Abstract
Madrid 1926: a popularised reply to German psychologists on the differences between Germans and Spaniards, hinging on a different psycho-physical equation — the Spaniard’s body is saturated with soul and his soul ballasted with body, whereas in the German the two run relatively independently. He draws consequences for eroticism and denies the Romantic cliché of the ardent Spanish woman. National psychology, not philosophy.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Madrid, marzo de 1926
No hace mucho que un grupo de psicólogos alemanes me pedía que redujese a fórmula somera las principales diferencias que, a mi juicio, existen entre alemanes y españoles. Las notas que entonces envié formaban un largo estudio de expresión demasiado técnica para interesar al gran público. De ellas he tomado algunos puntos que vertidos al lenguaje más cortés de la conversación general dicen lo que sigue:
¿En qué se diferencia el alma alemana del alma española? ¡Ah! En muchas, muchas cosas… Por lo pronto sería de algún interés observar que la relación entre el alma y el cuerpo no es la misma en el alemán y en el español. Comparad los movimientos de uno y otro. El alemán se mueve sin precisión y sin gracia. Se le van piernas y brazos donde ellos quieren. Es difícil que en una ancha cara de buen alemán no haya bastantes centímetros cuadrados donde no llega la fuerza expresiva que el alma ejerce sobre la carne: son pequeños desiertos de carnosidad donde no ha penetrado la agricultura del ánima.
Por el contrario, el cuerpo del español se halla todo saturado de alma, aunque tal vez no de espíritu. De aquí que sea improbable sorprender a un español en una actitud corpórea exenta por completo de espíritu. Toda su carne vive cargada de electricidad psíquica y no hay en ella porción que no colabore en la función expresiva. A menudo este «expresivismo» es alborotado y excesivo. Frente al español de apostura digna y severa —la famosa «grandeza» o morgue castillane— está el español gesticulante, de brazos y manos inquietos como llamas.
Esta diferente ecuación psíquico-física trae consigo numerosas consecuencias. Si el cuerpo del español está más saturado de alma, también, irremediablemente, su alma está más lastrada de cuerpo. Donde va el uno va el otro, y viceversa. Mutuamente se arrastran y se frenan. Por el contrario, en el alemán tienden a funcionar con relativa independencia que les permite una conducta divergente.
Donde se manifiesta esto con mayor claridad es en el ejercicio de la sexualidad. Se suele decir que el español es muy ardiente, y aunque el hecho es verdadero tengo la impresión de que se le interpreta erróneamente. En efecto, el varón siente, desde los más tiernos años, un fabuloso ardor hacia la mujer. Eso trae consigo que sea España, sin duda, el lugar de la tierra donde se habla más y más repugnantemente de cosas eróticas. Pero, al mismo tiempo, dudo que haya pueblo que ejercite menos su sexualidad y desde luego no existe ninguno en el Viejo Mundo donde los vicios y las perversiones sean más escasos. Un ejemplo: parece ser que es Alemania uno de los países donde alcanza una cifra mayor la estadística de las violaciones. En España apenas si se conoce esta primigenia operación. ¿Cómo se explica esto?
En un organismo humano donde el cuerpo esté relativamente disociado del alma será frecuente un erotismo puramente carnal con todas sus consecuencias. Donde acaezca lo contrario, aunque el cuerpo sea más ardiente, le acompañará el alma complicando el mero apetito corporal con todas las sutilizaciones y frenos que la psiquis aporta. Lo sexual será siempre un poco amoroso y casi nunca brutal. Pero también será verdad la viceversa: el dulce «platonismo» de ciertos amores alemanes produce al español la impresión de afectos irreales, de espectros de amor porque les falta el subrayado carnal del fuego voluptuoso.
La prueba de que existe este freno psíquico sobre el cuerpo —previo y diferente de todo freno «reflexivo»— es que en la mujer llega casi a inhibir toda autonomía de la carne. Los románticos crearon la idea de la española ardiente. Nada menos exacto. La mujer de España es sinceramente arisca al requerimiento del varón porque, contra todas las cosas que viajeros sin perspicacia han dicho, tiene muy poco temperamento. La carne no tira de ellas. Al revés, por su carne sólo serían frígidas. Es preciso que el alma se les encienda con un fuego psíquico para que vaya a la rastra el cuerpo estremecido. Los españoles que han viajado saben muy bien que, para usar el término técnico de los jouisseurs, las mujeres españolas son las más «difíciles». Y es curioso añadir que lo son tanto más cuanto más descendemos del norte de España al sur, de Galicia a Andalucía. Este hecho indubitable de que la andaluza es una de las mujeres más frígidas que existen, trastorna todas las ideas recibidas de la literatura romántica y la superficial antropología. (Quien no quiera perder el tiempo debe evitar explicar ninguno de estos fenómenos por el influjo de los árabes, la presión del catolicismo, etcétera. En general, esas dos causas con que ha querido aclararse el fenómeno español son prácticamente irrelevantes).
Hemos insinuado las consecuencias que esa más estrecha unión entre alma y cuerpo trae para el cuerpo español. Veamos ahora, brevísimamente, las consecuencias que trae para el alma.
Yo creo que el español tiene menos alma que el alemán, o si esto, mal entendido, pudiera parecer injusto, que el alma del alemán es más pura alma. No necesito decir que en estas notas por ser comparativas se habla exclusivamente de relatividades, de preponderancias, de más y de menos.
Si dejamos la voluntad y la intelección para el espíritu propiamente tal, el alma representará sobre todo la zona de las emociones y deseos. Pues bien, me atrevo a afirmar que el español ejercita muy poco sus sentimientos. Propende a no sentir sino pasiones. Le suelen faltar las notas suaves, etéreas de la afectividad, los matices y modulaciones de una rica gama sentimental. Apenas si conoce otra cosa que el frenesí. Se siente vivir sólo cuando se siente apasionado. En esto se parece al hombre antiguo: su fama emotiva se compone sólo de fieras y de héroes, que vienen a ser como fieras al revés.
Ahora bien, en la pasión interviene vigorosamente el cuerpo. El sentimiento tiene sólo una vaga resonancia intracorporal. En la pasión esta resonancia es tan fuerte, tan precisa, que el cuerpo adopta una actitud muscular, endocrina y vasomotora tan enérgica e inequívoca como en una acción externa. De este modo el cuerpo dibuja rigorosamente el perfil de la emoción, más que dibujarlo lo esculpe sin dejar vaguedad ninguna. He aquí por qué cuando un alemán se inclina sobre un alma española tiene la impresión de algo frío, rígido, marmóreo. En efecto, nuestra alma no es atmosférica, difusa, nebulosa, como la alemana. Concluye en una línea tan definida como el rostro. El yo del alemán va abrigado en la dulce calígine de sus sentimientos flúidos: el alma española, en cambio, va como desnuda y a la intemperie. No es musical como la alemana, sino plástica.
Y, en efecto, nuestra música es principalmente música de danza. Vive, ante todo, del ritmo que emana del músculo, no de la melodía que sigue las sinuosidades de un blando sentimiento. La pasión, el frenesí, conducen a la danza y se descargan por sí mismos en formas casi rítmicas.
El «yo» alemán y el «yo» español parten de dos experiencias iniciales, de dos impresiones primigenias radicalmente opuestas. Cuando el «yo» alemán nace —quiero decir despierta a la claridad— se encuentra solo en el mundo. El individuo se halla como encerrado dentro de sí mismo, sin contacto «inmediato» con ninguna otra cosa. Esta impresión originaria de «aislamiento» metafísico decide de su ulterior desarrollo. Sólo existe para él con evidencia su propio yo: en torno a éste percibe, a lo sumo, un sordo rumor cósmico, como el del mar batiendo los acantilados de una isla.
Por el contrario, el español despierta, desde luego, en una plaza pública: es nativamente hombre de ágora y su impresión primeriza tiene un carácter social. Antes de percibir su «yo» y con superior evidencia le son presentes el «tú» y el «él». La «soledad» no será para él una sensación espontánea, si quiere llegar a ella tendrá que fabricársela, que conquistarla, y su aislamiento será siempre artificial y precario.
Inversamente para el alemán el «tú» y el «él» son siempre relativamente construcciones, no intuiciones y evidencias. Tiene que salir de sí mismo y de su estado nativo para buscar un «otro», en vez de hallarlo desde luego dentro de sí. Esto le lleva a «inventar» el «otro», el «alter». Y como esto sólo es posible fingiendo otro yo como el nuestro, el «tú» alemán es siempre, relativamente, un «alter ego». De aquí que no sea la perspicacia psicológica práctica un talento alemán. De aquí que se suela equivocar en la política, en la conversación y en la novela.
En cambio el español cuando se queda solo no sabe qué hacer. La vida dentro de sí y consigo mismo se le presenta con los terribles caracteres de un destierro y una amputación. El español tiene poca «intimidad».
Sólo sabe de intimidad quien sabe de soledad: son potencias recíprocas. Einsamkeit, Innerlichkeit… Tal vez no haya otras palabras que resuenen más insistentemente a lo largo de la historia alemana. Eckhart, Leibniz, Kant…
Pero huyamos hacia otra cosa.
Lo primero que en el universo encuentra el alemán es su «yo»; lo segundo no es aún el «tú». Es… la naturaleza. Goza de una relativa proximidad con el cosmos impersonal. El español, por el contrario, siente muy poco la naturaleza, por ejemplo, el paisaje. También en este sentido su destino es predominantemente social y antropológico. Como a Sócrates, no le dicen nada los árboles en el campo; sólo los hombres en la ciudad. España ha sido muy pobre en pintura de paisajes y en música descriptiva. El Wandern era desconocido hasta hace muy poco. En cambio el alemán ignora el corso, el paseo donde se va todos los días para verse unos a otros los ciudadanos, para nutrirse de «sociedad».
La psicología comparada debe operar sometiendo a unos mismos reactivos las almas diferentes, por decirlo así, golpeándolas con ciertos objetos para observar el son diferencial con que responden. Sería sugestivo advertir el sonido que el alemán y el español típicos dan cuando se toca su persona con estas cosas que son como las grandes categorías de la vida: Dios, ciencia, Estado, arte, mujer, dinero…
Pero esto requeriría muchas más páginas de las que me es lícito ahora ennegrecer.
La Nación, 2 de mayo de 1926