Abstract
A political article on the granting of the dissolution decree to Dato: any majority would be born tainted, made to vote a railway tariff law. It includes a mock address to the Crown arguing that the monarchy’s power has grown not through its own strength but through the collapse of the other institutions.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Esta vez ha sonado en el zaguán
Sólo que no es la voz del comendador petrefacto, sino la del propio Don Juan. Desde Sevilla envía don Juan de La Cierva al zaguán la siguiente antífona: «El Gobierno prepara una mayoría para ofrecerla a las Compañías ferroviarias». Pocas veces habrá sido expresado un concepto tan grave como éste por un político gubernamental: acaso nunca por un político de la derecha. La institución parlamentaria servida como postre en un banquete de financieros es una imagen truculenta que dibuja perfectamente la ignominia de esta hora.
El señor Dato, recomendando al Monarca que le cediese el decreto de disolución en medio de las pavanas de Llodio, ha causado un grave daño a la Corona, sobre el que va a traer para la nación toda.
Si no consigue una suficiente mayoría, el Monarca se verá nuevamente condenado a resolver cada ocho días crisis intrincadísimas. Si la consigue, la mayoría nacerá mancillada porque ha sido hecha para votar una ley de tarifas, cuya letra aún se ignora, pero cuyo espíritu conoce y detesta de antemano la opinión pública entera. El señor Dato es responsable de que el decreto de disolución, la esencial prerrogativa de la Corona, haya venido a deslizarse por la taquilla de una estación de ferrocarril.
Si el señor Dato fuese más monárquico de lo que parece, habría aconsejado al Rey, de cuyos actos es responsable, en forma muy diferente a la que ha usado.
«Señor, —hubiera podido respetuosamente decir— la situación que el anquilosamiento de las demás instituciones ha creado a la real es sobremanera delicada. El desprestigio de los partidos políticos, la inercia del sufragio universal, la oxidación de la máquina parlamentaria que esa inercia ha producido, la falta de fe en los Tribunales de justicia, son causa de que todo el Poder público, repartido por la Constitución, venga hoy a resumirse en la Corona. Todo depende de ella: sin su voluntad, se ve obligada a comportarse como una Monarquía absoluta, hasta el punto de que, si se resistiese a ejercer ese poder ilimitado, la vida pública de España, que marcha sobre esa sola rueda, se detendría. Ésta es la pura y leal verdad. Pero ella trae consigo otra verdad, no menos pura, leal y digna de ser serenamente meditada.
»Si el plus de poder que hoy está en manos del Monarca tuviese su origen en un crecimiento parejo de la fuerza positiva social que la institución monárquica goza, no habría peligro en el ejercicio de aquél. Pero sólo una adulación insana puede sostener tal cosa. Si hoy tiene la Monarquía más poder efectivo que ayer, no es porque haya crecido su fuerza, sino porque ha menguado la de las demás instituciones. Lejos, pues, de originarse en una mayor concentración de las energías sociales, es, precisamente, el síntoma del caos político en que vamos cayendo. La consecuencia grave de todo ello es ésta: que la Monarquía se ve hoy forzada a ejercer un poder mayor que el de ayer, sin tener más fuerza propia que la que ayer tenía. Esto es, Señor, lo que piensan todos los ciudadanos que, elevándose sobre sus propias pasiones, tratan de ver claro en el estado actual de España. Debilitadas hasta la consunción las demás instituciones, no ha transmigrado a la Monarquía el prestigio de ellas, porque no lo tenían: han transmigrado sólo el oficio y la responsabilidad.
»En fin, como yo llevo en mi programa una ley de tarifas ferroviarias y he declarado ante el Congreso mis intimidades con las Compañías, yo aconsejo a la Corona, que conceda el decreto de disolución a un hombre vecino de algún pueblo por donde no pase el ferrocarril. Mi lealtad monárquica me inspira esta recomendación».
Como el señor Dato, consejero responsable, ha dicho próximamente lo contrario de cuanto expresan los anteriores párrafos, ha dado ocasión para que el señor La Cierva desde Sevilla grite: «Con el decreto de disolución se va a fabricar una mayoría para las Compañías ferroviarias».
No creemos que la Corona agradezca mañana el servicio que el señor Dato le ha prestado. El tiempo, que es tan galantuomo, según Mazzarino, se encargará de hacérnoslo saber.
Resueltos a practicar la más acendrada mansedumbre, hay, sin embargo, una cosa por la que no quisiéramos pasar, y es ella la intención que el señor Dato va mostrando de tener por mentecatos a los españoles.
El reciente decreto sobre material ferroviario adopta, ante las peticiones de las Empresas, una actitud estrictamente inversa de la que el señor Dato hasta ahora había mantenido, y perfectamente identificada con la que nosotros, y con nosotros la opinión casi integral, habíamos sustentado. Debíamos, pues, aplaudir al señor Dato y cejar en nuestra campaña contra el abusivo aumento de las tarifas.
Pero no somos tan tontos como el señor Dato supone. Previendo este excelente personaje que, según el señor La Cierva anunció, la batalla electoral va, en grande parte, a librarse sobre el asunto de las tarifas, se apresura a lanzar un decreto sumamente duro contra las Compañías de ferrocarriles. De esta manera pretende detener al enemigo antes de las elecciones y facilitar el triunfo del Gobierno en ellas. Creada la mayoría, aparecerá ante las Cortes un proyecto de ley con una solución completa al urgente problema ferroviario. En esa ley será anulado, vuelto del revés, el decreto de ahora, y la mayoría la aprobará.
Ya ve el presidente que no somos tan tontos como él supone. Con uno u otro rodeo, el señor Dato depositará el decreto de disolución en la taquilla ferroviaria.
Publicado sin firma, El Sol, 20 de octubre de 1920