Abstract

The postwar favours the smaller peoples: the nineteenth-century State is sick everywhere, and precisely because it was weakest in Spain the decomposition has gone furthest, so that for the first time in centuries no other people can serve as a model and Spain must invent its own future. He summons the young to a restoration of Spain, recalling that one cannot do what one wants but must want what one can, seizing the kairós.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

I

INTRODUCCIÓN CASI LÍRICA

Recuerdo haber escrito antes de concluir la guerra grande, que tras ella vendría, probablemente, una época sobremanera favorable a los pueblos menores. Henos en ella. Las naciones próceres arrastran un triste destino: su propia fortaleza actúa como freno histórico que las impide avanzar. A fuerza de discreción y de cautela se mantienen en un decoroso equilibrio hasta el punto de que el transeúnte poco perspicaz pensará que nada grave acaece en ellas. Como los elefantes después de muertos siguen un rato en pie, estas grandes naciones valetudinarias conservan cierto buen aire. Pero es a costa de demorar la solución sin solución de sus formidables problemas políticos, económicos y morales.

En cambio, los pueblos de menor velamen, más ligeros de ropa, han podido movilizarse más fácilmente, y caminan en avanzada. Es natural. En toda Europa, el Estado tipo siglo XIX se halla irremediablemente enfermo. Allí donde el Estado era más débil, el proceso de descomposición se ha acelerado, y así resulta que en política se encuentra hoy España más adelantada que Francia, Alemania e Inglaterra. Por vez primera desde hace siglos, ni debemos ni podemos tomar a otros pueblos como modelo. Tenemos que inventarnos nuestro propio futuro. Hic, Rhodus, hic salta. España está obligada a fare da se.

No quiere decir esto precisamente que la estación donde hemos llegado sea un lugar de delicias, meta óptima e imperio perfecto de la discreción. La situación presente tiene, según la voz de sus propios representantes oficiales, un carácter transitorio. La actitud más adecuada ante ella es la de ayudarla a pasar, acelerar su tránsito, como los postillones de las antiguas diligencias. Y a este propósito nada más útil que ir preparando la idea de una nueva política, de una nueva organización nacional. De nada sirve la quejumbre, y de muy poco la irritación. Ambas son operaciones de segunda clase en que el individuo renuncia a ser activo y se limita a reaccionar frente a los acontecimientos. Un poco más de entereza y elevada ambición debe llevarnos a prepararlos, a engendrarlos.

La coyuntura es inmejorable para intentar una gran restauración de España. El mundo ha vuelto a ponerse blando y se halla en punto para recibir nueva figura. ¿Por qué las generaciones del presente no han de reunirse en torno al propósito de construir una España ejemplar forjando una nación magnífica del pueblo decaído y chabacano que nos fue legado? ¡Jóvenes, vamos a ello! ¡Formad vuestros equipos! Alegremente, con gentil paso de olimpíada. Vamos a intentar una nueva forma de vida española más grácil, más enérgica, más elegante, más histórica. Sintamos el orgulloso afán de reingresar en la historia, de poner la mano sobre ella y crear destino. Es el momento propicio. Nunca he creído que el hombre tenga un poder ilimitado y le sea lícito, con sólo querer, hacer su voluntad. Tal creencia es utópica, ilusoria y nada viril. No se puede lo que se quiere —terquedad femenina—, hay que querer lo que se puede. Inclinarse en la hora adversa, pero también aprovechar prestamente la ocasión favorable. Esto es lo único —y ya es bastante— permitido al hombre: embarcarse con resolución en la circunstancia y diestramente captar el viento en la vela. Porque los griegos hacían un Dios del kairós, el momento oportuno. Ha llegado para España la buena sazón. ¡Veremos si sabéis aprovecharla, jóvenes! ¡Alerta, formad vuestros equipos!

Pero nada de creer que es cosa fácil —¡hacer una nación ejemplar! Nada de optimismos ridículos, nutridos de bobería. La tarea de restaurar España de verdad y en serio es muy difícil, y no se logra ciertamente repitiendo media docena de tópicos subalternos. Todo lo contrario hace falta. Es preciso poner «en forma» a la raza entera. Obtener de cada español un máximum de rendimiento, en calidad más aún que en cantidad. Ante todo hay que apretar bien las cabezas —lo que ha solido funcionar peor en España. Hay que partir de un sistema de ideas claras, agudas y complejas.

La restauración de España tiene que comenzar por una reorganización del Estado, que es el gran aparato mediante el cual se puede operar sobre un pueblo, pero no se logrará sólo con ella. La faena es mucho más honda y vasta. Junto a la reforma política tiene que caminar la reforma de la sociedad, de las formas privadas de la vida. Con un pueblo de gentes chabacanas, dominadas por costumbres y sentimientos petit-bourgeois, no se puede hacer nada. El pequeño burgués es el que impide hacer historia porque su ambición se reduce a que un día sea lo más igual posible al otro. Su única voluptuosidad es lo cotidiano. La batalla por una España «en forma» tiene que ser dada íntegramente, en todas las zonas, en todos los pisos de la existencia nacional. En lo grande y en lo ínfimo. La vida no se trasforma si no se trasforma toda. Es preciso instaurar un nuevo Estado, pero también modificar las costumbres. Lo uno no va sin lo otro. El estilo del vivir tiene que elevarse por entero. Necesitamos jóvenes instituciones dotadas de intacto prestigio; pero, a la vez, conviene que desaparezcan las camillas y las zapatillas de orillo, que se afeiten a diario los canónigos de los cabildos y no den chasquidos con la lengua los viajantes de comercio cuando comen en las fonditas horripilantes de provincia. ¡Alalí, Alalí jóvenes; dad caza al pequeño burgués! Él es el lastre fatal que impide la ascensión de España en la Historia.

Pero si todo es importante, no lo es en la misma medida. Vayamos alegremente, pero con seriedad. No hay contradicción. Seriedad no es lo que suele decirse. Seriedad, como el vocablo indica, es sencillamente la virtud de poner las cosas en serie, en orden, dando a cada problema su rango y dignidad. Ahora el mayor es la restauración del Estado. Trabajemos en él cada cual con su instrumental y su oficio. El mío es de los más modestos y abstrusos: el de meditador. Años y años he meditado sobre las cosas de mi país —en la plazuela provincial, en el soto, en el caminito polvoriento, en el valle, en el páramo, en el risco—, y se ha ido formando dentro de mí, como por generación espontánea, el perfil de una nueva anatomía española, un sistema de instituciones rigorosamente acomodadas a la realidad nacional. Más de una vez he delineado ese perfil en estas páginas de El Sol. Permítaseme insistir nuevamente. Cuando menos, servirá mi trabajo para atraer la atención sobre estas cuestiones tan urgentes como decisivas.

El Sol, 14 de julio de 1926

II

CONDICIONES

Al esquema de nuevas instituciones que voy a delinear conviene anteponer una advertencia. Las instituciones son máquinas jurídicas que se inventan, establecen y conservan con el mismo fin que las otras máquinas, a saber: la obtención de ciertos resultados que en el caso presente son de especie social. Una institución es acertada cuando rinde el efecto sociológico que se pretendía.

Ahora bien: todo el que se ponga a pensar hoy sobre las formas de un nuevo Estado español tropezará con dos grandes finalidades cuya obtención urge lo indecible, y es, a la vez, supuesto para cualquier otro propósito. La primera consiste en la necesidad de atraer sobre los grandes institutos públicos suficiente prestigio. Un Estado sin prestigio ante los ciudadanos significa la anarquía mansa o frenética. Ni la fuerza, ni la acumulación de poderes anormales, ni nada, pueden, en serio, sustituir al prestigio, maravillosa energía de efectos automáticos que da asiento a la sociedad.

La segunda finalidad es impuesta por las peculiares condiciones de nuestro pueblo. España padece una inercia superlativa para todo lo que se refiere a la vida pública y una falta grande de tensión en sus otras actuaciones sociales. La mayor parte de la Península no ha entrado aún en operación de vida pública. Vive al margen de su propio destino, sin intervenir en él y dando ocasión a morbos políticos —como el llamado caciquismo— que estorban en sus movimientos a las porciones un poco más activas y capaces del país. Es preciso, pues, que las nuevas instituciones corrijan esa inercia, exciten a la masa nacional y fomenten un nuevo tipo de hombre español más actuoso y enérgico, más emprendedor y responsable.

Como se verá, ambas finalidades se compenetran y no parece verosímil que se pueda lograr la una sin conseguir también la otra. Yo creo que el Gobierno debiera preocuparse gravemente de esta depresión que padece un país como el nuestro, tan propenso de suyo a tumbarse a la bartola. Vienen tiempos enormemente difíciles sobre Europa y necesitamos contar con un pueblo bien alerta, entrenado, ágil, capaz de rendir en caso dado un gigante y presto esfuerzo.

El inventor de instituciones, que vendría a ser como un ingeniero político, tiene, pues, que mantener siempre a la vista estas dos grandes aspiraciones. Pero, además, necesita precisar bien la materia con que cuenta —es decir, lo que hoy es la sociedad española y lo que hoy es la sensibilidad política en toda Europa. Cosas que en Francia o Inglaterra no tendrían sentido o lo tendrían escaso, aquí son de máxima importancia. Asimismo, instituciones posibles hace un siglo o diez no son hoy viables. Hace un siglo se podía pensar en instituciones de pura democracia o de puro liberalismo: hoy no. Pero viceversa, quien huyendo de ellas imagine que es posible el absolutismo, sospecho que yerra también. Éste es el punto más delicado de todos. Es forzoso acertar el diagnóstico de la sensibilidad política latente hoy en el alma europea, y especialmente española. ¿Es ésta aún democrática? ¿Es como algunos, un poco atropellados, afirman, resueltamente antidemocrática? Descienda cada cual a su fondo insobornable y hallará que la verdad no es ni lo uno ni lo otro. El alma europea viene de una etapa en que lo ha esperado todo de la democracia. Fue ésta un ideal. Hoy está desengañada, pero —si se piensa lealmente y se evita quedarse en términos vagos e irresolutos— ¿hay quien crea de verdad que el principio democrático quedará total y absolutamente arrumbado? No discuto ahora el tema ni menos lo resuelvo. Sólo deslizo, como una posibilidad, la sospecha de que si el europeo no ve ya en la democracia un ideal, empieza a sentir que algo en ella es ineluctable necesidad. Antes parecía el sumo bien, ahora se presenta como el mal menor. El signo ha cambiado por completo. Consecuentemente, si cuando era un ideal se pedía un máximum de democracia, hoy que es sólo una necesidad, una condición ineludible de nuestra época, debe quedar reducido a un mínimum. Pero este mínimum es inevitable. Se puede prescindir de él un rato, al amparo de circunstancias anómalas, como se puede suspender el aliento unos minutos; pero a la larga habrá que abrir la boca y recaer en un asiento democrático del Estado. No vale divagar. ¿Qué fuerza social exclusiva puede hoy sostener en peso la totalidad de un Estado? Cabe el bolchevismo, cabe el fascismo. Bolchevismo y fascismo suponen cierta neurosis étnica. Sobre todo no está ni dicho ni probado que sean las mejores soluciones posibles.

Pronto o tarde, Rusia e Italia volverán a la mesura tras su angustioso rodeo, y sería preferible comenzar por donde ellas acaben. Éste es, en mi entender, el papel de España: hallar la feliz solución que los demás no han encontrado. Por eso hay que partir de la situación concreta de nuestra nación, evitando de un lado las imitaciones, de otro las utopías. La utopía es la política de Onán.

Como con la democracia acontece con el liberalismo. La opinión dominante hoy ¿es liberal?, ¿es antiliberal? Frente a la libertad cabe adoptar tres actitudes distintas. Cabe decir una de estas tres cosas:

Libertad ante todo,

Todo menos libertad,

Libertad y todo.

Los dos lemas primeros son característicos del siglo XIX. Uno frente a otro han luchado tenazmente, con una testarudez ejemplar. Precisamente de esa lucha nos hemos cansado. Nos parece un combate geométrico de dos definiciones imposibles. No hay cosa en el mundo que aislada se justifique. Los liberales de oficio no se ocupaban más que de la libertad y desatendían el resto de las condiciones de gobernación. Menos mal en razas saturadas de sentido práctico, de afanes interesados, como la inglesa. La propensión nativa corregía el error de su fe política. En España, el liberalismo degeneró pronto en una actitud formalista y torpe que daba siempre en el detalle razón a los reaccionarios. Recuérdese la falta de eficacia gubernamental ante los atentados de Barcelona. A fuerza de liberalismo se permitió la caza del hombre en la gran ciudad. La antítesis tenía que venir; pero dudo mucho que exista hoy nadie sinceramente antiliberal. Lo será, a lo sumo, una temporada; la que tarde el Poder público en extirparle a él las libertades. Mientras se trate del prójimo no siente la amputación.

Pero es innegable que, salvo reducidos grupos de temple anticuario, el liberalismo ha dejado también de ser un ideal. Se ha volatilizado aquella fe loca que esperaba de él la beatitud. El uso de las libertades nos ha enseñado su auténtico valor, que no es, ni mucho menos, despreciable, pero tampoco la mágica potencia antes imaginada. No se puede vivir sin libertad, pero tampoco se puede vivir de libertad. Ahí está: para vivir hacen falta muchas cosas y es preciso que la libertad se haga maleable a fin de poder coexistir con ellas. Libertad y todo.

Miradas desde hoy, las políticas del siglo XIX ofrecen un aspecto maniático, unidimensional. Cada una ve un solo haz de la vida pública. El reaccionario tiene la manía del orden, como si éste fuese todo. El liberal, la manía de la libertad. La sensibilidad de nuestra hora parece dirigida por un afán de integrar y no de excluir. En vez de «o lo uno o lo otro», aspira a «lo uno y lo otro». Política de muchas dimensiones, cada una de las cuales regula y modera las demás.

Demócratas y liberales, antidemócratas y antiliberales son fauna pretérita. Sólo en apariencia perduran los restos de la lucha que entre esos títulos se reñía. En el fondo de la conciencia normal la cuestión está resuelta precisamente en el sentido de que democracia y libertad no son cosas sobre que quepa reñir ásperamente. Declarada o tácitamente, todo el mundo presiente que cierta dosis de ellas constituye el subsuelo de las sociedades europeas actuales. Por otra parte, nadie que no sea extemporáneo fanático rechaza las objeciones cien veces repetidas contra ellas. Por consiguiente, no ofrecen área para la contienda. El cuánto de democracia y libertad tiene que determinarse en vista de las demás necesidades del Estado y no descolgándose de principios abstractos. El mayor error del siglo pasado fue creer que la política es cuestión de principios, cuando es sólo cuestión de tanteos. Los llamados principios políticos eran sólo plataformas sobre las cuales ciertos hombres de mal gusto hacían grandes gestos de virtud, cuadros plásticos de heroísmo inoperante y escénico. El que no quería fatigarse más la cabeza se instalaba en un principio, se sumía bajo la enorme y rígida careta de una fórmula, como los «cabezudos» de la fiesta en Aragón.

El Sol, 17 de julio de 1926