Ortega y Gasset

Abstract

The postwar favours the smaller peoples: the nineteenth-century State is sick everywhere, and precisely because it was weakest in Spain the decomposition has gone furthest, so that for the first time in centuries no other people can serve as a model and Spain must invent its own future. He summons the young to a restoration of Spain, recalling that one cannot do what one wants but must want what one can, seizing the kairós.

Connections

Concetti: Stato, volontà
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

I

INTRODUCCIÓN CASI LÍRICA

Recuerdo haber escrito antes de concluir la guerra grande, que tras ella vendría, probablemente, una época sobremanera favorable a los pueblos menores. Henos en ella. Las naciones próceres arrastran un triste destino: su propia fortaleza actúa como freno histórico que las impide avanzar. A fuerza de discreción y de cautela se mantienen en un decoroso equilibrio hasta el punto de que el transeúnte poco perspicaz pensará que nada grave acaece en ellas. Como los elefantes después de muertos siguen un rato en pie, estas grandes naciones valetudinarias conservan cierto buen aire. Pero es a costa de demorar la solución sin solución de sus formidables problemas políticos, económicos y morales.

En cambio, los pueblos de menor velamen, más ligeros de ropa, han podido movilizarse más fácilmente, y caminan en avanzada. Es natural. En toda Europa, el Estado tipo siglo XIX se halla irremediablemente enfermo. Allí donde el Estado era más débil, el proceso de descomposición se ha acelerado, y así resulta que en política se encuentra hoy España más adelantada que Francia, Alemania e Inglaterra. Por vez primera desde hace siglos, ni debemos ni podemos tomar a otros pueblos como modelo. Tenemos que inventarnos nuestro propio futuro. Hic, Rhodus, hic salta. España está obligada a fare da se.

No quiere decir esto precisamente que la estación donde hemos llegado sea un lugar de delicias, meta óptima e imperio perfecto de la discreción. La situación presente tiene, según la voz de sus propios representantes oficiales, un carácter transitorio. La actitud más adecuada ante ella es la de ayudarla a pasar, acelerar su tránsito, como los postillones de las antiguas diligencias. Y a este propósito nada más útil que ir preparando la idea de una nueva política, de una nueva organización nacional. De nada sirve la quejumbre, y de muy poco la irritación. Ambas son operaciones de segunda clase en que el individuo renuncia a ser activo y se limita a reaccionar frente a los acontecimientos. Un poco más de entereza y elevada ambición debe llevarnos a prepararlos, a engendrarlos.

La coyuntura es inmejorable para intentar una gran restauración de España. El mundo ha vuelto a ponerse blando y se halla en punto para recibir nueva figura. ¿Por qué las generaciones del presente no han de reunirse en torno al propósito de construir una España ejemplar forjando una nación magnífica del pueblo decaído y chabacano que nos fue legado? ¡Jóvenes, vamos a ello! ¡Formad vuestros equipos! Alegremente, con gentil paso de olimpíada. Vamos a intentar una nueva forma de vida española más grácil, más enérgica, más elegante, más histórica. Sintamos el orgulloso afán de reingresar en la historia, de poner la mano sobre ella y crear destino. Es el momento propicio. Nunca he creído que el hombre tenga un poder ilimitado y le sea lícito, con sólo querer, hacer su voluntad. Tal creencia es utópica, ilusoria y nada viril. No se puede lo que se quiere —terquedad femenina—, hay que querer lo que se puede. Inclinarse en la hora adversa, pero también aprovechar prestamente la ocasión favorable. Esto es lo único —y ya es bastante— permitido al hombre: embarcarse con resolución en la circunstancia y diestramente captar el viento en la vela. Porque los griegos hacían un Dios del kairós, el momento oportuno. Ha llegado para España la buena sazón. ¡Veremos si sabéis aprovecharla, jóvenes! ¡Alerta, formad vuestros equipos!

Pero nada de creer que es cosa fácil —¡hacer una nación ejemplar! Nada de optimismos ridículos, nutridos de bobería. La tarea de restaurar España de verdad y en serio es muy difícil, y no se logra ciertamente repitiendo media docena de tópicos subalternos. Todo lo contrario hace falta. Es preciso poner «en forma» a la raza entera. Obtener de cada español un máximum de rendimiento, en calidad más aún que en cantidad. Ante todo hay que apretar bien las cabezas —lo que ha solido funcionar peor en España. Hay que partir de un sistema de ideas claras, agudas y complejas.

La restauración de España tiene que comenzar por una reorganización del Estado, que es el gran aparato mediante el cual se puede operar sobre un pueblo, pero no se logrará sólo con ella. La faena es mucho más honda y vasta. Junto a la reforma política tiene que caminar la reforma de la sociedad, de las formas privadas de la vida. Con un pueblo de gentes chabacanas, dominadas por costumbres y sentimientos petit-bourgeois, no se puede hacer nada. El pequeño burgués es el que impide hacer historia porque su ambición se reduce a que un día sea lo más igual posible al otro. Su única voluptuosidad es lo cotidiano. La batalla por una España «en forma» tiene que ser dada íntegramente, en todas las zonas, en todos los pisos de la existencia nacional. En lo grande y en lo ínfimo. La vida no se trasforma si no se trasforma toda. Es preciso instaurar un nuevo Estado, pero también modificar las costumbres. Lo uno no va sin lo otro. El estilo del vivir tiene que elevarse por entero. Necesitamos jóvenes instituciones dotadas de intacto prestigio; pero, a la vez, conviene que desaparezcan las camillas y las zapatillas de orillo, que se afeiten a diario los canónigos de los cabildos y no den chasquidos con la lengua los viajantes de comercio cuando comen en las fonditas horripilantes de provincia. ¡Alalí, Alalí jóvenes; dad caza al pequeño burgués! Él es el lastre fatal que impide la ascensión de España en la Historia.

Pero si todo es importante, no lo es en la misma medida. Vayamos alegremente, pero con seriedad. No hay contradicción. Seriedad no es lo que suele decirse. Seriedad, como el vocablo indica, es sencillamente la virtud de poner las cosas en serie, en orden, dando a cada problema su rango y dignidad. Ahora el mayor es la restauración del Estado. Trabajemos en él cada cual con su instrumental y su oficio. El mío es de los más modestos y abstrusos: el de meditador. Años y años he meditado sobre las cosas de mi país —en la plazuela provincial, en el soto, en el caminito polvoriento, en el valle, en el páramo, en el risco—, y se ha ido formando dentro de mí, como por generación espontánea, el perfil de una nueva anatomía española, un sistema de instituciones rigorosamente acomodadas a la realidad nacional. Más de una vez he delineado ese perfil en estas páginas de El Sol. Permítaseme insistir nuevamente. Cuando menos, servirá mi trabajo para atraer la atención sobre estas cuestiones tan urgentes como decisivas.

El Sol, 14 de julio de 1926

II

CONDICIONES

Al esquema de nuevas instituciones que voy a delinear conviene anteponer una advertencia. Las instituciones son máquinas jurídicas que se inventan, establecen y conservan con el mismo fin que las otras máquinas, a saber: la obtención de ciertos resultados que en el caso presente son de especie social. Una institución es acertada cuando rinde el efecto sociológico que se pretendía.

Ahora bien: todo el que se ponga a pensar hoy sobre las formas de un nuevo Estado español tropezará con dos grandes finalidades cuya obtención urge lo indecible, y es, a la vez, supuesto para cualquier otro propósito. La primera consiste en la necesidad de atraer sobre los grandes institutos públicos suficiente prestigio. Un Estado sin prestigio ante los ciudadanos significa la anarquía mansa o frenética. Ni la fuerza, ni la acumulación de poderes anormales, ni nada, pueden, en serio, sustituir al prestigio, maravillosa energía de efectos automáticos que da asiento a la sociedad.

La segunda finalidad es impuesta por las peculiares condiciones de nuestro pueblo. España padece una inercia superlativa para todo lo que se refiere a la vida pública y una falta grande de tensión en sus otras actuaciones sociales. La mayor parte de la Península no ha entrado aún en operación de vida pública. Vive al margen de su propio destino, sin intervenir en él y dando ocasión a morbos políticos —como el llamado caciquismo— que estorban en sus movimientos a las porciones un poco más activas y capaces del país. Es preciso, pues, que las nuevas instituciones corrijan esa inercia, exciten a la masa nacional y fomenten un nuevo tipo de hombre español más actuoso y enérgico, más emprendedor y responsable.

Como se verá, ambas finalidades se compenetran y no parece verosímil que se pueda lograr la una sin conseguir también la otra. Yo creo que el Gobierno debiera preocuparse gravemente de esta depresión que padece un país como el nuestro, tan propenso de suyo a tumbarse a la bartola. Vienen tiempos enormemente difíciles sobre Europa y necesitamos contar con un pueblo bien alerta, entrenado, ágil, capaz de rendir en caso dado un gigante y presto esfuerzo.

I

ALMOST LYRICAL INTRODUCTION

I remember having written before the great war ended that after it there would probably come an age overmuch favorable to the minor peoples. Here we are in it. The leading nations drag a sad destiny: their own strength acts as a historical brake that prevents them from advancing. By dint of discretion and caution they maintain themselves in a decorous equilibrium to the point that the not very perspicacious passerby will think that nothing grave happens in them. Like the elephants that, after dying, remain standing for a while, these great valetudinarian nations keep a certain good air. But it is at the cost of delaying the solution without solution of their formidable political, economic and moral problems.

In contrast, the peoples of lesser sail, lighter of clothing, have been able to mobilize themselves more easily, and walk in the vanguard. It is natural. In all Europe, the nineteenth-century type State finds itself irremediably ill. There where the State was weaker, the process of decomposition has accelerated, and thus it results that in politics Spain today finds itself more advanced than France, Germany and England. For the first time in centuries, we neither owe nor can take other peoples as model. We have to invent our own future. Hic, Rhodus, hic salta. Spain is obliged to fare da se.

This does not precisely mean that the station where we have arrived be a place of delights, optimum goal and perfect empire of discretion. The present situation has, according to the voice of its own official representatives, a transitory character. The most adequate attitude before it is that of helping it pass, accelerating its transit, like the postillions of the old stagecoaches. And to this purpose nothing more useful than going preparing the idea of a new politics, of a new national organization. Of no use is the lament, and of very little the irritation. Both are second-class operations in which the individual renounces being active and limits himself to reacting before events. A little more fortitude and lofty ambition must lead us to prepare them, to engender them.

The conjuncture is unbeatable for attempting a great restoration of Spain. The world has become soft again and finds itself in a point to receive a new figure. Why should the generations of the present not gather around the purpose of building an exemplary Spain, forging a magnificent nation from the decadent and shoddy people that was bequeathed to us? Young people, let us at it! Form your teams! Joyfully, with gentle olympiad stride. Let us attempt a new form of Spanish life more graceful, more energetic, more elegant, more historical. Let us feel the proud longing to re-enter history, to lay our hand upon it and create destiny. It is the propitious moment. I have never believed that man has an unlimited power and that it is lawful for him, by merely willing, to do his will. Such a belief is utopian, illusory and by no means virile. One cannot do what one wants —feminine obstinacy—, one must want what one can. To bow in the adverse hour, but also to avail oneself promptly of the favorable occasion. This is the only thing —and it is already enough— permitted to man: to embark with resolution in the circumstance and skillfully capture the wind in the sail. Because the Greeks made a God of kairós, the opportune moment. The good season has arrived for Spain. Let us see if you know how to avail yourselves of it, young people! Alert, form your teams!

But nothing of believing that it is an easy thing —to make an exemplary nation! Nothing of ridiculous optimisms, nourished with foolishness. The task of truly and seriously restoring Spain is very difficult, and it is certainly not achieved by repeating half a dozen subordinate commonplaces. Quite the contrary is needed. It is necessary to put the whole race «in form». To obtain from each Spaniard a maximum of yield, in quality even more than in quantity. Above all one must tighten well the heads —which is what has usually functioned worst in Spain. One must start from a system of clear, acute and complex ideas.

The restoration of Spain has to begin with a reorganization of the State, which is the great apparatus through which one can operate upon a people, but it will not be achieved only with it. The task is much deeper and vaster. Alongside the political reform has to walk the reform of society, of the private forms of life. With a people of shoddy folk, dominated by petit-bourgeois customs and sentiments, nothing can be done. The petty bourgeois is the one who prevents history from being made because his ambition is reduced to one day being as equal as possible to another. His only voluptuousness is the everyday. The battle for an «in-form» Spain has to be fought integrally, in all the zones, in all the floors of national existence. In the great and in the most minute. Life is not transformed if it is not transformed entirely. It is necessary to establish a new State, but also to modify customs. The one does not go without the other. The style of living has to rise entirely. We need young institutions endowed with intact prestige; but, at the same time, it is fitting that the stretchers and the slippers with edging disappear, that the canons of the chapters shave daily and that the commercial travelers not click their tongues when they eat in the horripilant provincial inns. Alalí, Alalí young people; hunt down the petty bourgeois! He is the fatal ballast that prevents the ascension of Spain in History.

But if everything is important, it is not so in the same measure. Let us go joyfully, but with seriousness. There is no contradiction. Seriousness is not what is usually said. Seriousness, as the word indicates, is simply the virtue of putting things in series, in order, giving each problem its rank and dignity. Now the greatest is the restoration of the State. Let us work in it each one with his tools and his trade. Mine is among the most modest and abstruse: that of meditator. Years and years I have meditated on the things of my country —in the provincial square, in the grove, on the dusty path, in the valley, on the páramo, on the crag—, and there has gone forming within me, as by spontaneous generation, the profile of a new Spanish anatomy, a system of institutions rigorously accommodated to the national reality. More than once I have delineated that profile in these pages of El Sol. Allow me to insist again. At the least, my work will serve to draw attention to these questions as urgent as decisive.

El Sol, 14 July 1926

II

CONDITIONS

To the scheme of new institutions that I am going to delineate it is fitting to prefix a warning. Institutions are juridical machines that are invented, established and conserved with the same end as the other machines, namely: the obtaining of certain results which in the present case are of a social species. An institution is apt when it yields the sociological effect that was intended.

Now then: anyone who sets himself today to think on the forms of a new Spanish State will stumble upon two great finalities whose attainment urges the ineffable, and is, at the same time, the presupposition for any other purpose. The first consists in the necessity of drawing upon the great public institutes sufficient prestige. A State without prestige before the citizens means the tame or frenetic anarchy. Neither force, nor the accumulation of abnormal powers, nor anything, can, seriously, substitute for prestige, marvelous energy of automatic effects that gives seat to society.

The second finality is imposed by the peculiar conditions of our people. Spain suffers a superlative inertia for everything referring to public life and a great lack of tension in its other social actuations. The greater part of the Peninsula has not yet entered into operation of public life. It lives at the margin of its own destiny, without intervening in it and giving occasion to political morbidities —like the so-called caciquism— which hamper in their movements the slightly more active and capable portions of the country. It is necessary, then, that the new institutions correct that inertia, excite the national mass and foster a new type of Spanish man more active and energetic, more enterprising and responsible.

As will be seen, both finalities interpenetrate and it does not seem plausible that one can be achieved without also attaining the other. I believe that the Government ought to be gravely concerned about this depression that a country like ours suffers, so prone of itself to lie down with its belly up. Enormously difficult times are coming upon Europe and we need to count on a people well alert, trained, agile, capable of rendering in a given case a giant and ready effort.

I

INTRODUZIONE QUASI LIRICA

Ricordo di aver scritto prima che finisse la guerra grande, che dopo di essa sarebbe venuta, probabilmente, un’epoca oltremodo favorevole ai popoli minori. Eccoci in essa. Le nazioni proceri trascinano un triste destino: la loro propria fortezza agisce come freno storico che le impedisce di avanzare. A forza di discrezione e di cautela si mantengono in un decoroso equilibrio fino al punto che il passante poco perspicace penserà che nulla di grave accade in esse. Come gli elefanti che dopo morti continuano un po’ in piedi, queste grandi nazioni valetudinarie conservano un certo bell’aria. Ma è a costo di ritardare la soluzione senza soluzione dei loro formidabili problemi politici, economici e morali.

In cambio, i popoli di minor velame, più leggeri di vesti, hanno potuto mobilitarsi più facilmente, e camminano in avanguardia. È naturale. In tutta l’Europa, lo Stato tipo secolo XIX si trova irrimediabilmente malato. Là dove lo Stato era più debole, il processo di decomposizione si è accelerato, e così risulta che in politica si trova oggi la Spagna più avanzata della Francia, della Germania e dell’Inghilterra. Per la prima volta da secoli, né dobbiamo né possiamo prendere altri popoli come modello. Dobbiamo inventarci il nostro proprio avvenire. Hic, Rhodus, hic salta. La Spagna è obbligata a fare da sé.

Non vuol dire questo precisamente che la stazione dove siamo arrivati sia un luogo di delizie, meta ottima e impero perfetto della discrezione. La situazione presente ha, secondo la voce dei suoi propri rappresentanti ufficiali, un carattere transitorio. L’atteggiamento più adeguato davanti a essa è quello di aiutarla a passare, accelerare il suo transito, come i postiglioni delle antiche diligenze. E a questo proposito nulla più utile che andare preparando l’idea di una nuova politica, di una nuova organizzazione nazionale. A nulla serve la lamentela, e di molto poco l’irritazione. Entrambe sono operazioni di seconda classe in cui l’individuo rinuncia a essere attivo e si limita a reagire di fronte agli avvenimenti. Un poco più di integrità e di elevata ambizione deve portarci a prepararli, a generarli.

La congiuntura è inarrivabile per tentare una grande restaurazione della Spagna. Il mondo è tornato a farsi morbido e si trova in punto per ricevere nuova figura. Perché le generazioni del presente non devono riunirsi intorno al proposito di costruire una Spagna esemplare forgiando una nazione magnifica del popolo decaduto e dozzinale che ci fu legato? Giovani, diamoci dentro! Formate le vostre squadre! Allegramente, con gentile passo di olimpiade. Andiamo a tentare una nuova forma di vita spagnola più aggraziata, più energica, più elegante, più storica. Sentiamo l’orgoglioso desiderio di rientrare nella storia, di mettere la mano su di essa e creare destino. È il momento propizio. Non ho mai creduto che l’uomo abbia un potere illimitato e gli sia lecito, solo volendolo, fare la sua volontà. Tale credenza è utopica, illusoria e niente affatto virile. Non si può ciò che si vuole —testardaggine femminile—, bisogna volere ciò che si può. Inchinarsi nell’ora avversa, ma anche approfittare prestamente dell’occasione favorevole. Questo è l’unico —ed è già abbastanza— permesso all’uomo: imbarcarsi con risoluzione nella circostanza e diestramente catturare il vento nella vela. Perché i greci facevano un Dio del kairós, il momento opportuno. È arrivata per la Spagna la buona stagione. Vedremo se saprete approfittarne, giovani! All’erta, formate le vostre squadre!

Ma niente di credere che sia cosa facile —fare una nazione esemplare! Niente ottimismi ridicoli, nutriti di sciocchezza. Il compito di restaurare la Spagna di vero e sul serio è molto difficile, e non si riesce certamente ripetendo mezza dozzina di luoghi comuni subalterni. Tutto il contrario fa bisogno. È necessario mettere «in forma» la razza intera. Ottenere da ogni spagnolo un massimo di rendimento, in qualità più ancora che in quantità. Anzitutto bisogna stringere bene le teste —che è ciò che è solito funzionare peggio in Spagna. Bisogna partire da un sistema di idee chiare, acute e complesse.

La restaurazione della Spagna deve cominciare da una riorganizzazione dello Stato, che è il grande apparecchio mediante il quale si può operare su un popolo, ma non si riuscirà solo con essa. La faccenda è molto più profonda e vasta. Accanto alla riforma politica deve camminare la riforma della società, delle forme private della vita. Con un popolo di genti dozzinali, dominate da costumi e sentimenti piccolo-borghesi, non si può fare nulla. Il piccolo borghese è colui che impedisce di fare storia perché la sua ambizione si riduce a che un giorno sia il più possibile uguale all’altro. La sua unica voluttà è il quotidiano. La battaglia per una Spagna «in forma» deve essere data integralmente, in tutte le zone, in tutti i piani dell’esistenza nazionale. Nel grande e nell’infimo. La vita non si trasforma se non si trasforma tutta. È necessario instaurare un nuovo Stato, ma anche modificare i costumi. L’uno non va senza l’altro. Lo stile del vivere deve elevarsi per intero. Abbiamo bisogno di giovani istituzioni dotate di intatto prestigio; ma, al tempo stesso, conviene che scompaiano le barelle e le pantofole di orlo, che si radano quotidianamente i canonici dei capitoli e non facciano schiocchi con la lingua i commessi viaggiatori quando mangiano nelle trattorie orripilanti di provincia. Alalì, Alalì giovani; date caccia al piccolo borghese! Egli è la zavorra fatale che impedisce l’ascensione della Spagna nella Storia.

Ma se tutto è importante, non lo è nella stessa misura. Andiamo allegramente, ma con serietà. Non c’è contraddizione. Serietà non è ciò che si suol dire. Serietà, come indica il vocabolo, è semplicemente la virtù di mettere le cose in serie, in ordine, dando a ogni problema il suo rango e dignità. Ora il maggiore è la restaurazione dello Stato. Lavoriamo in esso ognuno con il suo strumentale e il suo mestiere. Il mio è dei più modesti e astrusi: quello di meditatore. Anni e anni ho meditato sulle cose del mio paese —nella piazzetta di provincia, nel bosco, nel sentiero polveroso, nella valle, nel páramo, sul dirupo—, e si è andato formando dentro di me, come per generazione spontanea, il profilo di una nuova anatomia spagnola, un sistema di istituzioni rigorosamente accomodate alla realtà nazionale. Più di una volta ho delineato quel profilo in queste pagine di El Sol. Permettetemi di insistere nuovamente. Quando meno, servirà il mio lavoro ad attrarre l’attenzione su queste questioni tanto urgenti quanto decisive.

El Sol, 14 luglio 1926

II

CONDIZIONI

Allo schema di nuove istituzioni che sto per delineare conviene anteporre un avvertimento. Le istituzioni sono macchine giuridiche che si inventano, stabiliscono e conservano con lo stesso fine delle altre macchine, a sapere: l’ottenimento di certi risultati che nel caso presente sono di specie sociale. Un’istituzione è azzeccata quando rende l’effetto sociologico che si pretendeva.

Ora bene: chiunque si metta a pensare oggi sulle forme di un nuovo Stato spagnolo inciamperà in due grandi finalità la cui ottenzione urge l’indicibile, ed è, al tempo stesso, presupposto per qualsiasi altro proposito. La prima consiste nella necessità di attrarre sui grandi istituti pubblici sufficiente prestigio. Uno Stato senza prestigio davanti ai cittadini significa l’anarchia mansueta o frenetica. Né la forza, né l’accumulazione di poteri anormali, né nulla, possono, in serio, sostituire il prestigio, meravigliosa energia di effetti automatici che dà sedime alla società.

La seconda finalità è imposta dalle peculiari condizioni del nostro popolo. La Spagna patisce un’inerzia superlativa per tutto ciò che si riferisce alla vita pubblica e una grande mancanza di tensione nelle sue altre attuazioni sociali. La maggior parte della Penisola non è ancora entrata in operazione di vita pubblica. Vive al margine del suo proprio destino, senza intervenire in esso e dando occasione a morbi politici —come il cosiddetto caciquismo— che intralciano nei loro movimenti le porzioni un poco più attive e capaci del paese. È necessario, dunque, che le nuove istituzioni correggano quell’inerzia, eccitino la massa nazionale e fomentino un nuovo tipo di uomo spagnolo più attuoso ed energico, più intraprendente e responsabile.

Come si vedrà, entrambe le finalità si compenetrano e non sembra verosimile che si possa ottenere l’una senza conseguire anche l’altra. Io credo che il Governo dovrebbe preoccuparsi gravemente di questa depressione che patisce un paese come il nostro, tanto propenso da sé a sdraiarsi a pancia all’aria. Vengono tempi enormemente difficili sull’Europa e abbiamo bisogno di contare con un popolo ben all’erta, allenato, agile, capace di rendere in caso dato un gigante e presto sforzo.

El inventor de instituciones, que vendría a ser como un ingeniero político, tiene, pues, que mantener siempre a la vista estas dos grandes aspiraciones. Pero, además, necesita precisar bien la materia con que cuenta —es decir, lo que hoy es la sociedad española y lo que hoy es la sensibilidad política en toda Europa. Cosas que en Francia o Inglaterra no tendrían sentido o lo tendrían escaso, aquí son de máxima importancia. Asimismo, instituciones posibles hace un siglo o diez no son hoy viables. Hace un siglo se podía pensar en instituciones de pura democracia o de puro liberalismo: hoy no. Pero viceversa, quien huyendo de ellas imagine que es posible el absolutismo, sospecho que yerra también. Éste es el punto más delicado de todos. Es forzoso acertar el diagnóstico de la sensibilidad política latente hoy en el alma europea, y especialmente española. ¿Es ésta aún democrática? ¿Es como algunos, un poco atropellados, afirman, resueltamente antidemocrática? Descienda cada cual a su fondo insobornable y hallará que la verdad no es ni lo uno ni lo otro. El alma europea viene de una etapa en que lo ha esperado todo de la democracia. Fue ésta un ideal. Hoy está desengañada, pero —si se piensa lealmente y se evita quedarse en términos vagos e irresolutos— ¿hay quien crea de verdad que el principio democrático quedará total y absolutamente arrumbado? No discuto ahora el tema ni menos lo resuelvo. Sólo deslizo, como una posibilidad, la sospecha de que si el europeo no ve ya en la democracia un ideal, empieza a sentir que algo en ella es ineluctable necesidad. Antes parecía el sumo bien, ahora se presenta como el mal menor. El signo ha cambiado por completo. Consecuentemente, si cuando era un ideal se pedía un máximum de democracia, hoy que es sólo una necesidad, una condición ineludible de nuestra época, debe quedar reducido a un mínimum. Pero este mínimum es inevitable. Se puede prescindir de él un rato, al amparo de circunstancias anómalas, como se puede suspender el aliento unos minutos; pero a la larga habrá que abrir la boca y recaer en un asiento democrático del Estado. No vale divagar. ¿Qué fuerza social exclusiva puede hoy sostener en peso la totalidad de un Estado? Cabe el bolchevismo, cabe el fascismo. Bolchevismo y fascismo suponen cierta neurosis étnica. Sobre todo no está ni dicho ni probado que sean las mejores soluciones posibles.

Pronto o tarde, Rusia e Italia volverán a la mesura tras su angustioso rodeo, y sería preferible comenzar por donde ellas acaben. Éste es, en mi entender, el papel de España: hallar la feliz solución que los demás no han encontrado. Por eso hay que partir de la situación concreta de nuestra nación, evitando de un lado las imitaciones, de otro las utopías. La utopía es la política de Onán.

Como con la democracia acontece con el liberalismo. La opinión dominante hoy ¿es liberal?, ¿es antiliberal? Frente a la libertad cabe adoptar tres actitudes distintas. Cabe decir una de estas tres cosas:

Libertad ante todo,

Todo menos libertad,

Libertad y todo.

Los dos lemas primeros son característicos del siglo XIX. Uno frente a otro han luchado tenazmente, con una testarudez ejemplar. Precisamente de esa lucha nos hemos cansado. Nos parece un combate geométrico de dos definiciones imposibles. No hay cosa en el mundo que aislada se justifique. Los liberales de oficio no se ocupaban más que de la libertad y desatendían el resto de las condiciones de gobernación. Menos mal en razas saturadas de sentido práctico, de afanes interesados, como la inglesa. La propensión nativa corregía el error de su fe política. En España, el liberalismo degeneró pronto en una actitud formalista y torpe que daba siempre en el detalle razón a los reaccionarios. Recuérdese la falta de eficacia gubernamental ante los atentados de Barcelona. A fuerza de liberalismo se permitió la caza del hombre en la gran ciudad. La antítesis tenía que venir; pero dudo mucho que exista hoy nadie sinceramente antiliberal. Lo será, a lo sumo, una temporada; la que tarde el Poder público en extirparle a él las libertades. Mientras se trate del prójimo no siente la amputación.

Pero es innegable que, salvo reducidos grupos de temple anticuario, el liberalismo ha dejado también de ser un ideal. Se ha volatilizado aquella fe loca que esperaba de él la beatitud. El uso de las libertades nos ha enseñado su auténtico valor, que no es, ni mucho menos, despreciable, pero tampoco la mágica potencia antes imaginada. No se puede vivir sin libertad, pero tampoco se puede vivir de libertad. Ahí está: para vivir hacen falta muchas cosas y es preciso que la libertad se haga maleable a fin de poder coexistir con ellas. Libertad y todo.

Miradas desde hoy, las políticas del siglo XIX ofrecen un aspecto maniático, unidimensional. Cada una ve un solo haz de la vida pública. El reaccionario tiene la manía del orden, como si éste fuese todo. El liberal, la manía de la libertad. La sensibilidad de nuestra hora parece dirigida por un afán de integrar y no de excluir. En vez de «o lo uno o lo otro», aspira a «lo uno y lo otro». Política de muchas dimensiones, cada una de las cuales regula y modera las demás.

Demócratas y liberales, antidemócratas y antiliberales son fauna pretérita. Sólo en apariencia perduran los restos de la lucha que entre esos títulos se reñía. En el fondo de la conciencia normal la cuestión está resuelta precisamente en el sentido de que democracia y libertad no son cosas sobre que quepa reñir ásperamente. Declarada o tácitamente, todo el mundo presiente que cierta dosis de ellas constituye el subsuelo de las sociedades europeas actuales. Por otra parte, nadie que no sea extemporáneo fanático rechaza las objeciones cien veces repetidas contra ellas. Por consiguiente, no ofrecen área para la contienda. El cuánto de democracia y libertad tiene que determinarse en vista de las demás necesidades del Estado y no descolgándose de principios abstractos. El mayor error del siglo pasado fue creer que la política es cuestión de principios, cuando es sólo cuestión de tanteos. Los llamados principios políticos eran sólo plataformas sobre las cuales ciertos hombres de mal gusto hacían grandes gestos de virtud, cuadros plásticos de heroísmo inoperante y escénico. El que no quería fatigarse más la cabeza se instalaba en un principio, se sumía bajo la enorme y rígida careta de una fórmula, como los «cabezudos» de la fiesta en Aragón.

El Sol, 17 de julio de 1926

The inventor of institutions, who would come to be like a political engineer, has, then, to keep always in view these two great aspirations. But, moreover, he needs to specify well the matter he counts on —that is, what today the Spanish society is and what today the political sensibility in all Europe is. Things that in France or England would make no sense or would make little, here are of maximum importance. Likewise, institutions possible a century ago or ten are not viable today. A century ago one could think of institutions of pure democracy or of pure liberalism: today no. But vice versa, whoever, fleeing them, imagines that absolutism is possible, I suspect errs also. This is the most delicate point of all. It is forced to hit the diagnosis of the political sensibility latent today in the European soul, and especially the Spanish. Is it still democratic? Is it, as some, a bit precipitate, affirm, resolutely anti-democratic? Let each one descend to his incorruptible bottom and he will find that the truth is neither the one nor the other. The European soul comes from a stage in which it has expected everything from democracy. This was an ideal. Today it is undecceived, but —if one thinks loyally and avoids remaining in vague and irresolute terms— is there anyone who truly believes that the democratic principle will remain totally and absolutely shelved? I do not discuss now the theme nor less do I resolve it. I only let slip, as a possibility, the suspicion that if the European no longer sees in democracy an ideal, he begins to feel that something in it is ineluctable necessity. Before it seemed the supreme good, now it presents itself as the lesser evil. The sign has changed completely. Consequently, if when it was an ideal a maximum of democracy was asked, today that it is only a necessity, an ineluctable condition of our age, it must remain reduced to a minimum. But this minimum is inevitable. One can dispense with it a while, under the shelter of anomalous circumstances, as one can suspend breath a few minutes; but in the long run one will have to open one’s mouth and fall back into a democratic seat of the State. It is no good to ramble. What exclusive social force can today sustain in weight the totality of a State? Bolshevism fits, fascism fits. Bolshevism and fascism suppose a certain ethnic neurosis. Above all, it is neither said nor proven that they are the best possible solutions.

Sooner or later, Russia and Italy will return to measure after their anguished detour, and it would be preferable to begin where they end. This is, in my understanding, the role of Spain: to find the happy solution that the others have not found. For this reason one must start from the concrete situation of our nation, avoiding on one side the imitations, on the other the utopias. Utopia is the politics of Onan.

As with democracy happens with liberalism. The dominant opinion today: is it liberal? is it anti-liberal? Faced with freedom one can adopt three distinct attitudes. One can say one of these three things:

Liberty above all,

Anything but liberty,

Liberty and everything.

The first two slogans are characteristic of the nineteenth century. One against the other they have fought tenaciously, with exemplary stubbornness. Precisely of that struggle we have grown tired. It seems to us a geometric combat of two impossible definitions. There is no thing in the world that in isolation justifies itself. The professional liberals were concerned only with liberty and neglected the rest of the conditions of government. So much the better in races saturated with practical sense, with interested yearnings, like the English. The native propensity corrected the error of their political faith. In Spain, liberalism soon degenerated into a formalist and clumsy attitude that always gave reason to the reactionaries in the detail. Recall the lack of governmental efficacy before the attacks of Barcelona. By dint of liberalism the manhunt in the great city was permitted. The antithesis had to come; but I doubt very much that there exists today anyone sincerely anti-liberal. He will be so, at most, a season; the one that the public Power takes to extirpate from him the liberties. While it is a question of one’s neighbor he does not feel the amputation.

But it is undeniable that, save reduced groups of antiquarian temper, liberalism has also ceased to be an ideal. That mad faith that expected from it beatitude has volatilized. The use of liberties has taught us their authentic value, which is not, by a long way, contemptible, but neither the magic potency before imagined. One cannot live without liberty, but neither can one live on liberty. There it is: to live many things are needed and it is necessary that liberty make itself malleable in order to be able to coexist with them. Liberty and everything.

Seen from today, the politics of the nineteenth century offer a maniacal, one-dimensional aspect. Each one sees a single bundle of public life. The reactionary has the mania of order, as if this were everything. The liberal, the mania of liberty. The sensibility of our hour seems directed by a longing to integrate and not to exclude. Instead of «either the one or the other», it aspires to «the one and the other». Politics of many dimensions, each one of which regulates and moderates the others.

Democrats and liberals, anti-democrats and anti-liberals are past fauna. Only in appearance do the remains of the struggle that was fought between those titles perdure. In the bottom of the normal consciousness the question is resolved precisely in the sense that democracy and liberty are not things over which one can sharply quarrel. Declaredly or tacitly, everyone presages that a certain dose of them constitutes the subsoil of the current European societies. On the other hand, no one who is not an out-of-date fanatic rejects the objections a hundred times repeated against them. Consequently, they offer no area for the contest. The how much of democracy and liberty has to be determined in view of the other necessities of the State and not by detaching oneself from abstract principles. The greatest error of the past century was believing that politics is a question of principles, when it is only a question of tentative attempts. The so-called political principles were only platforms upon which certain men of bad taste made great gestures of virtue, plastic tableaux of inoperative and scenic heroism. He who did not want to tire his head further installed himself in a principle, sank under the enormous and rigid mask of a formula, like the «cabezudos» of the festival in Aragon.

El Sol, 17 July 1926

L’inventore di istituzioni, che verrebbe a essere come un ingegnere politico, deve, dunque, mantenere sempre in vista queste due grandi aspirazioni. Ma, inoltre, ha bisogno di precisare bene la materia con cui conta —cioè, ciò che oggi è la società spagnola e ciò che oggi è la sensibilità politica in tutta Europa. Cose che in Francia o in Inghilterra non avrebbero senso o lo avrebbero scarso, qui sono di massima importanza. Altrettanto, istituzioni possibili un secolo fa o dieci non sono oggi vitali. Un secolo fa si poteva pensare in istituzioni di pura democrazia o di puro liberalismo: oggi no. Ma viceversa, chi fuggendo da esse immagini che sia possibile l’assolutismo, sospetto che erri anche. Questo è il punto più delicato di tutti. È forzoso azzeccare la diagnosi della sensibilità politica latente oggi nell’anima europea, e specialmente spagnola. È questa ancora democratica? È come alcuni, un po’ precipitosi, affermano, risolutamente antidemocratica? Scenda ognuno al suo fondo insobornabile e troverà che la verità non è né l’uno né l’altro. L’anima europea viene da una tappa in cui ha aspettato tutto dalla democrazia. Fu questa un ideale. Oggi è disingannata, ma —se si pensa lealmente e si evita di restare in termini vaghi e irresoluti— c’è chi creda di vero che il principio democratico resterà totale e assolutamente accantonato? Non discuto ora il tema né meno lo risolvo. Solo lascio scivolare, come una possibilità, il sospetto che se l’europeo non vede già nella democrazia un ideale, comincia a sentire che qualcosa in essa è ineluttabile necessità. Prima sembrava il sommo bene, ora si presenta come il male minore. Il segno è cambiato per completo. Conseguentemente, se quando era un ideale si chiedeva un massimo di democrazia, oggi che è solo una necessità, una condizione ineludibile della nostra epoca, deve restare ridotto a un minimo. Ma questo minimo è inevitabile. Si può prescindere da esso un momento, all’ombra di circostanze anomale, come si può sospendere il respiro alcuni minuti; ma alla lunga bisognerà aprire la bocca e ricadere in un sedile democratico dello Stato. Non vale divagare. Quale forza sociale esclusiva può oggi sostenere in peso la totalità di uno Stato? Ci sta il bolscevismo, ci sta il fascismo. Bolscevismo e fascismo suppongono certa nevrosi etnica. Soprattutto non è né detto né provato che siano le migliori soluzioni possibili.

Presto o tardi, la Russia e l’Italia torneranno alla misura dopo il loro angoscioso giro, e sarebbe preferibile cominciare da dove esse finiscono. Questo è, a mio intendere, il ruolo della Spagna: trovare la felice soluzione che gli altri non hanno trovato. Per questo bisogna partire dalla situazione concreta della nostra nazione, evitando da un lato le imitazioni, dall’altro le utopie. L’utopia è la politica di Onan.

Come con la democrazia accade con il liberalismo. L’opinione dominante oggi è liberale?, è antiliberale? Di fronte alla libertà si possono adottare tre atteggiamenti distinti. Si può dire una di queste tre cose:

Libertà anzitutto,

Tutto meno la libertà,

Libertà e tutto.

I due primi lemmi sono caratteristici del secolo XIX. L’uno di fronte all’altro hanno lottato tenacemente, con una testardaggine esemplare. Precisamente di quella lotta ci siamo stancati. Ci sembra un combattimento geometrico di due definizioni impossibili. Non c’è cosa nel mondo che isolata si giustifichi. I liberali di professione non si occupavano che della libertà e disattendevano il resto delle condizioni di governazione. Meno male in razze sature di senso pratico, di affanni interessati, come l’inglese. La propensione nativa correggeva l’errore della loro fede politica. In Spagna, il liberalismo degenerò presto in un atteggiamento formalista e goffo che dava sempre nel dettaglio ragione ai reazionari. Si ricordi la mancanza di efficacia governativa di fronte agli attentati di Barcellona. A forza di liberalismo si permise la caccia all’uomo nella grande città. L’antitesi doveva venire; ma dubito molto che esista oggi qualcuno sinceramente antiliberale. Lo sarà, al massimo, una stagione; quella che tarderà il Potere pubblico a estirpargli le libertà. Mentre si tratti del prossimo non sente l’amputazione.

Ma è innegabile che, salvo ridotti gruppi di tempera anticaria, il liberalismo ha lasciato anche di essere un ideale. Si è volatilizzata quella fede pazza che aspettava da esso la beatitudine. L’uso delle libertà ci ha insegnato il loro autentico valore, che non è, né tanto meno, disprezzabile, ma neppure la magica potenza prima immaginata. Non si può vivere senza libertà, ma neppure si può vivere di libertà. Ecco lì: per vivere fanno mancanza molte cose ed è necessario che la libertà si faccia malleabile al fine di poter coesistere con esse. Libertà e tutto.

Guardate da oggi, le politiche del secolo XIX offrono un aspetto maniacale, unidimensionale. Ognuna vede un solo fascio della vita pubblica. Il reazionario ha la mania dell’ordine, come se questo fosse tutto. Il liberale, la mania della libertà. La sensibilità della nostra ora sembra diretta da un desiderio di integrare e non di escludere. Invece di «o l’uno o l’altro», aspira a «l’uno e l’altro». Politica di molte dimensioni, ognuna delle quali regola e modera le altre.

Democratici e liberali, antidemocratici e antiliberali sono fauna pretérita. Solo in apparenza perdurano i resti della lotta che tra quei titoli si rifiù. Nel fondo della coscienza normale la questione è risolta precisamente nel senso che democrazia e libertà non sono cose su cui possa litigare aspramente. Dichiaratamente o tacitamente, tutto il mondo presagisce che certa dose di esse costituisce il sottosuolo delle società europee attuali. D’altra parte, nessuno che non sia intempestivo fanatico respinge le obiezioni cento volte ripetute contro di esse. Per conseguenza, non offrono area per la contesa. Il quanto di democrazia e libertà deve determinarsi in vista delle altre necessità dello Stato e non staccandosi da princìpi astratti. Il maggiore errore del secolo passato fu credere che la politica è questione di princìpi, quando è solo questione di tentativi. I cosiddetti princìpi politici erano solo piattaforme sopra le quali certi uomini di cattivo gusto facevano grandi gesti di virtù, quadri plastici di eroismo inoperante e scenico. Colui che non voleva più affaticarsi la testa si installava in un principio, si sprofondava sotto l’enorme e rigida maschera di una formula, come i «cabezudos» della festa in Aragona.

El Sol, 17 luglio 1926