Ortega y Gasset
Abstract
On the call for “a chief and discipline” for the Liberal party: conservative discipline is the Jesuit perinde ac cadaver, and the strength of such groups (Jesuits, secret societies) lies in formal cohesion rather than content — wood floats because it is more compact, not because it is worth more. Chief and discipline are a force, but it is grotesque to boast of them and thereby confess one has nothing else.
Connections
Assi: Legittimità del potere
Concetti: Stato
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
¿Qué haremos de nuestra pequeña hermana que no tiene pechos? —se preguntan los pastores del Cantar de los Cantares. ¿Qué haremos del partido liberal que no tiene disciplina ni jefe? —nos preguntamos muchos españoles, rabadanes de vagos ensueños étnicos, que en horas de melancolía y arrastrados por el deber solemos llevar al abrevadero político los rebaños cándidos de nuestras esperanzas.
Cada hora trae sus usos y sus virtudes y la de ahora viene, según parece, exigiéndonos jefe y disciplina. Son las virtudes políticas a la moda y esta falta de inhibición que aqueja a toda raza neurótica y paroxista va a ser causa de que nos convenzamos que sin ellas no hay partido posible.
Y, efectivamente, si un partido político progresista no fuera más que un montón de seres parlamentarios, aptos para votaciones, como es el partido conservador, llevaríamos razón. Se trata de votar lo que convenga al partido, no al Estado: lo que al partido conviene es seguir siéndolo, continuar aferrado al poder. No le conviene ser discreto ni veraz, ni cumplidor de una misión histórica; no tiene para qué pensar —la meditación, cuando no es muy profunda, aísla a los hombres y les induce a pecado de secesión con el espejismo de la personalidad. El toque está en votar cerrado; en que no haya dudas ni vacilaciones: en que no se produzcan oquedades ni vacíos sobre la superficie del partido por donde penetre lo externo, lo orgánico, lo vivo, y como tal cambiante, fugitivo, mudadizo y nunca bien asidero. De aquí que para un partido a la manera del conservador, mucho más importante que la discreción sea la disciplina.
Pero entiéndase bien, hay una disciplina moral y una disciplina intelectual: merced a ellas logra cada hombre dar a su individualidad temple y fijeza indomables. Con hombres disciplinados así no se puede contar de una vez para siempre.
La disciplina conservadora tiene un sentido menos luterano y más jesuítico: obediencia, perinde ac cadaver. No se trata de que cada individuo piense en la manera de mejorar la raza: cada cual llegaría a conclusiones distintas y se llevaba el diablo las votaciones compactas. Es menester votar una sola cosa, cualquiera que ella sea, con tal que la voten todos. De esta manera se suscita la necesidad ineluctable de un jefe que proponga la materia a votar.
El partido conservador es un caso muy instructivo de toda una clase de grupos sociales, cuya fuerza no estriba en el vigor y fecundidad del contenido que lleven, sino en la mera forma de su constitución. Así hoy los jesuitas, y siempre las sociedades secretas, no deben su poderoso influjo a haberse erigido en representantes de ideas religiosas o políticas muy firmes, nuevas y salvadoras, sino a la cohesión formal de sus miembros. La madera flota sobre el agua, no porque valga más, sino porque es más compacta.
Jefe y disciplina son, por lo tanto, una fuerza y, dentro de ciertos límites, muy deseable para el futuro partido liberal. Lo extravagante es poner el orgullo en la posesión de esas cosas y confesar así que se carece de lo demás. Esto equivaldría a considerarse cazador feliz quien tuviera unas polainas de caza, pero le faltaran escopeta, monte y piezas. Cada cual alaba su hacienda y su virtud, claro está. Si un pavo real pudiera hablar —decía Voltaire—, diría que tiene un alma, pero que ese alma está en su cola.
No siento hacia el partido conservador más desamor ni mayor afición hacia el liberal que los que pueda sentir ante ambos un socialista español. Contra la opinión, que respeto, del señor Dorado Montero, veo en el socialismo la continuidad del antiguo liberalismo y por lo tanto habré de hallar, en lo poco o mucho de emoción liberal que en nuestra tierra exista hoy y pueda existir mañana, el vehículo providencial capaz de extender sobre el pueblo la nueva unción política. Es menester, pues, combatir al partido conservador y fomentar las vibraciones liberales. No es tan necesario, ni mucho menos, desear que caiga, hoy mejor que mañana, el gobierno del señor Maura y suceda otro gobierno de otro señor particular. Probablemente, lo único serio que puede hacerse hoy en el Parlamento es impedir, trabar la legislación, estorbar la sanción a los proyectos de ley que parezcan mal intencionados. Y entretanto, las preocupaciones todas deben volver su orientación hacia el mundo extraparlamentario y extraoficial, hacia el pueblo en quien es preciso despertar la sensibilidad política, la conciencia de un programa.
En una razón me apoyo para pensar así. El mundo es nuestra proyección, no nuestra representación, como pretendía Schopenhauer:
Nada hay dentro, nada hay fuera,
lo que hay dentro, eso hay fuera,
repite a menudo Goethe, cuyo espíritu convendría ir destilando en el alma española, gota a gota, como un glicerofosfato. Las cosas son proyecciones de nuestra intimidad. Lo que anda vagando por los fondos de nuestro corazón, eso andará viviendo a la luz del día. Mas si tenemos el alma vacía de sustancias, si nuestro ánimo carece de contenido, ¿qué proyectaremos, qué mundo será el que pongamos ante nosotros? Un mundo de formas, un mundo escolástico.
Algo así puede hallarse en el partido conservador y en la monserga de su disciplina y de su jefe. El alma española no podía proyectar otra cosa, y tal vez, algún día, cualquier historiador solícito se aproveche de la fisonomía del señor Maura para reconstruir con sus rasgos el espíritu nacional de esta hora que vivimos.
Pero las virtudes conservadoras son tres, como las teologales y como las hijas de Elena: la tercera se llama energía. Se ha dicho: nos hace falta un hombre enérgico. Yo no he alcanzado nunca a comprender cómo puede hacer falta en parte alguna un hombre de energía, dentro, se entiende, de la historia moderna y civil. En Dahomey o en Venezuela acaso sea de otro modo, pero no me refiero a estas comarcas. Hace poco tiempo, don Melquíades Álvarez se creyó obligado a maldecir de la demagogia, de los desbordamientos populares, de la bestialidad de las masas inquietas. ¡Pero, Señor de los Ejércitos, a qué viene todo esto! ¿No es una burla? ¿No es irónico prorrumpir de esta manera en medio del pueblo más blando y manso de la tierra? Estamos dando el espectáculo —como decía Laboulaye— de un pueblo tranquilo con algunos gobernantes turbulentos. ¿A qué, pues, esa cosa terrible de la energía?
Aristóteles y Julio Roberto Mayer han definido la energía, y, aparte diferencias, han convenido en que vale tanto como actividad, poner por obra. Comprendería, pues, que se deseara para España un hombre con una energía determinada, que pusiera por obra algo oportunamente decidido; pero así, pedir energía sin más ni más, es cometer una falta de delicadeza, es parodiar a Excourbaniés, que a toda hora clamaba: «hagamos ruido», sin predilección por ningún ruido particular. La falta de finura patente en este anhelo lleva a sospechar si no se buscará al cabo más que un hombre terco, tozudo, enjotado, empecinado, a cuyo amparo se afirmen los dos parásitos inmortales: la inercia mental y el capitalismo. No sería de extrañar: cerebros poco sutiles están siempre cerca de confundir la energética con la gimnástica, la energía con la tozudez o la fuerza bruta, y de imaginar su ideal héroe bajo las especies de un Hércules, energúmeno y pavoroso, que ande a coces y torniscones con las gentes. ¿Quién sabe, quién sabe, si toda esa monserga de la energía indeterminada, que sólo excita las fibras literarias del desdén, no vendrá a parar en una energía específica y nada deleitable, la energía Mauser, por ejemplo? Porque si se busca una energía cualquiera, la consecuencia nos llevará por su propio peso a la energía dictatorial, que es el camino más corto.
Desear un hombre enérgico, es decir, activo, que ponga por obra, será absurdo mientras no se decida de antemano qué cosa ha de poner por obra. He ahí lo importante: pídase una idea enérgica, una idea útil, sabia, acertada, promisora; predíquese esta idea para que parezca al mayor número posible de españoles útil, sabia, promisora. ¿Ha traído el señor Maura alguna de estas ideas a flote de la conciencia nacional? ¿Ha traído, en general, alguna idea?
Disciplina, jefe, energía: tres formalismos, jineteo en el vacío, como dice, a la americana, el vigoroso Grandmontagne. Si no hubiera que combatir al partido conservador por regresivo, por inculto, por haber dado esos millones locos a una fantástica defensa de España en aras de un compromiso misterioso, habría que combatirle por ser el más formalista de los partidos, una especie de sociedad secreta.
Gobernar con tristeza, como Fernando VI —gritaba dolidamente Costa— y nos gobiernan exultando. «Necesitamos en el gobierno “impersonales” —decía Costa—; Bismarcks injertos en San Franciscos de Asís, con más de San Franciscos que de Bismarcks».
What shall we do with our little sister that has no breasts? —the shepherds of the Song of Songs ask themselves. What shall we do with the liberal party that has neither discipline nor leader? —many of us Spaniards ask ourselves, shepherds of vague ethnic dreams, who in hours of melancholy and dragged along by duty are wont to lead to the political watering-place the candid flocks of our hopes.
Each hour brings its customs and its virtues, and the present one comes, it seems, demanding of us leader and discipline. They are the political virtues in fashion, and this lack of inhibition that afflicts every neurotic and paroxystic race is going to be the cause of our convincing ourselves that without them no party is possible.
And, indeed, if a progressive political party were nothing more than a heap of parliamentary beings, fit for votings, as the conservative party is, we would be right. The point is to vote what suits the party, not the State: what suits the party is to go on being one, to remain clinging to power. It does not suit it to be discreet or truthful, nor to fulfill a historical mission; it has no reason to think —meditation, when it is not very deep, isolates men and induces them to the sin of secession with the mirage of personality. The trick lies in voting closed; in there being no doubts or hesitations: in there being produced no hollows nor gaps upon the surface of the party through which may penetrate the external, the organic, the living, and as such changing, fugitive, mutable and never well graspable. Hence that for a party after the manner of the conservative, much more important than discretion is discipline.
But let it be well understood, there is a moral discipline and an intellectual discipline: thanks to them each man manages to give to his individuality an indomitable temper and fixity. With men thus disciplined one cannot count once and for all.
Conservative discipline has a sense less Lutheran and more Jesuitical: obedience, perinde ac cadaver. It is not a question of each individual thinking about the way to improve the race: each one would arrive at distinct conclusions and the devil would take the compact votings. It is necessary to vote a single thing, whatever it may be, provided all vote it. In this way there is aroused the ineluctable necessity of a leader who proposes the matter to be voted.
The conservative party is a very instructive case of a whole class of social groups, whose strength does not rest in the vigor and fecundity of the content they carry, but in the mere form of their constitution. Thus today the Jesuits, and always the secret societies, do not owe their powerful influence to having erected themselves into representatives of very firm, new and saving religious or political ideas, but to the formal cohesion of their members. Wood floats on water, not because it is worth more, but because it is more compact.
Leader and discipline are, therefore, a force and, within certain limits, very desirable for the future liberal party. The extravagant thing is to put pride in the possession of those things and thus confess that one lacks the rest. This would be equivalent to considering oneself a happy hunter who had hunting leggings, but lacked shotgun, mountain and game. Each one praises his estate and his virtue, of course. If a peacock could speak —Voltaire used to say—, it would say that it has a soul, but that that soul is in its tail.
I feel no more disaffection toward the conservative party nor greater fondness for the liberal one than a Spanish socialist may feel before both. Against the opinion, which I respect, of Señor Dorado Montero, I see in socialism the continuity of ancient liberalism and therefore I shall have to find, in the little or much of liberal emotion that may exist today in our land and may exist tomorrow, the providential vehicle capable of extending over the people the new political unction. It is necessary, then, to combat the conservative party and to foster the liberal vibrations. It is not so necessary, by a long way, to desire that the government of Señor Maura fall, today better than tomorrow, and another government of another particular gentleman succeed it. Probably, the only serious thing that can be done today in Parliament is to prevent, to hamper legislation, to obstruct the sanction of the bills of law that seem ill-intentioned. And meanwhile, all the preoccupations must turn their orientation toward the extra-parliamentary and extra-official world, toward the people in whom it is necessary to awaken political sensibility, the consciousness of a program.
On one reason I rely to think thus. The world is our projection, not our representation, as Schopenhauer maintained:
Nothing is within, nothing is without,
what is within, that is without,
Goethe often repeats, whose spirit it would be fitting to go on distilling into the Spanish soul, drop by drop, like a glycerophosphate. Things are projections of our intimacy. What goes wandering in the depths of our heart, that will go living in the light of day. But if we have the soul empty of substances, if our spirit lacks content, what shall we project, what world shall be the one we set before us? A world of forms, a scholastic world.
Something like this may be found in the conservative party and in the rigmarole of its discipline and its leader. The Spanish soul could not project anything else, and perhaps, some day, some solicitous historian may avail himself of the physiognomy of Señor Maura to reconstruct with his traits the national spirit of this hour we live.
But the conservative virtues are three, like the theological ones and like the daughters of Helen: the third is called energy. It has been said: we need an energetic man. I have never managed to understand how there can be lacking anywhere a man of energy, within, it is understood, of modern and civilized history. In Dahomey or in Venezuela perhaps it is otherwise, but I am not referring to these regions. A short time ago, don Melquíades Álvarez felt obliged to curse the demagogy, the popular overflows, the bestiality of the restless masses. But, Lord of Hosts, what is all this for! Is it not a mockery? Is it not ironic to burst out in this way in the midst of the softest and meekest people on earth? We are giving the spectacle —as Laboulaye used to say— of a tranquil people with some turbulent rulers. To what, then, that terrible thing of energy?
Aristotle and Julio Roberto Mayer have defined energy, and, apart from differences, they have agreed that it is worth as much as activity, putting into effect. I would understand, then, that there be desired for Spain a man with a determinate energy, who put into effect something opportunely decided; but thus, to ask for energy without more ado, is to commit a lack of delicacy, is to parody Excourbaniés, who at every hour clamored: «let us make noise», without predilection for any particular noise. The lack of fineness patent in this yearning leads one to suspect whether in the end what is sought is nothing more than a stubborn, obstinate, headstrong, pig-headed man, under whose protection the two immortal parasites affirm themselves: mental inertia and capitalism. It would not be surprising: brains not very subtle are always near to confounding energetics with gymnastics, energy with obstinacy or brute force, and to imagining their ideal hero under the species of a Hercules, an energumen and frightful, who goes about with kicks and pinches at people. Who knows, who knows, if all that rigmarole of indeterminate energy, which only excites the literary fibers of disdain, will not end up in a specific and by no means delightful energy, the Mauser energy, for example? Because if any energy at all is sought, the consequence will carry us by its own weight to dictatorial energy, which is the shortest road.
To desire an energetic man, that is, active, who puts into effect, will be absurd as long as it is not decided beforehand what thing he must put into effect. There is the important point: let an energetic idea be asked, a useful, wise, apt, promising idea; let this idea be preached so that it may seem to the greatest possible number of Spaniards useful, wise, promising. Has Señor Maura brought any of these ideas to the surface of national consciousness? Has he brought, in general, any idea?
Discipline, leader, energy: three formalisms, riding in the void, as, in the American fashion, the vigorous Grandmontagne says. If there were no need to combat the conservative party for being regressive, for being uncultured, for having given those crazy millions to a fantastic defense of Spain in the name of a mysterious compromise, there would be need to combat it for being the most formalist of parties, a kind of secret society.
To govern with sadness, like Ferdinand VI —Costa shouted painfully— and they govern us exulting. «We need in the government “impersonals” —Costa used to say—; Bismarcks grafted onto Saint Francises of Assisi, with more of Saint Francis than of Bismarck».
Che faremo della nostra piccola sorella che non ha seni? —si chiedono i pastori del Cantico dei Cantici. Che faremo del partito liberale che non ha disciplina né capo? —ci chiediamo molti spagnoli, mandriani di vaghi sogni etnici, che in ore di melanconia e trascinati dal dovere sogliono condurre all’abbeveratoio politico i candidi greggi delle nostre speranze.
Ogni ora porta i suoi usi e le sue virtù e quella di adesso viene, a quanto pare, esigendoci capo e disciplina. Sono le virtù politiche alla moda e questa mancanza di inibizione che affligge ogni razza nevrotica e parossistica sarà causa che ci convinciamo che senza di esse non c’è partito possibile.
E, in effetti, se un partito politico progressista non fosse che un mucchio di esseri parlamentari, atti alle votazioni, com’è il partito conservatore, avremmo ragione noi. Si tratta di votare ciò che conviene al partito, non allo Stato: ciò che conviene al partito è continuare a esserlo, continuare ad aggrapparsi al potere. Non gli conviene essere discreto né veridico, né adempiente di una missione storica; non ha perché pensare —la meditazione, quando non è molto profonda, isola gli uomini e li induce al peccato di secessione con il miraggio della personalità. Il tocco sta nel votare chiuso; nel fatto che non ci siano dubbi né esitazioni: nel fatto che non si producano cavità né vuoti sulla superficie del partito per dove penetri l’esterno, l’organico, il vivo, e come tale cangiante, fuggitivo, mutevole e mai ben afferrabile. Di qui che per un partito alla maniera del conservatore, molto più importante della discrezione sia la disciplina.
Ma s’intenda bene, c’è una disciplina morale e una disciplina intellettuale: grazie a esse riesce ogni uomo a dare alla propria individualità tempera e fissità indomabili. Con uomini disciplinati così non si può contare una volta per sempre.
La disciplina conservatrice ha un senso meno luterano e più gesuitico: obbedienza, perinde ac cadaver. Non si tratta che ogni individuo pensi al modo di migliorare la razza: ognuno arriverebbe a conclusioni distinte e il diavolo si sarebbe portato le votazioni compatte. È necessario votare una cosa sola, qualunque essa sia, purché la votino tutti. In questo modo si suscita la necessità ineluttabile di un capo che proponga la materia da votare.
Il partito conservatore è un caso molto istruttivo di un’intera classe di gruppi sociali, la cui forza non risiede nel vigore e nella fecondità del contenuto che portano, ma nella mera forma della loro costituzione. Così oggi i gesuiti, e sempre le società segrete, non devono il loro potente influsso all’essersi eretti in rappresentanti di idee religiose o politiche molto ferme, nuove e salvifiche, ma alla coesione formale dei loro membri. Il legno galleggia sull’acqua, non perché valga di più, ma perché è più compatto.
Capo e disciplina sono, perciò, una forza e, entro certi limiti, molto desiderabile per il futuro partito liberale. Lo stravagante è mettere l’orgoglio nel possesso di queste cose e confessare così che si è privi del resto. Ciò equivarrebbe a considerarsi cacciatore felice chi avesse dei gambali da caccia, ma gli mancassero fucile, bosco e selvaggina. Ognuno loda la propria azienda e la propria virtù, chiaro sta. Se un pavone reale potesse parlare —diceva Voltaire—, direbbe che ha un’anima, ma che quell’anima sta nella sua coda.
Non sento verso il partito conservatore più disamore né maggiore affezione verso il liberale di quanti ne possa sentire davanti a entrambi un socialista spagnolo. Contro l’opinione, che rispetto, del signor Dorado Montero, vedo nel socialismo la continuità dell’antico liberalismo e perciò dovrò trovare, nel poco o nel molto di emozione liberale che nella nostra terra esista oggi e possa esistere domani, il veicolo provvidenziale capace di estendere sul popolo la nuova unzione politica. È necessario, dunque, combattere il partito conservatore e fomentare le vibrazioni liberali. Non è così necessario, né tanto meno, desiderare che cada, oggi meglio che domani, il governo del signor Maura e succeda un altro governo di un altro signor particolare. Probabilmente, l’unica cosa seria che si possa fare oggi in Parlamento è impedire, ostacolare la legislazione, intralciare la sanzione ai progetti di legge che sembrino malintenzionati. E nel frattempo, tutte le preoccupazioni devono rivolgere il loro orientamento verso il mondo extraparlamentare e extraufficiale, verso il popolo in cui è necessario svegliare la sensibilità politica, la coscienza di un programma.
In una ragione mi appoggio per pensare così. Il mondo è la nostra proiezione, non la nostra rappresentazione, come pretendeva Schopenhauer:
Niente c’è dentro, niente c’è fuori,
quello che c’è dentro, quello c’è fuori,
ripete spesso Goethe, il cui spirito converrebbe andare distillando nell’anima spagnola, goccia a goccia, come un glicerofosfato. Le cose sono proiezioni della nostra intimità. Quello che va vagando nei fondi del nostro cuore, quello andrà vivendo alla luce del giorno. Ma se abbiamo l’anima vuota di sostanze, se il nostro animo manca di contenuto, che cosa proietteremo, che mondo sarà quello che metteremo davanti a noi? Un mondo di forme, un mondo scolastico.
Qualcosa di simile può trovarsi nel partito conservatore e nella cantilena della sua disciplina e del suo capo. L’anima spagnola non poteva proiettare altra cosa, e forse, un giorno, qualche storico sollecito si approfitti della fisionomia del signor Maura per ricostruire con i suoi tratti lo spirito nazionale di quest’ora che viviamo.
Ma le virtù conservatrici sono tre, come le teologali e come le figlie di Elena: la terza si chiama energia. Si è detto: ci manca un uomo energico. Io non sono mai riuscito a comprendere come possa mancare in qualche luogo un uomo di energia, dentro, s’intende, della storia moderna e civile. In Dahomey o in Venezuela forse è un altro modo, ma non mi riferisco a queste contrade. Poco tempo fa, don Melquíades Álvarez si credette obbligato a maledire la demagogia, gli straripamenti popolari, la bestialità delle masse inquiete. Ma, Signore degli Eserciti, a che viene tutto questo! Non è una burla? Non è ironico prorompere in questo modo in mezzo al popolo più morbido e mansueto della terra? Stiamo dando lo spettacolo —come diceva Laboulaye— di un popolo tranquillo con alcuni governanti turbolenti. A che, dunque, quella cosa terribile dell’energia?
Aristotele e Julio Roberto Mayer hanno definito l’energia, e, a parte le differenze, hanno convenuto che vale tanto quanto attività, mettere in opera. Comprenderei, dunque, che si desiderasse per la Spagna un uomo con un’energia determinata, che mettesse in opera qualcosa opportunamente deciso; ma così, chiedere energia senza altro, è commettere una mancanza di delicatezza, è parodiare Excourbaniés, che a ogni ora gridava: «facciamo rumore», senza predilezione per nessun rumore particolare. La mancanza di finezza patente in questo anelito porta a sospettare se alla fine non si cerchi più che un uomo testardo, ostinato, incaponito, puntiglioso, all’ombra del quale si affermino i due parassiti immortali: l’inerzia mentale e il capitalismo. Non sarebbe da stupirsi: cervelli poco sottili sono sempre vicini a confondere l’energetica con la ginnastica, l’energia con la testardaggine o la forza bruta, e a immaginare il loro eroe ideale sotto le specie di un Ercole, energumeno e pauroso, che vada a calci e a pizzicotti con le genti. Chi sa, chi sa, se tutta quella cantilena dell’energia indeterminata, che eccita solo le fibre letterarie del disdegno, non verrà a finire in un’energia specifica e per nulla deliziosa, l’energia Mauser, per esempio? Perché se si cerca un’energia qualsiasi, la conseguenza ci porterà per il suo proprio peso all’energia dittatoriale, che è la strada più corta.
Desiderare un uomo energico, cioè, attivo, che metta in opera, sarà assurdo finché non si decida in anticipo che cosa deve mettere in opera. Ecco lì l’importante: si chieda un’idea energica, un’idea utile, saggia, azzeccata, promettente; si predichi questa idea perché sembri al maggior numero possibile di spagnoli utile, saggia, promettente. Ha portato il signor Maura qualcuna di queste idee a fior di coscienza nazionale? Ha portato, in generale, qualche idea?
Disciplina, capo, energia: tre formalismi, cavalcata nel vuoto, come dice, alla americana, il vigoroso Grandmontagne. Se non ci fosse da combattere il partito conservatore per regressivo, per incolto, per aver dato quei milioni pazzi a una fantastica difesa della Spagna in nome di un compromesso misterioso, ci sarebbe da combatterlo per essere il più formalista dei partiti, una specie di società segreta.
Governare con tristezza, come Ferdinando VI —gridava dolorosamente Costa— e ci governano esultando. «Abbiamo bisogno nel governo di “impersonali” —diceva Costa—; Bismarcks innestati in San Francesco d’Assisi, con più di San Francesco che di Bismarck».
No podía hallarse más noble y precisa fórmula para señalar el camino del liberalismo: un partido «impersonal», con o sin el señor Moret, con o sin el señor Canalejas. En un partido rico de ideas y convicciones son los jefes una tilde de que se puede prescindir. En lugar de que el jefe gravite sobre el partido, es preciso que el partido gravite sobre los jefes. Un partido látigo.
Nada de política parlamentaria. Política es la labor por la cual la parte más culta de una nación determina, concreta la incertidumbre del querer y pensar populares. Por eso Bacon llamaba bellísimamente a la política «geórgica del alma», cultura del rudo y vago corazón popular.
Ahí está el programa de Costa; désele una afirmación política fundamental que en él se halla oscura, no por error de Costa, sino porque en 1898 pudo ingenuamente creerse que los gremios como tales son capaces de renovar los ímpetus de una nación mortecina. Guerra de cultura y colectivismo agrario. Vaya la juventud liberal y aun la vejez a las capitales de provincia, a los pueblos, a las aldeas, amortajadas en el manto oscuro de la tierra de España. Explíquese a las gentes lo que son esas cosas. Y esto un día y otro. Renazcan las Cámaras de Comercio, no como partido, sino como medio de propaganda. Escríbanse artículos, hojas sueltas, folletos. Organícese el pueblo después de declararle el programa liberal como se le declara el catecismo. Un meeting cada día, en cada calle, con cualquier pretexto; pero meeting evangélico, didáctico, de penetrante enseñanza, y no palabreo anodino. La agitación por un ideal es el único procedimiento político y cosa mucho más seria que publicar poemas en la Gaceta. Las revoluciones no se hacen desde arriba; conviene que tampoco se hagan desde abajo. Sería preferible que se hicieran desde en medio, desde las elecciones. Y éste es el deber de todo el que siente arder en sus entrañas la emoción liberal, constructora de razas, hogar de la cultura: preparar al pueblo para las elecciones como se le dispone para la primera comunión.
El pueblo no vota porque no se le ha imbuido ningún programa. Cuando ha pasado sobre él, como nube de Jehová en el desierto, la sombra de una idea política, ha impuesto su poderosa decisión a los comicios: el ejemplo de Cataluña es bien reciente. Oligarquía y caciquismo no son causas del alejamiento electoral, son síntomas de la entequez y miseria de nociones políticas que padece España entera. ¿Qué van a votar si no se les fecunda la voluntad? Entre dos candidatos cuyos nombres nada sugieren a sus nervios, se queda el pueblo indiferente a la manera que el asno de Buridán.
Y si hiciera falta alguna prueba de que se olvida lo principal, ¿cabe otra mayor que producir sorpresa y juzgar anormal una agitación política? Dondequiera es ésta el régimen cuotidiano: la historia contemporánea de Inglaterra es la historia de sus Ligas.
Según la leyenda céltica, siempre que la espada de Artús caía en cierto lago de la península armoricana, surgía del fondo un brazo que la empuñaba blandiéndola por tres veces. Arrójese una idea política al pueblo y estemos ciertos que él la recogerá y la blandirá nervudamente sobre las cabezas pecadoras y los corazones relapsos.
El Imparcial, 12 de agosto de 1908
No nobler and more precise formula could be found to point out the path of liberalism: an «impersonal» party, with or without Señor Moret, with or without Señor Canalejas. In a party rich in ideas and convictions the leaders are a jot that one can dispense with. Instead of the leader gravitating upon the party, it is necessary that the party gravitate upon the leaders. A whip party.
Nothing of parliamentary politics. Politics is the labor by which the most cultured part of a nation determines, makes concrete, the uncertainty of the popular will and thinking. That is why Bacon most beautifully called politics the «georgic of the soul», cultivation of the rude and vague popular heart.
There is Costa’s program; let there be given to it a fundamental political affirmation that in it is found obscure, not by Costa’s error, but because in 1898 one could naively believe that the guilds as such are capable of renewing the impulses of a dying nation. War of culture and agrarian collectivism. Let the liberal youth and even old age go to the provincial capitals, to the towns, to the villages, shrouded in the dark mantle of the soil of Spain. Let it be explained to people what those things are. And this day after day. Let the Chambers of Commerce be reborn, not as a party, but as a means of propaganda. Let articles be written, handbills, pamphlets. Let the people be organized after declaring to it the liberal program as the catechism is declared to it. A meeting every day, in every street, on any pretext; but an evangelical, didactic meeting, of penetrating teaching, and not anodyne talk. Agitation for an ideal is the only political procedure and a thing much more serious than publishing poems in the Gaceta. Revolutions are not made from above; it is fitting that they not be made from below either. It would be preferable that they be made from the middle, from the elections. And this is the duty of everyone who feels burning in his entrails the liberal emotion, builder of races, hearth of culture: to prepare the people for the elections as one disposes it for first communion.
The people do not vote because no program has been instilled into it. When there has passed over it, like Jehovah’s cloud in the desert, the shadow of a political idea, it has imposed its powerful decision upon the polls: the example of Catalonia is quite recent. Oligarchy and caciquism are not causes of the electoral estrangement, they are symptoms of the poverty and misery of political notions that all Spain suffers. What are they going to vote if their will is not fertilized? Between two candidates whose names suggest nothing to their nerves, the people remain indifferent in the manner of Buridan’s ass.
And if some proof were lacking that the principal thing is forgotten, can there be a greater one than producing surprise and judging abnormal a political agitation? Everywhere this is the daily regime: the contemporary history of England is the history of its Leagues.
According to the Celtic legend, whenever the sword of Arthur fell into a certain lake of the Armorican peninsula, there rose from the bottom an arm that seized it brandishing it three times. Let a political idea be thrown to the people and let us be certain that it will gather it up and brandish it with sinews over the sinful heads and the relapsed hearts.
El Imparcial, 12 August 1908
Non poteva trovarsi formula più nobile e precisa per segnare il cammino del liberalismo: un partito «impersonale», con o senza il signor Moret, con o senza il signor Canalejas. In un partito ricco di idee e convinzioni i capi sono un’inezia di cui si può fare a meno. Invece che il capo graviti sul partito, è necessario che il partito graviti sui capi. Un partito frusta.
Niente politica parlamentare. Politica è il lavoro per il quale la parte più colta di una nazione determina, concretizza l’incertezza del volere e del pensare popolari. Per questo Bacone chiamava bellissimamente la politica «georgica dell’anima», coltura del rozzo e vago cuore popolare.
Ecco lì il programma di Costa; gli si dia un’affermazione politica fondamentale che in esso si trova oscura, non per errore di Costa, ma perché nel 1898 si poté ingenuamente credere che i gremi come tali siano capaci di rinnovare gli impeti di una nazione moribonda. Guerra di cultura e collettivismo agrario. Vada la gioventù liberale e anche la vecchiaia alle capitali di provincia, ai paesi, ai villaggi, ammantate nel manto oscuro della terra di Spagna. Si spieghi alla gente che cosa sono queste cose. E questo un giorno e l’altro. Rinascano le Camere di Commercio, non come partito, ma come mezzo di propaganda. Si scrivano articoli, fogli volanti, opuscoli. Si organizzi il popolo dopo avergli dichiarato il programma liberale come gli si dichiara il catechismo. Un meeting ogni giorno, in ogni strada, con qualsiasi pretesto; ma meeting evangelico, didattico, di penetrante insegnamento, e non chiacchierio anodino. L’agitazione per un ideale è l’unico procedimento politico e cosa molto più seria che pubblicare poemi nella Gazzetta. Le rivoluzioni non si fanno dall’alto; conviene che neppure si facciano dal basso. Sarebbe preferibile che si facessero dal mezzo, dalle elezioni. E questo è il dovere di chiunque senta ardere nelle sue viscere l’emozione liberale, costruttrice di razze, focolare della cultura: preparare il popolo alle elezioni come lo si dispone per la prima comunione.
Il popolo non vota perché non gli è stato inculcato nessun programma. Quando è passata su di esso, come nube di Geova nel deserto, l’ombra di un’idea politica, ha imposto la sua potente decisione ai comizi: l’esempio della Catalogna è ben recente. Oligarchia e caciquismo non sono cause dell’allontanamento elettorale, sono sintomi della povertà e miseria di nozioni politiche che patisce la Spagna intera. Che andranno a votare se non si feconda loro la volontà? Tra due candidati i cui nomi nulla suggeriscono ai loro nervi, il popolo resta indifferente alla maniera dell’asino di Buridano.
E se facesse mancare qualche prova che si dimentica il principale, può essercene una maggiore che produrre sorpresa e giudicare anormale un’agitazione politica? Dovunque questa è il regime quotidiano: la storia contemporanea dell’Inghilterra è la storia delle sue Leghe.
Secondo la leggenda celtica, ogni volta che la spada di Artù cadeva in certo lago della penisola armoricana, sorgeva dal fondo un braccio che l’impugnava brandendola per tre volte. Si getti un’idea politica al popolo e siamo certi che egli la raccoglierà e la brandirà nerborutamente sopra le teste peccatrici e i cuori relapsi.
El Imparcial, 12 agosto 1908