Abstract

He wants to refresh Spaniards’ perception that the Republic, like it or not, is the historical reality they are in — not a republican theory nor a regime “brought” by anyone: it arose with the spontaneity of a biological phenomenon, and even the monarchists collaborated by standing still. The title casts acceptance of that destiny as love of one’s fate.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Mi artículo anterior se proponía, por lo pronto, una cosa: refrescar en las cabezas de los españoles la visión de la realidad nacional que es la República. Las disputas, combates y deseos particulares sobre si debe ser de este modo o debe ser del otro, e inclusive sobre si no debe ser, han anublado inconcebiblemente las retinas para la sencilla percepción de que la República, quiérase o no se quiera, es la realidad histórica en que ahora se está, que ahora es el pueblo español. Y, naturalmente, no me refiero al hecho de que hoy la forma de gobierno oficial sea la República. Me refiero a aquella realidad efectiva de la vida española actual que está por debajo de toda oficialidad, más allá y enfrente de nuestros deseos, preferencias, disputas e ideas sobre lo que debe ser o no debe ser.

Yo no pido a nadie —entre otras cosas, porque sería ilusorio— que abandone sus «ideas» ni sus «preferencias». Pero, como español, reclamo de él que, sin abandonar sus ideas, salga un rato fuera de ellas para mirar de hito en hito el proceso efectivo de estos últimos años, y, sobre todo, de aquellos meses —resumen de un largo pretérito— que terminaron en el advenimiento de la República.

Pocas veces se habrá producido en la historia un hecho más claro, más trasparente. Se ve hasta el fondo de él, como en un arroyo serrano. La República surgió con la sencillez, plenitud e indeliberación con que se producen los fenómenos biológicos, con que en mayo brotan las hojas por las ramas del olmo y engorda la espiga sobre la caña. La ingenuidad de estas imágenes geórgicas no es inoportuna, porque un pueblo tan campesino como el español suele moverse en la historia dirigido por un instinto vegetal.

No hubo ni siquiera propaganda —entre otras cosas, porque fue materialmente impedida por los Gobiernos. La República, en efecto, no fue «traída» por nadie, sino que sobrevino espontáneamente en los españoles, en todos los españoles, inclusive en los monárquicos. Esto último es lo más característico de un cambio histórico completamente sincero y engendrado por su propia madurez: que colaboran en él inclusive los enemigos. Colaboraron quedándose quietos, paralizados por el convencimiento de que habían perdido toda la razón, que la Monarquía no podía ya justificarse ante el tribunal de nuestra historia. Todos los españoles venían sintiendo que el porvenir podría ser todo lo problemático y azaroso que es siempre el porvenir, pero que, pasase lo que pasase, una cosa era clara: que la Monarquía estaba exhausta como fuerza directora de la nación; que mediante ella no se podía salir a porvenir alguno; que, con ilusión o sin ilusión, el pueblo español no tenía más remedio que constituirse en otra forma más sincera e intentar vivir y hacerse y lograrse ateniéndose a sí mismo, sin tutelas ni antifaces, desnudo ante la intemperie del destino. Ésta fue y ésta es, más allá de toda anécdota, la realidad de la República en España.

Porque la República en España, conste, no significa el triunfo de una «teoría republicana», sino la simple realidad de España puesta al desnudo. La República española no es una República de «republicanos», es decir, de un grupo más o menos numeroso de doctrinarios, beatos de un ideal abstracto de forma de gobierno, que, aprovechando un resquicio del azar, han «colado» su imaginario Régimen en el destino de un país, así como de contrabando, produciendo una interferencia o detención en el desarrollo auténtico de ese destino. Haber dado la falsa impresión de esto ha sido el mayor crimen de los Gobiernos últimos. Recuérdese que la República ha triunfado en España cuando en España había dejado de haber «republicanos» —sea dicho sin molestia alguna para los dos únicos residuos y supervivencias del «republicanismo» que eran el partido radical y el partido federal. Casi todos los hombres representativos del nuevo Régimen se habían declarado republicanos muy poco antes, rigiendo ya la Dictadura. Esto demuestra, con insólito reboso de evidencia, que la República en España no es el triunfo ocasional de una política sostenida por unos señores que se llamaron y se llaman republicanos, sino el resultado ineludible de un profundo pasado; en suma, el destino con que los españoles, todos los españoles, se han encontrado. Y el destino es todo lo contrario de lo que los hombres ponen de sí con sus «ideas», preferencias y deseos; es la realidad inexorable que está ahí, que nos lleva y envuelve, que no hacemos nosotros, sino que, dándonos cuenta o no, la somos.

Por eso serán contra ella tan vanos los actos como las palabras. La realidad no se escamotea, no se ahuyenta con frases ni conjuros, no se exorciza. Viene a nosotros magníficamente imperativa. Y yo quisiera que, por lo menos, todos los jóvenes de España, liberándose de todo confusionismo, viesen bien claro ese destino para que hagan lo único que los hombres de verdad pueden y deben hacer con el destino, que es aceptarlo, y aceptándolo, dominarlo, hacerlo suyo. Esto es lo que los antiguos llamaban amor fati, el amor al sino, el entusiasmo por la tarea que nos es impuesta precisamente porque nos es impuesta y no es un capricho nuestro. La República es el destino que hoy se abre ante los españoles para hacer o rehacer una nación —destino, tal vez, bronco y difícil; pero, a fuer de destino, el único.

Cuando he dicho que no la ha «traído» nadie no pretendo escatimar ni un adarme de reconocimiento al esfuerzo, sacrificio y exposición que un grupo de hombres puso en el advenimiento de la República, y por los cuales, con pleno derecho, les fue entregado el Poder. Lo hicieron muy mal como gobernantes. No insistamos ahora en ello. Lo que he intentado significar es que todos esos esfuerzos particulares, por cuantiosos que fueran, no habrían bastado a traer la República; que ésta vino en todos y por todos. Así, he oído muchas veces a amigos y enemigos atribuir a cierto artículo mío, que terminaba en un Delenda est Monarchia!, no sé cuánta eficacia en el triunfo republicano. Lo he oído y he callado siempre con un silencio que no era otorgamiento. Porque, a mi juicio, la verdad no es que aquel artículo mío haya tenido importancia por contribuir más o menos al advenimiento de la República, sino al revés, porque la República venía por sus propios pies, tuvo importancia, es decir, resonancia simbólica, aquel artículo mío. La cosa es clara como «buenos días».