Ortega y Gasset
Abstract
As the Earth swings between aphelion and perihelion, the mind has epochs of odium Dei and hours when divinity re-emerges: the present is such an hour, and one must shout “God in sight!”. This is not religion: he claims a secular God against the religions’ monopoly, and explains the alternation by the mind’s narrowness — seeing one thing requires blindness to others, so each epoch is a regime of attention, of clear-sightednesses and blindnesses.
Connections
Assi: Dio, Origine della conoscenza
Posizioni: prospettivismo
Concetti: religione
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
En la órbita de la Tierra hay perihelio y afelio: un tiempo de máxima aproximación al Sol y un tiempo de máximo alejamiento. Un espectador astral que viese a la Tierra en el momento en que huye del Sol, pensaría que el planeta no había de volver nunca junto a él, sino que cada día, eviternamente, se alejaría más. Pero si espera un poco verá que la Tierra, imponiendo una suave inflexión a su vuelo, encorva su ruta, volviendo pronto junto al Sol, como la paloma al palomar y el boomerang a la mano que lo lanzó. Algo parecido acontece en la órbita de la historia con la mente respecto a Dios. Hay épocas de odium Dei, de gran fuga lejos de lo divino, en que esta enorme montaña de Dios llega casi a desaparecer del horizonte. Pero al cabo vienen sazones en que súbitamente, con la gracia intacta de una costa virgen, emerge a sotavento el acantilado de la divinidad. La hora de ahora es de este linaje, y procede gritar desde la cofa: ¡Dios a la vista!
No se trata de beatería ninguna; no se trata ni siquiera de religión. Sin que ello implique escatimar respeto alguno a las religiones, es oportuno rebelarse contra el acaparamiento de Dios que suelen ejercer. El hecho, por otra parte, no es extraño; al abandonar las demás actividades de la cultura el tema de lo divino, sólo la religión continúa tratándolo, y todos llegan a olvidar que Dios es también un asunto profano.
La religión consiste en un repertorio de actos específicos que el ser humano dirige a la realidad superior; fe, amor, plegaria, culto. Pero esa realidad divina tiene otra vertiente, en la cual se prenden otros actos mentales perfectamente ajenos a la religiosidad. En ese sentido cabe decir que hay un Dios laico, y este Dios, o flanco de Dios, es lo que ahora está a la vista.
Podrá sorprender esta periódica aparición y desaparición de la divinidad a quien crea que basta con que algo exista y sea visible para que nosotros lo veamos. No se advierte hasta qué punto es condición para que veamos unas cosas que nos ceguemos para otras. La mente humana es angosta; en cada momento caben en ella sólo algunos objetos. Si quisiéramos tener presentes todas las cosas visibles que hay ante nosotros en la habitación donde estamos, no lograríamos percibir ninguna. No podemos ver sin mirar, y mirar es fijar unos objetos con el rayo visual, desdeñando, des-viendo los demás. La mirada va dirigida por la atención, y el atender una cosa es, a la par, desatender otras. Como con la mirada acontece con toda nuestra mente. El foco mental ilumina un objeto gracias a que sumerge los demás en las tinieblas. No basta, pues, que algo se halle ante nosotros para que lo percibamos; es menester, además, que el órgano receptor lo busque y se acomode a él. El ojo se acomoda a la visión lejana o a la próxima, a lo que está a la derecha o a lo que está a la izquierda. Pero, a su vez, esta acomodación muscular de los ojos es consecuencia de la acomodación atencional de nuestra conciencia entera, órgano integral de la percepción.
Como un inmenso panorama se halla el Universo todo, patente siempre ante nosotros; pero en cada hora sólo una porción de él existe para nosotros. La atención del hombre peregrina como el reflector de un navío sobre el área inmensa de lo real, espumando de ella ahora un trozo, luego otro. Esa peregrinación del atender constituye la historia humana. Cada época es un régimen atencional determinado, un sistema de preferencias y de posposiciones, de clarividencias y de cegueras. De modo que si dibujamos el perfil de su atención habremos definido la época.
La que nos precede se caracterizó por un régimen atencional muy curioso, que puede resumirse bajo el nombre de «agnosticismo». Para sí misma y con suma complacencia forjó esta denominación. Es, por lo pronto, gracioso el sentido negativo del vocablo. Equivale a llamarse No-Pedro o No-Juan. Y, en efecto, agnóstico significa «el que no quiere saber ciertas cosas». Se trata, por lo visto, de un alma que antepone a todo la cautela y la prudencia: al emprender, el evitar; al acertar, el no errar. Y el caso es que las cosas cuya ignorancia complace al agnóstico no son cualesquiera, sino precisamente las cosas últimas y primeras; es decir, las decisivas.
Hoy empieza ya a sernos difícil revivir parejo estado de espíritu. Porque la actitud del agnóstico no consiste en proclamar la realidad inmediata y «positiva» como la única existente —cosa que no tendría sentido—, sino, al contrario: reconocer que la realidad inmediata no es la realidad completa; que más allá de lo visible tiene que haber algo, pero de condición tal, que no puede reducirse a experiencia. En vista de ello, vuelve la espalda al ultramundo y se desentiende de él.
La consecuencia de ello es que el paisaje agnóstico no tiene últimos términos. Todo en él es primer plano, con lo cual falta a la ley elemental de la perspectiva. Es un paisaje de miope y un panorama mutilado. Se elimina todo lo primario y decisivo. La atención se fija exclusivamente en lo secundario y flotante.
Se renuncia con laudables pretextos de cordura a descubrir el secreto de las últimas cosas, de las cosas «fundamentales», y se mantiene la mirada fija exclusivamente en «este mundo». Porque «este mundo» es lo que queda del Universo cuando le hemos extirpado todo lo fundamental; por tanto, un mundo sin fundamento, sin asiento, sin cimiento, islote que flota a la deriva sobre un misterioso elemento.
El hombre agnóstico es un órgano de percepción acomodado exclusivamente a lo inmediato. Nos aclaramos tan extraño régimen atencional comparándolo con su opuesto: el gnosticismo. El hombre gnóstico parte, desde luego, de un profundo asco hacia «este mundo». Este tremendo asco hacia todo lo sensible ha sido uno de los fenómenos más curiosos de la Historia. Ya en Platón se nota la iniciación de tal repugnancia, que va a ir subiendo como una marea indominable. En el siglo I, todo el Oriente del Mediterráneo está borracho de asco a lo terrenal, y busca por todas partes, como una bestia prisionera, el agujero para la evasión. Las almas tienen una acomodación a lo ultramundano, sorprendente por lo extremada y lo exclusiva. Sólo existe para ellas lo divino; es decir, lo que por esencia es distante, mediato, trascendente. El asco hacia «este mundo» es tal, que el gnosticismo no admite ni siquiera que lo haya hecho Dios. Así, una de las figuras más admirables del cristianismo naciente, Marción, se obstina en afirmar que el mundo es obra de un ente perverso, gran enemigo de Dios. De aquí que la verdadera creación del verdadero Dios sea la «redención». Crear fue una mala acción; lo bueno, lo divino es «descrear»; esto es, redimir.
El paisaje gnóstico es inverso del «positivista». Se compone únicamente de últimos términos, no tiene plano inmediato; es, por esencia, un mundo «otro». Por eso, mientras la palabra del agnóstico es «experiencia» —lo que quiere decir atención a «este» mundo—, el vocablo del gnóstico es «salvación», lo que quiere decir fuga de éste y atención al otro.
Frente a estas dos preferencias antagónicas e igualmente exclusivas cabe que el atender se fije en una línea intermedia, precisamente la que dibuja la frontera entre uno y otro mundo. Esa línea en que «este mundo» termina, le pertenece, y es, por tanto, de carácter «positivo». Mas a la vez, en esa línea comienza el ultramundo, y es, en consecuencia, trascendente. Todas las ciencias particulares, por necesidad de su interna economía, se ven hoy apretadas contra esa línea de sus propios problemas últimos, que son, al mismo tiempo, los primeros de la gran ciencia de Dios.
Noviembre, 1926
In the orbit of the Earth there are perihelion and aphelion: a time of maximum approach to the Sun and a time of maximum distance from it. An astral spectator who saw the Earth at the moment when it flees the Sun would think that the planet was never to return to its side, but that each day, for all eternity, it would move further away. But if he waits a little he will see that the Earth, imposing a gentle inflection upon its flight, bends its course, returning soon to the Sun’s side, like the dove to the dovecote and the boomerang to the hand that launched it. Something similar happens in the orbit of history with the mind in respect to God. There are ages of odium Dei, of great flight far from the divine, in which this enormous mountain of God almost disappears from the horizon. But in the end there come seasons in which suddenly, with the intact grace of a virgin coast, the cliff of divinity emerges on the leeward side. The present hour is of this lineage, and it behooves us to shout from the crow’s nest: God in sight!
There is no question here of any sanctimony; there is not even a question of religion. Without this implying any scanting of respect toward religions, it is fitting to rebel against the monopoly over God that they tend to exercise. The fact, moreover, is not strange; once the other activities of culture abandon the theme of the divine, only religion continues to treat it, and everyone comes to forget that God is also a profane matter.
Religion consists of a repertoire of specific acts that the human being directs toward the superior reality; faith, love, prayer, worship. But that divine reality has another side, on which other mental acts, perfectly alien to religiosity, take hold. In that sense one may say that there is a lay God, and this God, or flank of God, is what is now in sight.
This periodic appearance and disappearance of divinity may surprise whoever believes that it suffices for something to exist and be visible for us to see it. One does not realize to what extent it is a condition of our seeing some things that we are blind to others. The human mind is narrow; at each moment only a few objects fit within it. If we wished to keep present all the visible things that lie before us in the room where we are, we would not manage to perceive any of them. We cannot see without looking, and looking is fixing some objects with the visual ray, scorning, un-seeing the others. The gaze is directed by attention, and attending to one thing is, at the same time, un-attending to others. As happens with the gaze, so happens with our whole mind. The mental focus illuminates one object thanks to plunging the others into darkness. It is not enough, then, that something be before us for us to perceive it; it is necessary, moreover, that the receiving organ seek it out and accommodate itself to it. The eye accommodates itself to distant or near vision, to what is to the right or to what is to the left. But, in turn, this muscular accommodation of the eyes is a consequence of the attentional accommodation of our entire consciousness, integral organ of perception.
Like an immense panorama the whole Universe lies, ever patent before us; but at each hour only a portion of it exists for us. Man’s attention wanders like the searchlight of a ship over the immense area of the real, skimming from it now one piece, now another. That pilgrimage of attending constitutes human history. Each age is a determinate attentional regime, a system of preferences and postponements, of clear-sightednesses and of blindnesses. So that if we draw the profile of its attention we shall have defined the age.
The one that precedes us was characterized by a very curious attentional regime, which may be summarized under the name of «agnosticism». For itself and with supreme complacency it forged this denomination. To begin with, the negative sense of the word is amusing. It is equivalent to calling oneself Not-Peter or Not-John. And, indeed, agnostic means «one who does not wish to know certain things». It is, apparently, a soul that sets above all else caution and prudence: when undertaking, avoidance; when hitting the mark, not erring. And the case is that the things whose ignorance pleases the agnostic are not just any things, but precisely the last and first things; that is, the decisive ones.
Today it is already beginning to be difficult for us to relive such a state of mind. For the agnostic’s attitude does not consist in proclaiming immediate and «positive» reality as the only existing one —a thing that would make no sense—, but, on the contrary: in recognizing that immediate reality is not the complete reality; that beyond the visible there must be something, but of such a condition that it cannot be reduced to experience. In view of this, he turns his back on the beyond and washes his hands of it.
The consequence of this is that the agnostic landscape has no ultimate terms. Everything in it is foreground, whereby it fails the elementary law of perspective. It is a landscape of the myopic and a mutilated panorama. Everything primary and decisive is eliminated. Attention is fixed exclusively on what is secondary and floating.
One renounces, with laudable pretexts of good sense, discovering the secret of the last things, of the «fundamental» things, and keeps the gaze fixed exclusively on «this world». For «this world» is what remains of the Universe when we have extirpated from it everything fundamental; therefore, a world without foundation, without seat, without base, an islet floating adrift upon a mysterious element.
The agnostic man is an organ of perception accommodated exclusively to the immediate. We clarify so strange an attentional regime by comparing it with its opposite: Gnosticism. The Gnostic man starts, of course, from a profound disgust toward «this world». This tremendous disgust toward everything sensible has been one of the most curious phenomena of History. Already in Plato one notices the beginning of such repugnance, which is going to keep rising like an indomitable tide. In the first century, the whole East of the Mediterranean is drunk with disgust for the earthly, and seeks on all sides, like a prisoner beast, the hole for escape. Souls have an accommodation to the other-worldly, surprising for being so extreme and exclusive. Only the divine exists for them; that is, what by essence is distant, mediate, transcendent. The disgust toward «this world» is such that Gnosticism does not even admit that God made it. Thus, one of the most admirable figures of nascent Christianity, Marcion, insists on affirming that the world is the work of a perverse being, great enemy of God. Hence the true creation of the true God is «redemption». To create was an evil deed; the good, the divine is to «un-create»; that is, to redeem.
The Gnostic landscape is the inverse of the «positivist» one. It is composed solely of ultimate terms, it has no immediate plane; it is, by essence, an «other» world. That is why, while the agnostic’s word is «experience» —which means attention to «this» world—, the Gnostic’s word is «salvation», which means flight from this one and attention to the other.
Faced with these two antagonistic and equally exclusive preferences, it is possible for attending to fix itself on an intermediate line, precisely the one that draws the frontier between one world and the other. That line on which «this world» ends belongs to it, and is, therefore, of a «positive» character. But at the same time, on that line the beyond begins, and it is, consequently, transcendent. All the particular sciences, by necessity of their internal economy, find themselves today pressed against that line of their own ultimate problems, which are, at the same time, the first of the great science of God.
November 1926
Nell’orbita della Terra ci sono perielio e afelio: un tempo di massimo avvicinamento al Sole e un tempo di massimo allontanamento. Uno spettatore astrale che vedesse la Terra nel momento in cui fugge dal Sole penserebbe che il pianeta non dovesse mai più tornare accanto a esso, ma che ogni giorno, eviternamente, se ne allontanasse sempre più. Ma se aspetta un poco vedrà che la Terra, imponendo una lieve inflessione al suo volo, incurva la propria rotta, tornando presto accanto al Sole, come la colomba alla colombaia e il boomerang alla mano che lo lanciò. Qualcosa di simile accade nell’orbita della storia con la mente rispetto a Dio. Ci sono epoche di odium Dei, di grande fuga lontano dal divino, in cui questa enorme montagna di Dio arriva quasi a scomparire dall’orizzonte. Ma alla fine vengono stagioni in cui all’improvviso, con la grazia intatta di una costa vergine, emerge sottovento la scogliera della divinità. L’ora di adesso è di questa stirpe, e conviene gridare dalla coffa: Dio alla vista!
Non si tratta di bigotteria alcuna; non si tratta neppure di religione. Senza che ciò implichi risparmiare rispetto alcuno alle religioni, è opportuno ribellarsi contro l’accaparramento di Dio che esse sogliono esercitare. Il fatto, d’altra parte, non è strano; abbandonando le altre attività della cultura il tema del divino, solo la religione continua a trattarlo, e tutti arrivano a dimenticare che Dio è anche una faccenda profana.
La religione consiste in un repertorio di atti specifici che l’essere umano rivolge alla realtà superiore; fede, amore, preghiera, culto. Ma quella realtà divina ha un’altra faccia, alla quale si aggrappano altri atti mentali perfettamente estranei alla religiosità. In questo senso si può dire che c’è un Dio laico, e questo Dio, o fianco di Dio, è ciò che ora è in vista.
Potrà sorprendere questa periodica apparizione e sparizione della divinità chi creda che basti che qualcosa esista e sia visibile perché noi la vediamo. Non ci si accorge fino a che punto sia condizione perché vediamo alcune cose il fatto che ci accechiamo per altre. La mente umana è angusta; in ogni momento vi trovano posto solo alcuni oggetti. Se volessimo tenere presenti tutte le cose visibili che ci stanno davanti nella stanza dove ci troviamo, non riusciremmo a percepirne nessuna. Non possiamo vedere senza guardare, e guardare è fissare alcuni oggetti con il raggio visuale, disdegnando, s-vedendo gli altri. Lo sguardo è diretto dall’attenzione, e l’attendere una cosa è, al tempo stesso, disattendere altre. Come accade con lo sguardo, accade con tutta la nostra mente. Il fuoco mentale illumina un oggetto grazie al fatto che immerge gli altri nelle tenebre. Non basta, dunque, che qualcosa stia davanti a noi perché la percepiamo; occorre, inoltre, che l’organo ricevente la cerchi e si accomodi a essa. L’occhio si accomoda alla visione lontana o a quella prossima, a ciò che sta a destra o a ciò che sta a sinistra. Ma, a sua volta, questa accomodazione muscolare degli occhi è conseguenza dell’accomodazione attenzionale della nostra coscienza intera, organo integrale della percezione.
Come un immenso panorama si trova l’Universo tutto, patente sempre davanti a noi; ma in ogni ora solo una porzione di esso esiste per noi. L’attenzione dell’uomo peregrina come il riflettore di un naviglio sull’area immensa del reale, spumandone ora un pezzo, ora un altro. Quel peregrinare dell’attendere costituisce la storia umana. Ogni epoca è un regime attenzionale determinato, un sistema di preferenze e di posposizioni, di chiaroveggenze e di cecità. Così che se disegniamo il profilo della sua attenzione avremo definito l’epoca.
Quella che ci precede fu caratterizzata da un regime attenzionale molto curioso, che può riassumersi sotto il nome di «agnosticismo». Per sé stessa e con somma compiacenza forgiò questa denominazione. È, in primo luogo, buffo il senso negativo del vocabolo. Equivale a chiamarsi Non-Pietro o Non-Giovanni. E, in effetti, agnostico significa «colui che non vuol sapere certe cose». Si tratta, a quanto pare, di un’anima che antepone a tutto la cautela e la prudenza: nell’intraprendere, l’evitare; nel cogliere nel segno, il non errare. E il caso è che le cose la cui ignoranza compiace l’agnostico non sono qualsiasi, ma precisamente le cose ultime e prime; cioè, le decisive.
Oggi comincia già a esserci difficile rivivere un tale stato d’animo. Perché l’atteggiamento dell’agnostico non consiste nel proclamare la realtà immediata e «positiva» come l’unica esistente —cosa che non avrebbe senso—, ma, al contrario: riconoscere che la realtà immediata non è la realtà completa; che al di là del visibile deve esserci qualcosa, ma di condizione tale, che non può ridursi a esperienza. In vista di ciò, volta le spalle all’oltremondo e se ne disinteressa.
La conseguenza di ciò è che il paesaggio agnostico non ha ultimi termini. Tutto in esso è primo piano, con il che manca alla legge elementare della prospettiva. È un paesaggio da miope e un panorama mutilato. Si elimina tutto ciò che è primario e decisivo. L’attenzione si fissa esclusivamente su ciò che è secondario e fluttuante.
Si rinuncia con lodevoli pretesti di buon senso a scoprire il segreto delle cose ultime, delle cose «fondamentali», e si mantiene lo sguardo fisso esclusivamente su «questo mondo». Perché «questo mondo» è ciò che resta dell’Universo quando gli abbiamo estirpato tutto ciò che è fondamentale; quindi, un mondo senza fondamento, senza sedime, senza fondamenta, isolotto che fluttua alla deriva su un misterioso elemento.
L’uomo agnostico è un organo di percezione accomodato esclusivamente all’immediato. Ci si chiarisce un così strano regime attenzionale confrontandolo con il suo opposto: lo gnosticismo. L’uomo gnostico parte, naturalmente, da un profondo disgusto verso «questo mondo». Questo tremendo disgusto verso tutto il sensibile è stato uno dei fenomeni più curiosi della Storia. Già in Platone si nota l’inizio di tale ripugnanza, che andrà salendo come una marea indominabile. Nel secolo I, tutto l’Oriente del Mediterraneo è ubriaco di disgusto per il terreno, e cerca da ogni parte, come una bestia prigioniera, il buco per l’evasione. Le anime hanno un’accomodazione all’oltremondano, sorprendente per quanto è estrema ed esclusiva. Solo per esse esiste il divino; cioè, ciò che per essenza è distante, mediato, trascendente. Il disgusto verso «questo mondo» è tale, che lo gnosticismo non ammette neppure che lo abbia fatto Dio. Così, una delle figure più ammirevoli del cristianesimo nascente, Marcione, si ostina ad affermare che il mondo è opera di un essere perverso, grande nemico di Dio. Di qui che la vera creazione del vero Dio sia la «redenzione». Creare fu una cattiva azione; il buono, il divino è «screare»; cioè, redimere.
Il paesaggio gnostico è inverso di quello «positivista». Si compone unicamente di ultimi termini, non ha piano immediato; è, per essenza, un mondo «altro». Per questo, mentre la parola dell’agnostico è «esperienza» —che vuol dire attenzione a «questo» mondo—, il vocabolo dello gnostico è «salvezza», che vuol dire fuga da questo e attenzione all’altro.
Di fronte a queste due preferenze antagonistiche e ugualmente esclusive può accadere che l’attendere si fissi su una linea intermedia, precisamente quella che disegna la frontiera tra un mondo e l’altro. Quella linea in cui «questo mondo» termina, gli appartiene, ed è, quindi, di carattere «positivo». Ma al tempo stesso, su quella linea comincia l’oltremondo, ed è, di conseguenza, trascendente. Tutte le scienze particolari, per necessità della loro interna economia, si vedono oggi premute contro quella linea dei loro propri problemi ultimi, che sono, al tempo stesso, i primi della grande scienza di Dio.
Novembre 1926