Abstract
A satirical dialogue between Juan Rémora and Juan Esturión about the Spanish government: Esturión grants it is the best of possible governments but denies it is a good one, and to explain himself defends Leibniz against Voltaire’s Pangloss caricature. The real Leibniz would tell Sancho: you are right, this world is very bad, but it is the best — imagine the others.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Juan Esturión y Juan Rémora, interlocutores de estos diálogos, son dos españoles de la mejor cepa. Ya Cervantes alude a ellos en sendos pasajes: del esturión nos asegura que es un pez obstinado en bogar siempre contra la corriente, y del pez rémora, que, aun siendo muy pequeño, se adhiere al flanco de una nao y la impide avanzar.
JUAN RÉMORA.—No me dirá usted ahora, amigo Esturión, que no van bien las cosas. ¡Por fin ha encontrado España el mejor de los Gobiernos posibles!
JUAN ESTURIÓN.—Me recuerda usted, amigo Rémora, a los pierrots de Laforgue,
qui sifflent: «Tout est pour le mieux
Dans le meilleur des mi-carême!»
JUAN RÉMORA.—¿Qué? ¿Será usted capaz de no reconocer el excelente cariz que toma la vida española? Hace dos meses usted mismo sostenía que este Gobierno era insustituible, que era preciso, so pena de inmediata atomización nacional, prolongar su vida, y que para ello era menester forzarle a ampliar su programa más allá de aquellos cuatro puntos. Ya tiene usted realizada la amnistía, en ejercicio la reforma del Reglamento, a punto las reformas militares, y ahora vamos a preparar con el mejor de los Gobiernos el mejor de los presupuestos. En tanto, el ministro de Fomento se dispone a ferroviarnos media España; el proyecto de reorganización de los funcionarios administrativos avanza; el aumento de sueldos aumenta, y hasta una estrella de primera magnitud se ha dejado descubrir por un astrónomo español. ¿Me dirá usted que todo esto no es excelente?
JUAN ESTURIÓN.—En efecto, todo eso me parece excelente, y sigo pensando, como hace dos meses, que es éste el mejor de los Gobiernos posibles. Pero ni entonces ni ahora me ha ocurrido pensar que es un buen Gobierno.
JUAN RÉMORA.—¡Pues… no le entiendo a usted! Si es el mejor posible, ¿cómo puede no ser bueno?
JUAN ESTURIÓN.—De que usted no me entienda tiene la culpa nada menos que la vieja firma de Voltaire. Voltaire escribió una novela muy divertida contra el optimismo teológico de Leibniz, que en sus Ensayos de Teodicea había afirmado ser, el existente, el mejor de los mundos posibles. El libro de Voltaire es tan divertido, que lo han leído todos, incluso los que no han leído a Leibniz. De aquí que la ironía superficial del satírico francés haya interceptado la comprensión de la ironía trascendente y mucho más sutil del gran filósofo europeo. Como el predicador finge un maniqueo estúpido a fin de refutarlo fácilmente ante su ingenuo auditorio, Voltaire, que era a su modo un sacerdote vuelto del revés, finge, bajo la fisonomía de Pangloss, un Leibniz bobalicón y cándido. La idea de Leibniz es ésta: Dios, en su infinita sabiduría e infinita bondad, antes de dar existencia a un mundo pasó revista a todos los posibles, y halló que era éste el mejor. Suponga usted que Sancho Panza se acercase a Leibniz y le dijera, como dice en el libro de Cervantes, que «en este valle de lágrimas, en este mal mundo que tenemos, apenas se halla cosa que esté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería». ¿Cree usted que Leibniz pretendería corregir el pesimismo de Sancho? Todo lo contrario: «Sí, amigo —diría—, tienes razón; este mundo es muy malo, pero es el mejor. ¡Calcula cómo serán los otros!» Vea usted como yo puedo, sin contradecirme, creer que es el actual el mejor Gobierno posible, y, sin embargo, pensar que no es un buen Gobierno.
JUAN RÉMORA.—Perfectamente: pero ahora que le entiendo a usted hallo injusta su opinión. Recordemos la hora de extremo peligro en que este Gobierno nació. ¿Por ventura no ha desvanecido los pavorosos conflictos de marzo? ¿No es un Gobierno de máxima autoridad? ¿No opera con mayor facilidad que otro alguno sobre el Parlamento? ¿No es el único a quien pueden encomendarse ciertas empresas delicadas, sobre todo de orden financiero, que requieren una extrema confianza de la nación en los ejecutores?
JUAN ESTURIÓN.—Muy cierto, muy cierto. Antes que usted he dicho y he escrito yo casi todo eso. Hoy me reitero en ello sin quitar ápice. Hasta el punto es así, que no acepto la actitud adoptada por usted de defender al Gobierno, como si yo viniese a atacarlo. No se trata de combatir al Gobierno: se trata de que usted, y quienes piensan como usted, que presumo sean la mayor porción de los españoles, reflexionen un poco sobre la situación de España y no hagan de este Gabinete una de esas cosas que los hombres inventan para no trabajar.
JUAN RÉMORA.—¡Es irritante oírle a usted! ¡No concibo cómo un hombre puede complacerse en pensar siempre a redropelo de los demás!
JUAN ESTURIÓN.— No se irrite el buen celtíbero. Si le parece a usted que es la conversación el más fino obsequio de los dioses al hombre, lejos de fatigarle la discrepancia debe recibirla con fruición. Dialogar es sentirse dos y palpar con nuestro perfil el perfil diferente del alma ajena. En nuestro país, el hombre que era de otra opinión, el hetero-doxo, solía ser llevado a la hoguera, o, cuando menos, corrido por las calles como un can sarnoso. Tal método no nos ha traído los mejores resultados, ¿verdad? Aunque sólo sea por vía de ensayo, ¿por qué no intentar provisionalmente el método opuesto y buscar con devoción sobre el haz de la tierra los hombres que no piensan como uno piensa? ¿Hay nada más grato, más humano, más espiritualmente fecundo que asomarse a un corazón distinto del nuestro a fin de ver los reflejos peculiares que en él pone la vida? Imagine usted que la ventana de su aposento, en vez de dar a la calle o la campiña, se abriese sobre un aposento idéntico al suyo, donde un ciudadano parejo a usted bosteza como usted. ¿No le parecería intolerable? Yo creo que existe en el hombre un como instinto de transmigración, un anhelo de exploraciones más allá de su propio individuo. Per troppo variare natura è bella, cantaba Giordano Bruno, y muchas veces pienso que eso que llamamos amor a la mujer no es, en el fondo, sino un deseo de abrir nuestras ventanas sobre un paisaje totalmente distinto del que dentro llevamos. Amemos lo diferente y aun lo adverso, amigo Rémora: conversemos tranquilamente cultivando un sabroso desacuerdo.
JUAN RÉMORA.—¡Tiene usted razón, tiene usted razón! ¡Hay que conversar! San Juan dice en su Evangelio que «en el comienzo era el Verbo, el Logos», que quiere decir: en el comienzo era la conversación.
JUAN ESTURIÓN.—Lo cual es un pequeño error de San Juan. Porque la conversación resulta imposible sin cortesía. Corrijamos, pues, el versículo y digamos: En el comienzo era la cortesía… y luego empezó la conversación.
JUAN RÉMORA.—Bueno; pero decía usted que este Gobierno, el mejor posible, no es un buen Gobierno…
JUAN ESTURIÓN.—Eso decía, y mañana —ahora es tarde— aspiraré a convencerle a usted de ello.
El Sol, 26 de junio de 1918