia si se pretende proyectarla sobre la totalidad de la vida. Imagínese lo que sería un vegetariano en frenesí que aspire a mirar el mundo desde lo alto de su vegetarianismo culinario: en arte censuraría cuanto no fuese el paisaje hortelano; en economía nacional sería eminentemente agrícola; en religión no admitiría sino las arcaicas divinidades cereales; en indumentaria sólo vacilaría entre el cáñamo, el lino y el esparto, y como filósofo se obstinaría en propagar una botánica trascendental. Pues no parece menos absurdo el hombre que, como tantos hoy, se llega a nosotros y nos dice: ¡Yo, ante todo, soy demócrata!

En tales ocasiones suelo recordar el cuento de aquel monaguillo que no sabía su papel y a cuanto decía el oficiante, según la liturgia, respondía: «¡Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento!» Hasta que harto de la insistencia el sacerdote se volvió y le dijo: «¡Hijo mío, eso es muy bueno; pero no viene al caso

No es lícito ser ante todo demócrata, porque el plano a que la idea democrática se refiere no es un primer plano, no es un «ante todo». La política es un orden instrumental y adjetivo de la vida, una de las muchas cosas que necesitamos atender y perfeccionar para que nuestra vida personal sufra menos fracasos y logre más fácil expansión. Podrá la política, en algún momento agudo, significar la brecha donde debemos movilizar nuestras mejores energías, a fin de conquistar o asegurar un vital aumento; pero nunca puede ser normal esa situación.

Es uno de los puntos en que más resueltamente urge corregir al siglo XIX. Ha padecido éste una grave perversión en el instinto ordenador de la perspectiva, que le condujo a situar en el plano último y definitivo de su preocupación lo que por naturaleza sólo penúltimo y previo puede ser. La perfección de la técnica es la perfección de los medios externos que favorecen la vitalidad. Nada más discreto, pues, que ocuparse de las mejores técnicas. Pero hacer de ello la empresa decisiva de nuestra existencia, dedicarle los más delicados y constantes esfuerzos nuestros, es evidentemente una aberración. Lo propio acontece con la política que intenta la articulación de la sociedad, como la técnica de la naturaleza, a fin de que quede al individuo un margen cada vez más amplio donde dilatar su poder personal.

Como la democracia es una pura forma jurídica, incapaz de proporcionarnos orientación alguna para todas aquellas funciones vitales que no son derecho público, es decir, para casi toda nuestra vida, al hacer de ella principio integral de la existencia se engendran las mayores extravagancias. Por lo pronto, la contradicción del sentimiento mismo que motivó la democracia. Nace ésta como noble deseo de salvar a la plebe de su baja condición. Pues bien, el demócrata ha acabado por simpatizar con la plebe, precisamente en cuanto plebe, con sus costumbres, con sus maneras, con su giro intelectual. La forma extrema de esto puede hallarse en el credo socialista —¡porque se trata, naturalmente, de un credo religioso!—, donde hay un artículo que declara la cabeza del proletario única apta para la verdadera ciencia y la debida moral. En el orden de los hábitos, puedo decir que mi vida ha coincidido con el proceso de conquista de las clases superiores por los modales chulescos. Lo cual indica que no ha elegido uno la mejor época para nacer. Porque antes de entregarse los círculos selectos a los ademanes y léxico del Avapiés, claro es que ha adoptado más profundas y graves características de la plebe.

Toda interpretación soi-disant democrática de un orden vital que no sea el derecho público es fatalmente plebeyismo.

En el triunfo del movimiento democrático contra la legislación de privilegios, la constitución de castas, etcétera, ha intervenido no poco esta perversión moral que llamo plebeyismo; pero más fuerte que ella ha sido el noble motivo de romper la desigualdad jurídica. En el antiguo régimen son los derechos quienes hacen desiguales a los hombres, prejuzgando su situación antes de que nazcan. Con razón hemos negado a esos derechos el título de derechos y dando a la palabra un sentido peyorativo los llamamos privilegios. El nervio saludable de la democracia es, pues, la nivelación de privilegios, no propiamente de derechos. Nótese que los «derechos del hombre» tienen un contenido negativo, son la barbacana que la nueva organización social, más rigorosamente jurídica que las anteriores, presenta a la posible reviviscencia del privilegio[44]. A los «derechos del hombre» ya conocidos y conquistados habrá que acumular otros y otros, hasta que desaparezcan los últimos restos de mitología política. Porque los privilegios que, como digo, no son derechos, consisten en perduraciones residuales de tabús religiosos.

Sin embargo, no acertamos a prever que los futuros «derechos del hombre», cuya invención y triunfo ponemos en manos de las próximas generaciones, tengan tan vasto alcance y modifiquen la faz de la sociedad tanto como los ya logrados o en vías de lograrse[45]. De modo que si hay empeño en reducir el significado de la democracia a esta obra niveladora de privilegios, puede decirse que han pasado sus horas gloriosas.

Si, en efecto, la organización jurídica de la sociedad se quedara en ese estadio negativo y polémico, meramente destructor de la organización «religiosa» de la sociedad; si no mira el hombre su obra de democracia tan sólo como el primer esfuerzo de la justicia, aquél en que abrimos un ancho margen de equidad, dentro del cual crear una nueva estructura social justa —que sea justa, pero que sea estructura—, los temperamentos de delicada moralidad maldecirán la democracia y volverán sus corazones al pretérito, organizado, es cierto, por la superstición; mas, al fin y al cabo, organizado. Vivir es esencialmente, y antes que toda otra cosa, estructura: una pésima estructura es mejor que ninguna.

Y si antes decía que no es lícito ser «ante todo» demócrata, añado ahora que tampoco es lícito ser «sólo» demócrata. El amigo de la justicia no puede detenerse en la nivelación de privilegios, en asegurar igualdad de derechos para lo que en todos los hombres hay de igualdad. Siente la misma urgencia por legislar, por legitimar lo que hay de desigualdad entre los hombres.

Aquí tenemos el criterio para discernir dónde el sentimiento democrático degenera en plebeyismo. Quien se irrita al ver tratados desigualmente a los iguales, pero no se inmuta al ver tratados igualmente a los desiguales no es demócrata, es plebeyo.

La época en que la democracia era un sentimiento saludable y de impulso ascendente, pasó. Lo que hoy se llama democracia es una degeneración de los corazones.

A Nietzsche debemos el descubrimiento del mecanismo que funciona en la conciencia pública degenerada: le llamó Ressentiment. Cuando un hombre se siente a sí mismo inferior por carecer de ciertas calidades —inteligencia o valor o elegancia— procura indirectamente afirmarse ante su propia vista negando la excelencia de esas cualidades. Como ha indicado finamente un glosador de Nietzsche, no se trata del caso de la zorra y las uvas. La zorra sigue estimando como lo mejor la madurez en el fruto, y se contenta con negar esa estimable condición de las uvas demasiado altas. El «resentido» va más allá: odia la madurez y prefiere lo agraz. Es la total inversión de los valores: lo superior, precisamente por serlo, padece una «capitis diminutio», y en su lugar triunfa lo inferior.

The good things that happen in the world obtain in Spain only a pale reflection. In exchange, the bad ones reverberate with incredible efficacy and acquire among us greater intensity than anywhere else.

In recent times Europe has suffered a grave decline of courtesy, and simultaneously we have arrived in Spain at the undivided empire of discourtesy. Our valetudinarian race feels flattered when someone invites it to adopt a plebeian posture, just as the sick body is grateful that it be allowed to lie down at its ease. Plebeianism, triumphant throughout the world, tyrannizes in Spain. And since every tyranny is unbearable, it is fitting that we go about preparing the revolution against plebeianism, the most unbearable of tyrants.

We must thank the advent of so vexing a monarchy to the triumph of democracy. Under the shelter of this noble idea the perverse affirmation of everything base and vile has slipped into the public conscience.

How often this happens! The goodness of a thing carries men away, and placed at its service they easily forget that there are many other good things with which it is necessary to reconcile that one, on pain of converting it into a very bad and baneful thing. Democracy, as democracy, that is, strictly and exclusively as a norm of political law, seems an optimum thing. But exasperated, beside-itself democracy, democracy in religion or in art, democracy in thought and in gesture, democracy in the heart and in custom, is the most dangerous morbidity that a society can suffer.

The more reduced the proper sphere of action of an idea, the more disturbing will be its influence if one pretends to project it upon the totality of life. Imagine what a vegetarian in frenzy would be who aspires to look at the world from the height of his culinary vegetarianism: in art he would censure everything that was not the kitchen-garden landscape; in national economy he would be eminently agricultural; in religion he would admit only the archaic cereal divinities; in dress he would hesitate only between hemp, linen, and esparto; and as a philosopher he would persist in propagating a transcendental botany. Well then, no less absurd seems the man who, like so many today, comes up to us and says: I, before all, am a democrat!

On such occasions I used to recall the tale of that acolyte who did not know his part and to whatever the officiant said, according to the liturgy, replied: “Blessed and praised be the Most Holy Sacrament!” Until, weary of the insistence, the priest turned and said to him: “My son, that is very good; but it does not bear on the case!”

It is not licit to be a democrat before all, because the plane to which the democratic idea refers is not a foreground, is not a “before all.” Politics is an instrumental and adjective order of life, one of the many things we need to attend to and perfect so that our personal life suffers fewer failures and achieves easier expansion. Politics may, at some acute moment, signify the breach where we must mobilize our best energies, in order to conquer or secure a vital increase; but that situation can never be normal.

It is one of the points where it most resolutely urges to correct the nineteenth century. It has suffered a grave perversion in the ordering instinct of perspective, which led it to place in the last and definitive plane of its concern what by nature can only be penultimate and previous. The perfection of technique is the perfection of the external means that favor vitality. Nothing more discreet, then, than to attend to the best techniques. But to make of it the decisive enterprise of our existence, to devote to it our most delicate and constant efforts, is evidently an aberration. The same happens with politics, which attempts the articulation of society, as technique does that of nature, so that there remain to the individual an ever wider margin in which to dilate his personal power.

Since democracy is a pure juridical form, incapable of providing us any orientation for all those vital functions that are not public law, that is, for almost all our life, in making of it an integral principle of existence the greatest extravagances are engendered. For one thing, the contradiction of the very sentiment that motivated democracy. It is born as a noble desire to save the plebs from its low condition. Well then, the democrat has ended by sympathizing with the plebs, precisely insofar as it is plebs, with its customs, with its manners, with its intellectual turn. The extreme form of this can be found in the socialist creed — for it is, naturally, a religious creed! —, where there is an article that declares the proletarian’s head alone fit for true science and due morality. In the order of habits, I can say that my life has coincided with the process of conquest of the upper classes by cocky manners. Which indicates that one has not chosen the best epoch in which to be born. Because before the select circles surrender to the gestures and lexicon of Avapiés, it is clear that it has adopted deeper and graver characteristics of the plebs.

Every soi-disant democratic interpretation of a vital order that is not public law is fatally plebeianism.

In the triumph of the democratic movement against the legislation of privileges, the constitution of castes, etcetera, this moral perversion that I call plebeianism has intervened not a little; but stronger than it has been the noble motive of breaking juridical inequality. In the ancien régime it is the rights that make men unequal, prejudging their situation before they are born. With reason we have denied those rights the title of rights and, giving the word a pejorative sense, we have called them privileges. The healthy nerve of democracy is, then, the levelling of privileges, not properly of rights. Note that the “rights of man” have a negative content; they are the barbican that the new social organization, more rigorously juridical than the previous ones, presents to the possible revival of privilege[44]. To the “rights of man” already known and conquered will have to be accumulated others and still others, until the last remnants of political mythology disappear. Because the privileges that, as I say, are not rights, consist in residual persistences of religious taboos.

However, we do not manage to foresee that the future “rights of man,” whose invention and triumph we place in the hands of the coming generations, have so vast a reach and modify the face of society as much as those already achieved or in the way of being achieved[45]. So that if there is determination to reduce the meaning of democracy to this work of levelling privileges, it may be said that its glorious hours have passed.

If, in effect, the juridical organization of society were to remain at that negative and polemic stage, merely destructive of the “religious” organization of society; if man does not look at his work of democracy only as the first effort of justice, the one in which we open a wide margin of equity, within which to create a new just social structure — that it be just, but that it be structure —, the temperaments of delicate morality will curse democracy and turn their hearts to the past, organized, it is true, by superstition; but, after all, organized. To live is essentially, and before every other thing, structure: a very bad structure is better than none.

And if earlier I said that it is not licit to be a democrat “before all,” I add now that neither is it licit to be “only” a democrat. The friend of justice cannot stop at the levelling of privileges, at securing equality of rights for whatever there is of equality in all men. He feels the same urgency to legislate, to legitimize what there is of inequality among men.

Here we have the criterion for discerning where the democratic sentiment degenerates into plebeianism. He who is irritated at seeing equals treated unequally, but is not moved at seeing unequals treated equally, is not a democrat, he is a plebeian.

The epoch in which democracy was a healthy sentiment and of ascending impulse, passed. What today is called democracy is a degeneration of hearts.

To Nietzsche we owe the discovery of the mechanism that operates in the degenerate public conscience: he called it Ressentiment. When a man feels himself inferior for lacking certain qualities — intelligence or courage or elegance — he seeks indirectly to affirm himself before his own view by denying the excellence of those qualities. As a glossator of Nietzsche has finely indicated, it is not a question of the case of the fox and the grapes. The fox continues to esteem as the best thing ripeness in the fruit, and contents itself with denying that estimable condition of the too-high grapes. The “resentful man” goes further: he hates ripeness and prefers the sour. It is the total inversion of values: the superior, precisely for being so, suffers a “capitis diminutio,” and in its place the inferior triumphs.

Le cose buone che nel mondo accadono ottengono in Spagna soltanto un pallido riflesso. In cambio, le cattive ripercuotono con incredibile efficacia e acquistano tra noi maggiore intensità che in qualsiasi parte.

Negli ultimi tempi ha patito l’Europa una grave discesa della cortesia, e coetaneamente siamo giunti in Spagna all’impero indiviso della scortesia. La nostra razza valetudinaria si sente lusingata quando qualcuno la invita ad adottare una postura plebea, allo stesso modo che il corpo malato ringrazia che gli si permetta di sdraiarsi a suo piacere. Il plebeismo, trionfante in tutto il mondo, tiranneggia in Spagna. E poiché ogni tirannia è insopportabile, conviene che andiamo preparando la rivoluzione contro il plebeismo, il più insopportabile dei tiranni.

Dobbiamo ringraziare l’avvento di così fastidiosa monarchia al trionfo della democrazia. All’ombra di questa nobile idea si è insinuata nella coscienza pubblica la perversa affermazione di tutto ciò che è basso e vile.

Quante volte accade questo! La bontà di una cosa rapisce gli uomini, e messisi al suo servizio dimenticano facilmente che ci sono altre molte cose buone con cui è forzoso compaginare quella, pena di convertirla in una cosa pessima e funesta. La democrazia, come democrazia, cioè, stretta ed esclusivamente come norma del diritto politico, sembra una cosa ottima. Ma la democrazia esasperata e fuori di sé, la democrazia in religione o in arte, la democrazia nel pensiero e nel gesto, la democrazia nel cuore e nella costumanza è il più pericoloso morbo che possa patire una società.

Quanto più ridotta sia la sfera d’azione propria di un’idea, più perturbatrice sarà la sua influenza se si pretende proiettarla sulla totalità della vita. Si immagini ciò che sarebbe un vegetariano in frenesia che aspiri a guardare il mondo dall’alto del suo vegetarianismo culinario: in arte censurerebbe tutto ciò che non fosse il paesaggio ortolano; in economia nazionale sarebbe eminentemente agricolo; in religione non ammetterebbe se non le arcaiche divinità cerealicole; in indumentaria solo vacillerebbe tra la canapa, il lino e lo sparto, e come filosofo si ostinerebbe a propagare una botanica trascendentale. Orbene, non sembra meno assurdo l’uomo che, come tanti oggi, si avvicina a noi e ci dice: Io, prima di tutto, sono democratico!

In tali occasioni soglio ricordare il racconto di quel chierichetto che non sapeva la sua parte e a tutto ciò che diceva l’officiante, secondo la liturgia, rispondeva: «Benedetto e lodato sia il Santissimo Sacramento!» Finché, stanco dell’insistenza, il sacerdote si voltò e gli disse: «Figlio mio, questo è molto buono; ma non viene al caso

Non è lecito essere prima di tutto democratico, perché il piano a cui l’idea democratica si riferisce non è un primo piano, non è un «prima di tutto». La politica è un ordine strumentale e aggettivo della vita, una delle molte cose che dobbiamo curare e perfezionare perché la nostra vita personale subisca meno fallimenti e consegua più facile espansione. Potrà la politica, in qualche momento acuto, significare la breccia dove dobbiamo mobilitare le nostre migliori energie, al fine di conquistare o assicurare un aumento vitale; ma mai può essere normale quella situazione.

È uno dei punti in cui più risolutamente urge correggere il secolo XIX. Ha patito questo una grave perversione nell’istinto ordinatore della prospettiva, che lo condusse a situare nel piano ultimo e definitivo della sua preoccupazione ciò che per natura solo penultimo e previo può essere. La perfezione della tecnica è la perfezione dei mezzi esterni che favoriscono la vitalità. Nulla di più discreto, dunque, che occuparsi delle migliori tecniche. Ma farne l’impresa decisiva della nostra esistenza, dedicarle i più delicati e costanti sforzi nostri, è evidentemente un’aberrazione. Lo stesso avviene con la politica che tenta l’articolazione della società, come la tecnica della natura, al fine che resti all’individuo un margine sempre più ampio dove dilatare il suo potere personale.

Siccome la democrazia è una pura forma giuridica, incapace di fornirci orientamento alcuno per tutte quelle funzioni vitali che non sono diritto pubblico, cioè, per quasi tutta la nostra vita, facendone principio integrale dell’esistenza si generano le maggiori stravaganze. Per il momento, la contraddizione del sentimento stesso che motivò la democrazia. Nasce questa come nobile desiderio di salvare la plebe dalla sua bassa condizione. Ebbene, il democratico ha finito col simpatizzare con la plebe, precisamente in quanto plebe, con i suoi costumi, con i suoi modi, con il suo giro intellettuale. La forma estrema di questo si può trovare nel credo socialista — perché si tratta, naturalmente, di un credo religioso! —, dove c’è un articolo che dichiara la testa del proletario unica atta alla vera scienza e alla debita morale. Nell’ordine degli abiti, posso dire che la mia vita ha coinciso con il processo di conquista delle classi superiori da parte dei modi sguaiati. Il che indica che non ha scelto uno la migliore epoca per nascere. Perché prima di consegnarsi i circoli scelti agli atteggiamenti e al lessico dell’Avapiés, è chiaro che ha adottato più profonde e gravi caratteristiche della plebe.

Ogni interpretazione soi-disant democratica di un ordine vitale che non sia il diritto pubblico è fatalmente plebeismo.

Nel trionfo del movimento democratico contro la legislazione dei privilegi, la costituzione delle caste, eccetera, è intervenuta non poco questa perversione morale che chiamo plebeismo; ma più forte di essa è stato il nobile motivo di rompere la disuguaglianza giuridica. Nell’antico regime sono i diritti coloro che fanno disuguali gli uomini, pregiudicando la loro situazione prima che nascano. Con ragione abbiamo negato a quei diritti il titolo di diritti e dando alla parola un senso peggiorativo li abbiamo chiamati privilegi. Il nervo sano della democrazia è, dunque, la livellazione dei privilegi, non propriamente dei diritti. Si noti che i «diritti dell’uomo» hanno un contenuto negativo, sono il barbacane che la nuova organizzazione sociale, più rigorosamente giuridica delle precedenti, presenta alla possibile riviviscenza del privilegio[44]. Ai «diritti dell’uomo» già conosciuti e conquistati bisognerà accumularne altri e altri, finché scompaiano gli ultimi resti di mitologia politica. Perché i privilegi che, come dico, non sono diritti, consistono in perdurazioni residue di tabù religiosi.

Tuttavia, non riusciamo a prevedere che i futuri «diritti dell’uomo», la cui invenzione e trionfo mettiamo nelle mani delle prossime generazioni, abbiano tanto vasta portata e modifichino la faccia della società tanto quanto i già conseguiti o in via di conseguirsi[45]. Cosicché se c’è impegno a ridurre il significato della democrazia a questa opera livellatrice di privilegi, si può dire che sono passate le sue ore gloriose.

Se, in effetti, l’organizzazione giuridica della società si fermasse in quello stadio negativo e polemico, meramente distruttore dell’organizzazione «religiosa» della società; se non guarda l’uomo la sua opera di democrazia soltanto come il primo sforzo della giustizia, quello in cui apriamo un largo margine di equità, dentro il quale creare una nuova struttura sociale giusta — che sia giusta, ma che sia struttura —, i temperamenti di delicata moralità malediranno la democrazia e volgeranno i loro cuori al passato, organizzato, è certo, dalla superstizione; ma, in fin dei conti, organizzato. Vivere è essenzialmente, e prima di ogni altra cosa, struttura: una pessima struttura è meglio di nessuna.

E se prima dicevo che non è lecito essere «prima di tutto» democratico, aggiungo ora che nemmeno è lecito essere «solo» democratico. L’amico della giustizia non può fermarsi nella livellazione dei privilegi, nell’assicurare uguaglianza di diritti per ciò che in tutti gli uomini c’è di uguaglianza. Sente la stessa urgenza di legiferare, di legittimare ciò che c’è di disuguaglianza tra gli uomini.

Qui abbiamo il criterio per discernere dove il sentimento democratico degenera in plebeismo. Chi si irrita vedendo trattati disugualmente gli uguali, ma non si scompone vedendo trattati ugualmente i disuguali non è democratico, è plebeo.

L’epoca in cui la democrazia era un sentimento sano e di impulso ascendente, passò. Ciò che oggi si chiama democrazia è una degenerazione dei cuori.

A Nietzsche dobbiamo la scoperta del meccanismo che funziona nella coscienza pubblica degenerata: lo chiamò Ressentiment. Quando un uomo si sente a sé stesso inferiore per mancanza di certe qualità — intelligenza o valore o eleganza — cerca indirettamente di affermarsi davanti alla propria vista negando l’eccellenza di quelle qualità. Come ha indicato finemente un glossatore di Nietzsche, non si tratta del caso della volpe e dell’uva. La volpe seguita a stimare come la miglior cosa la maturità nel frutto, e si accontenta di negare quella stimabile condizione dell’uva troppo alta. Il «risentito» va più oltre: odia la maturità e preferisce l’acervo. È la totale inversione dei valori: il superiore, precisamente per esserlo, patisce una «capitis diminutio», e al suo posto trionfa l’inferiore.

El hombre del pueblo suele o solía tener una sana capacidad admirativa. Cuando veía pasar una duquesa en su carroza se extasiaba, y le era grato cavar la tierra de un planeta donde se ven, por veces, tan lindos espectáculos transeúntes. Admira y goza el lujo, la prestancia, la belleza, como admiramos los oros y los rubíes con que solemniza su ocaso el Sol moribundo. ¿Quién es capaz de envidiar el áureo lujo del atardecer? El hombre del pueblo no se despreciaba a sí mismo: se sabía distinto y menor que la clase noble; pero no mordía su pecho el venenoso «resentimiento». En los comienzos de la Revolución francesa una carbonera decía a una marquesa: «Señora, ahora las cosas van a andar al revés: yo iré en silla de manos y la señora llevará el carbón». Un abogadete «resentido» de los que hostigaban al pueblo hacia la revolución, hubiera corregido: «No, ciudadana: ahora vamos a ser todos carboneros».

Vivimos rodeados de gentes que no se estiman a sí mismas, y casi siempre con razón. Quisieran los tales que a toda prisa fuese decretada la igualdad entre los hombres; la igualdad ante la ley no les basta: ambicionan la declaración de que todos los hombres somos iguales en talento, sensibilidad, delicadeza y altura cordial. Cada día que tarda en realizarse esta irrealizable nivelación es una cruel jornada para esas criaturas «resentidas», que se saben fatalmente condenadas a formar la plebe moral e intelectual de nuestra especie. Cuando se quedan solas les llegan del propio corazón bocanadas de desdén para sí mismas. Es inútil que por medio de astucias inferiores consigan hacer papeles vistosos en la sociedad. El aparente triunfo social envenena más su interior, revelándoles el equilibrio inestable de su vida, a toda hora amenazada de un justiciero derrumbamiento. Aparecen ante sus propios ojos como falsificadores de sí mismos, como monederos falsos de trágica especie, donde la moneda defraudada es la persona misma defraudadora.

Este estado de espíritu, empapado de ácidos corrosivos, se manifiesta tanto más en aquellos oficios donde la ficción de las cualidades ausentes es menos posible. ¿Hay nada tan triste como un escritor, un profesor o un político sin talento, sin finura sensitiva, sin prócer carácter? ¿Cómo han de mirar esos hombres, mordidos por el íntimo fracaso, a cuanto cruza ante ellos irradiando perfección y sana estima de sí mismo?

Periodistas, profesores y políticos sin talento componen, por tal razón, el Estado Mayor de la envidia, que, como dice Quevedo, va tan flaca y amarilla porque muerde y no come. Lo que hoy llamamos «opinión pública» y «democracia» no es en grande parte sino la purulenta secreción de esas almas rencorosas.

1917

The man of the people usually or used to have a healthy capacity for admiration. When he saw a duchess pass by in her carriage he was enraptured, and it was gratifying to him to till the earth of a planet where such pretty transient spectacles are seen at times. He admires and enjoys luxury, bearing, beauty, as we admire the golds and rubies with which the dying Sun solemnizes its setting. Who is capable of envying the golden luxury of the sunset? The man of the people did not despise himself: he knew himself different from and lesser than the noble class; but the poisonous “resentment” did not bite his breast. At the beginnings of the French Revolution a charcoal woman said to a marchioness: “Madam, now things are going to go in reverse: I shall go in a sedan chair and the lady will carry the charcoal.” A “resentful” petty lawyer of the kind who goaded the people toward revolution would have corrected: “No, citoyenne: now we shall all be charcoal burners.”

We live surrounded by people who do not esteem themselves, and almost always with reason. Such people would wish that equality among men were decreed at full speed; equality before the law does not suffice them: they covet the declaration that all men are equal in talent, sensibility, delicacy, and cordial height. Every day that this unrealizable levelling delays in coming to pass is a cruel day for those “resentful” creatures, who know themselves fatally condemned to form the moral and intellectual plebs of our species. When they are left alone, gusts of disdain for themselves come to them from their own heart. It is useless that by means of inferior cunning they manage to cut showy figures in society. The apparent social triumph poisons their interior the more, revealing to them the unstable equilibrium of their life, at every hour threatened with a justiciar collapse. They appear before their own eyes as falsifiers of themselves, as false coiners of a tragic species, where the defrauded coin is the defrauding person herself.

This state of spirit, soaked in corrosive acids, manifests itself all the more in those professions where the fiction of absent qualities is least possible. Is there anything so sad as a writer, a professor, or a politician without talent, without sensory fineness, without eminent character? How are these men, bitten by intimate failure, to look at everything that crosses before them radiating perfection and healthy self-esteem?

Journalists, professors, and politicians without talent compose, for that reason, the General Staff of envy, which, as Quevedo says, goes so thin and yellow because it bites and does not eat. What today we call “public opinion” and “democracy” is in large part nothing but the purulent secretion of those rancorous souls.

1917

L’uomo del popolo suole o soleva avere una sana capacità ammirativa. Quando vedeva passare una duchessa nella sua carrozza si estasiava, e gli era grato zappare la terra di un pianeta dove si vedono, a volte, così bei spettacoli transeunti. Ammira e gode il lusso, la prestanza, la bellezza, come ammiriamo gli ori e i rubini con cui solennizza il suo tramonto il Sole moribondo. Chi è capace di invidiare l’aureo lusso del tramonto? L’uomo del popolo non si disprezzava da sé: si sapeva diverso e minore della classe nobile; ma non mordeva il suo petto il velenoso «risentimento». Agli inizi della Rivoluzione francese una carbonaia diceva a una marchesa: «Signora, ora le cose andranno al rovescio: io andrò in portantina e la signora porterà il carbone». Un avvocatuccio «risentito» di quelli che aizzavano il popolo alla rivoluzione, avrebbe corretto: «No, cittadina: ora saremo tutti carbonai».

Viviamo circondati di genti che non si stimano da sé, e quasi sempre con ragione. Vorrebbero quelli che a tutta fretta fosse decretata l’uguaglianza tra gli uomini; l’uguaglianza davanti alla legge non basta loro: ambiscono la dichiarazione che tutti gli uomini siamo uguali in talento, sensibilità, delicatezza e altezza cordiale. Ogni giorno che tarda a realizzarsi questa irrealizzabile livellazione è una crudele giornata per quelle creature «risentite», che si sanno fatalmente condannate a formare la plebe morale e intellettuale della nostra specie. Quando restano sole, arrivano dal proprio cuore boccate di disdegno per sé stesse. È inutile che per mezzo di astuzie inferiori riescano a fare figure vistose nella società. L’apparente trionfo sociale avvelena di più il loro interno, rivelando loro l’equilibrio instabile della loro vita, a ogni ora minacciata di un giustiziere crollo. Appaiono davanti ai loro stessi occhi come falsificatori di sé stessi, come monetari falsi di tragica specie, dove la moneta frodata è la persona stessa frodatrice.

Questo stato di spirito, intriso di acidi corrosivi, si manifesta tanto più in quei mestieri dove la finzione delle qualità assenti è meno possibile. C’è nulla di così triste come uno scrittore, un professore o un politico senza talento, senza finezza sensitiva, senza carattere insigne? Come dovranno guardare questi uomini, morsi dal fallimento intimo, a tutto ciò che incrocia davanti a loro irradiando perfezione e sana stima di sé?

Giornalisti, professori e politici senza talento compongono, per tale ragione, lo Stato Maggiore dell’invidia, che, come dice Quevedo, va così magra e gialla perché morde e non mangia. Ciò che oggi chiamiamo «opinione pubblica» e «democrazia» non è in gran parte se non la purulenta secrezione di quelle anime rancorose.

1917