Abstract

On the call for “a chief and discipline” for the Liberal party: conservative discipline is the Jesuit perinde ac cadaver, and the strength of such groups (Jesuits, secret societies) lies in formal cohesion rather than content — wood floats because it is more compact, not because it is worth more. Chief and discipline are a force, but it is grotesque to boast of them and thereby confess one has nothing else.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

¿Qué haremos de nuestra pequeña hermana que no tiene pechos? —se preguntan los pastores del Cantar de los Cantares. ¿Qué haremos del partido liberal que no tiene disciplina ni jefe? —nos preguntamos muchos españoles, rabadanes de vagos ensueños étnicos, que en horas de melancolía y arrastrados por el deber solemos llevar al abrevadero político los rebaños cándidos de nuestras esperanzas.

Cada hora trae sus usos y sus virtudes y la de ahora viene, según parece, exigiéndonos jefe y disciplina. Son las virtudes políticas a la moda y esta falta de inhibición que aqueja a toda raza neurótica y paroxista va a ser causa de que nos convenzamos que sin ellas no hay partido posible.

Y, efectivamente, si un partido político progresista no fuera más que un montón de seres parlamentarios, aptos para votaciones, como es el partido conservador, llevaríamos razón. Se trata de votar lo que convenga al partido, no al Estado: lo que al partido conviene es seguir siéndolo, continuar aferrado al poder. No le conviene ser discreto ni veraz, ni cumplidor de una misión histórica; no tiene para qué pensar —la meditación, cuando no es muy profunda, aísla a los hombres y les induce a pecado de secesión con el espejismo de la personalidad. El toque está en votar cerrado; en que no haya dudas ni vacilaciones: en que no se produzcan oquedades ni vacíos sobre la superficie del partido por donde penetre lo externo, lo orgánico, lo vivo, y como tal cambiante, fugitivo, mudadizo y nunca bien asidero. De aquí que para un partido a la manera del conservador, mucho más importante que la discreción sea la disciplina.

Pero entiéndase bien, hay una disciplina moral y una disciplina intelectual: merced a ellas logra cada hombre dar a su individualidad temple y fijeza indomables. Con hombres disciplinados así no se puede contar de una vez para siempre.

La disciplina conservadora tiene un sentido menos luterano y más jesuítico: obediencia, perinde ac cadaver. No se trata de que cada individuo piense en la manera de mejorar la raza: cada cual llegaría a conclusiones distintas y se llevaba el diablo las votaciones compactas. Es menester votar una sola cosa, cualquiera que ella sea, con tal que la voten todos. De esta manera se suscita la necesidad ineluctable de un jefe que proponga la materia a votar.

El partido conservador es un caso muy instructivo de toda una clase de grupos sociales, cuya fuerza no estriba en el vigor y fecundidad del contenido que lleven, sino en la mera forma de su constitución. Así hoy los jesuitas, y siempre las sociedades secretas, no deben su poderoso influjo a haberse erigido en representantes de ideas religiosas o políticas muy firmes, nuevas y salvadoras, sino a la cohesión formal de sus miembros. La madera flota sobre el agua, no porque valga más, sino porque es más compacta.

Jefe y disciplina son, por lo tanto, una fuerza y, dentro de ciertos límites, muy deseable para el futuro partido liberal. Lo extravagante es poner el orgullo en la posesión de esas cosas y confesar así que se carece de lo demás. Esto equivaldría a considerarse cazador feliz quien tuviera unas polainas de caza, pero le faltaran escopeta, monte y piezas. Cada cual alaba su hacienda y su virtud, claro está. Si un pavo real pudiera hablar —decía Voltaire—, diría que tiene un alma, pero que ese alma está en su cola.

No siento hacia el partido conservador más desamor ni mayor afición hacia el liberal que los que pueda sentir ante ambos un socialista español. Contra la opinión, que respeto, del señor Dorado Montero, veo en el socialismo la continuidad del antiguo liberalismo y por lo tanto habré de hallar, en lo poco o mucho de emoción liberal que en nuestra tierra exista hoy y pueda existir mañana, el vehículo providencial capaz de extender sobre el pueblo la nueva unción política. Es menester, pues, combatir al partido conservador y fomentar las vibraciones liberales. No es tan necesario, ni mucho menos, desear que caiga, hoy mejor que mañana, el gobierno del señor Maura y suceda otro gobierno de otro señor particular. Probablemente, lo único serio que puede hacerse hoy en el Parlamento es impedir, trabar la legislación, estorbar la sanción a los proyectos de ley que parezcan mal intencionados. Y entretanto, las preocupaciones todas deben volver su orientación hacia el mundo extraparlamentario y extraoficial, hacia el pueblo en quien es preciso despertar la sensibilidad política, la conciencia de un programa.

En una razón me apoyo para pensar así. El mundo es nuestra proyección, no nuestra representación, como pretendía Schopenhauer:

Nada hay dentro, nada hay fuera,

lo que hay dentro, eso hay fuera,

repite a menudo Goethe, cuyo espíritu convendría ir destilando en el alma española, gota a gota, como un glicerofosfato. Las cosas son proyecciones de nuestra intimidad. Lo que anda vagando por los fondos de nuestro corazón, eso andará viviendo a la luz del día. Mas si tenemos el alma vacía de sustancias, si nuestro ánimo carece de contenido, ¿qué proyectaremos, qué mundo será el que pongamos ante nosotros? Un mundo de formas, un mundo escolástico.

Algo así puede hallarse en el partido conservador y en la monserga de su disciplina y de su jefe. El alma española no podía proyectar otra cosa, y tal vez, algún día, cualquier historiador solícito se aproveche de la fisonomía del señor Maura para reconstruir con sus rasgos el espíritu nacional de esta hora que vivimos.

Pero las virtudes conservadoras son tres, como las teologales y como las hijas de Elena: la tercera se llama energía. Se ha dicho: nos hace falta un hombre enérgico. Yo no he alcanzado nunca a comprender cómo puede hacer falta en parte alguna un hombre de energía, dentro, se entiende, de la historia moderna y civil. En Dahomey o en Venezuela acaso sea de otro modo, pero no me refiero a estas comarcas. Hace poco tiempo, don Melquíades Álvarez se creyó obligado a maldecir de la demagogia, de los desbordamientos populares, de la bestialidad de las masas inquietas. ¡Pero, Señor de los Ejércitos, a qué viene todo esto! ¿No es una burla? ¿No es irónico prorrumpir de esta manera en medio del pueblo más blando y manso de la tierra? Estamos dando el espectáculo —como decía Laboulaye— de un pueblo tranquilo con algunos gobernantes turbulentos. ¿A qué, pues, esa cosa terrible de la energía?

Aristóteles y Julio Roberto Mayer han definido la energía, y, aparte diferencias, han convenido en que vale tanto como actividad, poner por obra. Comprendería, pues, que se deseara para España un hombre con una energía determinada, que pusiera por obra algo oportunamente decidido; pero así, pedir energía sin más ni más, es cometer una falta de delicadeza, es parodiar a Excourbaniés, que a toda hora clamaba: «hagamos ruido», sin predilección por ningún ruido particular. La falta de finura patente en este anhelo lleva a sospechar si no se buscará al cabo más que un hombre terco, tozudo, enjotado, empecinado, a cuyo amparo se afirmen los dos parásitos inmortales: la inercia mental y el capitalismo. No sería de extrañar: cerebros poco sutiles están siempre cerca de confundir la energética con la gimnástica, la energía con la tozudez o la fuerza bruta, y de imaginar su ideal héroe bajo las especies de un Hércules, energúmeno y pavoroso, que ande a coces y torniscones con las gentes. ¿Quién sabe, quién sabe, si toda esa monserga de la energía indeterminada, que sólo excita las fibras literarias del desdén, no vendrá a parar en una energía específica y nada deleitable, la energía Mauser, por ejemplo? Porque si se busca una energía cualquiera, la consecuencia nos llevará por su propio peso a la energía dictatorial, que es el camino más corto.

Desear un hombre enérgico, es decir, activo, que ponga por obra, será absurdo mientras no se decida de antemano qué cosa ha de poner por obra. He ahí lo importante: pídase una idea enérgica, una idea útil, sabia, acertada, promisora; predíquese esta idea para que parezca al mayor número posible de españoles útil, sabia, promisora. ¿Ha traído el señor Maura alguna de estas ideas a flote de la conciencia nacional? ¿Ha traído, en general, alguna idea?

Disciplina, jefe, energía: tres formalismos, jineteo en el vacío, como dice, a la americana, el vigoroso Grandmontagne. Si no hubiera que combatir al partido conservador por regresivo, por inculto, por haber dado esos millones locos a una fantástica defensa de España en aras de un compromiso misterioso, habría que combatirle por ser el más formalista de los partidos, una especie de sociedad secreta.

Gobernar con tristeza, como Fernando VI —gritaba dolidamente Costa— y nos gobiernan exultando. «Necesitamos en el gobierno “impersonales” —decía Costa—; Bismarcks injertos en San Franciscos de Asís, con más de San Franciscos que de Bismarcks».

No podía hallarse más noble y precisa fórmula para señalar el camino del liberalismo: un partido «impersonal», con o sin el señor Moret, con o sin el señor Canalejas. En un partido rico de ideas y convicciones son los jefes una tilde de que se puede prescindir. En lugar de que el jefe gravite sobre el partido, es preciso que el partido gravite sobre los jefes. Un partido látigo.

Nada de política parlamentaria. Política es la labor por la cual la parte más culta de una nación determina, concreta la incertidumbre del querer y pensar populares. Por eso Bacon llamaba bellísimamente a la política «geórgica del alma», cultura del rudo y vago corazón popular.

Ahí está el programa de Costa; désele una afirmación política fundamental que en él se halla oscura, no por error de Costa, sino porque en 1898 pudo ingenuamente creerse que los gremios como tales son capaces de renovar los ímpetus de una nación mortecina. Guerra de cultura y colectivismo agrario. Vaya la juventud liberal y aun la vejez a las capitales de provincia, a los pueblos, a las aldeas, amortajadas en el manto oscuro de la tierra de España. Explíquese a las gentes lo que son esas cosas. Y esto un día y otro. Renazcan las Cámaras de Comercio, no como partido, sino como medio de propaganda. Escríbanse artículos, hojas sueltas, folletos. Organícese el pueblo después de declararle el programa liberal como se le declara el catecismo. Un meeting cada día, en cada calle, con cualquier pretexto; pero meeting evangélico, didáctico, de penetrante enseñanza, y no palabreo anodino. La agitación por un ideal es el único procedimiento político y cosa mucho más seria que publicar poemas en la Gaceta. Las revoluciones no se hacen desde arriba; conviene que tampoco se hagan desde abajo. Sería preferible que se hicieran desde en medio, desde las elecciones. Y éste es el deber de todo el que siente arder en sus entrañas la emoción liberal, constructora de razas, hogar de la cultura: preparar al pueblo para las elecciones como se le dispone para la primera comunión.

El pueblo no vota porque no se le ha imbuido ningún programa. Cuando ha pasado sobre él, como nube de Jehová en el desierto, la sombra de una idea política, ha impuesto su poderosa decisión a los comicios: el ejemplo de Cataluña es bien reciente. Oligarquía y caciquismo no son causas del alejamiento electoral, son síntomas de la entequez y miseria de nociones políticas que padece España entera. ¿Qué van a votar si no se les fecunda la voluntad? Entre dos candidatos cuyos nombres nada sugieren a sus nervios, se queda el pueblo indiferente a la manera que el asno de Buridán.

Y si hiciera falta alguna prueba de que se olvida lo principal, ¿cabe otra mayor que producir sorpresa y juzgar anormal una agitación política? Dondequiera es ésta el régimen cuotidiano: la historia contemporánea de Inglaterra es la historia de sus Ligas.

Según la leyenda céltica, siempre que la espada de Artús caía en cierto lago de la península armoricana, surgía del fondo un brazo que la empuñaba blandiéndola por tres veces. Arrójese una idea política al pueblo y estemos ciertos que él la recogerá y la blandirá nervudamente sobre las cabezas pecadoras y los corazones relapsos.

El Imparcial, 12 de agosto de 1908