Abstract
A travel sketch of Dueñas and Venta de Baños: the earth-coloured adobe village, the “earth-dwellers” burrowed into the hillock, the solitude of the July sun, and an eighteenth-century lithograph spotted in the station restaurant. Descriptive prose with no philosophical content.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Pocos kilómetros antes de llegar a Venta de Baños está Dueñas, un pueblo atroz. Se alza en la caída de un cabezo con aire de pueblo alerta. Es del color de la tierra. Las casas de adobe, bajo la luz de la siesta, casi incorpóreas, tiemblan, como hechas de luz y calígine, y una enorme iglesia se levanta en lo alto, defensora y hostil. En torno al pueblo, edificado sobre la tierra, hay un pueblo de terrícolas, de hombres que viven como hormigas dentro del cabezo. Allí, sepultos en las entrañas del montículo, que debe arder con fuego sin llama y sin claror, con terrible fuego mudo, estos castellanos y castellanas, hermanos nuestros, duermen, aman, paren. Fuera, el suelo amarillea a lo largo, calizo, polvoriento, y el sol de julio hinche con cada una de sus pulsaciones todo el horizonte como un alarido inmenso.
Poco más o menos, esto también es Baños, donde dejo el tren de Irún para tomar el mixto de León. Vi un árbol en las inmediaciones. En estas tierras el sol de mediodía crea una soledad mucho más medrosa que la de la noche profunda. Es preciso recogerse en el pobre restaurante de la estación. Al entrar no se ve nada. La claridad desesperada que inunda el exterior ha absorbido todo el vigor de la retina. Poco después comienza a restablecerse la sensibilidad, y vacilando, con paso de convaleciente, palpando, apoyándose aquí y allá, descubre el flanco sin lustre de un aparador, las filas de copas con las servilletas en forma de cucurucho, las gasas de los espejos mancilladas por las moscas, y en la pared, colgando, una litografía de un palmo no más, delicadísima, exquisita, sutil, hecha con puro espíritu de línea y pura esencia de color. Es del siglo XVIII, y se titula Les bouquets. Unos galanes de casaquín ofrecen, en paso de danza, unos ramos de flores a unas damas floridas e ingrávidas. (¡Fondista, cuidado con mi amigo Pío Baroja, que es coleccionista!)