Abstract
On the Italian war in Tripoli: it is no more unjust than others, but it is peculiarly repellent because waged without a decent mask and with national unanimity, which reveals in a people’s sincere depths the capacity to commit it. He then dwells on censorship and on the duality of public and private truth: official truth is constitutively a prudent administration of falsehood.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Merece la pena de que atendamos los españoles a las aventuras de los italianos en Trípoli. No tanto por ellas mismas, que carecen, en absoluto, de interés, sino por el efecto que los gestos de los italianos producen en el resto de Europa. ¡Son tan hermanos nuestros! ¡Nos parecemos tanto!
Este pueblo, gestero por excelencia, se ha colocado en pocas semanas en una situación deplorable. Por lo pronto, la declaración de guerra ha levantado en todas partes un grito unánime de indignación. Pues qué, ¿es verdaderamente esta guerra más injusta que otras muchas? ¿Es más injusta que la anexión francesa de Marruecos, que la inglesa del Transvaal? La guerra misma perpetuamente en inminencia entre Francia y Alemania, de haber estallado, ¿no hubiera sido igualmente injusta?
Y, sin embargo, se oye sólo una voz de universal indignación precisamente contra esa menuda agresión de los italianos a un rincón turco del Mediterráneo.
A mí me parece esta guerra, poco más o poco menos, como todas las que han venido luego de cerrada la era de las santas guerras nacionales. Y, sin embargo, no puedo menos de reconocer que en esta acción de Italia ha habido algo peculiar, peculiarmente antipático. Ha habido un cinismo, un descuido de dar a la brutal empresa máscara decente. Ha habido, sobre todo, que la guerra no ha sido movida tristemente, a despecho del alma integral, por ambición de unos cuantos capitales, que allí, como dondequiera, son el gobierno pasivo, mientras el gobierno aparente se contenta con ejercer la labor negativa de mantener el orden público. Ha habido unanimidad nacional, exaltación, entusiasmo redundante, aquella concentración de las energías espirituales de un pueblo a que sólo llega éste cuando va a dar un paso decisivo en su historia, cuando va a cumplir una alta misión que destinos dolorosos le imponen. Esto pienso que es lo que da un color nuevo a la acción italiana, que por sí misma no es mejor ni peor que cualquiera otra guerra de las usadas. Aparece responsable todo un pueblo. Y como el acto es indelicado, egoísta, injustificado, y el enemigo es débil, nos indigna descubrir en el fondo sincero de toda una raza la capacidad de cometerlo. Con un pueblo que quiere plenamente una acción como ésta, no se puede contar para el porvenir de la cultura.
Y lo peor ha sido que los sucesos en el escenario de la guerra han seguido manifestando que el carácter italiano necesita una profunda reforma.
Desde el comienzo de las operaciones no ha cesado la fanfarronada. El día 7 del corriente, por ejemplo, se celebraba solemnemente en Trípoli la anexión del territorio a la Corona, y pocas horas después volaban sobre la ciudad las granadas turcas. El gobierno ejerce de tal guisa la censura, que algunos corresponsales se han alejado del lugar de las operaciones. En cambio, el gobierno deja —tal vez hace más que dejar— que los corresponsales italianos inunden Italia y aspiren a inundar el mundo de noticias falsas.
Esto último merece un comentario particular, porque plantea una cuestión de orden general. Es cierto que los gobiernos tienen derecho a una porción congrua de mentiras. Por desdicha, existen dos verdades perennemente en el mundo. No me refiero a aquella duplicidad genuina de los hombres medioevales que admitían la coexistencia de la verdad teológica y la verdad científica, aunque fuesen contradictorias. Ahora se trata de la verdad pública y la verdad privada.
La verdad privada suele ser la verdad pura y simple: luego, al elevarse esa verdad privada a noticia social, al apoderarse de ella la colectividad, como ésta tiene un mecanismo espiritual muy distinto del del individuo —distintas aspiraciones e intereses, distinto régimen reflejo, órganos sensoriales distintos—, sufre una transformación tal que resulta, a la vez que verdad pública, mentira privada. Hasta el punto de que la verdad oficial es constitutivamente una administración prudente de la falsedad, y no puede ser otra cosa ni es de desear que sea otra cosa, por lo menos dentro de la era presente. Una sociedad, mejor aún, un pueblo que en cuanto colectividad quisiera regirse conforme a la verdad estricta que usa el nombre privado, fenecería al punto.
El viejo decir: «Miente más que la gaceta», resulta hoy mucho más significativo que cuando comenzó a correr por el mundo. Entonces, gaceta era todo periódico, y los periódicos por mucho que mientan, no traspasan la condición de modestísimos embusteros particulares, que pagan a su tiempo los minúsculos infundios propagados. Pero la Gaceta es el infundio verdadero, el infundio absoluto, el infundio transformado en verdad constituyente. Y repito que no puede ser de otra manera. Bueno fuera que la vida nacional, cuya fisiología es enormemente más lenta que la del individuo, anduviera atenida a las modificaciones continuas de la verdad privada. Bueno fuera que la masa torpe de un Ejército en pie de guerra estuviera a merced de las emociones que una verdad momentánea trae y lleva.
La fable convenue es necesaria. Sobre la variedad fugitiva e innumerable de las verdades privadas constituye la sociedad una serie admirabilísima de convenciones que son siempre mentiras muy gordas. Después de todo, no hace en esto sino imitar al individuo mismo. El individuo es un pequeño Estado ambulante: cada uno de nosotros es una colonia de apetitos, de opiniones, de dudas y creencias, de olvidos y recuerdos. Cada uno de estos estados de ánimo aspira a constituirse en personalidad, pretende que su verdad privada sea la verdad normal de nuestra acción en la vida. Buena se armaría si lo lograran: el carácter individual se desintegraría cada día; cada hora seríamos otra persona distinta: no habría amistad, ni amor, ni producción intelectual; porque estas tres cosas suponen una génesis lenta y continuada. Ciertamente que seríamos sinceros: diríamos la verdad en cada momento. Esta sinceridad es la de los locos y los niños, que, según el viejo decir, son los que dicen la verdad. El hombre cuerdo renuncia a esa sinceridad incontinente, y sobre ella, zurciendo unas con otras las verdades de cada instante, trayéndolas a compromiso, reprimiendo buena parte, reforzando algunas, construye ese caparazón espiritual, ese dermatoesqueleto psicológico de la discreción, en que envolvemos nuestro salvajismo interior. Somos hombres discretos, aptos para la vida de relación, merced a una serie de fábulas establecidas en convención con nosotros mismos. Una cosa muy parecida es lo que llamamos discreción gubernamental.
Pero ¡ahí está la dificultad! Esa verdad ficticia tiene su régimen y sus condiciones, en virtud de los cuales se eleva a verdad oficial, pública e histórica. Cuando se falta a ellas, cuando se saltan los límites concedidos a la falsificación social, aparece el pueblo entero en una tristísima postura. Y esto ha ocurrido a Italia. Y esto es, en general, característico de los pueblos del Sur comparados con los del Norte.
Yo no sé hallar una palabra adecuada con qué expresar el efecto que producen los gestos extremados de Italia sobre Trípoli sin ventura. Aquellas grandes voces bravas al declarar la guerra, aquel delirio de la muchedumbre al despedir en los puertos las tropas, aquellas fantásticas descripciones de la Tripolitania que llenaban las planas de los diarios —y luego noticias de épicas victorias, expulsión de algunos corresponsales imparciales—, y luego, el 23 de octubre, la derrota, el levantamiento de los árabes y un pánico omnímodo que se adueña del Ejército íntegro, desde el general al último soldado, y escenas de barbarie horripilante, fusilamiento de mujeres y niños, etcétera —y luego… resulta que nada de esto es cierto, que todo han sido victorias, que todo ha sido trato blando por parte de los italianos, que las noticias extranjeras son absolutamente falsas… Se da el caso de que los telegramas italianos triplican invariablemente las bajas enemigas y dividen por tres las propias, hasta el punto de que al hilo de ellos es imposible seguir la historia de la guerra.
¿Cómo llamar todo esto? Hay una frase vulgar —y con ella rindo en pocos párrafos homenaje a tres tópicos— que dice: «Fulano ha perdido la cabeza», o «se ha liado la manta a la cabeza». El señor Cejador sabrá con exactitud lo que esto significa. A mí me basta con interpretar esas frases en el sentido de que se ha perdido la discreción. Los italianos han perdido la cabeza. Ante los hechos que sobrevenían han reaccionado indiscretamente, irreflexivamente, y la postura resultante carece de dignidad.
La palabra es dura, y yo quisiera que no se la tomara en su significación vulgar. Pero es eso, es eso y no otra cosa lo que distingue a las grandes naciones reflexivas de las pequeñas razas histéricas del Sur. Inglaterra, Alemania, Francia no pierden la cabeza. ¡Qué casualidad!
Y otras naciones, como ahora Italia, parece como si sólo aguardaran un pretexto para desentenderse de su propia testa, como si se hallaran más a gusto sin ese utensilio capital. Y la anexión simplicísima de un par de kilómetros o unas míseras huelgas o cualquier otra cosa basta para que éste se líe la manta a la cabeza y el otro líe la cabeza en la manta, y ambos pierdan la cabeza y pierdan la manta. Y mañana será otro día —que dice un cuarto tópico. Y no mañaneamos nunca —que dice un clásico español.
El Imparcial, 1 de diciembre de 1911