Abstract

Madrid, January 1926: against the utilitarian explanation of vital phenomena, and for the thesis that all science begins in a bold anticipation (“tell me what hypothesis you start from and I will tell you who you are”). It reviews Bernard Laum’s Heiliges Geld: in Homer the ox is a measure of value outside trade, and economic usages are shaped by vaguer activities, not the reverse.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Madrid, enero de 1926

La idea de que los fenómenos vitales se explican por su utilidad y, primariamente, por su utilidad inmediata y material, ha conseguido aclarar muy poco las cosas. Casi lo único que ha puesto en claro es el fondo de las almas que hicieron tal suposición, el entresijo de la época que exaltó semejante pensamiento. El conocimiento aspira a reducir las formas innumerables de la realidad a unos pocos principios, si es posible a uno solo. Este principio viene a ser como el prototipo de toda realidad, por decirlo así, lo que verdaderamente hay de real en la variedad aparente de los fenómenos. Cuál sea su principio depende ante todo, de quién sea el que piensa. Se trata siempre de una audacísima anticipación. De antemano consideramos verosímil que las cosas sean de cierta manera y luego procuramos investigar, más o menos rigorosamente, si los hechos se conforman según nuestra sospecha. Sin aquel primer momento de audacia inventiva, de lírico capricho, que nos mueve a juzgar más verosímil cierto tipo de realidad que los demás, no habría ciencia. El rigor, el método, la objetividad, vienen siempre después: no inventan, no inician, no insuflan la ciencia sino que meramente confirman o infirman nuestro espontáneo delirio. Dime de qué hipótesis partes, y te diré quién eres.

Hoy el utilitarismo —en filosofía, en biología, en historia— comienza a ir en derrota. ¿Es que estamos dejando de ser efectivamente utilitarios? Nunca como ahora el prójimo —ese ente que hallamos en todas partes y que toma indefectiblemente el rábano por las hojas— nos hace notar que en el mundo está triunfando el más desaforado utilitarismo. ¡Es lo único que queda en pie! Las gentes se ocupan sólo de ganar dinero, se dice.

Está bien, no discutamos ahora la cuestión que es larga, y sutil. Dejemos decir y entretanto subrayados síntomas opuestos.

Desde hace algún tiempo, el terreno nativo y más propicio para la interpretación utilitaria de lo humano —la historia de la economía— se está transformando. Con gran sorpresa de los investigadores va apareciendo por todas partes, que en vez de ser los hechos económicos los que imponen su forma a las demás actividades humanas son las más vagas, y como abstrusas entre éstas quienes inspiran e informan los usos económicos.

Se ha publicado recientemente un curioso librito bajo el título Dinero Santo. Su autor es un filólogo-economista de la nueva generación: Bernard Laum. Según la más vieja teoría, el dinero habría nacido del cambio entre productos. Uno de éstos se habría convertido en intermediario de los cambios y, a la vez, en medida del valor de los productos. A esta concepción se opuso victoriosamente el genial Knapp con su «teoría política del dinero», según la cual el dinero es creación del Estado. Laum no pretende resolver, ni siquiera plantear, tema tan general. Se contenta con averiguar cuál fue históricamente el origen del dinero en la India y en Grecia.

Los héroes de Homero no lo conocen aún. Cambian directamente sus productos. Algunos siglos más tarde, la moneda aparece. Pero el dinero monetario es sólo la última forma de una génesis larga. Antes de ella tuvo que existir el dinero premonetario, algún objeto cuya misión era representar el precio de los demás, servir de metro económico.

En Homero, el tráfico propiamente económico no conoce aún un instrumento y sistema de estimar los productos. Cada uno es canjeado empíricamente por otro. Sólo fuera del «comercio» aparece en Homero esa función estimativa, y entonces la unidad de medida es el buey. Las cien franjas de oro que penden del escudo de Atenea, valen cada una, cien bueyes, una ecatombe. En los juegos del canto XXIII se ofrece como premio, entre otras cosas, un trípode «que los griegos evalúan en diez bueyes». Este medio estimativo se hallaba, a lo que parece, tan arraigado ya, que el lenguaje lo usa en forma de adjetivo suelto. Se habla de una esclava «doceboyuna», es decir que vale doce bueyes.

Y, sin embargo, no se olvide este dato esencial: el buey no es aún metro económico en el canje de productos. No existe aún unidad de medida para el tráfico o cambio intersocial. No es, pues, como símbolo del comercio como aparece en Grecia originariamente un standard de evaluación.

¿Cuál es entonces la fisonomía con que este dinero primigenio —el buey— se presenta? En Homero y en su tiempo hallamos el buey siempre como adjetivo de los dioses. Hera tiene ojos de vaca, Zeus es el Dios toro y el arte de Micenas multiplica las formas taurinas de la divinidad. Por otra parte, en la épica es el buey el animal propiciatorio por excelencia, la hostia o cuerpo de sacrificio. Ahora bien, el sacrificio es la forma del tráfico entre el hombre y Dios. Y es característico de sus manifestaciones primeras, como Karl Bücher ha demostrado, la destrucción de grandes masas de bienes humanos. En el sacrificio el hombre es generoso ante su Dios, e inmola algunas de sus propiedades más valiosas. Este sacrificio no tiene, sin embargo, el carácter de canje económico con el dios, por lo menos no es éste su sentido primario. El animal sacrificado posee el don de representar a la divinidad, es su manifestación o encarnación. Por esta razón, si bien se aparta un trozo para la divinidad, el resto es consumido por los fieles. En el sacrificio se organiza la comunión de la colectividad creyente en el cuerpo de dios, y así transmite su poder mágico, su «gracia» o «karisma» a los hombres.

Este papel de representar al dios trae consigo precisamente, e inspira, un pensamiento que va a ser más tarde decisivo para la economía, pero que fue engendrado por la religión. Laum hace notar que en la Grecia homérica no existe aún la idea del tipo de producto para el canje, sino que se trafica cambiando un producto individual por otro. Al ser el animal manifestación del dios, surge la idea de elegir entre los animales de una especie, ejemplares que en algún sentido se destaquen de los demás. Así se llega a seleccionar la criazón y separar los más perfectos. Esta perfección tampoco es medida según finalidades económicas, sino que actúan en ella preferencias místicas o estéticas que hacen más apto un animal que otro para servir de residencia carnal a la divinidad. Estos animales sin tacha, sin defectos, son los sacrificados: tal es el sentido de la frase griega «Iereia teleia» —los sacrificios perfectos. La consecuencia fue la crianza por separado de variedades selectas, lo que Homero llama: «Tauroi kekrimenoi» —los toros separados, las «hostiae eximiae». He aquí cómo la evolución diferencial da una misma clase de productos, la creación del tipo valioso, se origina en el uso sagrado.

Los grandes sacrificios son privilegio de los reyes. Y, no porque los reyes sean los más poderosos. Al revés, son más poderosos porque son reyes. El rey se llama así porque «rige» el sacrificio, porque tiene la virtud misteriosa de saber hacer acepto al dios el acto religioso (sabido es que el vocable «rico» tiene exactamente el mismo origen). A la hora de tomar contacto con la divinidad reine el rey a sus hombres y reparte entre ellos, según el rango de sus oficios, los trozos humeantes de la víctima. Es decir los mantiene. El sacrificio se hace medio de pago. Y aquí tenemos ya la función primaria del dinero según Knapp: servir para pagar.

No es posible en esta breve nota recorrer todas las estaciones del proceso en que, según Laum, el buey sacro llega a convertirse en la moneda de metal. Baste con recordar que en la evolución de las ideas religiosas —debiéramos decir de todas las ideas— a la época que necesita materializar todas sus concepciones sigue otra simbólica. Así en Egipto se renuncia a enterrar con el muerto animales auténticos que le sirven de sustento en la otra vida, y en su lugar parece suficiente enterrar papiros donde los animales estén figurados. Nada menos que Max Weber encuentra aquí el origen del cheque. Ello que es una gran cantidad de moneda mediterránea de la primera época lleva en el cuño la efigie de un toro.

La Nación, 7 de febrero de 1926