Abstract
An address to the Chilean parliament: Ortega presents himself as an independent meditator without office and salutes a reborn Spain. He repeats the idea dearest to him: our existence, prior to any dispute over determinism and indeterminism, is constituted by a set of circumstances that impose necessity — this is destiny — yet always leaves a margin for free decision; there is no living unless the given circumstance is accepted, and no good living unless our freedom shapes it toward perfection.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Señor Presidente, señores Diputados: el honor que esta Cámara me hace permitiendo que se deslice, por un momento, dentro de su cuerpo constitucional, mi persona errante, me obliga a tanta gratitud, que he querido defenderme de ella, temeroso de no saber adecuadamente corresponderla.
Yo no soy más que un meditador independiente y algo díscolo, un estudioso de ideas, un incitador hacia la vida, que ha eludido siempre toda representación oficial y toda magistratura para mantenerme libre y ágil al servicio de mi apasionada misión, la cual se asemeja un poco a la de aquel personaje de los libros hebreos, que iba por los caminos y por cañadas, que daba vueltas en torno a los muros de las ciudades voceando: «¡Ay de ti, Sión! ¡Ay de tus mujeres y de tus hijos, si te olvidas del espíritu!»… Hasta que un día, desde una almena, arrojan una piedra que golpea su sien y cae entonces gritando: «¡Ay de mí!»
A esta sencilla, fervorosa y lírica misión, he puesto mi vida, y como mi pretensión no transciende de ella, el honor exorbitante que ahora se me hace, me asusta e inquieta un poco y hasta esto me hace pensar si habrá sido inspirado por alguna confusión, por algún error de óptica, que hace ver en mi persona rangos y cuantías de prestigio social que me son completamente ajenos ya que voy por el mundo sin títulos ni atuendos cantando libremente mi canción.
Porque los griegos, de alma tan aguda e irónica, solían decir que es siempre el extranjero un poco divino —sea porque aparece de súbito, sin pasado bien conocido como escapado de una nube viajera, sea porque al ser hombre de tierras lejanas se beneficia de la óptica, de la distancia que, si en lo físico hace ver a los cuerpos menores, en lo moral amplifica a los seres y los presenta legendarios.
Sólo una idea me tranquiliza: la de que sirva mi figura transeúnte para que esta Cámara dé un apretón de manos a una España afanosa y renaciente que, dotada de novísima energía, vuelve a estos países de que fue madre con un gesto distinto, y más joven, de hermana mayor.
Sólo de esto puedo servir, sólo en este sentido puedo aceptar este superlativo homenaje, ya que a esa España joven y a esa historia voy unido.
Y es buen ejemplo la historia, aún breve, pero ya fructífera, del nuevo ensayo español para toda juventud que quiera modificar en mejoría la trayectoria de su pueblo. Incitado por el ademán de algunos precursores, hace veinte años, un grupo de muchachos resolvimos laborar en la transformación radical de nuestra vieja nación, y sin apoyo oficial, sin medios regalados, con nuestras propias manos hemos ablandado primero y, luego, dado nuevas formas a la materia anquilosada de nuestra antigua existencia nacional.
Y hoy vuelve España a navegar resuelta por el alto mar de la historia, y yo os invito muy solemnemente a que en los años próximos fijéis, de cuando en cuando, vuestra mirada en aquella península porque ella os proporcionará no pocas sorpresas y algunas corroboraciones…
No pido hoy para España ni ternura hacia el pasado ni benevolencia para el presente: pido sólo atención y ojo alerta hacia su próximo porvenir.
En la primera conferencia pública insinuaba yo la idea, que me es muy cara y que dibuja con exactitud el hecho esencial de la vida, según la cual nuestra existencia, en cualquier momento que la sorprendamos, nos aparece constituida, por encima y antes y después de toda disputa sobre determinismo o indeterminismo, por un conjunto de circunstancias que nos obligan, que nos imponen, un régimen de forzosidad. Esto es nuestro destino.
Pero ese conjunto de circunstancias forzosas no afecta nuestro vivir de tal modo que deba ir éste rigiéndose por una trayectoria ineludible, mecánica, sino que deja siempre un margen a la libre decisión: de suerte que nuestra existencia es, en todo instante, una circunstancia fatal dada, que nuestra voluntad puede tomar en sus manos y empujarla en el sentido de la perfección.
No hay vivir si no se acepta la circunstancia dada y no hay buen vivir si nuestra libertad no la plasma en el camino de la perfección.
Esta misma idea está contenida en la hermosa frase que usó el gran pensador alemán Nietzsche, cuando refiriéndose al poeta, dijo que es el hombre que «danza encadenado».
Todo hombre tiene que tomar en peso su destino y plasmarlo con su albedrío. Ésta no es una frase vagamente alentadora, sino una doctrina, a mi juicio, esencial y verídica.
Cuando no se ha reflexionado bastante, se cree que la vida ideal fuera una existencia horra de angustias y problemas, un puro flotar en un ámbito etéreo, poblado sólo de caricias.
En este sentido decía Mérimée que la felicidad es como un deseo dormido. Pero esto es un grave error. Nuestro organismo no funcionará si el medio en torno no lo excitase e irritase. Toda función vital es la respuesta a una excitación, a una herida que el contorno nos hace.
La ausencia de presiones, de problemas, apagaría nuestra vida, porque es verdad que nuestro vivir es un constante aceptar de heridas y un responder enérgico a esta benéfica vulneración. Ni un individuo ni un pueblo puede vivir sin problemas, al contrario, todo individuo, todo pueblo vive precisamente de sus problemas, de sus destinos. La vida histórica es una permanente creación, no es un tesoro que nos viene de regalo… Para crear hay que mantenerse perpetuamente en entrenamiento. Y conviene recordar que la palabra entrenamiento no es sino la traducción del vocablo askesis, ascetismo, que usaban los griegos en los juegos atléticos y con el cual denominaban el régimen de difíciles ejercicios a que se sometían para mantenerse «en forma» los deportistas. Los místicos de la Edad Media tomaron este vocablo del deporte, y la vida pagana lo aplicó a la actividad del hombre que, mediante un constante ejercicio, procura mantenerse en estado de gracia, para hallarse en forma y lograr la beatitud.
Pues bien, este ascetismo, este constante entrenamiento es el único capaz de hacernos crear. Hay que mantenerse en un constante entrenamiento; pero no basta para sostenerlo la buena voluntad. Es preciso que las circunstancias constantemente nos inciten; un pueblo no se pone en pie y logra disciplinarse simplemente porque alguien, un buen día, se lo quiera sugerir, sino que, por el contrario, tiene que sentir a toda hora en su carne multitudinaria el aguijón de los problemas nacionales el espolazo de su destino. Ni hay destino tan desfavorable que no podamos fertilizar aceptándolo con jovialidad y decisión. De él, de su áspero roce, de su ineludible angustia sacan los pueblos la capacidad para las grandes verdades históricas. No se dude de ello: en el dolor nos hacemos y en el placer nos gastamos.
Así es como sentiría yo, si fuese chileno, la desventura que en estos días renueva trágicamente una de las facciones más dolorosas de vuestro destino. Porque tiene este Chile florido algo de Sísifo, ya que, como él, vive junto a una alta serranía y, como él, parece condenado a que se le venga abajo cien veces lo que con su esfuerzo cien veces elevó.
Pero ya que he aceptado este homenaje, que vuelvo a calificar de exorbitante, sobre todo después de las palabras superlativas con que el señor Presidente lo ha subrayado, tengo la obligación de hacerlo breve.
Sería una preocupación delicada para mí preocuparme de hablar ante ustedes de asuntos generales referentes a la ocupación que generalmente llena los ámbitos de esta Sala. Sólo quisiera indicar dos puntos, a mi juicio esenciales, en la situación política del mundo, y especialmente en la de estos países nuestros de razas tan calientes.
Se dice, desde hace algunos años, que ha acabado la política de las ideas, se dice con verdad, pero ¿por qué se dice también con romántica melancolía? ¿Qué es esa famosa política de ideas? Es preciso que retrotraigamos la mirada a algunos siglos atrás.
Las naciones que son para vosotros modelos, por ser las que habéis hallado en la plenitud de su desarrollo cuando a nueva vida nacieron estos países, se hicieron allá en la Edad Media, pero no como fruto de las ideas, de la inteligencia. Durante la Edad Media se van fraguando las naciones europeas merced a obras, virtudes, al coraje, al esfuerzo y constancia, que no suelen ser las características de los intelectuales. Es ése el tiempo en que dominan los guerreros y sacerdotes, con las virtudes propias de su gremio, y entonces se van formando año por año, centuria por centuria, esos acordes magníficos de la humanidad que han sido las naciones de Occidente.
Entretanto, germina y se prepara en los rincones de los claustros y de las universidades municipales el pensamiento, la inteligencia que tiene en el Renacimiento la primera fiesta de su madurez. Pero crece tanto esta inteligencia, va sintiéndose tan poderosa que llega, sobre todo en el siglo XVII —era de la construcción de los grandes sistemas racionales de Descartes, Spinoza y Leibniz— a creer que puede tanto como Dios, que puede deshacer y reconstruir el templo del mundo.
De aquí que, desde entonces, se apodera de los intelectuales un afán de intervenir en la vida pública; no les bastan sus gremiales actividades y empiezan a reformar la sociedad.
Hay un momento de evidente orgullo en la historia de la inteligencia, que cree poderlo todo.
Cuando en la Edad Media un plebeyo era herido y vejado por un noble, procuraba lo más pronto obviar la dificultad, vengarse de ella; pero en la edad del reformismo, en vez de corregir el concreto abuso, se prefiere meditar cómo debiera ser el mundo todo para que ese vejamiento fuera imposible.
Esto último es lo que constituye el reformismo. Entre 1750 y 1900, el mundo del Occidente retiembla en intentos de reforma. Ésta fue la política de ideas. En ellas la idea no cumple su misión de reflejar pulcramente la realidad social, sino que como dirá Fichte, que ha sido siempre el enfant terrible del pensamiento occidental, es decir, el que expresaba claramente lo que otros callaban: la misión de la realidad es copiar nuestras ideas.
¡Política de ideas! Una política que vuelta de espaldas a la realidad quería imponer no ideas políticas, sino éticas, jurídicas, religiosas, more geometrico.
La Revolución Francesa que yuguló a los príncipes cometió la inconsecuencia de poner en el trono a los principios, principios, repito, que no eran políticos, sino abstracciones puras, morales o jurídicas. Y esto es lo que no puede ser.
Frente a tales principios de reformismo; frente a estos ensayos que la inteligencia ha hecho de abandonar su propia profesión y querer mandar en la sociedad, reformando el cosmos social, se inicia en todas partes un principio de conformismo, el cual no implica una renuncia a la reforma, sino que pretende primero hacerse cargo de cuáles son las leyes de estructura de la sociedad para respetarlas, porque eso es lo que no se puede reformar. Es menester asegurar la reforma parcial empezando por reconocer las líneas dinámicas de la arquitectura del mundo, y especialmente del mundo de los hombres, de la sociedad…
No puede ocurrir que esa vieja política de ideas, tan orgullosa, producto del orgullo, de la soberbia de la inteligencia, termine sin una época de transición dura, difícil, en que parece que la política no va a tener ideas.
Esto es lo que caracteriza a la situación actual en todo el mundo, situación que acepta valerosamente la condición del momento y conoce y se sabe perfectamente como transitoria… Toda situación política tiene que ser institucional, tiene que vivir con ideas, pero ésas, siendo ideas políticas puras, estrictamente políticas, servidoras de la realidad, anhelantes de sujetarse a ella, son las que hoy procuran elaborar en el rincón pacífico de las meditaciones los estudiosos de mi generación.
Nueva política de ideas tiene que venir, y ésta es la alta, difícil misión que en vuestras manos está por lo que afecta a vuestro pueblo: porque esa nueva política de ideas, nada abstractas, no puede consistir en instituciones ubicuas que puedan trasladarse de un pueblo a otro pueblo, como si las sociedades no tuviesen destinos particulares, y es necesario que vosotros extraigáis con propia intuición del destino singularísimo de vuestro pueblo el perfil de vuestra futura constitución.
Otra advertencia, la última que quería hacer.
Es aquélla en que tanto de los políticos españoles, como de los de estos pueblos de la misma temperatura, exigen mayor generosidad.
Nuestras sociedades tienden siempre a que todo en ellas se convierta en política y entonces acontece que nuestras sociedades viven sólo de un centro creador de historia: la política, cuando, como es forzoso, estas sociedades carecen de otras instancias y centros de equilibrio a los cuales recurrir. Esa otra instancia, ese otro poder espiritual que forzosamente tiene que compensar el exceso de inclinaciones, la proclividad hacia la pasión política de nuestra raza, tiene que ser la vida intelectual.
Es cierto, no os hagáis ilusiones, la pura inteligencia es enemiga del puro político; se reparten dos funciones diferentes y si son fieles cada cual a su misión, es natural que entren en colisión; sin embargo, de vuestras resoluciones hay que esperar que favorezcáis, que trabajéis porque en estos pueblos exista, frente al centro político, un epicentro de serena vida intelectual; que creéis instituciones, que hagáis sacrificios para que en ellas se vaya formando una minoría ejemplar, la cual en todo instante pueda serviros de indicadora, alentadora y correctora.
Pido, pues, anhelo, deseo y espero que en el futuro de Chile los políticos favorezcáis, animéis, corroboréis la vida intelectual.
Después de dicho esto y habiendo tenido ya demasiado tiempo alerta la atención benévola de ustedes, no debo sino retirarme, añadiendo tan sólo que, a pesar de ser tan breve mi permanencia en Chile, me voy de esta tierra colonizado, con nostalgia, y con un afán de retorno.
Boletín de Sesiones Ordinarias, 4 de diciembre de 1928