Ortega y Gasset
Abstract
An address to the Chilean parliament: Ortega presents himself as an independent meditator without office and salutes a reborn Spain. He repeats the idea dearest to him: our existence, prior to any dispute over determinism and indeterminism, is constituted by a set of circumstances that impose necessity — this is destiny — yet always leaves a margin for free decision; there is no living unless the given circumstance is accepted, and no good living unless our freedom shapes it toward perfection.
Connections
Assi: Fine della vita, Libertà e necessità
Posizioni: vita come progetto
Concetti: libertà
Argomenti: io sono io e la mia circostanza
Forme: lezione
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Señor Presidente, señores Diputados: el honor que esta Cámara me hace permitiendo que se deslice, por un momento, dentro de su cuerpo constitucional, mi persona errante, me obliga a tanta gratitud, que he querido defenderme de ella, temeroso de no saber adecuadamente corresponderla.
Yo no soy más que un meditador independiente y algo díscolo, un estudioso de ideas, un incitador hacia la vida, que ha eludido siempre toda representación oficial y toda magistratura para mantenerme libre y ágil al servicio de mi apasionada misión, la cual se asemeja un poco a la de aquel personaje de los libros hebreos, que iba por los caminos y por cañadas, que daba vueltas en torno a los muros de las ciudades voceando: «¡Ay de ti, Sión! ¡Ay de tus mujeres y de tus hijos, si te olvidas del espíritu!»… Hasta que un día, desde una almena, arrojan una piedra que golpea su sien y cae entonces gritando: «¡Ay de mí!»
A esta sencilla, fervorosa y lírica misión, he puesto mi vida, y como mi pretensión no transciende de ella, el honor exorbitante que ahora se me hace, me asusta e inquieta un poco y hasta esto me hace pensar si habrá sido inspirado por alguna confusión, por algún error de óptica, que hace ver en mi persona rangos y cuantías de prestigio social que me son completamente ajenos ya que voy por el mundo sin títulos ni atuendos cantando libremente mi canción.
Porque los griegos, de alma tan aguda e irónica, solían decir que es siempre el extranjero un poco divino —sea porque aparece de súbito, sin pasado bien conocido como escapado de una nube viajera, sea porque al ser hombre de tierras lejanas se beneficia de la óptica, de la distancia que, si en lo físico hace ver a los cuerpos menores, en lo moral amplifica a los seres y los presenta legendarios.
Sólo una idea me tranquiliza: la de que sirva mi figura transeúnte para que esta Cámara dé un apretón de manos a una España afanosa y renaciente que, dotada de novísima energía, vuelve a estos países de que fue madre con un gesto distinto, y más joven, de hermana mayor.
Sólo de esto puedo servir, sólo en este sentido puedo aceptar este superlativo homenaje, ya que a esa España joven y a esa historia voy unido.
Y es buen ejemplo la historia, aún breve, pero ya fructífera, del nuevo ensayo español para toda juventud que quiera modificar en mejoría la trayectoria de su pueblo. Incitado por el ademán de algunos precursores, hace veinte años, un grupo de muchachos resolvimos laborar en la transformación radical de nuestra vieja nación, y sin apoyo oficial, sin medios regalados, con nuestras propias manos hemos ablandado primero y, luego, dado nuevas formas a la materia anquilosada de nuestra antigua existencia nacional.
Y hoy vuelve España a navegar resuelta por el alto mar de la historia, y yo os invito muy solemnemente a que en los años próximos fijéis, de cuando en cuando, vuestra mirada en aquella península porque ella os proporcionará no pocas sorpresas y algunas corroboraciones…
No pido hoy para España ni ternura hacia el pasado ni benevolencia para el presente: pido sólo atención y ojo alerta hacia su próximo porvenir.
En la primera conferencia pública insinuaba yo la idea, que me es muy cara y que dibuja con exactitud el hecho esencial de la vida, según la cual nuestra existencia, en cualquier momento que la sorprendamos, nos aparece constituida, por encima y antes y después de toda disputa sobre determinismo o indeterminismo, por un conjunto de circunstancias que nos obligan, que nos imponen, un régimen de forzosidad. Esto es nuestro destino.
Pero ese conjunto de circunstancias forzosas no afecta nuestro vivir de tal modo que deba ir éste rigiéndose por una trayectoria ineludible, mecánica, sino que deja siempre un margen a la libre decisión: de suerte que nuestra existencia es, en todo instante, una circunstancia fatal dada, que nuestra voluntad puede tomar en sus manos y empujarla en el sentido de la perfección.
No hay vivir si no se acepta la circunstancia dada y no hay buen vivir si nuestra libertad no la plasma en el camino de la perfección.
Esta misma idea está contenida en la hermosa frase que usó el gran pensador alemán Nietzsche, cuando refiriéndose al poeta, dijo que es el hombre que «danza encadenado».
Todo hombre tiene que tomar en peso su destino y plasmarlo con su albedrío. Ésta no es una frase vagamente alentadora, sino una doctrina, a mi juicio, esencial y verídica.
Cuando no se ha reflexionado bastante, se cree que la vida ideal fuera una existencia horra de angustias y problemas, un puro flotar en un ámbito etéreo, poblado sólo de caricias.
En este sentido decía Mérimée que la felicidad es como un deseo dormido. Pero esto es un grave error. Nuestro organismo no funcionará si el medio en torno no lo excitase e irritase. Toda función vital es la respuesta a una excitación, a una herida que el contorno nos hace.
La ausencia de presiones, de problemas, apagaría nuestra vida, porque es verdad que nuestro vivir es un constante aceptar de heridas y un responder enérgico a esta benéfica vulneración. Ni un individuo ni un pueblo puede vivir sin problemas, al contrario, todo individuo, todo pueblo vive precisamente de sus problemas, de sus destinos. La vida histórica es una permanente creación, no es un tesoro que nos viene de regalo… Para crear hay que mantenerse perpetuamente en entrenamiento. Y conviene recordar que la palabra entrenamiento no es sino la traducción del vocablo askesis, ascetismo, que usaban los griegos en los juegos atléticos y con el cual denominaban el régimen de difíciles ejercicios a que se sometían para mantenerse «en forma» los deportistas. Los místicos de la Edad Media tomaron este vocablo del deporte, y la vida pagana lo aplicó a la actividad del hombre que, mediante un constante ejercicio, procura mantenerse en estado de gracia, para hallarse en forma y lograr la beatitud.
Pues bien, este ascetismo, este constante entrenamiento es el único capaz de hacernos crear. Hay que mantenerse en un constante entrenamiento; pero no basta para sostenerlo la buena voluntad. Es preciso que las circunstancias constantemente nos inciten; un pueblo no se pone en pie y logra disciplinarse simplemente porque alguien, un buen día, se lo quiera sugerir, sino que, por el contrario, tiene que sentir a toda hora en su carne multitudinaria el aguijón de los problemas nacionales el espolazo de su destino. Ni hay destino tan desfavorable que no podamos fertilizar aceptándolo con jovialidad y decisión. De él, de su áspero roce, de su ineludible angustia sacan los pueblos la capacidad para las grandes verdades históricas. No se dude de ello: en el dolor nos hacemos y en el placer nos gastamos.
Así es como sentiría yo, si fuese chileno, la desventura que en estos días renueva trágicamente una de las facciones más dolorosas de vuestro destino. Porque tiene este Chile florido algo de Sísifo, ya que, como él, vive junto a una alta serranía y, como él, parece condenado a que se le venga abajo cien veces lo que con su esfuerzo cien veces elevó.
Pero ya que he aceptado este homenaje, que vuelvo a calificar de exorbitante, sobre todo después de las palabras superlativas con que el señor Presidente lo ha subrayado, tengo la obligación de hacerlo breve.
Sería una preocupación delicada para mí preocuparme de hablar ante ustedes de asuntos generales referentes a la ocupación que generalmente llena los ámbitos de esta Sala. Sólo quisiera indicar dos puntos, a mi juicio esenciales, en la situación política del mundo, y especialmente en la de estos países nuestros de razas tan calientes.
Se dice, desde hace algunos años, que ha acabado la política de las ideas, se dice con verdad, pero ¿por qué se dice también con romántica melancolía? ¿Qué es esa famosa política de ideas? Es preciso que retrotraigamos la mirada a algunos siglos atrás.
Las naciones que son para vosotros modelos, por ser las que habéis hallado en la plenitud de su desarrollo cuando a nueva vida nacieron estos países, se hicieron allá en la Edad Media, pero no como fruto de las ideas, de la inteligencia. Durante la Edad Media se van fraguando las naciones europeas merced a obras, virtudes, al coraje, al esfuerzo y constancia, que no suelen ser las características de los intelectuales. Es ése el tiempo en que dominan los guerreros y sacerdotes, con las virtudes propias de su gremio, y entonces se van formando año por año, centuria por centuria, esos acordes magníficos de la humanidad que han sido las naciones de Occidente.
Mr. President, gentlemen Deputies: the honor that this Chamber does me in allowing to slip, for a moment, within its constitutional body, my errant person, obliges me to so much gratitude that I have wished to defend myself from it, fearful of not knowing how adequately to requite it.
I am nothing more than an independent and somewhat unruly meditator, a student of ideas, an inciter toward life, who has always eluded every official representation and every magistracy to keep myself free and agile in the service of my passionate mission, which somewhat resembles that of that character of the Hebrew books, who went along the roads and the glens, who circled around the walls of the cities shouting: «Woe to you, Zion! Woe to your women and your children, if you forget the spirit!»… Until one day, from a merlon, they throw a stone that strikes his temple and he falls then shouting: «Woe to me!»
To this simple, fervent and lyrical mission I have put my life, and since my pretension does not transcend it, the exorbitant honor that is now done to me frightens me and somewhat disquiets me, and this even makes me think whether it may have been inspired by some confusion, by some error of optics, that makes my person appear to possess ranks and quantities of social prestige that are completely alien to me, since I go through the world without titles or trappings freely singing my song.
For the Greeks, of so acute and ironic a soul, used to say that the foreigner is always a little divine —whether because he appears suddenly, without a well-known past, as if escaped from a traveling cloud, or because, being a man of far-off lands, he benefits from the optics, from the distance which, if in the physical it makes bodies appear smaller, in the moral amplifies beings and presents them as legendary.
Only one idea reassures me: that my transient figure may serve so that this Chamber gives a handshake to an eager and re-emerging Spain which, endowed with newest energy, returns to these countries of which it was mother with a different and younger gesture, of elder sister.
Only for this can I serve, only in this sense can I accept this superlative homage, since to that young Spain and to that history I am bound.
And good example is the history, still brief, but already fruitful, of the new Spanish experiment for every youth that wishes to modify for the better the trajectory of its people. Incited by the gesture of some precursors, twenty years ago, a group of boys resolved to labor in the radical transformation of our old nation, and without official support, without gifted means, with our own hands we have first softened and, later, given new forms to the matter ankylosed of our ancient national existence.
And today Spain returns to sail resolute upon the high sea of history, and I invite you most solemnly that in the coming years you fix, from time to time, your gaze upon that peninsula because it will provide you with not a few surprises and some corroborations…
I ask today for Spain neither tenderness toward the past nor benevolence for the present: I ask only attention and alert eye toward its near future.
In the first public lecture I insinuated the idea, which is very dear to me and which draws with exactness the essential fact of life, according to which our existence, at whatever moment we surprise it, appears to us constituted, above and before and after every dispute over determinism or indeterminism, by a set of circumstances that oblige us, that impose upon us, a regime of compulsion. This is our destiny.
But that set of compulsory circumstances does not affect our living in such a way that it must go being governed by an ineluctable, mechanical trajectory, but always leaves a margin to free decision: so that our existence is, at every instant, a fatal given circumstance, which our will can take into its hands and push in the sense of perfection.
There is no living if the given circumstance is not accepted, and there is no good living if our freedom does not shape it on the path of perfection.
This same idea is contained in the beautiful phrase that the great German thinker Nietzsche used, when referring to the poet, he said that he is the man who «dances chained».
Every man has to take up his destiny in full and shape it with his free will. This is not a vaguely encouraging phrase, but a doctrine, in my judgment, essential and truthful.
When one has not reflected enough, one believes that the ideal life were an existence free of anguishes and problems, a pure floating in an ethereal sphere, peopled only with caresses.
In this sense Mérimée said that happiness is like a sleeping desire. But this is a grave error. Our organism will not function if the medium around it did not excite and irritate it. Every vital function is the response to an excitation, to a wound that the surroundings inflict upon us.
The absence of pressures, of problems, would extinguish our life, because it is true that our living is a constant accepting of wounds and an energetic responding to this beneficent vulneration. Neither an individual nor a people can live without problems; on the contrary, every individual, every people lives precisely on its problems, on its destinies. Historical life is a permanent creation, it is not a treasure that comes to us as a gift… To create one must keep oneself perpetually in training. And it is fitting to recall that the word training is nothing but the translation of the word askesis, asceticism, which the Greeks used in the athletic games and with which they denominated the regime of difficult exercises to which the athletes submitted in order to keep themselves «in form». The mystics of the Middle Ages took this word from sport, and pagan life applied it to the activity of the man who, through constant exercise, tries to keep himself in a state of grace, to find himself in form and achieve beatitude.
Well then, this asceticism, this constant training is the only one capable of making us create. One must keep oneself in constant training; but good will is not enough to sustain it. It is necessary that circumstances constantly incite us; a people does not rise to its feet and manage to discipline itself simply because someone, one fine day, wishes to suggest it to them, but, on the contrary, it must feel at every hour in its multitudinous flesh the goad of national problems, the spur of its destiny. Nor is there a destiny so unfavorable that we cannot fertilize it by accepting it with joviality and decision. From it, from its rough rub, from its ineluctable anguish, do peoples draw the capacity for the great historical truths. Let there be no doubt of it: in pain we are made and in pleasure we are spent.
Thus it is how I would feel, if I were Chilean, the misfortune that in these days tragically renews one of the most dolorous faces of your destiny. For this flourishing Chile has something of Sisyphus, since, like him, it lives beside a high mountain range and, like him, seems condemned to have collapse a hundred times what with its effort it a hundred times raised.
But since I have accepted this homage, which I again qualify as exorbitant, above all after the superlative words with which the President has underscored it, I have the obligation to make it brief.
It would be a delicate preoccupation for me to be concerned with speaking before you of general matters referring to the occupation that generally fills the precincts of this Hall. I would only wish to indicate two points, in my judgment essential, in the political situation of the world, and especially in that of these our countries of such hot races.
It is said, for some years now, that the politics of ideas has ended; it is said with truth, but why is it also said with romantic melancholy? What is that famous politics of ideas? It is necessary that we draw back our gaze some centuries.
The nations that are models for you, for being those which you found in the fullness of their development when these countries were born to new life, were made there in the Middle Ages, but not as fruit of ideas, of intelligence. During the Middle Ages the European nations are gradually forged by virtue of works, virtues, courage, effort and constancy, which are not usually the characteristics of intellectuals. That is the time in which warriors and priests dominate, with the virtues proper to their guild, and then there are formed year by year, century by century, those magnificent chords of humanity that the nations of the West have been.
Signor Presidente, signori Deputati: l’onore che questa Camera mi fa permettendo che si insinui, per un momento, dentro il suo corpo costituzionale, la mia persona errante, mi obbliga a tanta gratitudine, che ho voluto difendermi da essa, timoroso di non saperle adeguatamente corrispondere.
Io non sono che un meditatore indipendente e un po’ indisciplinato, uno studioso di idee, un incitatore verso la vita, che ha sempre eluso ogni rappresentanza ufficiale e ogni magistratura per mantenersi libero e agile al servizio della mia appassionata missione, la quale somiglia un poco a quella di quel personaggio dei libri ebraici, che andava per i cammini e per le vallate, che girava intorno alle mura delle città gridando: «Guai a te, Sion! Guai alle tue donne e ai tuoi figli, se dimentichi lo spirito!»… Finché un giorno, da una merlatura, gettano una pietra che colpisce la sua tempia e cade allora gridando: «Guai a me!»
A questa semplice, fervorosa e lirica missione, ho messo la mia vita, e poiché la mia pretesa non trascende da essa, l’onore esorbitante che ora mi si fa, mi spaventa e mi inquieta un poco e fino a questo mi fa pensare se sia stato ispirato da qualche confusione, da qualche errore di ottica, che fa vedere nella mia persona rango e quantità di prestigio sociale che mi sono completamente estranei, poiché vado per il mondo senza titoli né insegne cantando liberamente la mia canzone.
Perché i greci, d’anima così acuta e ironica, solevano dire che lo straniero è sempre un po’ divino —sia perché appare d’improvviso, senza passato ben conosciuto come scappato da una nuvola viaggiatrice, sia perché, essendo uomo di terre lontane, beneficia dell’ottica, della distanza che, se nel fisico fa vedere i corpi più piccoli, nel morale amplifica gli esseri e li presenta leggendari.
Solo un’idea mi tranquillizza: quella che serva la mia figura transeunte perché questa Camera dia una stretta di mano a una Spagna affannosa e rinascente che, dotata di nuovissima energia, torna a questi paesi di cui fu madre con un gesto diverso, e più giovane, di sorella maggiore.
Solo di questo posso servire, solo in questo senso posso accettare questo superlativo omaggio, poiché a quella Spagna giovane e a quella storia sono unito.
Ed è buon esempio la storia, ancora breve, ma già fruttifera, del nuovo esperimento spagnolo per ogni gioventù che voglia modificare in miglioramento la traiettoria del suo popolo. Incitati dal cenno di alcuni precursori, vent’anni fa, un gruppo di ragazzi risolvemmo di lavorare nella trasformazione radicale della nostra vecchia nazione, e senza appoggio ufficiale, senza mezzi regalati, con le nostre proprie mani abbiamo prima ammorbidito e, poi, dato nuove forme alla materia anchilosata della nostra antica esistenza nazionale.
E oggi torna la Spagna a navigare risoluta per l’alto mare della storia, e io vi invito molto solennemente a che negli anni prossimi fissiate, di quando in quando, il vostro sguardo su quella penisola perché essa vi procurerà non poche sorprese e alcune corroborazioni…
Non chiedo oggi per la Spagna né tenerezza verso il passato né benevolenza per il presente: chiedo solo attenzione e occhio vigile verso il suo prossimo avvenire.
Nella prima conferenza pubblica insinuavo io l’idea, che mi è molto cara e che disegna con esattezza il fatto essenziale della vita, secondo la quale la nostra esistenza, in qualsiasi momento la sorprendiamo, ci appare costituita, al di sopra e prima e dopo di ogni disputa su determinismo o indeterminismo, da un insieme di circostanze che ci obbligano, che ci impongono, un regime di forzosità. Questo è il nostro destino.
Ma quell’insieme di circostanze forzose non affetta il nostro vivere in modo tale che questo debba andare reggendosi per una traiettoria ineludibile, meccanica, ma lascia sempre un margine alla libera decisione: di modo che la nostra esistenza è, in ogni istante, una circostanza fatale data, che la nostra volontà può prendere nelle sue mani e spingere nel senso della perfezione.
Non c’è vivere se non si accetta la circostanza data e non c’è buon vivere se la nostra libertà non la plasma sul cammino della perfezione.
Questa stessa idea è contenuta nella bella frase che usò il grande pensatore tedesco Nietzsche, quando riferendosi al poeta, disse che è l’uomo che «danza incatenato».
Ogni uomo deve prendere in peso il suo destino e plasmarlo con il suo libero arbitrio. Questa non è una frase vagamente incoraggiante, ma una dottrina, a mio giudizio, essenziale e veridica.
Quando non si è riflettuto abbastanza, si crede che la vita ideale fosse un’esistenza priva di angosce e problemi, un puro fluttuare in un ambito etereo, popolato solo di carezze.
In questo senso diceva Mérimée che la felicità è come un desiderio addormentato. Ma questo è un grave errore. Il nostro organismo non funzionerà se il mezzo intorno non lo eccitasse e irritasse. Ogni funzione vitale è la risposta a un’eccitazione, a una ferita che il contorno ci fa.
L’assenza di pressioni, di problemi, spegnerebbe la nostra vita, perché è vero che il nostro vivere è un costante accettare di ferite e un rispondere energico a questa benefica vulnerazione. Né un individuo né un popolo può vivere senza problemi, al contrario, ogni individuo, ogni popolo vive precisamente dei suoi problemi, dei suoi destini. La vita storica è una permanente creazione, non è un tesoro che ci viene in regalo… Per creare bisogna mantenersi perpetuamente in allenamento. E conviene ricordare che la parola allenamento non è che la traduzione del vocabolo askesis, ascetismo, che usavano i greci nei giochi atletici e con il quale denominavano il regime di difficili esercizi a cui si sottomettevano per mantenersi «in forma» gli sportivi. I mistici del Medioevo presero questo vocabolo dallo sport, e la vita pagana lo applicò all’attività dell’uomo che, mediante un costante esercizio, procura di mantenersi in stato di grazia, per trovarsi in forma e conseguire la beatitudine.
Ebbene, questo ascetismo, questo costante allenamento è l’unico capace di farci creare. Bisogna mantenersi in un costante allenamento; ma non basta per sostenerlo la buona volontà. È necessario che le circostanze costantemente ci incitino; un popolo non si mette in piedi e riesce a disciplinarsi semplicemente perché qualcuno, un bel giorno, glielo voglia suggerire, ma, al contrario, deve sentire a ogni ora nella sua carne multitudinaria il pungolo dei problemi nazionali, lo sperone del suo destino. Né c’è destino così sfavorevole che non possiamo fertilizzare accettandolo con giovialità e decisione. Da esso, dal suo aspro strofinio, dalla sua ineludibile angoscia traggono i popoli la capacità per le grandi verità storiche. Non se ne dubiti: nel dolore ci facciamo e nel piacere ci consumiamo.
Così è come sentirei io, se fossi cileno, la sventura che in questi giorni rinnova tragicamente una delle facce più dolorose del vostro destino. Perché ha questo Cile fiorito qualcosa di Sisifo, poiché, come lui, vive accanto a un’alta serrania e, come lui, sembra condannato a che gli venga giù cento volte quello che con il suo sforzo cento volte elevò.
Ma poiché ho accettato questo omaggio, che torno a qualificare di esorbitante, soprattutto dopo le parole superlative con cui il signor Presidente lo ha sottolineato, ho l’obbligo di farlo breve.
Sarebbe una preoccupazione delicata per me preoccuparmi di parlare davanti a voi di affari generali riferentisi all’occupazione che generalmente riempie gli ambiti di questa Sala. Solo vorrei indicare due punti, a mio giudizio essenziali, nella situazione politica del mondo, e specialmente in quella di questi nostri paesi di razze così calde.
Si dice, da alcuni anni, che è finita la politica delle idee, si dice con verità, ma perché si dice anche con romantica melanconia? Che cos’è quella famosa politica di idee? È necessario che retrocediamo lo sguardo ad alcuni secoli addietro.
Le nazioni che sono per voi modelli, per essere quelle che avete trovato nella pienezza del loro sviluppo quando a nuova vita nacquero questi paesi, si fecero là nel Medioevo, ma non come frutto delle idee, dell’intelligenza. Durante il Medioevo si vanno forgiando le nazioni europee mercé opere, virtù, coraggio, sforzo e costanza, che non sogliono essere le caratteristiche degli intellettuali. È quello il tempo in cui dominano i guerrieri e i sacerdoti, con le virtù proprie del loro gremio, e allora si vanno formando anno per anno, centuria per centuria, quegli accordi magnifici dell’umanità che sono state le nazioni d’Occidente.
Entretanto, germina y se prepara en los rincones de los claustros y de las universidades municipales el pensamiento, la inteligencia que tiene en el Renacimiento la primera fiesta de su madurez. Pero crece tanto esta inteligencia, va sintiéndose tan poderosa que llega, sobre todo en el siglo XVII —era de la construcción de los grandes sistemas racionales de Descartes, Spinoza y Leibniz— a creer que puede tanto como Dios, que puede deshacer y reconstruir el templo del mundo.
De aquí que, desde entonces, se apodera de los intelectuales un afán de intervenir en la vida pública; no les bastan sus gremiales actividades y empiezan a reformar la sociedad.
Hay un momento de evidente orgullo en la historia de la inteligencia, que cree poderlo todo.
Cuando en la Edad Media un plebeyo era herido y vejado por un noble, procuraba lo más pronto obviar la dificultad, vengarse de ella; pero en la edad del reformismo, en vez de corregir el concreto abuso, se prefiere meditar cómo debiera ser el mundo todo para que ese vejamiento fuera imposible.
Esto último es lo que constituye el reformismo. Entre 1750 y 1900, el mundo del Occidente retiembla en intentos de reforma. Ésta fue la política de ideas. En ellas la idea no cumple su misión de reflejar pulcramente la realidad social, sino que como dirá Fichte, que ha sido siempre el enfant terrible del pensamiento occidental, es decir, el que expresaba claramente lo que otros callaban: la misión de la realidad es copiar nuestras ideas.
¡Política de ideas! Una política que vuelta de espaldas a la realidad quería imponer no ideas políticas, sino éticas, jurídicas, religiosas, more geometrico.
La Revolución Francesa que yuguló a los príncipes cometió la inconsecuencia de poner en el trono a los principios, principios, repito, que no eran políticos, sino abstracciones puras, morales o jurídicas. Y esto es lo que no puede ser.
Frente a tales principios de reformismo; frente a estos ensayos que la inteligencia ha hecho de abandonar su propia profesión y querer mandar en la sociedad, reformando el cosmos social, se inicia en todas partes un principio de conformismo, el cual no implica una renuncia a la reforma, sino que pretende primero hacerse cargo de cuáles son las leyes de estructura de la sociedad para respetarlas, porque eso es lo que no se puede reformar. Es menester asegurar la reforma parcial empezando por reconocer las líneas dinámicas de la arquitectura del mundo, y especialmente del mundo de los hombres, de la sociedad…
No puede ocurrir que esa vieja política de ideas, tan orgullosa, producto del orgullo, de la soberbia de la inteligencia, termine sin una época de transición dura, difícil, en que parece que la política no va a tener ideas.
Esto es lo que caracteriza a la situación actual en todo el mundo, situación que acepta valerosamente la condición del momento y conoce y se sabe perfectamente como transitoria… Toda situación política tiene que ser institucional, tiene que vivir con ideas, pero ésas, siendo ideas políticas puras, estrictamente políticas, servidoras de la realidad, anhelantes de sujetarse a ella, son las que hoy procuran elaborar en el rincón pacífico de las meditaciones los estudiosos de mi generación.
Nueva política de ideas tiene que venir, y ésta es la alta, difícil misión que en vuestras manos está por lo que afecta a vuestro pueblo: porque esa nueva política de ideas, nada abstractas, no puede consistir en instituciones ubicuas que puedan trasladarse de un pueblo a otro pueblo, como si las sociedades no tuviesen destinos particulares, y es necesario que vosotros extraigáis con propia intuición del destino singularísimo de vuestro pueblo el perfil de vuestra futura constitución.
Otra advertencia, la última que quería hacer.
Es aquélla en que tanto de los políticos españoles, como de los de estos pueblos de la misma temperatura, exigen mayor generosidad.
Nuestras sociedades tienden siempre a que todo en ellas se convierta en política y entonces acontece que nuestras sociedades viven sólo de un centro creador de historia: la política, cuando, como es forzoso, estas sociedades carecen de otras instancias y centros de equilibrio a los cuales recurrir. Esa otra instancia, ese otro poder espiritual que forzosamente tiene que compensar el exceso de inclinaciones, la proclividad hacia la pasión política de nuestra raza, tiene que ser la vida intelectual.
Es cierto, no os hagáis ilusiones, la pura inteligencia es enemiga del puro político; se reparten dos funciones diferentes y si son fieles cada cual a su misión, es natural que entren en colisión; sin embargo, de vuestras resoluciones hay que esperar que favorezcáis, que trabajéis porque en estos pueblos exista, frente al centro político, un epicentro de serena vida intelectual; que creéis instituciones, que hagáis sacrificios para que en ellas se vaya formando una minoría ejemplar, la cual en todo instante pueda serviros de indicadora, alentadora y correctora.
Pido, pues, anhelo, deseo y espero que en el futuro de Chile los políticos favorezcáis, animéis, corroboréis la vida intelectual.
Después de dicho esto y habiendo tenido ya demasiado tiempo alerta la atención benévola de ustedes, no debo sino retirarme, añadiendo tan sólo que, a pesar de ser tan breve mi permanencia en Chile, me voy de esta tierra colonizado, con nostalgia, y con un afán de retorno.
Boletín de Sesiones Ordinarias, 4 de diciembre de 1928
Meanwhile, there germinates and prepares itself in the corners of the cloisters and of the municipal universities the thought, the intelligence that has in the Renaissance the first festival of its maturity. But this intelligence grows so much, goes feeling itself so powerful that it arrives, above all in the seventeenth century —era of the construction of the great rational systems of Descartes, Spinoza and Leibniz— to believe that it can as much as God, that it can undo and rebuild the temple of the world.
Hence that, from then on, there seizes the intellectuals a longing to intervene in public life; their guild activities no longer suffice for them and they begin to reform society.
There is a moment of evident pride in the history of intelligence, which believes itself able to do everything.
When in the Middle Ages a plebeian was wounded and vexed by a nobleman, he sought as soon as possible to obviate the difficulty, to avenge himself of it; but in the age of reformism, instead of correcting the concrete abuse, one prefers to meditate how the whole world should be so that that vexation might be impossible.
This latter is what constitutes reformism. Between 1750 and 1900, the world of the West trembles in attempts of reform. This was the politics of ideas. In it the idea does not fulfill its mission of reflecting neatly the social reality, but as Fichte will say, who has always been the enfant terrible of Western thought, that is, the one who expressed clearly what others kept silent: the mission of reality is to copy our ideas.
Politics of ideas! A politics that, turned with its back to reality, wished to impose not political ideas, but ethical, juridical, religious ones, more geometrico.
The French Revolution, which strangled the princes, committed the inconsequence of placing principles on the throne, principles, I repeat, that were not political, but pure abstractions, moral or juridical. And this is what cannot be.
Faced with such principles of reformism; faced with these attempts that intelligence has made to abandon its own profession and want to command in society, reforming the social cosmos, there is initiated on all sides a principle of conformism, which does not imply a renunciation of reform, but pretends first to take charge of what are the structural laws of society in order to respect them, because that is what cannot be reformed. It is necessary to ensure partial reform by beginning with recognizing the dynamic lines of the architecture of the world, and especially of the world of men, of society…
It cannot happen that that old politics of ideas, so proud, product of the pride, of the haughtiness of intelligence, end without a hard, difficult transition period, in which it seems that politics is not going to have ideas.
This is what characterizes the present situation in the whole world, a situation that valiantly accepts the condition of the moment and knows and knows itself perfectly as transitory… Every political situation has to be institutional, has to live with ideas, but those, being pure political ideas, strictly political, servants of reality, longing to subject themselves to it, are those which today the scholars of my generation try to elaborate in the peaceful corner of meditations.
A new politics of ideas has to come, and this is the high, difficult mission that lies in your hands as regards your people: because that new politics of ideas, nothing abstract, cannot consist of ubiquitous institutions that can be transferred from one people to another people, as if societies had no particular destinies, and it is necessary that you extract with your own intuition from the most singular destiny of your people the profile of your future constitution.
Another warning, the last I wished to make.
It is that in which both Spanish politicians and those of these peoples of the same temperature demand greater generosity.
Our societies always tend to have everything in them converted into politics and then it happens that our societies live only from one creator center of history: politics, when, as is forced, these societies lack other instances and centers of equilibrium to which to resort. That other instance, that other spiritual power that forcibly has to compensate the excess of inclinations, the proclivity toward the political passion of our race, has to be intellectual life.
It is certain, do not make illusions, pure intelligence is the enemy of the pure politician; they distribute two different functions and if each is faithful to its mission, it is natural that they enter into collision; nevertheless, from your resolutions it must be expected that you favor, that you work so that in these peoples there exists, opposite the political center, an epicenter of serene intellectual life; that you create institutions, that you make sacrifices so that in them there may go forming an exemplary minority, which at every instant may serve you as indicator, encourager and corrector.
I ask, then, yearn, desire and hope that in the future of Chile you politicians favor, animate, corroborate intellectual life.
After having said this and having already held too long alert your benevolent attention, I must do nothing but withdraw, adding only that, despite my stay in Chile being so brief, I leave this land colonized, with nostalgia, and with a longing to return.
Boletín de Sesiones Ordinarias, 4 December 1928
Nel frattempo, germina e si prepara negli angoli dei chiostri e delle università municipali il pensiero, l’intelligenza che ha nel Rinascimento la prima festa della sua maturità. Ma cresce tanto questa intelligenza, va sentendosi così potente che arriva, soprattutto nel secolo XVII —era della costruzione dei grandi sistemi razionali di Cartesio, Spinoza e Leibniz— a credere che può tanto quanto Dio, che può disfare e ricostruire il tempio del mondo.
Di qui che, da allora, si impadronisce degli intellettuali un desiderio di intervenire nella vita pubblica; non bastano loro le loro attività gremiali e cominciano a riformare la società.
C’è un momento di evidente orgoglio nella storia dell’intelligenza, che crede di poter tutto.
Quando nel Medioevo un plebeo era ferito e vessato da un nobile, procurava il più presto possibile di ovviare alla difficoltà, di vendicarsene; ma nell’età del riformismo, invece di correggere l’abuso concreto, si preferisce meditare come dovrebbe essere il mondo tutto perché quella vessazione fosse impossibile.
Quest’ultima è ciò che costituisce il riformismo. Tra il 1750 e il 1900, il mondo dell’Occidente trema in tentativi di riforma. Questa fu la politica di idee. In esse l’idea non adempie la sua missione di riflettere pulitamente la realtà sociale, ma come dirà Fichte, che è stato sempre l’enfant terrible del pensiero occidentale, cioè, colui che esprimeva chiaramente ciò che altri tacevano: la missione della realtà è copiare le nostre idee.
Politica di idee! Una politica che, volta le spalle alla realtà, voleva imporre non idee politiche, ma etiche, giuridiche, religiose, more geometrico.
La Rivoluzione Francese che strozzò i principi commise l’inconseguenza di mettere sul trono i princìpi, princìpi, ripeto, che non erano politici, ma astrazioni pure, morali o giuridiche. E questo è ciò che non può essere.
Di fronte a tali princìpi di riformismo; di fronte a questi esperimenti che l’intelligenza ha fatto di abbandonare la propria professione e voler comandare nella società, riformando il cosmo sociale, si inizia in ogni parte un principio di conformismo, il quale non implica una rinuncia alla riforma, ma pretende prima di tutto di farsi carico di quali sono le leggi di struttura della società per rispettarle, perché questo è ciò che non si può riformare. È necessario assicurare la riforma parziale cominciando col riconoscere le linee dinamiche dell’architettura del mondo, e specialmente del mondo degli uomini, della società…
Non può accadere che quella vecchia politica di idee, così orgogliosa, prodotto dell’orgoglio, della superbia dell’intelligenza, termini senza un’epoca di transizione dura, difficile, in cui sembra che la politica non avrà idee.
Questo è ciò che caratterizza la situazione attuale in tutto il mondo, situazione che accetta valorosamente la condizione del momento e conosce e sa perfettamente se stessa come transitoria… Ogni situazione politica deve essere istituzionale, deve vivere con idee, ma queste, essendo idee politiche pure, strettamente politiche, servitrici della realtà, anelanti a soggettarsi a essa, sono quelle che oggi procurano di elaborare nel rione pacifico delle meditazioni gli studiosi della mia generazione.
Nuova politica di idee deve venire, e questa è l’alta, difficile missione che nelle vostre mani sta per ciò che affetta il vostro popolo: perché quella nuova politica di idee, niente affatto astratte, non può consistere in istituzioni ubique che possano trasferirsi da un popolo all’altro popolo, come se le società non avessero destini particolari, ed è necessario che voi estraiate con propria intuizione dal destino singolarissimo del vostro popolo il profilo della vostra futura costituzione.
Un altro avvertimento, l’ultimo che volevo fare.
È quello in cui tanto dei politici spagnoli, come di quelli di questi popoli della stessa temperatura, esigono maggiore generosità.
Le nostre società tendono sempre a che tutto in esse si converta in politica e allora accade che le nostre società vivano solo di un centro creatore di storia: la politica, quando, com’è forzoso, queste società mancano di altre istanze e centri di equilibrio a cui ricorrere. Quell’altra istanza, quell’altro potere spirituale che forzosamente deve compensare l’eccesso di inclinazioni, la proclività verso la passione politica della nostra razza, deve essere la vita intellettuale.
È certo, non vi fate illusioni, la pura intelligenza è nemica del puro politico; si ripartiscono due funzioni differenti e se sono fedeli ognuna alla sua missione, è naturale che entrino in collisione; nondimeno, dalle vostre risoluzioni bisogna aspettare che favoriate, che lavoriate perché in questi popoli esista, di fronte al centro politico, un epicentro di serena vita intellettuale; che creiate istituzioni, che facciate sacrifici perché in esse si vada formando una minoranza esemplare, la quale in ogni istante possa servirvi di indicatrice, incoraggiatrice e correttrice.
Chiedo, dunque, anelo, desidero e spero che nell’avvenire del Cile i politici favoriate, animate, corroboriate la vita intellettuale.
Dopo aver detto questo e avendo tenuto già troppo tempo all’erta l’attenzione benevola di voi, non devo che ritirarmi, aggiungendo soltanto che, nonostante sia così breve la mia permanenza in Cile, me ne vado da questa terra colonizzato, con nostalgia, e con un desiderio di ritorno.
Boletín de Sesiones Ordinarias, 4 dicembre 1928