Abstract

Against the commonplace of Spanish individualism: from the historical record one may only infer that we are not collectivists, not that we are individualists — individualism is a passion for peculiarity, and ours is the race poorest in men of genius and without heterodox thinkers. Following Oliveira Martins, he proposes “cabilismo” or bandism as the middle term: in Europe politics is made with parties gathered around an idea, here with bands gathered around a man.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

¿Somos individualistas? Solemos oír esto frecuentemente: es el tópico máximo de la vanidad española. Frente a las virtudes modestas de otras naciones queremos justificar nuestros vicios dándoles tan noble origen que parezcan mejores que virtudes. Es el individualismo, la más gallarda y elegante virtud: por eso la hemos elegido y embozándonos en ella, como en una capa, intentamos truhanescamente celar con la arrogancia las lacerías interiores.

Si hubiéramos tenido la solicitud de labrar nuestra propia historia, sabríamos hoy a qué atenernos. Pero no hemos guardado la piedad hacia nuestros muertos y hoy se vengan —¡oh, los muertos son seguros vengadores!— quebrando los eslabones de nuestra memoria histórica, la conciencia de nuestra continuidad secular. Y hoy somos hospicianos que no sabemos de fijo quiénes somos.

Lo poco de historia que hemos hecho más bien niega nuestro pretendido individualismo. Cierto que indica el gran desvío de nuestra raza por las acciones lentas colectivas. Pero ¿basta esto para que nos otorguemos el loor de individualistas? Yo creo que de esos datos históricos sólo puede, estrictamente, deducirse que no somos colectivistas, que no amamos la autoridad única, la volonté générale de que habló Rousseau. Mas de esto al individualismo hay un gran trecho. Individualismo es pasión por la peculiaridad, es heroico cultivo de nuestra fisonomía personalísima, de nuestros rasgos genuinos, de nuestra acción señera. Y sobre todo ello, es una raza individualista cuando encierra en sí gran riqueza de motivos, de temas individuales, de nomina singularia. ¡Pobre raza la nuestra, la más pobre en hombres geniales! ¡Raza triste, raza aburrida que de tres siglos acá no pare sino hombres de munición! ¿Podrá llegar nuestra grosería hasta llamar individualista al virote, al jaque? Mientras como ahora, hablemos de negocios humanos no tenemos para qué membrarnos de los antropoides.

Tampoco es individualista un pueblo donde siempre estuvo de moda pensar como los demás, un pueblo sin heterodoxos. En tanto, pues, construimos con la historia las bases de nuestra conciencia étnica, cabrá afirmar que no somos individualistas y que si lo repetimos tenazmente es, precisamente, porque no lo somos y quisiéramos serlo, o al menos parecerlo. Muchas veces las confesiones de los hombres expresan más bien lo que hambrea su deseo que lo poseído y lo gozado. Y conviene interpretarlo así para no engañarse.

No hemos sido amigos de la comunidad; no somos individualistas. ¿Qué somos? Partiendo de analogías en las instituciones indígenas, Oliveira Martins ha propuesto la hipótesis de nuestro origen africano. La vida municipal es idéntica, según tan sabio autor, a la organización de la cabila. Yo ignoro si esto será cierto, pero en esta idea del cabilismo encuentro el término medio entre el espíritu colectivista y el individualista. El cabilismo, aparte de sus productos jurídicos, es como carácter de un pueblo lo que de otra manera llamamos banderismo. En una raza banderista no cuidará cada hombre celosamente de henchir su individualidad, de afirmarla frente a las demás: tampoco amará las instituciones, los intereses, las preocupaciones generales. Formará un bando en torno a un jefe, cuyos intereses defenderá a condición de que coincidan con los propios. La superioridad física o moral del jefe es el centro energético que coagula el bando…

Nobre de «pendão e caldeira» é aquele —dice Oliveira— que pode levantar gente de guerra e possui meios para assoldadar a sua tropa ou «mesnada». El banderismo es la forma de la política africana. En Europa la política se hace con partidos; partido es la agrupación de ciudadanos congregados por una idea política; el más estricto representante y troquelador de esta idea suele ser elegido jefe. Bando, por el contrario, es la agrupación en torno a un hombre por afición hacia ese hombre.

Hace mucho tiempo que meditando sobre los problemas de la fenomenología histórica me había ocurrido todo esto. ¡Y ahora casi me sorprende dolorosamente este Azorín con la comprobación de mis teoremas!

«Se habla —dice— mucho de que las ideas forman y concretan los partidos políticos. Éste es, en gran parte, un error. Los partidos políticos, como las escuelas literarias, los hacen las personas. Un partido político no es una idea: es un hombre».

Aquí tiene el señor lector proclamado el cabilismo político. Los conservadores se obstinan en aparecer como un pintoresco tropel berberisco. No hay libertad conservadora; hay sólo maurismo. No hay libertad progresiva; hay sólo moretismo. Os nomes dos Fuensalida e Cienfuentes, dos Sousas, dos Benaventes, dos Zunigas, dos Guzmans, dos Hevias, dos Carrion, dos Arguelles, dos Bernaldos, são os dos da família política desse Cid que é o tipo genérico do «condottiere» peninsular da Idade Média. As crónicas de Sevilha, de Toledo, de Cádis, do Norte, do Sul, do Centro, do Oriente e do Ocidente da Espanha são testemunhas dessa agitada vida de facções que, reproduzindo o que succedia na parte muçulmana dela, dava lugar, na parte cristã, a singulares e extravagantes fenómenos. Así escribía inocentemente el gran Oliveira Martins.

Tiene razón Azorín: hoy en España no hay partidos políticos, sino bandos, cuadrillas. No hay ideas políticas; aquí se ha reído la gente cuando Costa confesó que, habiendo empezado monárquico un artículo, la lógica le llevó a concluirlo republicano. Larga y doliente tradición tiene el odio y el desdén hacia las ideas en esta tierra de sol, de énfasis y de fatalismo. El señor Azorín hace bien en dirigir sus energías literarias a fomentar los bajos instintos de inercia moral en un público que no tiene otra cosa.

Esa gentil labor, empero, requiere su corrección en toda república armoniosa. Es preciso que nos dediquemos a una labor exegética para cubrir con algunas discreciones las indiscreciones de Azorín.

Sí; vivimos un banderismo pasional, africano; en España hay una sola idea que se repite en los diversos partidos políticos, como un «fa» monótonamente en las octavas de piano. Pero…

El Imparcial, 20 de mayo de 1908