Ortega y Gasset

Abstract

On the election of Luis de Zulueta as deputy: Catalan nationalism, a formalist movement in Simmel’s judgement, purifies itself by turning into a party promoting culture, that is pedagogy and justice. Ortega declares he does not know the “Catalan problem” and asks whether it is not a human problem, and therefore everyone’s.

Connections

Concetti: educazione, Stato
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

En 1908 la efervescencia municipal producida en Barcelona por el movimiento solidario llegaba al grado máximo. La espléndida ciudad era sólo un ruido, una inmensa turbulencia sonora: no se escuchaba a nadie y todo el mundo hablaba. Una voz sugestiva, no obstante, solicitaba con fingida tenuidad la atención, ahora de uno, luego de otro; esquivaba los excesos laríngeos de éste para deslizarse furtivamente en aquel oído por acaso favorable. La voz sostenía que la solidaridad necesitaba una justificación: bien que su origen fuera una fe nacional, un subitáneo crecimiento de la sensibilidad colectiva para los rasgos diferenciales del catalán; mas no bastaba eso. El origen de una cosa no es su significación. El movimiento regionalista, si había de ser algo más que un movimiento físico, necesitaba un contenido político. La solidaridad se justificaría si se manifestaba como la solidaridad para la cultura.

Habló así entonces Luis de Zulueta con tanta persuasión, que poco después votaba el Ayuntamiento un presupuesto extraordinario de cultura. Luis de Zulueta fue nombrado comisario, y apareció un volumen en que el Ayuntamiento exponía sus ilusiones pedagógicas. Según era de temer, no pasó de aquí su empeño. El Municipio resorbió toda aquella pedagogía, y Luis de Zulueta vino a Madrid, comisario de Cultura in partibus infidelium.

Ahora, mostrando Barcelona esprit de retour, envía a Zulueta para que represente en las Cortes los restos de aquel movimiento particularista en que no hemos todavía logrado ver muy claro. ¿Y no es sumamente significativo que sea elevado a representante del nuevo nacionalismo un hombre cuyo sistema de ideas gravita sobre el concepto de cultura? En la persona del nuevo diputado el nacionalismo se purifica y se transforma en partido promotor de cultura. Si a esto se añade que, por vez primera desde hace largo tiempo, se ha visto reunidos en meetings y manifestaciones a los conductores del radicalismo barcelonés y los apóstoles del nacionalismo republicano, parece evidente que el llamado problema catalán ha dejado atrás una fase de su desarrollo que se mostró infecunda, vana, y boga hacia otra nueva expresión política.

La elección última realiza la verdadera solidaridad catalana. Antes no sabíamos bien qué era Cataluña como carácter político; no sabíamos bien qué era. Era solidaria —se nos dirá. Bien; pero la solidaridad es un movimiento formalista, una emoción adjetiva, a fuer de pura emoción un mero vehículo sentimental que necesita para caracterizarse de algo sustantivo, políticamente determinado. Cataluña —contestaría alguien— era solidaria de Cataluña. Bien, muy bien; pero ¿quién es Cataluña, de dónde le viene esa unidad necesaria para constituir un carácter? Ahora ya lo sabemos: Cataluña es radical; se aúna, se organiza, se caracteriza por su liberalismo extremo. Antes parecían de acuerdo los catalanes en una forma; ahora se hacen solidarios de una cosa: cultura, es decir pedagogía y justicia. Deben meditar los antiguos solidarios sobre el dato de que un pensador tan sutil y documentado como el filósofo berlinés Simmel cite en su nuevo libro Sociología la Solidaridad catalana como ejemplo de movimiento formalista. Fue un partido formal; fue sólo la forma de un partido.

No quisiera decir sino gratas palabras a los hermanos de Levante; por eso declaro que no conozco el problema catalán. Según es sabido, lo más grave que un no catalán puede decir a un catalán es que conoce su problema. En cierta ocasión quise hacer un viaje a Barcelona con objeto de estudiar adecuadamente la cuestión; pero el señor Pijoán, hombre, por lo demás, bondadosísimo y entusiasta, me dijo que yo no podría jamás comprender aquel problema. En vista de ello, renuncié al viaje.

Hermanos de Levante, gentes solícitas y fuertes, ¿por qué dividir la humanidad y encerrar las porciones en compartimentos estancos, de ambiente hermético? ¿No es la cultura el rompimiento doloroso de todos los muros fatales que mantienen la desintegración humana? ¿No es crimen mantener principios de disociación, siendo el único sentido noble de la actividad individual colaborar en la construcción de la sociedad? ¿No es el problema catalán un problema humano, y por tanto, un problema nuestro? Y si no puede ser nuestro el problema catalán, ¿no corre riesgo de ser un problema inhumano, un tema de la pasión, del instinto; una reaparición enfermiza del pasado que, aun siendo pasado, pretende alzarse como ideal, esto es, como porvenir? Supuesto que no tuviéramos la misma historia, el mismo pasado, ¿por qué no hemos de tener el mismo porvenir? El pasado es un principio de enemistad, todo pasado es bárbaro frente al porvenir. Giordano Bruno sostenía aún que sólo los judíos son hijos de Adán y Eva: los europeos poseemos un origen distinto, y nuestras vías proceden aparte de las suyas. Los drusos del Líbano, prietamente organizados en torno a su fe religiosa histórica, no buscan prosélitos ni admiten nuevos creyentes: el que es druso —dicen— lo es desde toda la eternidad.

Cuando el señor Pijoán me excluía de la comprensión del catalanismo pensé un instante que el Tibidabo padece veleidades de Líbano.

En la leyenda virgiliana se habla de un jardín separado del paisaje circundante por un muro de aire. Yo creo que Cataluña no se halla separada de Castilla por otra cosa: nada sólido, compacto, preciso, ni en el pasado, ni en el presente, ni en el porvenir. ¿Quién capaz de veracidad, de alto sentimiento de la responsabilidad intelectual, podrá en serio establecer como principio de diferenciación la psicología colectiva de una y otra región? Cierto; alguien más atolondrado que verídico ha abusado de las estadísticas antropológicas, y dándoles un valor exacto de que carecen absolutamente ha alimentado cierta pasión torva, disgregadora y estéril, que iba levantándose sobre Cataluña, como sobre el resto de España, a medida que la nación entera se percataba de su trágica decadencia. Éste sí es un pecado grave de los pensadores catalanes: ha faltado allí la crítica, la precisión: ha faltado más que entre nosotros. Sin exactitud no hay pensamiento. Los libros catalanistas son constitutivamente imprecisos, asistemáticos, compuestos, en general, por hombres poco cultivados, sin escuela científica ni tradición estudiosa; son improvisaciones de abogados, de dilettanti, de poetas, alguno de estos últimos ciertamente grandes. Estos hermanos nuestros no se habían penetrado todavía de que el pensamiento no es una actividad espontánea, de que sin aprendizaje no hay pensar.

Pero esos libros ya no son leídos, esos pensadores no enardecen ya los corazones catalanes: no hablemos, pues, de ellos; son también un pasado. La elección de Zulueta nos anuncia el adviento de nuevas ideologías más enérgicas, veraces y profundas, por las cuales comunique con Europa el alma de Cataluña, alma titánica que germina entre enormes inquietudes. Nosotros, por nuestra parte, trataremos de aumentar el peso específico de España sobre el mapa moral del continente. Y esta religión de la cultura será como una nueva alianza cerrada sobre las ruinas de aquella vieja alianza rota estos años pasados, y bien rota: la de la vieja España exenta de ideales unificadores, dentro de la cual no era posible colaboración porque no había nada que hacer.

Luis de Zulueta ha convivido con muchos de nosotros. —¿Quiénes seremos nosotros? Tal vez somos sólo la esperanza de que seamos muchos. Pensábamos y queríamos las mismas cosas que ese catalán de la nueva generación. Las malas inteligencias, tan bien cultivadas por el señor Maura, nos aparecieron en toda su vanidad, y alguna vez, deambulando por el paseo de Rosales donde hallan los proyectos espacio ilimitado para ensancharse, advertíamos que en toda su trayectoria visible no se separaban. Hablemos de urbe a urbe: fundemos una gran amistad municipal. Que el problema nos una: Barcelona y Madrid tienen la misma cosa que hacer: educarse, participar en la cultura. Barcelona, consciente de ello, nos envía diputado un pedagogo.

Como cantaba Walt Whitman, que nuestras ciudades se pasen mutuamente los brazos por cima de los hombros.

El Imparcial, 28 de mayo de 1910

In 1908 the municipal effervescence produced in Barcelona by the solidarity movement reached its highest degree. The splendid city was only a noise, an immense sonorous turbulence: no one was heard and everyone spoke. A suggestive voice, nonetheless, solicited with feigned tenuity the attention, now of one, then of another; it dodged the laryngeal excesses of this one to slip furtively into that ear by chance favorable. The voice maintained that solidarity needed a justification: even if its origin were a national faith, a sudden growth of the collective sensibility for the differential traits of the Catalan; but that was not enough. The origin of a thing is not its significance. The regionalist movement, if it was to be something more than a physical movement, needed a political content. Solidarity would be justified if it manifested itself as solidarity for culture.

Luis de Zulueta spoke thus then with such persuasion that shortly afterward the City Council voted an extraordinary budget for culture. Luis de Zulueta was named commissioner, and a volume appeared in which the City Council set forth its pedagogical illusions. As was to be feared, his endeavor went no further than this. The Municipality reabsorbed all that pedagogy, and Luis de Zulueta came to Madrid, commissioner of Culture in partibus infidelium.

Now, Barcelona showing esprit de retour, sends Zulueta to represent in the Cortes the remains of that particularist movement in which we have not yet managed to see clearly. And is it not highly significant that a man whose system of ideas gravitates around the concept of culture should be elevated to representative of the new nationalism? In the person of the new deputy nationalism purifies itself and transforms into a party promoting culture. If to this is added that, for the first time in a long while, the leaders of Barcelona radicalism and the apostles of republican nationalism have been seen gathered in meetings and manifestations, it seems evident that the so-called Catalan problem has left behind a phase of its development that proved unfruitful, vain, and is sailing toward another new political expression.

The last election realizes the true Catalan solidarity. Before, we did not know well what Catalonia was as a political character; we did not know well what it was. It was solidary —we shall be told. Fine; but solidarity is a formalist movement, an adjectival emotion, being pure emotion a mere sentimental vehicle that needs, in order to characterize itself, something substantive, politically determinate. Catalonia —someone would answer— was solidary of Catalonia. Fine, very fine; but who is Catalonia, whence comes to it that unity necessary to constitute a character? Now we know: Catalonia is radical; it unites, organizes itself, characterizes itself by its extreme liberalism. Before, the Catalans seemed agreed on a form; now they become solidary of a thing: culture, that is pedagogy and justice. The old solidaries should meditate on the datum that a thinker as subtle and documented as the Berlin philosopher Simmel cites in his new book Sociology the Catalan Solidarity as an example of a formalist movement. It was a formal party; it was only the form of a party.

I would not wish to say anything but gracious words to the brothers of Levante; for that reason I declare that I do not know the Catalan problem. As is known, the gravest thing a non-Catalan can say to a Catalan is that he knows his problem. On a certain occasion I wished to make a trip to Barcelona in order to study the question adequately; but Señor Pijoán, a man, moreover, most kind and enthusiastic, told me that I could never comprehend that problem. In view of this, I renounced the trip.

Brothers of Levante, solicitous and strong folk, why divide humanity and shut the portions in watertight compartments, of hermetic atmosphere? Is not culture the painful breaking of all those fatal walls that maintain human disintegration? Is it not a crime to maintain principles of dissociation, when the only noble sense of individual activity is to collaborate in the construction of society? Is not the Catalan problem a human problem, and therefore, a problem of ours? And if the Catalan problem cannot be ours, does it not run the risk of being an inhuman problem, a theme of passion, of instinct; an unhealthy reappearance of the past which, even being past, pretends to rise as an ideal, that is, as a future? Supposing we did not have the same history, the same past, why should we not have the same future? The past is a principle of enmity, every past is barbarous before the future. Giordano Bruno still maintained that only the Jews are children of Adam and Eve: we Europeans possess a distinct origin, and our ways proceed apart from theirs. The Druzes of the Lebanon, tightly organized around their historical religious faith, seek no proselytes nor admit new believers: he who is a Druze —they say— has been so from all eternity.

When Señor Pijoán excluded me from comprehension of Catalanism I thought for an instant that the Tibidabo suffers from ambitions of the Lebanon.

In the Virgilian legend there is talk of a garden separated from the surrounding landscape by a wall of air. I believe that Catalonia is not separated from Castile by anything else: nothing solid, compact, precise, either in the past, or in the present, or in the future. Who, capable of veracity, of high feeling for intellectual responsibility, could seriously establish as a principle of differentiation the collective psychology of one and the other region? Certainly; someone more reckless than truthful has abused the anthropological statistics, and giving them an exact value that they absolutely lack has fed a certain sullen, disintegrating and sterile passion, which was rising over Catalonia, as over the rest of Spain, to the extent that the whole nation became aware of its tragic decadence. This indeed is a grave sin of the Catalan thinkers: there has lacked there criticism, precision: it has lacked more than among us. Without exactness there is no thought. The Catalanist books are constitutively imprecise, unsystematic, composed, in general, by uncultivated men, without scientific school nor studious tradition; they are improvisations of lawyers, of dilettanti, of poets, some of the latter certainly great. These brothers of ours had not yet become penetrated by the fact that thought is not a spontaneous activity, that without learning there is no thinking.

But those books are no longer read, those thinkers no longer inflame Catalan hearts: let us not speak, then, of them; they are also a past. The election of Zulueta announces to us the advent of new ideologies, more energetic, truthful and profound, through which the soul of Catalonia, titanic soul that germinates amid enormous disquietudes, may communicate with Europe. We, for our part, will try to increase the specific weight of Spain upon the moral map of the continent. And this religion of culture will be like a new alliance sealed over the ruins of that old alliance broken these past years, and well broken: that of the old Spain exempt from unifying ideals, within which collaboration was not possible because there was nothing to do.

Luis de Zulueta has lived together with many of us. —Who shall we be? Perhaps we are only the hope that we be many. We thought and wanted the same things as that Catalan of the new generation. The misunderstandings, so well cultivated by Señor Maura, appeared to us in all their vanity, and sometimes, strolling along the paseo de Rosales where projects find unlimited space to expand, we noticed that throughout their visible trajectory they did not separate. Let us speak from city to city: let us found a great municipal friendship. May the problem unite us: Barcelona and Madrid have the same thing to do: to educate themselves, to participate in culture. Barcelona, conscious of it, sends us as deputy a pedagogue.

As Walt Whitman sang, may our cities pass their arms over one another’s shoulders.

El Imparcial, 28 May 1910

Nel 1908 l’effervescenza municipale prodotta a Barcellona dal movimento solidario arrivava al grado massimo. La splendida città era solo un rumore, un’immensa turbolenza sonora: non si ascoltava nessuno e tutti parlavano. Una voce suggestiva, nondimeno, sollecitava con finta tenuità l’attenzione, ora dell’uno, poi dell’altro; schivava gli eccessi laringei di costui per scivolare furtivamente in quell’orecchio per caso favorevole. La voce sosteneva che la solidarietà aveva bisogno di una giustificazione: fosse pure che la sua origine fosse una fede nazionale, un subitaneo accrescimento della sensibilità collettiva per i tratti differenziali del catalano; ma ciò non bastava. L’origine di una cosa non è il suo significato. Il movimento regionalista, se doveva essere qualcosa di più che un movimento fisico, aveva bisogno di un contenuto politico. La solidarietà si giustificherebbe se si manifestasse come solidarietà per la cultura.

Parlò così allora Luis de Zulueta con tanta persuasione, che poco dopo il Municipio votava un bilancio straordinario di cultura. Luis de Zulueta fu nominato commissario, e apparve un volume in cui il Municipio esponeva le sue illusioni pedagogiche. Com’era da temere, il suo impegno non andò oltre. Il Municipio riassorbì tutta quella pedagogia, e Luis de Zulueta venne a Madrid, commissario di Cultura in partibus infidelium.

Ora, mostrando Barcellona esprit de retour, invia Zulueta perché rappresenti nelle Cortes i resti di quel movimento particolarista in cui non siamo ancora riusciti a vederci chiaro. E non è sommamente significativo che sia elevato a rappresentante del nuovo nazionalismo un uomo il cui sistema di idee gravita sul concetto di cultura? Nella persona del nuovo deputato il nazionalismo si purifica e si trasforma in partito promotore di cultura. Se a ciò si aggiunge che, per la prima volta da molto tempo, si sono visti riuniti in meetings e manifestazioni i conduttori del radicalismo barcellonese e gli apostoli del nazionalismo repubblicano, sembra evidente che il cosiddetto problema catalano ha lasciato dietro di sé una fase del suo sviluppo che si mostrò infeconda, vana, e naviga verso un’altra nuova espressione politica.

L’ultima elezione realizza la vera solidarietà catalana. Prima non sapevamo bene che cosa fosse la Catalogna come carattere politico; non sapevamo bene che cosa fosse. Era solidale —ci si dirà. Bene; ma la solidarietà è un movimento formalista, un’emozione aggettiva, in quanto pura emozione un mero veicolo sentimentale che ha bisogno per caratterizzarsi di qualcosa di sostantivo, politicamente determinato. Catalogna —risponderebbe qualcuno— era solidale con la Catalogna. Bene, benissimo; ma chi è la Catalogna, da dove le viene quell’unità necessaria per costituire un carattere? Ora lo sappiamo: la Catalogna è radicale; si unisce, si organizza, si caratterizza per il suo liberalismo estremo. Prima i catalani sembravano d’accordo su una forma; ora si fanno solidali di una cosa: cultura, cioè pedagogia e giustizia. Devono meditare i vecchi solidari sul dato che un pensatore così sottile e documentato come il filosofo berlinese Simmel citi nel suo nuovo libro Sociologia la Solidarietà catalana come esempio di movimento formalista. Fu un partito formale; fu solo la forma di un partito.

Non vorrei dire che grate parole ai fratelli di Levante; per questo dichiaro che non conosco il problema catalano. Com’è noto, la cosa più grave che un non catalano possa dire a un catalano è che conosce il suo problema. In una certa occasione volli fare un viaggio a Barcellona allo scopo di studiare adeguatamente la questione; ma il signor Pijoán, uomo, per il resto, bonissimo ed entusiasta, mi disse che io non avrei mai potuto comprendere quel problema. In vista di ciò, rinunciai al viaggio.

Fratelli di Levante, genti sollecite e forti, perché dividere l’umanità e rinchiudere le porzioni in compartimenti stagni, di ambiente ermetico? Non è la cultura la dolorosa rottura di tutti i muri fatali che mantengono la disintegrazione umana? Non è crimine mantenere princìpi di dissociazione, essendo l’unico senso nobile dell’attività individuale collaborare alla costruzione della società? Non è il problema catalano un problema umano, e quindi, un problema nostro? E se il problema catalano non può essere nostro, non corre rischio di essere un problema inumano, un tema della passione, dell’istinto; una ricomparsa morbosa del passato che, pur essendo passato, pretende di ergersi come ideale, cioè, come avvenire? Supposto che non avessimo la stessa storia, lo stesso passato, perché non dobbiamo avere lo stesso avvenire? Il passato è un principio di inimicizia, ogni passato è barbaro di fronte all’avvenire. Giordano Bruno sosteneva ancora che solo gli ebrei sono figli di Adamo ed Eva: gli europei possediamo un’origine distinta, e le nostre vie procedono a parte dalle loro. I drusi del Libano, strettamente organizzati intorno alla loro fede religiosa storica, non cercano proseliti né ammettono nuovi credenti: chi è druso —dicono— lo è da tutta l’eternità.

Quando il signor Pijoán mi escludeva dalla comprensione del catalanismo pensai un istante che il Tibidabo soffre di velleità di Libano.

Nella leggenda virgiliana si parla di un giardino separato dal paesaggio circostante da un muro d’aria. Io credo che la Catalogna non sia separata dalla Castiglia da altro: nulla di solido, compatto, preciso, né nel passato, né nel presente, né nell’avvenire. Chi, capace di veridicità, di alto sentimento della responsabilità intellettuale, potrà in serio stabilire come principio di differenziazione la psicologia collettiva dell’una e dell’altra regione? Certo; qualcuno più sconsiderato che veridico ha abusato delle statistiche antropologiche, e dando loro un valore esatto che assolutamente non hanno ha alimentato una certa passione torva, disgregatrice e sterile, che andava sollevandosi sulla Catalogna, come sul resto della Spagna, a misura che la nazione intera si accorgeva della sua tragica decadenza. Questo sì è un peccato grave dei pensatori catalani: è mancata lì la critica, la precisione: è mancata più che tra noi. Senza esattezza non c’è pensiero. I libri catalanisti sono costitutivamente imprecisi, asistematici, composti, in generale, da uomini poco coltivati, senza scuola scientifica né tradizione studiosa; sono improvvisazioni di avvocati, di dilettanti, di poeti, qualcuno di questi ultimi certamente grande. Questi nostri fratelli non si erano ancora penetrati del fatto che il pensiero non è un’attività spontanea, che senza apprendimento non c’è pensare.

Ma quei libri non sono più letti, quei pensatori non infiammano più i cuori catalani: non parliamo, dunque, di loro; sono anch’essi un passato. L’elezione di Zulueta ci annuncia l’avvento di nuove ideologie più energiche, veridiche e profonde, per mezzo delle quali comunichi con l’Europa l’anima della Catalogna, anima titanica che germoglia tra enormi inquietudini. Noi, da parte nostra, cercheremo di aumentare il peso specifico della Spagna sulla mappa morale del continente. E questa religione della cultura sarà come una nuova alleanza stretta sulle rovine di quella vecchia alleanza rotta in questi anni passati, e ben rotta: quella della vecchia Spagna esente da ideali unificatori, dentro la quale non era possibile collaborazione perché non c’era nulla da fare.

Luis de Zulueta ha convissuto con molti di noi. —Chi saremo noi? Forse siamo solo la speranza che siamo molti. Pensavamo e volevamo le stesse cose di quel catalano della nuova generazione. Le male intelligenze, così ben coltivate dal signor Maura, ci apparvero in tutta la loro vanità, e qualche volta, vagando per il passeggio di Rosales dove i progetti trovano spazio illimitato per allargarsi, ci accorgevamo che in tutta la loro traiettoria visibile non si separavano. Parliamo da urbe a urbe: fondiamo una grande amicizia municipale. Che il problema ci unisca: Barcellona e Madrid hanno la stessa cosa da fare: educarsi, partecipare alla cultura. Barcellona, consapevole di ciò, ci invia deputato un pedagogo.

Come cantava Walt Whitman, che le nostre città si passino reciprocamente le braccia sopra le spalle.

El Imparcial, 28 maggio 1910