Ortega y Gasset

Abstract

A summary and comment on Menéndez Pidal’s doctrine of the evolution of Spanish: the archaising Visigothic romance, homogeneous and poor in Gothic and Arabic elements, and then the germination of Castile with its customary law. Ortega reads in it a confirmation of España invertebrada and points to two unexamined assumptions in Pidal. Philology and history, not philosophy.

Connections

Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Pero veamos, en comprimido resumen, la doctrina de Pidal sobre la evolución del español.

El estrato más antiguo que encontramos es el idioma que se hablaba durante la dominación árabe, en el cual se perpetúan las formas de la época visigótica. Llevando los datos —que por fuerza son muy incompletos— a una fórmula un tanto exacerbada, diremos que entonces toda España habla poco más o menos lo mismo. Es el lenguaje que nos llega principalmente en documentos mozárabes, el romance visigótico, que coexiste con cierto latín.

Es de sumo interés para los efectos últimos —que son la historia de España—subrayar lo más característico de ese romance visigótico y de este latín oficial. Ambos, según Pidal, son arcaizantes, es decir, retrasados respecto a los romances franceses coetáneos y al latín transpirenaico. Otros dos rasgos, que no sorprenden tanto a Pidal como a mí, son éstos: la superlativa escasez de residuos góticos y la reducción del influjo árabe a nombres de utensilios y oficios, dejando intacta la sintaxis. Añádase a esto una observación que Pidal apunta refiriéndola a época algo posterior: «la menor variedad de formas fonéticas y léxicas de España, comparada con Italia y Francia» (página 542).

Si reunimos en un haz todos estos atributos, tendremos que el lenguaje español del siglo IX es muy homogéneo en toda la Península, por tanto, pobre de variaciones[19]; que es arcaico, exento casi de goticismos y apenas enriquecido de arabismos.

Va para seis años que publiqué España invertebrada. Este libro, indocumentado y arbitrario, no es más que la meditación sobre estos rasgos fundamentales que ahora Menéndez Pidal, con su autoridad insuperable, reconoce en el lenguaje peninsular del siglo IX. La coincidencia, por lo mismo que es de ella Pidal inocente, me corrobora y tonifica.

El segundo estrato —920 a 1067— coincide con la hegemonía leonesa. La diferencia no es grande. El lenguaje asturiano y leonés de la actualidad «conserva fielmente muchos de los rasgos que hemos averiguado como propios del romance de la edad visigótica» (534). Lo único nuevo es la germinación de Castilla: un nuevo poder político y una nueva inspiración idiomática. En la etapa siguiente —1067 a 1140—, los caracteres del castellano se declaran rápidos e invasores. «Castilla ha hecho a España»— decía yo en España invertebrada[20]. La ha hecho por su originalidad y su europeísmo. No podía yo esperar más admirable confirmación que la ofrecida —sin sospecharlo— por la obra de Pidal.

Castilla es primero el rincón cántabro.

Entonces era Castiella un pequeño rincón,

Era de castellanos Montes d’Oca mojón

dice el poema de Fernán-González. Apenas nacida comienza un nuevo estilo. Rompe con el derecho escrito, con el código visigótico. «Retengamos esta característica, que nos explicará la esencia del dialecto castellano. Y añadamos una curiosísima coincidencia: Castilla, que, caracterizada por su derecho consuetudinario local, se opone al derecho escrito dominante en el resto de España, es la región que da la lengua literaria principal de la Península; cosa análoga pasa en Francia: el país se divide en dos regiones: la del Norte, de derecho consuetudinario, y la del Sur, de derecho escrito; la frontera territorial de estas dos grandes zonas coincide poco más o menos con la que es corriente considerar como frontera entre el francés y el provenzal, y la región de derecho consuetudinario es la que impuso su francés como lengua literaria por cima de la provenzal» (página 501). He aquí un ejemplo egregio del talento combinatorio a que antes aludía. Desearíamos, sin embargo, que Menéndez Pidal se explayase un poco más. ¿Por qué un pueblo europeo occidental, que en el siglo XI afirma su consuetudinarismo y localismo jurídicos, es el organizador de toda una nación, la francesa o la española? Yo espero que en la Vida del Cid, próxima a publicarse, se nos comunique la palabra del enigma. Pero temo que la explicación no nos satisfaga. En el pensamiento que dirige toda la producción de Pidal no hay más que dos puntos débiles. Un hombre tan cuidadoso, tan rigoroso, tan científico en el tratamiento del detalle, parte siempre de dos enormes supuestos que contrajo en la vaga atmósfera intelectual de su juventud, y que usa sin previo examen, sin precisión. Uno es la creencia, perfectamente arbitraria, de que lo español en arte es el realismo. A esta creencia va aneja la convicción no menos arbitraria de que el realismo es la forma más elevada del arte. El otro supuesto, adoptado sin cautela suficiente, es la sobreestima de lo «popular». El primero de estos dos amores —más que de dos ideas se trata en Pidal de sus dos únicas pasiones— no dañará en la cuestión que ahora tocamos. El segundo, sí. Temo, en efecto, que la afirmación del derecho local consuetudinario signifique para él el triunfo de lo popular y castizo, cuando, muy probablemente, equivale a todo lo contrario.

La prueba es que él mismo presenta a Castilla la consuetudinaria innovando a la vez en dirección opuesta: europeizadora y universalista. Fernando I de Castilla «no orienta ya su ideal de cultura hacia el Sur (arabismo), sino hacia Europa; era ferviente admirador del floreciente monasterio benedictino de Cluny». Rompe con el tradicional antiiconismo de las iglesias, que llena de crucifijos e imágenes. Su hijo Alfonso VI (1072-1109) es donado de Cluny, y sigue la tradición de esta dinastía de origen navarro. Sustituye la letra visigótica por la francesa, trae monjes cluniacenses, inicia los matrimonios reales con princesas extranjeras y recibe gente franca entre sus huestes, como aquel Don «Kigelme Franco», importante vecino de Burgos.

¿Qué quiere decir, vuelvo a preguntar, esta conjunta afirmación de lo local y lo extranjero —europeo, universal—, que caracteriza, desde luego, a la acción castellana frente a los demás pueblos españoles, y la hace apta para regentar y plasmar en nación la Península? Yo he dado a esta cuestión un intento de respuesta en 1921; pero me interesaría mucho más la que pudiera dar Menéndez Pidal.

But let us see, in compressed summary, Pidal’s doctrine on the evolution of Spanish.

The oldest stratum we find is the language spoken during the Arab domination, in which the forms of the Visigothic age are perpetuated. Carrying the data —which of necessity are very incomplete— to a somewhat exacerbated formula, we will say that then all Spain speaks more or less the same thing. It is the language that reaches us mainly in Mozarabic documents, the Visigothic Romance, which coexists with a certain Latin.

It is of supreme interest for the ultimate ends —which are the history of Spain— to underline the most characteristic feature of that Visigothic Romance and of that official Latin. Both, according to Pidal, are archaizing, that is, backward with respect to the contemporary French Romance tongues and the trans-Pyrenean Latin. Two other traits, which surprise Pidal less than they surprise me, are these: the superlative scarcity of Gothic residues and the reduction of the Arab influence to names of utensils and trades, leaving the syntax intact. Add to this an observation that Pidal notes, referring it to a somewhat later age: «the lesser variety of phonetic and lexical forms of Spain, compared with Italy and France» (page 542).

If we gather in a bundle all these attributes, we shall have that the Spanish language of the ninth century is very homogeneous throughout the Peninsula, hence poor in variations[19]; that it is archaic, almost free of Gothicisms and scarcely enriched with Arabisms.

It is going on six years since I published España invertebrada. This book, undocumented and arbitrary, is nothing more than the meditation on those fundamental traits which now Menéndez Pidal, with his unsurpassable authority, recognizes in the peninsular language of the ninth century. The coincidence, precisely because Pidal is innocent of it, corroborates and tones me up.

The second stratum —920 to 1067— coincides with the Leonese hegemony. The difference is not great. The Asturian and Leonese language of today «faithfully preserves many of the traits that we have ascertained as proper to the Romance of the Visigothic age» (534). The only new thing is the germination of Castile: a new political power and a new linguistic inspiration. In the next stage —1067 to 1140—, the characters of Castilian declare themselves rapid and invasive. «Castile has made Spain» —I said in España invertebrada[20]. It has made it by its originality and its Europeanism. I could not hope for a more admirable confirmation than that offered —without suspecting it— by Pidal’s work.

Castile is first the Cantabrian corner.

Then Castiella was a little corner,

It was the Castilians’ landmark, Montes d’Oca

says the poem of Fernán-González. Scarce was it born when a new style begins. It breaks with written law, with the Visigothic code. «Let us retain this characteristic, which will explain to us the essence of the Castilian dialect. And let us add a most curious coincidence: Castile, which, characterized by its local customary law, opposes the written law dominant in the rest of Spain, is the region that gives the principal literary language of the Peninsula; an analogous thing happens in France: the country divides into two regions: the North, of customary law, and the South, of written law; the territorial frontier of these two great zones coincides more or less with that which is commonly regarded as the frontier between French and Provençal, and the region of customary law is the one that imposed its French as literary language above the Provençal» (page 501). Here is an egregious example of the combinatorial talent to which I alluded before. We would desire, however, that Menéndez Pidal should enlarge a little more. Why is a western European people, which in the eleventh century affirms its legal consuetudinarianism and localism, the organizer of a whole nation, the French or the Spanish? I hope that in the Vida del Cid, soon to be published, the word of the enigma will be communicated to us. But I fear that the explanation will not satisfy us. In the thought that directs all of Pidal’s production there are only two weak points. A man so careful, so rigorous, so scientific in the treatment of detail, always starts from two enormous suppositions that he contracted in the vague intellectual atmosphere of his youth, and which he uses without prior examination, without precision. One is the belief, perfectly arbitrary, that the Spanish thing in art is realism. To this belief is annexed the no less arbitrary conviction that realism is the highest form of art. The other supposition, adopted without sufficient caution, is the overestimation of the «popular». The first of these two loves —more than two ideas, in Pidal it is a matter of his two only passions— will not harm in the question that we now touch. The second, yes. I fear, in effect, that the affirmation of local customary law signifies for him the triumph of the popular and the castizo, when, in all probability, it amounts to exactly the contrary.

The proof is that he himself presents customary Castile innovating at the same time in the opposite direction: Europeanizing and universalist. Ferdinand I of Castile «no longer orients his ideal of culture toward the South (Arabism), but toward Europe; he was a fervent admirer of the flourishing Benedictine monastery of Cluny». He breaks with the traditional anti-iconism of the churches, which he fills with crucifixes and images. His son Alfonso VI (1072-1109) is a donado of Cluny, and follows the tradition of this dynasty of Navarrese origin. He replaces the Visigothic script with the French, brings Cluniac monks, begins royal marriages with foreign princesses, and receives Frankish people among his hosts, like that Don «Kigelme Franco», an important neighbor of Burgos.

What does it mean, I ask again, this joint affirmation of the local and the foreign —European, universal—, which characterizes, certainly, the Castilian action as against the other Spanish peoples, and makes it apt to govern and to shape the Peninsula into a nation? I gave to this question an attempt at an answer in 1921; but I would be far more interested in the one Menéndez Pidal might give.

Ma vediamo, in compendioso riassunto, la dottrina di Pidal sull’evoluzione dello spagnolo.

Lo strato più antico che troviamo è l’idioma che si parlava durante la dominazione araba, nel quale si perpetuano le forme dell’epoca visigotica. Portando i dati —che per forza sono molto incompleti— a una formula alquanto esacerbata, diremo che allora tutta la Spagna parla poco più o meno la stessa cosa. È il linguaggio che ci giunge principalmente in documenti mozarabi, il romanzo visigotico, che coesiste con un certo latino.

È di sommo interesse per gli effetti ultimi —che sono la storia di Spagna— sottolineare la cosa più caratteristica di quel romanzo visigotico e di questo latino ufficiale. Entrambi, secondo Pidal, sono arcaizzanti, cioè in ritardo rispetto ai romanzi francesi coevi e al latino transpirenaico. Altri due tratti, che sorprendono meno Pidal che me, sono questi: la superlativa scarsità di residui gotici e la riduzione dell’influsso arabo a nomi di utensili e mestieri, lasciando intatta la sintassi. Si aggiunga a ciò un’osservazione che Pidal annota riferendola a un’epoca alquanto posteriore: «la minore varietà di forme fonetiche e lessicali della Spagna, paragonata all’Italia e alla Francia» (pagina 542).

Se riuniamo in un fascio tutti questi attributi, avremo che il linguaggio spagnolo del secolo IX è molto omogeneo in tutta la Penisola, perciò povero di variazioni[19]; che è arcaico, quasi esente da goticismi e appena arricchito di arabismi.

Vanno per sei anni da quando pubblicai España invertebrada. Questo libro, indocumentato e arbitrario, non è che la meditazione su questi tratti fondamentali che ora Menéndez Pidal, con la sua autorità insuperabile, riconosce nel linguaggio peninsulare del secolo IX. La coincidenza, proprio perché di essa Pidal è innocente, mi corrobora e tonifica.

Il secondo strato —920 al 1067— coincide con l’egemonia leonese. La differenza non è grande. Il linguaggio asturiano e leonese dell’attualità «conserva fedelmente molti dei tratti che abbiamo accertato come propri del romanzo dell’età visigotica» (534). L’unica cosa nuova è la germinazione della Castiglia: un nuovo potere politico e una nuova ispirazione idiomatica. Nella tappa seguente —1067 al 1140—, i caratteri del castigliano si dichiarano rapidi e invasori. «La Castiglia ha fatto la Spagna» —dicevo io in España invertebrada[20]. L’ha fatta per la sua originalità e il suo europeismo. Non potevo io sperare più ammirevole conferma di quella offerta —senza sospettarlo— dall’opera di Pidal.

La Castiglia è dapprima l’angolo cantabrico.

Allora era Castiella un piccolo angolo,

Era dei castigliani Montes d’Oca il confine

dice il poema di Fernán-González. Appena nata comincia un nuovo stile. Rompe con il diritto scritto, con il codice visigotico. «Riteniamo questa caratteristica, che ci spiegherà l’essenza del dialetto castigliano. E aggiungiamo una curiosissima coincidenza: la Castiglia, che, caratterizzata dal suo diritto consuetudinario locale, si oppone al diritto scritto dominante nel resto della Spagna, è la regione che dà la lingua letteraria principale della Penisola; cosa analoga accade in Francia: il paese si divide in due regioni: quella del Nord, di diritto consuetudinario, e quella del Sud, di diritto scritto; la frontiera territoriale di queste due grandi zone coincide poco più o meno con quella che si suole considerare come frontiera tra il francese e il provenzale, e la regione di diritto consuetudinario è quella che impose il suo francese come lingua letteraria al di sopra del provenzale» (pagina 501). Ecco un esempio egregio del talento combinatorio a cui prima alludevo. Desidereremmo, tuttavia, che Menéndez Pidal si dilungasse un poco di più. Perché un popolo europeo occidentale, che nel secolo XI afferma il suo consuetudinarismo e localismo giuridici, è l’organizzatore di un’intera nazione, la francese o la spagnola? Io spero che nella Vida del Cid, prossima a pubblicarsi, ci si comunichi la parola dell’enigma. Ma temo che la spiegazione non ci soddisfi. Nel pensiero che dirige tutta la produzione di Pidal non vi sono che due punti deboli. Un uomo così curato, così rigoroso, così scientifico nel trattamento del dettaglio, parte sempre da due enormi presupposti che contrasse nella vaga atmosfera intellettuale della sua giovinezza, e che usa senza previo esame, senza precisione. Uno è la credenza, perfettamente arbitraria, che lo spagnolo nell’arte sia il realismo. A questa credenza va annessa la convinzione non meno arbitraria che il realismo sia la forma più elevata dell’arte. L’altro presupposto, adottato senza sufficiente cautela, è la sopravvalutazione del «popolare». Il primo di questi due amori —più che di due idee si tratta in Pidal delle sue due uniche passioni— non recherà danno nella questione che ora tocchiamo. Il secondo, sì. Temo, in effetti, che l’affermazione del diritto locale consuetudinario significhi per lui il trionfo del popolare e del castizo, quando, molto probabilmente, equivale a tutto il contrario.

La prova è che egli stesso presenta la Castiglia consuetudinaria innovare insieme in direzione opposta: europeizzatrice e universalista. Ferdinando I di Castiglia «non orienta già il suo ideale di cultura verso il Sud (arabismo), ma verso l’Europa; era fervente ammiratore del fiorente monastero benedettino di Cluny». Rompe con il tradizionale antiiconismo delle chiese, che riempie di crocifissi e immagini. Suo figlio Alfonso VI (1072-1109) è donato di Cluny, e segue la tradizione di questa dinastia di origine navarra. Sostituisce la lettera visigotica con la francese, porta monaci cluniacensi, inizia i matrimoni reali con principesse straniere e accoglie gente franca tra le sue schiere, come quel Don «Kigelme Franco», importante vicino di Burgos.

Che cosa vuol dire, torno a domandare, questa congiunta affermazione del locale e dello straniero —europeo, universale—, che caratterizza, senz’altro, l’azione castigliana di fronte agli altri popoli spagnoli, e la rende atta a reggere e a plasmare in nazione la Penisola? Io ho dato a questa questione un tentativo di risposta nel 1921; ma mi interesserebbe molto di più quella che potesse dare Menéndez Pidal.