Ortega y Gasset
Abstract
A journalistic piece cast as anticipated reminiscence: an aged Ortega will tell his grandchildren about Antonio Maura, the elegant countryman whose rural metaphors burst into parliamentary speeches, before raising a brief objection to the central idea of his Ateneo address. Not philosophical.
Connections
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Si yo alcanzase la edad en que vivan los hijos de mis hijos, como todos los viejos habré de complacerme alguna vez resucitando el buen tiempo fenecido. La vejez, vista desde dentro, consiste en que se van abriendo en el área del alma multitud de escotillones —como ojales inoclusos de llagas que dieron dolores—; por esos escotillones brincan a lo mejor sobre la escena de la memoria reminiscencias caprichosas, que hacen una pirueta o un gesto nervioso y lejano y vuelven a sumirse bajo la tierra mental. Nada se parece menos a la imagen continua y bien ordenada de la historia, como las memorias que hacen los viejos junto al fuego. No tienen recuerdos históricos, sino personales. Tanto les da acordarse de cierto gabán que les abrigó en un invierno apasionado, como de la destrucción de una monarquía.
Pues bien, si el caso viene, yo hablaré alguna vez a mis nietos de don Antonio Maura, cuyo nombre habrá llegado hasta ellos damasquinado por los años y cubierto de románticas reverberaciones. «¡Maura, hijos míos! —diré yo entonces— ¡Aquéllos sí que eran hombres! ¡Aquéllos sí que eran tiempos!… Maura era la más bella figura de campesino español que podáis imaginar. La tez, encendida por el aire y el sol, triunfaba sobre la plata del cabello; en su fisonomía y su ademán había cierto estilo que podemos calificar de elegancia rural. Fue un político batallador e incansable, pero todos los domingos solía ir al campo, y en medio de los tráfagos parlamentarios, de las inquietudes ministeriales, aprovechaba toda vacación para restaurarse en la montaña o en la vega con su escopeta y su caja de pinturas. Y así como él se curaba de la política con el campo, acontecía que súbitamente, entre dos párrafos de sus discursos donde se hablaba de las más prosaicas materias gubernativas, el campo, el campo que amaba, hacía una irrupción. Una imagen, una metáfora, reveladora de largo trato con el paisaje, se quebraba, como una ampolla esencial, en la atmósfera de la asamblea, derramando su aroma de tomillo y mejorana, trayendo un poco de sol levantino y viento castellano. Así, por ejemplo, una vez que disecaba ante el público la carroña de los partidos decadentes, le ocurrió comparar la arribada de partidarios en torno al jefe, a la “afluencia suelta de las zoritas al palomar”. ¿No os bastan, hijos míos, estas palabras para sentir ante vosotros una florida ladera de Levante, poblada con el verdor de las frondas, punteada acaso con el oro de las naranjas, bajo un cielo turquí que rasga una paloma remando, rauda, sobre el aire? ¡Oh, hijos míos, Maura…! ¡Aquéllos sí que eran tiempos! Entonces sí que tenía mérito vivir… Ahora todo es más fácil, porque sois los nuevos españoles más inteligentes y justos, más enérgicos, más fieles cada cual a sí mismo. No os complacéis en cegaros y en adoptar actitudes violentas y elementales ante cosas y personas. Entonces éramos muy pocos los que aspirábamos a no renunciar a nada sin motivo racional, y nos hallábamos resueltos a gozar las deleitosas metáforas campesinas de don Antonio Maura, y, al propio tiempo, poner algunos reparos serios a sus ideas políticas fundamentales. Los demás, después de oír el discurso o la conferencia en que un hombre entrado en años exprimía su concepción de la vida española, se contentaban con decir que les había parecido bien o les había parecido mal. Un sano instinto de vivir con más finura y plenitud os hace hoy más complejos. En mi tiempo, los españoles propendíamos marcadamente al absurdo. Por eso os digo que tenía entonces más mérito vivir».
De esta manera chochearé yo, si llega la ocasión. Pero en tanto quisiera utilizar la que me ofrece el discurso del señor Maura, en el Ateneo, para oponer una brevísima advertencia a la idea capital de ese discurso, que lo es a la vez de su política. Como no he escuchado la reciente conferencia tengo de ella sólo una impresión de lector.
If I reached the age at which my children’s children live, like all old men I shall have to please myself sometime by resurrecting the good time that has passed. Old age, seen from within, consists in this: that there open in the area of the soul a multitude of trapdoors —like unhealed buttonholes of wounds that gave pains—; through those trapdoors there leap at times onto the scene of memory capricious reminiscences, which make a pirouette or a nervous and distant gesture and sink again beneath the mental earth. Nothing resembles less the continuous and well-ordered image of history than the memories that old men make beside the fire. They have no historical memories, but personal ones. It is all the same to them to remember a certain overcoat that warmed them in a passionate winter, as the destruction of a monarchy.
Well then, if the case comes, I shall sometime speak to my grandchildren of don Antonio Maura, whose name will have reached them damascened by the years and covered with romantic reverberations. «Maura, my children! —I shall say then— Those were men indeed! Those were times indeed!… Maura was the most beautiful figure of a Spanish peasant you can imagine. His complexion, kindled by the air and the sun, triumphed over the silver of his hair; in his physiognomy and his bearing there was a certain style that we may qualify as rural elegance. He was a combative and tireless politician, but every Sunday he used to go to the country, and amid parliamentary bustle, ministerial anxieties, he took advantage of every holiday to restore himself in the mountain or in the plain with his gun and his paint box. And just as he cured himself of politics with the country, so it happened that suddenly, between two paragraphs of his speeches where the most prosaic governmental matters were spoken of, the country, the country he loved, made an irruption. An image, a metaphor, revealing a long acquaintance with the landscape, broke, like an essential phial, in the atmosphere of the assembly, spilling its aroma of thyme and marjoram, bringing a little Levantine sun and Castilian wind. Thus, for example, once when he was dissecting before the public the carrion of the decadent parties, it happened that he compared the arrival of partisans around the chief to the “loose influx of the zoritas to the dovecote”. Are not these words enough, my children, for you to feel before you a blossoming Levante hillside, peopled with the green of foliage, dotted perhaps with the gold of oranges, under a sky of deep blue that a dove tears, rowing, swift, upon the air? Oh, my children, Maura…! Those were times indeed! Then indeed it had merit to live… Now everything is easier, because you are the new Spaniards, more intelligent and just, more energetic, each more faithful to himself. You do not take pleasure in blinding yourselves and in adopting violent and elementary attitudes before things and persons. Then we were very few who aspired to renounce nothing without rational motive, and we found ourselves resolved to enjoy the delightful rustic metaphors of don Antonio Maura and, at the same time, to raise some serious objections to his fundamental political ideas. The others, after hearing the speech or lecture in which a man advanced in years squeezed out his conception of Spanish life, were content to say that it had seemed good to them or had seemed bad to them. A sound instinct of living with more fineness and plenitude makes you today more complex. In my time, we Spaniards tended markedly toward the absurd. That is why I tell you that then it had more merit to live».
In this manner I shall dote, if the occasion arrives. But in the meantime I should like to use the one that Mr. Maura’s speech at the Ateneo offers me, to oppose a very brief warning to the capital idea of that speech, which is at the same time that of his politics. Since I have not heard the recent lecture, I have of it only a reader’s impression.
Se io raggiungessi l’età in cui vivono i figli dei miei figli, come tutti i vecchi dovrò compiacermi qualche volta risuscitando il buon tempo passato. La vecchiaia, vista da dentro, consiste in questo: che si vanno aprendo nell’area dell’anima moltitudine di botole —come occhielli non richiusi di piaghe che diedero dolori—; per quelle botole balzano a volte sulla scena della memoria reminiscenze capricciose, che fanno una piroetta o un gesto nervoso e lontano e tornano a sprofondarsi sotto la terra mentale. Nulla assomiglia meno all’immagine continua e ben ordinata della storia, come le memorie che fanno i vecchi accanto al fuoco. Non hanno ricordi storici, ma personali. Tanto gli fa ricordarsi di un certo pastrano che li riparò in un inverno appassionato, come della distruzione di una monarchia.
Ebbene, se il caso viene, io parlerò qualche volta ai miei nipoti di don Antonio Maura, il cui nome sarà giunto fino a loro damaschinato dagli anni e coperto di romantiche riverberazioni. «Maura, figli miei! —dirò io allora— Quelli sì che erano uomini! Quelli sì che erano tempi!… Maura era la più bella figura di contadino spagnolo che possiate immaginare. La carnagione, accesa dall’aria e dal sole, trionfava sull’argento dei capelli; nella sua fisionomia e nel suo portamento c’era un certo stile che possiamo qualificare come eleganza rurale. Fu un politico battagliero e instancabile, ma tutte le domeniche soleva andare in campagna, e in mezzo ai traffici parlamentari, alle inquietudini ministeriali, approfittava di ogni vacanza per ristorarsi in montagna o nella pianura col suo fucile e la sua scatola di colori. E così come lui si curava della politica con la campagna, accadeva che improvvisamente, tra due paragrafi dei suoi discorsi dove si parlava delle più prosaiche materie governative, la campagna, la campagna che amava, facesse irruzione. Un’immagine, una metafora, rivelatrice di lungo tratto col paesaggio, si spezzava, come un’ampolla essenziale, nell’atmosfera dell’assemblea, spargendo il suo aroma di timo e maggiorana, portando un po’ di sole levantino e vento castigliano. Così, per esempio, una volta che dissezionava dinanzi al pubblico la carogna dei partiti decadenti, gli accadde di paragonare l’arrivo dei partigiani attorno al capo, all‘“affluenza sciolta delle zorite alla colombaia”. Non vi bastano, figli miei, queste parole per sentire dinanzi a voi una fiorita costa di Levante, popolata del verde delle fronde, punteggiata magari con l’oro delle arance, sotto un cielo turchino che lacera una colomba remando, rapida, sull’aria? Oh, figli miei, Maura…! Quelli sì che erano tempi! Allora sì che aveva merito vivere… Ora tutto è più facile, perché siete i nuovi spagnoli più intelligenti e giusti, più energici, più fedeli ciascuno a sé stesso. Non vi compiacete nell’accecarvi e nell’adottare atteggiamenti violenti ed elementari dinanzi a cose e persone. Allora eravamo molto pochi quelli che aspiravamo a non rinunciare a nulla senza motivo razionale, e ci trovavamo risoluti a godere le deliziose metafore campestri di don Antonio Maura e, al tempo stesso, a muovere alcuni seri appunti alle sue idee politiche fondamentali. Gli altri, dopo aver ascoltato il discorso o la conferenza in cui un uomo in là con gli anni spremeva la sua concezione della vita spagnola, si contentavano di dire che era parso loro bene o era parso loro male. Un sano istinto di vivere con più finezza e pienezza vi fa oggi più complessi. Ai miei tempi, gli spagnoli propendevamo marcatamente all’assurdo. Per questo vi dico che allora aveva più merito vivere».
In questa maniera farneticherò io, se arriva l’occasione. Ma intanto vorrei utilizzare quella che mi offre il discorso del signor Maura, all’Ateneo, per opporre un brevissimo avvertimento all’idea capitale di quel discorso, che lo è a la volta della sua politica. Poiché non ho ascoltato la recente conferenza, ho di essa soltanto un’impressione di lettore.