Abstract

A political article: the conservative and liberal parties are guilty of a failure of historic dimensions, and only the decentralisers and reformists remain as nuclei able to offer hope, provided they call new men from outside politics into government. Topical journalism.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Véase cómo la situación interior de España venía por su pie, e ineludiblemente, a exigir un Gobierno formado por hombres, por núcleos a quienes hasta ahora no se había dejado manejar los instrumentos del Poder.

¿Cuáles podían ser éstos? Los partidos conservador y liberal son reos de un fracaso que tiene dimensiones históricas. Durante ochenta años gravitaron sobre la raza española, trayéndola a la fatal parálisis que ahora demuestra.

Todo el que posea una sensibilidad nacional, todo el que sienta repercutir en su corazón los destinos de este amado pueblo milenario, todo el que goce de fantasía bastante para imaginar lo que pudo hacerse en esos ochenta años con un material humano de más de veinte millones de hombres, con toda una raza que, al fin y al cabo, está sana en su raíz, ha de experimentar forzosamente odio sagrado hacia esas generaciones de pseudo-conservadores y pseudo-liberales, frívolas e ininteligentes, que veces y veces se han acercado al Poder privadas de aquella religiosidad histórica sin la cual no es posible guiar a un pueblo.

La eliminación política de tales elementos es la condición mínima para que la existencia española vuelva a un orden fecundo. Podrán sus senadores o sus diputados seguir celebrando espectrales conciliábulos, dándose aires de que son todavía dueños del momento. La realidad del Poder, empero, se les escapa y se les escapará de las manos.

No quedan, en consecuencia, otros núcleos políticos que ofrezcan al país inmediata esperanza fuera de los descentralizadores y los reformistas. Aquéllos representan una política de realidades orgánicas, de atención a las cuestiones técnicas, cada día más decisivas en la vida pública, y han sabido dar a su labor un atrayente estilo de modernidad. Los reformistas, reducidos en número, han demostrado su independencia y su honestidad resistiendo juntamente a los halagos palatinos y a las injurias de masas irreflexivas. Cuando el caso ha llegado, han cumplido severamente sus compromisos populares, y, por otra parte, han acertado a conservar la ecuanimidad, la reserva exigible a todo el que pretende gobernar. Su programa tiene una amplitud nacional de que hasta ahora carece el de los catalanes, y simboliza una posición internacional y una reforma democrática interna, que completan la política propiamente administrativa de los autonomistas.

Pero otra ventaja superlativa aportaría la unión de estos dos únicos núcleos eficaces, y es que, aun conjuntos, no pueden gobernar si no hacen un llamamiento a fuerzas y a hombres nuevos ajenos a la política. Ahora bien; nada pide tan claramente la opinión pública como la intervención de capacidades no políticas en la nueva gobernación.