Ortega y Gasset

Abstract

Madrid 1926: a popularised reply to German psychologists on the differences between Germans and Spaniards, hinging on a different psycho-physical equation — the Spaniard’s body is saturated with soul and his soul ballasted with body, whereas in the German the two run relatively independently. He draws consequences for eroticism and denies the Romantic cliché of the ardent Spanish woman. National psychology, not philosophy.

Connections

Concetti: anima, passione
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Madrid, marzo de 1926

No hace mucho que un grupo de psicólogos alemanes me pedía que redujese a fórmula somera las principales diferencias que, a mi juicio, existen entre alemanes y españoles. Las notas que entonces envié formaban un largo estudio de expresión demasiado técnica para interesar al gran público. De ellas he tomado algunos puntos que vertidos al lenguaje más cortés de la conversación general dicen lo que sigue:


¿En qué se diferencia el alma alemana del alma española? ¡Ah! En muchas, muchas cosas… Por lo pronto sería de algún interés observar que la relación entre el alma y el cuerpo no es la misma en el alemán y en el español. Comparad los movimientos de uno y otro. El alemán se mueve sin precisión y sin gracia. Se le van piernas y brazos donde ellos quieren. Es difícil que en una ancha cara de buen alemán no haya bastantes centímetros cuadrados donde no llega la fuerza expresiva que el alma ejerce sobre la carne: son pequeños desiertos de carnosidad donde no ha penetrado la agricultura del ánima.

Por el contrario, el cuerpo del español se halla todo saturado de alma, aunque tal vez no de espíritu. De aquí que sea improbable sorprender a un español en una actitud corpórea exenta por completo de espíritu. Toda su carne vive cargada de electricidad psíquica y no hay en ella porción que no colabore en la función expresiva. A menudo este «expresivismo» es alborotado y excesivo. Frente al español de apostura digna y severa —la famosa «grandeza» o morgue castillane— está el español gesticulante, de brazos y manos inquietos como llamas.

Esta diferente ecuación psíquico-física trae consigo numerosas consecuencias. Si el cuerpo del español está más saturado de alma, también, irremediablemente, su alma está más lastrada de cuerpo. Donde va el uno va el otro, y viceversa. Mutuamente se arrastran y se frenan. Por el contrario, en el alemán tienden a funcionar con relativa independencia que les permite una conducta divergente.

Donde se manifiesta esto con mayor claridad es en el ejercicio de la sexualidad. Se suele decir que el español es muy ardiente, y aunque el hecho es verdadero tengo la impresión de que se le interpreta erróneamente. En efecto, el varón siente, desde los más tiernos años, un fabuloso ardor hacia la mujer. Eso trae consigo que sea España, sin duda, el lugar de la tierra donde se habla más y más repugnantemente de cosas eróticas. Pero, al mismo tiempo, dudo que haya pueblo que ejercite menos su sexualidad y desde luego no existe ninguno en el Viejo Mundo donde los vicios y las perversiones sean más escasos. Un ejemplo: parece ser que es Alemania uno de los países donde alcanza una cifra mayor la estadística de las violaciones. En España apenas si se conoce esta primigenia operación. ¿Cómo se explica esto?

En un organismo humano donde el cuerpo esté relativamente disociado del alma será frecuente un erotismo puramente carnal con todas sus consecuencias. Donde acaezca lo contrario, aunque el cuerpo sea más ardiente, le acompañará el alma complicando el mero apetito corporal con todas las sutilizaciones y frenos que la psiquis aporta. Lo sexual será siempre un poco amoroso y casi nunca brutal. Pero también será verdad la viceversa: el dulce «platonismo» de ciertos amores alemanes produce al español la impresión de afectos irreales, de espectros de amor porque les falta el subrayado carnal del fuego voluptuoso.

La prueba de que existe este freno psíquico sobre el cuerpo —previo y diferente de todo freno «reflexivo»— es que en la mujer llega casi a inhibir toda autonomía de la carne. Los románticos crearon la idea de la española ardiente. Nada menos exacto. La mujer de España es sinceramente arisca al requerimiento del varón porque, contra todas las cosas que viajeros sin perspicacia han dicho, tiene muy poco temperamento. La carne no tira de ellas. Al revés, por su carne sólo serían frígidas. Es preciso que el alma se les encienda con un fuego psíquico para que vaya a la rastra el cuerpo estremecido. Los españoles que han viajado saben muy bien que, para usar el término técnico de los jouisseurs, las mujeres españolas son las más «difíciles». Y es curioso añadir que lo son tanto más cuanto más descendemos del norte de España al sur, de Galicia a Andalucía. Este hecho indubitable de que la andaluza es una de las mujeres más frígidas que existen, trastorna todas las ideas recibidas de la literatura romántica y la superficial antropología. (Quien no quiera perder el tiempo debe evitar explicar ninguno de estos fenómenos por el influjo de los árabes, la presión del catolicismo, etcétera. En general, esas dos causas con que ha querido aclararse el fenómeno español son prácticamente irrelevantes).


Hemos insinuado las consecuencias que esa más estrecha unión entre alma y cuerpo trae para el cuerpo español. Veamos ahora, brevísimamente, las consecuencias que trae para el alma.

Yo creo que el español tiene menos alma que el alemán, o si esto, mal entendido, pudiera parecer injusto, que el alma del alemán es más pura alma. No necesito decir que en estas notas por ser comparativas se habla exclusivamente de relatividades, de preponderancias, de más y de menos.

Si dejamos la voluntad y la intelección para el espíritu propiamente tal, el alma representará sobre todo la zona de las emociones y deseos. Pues bien, me atrevo a afirmar que el español ejercita muy poco sus sentimientos. Propende a no sentir sino pasiones. Le suelen faltar las notas suaves, etéreas de la afectividad, los matices y modulaciones de una rica gama sentimental. Apenas si conoce otra cosa que el frenesí. Se siente vivir sólo cuando se siente apasionado. En esto se parece al hombre antiguo: su fama emotiva se compone sólo de fieras y de héroes, que vienen a ser como fieras al revés.

Ahora bien, en la pasión interviene vigorosamente el cuerpo. El sentimiento tiene sólo una vaga resonancia intracorporal. En la pasión esta resonancia es tan fuerte, tan precisa, que el cuerpo adopta una actitud muscular, endocrina y vasomotora tan enérgica e inequívoca como en una acción externa. De este modo el cuerpo dibuja rigorosamente el perfil de la emoción, más que dibujarlo lo esculpe sin dejar vaguedad ninguna. He aquí por qué cuando un alemán se inclina sobre un alma española tiene la impresión de algo frío, rígido, marmóreo. En efecto, nuestra alma no es atmosférica, difusa, nebulosa, como la alemana. Concluye en una línea tan definida como el rostro. El yo del alemán va abrigado en la dulce calígine de sus sentimientos flúidos: el alma española, en cambio, va como desnuda y a la intemperie. No es musical como la alemana, sino plástica.

Y, en efecto, nuestra música es principalmente música de danza. Vive, ante todo, del ritmo que emana del músculo, no de la melodía que sigue las sinuosidades de un blando sentimiento. La pasión, el frenesí, conducen a la danza y se descargan por sí mismos en formas casi rítmicas.

El «yo» alemán y el «yo» español parten de dos experiencias iniciales, de dos impresiones primigenias radicalmente opuestas. Cuando el «yo» alemán nace —quiero decir despierta a la claridad— se encuentra solo en el mundo. El individuo se halla como encerrado dentro de sí mismo, sin contacto «inmediato» con ninguna otra cosa. Esta impresión originaria de «aislamiento» metafísico decide de su ulterior desarrollo. Sólo existe para él con evidencia su propio yo: en torno a éste percibe, a lo sumo, un sordo rumor cósmico, como el del mar batiendo los acantilados de una isla.

Por el contrario, el español despierta, desde luego, en una plaza pública: es nativamente hombre de ágora y su impresión primeriza tiene un carácter social. Antes de percibir su «yo» y con superior evidencia le son presentes el «tú» y el «él». La «soledad» no será para él una sensación espontánea, si quiere llegar a ella tendrá que fabricársela, que conquistarla, y su aislamiento será siempre artificial y precario.

Inversamente para el alemán el «tú» y el «él» son siempre relativamente construcciones, no intuiciones y evidencias. Tiene que salir de sí mismo y de su estado nativo para buscar un «otro», en vez de hallarlo desde luego dentro de sí. Esto le lleva a «inventar» el «otro», el «alter». Y como esto sólo es posible fingiendo otro yo como el nuestro, el «tú» alemán es siempre, relativamente, un «alter ego». De aquí que no sea la perspicacia psicológica práctica un talento alemán. De aquí que se suela equivocar en la política, en la conversación y en la novela.

En cambio el español cuando se queda solo no sabe qué hacer. La vida dentro de sí y consigo mismo se le presenta con los terribles caracteres de un destierro y una amputación. El español tiene poca «intimidad».

Madrid, March 1926

Not long ago a group of German psychologists asked me to reduce to summary formula the principal differences that, in my judgment, exist between Germans and Spaniards. The notes I then sent formed a long study of expression too technical to interest the general public. From them I have taken some points which, turned into the more courteous language of general conversation, say what follows:


In what does the German soul differ from the Spanish soul? Ah! In many, many things… For a start, it would be of some interest to observe that the relation between soul and body is not the same in the German and in the Spaniard. Compare the movements of the one and the other. The German moves without precision and without grace. His legs and arms go where they will. It is difficult for there not to be, in a broad face of a good German, quite a few square centimeters where the expressive force the soul exerts upon the flesh does not reach: they are little deserts of carnosity where the agriculture of the anima has not penetrated.

On the contrary, the body of the Spaniard finds itself all saturated with soul, though perhaps not with spirit. Hence it is improbable to surprise a Spaniard in a corporeal attitude entirely exempt from spirit. All his flesh lives charged with psychic electricity, and there is in it no portion that does not collaborate in the expressive function. Often this «expressivism» is boisterous and excessive. Opposite the Spaniard of dignified and severe bearing —the famous «grandeza» or Castilian morgue— there stands the gesticulating Spaniard, with arms and hands restless as flames.

This different psychophysical equation brings with it numerous consequences. If the Spaniard’s body is more saturated with soul, then also, irremediably, his soul is more ballasted with body. Where the one goes goes the other, and vice versa. Mutually they drag each other and hold each other back. On the contrary, in the German they tend to function with a relative independence that permits them a divergent conduct.

Where this manifests itself with greatest clarity is in the exercise of sexuality. It is commonly said that the Spaniard is very ardent, and although the fact is true I have the impression that it is misinterpreted. In effect, the male feels, from the tenderest years, a fabulous ardor toward woman. This brings with it that Spain is, without doubt, the place on earth where erotic things are spoken of most and most repugnantly. But, at the same time, I doubt that there is a people that exercises its sexuality less, and certainly none exists in the Old World where vices and perversions are scarcer. An example: it seems that Germany is one of the countries where the statistics of rape reach a higher figure. In Spain this primigenial operation is scarcely known. How is this explained?

In a human organism where the body is relatively dissociated from the soul, a purely carnal eroticism with all its consequences will be frequent. Where the contrary happens, although the body be more ardent, the soul will accompany it, complicating the mere corporal appetite with all the subtilizations and brakes the psyche contributes. The sexual will always be a little amorous and almost never brutal. But the vice versa will also be true: the sweet «platonism» of certain German loves produces in the Spaniard the impression of unreal affections, of spectres of love, because they lack the carnal underlining of voluptuous fire.

The proof that this psychic brake upon the body exists —prior to and different from every «reflexive» brake— is that in woman it comes almost to inhibit all autonomy of the flesh. The Romantics created the idea of the ardent Spanish woman. Nothing less exact. The woman of Spain is sincerely aloof to the male’s requirement because, contrary to all the things that unperceptive travelers have said, she has very little temperament. The flesh does not pull at them. On the contrary, by their flesh they would be only frigid. It is necessary that their soul be kindled with a psychic fire for the shuddering body to follow in tow. Spaniards who have traveled know very well that, to use the technical term of the jouisseurs, Spanish women are the most «difficult». And it is curious to add that they are the more so the further we descend from the north of Spain to the south, from Galicia to Andalusia. This indubitable fact that the Andalusian woman is one of the most frigid women that exist overturns all the received ideas of romantic literature and of superficial anthropology. (Whoever does not wish to waste time should avoid explaining any of these phenomena by the influence of the Arabs, the pressure of Catholicism, etcetera. In general, those two causes with which the Spanish phenomenon has sought to be explained are practically irrelevant.)


We have insinuated the consequences that that closer union between soul and body brings for the Spanish body. Let us now see, very briefly, the consequences it brings for the soul.

I believe that the Spaniard has less soul than the German, or, if this, misunderstood, might seem unjust, that the German’s soul is more pure soul. I need not say that in these notes, being comparative, there is spoken exclusively of relativities, of preponderances, of more and less.

If we leave will and intellection to the spirit properly so called, the soul will represent above all the zone of emotions and desires. Well then, I dare to affirm that the Spaniard exercises his feelings very little. He tends not to feel anything but passions. He usually lacks the soft, ethereal notes of affectivity, the nuances and modulations of a rich sentimental gamut. He scarcely knows anything other than frenzy. He feels himself alive only when he feels himself passionate. In this he resembles ancient man: his emotive fame is composed only of wild beasts and heroes, which come to be like wild beasts turned inside out.

Now then, in passion the body intervenes vigorously. Feeling has only a vague intracorporal resonance. In passion this resonance is so strong, so precise, that the body adopts a muscular, endocrine and vasomotor attitude as energetic and unequivocal as in an external action. In this way the body rigorously draws the profile of the emotion; more than drawing it, it sculpts it without leaving any vagueness. This is why when a German leans over a Spanish soul he has the impression of something cold, rigid, marmoreal. In effect, our soul is not atmospheric, diffuse, nebulous, like the German’s. It ends in a line as defined as the face. The German’s ego goes wrapped in the sweet haze of his fluid feelings: the Spanish soul, on the other hand, goes as it were naked and out in the open. It is not musical like the German’s, but plastic.

And, in effect, our music is principally dance music. It lives, above all, on the rhythm that emanates from the muscle, not on the melody that follows the sinuosities of a soft feeling. Passion, frenzy, lead to the dance and discharge themselves in almost rhythmic forms.

The German «I» and the Spanish «I» set out from two initial experiences, from two primigenial impressions radically opposed. When the German «I» is born —I mean, awakens to clarity— it finds itself alone in the world. The individual finds himself as if enclosed within himself, without «immediate» contact with any other thing. This originary impression of metaphysical «isolation» decides its ulterior development. Only his own self exists for him with evidence: around it he perceives, at most, a deaf cosmic rumor, like that of the sea beating the cliffs of an island.

On the contrary, the Spaniard awakens, from the outset, in a public square: he is natively a man of the agora, and his first impression has a social character. Before perceiving his «I», and with superior evidence, the «thou» and the «he» are present to him. «Solitude» will not be for him a spontaneous sensation; if he wishes to arrive at it he will have to fabricate it for himself, to conquer it, and his isolation will always be artificial and precarious.

Inversely, for the German the «thou» and the «he» are always relatively constructions, not intuitions and evidences. He has to go out of himself and of his native state to seek an «other», instead of finding him at once within himself. This leads him to «invent» the «other», the «alter». And since this is possible only by feigning another self like our own, the German «thou» is always, relatively, an «alter ego». Hence practical psychological perspicacity is not a German talent. Hence he is wont to be mistaken in politics, in conversation and in the novel.

The Spaniard, on the other hand, when he is left alone does not know what to do. Life within himself and with himself presents itself to him with the terrible characters of an exile and an amputation. The Spaniard has little «intimacy».

Madrid, marzo 1926

Non è molto tempo che un gruppo di psicologi tedeschi mi chiedeva di ridurre a formula sommaria le principali differenze che, a mio giudizio, esistono tra tedeschi e spagnoli. Le note che allora inviai formavano un lungo studio di espressione troppo tecnica per interessare il grande pubblico. Da esse ho tratto alcuni punti che, tradotti nel linguaggio più cortese della conversazione generale, dicono ciò che segue:


In che cosa differisce l’anima tedesca dall’anima spagnola? Ah! In molte, molte cose… Per cominciare, sarebbe di qualche interesse osservare che il rapporto tra l’anima e il corpo non è lo stesso nel tedesco e nello spagnolo. Confrontate i movimenti dell’uno e dell’altro. Il tedesco si muove senza precisione e senza grazia. Le gambe e le braccia gli vanno dove vogliono loro. È difficile che in una larga faccia di buon tedesco non ci siano parecchi centimetri quadrati dove non giunge la forza espressiva che l’anima esercita sulla carne: sono piccoli deserti di carnosità dove non è penetrata l’agricoltura dell’anima.

Al contrario, il corpo dello spagnolo si trova tutto saturo d’anima, sebbene forse non di spirito. Di qui che sia improbabile sorprendere uno spagnolo in un atteggiamento corporeo del tutto esente da spirito. Tutta la sua carne vive carica di elettricità psichica e non c’è in essa porzione che non collabori alla funzione espressiva. Spesso questo «espressivismo» è scomposto ed eccessivo. Di fronte allo spagnolo di portamento dignitoso e severo —la famosa «grandezza» o morgue castigliana— sta lo spagnolo gesticolante, di braccia e mani inquiete come fiamme.

Questa diversa equazione psico-fisica porta con sé numerose conseguenze. Se il corpo dello spagnolo è più saturo d’anima, anche, irremediabilmente, la sua anima è più zavorrata di corpo. Dove va l’uno va l’altro, e viceversa. Mutuamente si trascinano e si frenano. Al contrario, nel tedesco tendono a funzionare con relativa indipendenza che permette loro una condotta divergente.

Dove questo si manifesta con maggiore chiarezza è nell’esercizio della sessualità. Si suole dire che lo spagnolo è molto ardente, e sebbene il fatto sia vero ho l’impressione che lo si interpreti erroneamente. In effetti, il maschio sente, dai più teneri anni, un favoloso ardore verso la donna. Questo porta con sé che sia la Spagna, senza dubbio, il luogo della terra dove si parla di più e più ripugnantemente di cose erotiche. Ma, al tempo stesso, dubito che ci sia popolo che eserciti meno la sua sessualità, e di certo non ne esiste nessuno nel Vecchio Mondo dove i vizi e le perversioni siano più scarsi. Un esempio: sembra essere che la Germania sia uno dei paesi dove la statistica degli stupri raggiunge una cifra maggiore. In Spagna a stento si conosce questa primigenia operazione. Come si spiega questo?

In un organismo umano dove il corpo sia relativamente dissociato dall’anima sarà frequente un erotismo puramente carnale con tutte le sue conseguenze. Dove accada il contrario, sebbene il corpo sia più ardente, lo accompagnerà l’anima complicando il mero appetito corporeo con tutte le sottilizzazioni e i freni che la psiche apporta. Il sessuale sarà sempre un poco amoroso e quasi mai brutale. Ma sarà vera anche la viceversa: il dolce «platonismo» di certi amori tedeschi produce allo spagnolo l’impressione di affetti irreali, di spettri d’amore, perché manca loro il sottolineato carnale del fuoco voluttuoso.

La prova che esiste questo freno psichico sul corpo —previo e diverso da ogni freno «riflessivo»— è che nella donna giunge quasi a inibire ogni autonomia della carne. I romantici crearono l’idea della spagnola ardente. Nulla di meno esatto. La donna di Spagna è sinceramente ritrosa al cospetto del maschio, perché, contro tutte le cose che viaggiatori senza perspicacia hanno detto, ha pochissimo temperamento. La carne non tira di loro. Al contrario, per la loro carne sarebbero soltanto frigide. È necessario che l’anima si accenda in loro con un fuoco psichico perché il corpo fremente vada a rimorchio. Gli spagnoli che hanno viaggiato sanno molto bene che, per usare il termine tecnico dei jouisseurs, le donne spagnole sono le più «difficili». Ed è curioso aggiungere che lo sono tanto più quanto più si scende dal nord della Spagna al sud, dalla Galizia all’Andalusia. Questo fatto indubitabile che l’andalusa sia una delle donne più frigide che esistano, sconvolge tutte le idee ricevute dalla letteratura romantica e dall’antropologia superficiale. (Chi non voglia perdere tempo deve evitare di spiegare nessuno di questi fenomeni con l’influsso degli arabi, la pressione del cattolicesimo, eccetera. In generale, quelle due cause con cui si è voluto chiarire il fenomeno spagnolo sono praticamente irrilevanti).


Abbiamo insinuato le conseguenze che quella più stretta unione tra anima e corpo porta per il corpo spagnolo. Vediamo ora, brevissimamente, le conseguenze che porta per l’anima.

Io credo che lo spagnolo abbia meno anima del tedesco, o se questo, male inteso, potesse sembrare ingiusto, che l’anima del tedesco è più pura anima. Non ho bisogno di dire che in queste note, essendo comparative, si parla esclusivamente di relatività, di preponderanze, di più e di meno.

Se lasciamo la volontà e l’intellezione allo spirito propriamente tale, l’anima rappresenterà soprattutto la zona delle emozioni e dei desideri. Ebbene, mi ardisco ad affermare che lo spagnolo esercita pochissimo i suoi sentimenti. Propende a non sentire che passioni. Di solito gli mancano le note soavi, eteree dell’affettività, le sfumature e le modulazioni di una ricca gamma sentimentale. A stento conosce altra cosa che il frenesì. Si sente vivere soltanto quando si sente appassionato. In questo somiglia all’uomo antico: la sua fama emotiva si compone soltanto di fiere e di eroi, che vengono a essere come fiere al rovescio.

Ora, nella passione interviene vigorosamente il corpo. Il sentimento ha soltanto una vaga risonanza intracorporea. Nella passione questa risonanza è tanto forte, tanto precisa, che il corpo adotta un atteggiamento muscolare, endocrino e vasomotore tanto energico e inequivoco quanto in un’azione esterna. In questo modo il corpo disegna rigorosamente il profilo dell’emozione; più che disegnarlo, lo scolpisce senza lasciare alcuna vaghezza. Ecco perché quando un tedesco si china su un’anima spagnola ha l’impressione di qualcosa di freddo, rigido, marmoreo. In effetti, la nostra anima non è atmosferica, diffusa, nebulosa, come quella tedesca. Conclude in una linea tanto definita quanto il volto. L’io del tedesco va avvolto nella dolce caligine dei suoi sentimenti fluidi: l’anima spagnola, invece, va come nuda e all’intemperie. Non è musicale come quella tedesca, ma plastica.

E, in effetti, la nostra musica è principalmente musica di danza. Vive, prima di tutto, del ritmo che emana dal muscolo, non della melodia che segue le sinuosità di un molle sentimento. La passione, il frenesì, conducono alla danza e si scaricano da sé in forme quasi ritmiche.

L’«io» tedesco e l’«io» spagnolo partono da due esperienze iniziali, da due impressioni primigenie radicalmente opposte. Quando l’«io» tedesco nasce —voglio dire si desta alla chiarezza— si trova solo nel mondo. L’individuo si trova come rinchiuso dentro di sé, senza contatto «immediato» con nessun’altra cosa. Questa impressione originaria di «isolamento» metafisico decide del suo ulteriore sviluppo. Soltanto il proprio io esiste per lui con evidenza: attorno a esso percepisce, al massimo, un sordo rumore cosmico, come quello del mare che batte gli scogli di un’isola.

Al contrario, lo spagnolo si desta, subito, in una piazza pubblica: è nativamente uomo d’agorà e la sua impressione primordiale ha un carattere sociale. Prima di percepire il suo «io», e con superiore evidenza, gli sono presenti il «tu» e l’«egli». La «solitudine» non sarà per lui una sensazione spontanea; se vuole arrivare a essa dovrà fabbricarsela, conquistarla, e il suo isolamento sarà sempre artificiale e precario.

Inversamente per il tedesco il «tu» e l’«egli» sono sempre relativamente costruzioni, non intuizioni ed evidenze. Deve uscire da sé stesso e dal suo stato nativo per cercare un «altro», invece di trovarlo subito dentro di sé. Questo lo porta a «inventare» l’«altro», l’«alter». E poiché questo è possibile soltanto fingendo un altro io come il nostro, il «tu» tedesco è sempre, relativamente, un «alter ego». Di qui che la perspicacia psicologica pratica non sia un talento tedesco. Di qui che si suole sbagliare in politica, nella conversazione e nel romanzo.

Invece lo spagnolo, quando resta solo, non sa che fare. La vita dentro di sé e con sé stesso gli si presenta con i terribili caratteri di un esilio e di un’amputazione. Lo spagnolo ha poca «intimità».

Sólo sabe de intimidad quien sabe de soledad: son potencias recíprocas. Einsamkeit, Innerlichkeit… Tal vez no haya otras palabras que resuenen más insistentemente a lo largo de la historia alemana. Eckhart, Leibniz, Kant…

Pero huyamos hacia otra cosa.


Lo primero que en el universo encuentra el alemán es su «yo»; lo segundo no es aún el «tú». Es… la naturaleza. Goza de una relativa proximidad con el cosmos impersonal. El español, por el contrario, siente muy poco la naturaleza, por ejemplo, el paisaje. También en este sentido su destino es predominantemente social y antropológico. Como a Sócrates, no le dicen nada los árboles en el campo; sólo los hombres en la ciudad. España ha sido muy pobre en pintura de paisajes y en música descriptiva. El Wandern era desconocido hasta hace muy poco. En cambio el alemán ignora el corso, el paseo donde se va todos los días para verse unos a otros los ciudadanos, para nutrirse de «sociedad».


La psicología comparada debe operar sometiendo a unos mismos reactivos las almas diferentes, por decirlo así, golpeándolas con ciertos objetos para observar el son diferencial con que responden. Sería sugestivo advertir el sonido que el alemán y el español típicos dan cuando se toca su persona con estas cosas que son como las grandes categorías de la vida: Dios, ciencia, Estado, arte, mujer, dinero…

Pero esto requeriría muchas más páginas de las que me es lícito ahora ennegrecer.

La Nación, 2 de mayo de 1926

Only he who knows of solitude knows of intimacy: they are reciprocal powers. Einsamkeit, Innerlichkeit… Perhaps there are no other words that resonate more insistently throughout German history. Eckhart, Leibniz, Kant…

But let us flee toward something else.


The first thing the German encounters in the universe is his «I»; the second is not yet the «thou». It is… nature. He enjoys a relative proximity with the impersonal cosmos. The Spaniard, on the contrary, feels nature very little, the landscape for example. Also in this sense his destiny is predominantly social and anthropological. Like Socrates, the trees in the countryside say nothing to him; only men in the city. Spain has been very poor in landscape painting and in descriptive music. Wandern was unknown until very recently. The German, on the other hand, ignores the corso, the promenade where citizens go every day to see one another, to feed on «society».


Comparative psychology must operate by subjecting the different souls to the same reagents, so to speak, striking them with certain objects to observe the differential sound with which they respond. It would be suggestive to note the sound that the typical German and the typical Spaniard give when their person is touched with these things that are like the great categories of life: God, science, State, art, woman, money…

But this would require many more pages than it is licit for me now to blacken.

La Nación, May 2, 1926

Sa dell’intimità soltanto chi sa della solitudine: sono potenze reciproche. Einsamkeit, Innerlichkeit… Forse non ci sono altre parole che risuonino più insistentemente lungo la storia tedesca. Eckhart, Leibniz, Kant…

Ma fuggiamo verso un’altra cosa.


La prima cosa che nell’universo incontra il tedesco è il suo «io»; la seconda non è ancora il «tu». È… la natura. Gode di una relativa prossimità con il cosmo impersonale. Lo spagnolo, al contrario, sente molto poco la natura, per esempio, il paesaggio. Anche in questo senso il suo destino è prevalentemente sociale e antropologico. Come a Socrate, non gli dicono nulla gli alberi in campagna; soltanto gli uomini in città. La Spagna è stata molto povera in pittura di paesaggi e in musica descrittiva. Il Wandern era sconosciuto fino a pochissimo tempo fa. Invece il tedesco ignora il corso, la passeggiata dove si va tutti i giorni per vedersi a vicenda i cittadini, per nutrirsi di «società».


La psicologia comparata deve operare sottoponendo a degli stessi reagenti le anime differenti, per così dire, colpendole con certi oggetti per osservare il suono differenziale con cui rispondono. Sarebbe suggestivo avvertire il suono che il tedesco e lo spagnolo tipici danno quando si tocca la loro persona con queste cose che sono come le grandi categorie della vita: Dio, scienza, Stato, arte, donna, denaro…

Ma questo richiederebbe molte più pagine di quante mi sia lecito ora annerire.

La Nación, 2 maggio 1926