Ortega y Gasset

Abstract

Ideals, always unmet, are a characteristic reality of each epoch, but he suspects they serve as an imaginary second storey where great attitudes can be acted out: those who believe they have a “mission” often compensate thereby for unfitness for their primary destiny. He illustrates with the fifteenth-century chivalric ideal, citing Huizinga’s Autumn of the Middle Ages and a poem by Jean de Beaumont.

Connections

Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Estos ideales, siempre incumplidos, son, a la postre, una de las realidades características de cada época, uno de los brotes que da en ella la planta humana. Y, a veces, cuando estamos sumidos en la contemplación de un siglo viejo y advertimos la constancia con que se falta a las normas mismas que a toda hora hallamos en él proclamadas, no podemos reprimir la sospecha de si esta gran monserga de sus ideales no tendrá más fin que hacer posible una doble vida ficticia, retórica, que da lugar a una embriaguez y un enardecimiento artificiales, que permitirnos hacer grandes gestos. ¡Uno ha visto tantos hombres que de buena fe necesitan, además de su destino real, dar a su vida una especie de segundo piso imaginario donde poder representar una comedia de grandes actitudes y hacer cuadros plásticos de virtud, de ascetismo, de sacrificio!

A este linaje pertenecen todos aquellos que se creen con una «misión» —salvar la política de un pueblo, reformar la sociedad, mantener la pureza del arte. Se trata, casi siempre, de individuos que sienten confusamente su falta de aptitudes para el destino primario y efectivo en que cayeron y han menester de ese otro vago y caprichoso oficio para fingirse una compensación. Así, el escritor de poco talento —algún día quisiera desarrollar este terrible, trágico tema: «el escritor sin talento»— tenderá a convencerse a sí mismo y a los demás de que escribir no es tener ideas, imágenes, gracia, amenidad, música verbal, etc…, sino defender el socialismo o combatir por la libertad. ¡Qué sería, en efecto, del pobre hombre si no creyese tal cosa! Porque defender el socialismo o combatir por la libertad son cosas muy fáciles; tener ideas, en cambio, cosa tan difícil que no le ha acontecido nunca.

Esta función compensatoria que ejercen los ideales es más frecuente de lo que parece. El hombre aspira, mediante ellos, a equilibrar el déficit de su destino real, y precisamente porque no es fuerte ni sano ensaya frente al espejo gestos de atlética virtud. Yo confieso que la virtud y la «misión» me parecen insoportables cuando no avergüenzan a quien las posee hasta el punto de que se esfuerce a toda hora en ocultarlas y camuflarlas con las máscaras antagónicas.

Este carácter ficticio de alto juego o sublime deporte que suelen poseer los ideales, se va revelando poco a poco, conforme la época avanza hacia su consunción. Así acaeció con el ideal caballeresco. Nunca se extremó más el desplante, la retórica y el escenario de la «caballería» tanto como en el siglo XV y fines del XIV, precisamente cuando la realidad social estaba ya constituida en otra forma incompatible con aquellas gesticulaciones. A veces, en los escritores que más ensalzan las normas caballerescas, que se derriten hablando de torneos y servicio a las damas, de cruzadas contra el infiel y pasos de honra, sorprendemos la mueca burlona. «La última parte de la Edad Media es uno de esos períodos finales en que la vida de las clases superiores se ha convertido casi por completo en un juego de sociedad. La realidad es áspera, dura y cruel; por lo mismo se derrama sobre ella la bella ensoñación del ideal caballeresco, y encima de éste se construye una gran fantasmagoría. Se quiere representar la vida bajo la máscara del «Lanceloto». Se trata de una monstruosa y deliberada ilusión, cuya urgente falsedad sólo puede soportarse merced a una tenue sorna que contrapesa en el individuo su propia mentira. En toda la cultura caballeresca del siglo XV reina un equilibrio inestable entre el sentimiento serio que sirve al ideal y una leve burla». (El otoño de la Edad Media, por J. Huizinga, 1924).

Así en un poema de Jean de Beaumont:

Cuando estamos en las tabernas, los fuertes vinos bebiendo,

y las damas a nuestra vera, que nos están mirando,

pulidas las gargantas, con sus collares seduciendo,

con ojos brillantes de belleza sonriendo,

nos empuja natura a tener corazón combatiente…

Entonces vencemos a Yaumont y Agoulant,

y otros, por su parte, vencen a Oliverio y Rolando.

Mas cuando estamos en los campos sobre nuestros corceles cabalgando,

los escudos al cuello, las lanzas bajando,

y la grande escarcha nos va del todo congelando;

cuando los miembros desfallecen, atrás y adelante,

y los enemigos contra nosotros se van arrimando.

Adonc vorrièmes estre en un chélier (cueva) si grant

que jamais ne fussions veu tant ne quant.

Pero justamente esta duda y sospecha respecto al propio ideal lleva a exagerarlo, y es la razón para sus manifestaciones más barrocas. Así se complacerán al leer que, si no recuerdo mal, Guillermo de Orange recibe y da en una justa tantos golpes, que no puede quitarse el yelmo y tiene que ir corriendo a casa de un herrero, poner la cabeza en el yunque y aguantar buena copia de martillazos. O bien las historias de la camisa que narra un trovador belga. Una dama envía sucesivamente a sus tres enamorados una camisa suya, a fin de que la lleven al torneo sin coraza alguna. Sólo el tercero acepta la dura prueba: queda herido y la camisa empapada en sangre. Heroísmo tal es pagado con el amor de la dama; pero el amante exige entonces reciprocidad en el sacrificio y solicita de la dama que lleve puesta la camisa, bermeja como está, a la fiesta preparada para después del torneo.

IX

IDEAS DE LOS CASTILLOS: LOS CRIADOS

Los escritores de la ortodoxia democrática sienten sonrojo cuando leen que Cervantes se denominaba a sí mismo «criado» del conde de Lemos. Con la falta de sentido histórico que les es natural, creen ver tras ese vocablo la humillación y el envilecimiento de su gremio. Y, sin embargo, en esa expresión cervantina repercute aún, con débil y lejano son, el sentido de una de las instituciones más bellas y más nobles ideadas en los castillos.

Hoy la palabra «criado» es incomprensible. Su significación etimológica —«ser criado por alguien»— no tiene nada que ver con su valor usual —«ser criado de alguien». A lo sumo persiste entre ambas cosas el único nexo de suponerse que quien sirve a alguien es alimentado por éste. Se interpreta el «servicio» prestado como trabajo rendido, y la sustentación, como el pago de ese trabajo, como soldada.

Pocas veces se muestra tan claramente la imposibilidad de aislar un hecho humano de todos los demás con quienes convive en una época y la dan su matiz peculiar. Porque, en efecto, los «criados» medievales «servían» a sus señores como los contemporáneos, y no obstante, idénticos actos de servicio tienen sentido diversísimo en ambas edades.

En nuestro tiempo, servir un hombre a otro es una operación inferior, en cierta manera denigrante. Se comprende que así sea, porque en nuestro tiempo reina la fábula convenida de que todos somos iguales. Como servir implica supeditación y es una actividad que moralmente se ejerce de abajo arriba, servir equivale a romper el nivel de igualdad degradándose por sumersión bajo él. Pero imaginemos un momento el supuesto contrario: que los hombres son constitutivamente desiguales, que unos valen y son más que otros. Entonces toda aproximación del que vale menos al que vale más será un beneficio para aquél; será, en rigor, una ascensión en la jerarquía. Ahora bien: la forma orgánica y no meramente casual de esa aproximación es el servicio. Servir será, pues, la forma de convivencia en que el inferior participa de las excelencias anejas al superior. He aquí por qué honda razón en la Edad Media el servicio ennoblece en vez de denigrar, y es un medio elevatorio en el sistema de rangos humanos.

These ideals, always unfulfilled, are, in the end, one of the characteristic realities of each epoch, one of the shoots that in it the human plant gives. And, at times, when we are sunk in the contemplation of an old century and notice the constancy with which the very norms that at every hour we find proclaimed in it are failed, we cannot repress the suspicion whether this great rigmarole of its ideals will not have any other end than making possible a double fictitious, rhetorical life, which gives place to an artificial intoxication and ardour, which allow us to make great gestures. One has seen so many men who in good faith need, besides their real destiny, to give their life a sort of second imaginary floor where they can act out a comedy of great attitudes and make plastic pictures of virtue, of asceticism, of sacrifice!

To this lineage belong all those who believe themselves to have a «mission» —to save the politics of a people, to reform society, to maintain the purity of art. It is a question, almost always, of individuals who confusedly feel their lack of aptitude for the primary and effective destiny in which they fell and have need of that other vague and capricious office to feign a compensation. Thus, the writer of little talent —some day I should like to develop this terrible, tragic theme: «the writer without talent»— will tend to convince himself and others that writing is not having ideas, images, grace, amenity, verbal music, etc…, but defending socialism or fighting for liberty. What would, in effect, become of the poor man if he did not believe such a thing! Because defending socialism or fighting for liberty are very easy things; having ideas, on the other hand, a thing so difficult that it has never happened to him.

This compensatory function that ideals exercise is more frequent than it seems. Man aspires, by means of them, to balance the deficit of his real destiny, and precisely because he is not strong nor healthy tries before the mirror gestures of athletic virtue. I confess that virtue and the «mission» seem to me unbearable when they do not shame whoever possesses them to the point that he strives at every hour to hide them and camouflage them with the antagonistic masks.

This fictitious character of high play or sublime sport that ideals usually possess is gradually revealing itself, as the epoch advances toward its consumption. So it happened with the chivalric ideal. Never was the swagger, the rhetoric and the staging of «chivalry» more carried to the extreme than in the fifteenth century and the end of the fourteenth, precisely when social reality was already constituted in another form incompatible with those gesticulations. At times, in the writers who most extol the chivalric norms, who melt speaking of tournaments and service to the ladies, of crusades against the infidel and passes of honour, we surprise the mocking grimace. «The last part of the Middle Ages is one of those final periods in which the life of the upper classes has become almost completely a society game. Reality is harsh, hard and cruel; for that very reason over it is poured the beautiful daydream of the chivalric ideal, and on top of this a great phantasmagoria is built. Life is wanted to be represented under the mask of “Lancelot”. It is a question of a monstrous and deliberate illusion, whose urgent falsity can only be borne thanks to a tenuous derision that counterbalances in the individual his own lie. In all the chivalric culture of the fifteenth century there reigns an unstable equilibrium between the serious sentiment that serves the ideal and a light mockery». (The Autumn of the Middle Ages, by J. Huizinga, 1924).

Thus in a poem by Jean de Beaumont:

When we are in the taverns, the strong wines drinking,

and the ladies at our side, who are looking at us,

polished the throats, with their necklaces seducing,

with eyes bright with beauty smiling,

nature urges us to have a combative heart…

Then we conquer Yaumont and Agoulant,

and others, for their part, conquer Oliver and Roland.

But when we are in the fields on our coursers riding,

the shields at neck, the lances lowering,

and the great frost goes freezing us all over;

when the limbs fail, backward and forward,

and the enemies against us come pressing.

Adonc vorrièmes estre en un chélier (cueva) si grant

que jamais ne fussions veu tant ne quant.

But precisely this doubt and suspicion regarding one’s own ideal leads to exaggerate it, and it is the reason for its most baroque manifestations. Thus they will take pleasure in reading that, if I remember not wrongly, William of Orange receives and gives in a joust so many blows, that he cannot take off his helmet and has to run to a blacksmith’s house, put his head on the anvil and endure a good many hammerings. Or else the stories of the shirt that a Belgian troubadour narrates. A lady sends successively to her three suitors one of her shirts, so that they may carry it to the tournament without any armour. Only the third accepts the hard trial: he remains wounded and the shirt soaked in blood. Such heroism is paid with the lady’s love; but the lover then demands reciprocity in the sacrifice and solicits of the lady that she wear the shirt, red as it is, at the feast prepared for after the tournament.

IX

IDEAS OF THE CASTLES: THE SERVANTS

The writers of democratic orthodoxy feel a blush when they read that Cervantes called himself a «servant» of the count of Lemos. With the lack of historical sense that is natural to them, they believe they see behind that word the humiliation and the vilification of their guild. And, nevertheless, in that Cervantine expression there still reverberates, with a weak and distant sound, the meaning of one of the most beautiful and most noble institutions devised in the castles.

Today the word «servant» is incomprehensible. Its etymological signification —«to be raised by someone»— has nothing to do with its usual value —«to be servant of someone». At most there persists between the two things the sole nexus of supposing that whoever serves someone is fed by him. The «service» rendered is interpreted as work given, and the sustenance, as the payment of that work, as wages.

Seldom is shown so clearly the impossibility of isolating a human fact from all the others with which it lives together in an epoch and give it its peculiar tint. Because, in effect, the medieval «servants» «served» their lords as the contemporaries, and notwithstanding, identical acts of service have most diverse meaning in the two ages.

In our time, a man serving another is an inferior operation, in a certain way denigrating. It is understood that it should be so, because in our time there reigns the agreed fable that we are all equal. Since serving implies subordination and is an activity that morally is exercised from bottom to top, serving amounts to breaking the level of equality degrading oneself by submersion under it. But let us imagine a moment the contrary supposition: that men are constitutively unequal, that some are worth more and are more than others. Then every approximation of the one who is worth less to the one who is worth more will be a benefit for the former; it will be, strictly, an ascent in the hierarchy. Now: the organic and not merely casual form of that approximation is service. Serving will be, then, the form of coexistence in which the inferior participates in the excellences attached to the superior. Behold here why deep reason in the Middle Ages service ennobles instead of denigrating, and is an elevating means in the system of human ranks.

Questi ideali, sempre inadempiuti, sono, in fin dei conti, una delle realtà caratteristiche di ogni epoca, uno dei germogli che in essa dà la pianta umana. E, a volte, quando siamo immersi nella contemplazione di un secolo vecchio e avvertiamo la costanza con cui si manca alle norme stesse che a ogni ora troviamo in esso proclamate, non possiamo reprimere il sospetto se questa gran tiritera dei suoi ideali non avrà altro fine che rendere possibile una doppia vita fittizia, retorica, che dà luogo a un’ebbrezza e a un inardimento artificiali, che permetterci di fare grandi gesti. Uno ha visto tanti uomini che di buona fede hanno bisogno, oltre che del loro destino reale, di dare alla loro vita una specie di secondo piano immaginario dove poter rappresentare una commedia di grandi attitudini e fare quadri plastici di virtù, di ascetismo, di sacrificio!

A questo lignaggio appartengono tutti coloro che si credono con una «missione» —salvare la politica di un popolo, riformare la società, mantenere la purezza dell’arte. Si tratta, quasi sempre, di individui che sentono confusamente la loro mancanza di attitudini per il destino primario ed effettivo in cui caddero e hanno bisogno di quell’altro vago e capriccioso officio per fingere una compensazione. Così, lo scrittore di poco talento —un giorno vorrei sviluppare questo terribile, tragico tema: «lo scrittore senza talento»— tenderà a convincere sé stesso e gli altri che scrivere non è avere idee, immagini, grazia, amenità, musica verbale, ecc…, ma difendere il socialismo o combattere per la libertà. Che sarebbe, in effetti, del pover’uomo se non credesse una cosa simile! Perché difendere il socialismo o combattere per la libertà sono cose molto facili; avere idee, invece, cosa tanto difficile che non gli è mai accaduta.

Questa funzione compensatoria che esercitano gli ideali è più frequente di quanto sembri. L’uomo aspira, mediante essi, a equilibrare il deficit del suo destino reale, e precisamente perché non è forte né sano prova dinanzi allo specchio gesti di atletica virtù. Io confesso che la virtù e la «missione» mi sembrano insopportabili quando non vergognano colui che le possiede fino al punto che si sforzi a ogni ora a nasconderle e camuffarle con le maschere antagonistiche.

Questo carattere fittizio di alto gioco o sublime sport che sogliono possedere gli ideali, si va rivelando poco a poco, man mano che l’epoca avanza verso la sua consumzione. Così accadde con l’ideale cavalleresco. Mai si estremizzò più lo sfrontato atteggiamento, la retorica e la scenografia della «cavalleria» quanto nel secolo XV e nella fine del XIV, precisamente quando la realtà sociale era già costituita in un’altra forma incompatibile con quelle gesticolazioni. A volte, negli scrittori che più esaltano le norme cavalleresche, che si struggono parlando di tornei e servizio alle dame, di crociate contro l’infedele e passi d’onore, sorprendiamo la smorfia burlona. «L’ultima parte del Medioevo è uno di quei periodi finali in cui la vita delle classi superiori si è convertita quasi per intero in un gioco di società. La realtà è aspra, dura e crudele; per ciò stesso si riversa su di essa la bella fantasticheria dell’ideale cavalleresco, e sopra questo si costruisce una grande fantasmagoria. Si vuole rappresentare la vita sotto la maschera del “Lanceloto”. Si tratta di una mostruosa e deliberata illusione, la cui urgente falsità può sopportarsi soltanto mercé una tenue sorniona che controbilancia nell’individuo la sua propria menzogna. In tutta la cultura cavalleresca del secolo XV regna un equilibrio instabile tra il sentimento serio che serve all’ideale e una lieve burla». (L’autunno del Medioevo, di J. Huizinga, 1924).

Così in un poema di Jean de Beaumont:

Quando siamo nelle taverne, i vini forti bevendo,

e le dame al nostro fianco, che ci stanno guardando,

levigate le gole, con le loro collane seducendo,

con occhi brillanti di bellezza sorridendo,

ci spinge natura ad avere cuore combattente…

Allora vinciamo Yaumont e Agoulant,

e altri, da parte loro, vincono Oliverio e Rolando.

Ma quando siamo nei campi sui nostri corsieri cavalcando,

gli scudi al collo, le lance abbassando,

e la grande brina ci va del tutto congelando;

quando le membra vengono meno, indietro e avanti,

e i nemici contro di noi si vanno accostando.

Adonc vorrièmes estre en un chélier (cueva) si grant

que jamais ne fussions veu tant ne quant.

Ma proprio questo dubbio e sospetto rispetto al proprio ideale porta a esagerarlo, ed è la ragione delle sue manifestazioni più barocche. Così si compiaceranno a leggere che, se non ricordo male, Guglielmo d’Orange riceve e dà in una giostra tanti colpi, che non può togliersi l’elmo e deve andare di corsa a casa di un fabbro, mettere la testa sull’incudine e sopportare una buona copia di martellate. Oppure le storie della camicia che narra un trovatore belga. Una dama invia successivamente ai suoi tre innamorati una sua camicia, affinché la portino al torneo senza corazza alcuna. Soltanto il terzo accetta la dura prova: resta ferito e la camicia inzuppata di sangue. Eroismo tale è pagato con l’amore della dama; ma l’amante esige allora reciprocità nel sacrificio e sollecita dalla dama che porti indosso la camicia, rossa com’è, alla festa preparata per dopo il torneo.

IX

IDEE DEI CASTELLI: I SERVI

Gli scrittori dell’ortodossia democratica sentono rossore quando leggono che Cervantes si denominava da sé «servo» del conte di Lemos. Con la mancanza di senso storico che è loro naturale, credono di vedere dietro quel vocabolo l’umiliazione e l’avvilimento del loro gremio. E, tuttavia, in quell’espressione cervantina risuona ancora, con debole e lontano suono, il senso di una delle istituzioni più belle e più nobili ideate nei castelli.

Oggi la parola «servo» è incomprensibile. La sua significazione etimologica —«essere allevato da qualcuno»— non ha nulla a che fare col suo valore usuale —«essere servo di qualcuno». Tutto al più persiste tra entrambe le cose l’unico nesso di supporre che chi serve a qualcuno è nutrito da questo. Si interpreta il «servizio» prestato come lavoro reso, e il sostentamento, come il pagamento di quel lavoro, come soldo.

Poche volte si mostra così chiaramente l’impossibilità di isolare un fatto umano da tutti gli altri con cui convive in un’epoca e gli danno la sua sfumatura peculiare. Perché, in effetti, i «servi» medievali «servivano» ai loro signori come i contemporanei, e nondimeno, identici atti di servizio hanno senso diversissimo nelle due età.

Nel nostro tempo, servire un uomo a un altro è un’operazione inferiore, in certa maniera denigrante. Si comprende che sia così, perché nel nostro tempo regna la favola convenuta che tutti siamo uguali. Siccome servire implica sudditanza ed è un’attività che moralmente si esercita dal basso in alto, servire equivale a rompere il livello di uguaglianza degradandosi per sommersione sotto di esso. Ma immaginiamo un momento il presupposto contrario: che gli uomini sono costitutivamente disuguali, che alcuni valgono e sono più di altri. Allora ogni approssimazione di chi vale meno a chi vale più sarà un beneficio per quello; sarà, in rigore, un’ascensione nella gerarchia. Orbene: la forma organica e non meramente casuale di quella approssimazione è il servizio. Servire sarà, dunque, la forma di convivenza in cui l’inferiore partecipa delle eccellenze annesse al superiore. Ecco perché profonda ragione nel Medioevo il servizio nobilita invece di denigrare, ed è un mezzo elevatorio nel sistema dei ranghi umani.

En los castillos, el servicio no se entendía como un trabajo, y consecuentemente no se pagaba. Nuestras ideas económicas se han empobrecido y simplificado gravemente; casi no conocemos otra forma de retribución que el pago. Se paga una faena humana exactamente en el mismo sentido que se paga una mercancía. Una y otra tienen su precio mercantil. En la Edad Media se remuneraba el servicio, pero no con la intención de pagarlo. ¿Cómo pagar el esfuerzo de un hombre en torno a otro? Ello equivaldría a desvirtuarlo, a descalificarlo. Yo creo que la idea actual más cercana de lo que era la remuneración de los servicios en aquella otra edad es el gasto de representación. Y esto es lo que Cervantes esperaba del conde de Lemos. Todo hombre que no perteneciera a la clase artesana tenía en la Edad Media un papel social muy marcado, al cual iba adscrito un cierto decoro o régimen de vida adecuado. Y se consideraba que la sociedad estaba obligada a proporcionar a cada uno los medios de sostener su figura y función sociales. No, pues, en beneficio del individuo, sino de la sociedad misma, y esto desde las más altas jerarquías. Tal viene a ser la exquisita doctrina sobre el reparto de la riqueza insinuada en Santo Tomás. El recto principio distributivo no era, como para nosotros, la cantidad de trabajo que el individuo rinde, sino la dosis de liberalidad y de lujo que su rango le imponía. La riqueza y su medida no se fundaban en un derecho a poseer, no eran una ganancia propiamente, sino al contrario, se regulaban según la obligación de gastar aneja a cada puesto social. Y esta idea provenía, a su vez, de la forma general que la economía adoptaba entonces: se partía del presupuesto de gastos, y no del de ingresos, como hace el capitalismo moderno. La producción se regulaba por el consumo, y no, según acaeció luego, el consumo por la producción, que es, al decir de los entendidos en estas cosas, el rasgo esencial del capitalismo. Lo cual —sea advertido al margen— es una perversión del orden natural y correcto. Pues la riqueza no es sino el medio para adquirir lo que se necesita o se desea. Parece, pues, el mejor orden que se comience por sentir la necesidad o el deseo de una cosa y luego se piense en lograr la cuantía exigida para su adquisición. Pero el hombre moderno comienza por desear la riqueza, esto es: el puro medio adquisitivo. A este fin aumenta indefinidamente la producción, no por necesitar el producto, sino con ánimo de obtener aún más riqueza. De donde resulta que el producto, la mercancía, se ha convertido en medio, y el dinero, la riqueza, en fin último.

Mas con todo esto no queda dicho lo más importante y noble de la institución de los «criados». En la Edad Media hay varias suertes de vasallos. Hay el vasallo ocasional, que mediante un pacto se supedita a otro hombre más poderoso. Hay, además, el «vasallo natural», que es el nacido bajo el señorío de otra persona. El vasallo natural no podrá nunca, salvo caso de felonía, abandonar a su señor. Éste solía distinguir a algunos de sus vasallos naturales tomando sus hijos desde tierna infancia en su casa y familia. Allí recibían educación conviviendo en la noble domesticidad de rango superior al suyo. El señor los «criaba»; es decir, los educaba, saturándolos de la tradición moral que largamente se había formado en su hogar. El «criado» ejercía los menesteres familiares y era como un hijo de adopción, trabado íntimamente con la vida privada de sus señores. El uso normal establecía que cada noble enviase sus hijos, para ser criados, a casa de su señor inmediato, perteneciente al rango próximo superior de la gran jerarquía social. Así, los hijos del infanzón eran criados en casa del rico-home, que enviaba los suyos a la del conde, que trasplantaba su prole al palacio del rey. Una distinción superlativa representan casos como el del Cid, que siendo no más que un infanzón envía sus hijas a la corte real para ser criadas. (Verso 2086 del Myo Cid).

Tal es el sentido de la «criazón», sublime institución social y pedagógica que fue durante siglos vigente en los castillos.

X

SIGUE EL VIAJE: CANTABRIA O ¡VENGA ESCUDOS!

Los castillos nos han detenido demasiado con la elocuente gesticulación de sus ruinas. Pero es preciso seguir el viaje. Pongamos en marcha el motor. El automóvil donde hago ruta es un coche muy viejo que ha rodado ya varias veces casi toda España, se ha encaramado por casi todos los puertos y ha corrido por el fondo de valles sin número, a la vera de nuestros ríos caducos. Es como un servidor viejo que gruñe, pero cumple. De cuando en cuando se le escapa una rueda que se echa a rodar sola por los rastrojos como dotada de un vigor mágico y avanza con aire tan resuelto, que hace pensar si será ella la auténtica rueda de la Fortuna.

Queda atrás la España seca, y ahora entramos por la Montaña en la España húmeda. La tierra antes desnuda, lívida o roja, se cubre de verdes opulencias, y a la par se angosta y quiebra en pequeños valles apretados. Ya no hay castillos beligerantes que muerdan lo azul con las dentaduras melladas de su almenado; pero en su lugar aparecen las casonas de sillares negruzcos o encendidos. Los castillos de Castilla dan la impresión de guerreros hambrientos. Estas mansiones hidalgas anuncian paz y moderado bienestar. Riqueza, nunca. No conozco en toda España un paisaje completo que sugiera una imagen de suntuosidad. Sólo algún que otro rincón, algún que otro edificio; por ejemplo, El Escorial.

Con ligeras variantes, el tipo de la casona —edificio sombrío, ceñudo, malhumorado— se repite desde Asturias hasta el fin de Navarra, y es, por lo tanto, el fruto arquitectónico que caracteriza a toda Cantabria. La casona no es, en rigor, una casa muy grande, y, sin embargo, se comprende que deje un recuerdo enorme de sí misma. Lo grande no es su dimensión, sino su pretensión y proporción —por decirlo así—, la idea que estas casas tienen de sí mismas. (Recuérdese que Villiers de l’Isle Adam definía la gloria como la idea de sí mismo que cada cual guarda en su pecho). En efecto; tienen estas construcciones un empaque, un ensimismamiento, una suficiencia que las aceptamos como palacios. A su lado los castillos de los anchos panoramas castellanos parecen humildes, nerviosos, inquietos, no bien seguros de su papel en el mundo. Acontece con estas mansiones lo que con ciertas personas; por ejemplo, con Daniel Zuloaga, el ceramista, que era un hombre de cuerpo muy pequeño, casi enano, y, sin embargo, tenía facciones de gigante, a lo Miguel Ángel; de suerte que al recordarlo, proyectado sobre el cielo vacío de la memoria, adquiría proporciones monumentales. Era un gigante enano, como son enormes estas casas pequeñas, apostadas solemnemente en los caminitos de Cantabria.

¿Qué les pasa a estos muros, tan serios, tan graves, para de pronto escarolarse en la fantasía de un escudo tremendo? Es curioso notar que en la España seca los grandes castillos no tienen apenas escudos, o los tienen exiguos, en tanto que estas casas de la hidalguía cántabra aguantan colosales blasones. Son fabulosos florecimientos en las paredes desnudas, extrañas erupciones de plasticidad, como tumores de vanagloria que salen a la piedra, virtuosa y ascética. Complacidas en su existencia bien lograda, se han retirado de las audaces empresas, y en cambio sueñan las antiguas hazañas. Este ensueño heroico de quien ya no es héroe rezuma por los muros en la más ilustre fantasmagoría, y es un trasudar inagotable de heráldica fauna, lobos vizcaínos, ballenas guipuzcoanas, osos de Asturias o bien cimeras de altas plumas, puños con montantes, proas marineras. No es posible dar media docena de pasos sin ser detenidos patéticamente por una pared que nos enseña su bíceps blasonado.

Y es de advertir una importante coincidencia. La línea de España donde empiezan a pulular los escudos marca el fin de las ciudades. Hace tiempo que Corpus Barga subrayó este hecho de que en el país vasco no existe la urbe. Un meridional no podría realizar su idea de ciudad viendo esta dispersión de moradas, que parecen huir unas de otras y constituyen las villas del Norte. La ciudad andaluza o castellana es una escultura compacta; la ciudad cantábrica es más bien un paisaje, una urbe centrifugada, donde cada edificio ha sido lanzado hacia los campos.

In the castles, service was not understood as a work, and consequently it was not paid. Our economic ideas have become gravely impoverished and simplified; we almost know no other form of remuneration than payment. A human task is paid exactly in the same sense in which a commodity is paid. The one and the other have their mercantile price. In the Middle Ages service was remunerated, but not with the intention of paying it. How to pay the effort of a man around another? That would amount to disfiguring it, to disqualifying it. I believe that the present idea closest to what the remuneration of services was in that other age is the expense of representation. And this is what Cervantes expected from the count of Lemos. Every man who did not belong to the artisan class had in the Middle Ages a very marked social role, to which a certain decorum or adequate regime of life was attached. And it was considered that society was obliged to provide each one the means of sustaining his social figure and function. Not, then, for the benefit of the individual, but of society itself, and this from the highest hierarchies. Such comes to be the exquisite doctrine on the distribution of wealth insinuated in Saint Thomas. The right distributive principle was not, as for us, the quantity of work that the individual renders, but the dose of liberality and luxury that his rank imposed on him. Wealth and its measure were not founded on a right to possess, they were not properly a gain, but on the contrary, they were regulated according to the obligation of spending attached to each social post. And this idea came, in turn, from the general form that the economy then adopted: one started from the budget of expenses, and not from that of income, as modern capitalism does. Production was regulated by consumption, and not, as happened later, consumption by production, which is, in the saying of those versed in these things, the essential trait of capitalism. Which —be it noted in the margin— is a perversion of the natural and correct order. For wealth is nothing but the means to acquire what is needed or desired. It seems, then, the best order that one begin by feeling the need or the desire of a thing and then think of achieving the amount required for its acquisition. But modern man begins by desiring wealth, that is: the pure acquisitive means. To this end he increases production indefinitely, not for needing the product, but with the mind of obtaining still more wealth. Whence it results that the product, the commodity, has become a means, and money, wealth, the ultimate end.

But with all this there is not yet said the most important and noble of the institution of the «servants». In the Middle Ages there are several sorts of vassals. There is the occasional vassal, who through a pact subordinates himself to another more powerful man. There is, moreover, the «natural vassal», who is the one born under the lordship of another person. The natural vassal will never be able, except in case of felony, to abandon his lord. This one used to distinguish some of his natural vassals by taking their sons from tender infancy into his house and family. There they received education living together in the noble domesticity of rank superior to their own. The lord «raised» them; that is, educated them, saturating them with the moral tradition that had long been formed in his home. The «servant» exercised the family chores and was like a son by adoption, intimately bound to the private life of his lords. The normal use established that each noble send his sons, to be raised, to the house of his immediate lord, belonging to the next superior rank of the great social hierarchy. Thus, the sons of the infanzón were raised in the house of the rich-home, who sent his own to that of the count, who transplanted his offspring to the king’s palace. A superlative distinction is represented by cases like that of the Cid, who being no more than an infanzón sends his daughters to the royal court to be raised. (Verse 2086 of the Myo Cid).

Such is the meaning of the «criazón», sublime social and pedagogical institution that was in force for centuries in the castles.

X

THE JOURNEY CONTINUES: CANTABRIA OR COME THE SHIELDS!

The castles have detained us too much with the eloquent gesticulation of their ruins. But it is necessary to continue the journey. Let us set the motor in motion. The automobile on which I travel is a very old car that has already rolled several times almost all of Spain, has climbed over almost all the passes and has run along the bottom of valleys without number, beside our decrepit rivers. It is like an old servant that grumbles, but delivers. From time to time a wheel escapes it that sets out to roll alone through the stubble as if endowed with a magical vigour and advances with such a resolute air, that it makes one think whether it will be the authentic wheel of Fortune.

Behind remains dry Spain, and now through the Mountain we enter humid Spain. The land before naked, livid or red, covers itself with green opulences, and at the same time narrows and breaks into small crowded valleys. There are no longer belligerent castles that bite the blue with the jagged teeth of their battlements; but in their place appear the manor houses of blackish or fiery ashlars. The castles of Castile give the impression of hungry warriors. These hidalgo mansions announce peace and moderate well-being. Wealth, never. I know not in all of Spain a complete landscape that suggests an image of sumptuousness. Only some corner, some building; for example, El Escorial.

With slight variants, the type of the manor house —sombre, scowling, ill-humoured building— repeats from Asturias to the end of Navarre, and is, therefore, the architectural fruit that characterizes all Cantabria. The manor house is not, strictly, a very large house, and, nevertheless, it is understood that it leaves an enormous memory of itself. What is great is not its dimension, but its pretension and proportion —so to speak—, the idea that these houses have of themselves. (Let it be remembered that Villiers de l’Isle Adam defined glory as the idea of oneself that each one keeps in his breast). In effect; these constructions have a bearing, a self-absorption, a sufficiency that we accept them as palaces. Beside them the castles of the wide Castilian panoramas seem humble, nervous, restless, not quite sure of their role in the world. It happens with these mansions what with certain persons; for example, with Daniel Zuloaga, the ceramist, who was a man of very small body, almost a dwarf, and, nevertheless, had giant features, à la Michelangelo; so that, in remembering him, projected on the empty sky of memory, he acquired monumental proportions. He was a giant dwarf, as these small houses are enormous, solemnly posted on the little roads of Cantabria.

What happens to these walls, so serious, so grave, to suddenly bristle in the fantasy of a tremendous shield? It is curious to note that in dry Spain the great castles hardly have shields, or have them exiguous, whereas these houses of the Cantabrian hidalguía bear colossal blazons. They are fabulous flowerings on the naked walls, strange eruptions of plasticity, like tumours of vainglory that come out to the stone, virtuous and ascetic. Complacent in their well-achieved existence, they have retired from the audacious enterprises, and instead dream the ancient deeds. This heroic dream of him who is no longer a hero oozes through the walls in the most illustrious phantasmagoria, and is an inexhaustible sweating of heraldic fauna, Biscayan wolves, Guipuzcoan whales, bears of Asturias or else crests of tall plumes, fists with swords, marine prows. It is not possible to take half a dozen steps without being pathetically stopped by a wall that shows us its blazoned biceps.

And an important coincidence is to be noticed. The line of Spain where the shields begin to swarm marks the end of the cities. Some time ago Corpus Barga underlined this fact that in the Basque country the urbs does not exist. A southerner could not realize his idea of city seeing this dispersion of dwellings, that seem to flee from one another and constitute the villas of the North. The Andalusian or Castilian city is a compact sculpture; the Cantabrian city is rather a landscape, a centrifuged urbs, where each building has been hurled toward the fields.

Nei castelli, il servizio non si intendeva come un lavoro, e conseguentemente non si pagava. Le nostre idee economiche si sono impoverite e semplificate gravemente; quasi non conosciamo altra forma di retribuzione che il pagamento. Si paga una fatica umana esattamente nello stesso senso in cui si paga una merce. L’una e l’altra hanno il loro prezzo mercantile. Nel Medioevo si remunerava il servizio, ma non con l’intenzione di pagarlo. Come pagare lo sforzo di un uomo intorno a un altro? Ciò equivarrebbe a snaturarlo, a squalificarlo. Io credo che l’idea attuale più vicina a ciò che era la remunerazione dei servizi in quell’altra età sia la spesa di rappresentanza. E questo è ciò che Cervantes si aspettava dal conte di Lemos. Ogni uomo che non appartenesse alla classe artigiana aveva nel Medioevo un ruolo sociale molto marcato, al quale era ascritto un certo decoro o regime di vita adeguato. E si considerava che la società fosse obbligata a procurare a ciascuno i mezzi di sostenere la sua figura e funzione sociale. Non, dunque, in beneficio dell’individuo, ma della società stessa, e questo dalle più alte gerarchie. Tale viene a essere la squisita dottrina sulla ripartizione della ricchezza insinuata in San Tommaso. Il retto principio distributivo non era, come per noi, la quantità di lavoro che l’individuo rende, ma la dose di liberalità e di lusso che il suo rango gli imponeva. La ricchezza e la sua misura non si fondavano su un diritto a possedere, non erano un guadagno propriamente, ma al contrario, si regolavano secondo l’obbligo di spendere annesso a ogni posto sociale. E questa idea proveniva, a sua volta, dalla forma generale che l’economia adottava allora: si partiva dal bilancio delle spese, e non da quello delle entrate, come fa il capitalismo moderno. La produzione si regolava dal consumo, e non, secondo accadde poi, il consumo dalla produzione, che è, al dire degli intendenti di queste cose, il tratto essenziale del capitalismo. La qual cosa —sia notato a margine— è una perversione dell’ordine naturale e corretto. Poiché la ricchezza non è che il mezzo per acquistare ciò che si necessita o si desidera. Sembra, dunque, il miglior ordine che si cominci col sentire il bisogno o il desiderio di una cosa e poi si pensi a conseguire la quantità richiesta per il suo acquisto. Ma l’uomo moderno comincia col desiderare la ricchezza, cioè: il puro mezzo acquistivo. A questo fine aumenta indefinitamente la produzione, non per necessitare il prodotto, ma con animo di ottenere ancora più ricchezza. Donde risulta che il prodotto, la merce, si è convertito in mezzo, e il denaro, la ricchezza, in fine ultimo.

Ma con tutto ciò non resta detto il più importante e nobile dell’istituzione dei «servi». Nel Medioevo ci sono diverse sorti di vassalli. C’è il vassallo occasionale, che mediante un patto si sottomette a un altro uomo più potente. C’è, inoltre, il «vassallo naturale», che è il nato sotto il signorìo di un’altra persona. Il vassallo naturale non potrà mai, salvo caso di fellonia, abbandonare il suo signore. Questo soleva distinguere alcuni dei suoi vassalli naturali prendendo i loro figli dalla tenera infanzia nella sua casa e famiglia. Là ricevevano educazione convivendo nella nobile domesticità di rango superiore al loro. Il signore li «allevava»; cioè, li educava, saturandoli della tradizione morale che lungamente si era formata nel suo focolare. Il «servo» esercitava i mestieri familiari ed era come un figlio adottivo, legato intimamente alla vita privata dei suoi signori. L’uso normale stabiliva che ogni nobile inviasse i suoi figli, per essere allevati, a casa del suo signore immediato, appartenente al rango prossimo superiore della grande gerarchia sociale. Così, i figli dell’infanzone erano allevati in casa del ricco-uomo, che inviava i suoi a quella del conte, che trapiantava la sua prole al palazzo del re. Una distinzione superlativa rappresentano casi come quello del Cid, che essendo nient’altro che un infanzone invia le sue figlie alla corte reale per essere allevate. (Verso 2086 del Myo Cid).

Tale è il senso della «criazón», sublime istituzione sociale e pedagogica che fu per secoli vigente nei castelli.

X

IL VIAGGIO CONTINUA: CANTABRIA O VENGANO SCUDI!

I castelli ci hanno trattenuto troppo con l’eloquente gestualità delle loro rovine. Ma è preciso seguire il viaggio. Mettiamo in marcia il motore. L’automobile su cui faccio rotta è una macchina molto vecchia che ha già percorso varie volte quasi tutta la Spagna, si è inerpicata per quasi tutti i valichi e ha corso per il fondo di valli senza numero, alla riva dei nostri fiumi caduchi. È come un vecchio servitore che brontola, ma adempie. Di quando in quando gli scappa una ruota che si mette a rotolare da sola per le stoppie come dotata di un vigore magico e avanza con aria così risoluta, che fa pensare se sarà essa l’autentica ruota della Fortuna.

Resta indietro la Spagna secca, e ora entriamo per la Montagna nella Spagna umida. La terra prima nuda, livida o rossa, si copre di verdi opulenze, e al contempo si restringe e si spezza in piccole valli serrate. Non ci sono più castelli belligeranti che mordano l’azzurro con le dentature smangiate del loro merlato; ma in loro luogo appaiono le casonas di conci nerastri o accesi. I castelli di Castiglia danno l’impressione di guerrieri affamati. Queste magioni hidalghe annunciano pace e moderato benessere. Ricchezza, mai. Non conosco in tutta la Spagna un paesaggio intero che suggerisca un’immagine di sontuosità. Solo qualche angolo, qualche edificio; per esempio, l’Escorial.

Con leggere varianti, il tipo della casona —edificio fosco, accigliato, di malumore— si ripete dalle Asturie fino al termine della Navarra, ed è, pertanto, il frutto architettonico che caratterizza tutta la Cantabria. La casona non è, in rigore, una casa molto grande, e, tuttavia, si comprende che lasci di sé un ricordo enorme. Il grande non è la sua dimensione, ma la sua pretesa e proporzione —per così dire—, l’idea che queste case hanno di sé stesse. (Si ricordi che Villiers de l’Isle Adam definiva la gloria come l’idea di sé che ciascuno custodisce nel suo petto). In effetti; hanno queste costruzioni un’imponenza, un ensimismamiento, una sufficienza che le accettiamo come palazzi. Accanto a loro i castelli degli ampi panorami castigliani sembrano umili, nervosi, inquieti, non ben sicuri del loro ruolo nel mondo. Accade con queste magioni ciò che con certe persone; per esempio, con Daniel Zuloaga, il ceramista, che era un uomo di corpo molto piccolo, quasi nano, e, tuttavia, aveva fattezze di gigante, alla maniera di Michelangelo; di sorta che, ricordandolo, proiettato sul cielo vuoto della memoria, acquistava proporzioni monumentali. Era un gigante nano, come sono enormi queste piccole case, apostate solennemente sui viottoli di Cantabria.

Che cosa succede a questi muri, così seri, così gravi, per d’un tratto rizzarsi nella fantasia di uno scudo tremendo? È curioso notare che nella Spagna secca i grandi castelli non hanno appena scudi, o li hanno esigui, in tanto che queste case della hidalguía cantabra reggono colossali blasoni. Sono favolosi fiorimenti sui muri nudi, strane eruzioni di plasticità, come tumori di vanagloria che vengono fuori alla pietra, virtuosa e ascetica. Compiaciute nella loro esistenza ben riuscita, si sono ritirate dalle audaci imprese, e invece sognano le antiche gesta. Questo sogno eroico di chi non è più eroe trasuda per i muri nella più illustre fantasmagoria, ed è un trasudare inesauribile di araldica fauna, lupi biscaglini, balene gipuzcoane, orsi delle Asturie oppure cimieri di alte piume, pugni con spadoni, prore marinare. Non è possibile fare mezza dozzina di passi senza essere fermati pateticamente da una parete che ci mostra il suo bicipite blasonato.

Ed è da avvertire una importante coincidenza. La linea della Spagna dove cominciano a pullulare gli scudi segna la fine delle città. È tempo che Corpus Barga sottolineò questo fatto che nel paese basco non esiste l’urbs. Un meridionale non potrebbe realizzare la sua idea di città vedendo questa dispersione di dimore, che sembrano fuggire l’una dall’altra e costituiscono le villas del Nord. La città andalusa o castigliana è una scultura compatta; la città cantabra è piuttosto un paesaggio, un’urbs centrifugata, dove ogni edificio è stato lanciato verso i campi.

Esto nos llevaría a reflexiones algo complicadas sobre el ruralismo cántabro. Como toda España es rural, es de no poca sutileza definir la forma genuina de cada ruralismo regional. Pero que existe en el Norte este instinto de dispersión urbana me parece indudable. Así, no hay grupo nacional que pareciera más llamado que Bilbao a construir una urbe sólida y sin poros. Sin embargo, cuando Bilbao ha querido ensancharse se ha evadido del perfil oficial que el Municipio proponía. El verdadero ensanche bilbaíno no es el que se llama así, sino Neguri, Algorta, Las Arenas —la población centrifuga con campiña interior. (¡Tema sobremanera sugestivo fuera una morfología de las ciudades!)

Ahora bien; la urbe auténtica supone el predominio de la plazuela, ágora o foro. Lo mismo que se define el cañón como un agujero rodeado de acero, fuera bastante exacto decir que la urbe es un hueco o plaza rodeado de fachadas. El resto de la casa más allá de la fachada no es esencial para la urbe (refresque el lector su imagen de Atenas, de Roma). Esto quiere decir que sólo hay urbe donde predomina lo público sobre lo privado, el Estado sobre la familia. En toda Cantabria acontece lo contrario; el instinto de consanguinidad triunfa sobre el instinto político, y esto nos explica de un solo golpe la dispersión del caserío y la hipertrofia de escudos. Los cántabros y vascones sienten el orgullo de la tradición familiar y viven animados de una ilusión genealógica. La planta familiar se agarra a un trozo de campiña porque necesita raíces profundas con que nutrir su milenario destino vegetal. Recuerdo haber leído en el Padre Guevara —no sé si en sus cartas o en el Menosprecio de corte y elogio de aldea— que en su tiempo todo el que quería pasar por rico se decía castellano, y quien prefería pasar por noble se decía vizcaíno. Hoy la riqueza —relativa, muy relativa; en España no hay ricos— ha emigrado a Cantabria; pero el orgullo genealógico perdura donde estaba, perpetúa esa fiebre interior que sudan delirantes los muros blasonados de las casonas.

XI

SANTILLANA DEL MAR: ANTES DE ENTRAR EN LA CUEVA

Santillana del Mar, con su aspecto de antigua decoración de teatro, hecha para que delante se reciten décimas sin parar, nos mueve a buscar una compensación en la cueva de Altamira. El arte tradicional nos pesa mucho; lo hemos mirado tanto, que es muy difícil esperar de él ninguna repercusión egregia sobre nuestros nervios. ¡Arte románico, gótico, renacimiento! Nuestras reacciones ante ellos se han hecho tan habituales, que casi son ya movimientos reflejos. Sabemos de antemano el disco que va a rodar dentro de nosotros cuando la obra bella aparezca. Nos falta toda esperanza de aventura y milagro. Ahora bien; sin estas dos cosas no hay verdadera emoción estética. La gente suele, con error, llamar así a un placer confortable, seguro y como matrimonial, que a hora fija debe producirse en nosotros cuando un objeto muy conocido, muy ilustre y muy sin drama espiritual hace una vez más su presentación. Se trata de un efecto convencional, que en rigor ya está en el alma antes de que la obra aparezca. Esto es lo que quiere el buen burgués: tranquilizarse, que las cosas coincidan con el programa hecho de ellas antes, que la torre inclinada de Pisa resulte, en efecto, inclinada; que la catedral gótica tenga arcos ojivales; que el lienzo de Velázquez se someta dócil como un can a su definición inveterada.

Y, sin embargo, la verdadera emoción estética sólo se produce en quien no está dispuesto a tenerla y no ha preformado el gesto de admiración. Se hace uno el siguiente razonamiento: si, en efecto, hay tantas cosas bellas como se dice, una de dos: o su belleza nos mataría de tanto conmovernos, o es la belleza una sustancia tan tibia e inocua que no merece la pena de hablar de ella. Yo creo que se ha perdido el sentido del arte a fuerza de multiplicarlo y abaratarlo. Cuánto mejor considerar el arte como una aventura que sobreviene alguna que otra vez, muy raramente. Por lo pronto es una sorpresa. Vamos por la vida ocupados en nuestros asuntos, y de repente algo nos arrebata, nos saca de nuestro quicio, nos infunde un frenesí, nos arrastra, como el vendaval divino a los profetas, hacia una localidad extramundana. No hay arte sin éxtasis, en el sentido más rigoroso de la palabra, que es «estar fuera de sí».

La Humanidad necesita periódicamente sacudir el árbol del arte para que caigan todas las frutas podridas. En gracia del arte mismo es preciso ser muy exigente; su dignidad demanda que no le seamos favorables, sino que, al contrario, luche con nosotros y nos rinda el acatamiento. De otro modo, si seguimos acumulando admiración, cada siglo aumentará la mole de presunta belleza, y al cabo de otros mil años no habrá en el planeta más que cementerios y museos.

Conviene arrancar el arte de las manos del buen burgués, donde ha caído prisionero, y hacerlo inconfortable; esto es, auténtico. En vez de adaptarlo a las almas inertes, importa ensayar lo inverso: hostigar a las gentes para que sean capaces de él.

A primera vista puede parecer excesiva esta actitud. Sin embargo, permítaseme insistir un poco en ella. La cuestión es más grave y menos caprichosa de lo que parece a primera vista. Como con el arte, aunque en menor medida, acaece con la ciencia, y tal vez resulte más claro referirse a ésta.

He sostenido que era urgente acabar con el culto convencional a la ciencia, propagado durante el último siglo. La razón es ésta. Al dominar el prejuicio en favor de la ciencia se es menos exigente con ella, y por otra parte se extiende una idea falsa e ilusoria sobre su misión y poder. El favor, pues, se habrá logrado a costa de falsificar lo favorecido. Un buen día, irremediablemente, se descubrirá el fraude, y el buen burgués proclamará entonces la «bancarrota de la ciencia», y acaso el fracaso de la cultura. Denunciará toda la porción de seudociencia que al amparo de su culto ha nacido. No es esto mera hipótesis. La guerra última dio ocasión a tales declamaciones. El buen burgués estaba en la idea de que la misión de la ciencia, y en general de la cultura, era acabar con las guerras y hacerle a él la vida cómoda. Tal vez piense asimismo que la misión del arte es hacer felices y virtuosas a sus hijas. Y como esto no es verdad, sino más bien lo contrario, llegará una jornada en que se revuelva contra el arte, declarándole tabú.

¿No es más discreto sostener que el arte y, en otra medida, la ciencia son dos cosas sobremanera problemáticas, de existencia muy dudosa, más bien puras aspiraciones de unas cuantas personas que las cultivan por sencillo gusto, sin pretensión patética alguna, como podían jugar al ajedrez o cazar mariposas? Todo lo que sobre este humilde nivel logre afirmarse tendrá un vigor incontrastable. Arte y ciencia son regalos imprevisibles que caen sobre el hombre no se sabe cómo ni cuándo ni de qué mágicas regiones. Por lo mismo, el hombre no debe contar con ellas ni asentar su vida cotidiana en islas tan improbables.

En cambio, debe exigirse a las gentes el sacrificio de la libación. El hombre antiguo derramaba un poco de su vino mejor en homenaje a los dioses ausentes, sin esperar gran cosa de ellos. Arte y ciencia no necesitan favor ni entusiasmo excesivo y popular. Sólo de cuando en cuando, un poco de fina atención, despierta y crítica, para ver si ha acontecido el milagro.

Hay que hacer, sin embargo, excepción para una parte de la ciencia: la experimental. Dejemos a un lado la cuestión del rango que en la jerarquía del conocimiento le corresponde. No la recomendemos como saber, sino como utilidad. En ella está la clave de la técnica, y la técnica interesa a la vida de todo el mundo. Es razonable que se exija a todo el mundo su colaboración en el progreso técnico, que no es problemático ni milagroso. No hay duda que si se duplican los laboratorios y se dotan mejor, si se promete riqueza a los investigadores, puede pronosticarse, casi a fecha fija, la curación del cáncer y la tuberculosis, la invención de nuevas formas de energía que disminuyan el esfuerzo humano, etc., etc. He aquí un tipo de ciencia —la técnica— hacia la cual es honesto movilizar el entusiasmo de las muchedumbres. No se las defrauda, y se las invita a sacrificarse por lo que en efecto les interesa. La técnica de soluciones.

Pero el arte y la pura ciencia viven de ser problemas, y sólo pueden interesar sinceramente a gloriosos equipos de aventureros. No fundemos las cosas sino en la sinceridad, tierra firme. Pero se dirá que también ellas necesitan medios, auxilio social. Perfectamente. Que le sean proporcionados por grupos particulares de la sociedad verdaderamente sensibles a tan divinas aventuras.

This would lead us to somewhat complicated reflections on Cantabrian ruralism. Since all Spain is rural, it is of no little subtlety to define the genuine form of each regional ruralism. But that this instinct of urban dispersion exists in the North seems to me indubitable. Thus, there is no national group that would seem more called than Bilbao to build a solid and poreless urbs. Nevertheless, when Bilbao has wanted to widen itself it has evaded the official profile that the Municipality proposed. The true ensanche of Bilbao is not the one that is called so, but Neguri, Algorta, Las Arenas —the centrifugal population with interior countryside. (An exceedingly suggestive theme would be a morphology of the cities!)

Now; the authentic urbs supposes the predominance of the little square, agora or forum. Just as the cannon is defined as a hole surrounded by steel, it would be quite exact to say that the urbs is a hollow or square surrounded by façades. The rest of the house beyond the façade is not essential for the urbs (let the reader refresh his image of Athens, of Rome). This means that there is urbs only where the public predominates over the private, the State over the family. In all Cantabria the contrary happens; the instinct of consanguinity triumphs over the political instinct, and this explains to us in a single stroke the dispersion of the hamlet and the hypertrophy of shields. The Cantabrians and Vascones feel the pride of the family tradition and live animated by a genealogical illusion. The family plant clings to a piece of countryside because it needs deep roots with which to nourish its millennial vegetable destiny. I remember having read in Father Guevara —I do not know whether in his letters or in the Contempt of the Court and Praise of the Village— that in his time everyone who wanted to pass for rich called himself Castilian, and who preferred to pass for noble called himself Biscayan. Today wealth —relative, very relative; in Spain there are no rich— has emigrated to Cantabria; but the genealogical pride endures where it was, perpetuates that inner fever that the blazoned walls of the manor houses sweat deliriously.

XI

SANTILLANA DEL MAR: BEFORE ENTERING THE CAVE

Santillana del Mar, with its aspect of an ancient theatre decoration, made so that in front of it décimas be recited without stopping, moves us to seek a compensation in the cave of Altamira. Traditional art weighs on us much; we have looked at it so much, that it is very difficult to expect from it any eminent repercussion on our nerves. Romanesque, Gothic, Renaissance art! Our reactions before them have become so habitual, that they are almost already reflex movements. We know in advance the record that is going to spin inside us when the beautiful work appears. We lack all hope of adventure and miracle. Now; without these two things there is no true aesthetic emotion. People usually, with error, call thus a comfortable, sure and, as it were, matrimonial pleasure, that at a fixed hour must be produced in us when an object very well known, very illustrious and very much without spiritual drama makes once more its presentation. It is a question of a conventional effect, which strictly is already in the soul before the work appears. This is what the good bourgeois wants: to tranquillize himself, that things coincide with the programme made of them before, that the leaning tower of Pisa turn out, in effect, leaning; that the Gothic cathedral have ogival arches; that the canvas of Velázquez submit docile as a dog to its inveterate definition.

And, nevertheless, true aesthetic emotion is produced only in him who is not disposed to have it and has not preformed the gesture of admiration. One makes the following reasoning: if, in effect, there are as many beautiful things as is said, one of two: either their beauty would kill us of so much being moved, or beauty is a substance so tepid and innocuous that it is not worth the trouble of speaking of it. I believe that the sense of art has been lost by dint of multiplying and cheapening it. How much better to consider art as an adventure that befalls once in a while, very rarely. In the first place it is a surprise. We go through life occupied in our affairs, and suddenly something carries us away, draws us out of our hinge, infuses us with a frenzy, drags us, as the divine gale to the prophets, toward an otherworldly locality. There is no art without ecstasy, in the most rigorous sense of the word, which is «being outside oneself».

Humanity periodically needs to shake the tree of art so that all the rotten fruits fall. For the sake of art itself it is necessary to be very exacting; its dignity demands that we not be favourable to it, but that, on the contrary, it struggle with us and render us the homage. Otherwise, if we keep accumulating admiration, each century will increase the mass of presumed beauty, and after another thousand years there will be on the planet nothing more than cemeteries and museums.

It is convenient to snatch art from the hands of the good bourgeois, where it has fallen prisoner, and make it uncomfortable; that is, authentic. Instead of adapting it to the inert souls, it matters to try the inverse: to harass people so that they are capable of it.

At first sight this attitude may seem excessive. Nevertheless, let me be permitted to insist a little on it. The question is graver and less capricious than it seems at first sight. As with art, though in lesser measure, it happens with science, and perhaps it will result clearer to refer to the latter.

I have maintained that it was urgent to finish with the conventional cult of science, propagated during the last century. The reason is this. In dominating the prejudice in favour of science one is less exacting with it, and on the other hand there spreads a false and illusory idea about its mission and power. The favour, then, will have been obtained at the cost of falsifying the favoured one. One good day, irremediably, the fraud will be discovered, and the good bourgeois will then proclaim the «bankruptcy of science», and perhaps the failure of culture. He will denounce all the portion of pseudoscience that under the shelter of his cult has been born. This is not mere hypothesis. The last war gave occasion to such declamations. The good bourgeois was in the idea that the mission of science, and in general of culture, was to finish with wars and make life comfortable for him. Perhaps he also thinks that the mission of art is to make his daughters happy and virtuous. And since this is not true, but rather the contrary, a day will come when he turns against art, declaring it taboo.

Is it not more discreet to maintain that art and, in another measure, science are two exceedingly problematic things, of very doubtful existence, rather pure aspirations of a few persons who cultivate them for simple taste, without any pathetic pretension, as they could play chess or hunt butterflies? Everything that above this humble level manages to be affirmed will have an incontrastable vigour. Art and science are unforeseeable gifts that fall on man one knows not how nor when nor from what magical regions. For that very reason, man should not count on them nor settle his daily life on islands so improbable.

On the other hand, the sacrifice of the libation must be exacted from people. Ancient man poured a little of his best wine in homage to the absent gods, without expecting great things from them. Art and science do not need favour nor excessive and popular enthusiasm. Only from time to time, a little of fine attention, awake and critical, to see if the miracle has happened.

One must, nevertheless, make an exception for a part of science: the experimental. Let us leave aside the question of the rank that in the hierarchy of knowledge corresponds to it. Let us not recommend it as knowledge, but as utility. In it lies the key of technique, and technique interests the life of everyone. It is reasonable that everyone’s collaboration be exacted in technical progress, which is not problematic nor miraculous. There is no doubt that if the laboratories are doubled and better endowed, if wealth is promised to the researchers, there can be prognosticated, almost at a fixed date, the cure of cancer and tuberculosis, the invention of new forms of energy that diminish human effort, etc., etc. Behold a type of science —technique— toward which it is honest to mobilize the enthusiasm of the multitudes. They are not defrauded, and they are invited to sacrifice themselves for what in effect interests them. The technique of solutions.

But art and pure science live of being problems, and can sincerely interest only glorious crews of adventurers. Let us not found things but on sincerity, firm ground. But it will be said that they too need means, social aid. Perfectly. Let them be provided by particular groups of society truly sensitive to such divine adventures.

Questo ci porterebbe a riflessioni alquanto complicate sul ruralismo cantabro. Siccome tutta la Spagna è rurale, è di non poca sottigliezza definire la forma genuina di ogni ruralismo regionale. Ma che esista nel Nord questo istinto di dispersione urbana mi sembra indubitabile. Così, non c’è gruppo nazionale che sembrasse più chiamato di Bilbao a costruire un’urbs solida e senza pori. Tuttavia, quando Bilbao ha voluto allargarsi si è evaso dal profilo ufficiale che il Municipio proponeva. Il vero ensanche di Bilbao non è quello che si chiama così, ma Neguri, Algorta, Las Arenas —la popolazione centrifuga con campagna interiore. (Tema oltremodo suggestivo sarebbe una morfologia delle città!)

Orbene; l’urbs autentica suppone il predominio della piazzetta, àgora o foro. Così come si definisce il cannone come un buco circondato di acciaio, sarebbe abbastanza esatto dire che l’urbs è un vuoto o piazza circondato di facciate. Il resto della casa al di là della facciata non è essenziale per l’urbs (rinfreschi il lettore la sua immagine di Atene, di Roma). Questo vuol dire che c’è urbs soltanto dove predomina il pubblico sul privato, lo Stato sulla famiglia. In tutta la Cantabria accade il contrario; l’istinto di consanguineità trionfa sull’istinto politico, e questo ci spiega di un solo colpo la dispersione del casale e l’ipertrofia di scudi. I cantabri e i vasconi sentono l’orgoglio della tradizione familiare e vivono animati da un’illusione genealogica. La pianta familiare si aggrappa a un pezzo di campagna perché ha bisogno di radici profonde con cui nutrire il suo millenario destino vegetale. Ricordo di aver letto nel Padre Guevara —non so se nelle sue lettere o nel Menosprezzo di corte ed elogio d’aldea— che nel suo tempo tutto colui che voleva passare per ricco si diceva castigliano, e chi preferiva passare per nobile si diceva biscaglino. Oggi la ricchezza —relativa, molto relativa; in Spagna non ci sono ricchi— è emigrata in Cantabria; ma l’orgoglio genealogico perdura dove stava, perpetua quella febbre interiore che sudano deliranti i muri blasonati delle casonas.

XI

SANTILLANA DEL MAR: PRIMA DI ENTRARE NELLA GROTTA

Santillana del Mar, col suo aspetto di antica decorazione di teatro, fatta perché dinanzi si recitino décimas senza posa, ci muove a cercare una compensazione nella grotta di Altamira. L’arte tradizionale ci pesa molto; lo abbiamo guardato tanto, che è molto difficile aspettare da esso alcuna egregia ripercussione sui nostri nervi. Arte romanica, gotica, rinascimento! Le nostre reazioni dinanzi ad esse sono divenute così abituali, che quasi sono già movimenti riflessi. Sappiamo in anticipo il disco che andrà a girare dentro di noi quando l’opera bella appaia. Ci manca ogni speranza di avventura e miracolo. Orbene; senza queste due cose non c’è vera emozione estetica. La gente suole, con errore, chiamare così un piacere confortevole, sicuro e come matrimoniale, che a ora fissa deve prodursi in noi quando un oggetto molto conosciuto, molto illustre e molto senza dramma spirituale fa una volta di più la sua presentazione. Si tratta di un effetto convenzionale, che in rigore sta già nell’anima prima che l’opera appaia. Questo è ciò che vuole il buon borghese: tranquillizzarsi, che le cose coincidano col programma fatto di esse prima, che la torre pendente di Pisa risulti, in effetti, pendente; che la cattedrale gotica abbia archi ogivali; che la tela di Velázquez si sottometta docile come un cane alla sua definizione inveterata.

E, tuttavia, la vera emozione estetica si produce soltanto in chi non è disposto ad averla e non ha preformato il gesto di ammirazione. Si fa uno il seguente ragionamento: se, in effetti, ci sono tante cose belle quante si dice, una di due: o la loro bellezza ci ucciderebbe di tanto commuoverci, o è la bellezza una sostanza così tiepida e innocua che non merita la pena di parlarne. Io credo che si sia perduto il senso dell’arte a forza di moltiplicarlo e avvilirlo. Quanto meglio considerare l’arte come un’avventura che sopravviene qualche volta, molto raramente. Prima di tutto è una sorpresa. Andiamo per la vita occupati nei nostri affari, e d’un tratto qualcosa ci rapisce, ci tira fuori dal nostro cardine, ci infonde un frenesì, ci trascina, come il vento divino ai profeti, verso una località extramondana. Non c’è arte senza estasi, nel senso più rigoroso della parola, che è «essere fuori di sé».

L’Umanità ha bisogno periodicamente di scuotere l’albero dell’arte affinché cadano tutti i frutti marci. In grazia dell’arte stessa è preciso essere molto esigenti; la sua dignità domanda che non le siamo favorevoli, ma che, al contrario, lotti con noi e ci renda l’accondiscendenza. Altrimenti, se continuiamo ad accumulare ammirazione, ogni secolo aumenterà la mole di presunta bellezza, e dopo altri mille anni non ci sarà sul pianeta più che cimiteri e musei.

Conviene strappare l’arte dalle mani del buon borghese, dove è caduta prigioniera, e renderla scomoda; cioè, autentica. Invece di adattarla alle anime inerti, importa provare l’inverso: vessare le genti affinché siano capaci di essa.

A prima vista può sembrare eccessivo questo atteggiamento. Tuttavia, permettetemi di insistere un poco su di esso. La questione è più grave e meno capricciosa di quanto sembri a prima vista. Come con l’arte, sebbene in minore misura, accade con la scienza, e forse risulterà più chiaro riferirsi a questa.

Ho sostenuto che fosse urgente finirla col culto convenzionale della scienza, propagato durante l’ultimo secolo. La ragione è questa. Dominando il pregiudizio in favore della scienza si è meno esigenti con essa, e d’altra parte si estende un’idea falsa e illusoria sulla sua missione e potere. Il favore, dunque, si sarà ottenuto a costo di falsificare il favorito. Un buon giorno, irrimediabilmente, si scoprirà la frode, e il buon borghese proclamerà allora la «bancarotta della scienza», e forse il fallimento della cultura. Denuncerà tutta la porzione di pseudoscienza che all’ombra del suo culto è nata. Non è questo mera ipotesi. L’ultima guerra dio occasione a tali declamazioni. Il buon borghese stava nell’idea che la missione della scienza, e in generale della cultura, fosse finirla con le guerre e fargli la vita comoda. Forse pensa altresì che la missione dell’arte sia rendere felici e virtuose le sue figlie. E siccome questo non è vero, ma piuttosto il contrario, giungerà una giornata in cui si rivolterà contro l’arte, dichiarandole tabù.

Non è più discreto sostenere che l’arte e, in altra misura, la scienza sono due cose oltremodo problematiche, di esistenza molto dubbia, piuttosto pure aspirazioni di alcune persone che le coltivano per semplice gusto, senza pretesa patetica alcuna, come potevano giocare a scacchi o cacciare farfalle? Tutto ciò che sopra questo umile livello si riesca ad affermare avrà un vigore incontrastabile. Arte e scienza sono doni imprevedibili che cadono sull’uomo non si sa come né quando né da quali magiche regioni. Per ciò stesso, l’uomo non deve contarci né assestare la sua vita quotidiana su isole così improbabili.

Invece, deve esigersi alle genti il sacrificio della libagione. L’uomo antico versava un poco del suo vino migliore in omaggio agli dei assenti, senza aspettare gran che da essi. Arte e scienza non hanno bisogno di favore né di entusiasmo eccessivo e popolare. Soltanto di quando in quando, un poco di fine attenzione, desta e critica, per vedere se è accaduto il miracolo.

Bisogna fare, tuttavia, eccezione per una parte della scienza: la sperimentale. Lasciamo da parte la questione del rango che nella gerarchia della conoscenza le corrisponde. Non la raccomandiamo come sapere, ma come utilità. In essa sta la chiave della tecnica, e la tecnica interessa alla vita di tutti. È ragionevole che si esiga da tutti la loro collaborazione nel progresso tecnico, che non è problematico né miracoloso. Non c’è dubbio che se si duplicano i laboratori e si dotano meglio, se si promette ricchezza ai ricercatori, può pronosticarsi, quasi a data fissa, la guarigione del cancro e della tubercolosi, l’invenzione di nuove forme di energia che diminuiscano lo sforzo umano, ecc., ecc. Ecco un tipo di scienza —la tecnica— verso la quale è onesto mobilitare l’entusiasmo delle moltitudini. Non le si defrauda, e le si invita a sacrificarsi per ciò che in effetti le interessa. La tecnica di soluzioni.

Ma l’arte e la pura scienza vivono di essere problemi, e possono interessare sinceramente soltanto a gloriosi equipaggi di avventurieri. Non fondiamo le cose se non nella sincerità, terra ferma. Ma si dirà che anche esse hanno bisogno di mezzi, ausilio sociale. Perfettamente. Che siano loro procurati da gruppi particolari della società veramente sensibili a così divine avventure.

Aquí, delante de esta cueva donde parece haber nacido el arte, reconozcamos que es éste un soberano azar. No cabe premeditarlo como un crimen o un negocio. Estos hombres de Altamira lo encontraron sin buscarlo. Vino sobre ellos como una revelación, como un bisonte.

XII

SANTILLANA DEL MAR: LA SOMBRA MÁGICA DE LA VARITA

Abre el guía una verja que defiende el ojo negro de la caverna, por donde hemos de ingresar. Avanzamos el pie sobre un terreno húmedo, resbaladizo, pedregoso. Pronto sentimos que la tiniebla nos ha devorado y nos malaxa, nos mastica con sus mandíbulas impalpables. Una entrada pareja debía tener aquel lugar de la leyenda céltica que llamaban el Purgatorio de San Patricio. Los que tornaban de él no volvían a reír nunca. ¡Y pensar que esto es un Museo! Nuestra escasa simpatía por los museos de arte se suaviza un poco. ¡Excelente un museo a oscuras! Las manos trabajan la tiniebla, abriendo en ella rutas posibles, y el pie tropieza, se escurre peligrosamente en un rápido deslizamiento hacia el centro de la Tierra.

Entretanto, el guía enciende una lámpara de acetileno. Nuestro afán de ver los bisontes ilustres no admite espera. Miramos el techo de la cueva. ¡Helos ahí! ¡Fantasmáticos, monstruosos! Se mueven sobre el haz de la piedra. Pero no; ha sido un error. Lo que hemos visto era nuestras propias sombras, temblorosas, proyectadas sobre la techumbre por la lámpara que yace en el suelo. ¿Y los bisontes? Hay un recato irónico en estas figuras primigenias que rehúsan entregarse sin más ni más a la retina profana. Evidentemente, el suelo de la caverna está hoy más alto que en otro tiempo, y no queda distancia suficiente para que el dibujo entero, casi siempre de amplias dimensiones, se componga en la visión. Hace falta que el guía conduzca nuestra mirada señalando a lo largo el perfil de cada bestia con un puntero. Mas como esto, ejecutado una vez y otra, acabaría por estropear la obra prodigiosa, el guía ha inventado un procedimiento que va muy bien con la escena, con el lugar, con el sentido mágico de aquellas creaciones. La lámpara superpone a la decoración altamirana las sombras de los turistas, extravagantemente desmesuradas. De suerte que éstos lo primero que hallan allí es su propia y vulgar silueta. (El discípulo de la sapiencia saíta recorre el mundo en busca de la verdad; desesperado y rendido, vuelve al templo de Sais, se acerca al lugar santísimo, rasga el velo que cubre el secreto de Isis y encuentra… su propia imagen, recibida por un espejo). Pero entre estas sombras va la de una varita que el guía lleva en la mano, y la punta de esta sombra es la que se desliza, virtual e incorpórea, sobre el techo, y suscita mágicamente toda la fauna paleolítica que contiene desde hace veinte mil años el vientre, hoy violado, de la espelunca.

Es la segunda vez que visito el antro misterioso, y la impresión de estupor que me produjo la primera sólo ha podido aumentarse. La perfección y la complejidad de este arte rupestre sacuden dentro de nosotros legiones de ideas anquilosadas, demasiado seguras de sí mismas. No hay duda: la cueva de Altamira es uno de los grandes hechos que han caído en el regazo de nuestra época. De un golpe ha triplicado el horizonte de la memoria humana, de la historia, de la civilización. Y como todo nuevo hecho de gran calibre, obliga a ensanchar enormemente nuestro sistema de ideas si ha de tener en él cabida.

Ostenta el hecho facetas escandalosas. ¿No es un escándalo que el arte pictórico —una cosa tan difícil, según los pintores— comience desde luego con lo perfecto? En rigor, el arte egipcio ofrecía una indicación parecida. También allí se llega en seguida a la perfección plástica. ¿Cómo los salvajes de Altamira han podido extraer de sí la delicadeza, el ritmo, la gracia triunfantes en estas figuras? Por otra parte —pensamos—, nuestra extrañeza es un poco retórica. Todos los días observamos cosa parecida. No pocos de los mejores artistas actuales, tratados de cerca, presentan caracteres paleolíticos. Sea dicho sin mala intención. Es una advertencia que muchos lectores habrán hecho. Obras admirables nacen en hombres de alma primitiva, superlativamente ruda. Da grima oírles hablar de sus propios engendros, y se llega a dudar que sean ellos los autores. En esto, como en todo, hay gran diferencia entre el arte literario y los demás. Aunque no imposible, es insólito que un buen libro emane de un espíritu grosero e ignorante. ¿Cómo se explica este diverso régimen? Yo no lo sé; pero esta experiencia me parece una seria objeción contra pintura y escultura en que algún día se caerá. Tal vez el último siglo ha sacado de quicio las cosas y, elevando excesivamente el rango de esas dos artes, las ha equiparado a la poesía, con grave injusticia. A nadie le extraña la rudeza en un buen ebanista o tapicero. Es muy posible que la inminente restauración de la jerarquía en las cosas humanas vuelva a desnivelar las artes, evitando enigmáticas confusiones. Hay casos en que tiene gran vigor el argumento ad hominem.

No es necesario decir que los pintores de Altamira son inocentes de la belleza que les atribuimos. No se proponían hacer arte, sino algo más importante: magia. Entre los bisontes, ciervos, caballos salvajes, cabras, hay algunas manos de hombre. Al principio, con una explicación racionalista, se supuso que el artífice había apoyado en el techo su palma, húmeda aún de la sustancia con que pintaba. Pero luego se ha encontrado la misma mano en otras decoraciones prehistóricas. Además, no se trata de una impronta negativa, no es la huella de una mano, sino una mano pintada.

El misterio donde nos instalamos al penetrar en esta caverna no es ella ni su vulgar tiniebla de cuarto oscuro: es el alma del hombre primitivo. Y por ella empieza hoy la ciencia a caminar torpemente, las manos adelante, dilatando los poros de la tiniebla. Cada día va pareciendo más distante, más distinta, su psique de la nuestra.

Para nosotros, dos cosas que se parecen en algo no por eso tienen que ver entre sí. El rayo y el arma coinciden en que ambos matan; pero esto no nos lleva a identificar uno y otra. Nuestros objetos poseen una relativa rigidez y son incomunicantes. No así en el pensamiento primitivo. La semejanza entre dos cosas implica en su mente la identidad de ambas, su participación en una misma sustancia. Lo que se haga con una repercutirá en la otra, puesto que son una misma realidad. Las lianas enlazan el tronco del árbol como los brazos del amante a la amada. Es decir, que si el hombre bebe una infusión de lianas abrazará a la mujer que se la ha servido. Así nace el filtro mágico. Y como las cosas tienen semejanzas aun con otras muy lejanas, formarán series o cadenas mágicas y se asociarán en grupos extraños, unidas por su idéntica sustancia mágica. El mundo del hombre primitivo tiene muy distinta configuración que el nuestro real y se asemeja más a lo que sería el mundo de nuestra poesía si la tomásemos en serio. Morder la rosa sería preparar el mordisco en la mejilla de la moza a que se parece la flor. En algunos pueblos salvajes, la muchacha que quiere favorecer la curva de su busto no debe acercarse a la orilla del mar, porque las olas son cóncavas como senos, y al retirarse convexas en la resaca son senos que menguan y que mueren. Cuando llueve demasiado, el brujo de las islas del estrecho de Torres se introduce donde no puede decirse una bolita roja, y luego, lentamente, la expele. La consecuencia es que el Sol triunfa de las nubes y vuelve a salir radiante. La forma circular ha bastado para identificar el astro con la bola.

Existe, pues, para el alma primitiva una penetrabilidad prodigiosa entre las realidades, que permite pasar de una a otra como si estuviesen llenas de metafísicos poros o fuesen de naturaleza gaseosa. Esta condición de las cosas hace posible la técnica mágica y la inspiración simbólica.

Here, before this cave where art seems to have been born, let us recognize that it is a sovereign chance. It cannot be premeditated as a crime or a business. These men of Altamira found it without seeking it. It came upon them as a revelation, as a bison.

XII

SANTILLANA DEL MAR: THE MAGIC SHADOW OF THE WAND

The guide opens a gate that defends the black eye of the cavern, through which we are to enter. We advance the foot on a humid, slippery, stony ground. Soon we feel that the darkness has devoured us and kneads us, chews us with its impalpable jaws. A similar entrance must have had that place of the Celtic legend they called the Purgatory of Saint Patrick. Those who returned from it never laughed again. And to think that this is a Museum! Our scant sympathy for the art museums softens a little. Excellent a museum in the dark! The hands work the darkness, opening in it possible routes, and the foot stumbles, slips dangerously in a rapid slide toward the centre of the Earth.

Meanwhile, the guide lights an acetylene lamp. Our eagerness to see the illustrious bisons admits no waiting. We look at the ceiling of the cave. Here they are! Phantasmal, monstrous! They move on the beam of the stone. But no; it has been an error. What we had seen was our own shadows, trembling, projected on the roof by the lamp that lies on the ground. And the bisons? There is an ironic coyness in these primigenial figures that refuse to give themselves up just like that to the profane retina. Evidently, the floor of the cavern is today higher than in other time, and there does not remain sufficient distance for the whole drawing, almost always of ample dimensions, to compose itself in the vision. The guide needs to lead our gaze pointing along the profile of each beast with a pointer. But as this, executed once and again, would end up spoiling the prodigious work, the guide has invented a procedure that goes very well with the scene, with the place, with the magical sense of those creations. The lamp superposes on the Altamiran decoration the shadows of the tourists, extravagantly disproportionate. So that these the first thing they find there is their own and vulgar silhouette. (The disciple of the Saitic wisdom goes round the world in search of truth; desperate and worn out, returns to the temple of Sais, approaches the holiest place, tears the veil that covers the secret of Isis and finds… his own image, received by a mirror). But among these shadows goes that of a wand that the guide carries in his hand, and the tip of this shadow is the one that slides, virtual and incorporeal, over the ceiling, and magically evokes all the Palaeolithic fauna that the belly, today violated, of the cavern has contained for twenty thousand years.

It is the second time I visit the mysterious den, and the impression of stupor that the first produced in me has only been able to increase. The perfection and complexity of this cave art shake within us legions of ankylosed ideas, too sure of themselves. There is no doubt: the cave of Altamira is one of the great facts that have fallen into the lap of our epoch. At one stroke it has tripled the horizon of human memory, of history, of civilization. And like every new fact of great calibre, it obliges enormously to widen our system of ideas if it is to find room in it.

The fact flaunts scandalous facets. Is it not a scandal that pictorial art —a thing so difficult, according to the painters— begins right away with the perfect? Strictly, Egyptian art offered a similar indication. There too one arrives at once at plastic perfection. How have the savages of Altamira been able to extract from themselves the delicacy, the rhythm, the triumphant grace of these figures? On the other hand —we think—, our strangeness is a little rhetorical. Every day we observe a similar thing. Not a few of the best present-day artists, treated up close, present Palaeolithic characters. Be it said without ill intention. It is a warning that many readers will have made. Admirable works are born in men of primitive, superlatively coarse soul. It gives one the creeps to hear them speak of their own offspring, and one comes to doubt that they are the authors. In this, as in everything, there is great difference between literary art and the others. Though not impossible, it is unusual that a good book emanate from a coarse and ignorant spirit. How is this diverse regime explained? I do not know; but this experience seems to me a serious objection against painting and sculpture that some day will be fallen into. Perhaps the last century has drawn things out of their hinges and, elevating excessively the rank of those two arts, has equated them with poetry, with grave injustice. Nobody finds strange the rudeness in a good cabinetmaker or upholsterer. It is very possible that the imminent restoration of hierarchy in human things returns to unlevel the arts, avoiding enigmatic confusions. There are cases in which the argument ad hominem has great vigour.

It is not necessary to say that the painters of Altamira are innocent of the beauty we attribute to them. They did not propose to make art, but something more important: magic. Among the bisons, stags, wild horses, goats, there are some human hands. At first, with a rationalist explanation, it was supposed that the artificer had rested his palm on the ceiling, still humid with the substance with which he painted. But later the same hand has been found in other prehistoric decorations. Moreover, it is not a question of a negative imprint, it is not the trace of a hand, but a painted hand.

The mystery where we install ourselves in penetrating this cavern is not it nor its vulgar darkness of darkroom: it is the soul of primitive man. And through it science begins today to walk clumsily, hands forward, dilating the pores of the darkness. Each day its psyche goes appearing more distant, more distinct, from ours.

For us, two things that resemble each other in something do not for that have to do with one another. The lightning and the weapon coincide in that both kill; but this does not lead us to identify the one and the other. Our objects possess a relative rigidity and are incomnunicating. Not so in primitive thought. The resemblance between two things implies in his mind the identity of both, their participation in one same substance. What is done with one will reverberate in the other, since they are one same reality. The lianas link the trunk of the tree as the arms of the lover the beloved. That is, that if the man drinks an infusion of lianas he will embrace the woman who has served it to him. Thus is born the magic filter. And as things have resemblances even with others very distant, they will form series or magic chains and will associate in strange groups, united by their identical magic substance. The world of primitive man has a very distinct configuration from our real one and resembles more what would be the world of our poetry if we took it seriously. Biting the rose would be preparing the bite on the cheek of the maiden to whom the flower resembles. In some savage peoples, the girl who wants to favour the curve of her bust must not approach the seashore, because the waves are concave as breasts, and withdrawing convex in the undertow are breasts that diminish and that die. When it rains too much, the sorcerer of the islands of the Torres strait introduces a little red ball where it cannot be said, and then, slowly, expels it. The consequence is that the Sun triumphs over the clouds and comes out again radiant. The circular form has sufficed to identify the star with the ball.

There exists, then, for the primitive soul a prodigious penetrability among the realities, that allows passing from one to another as if they were full of metaphysical pores or were of a gaseous nature. This condition of things makes possible the magical technique and the symbolic inspiration.

Qui, dinanzi a questa grotta dove sembra sia nato l’arte, riconosciamo che è questa un sovrano azzardo. Non si può premeditarlo come un crimine o un affare. Questi uomini di Altamira lo trovarono senza cercarlo. Venne su di loro come una rivelazione, come un bisonte.

XII

SANTILLANA DEL MAR: L’OMBRA MAGICA DELLA BACCHETTA

Apre la guida un cancello che difende l’occhio nero della caverna, per cui dobbiamo entrare. Avanziamo il piede su un terreno umido, sdrucciolevole, pietroso. Presto sentiamo che la tenebra ci ha divorato e ci malassa, ci mastica con le sue mandibole impalpabili. Un’entrata pari doveva avere quel luogo della leggenda celtica che chiamavano il Purgatorio di San Patrizio. Coloro che ne tornavano non ridevano mai più. E pensare che questo è un Museo! La nostra scarsa simpatia per i musei d’arte si addolcisce un poco. Eccellente un museo al buio! Le mani lavorano la tenebra, aprendo in essa rotte possibili, e il piede inciampa, scivola pericolosamente in un rapido scivolamento verso il centro della Terra.

Frattanto, la guida accende una lampada ad acetilene. Il nostro anelito di vedere i bisonti illustri non ammette attesa. Guardiamo il soffitto della grotta. Eccoli lì! Fantomatici, mostruosi! Si muovono sul fascio della pietra. Ma no; è stato un errore. Ciò che abbiamo visto erano le nostre proprie ombre, tremolanti, proiettate sulla volta dalla lampada che giace sul suolo. E i bisonti? C’è un ritegno ironico in queste figure primigenie che rifiutano di consegnarsi così su due piedi alla retina profana. Evidentemente, il suolo della caverna è oggi più alto che in altro tempo, e non resta distanza sufficiente perché il disegno intero, quasi sempre di ampie dimensioni, si componga nella visione. Fa bisogno che la guida conduca il nostro sguardo segnando lungo il profilo di ogni bestia con un puntatore. Ma siccome questo, eseguito una volta e un’altra, finirebbe per rovinare l’opera prodigiosa, la guida ha inventato un procedimento che va molto bene con la scena, col luogo, col senso magico di quelle creazioni. La lampada sovrappone alla decorazione altamirana le ombre dei turisti, stravagantemente smisurate. Di sorta che questi la prima cosa che trovano lì è la loro propria e volgare silhouette. (Il discepolo della sapienza saita percorre il mondo in cerca della verità; disperato e stanco, torna al tempio di Sais, si avvicina al luogo santissimo, straccia il velo che copre il segreto di Iside e trova… la sua propria immagine, ricevuta da uno specchio). Ma tra queste ombre va quella di una bacchetta che la guida porta in mano, e la punta di questa ombra è quella che si distende, virtuale e incorporea, sul soffitto, e suscita magicamente tutta la fauna paleolitica che contiene da ventimila anni il ventre, oggi violato, della spelonca.

È la seconda volta che visito l’antro misterioso, e l’impressione di stupore che mi produsse la prima ha potuto soltanto aumentarsi. La perfezione e la complessità di quest’arte rupestre scuotono dentro di noi legioni di idee anquilosate, troppo sicure di sé stesse. Non c’è dubbio: la grotta di Altamira è uno dei grandi fatti che sono caduti in grembo alla nostra epoca. Di un colpo ha triplicato l’orizzonte della memoria umana, della storia, della civiltà. E come ogni nuovo fatto di grande calibro, obbliga ad allargare enormemente il nostro sistema di idee se deve trovarvi alloggio.

Ostenta il fatto facce scandalose. Non è uno scandalo che l’arte pittorica —una cosa così difficile, secondo i pittori— cominci subito col perfetto? In rigore, l’arte egiziana offriva un’indicazione simile. Anche lì si giunge subito alla perfezione plastica. Come i selvaggi di Altamira hanno potuto trarre da sé la delicatezza, il ritmo, la grazia trionfanti in queste figure? D’altra parte —pensiamo—, la nostra stranezza è un poco retorica. Tutti i giorni osserviamo cosa simile. Non pochi dei migliori artisti attuali, trattati da vicino, presentano caratteri paleolitici. Sia detto senza malanimo. È un avvertimento che molti lettori avranno fatto. Opere ammirevoli nascono in uomini di anima primitiva, superlativamente rozza. Fa ribrezzo sentirli parlare dei loro propri parti, e si arriva a dubitare che siano essi gli autori. In questo, come in tutto, c’è gran differenza tra l’arte letteraria e le altre. Sebbene non impossibile, è insolito che un buon libro emani da uno spirito rozzo e ignorante. Come si spiega questo diverso regime? Io non lo so; ma questa esperienza mi sembra una seria obiezione contro pittura e scultura in cui un giorno si cadrà. Forse l’ultimo secolo ha tratto le cose fuori dai cardini e, elevando eccessivamente il rango di quelle due arti, le ha equiparate alla poesia, con grave ingiustizia. A nessuno fa strano la rudezza in un buon ebanista o tappezziere. È molto possibile che l’imminente restaurazione della gerarchia nelle cose umane torni a dislivellare le arti, evitando enigmatiche confusioni. Ci sono casi in cui ha gran vigore l’argomento ad hominem.

Non è necessario dire che i pittori di Altamira sono innocenti della bellezza che loro attribuiamo. Non si proponevano di fare arte, ma qualcosa di più importante: magia. Tra i bisonti, cervi, cavalli selvaggi, capre, ci sono alcune mani d’uomo. Al principio, con una spiegazione razionalista, si suppose che l’artefice avesse appoggiato sul soffitto la sua palma, umida ancora della sostanza con cui dipingeva. Ma poi si è trovata la stessa mano in altre decorazioni preistoriche. Inoltre, non si tratta di un’impronta negativa, non è l’orma di una mano, ma una mano dipinta.

Il mistero dove ci installiamo penetrando in questa caverna non è essa né la sua volgare tenebra di camera oscura: è l’anima dell’uomo primitivo. E per essa comincia oggi la scienza a camminare goffamente, le mani avanti, dilatando i pori della tenebra. Ogni giorno va sembrando più distante, più distinta, la sua psiche dalla nostra.

Per noi, due cose che si assomigliano in qualcosa non per questo hanno a che vedere l’una con l’altra. Il fulmine e l’arma coincidono in che entrambi uccidono; ma questo non ci porta a identificare l’uno e l’altra. I nostri oggetti possiedono una relativa rigidità e sono incomunicanti. Non così nel pensiero primitivo. La somiglianza tra due cose implica nella sua mente l’identità di entrambe, la loro partecipazione a una stessa sostanza. Ciò che si faccia con una ripercuoterà sull’altra, posto che sono una stessa realtà. Le liane allacciano il tronco dell’albero come le braccia dell’amante l’amata. Cioè, che se l’uomo beve un’infusione di liane abbraccerà la donna che gliela ha servita. Così nasce il filtro magico. E siccome le cose hanno somiglianze anche con altre molto lontane, formeranno serie o catene magiche e si associeranno in gruppi strani, unite dalla loro identica sostanza magica. Il mondo dell’uomo primitivo ha molto distinta configurazione dal nostro reale e si assomiglia più a ciò che sarebbe il mondo della nostra poesia se la prendessimo sul serio. Mordere la rosa sarebbe preparare il morso sulla guancia della ragazza a cui il fiore somiglia. In alcuni popoli selvaggi, la ragazza che vuole favorire la curva del suo busto non deve avvicinarsi alla riva del mare, perché le onde sono concave come seni, e ritirandosi convesse nella risacca sono seni che diminuiscono e che muoiono. Quando piove troppo, lo stregone delle isole dello stretto di Torres si introduce una pallina rossa dove non può dirsi, e poi, lentamente, la espelle. La conseguenza è che il Sole trionfa delle nuvole e torna a uscire raggiante. La forma circolare è bastata a identificare l’astro con la palla.

Esiste, dunque, per l’anima primitiva una penetrabilità prodigiosa tra le realtà, che permette di passare dall’una all’altra come se fossero piene di metafisici pori o fossero di natura gassosa. Questa condizione delle cose rende possibile la tecnica magica e l’ispirazione simbolica.

Ahora bien; hay ciertas cosas cuyo parecido con otras es superlativo, a saber: sus imágenes o figuras. Para nosotros, la figura dibujada no tiene ninguna realidad propia, y tal vez exageramos un poco más de lo justo. Pero se comprende que el hombre ha tardado milenios en convencerse de que un bisonte pintado no es, al fin y al cabo, un bisonte. Pasa como con el nombre que es para la mente primaria un modo de la cosa misma. Los esquimales sostienen que el hombre se compone de tres partes: su cuerpo, su alma y su nombre. Nombrar es, pues, en algún modo, tener la cosa. Por eso es tan general en las épocas primeras dar al niño dos nombres: uno falso, que se hace público, y otro auténtico, que sólo la madre sabe y luego comunica a la esposa. Un resto de esta magia nominal conserva el lector piadoso cuando se persigna «en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».

Leamos, en fin, el jeroglífico mágico de la cueva de Altamira: un bisonte y una mano adjunta quiere decir: que nosotros capturemos el bisonte. Es un rito alimenticio y vagamente tauromáquico…

De allí salimos a rever las estrellas.

XIII

EN LA PLAYA

Las playas son los lugares femeninos de las costas, como los promontorios simbolizan su masculinidad.

La playa grande de Biarritz se encorva como una fusta para mantener en obediencia sus rocas amaestradas. Son media docena de monstruos con piel ocre que emergen de las aguas y tienen un aspecto maquillado y falso. Hacían demasiada falta en aquel mar desnudo, sin naves ni melancólica prolongación de arrecifes, para que su presencia no sea sospechosa. ¿Por qué han de tener esas formas tan afectadas? ¿Por qué han de ser unas rocas iguales a las rocas que sueñan las señoritas de comptoir? Y como todo Biarritz nos parece artificial, pensamos que estas rocas demasiado oportunas no han nacido allí en virtud de espontánea inspiración geológica, sino que han sido colocadas por un Sindicato de turismo a fin de amenizar la marina y dar ocasión para que lo azul, batiendo, se vuelva blanco. Y la espuma, en efecto, ciñe a sus cuellos una gola cándida, como suelen llevar en los circos las focas domesticadas.

Now; there are certain things whose resemblance with others is superlative, to wit: their images or figures. For us, the drawn figure has no proper reality, and perhaps we exaggerate a little more than is right. But it is understood that man has taken millennia to convince himself that a painted bison is not, after all, a bison. It happens as with the name that is for the primary mind a mode of the thing itself. The Eskimos maintain that man is composed of three parts: his body, his soul and his name. To name is, then, in some way, to have the thing. That is why it is so general in the early epochs to give the child two names: one false, which is made public, and another authentic, which only the mother knows and then communicates to the wife. A remnant of this nominal magic is preserved by the pious reader when he crosses himself «in the name of the Father, of the Son and of the Holy Spirit».

Let us read, in short, the magical hieroglyph of the cave of Altamira: a bison and an attached hand means: that we capture the bison. It is an alimentary and vaguely tauromachic rite…

From there we come out to see again the stars.

XIII

ON THE BEACH

The beaches are the feminine places of the coasts, as the promontories symbolize their masculinity.

The great beach of Biarritz curves like a whip to maintain in obedience its schooled rocks. They are half a dozen monsters with ochre skin that emerge from the waters and have a made-up and false aspect. They were too much missed in that naked sea, without ships nor melancholy prolongation of reefs, for their presence not to be suspect. Why must they have those so affected forms? Why must they be rocks equal to the rocks that the young ladies of the comptoir dream? And since all Biarritz seems artificial to us, we think that these too opportune rocks have not been born there by virtue of spontaneous geological inspiration, but that they have been placed by a Tourist Syndicate in order to enliven the seascape and give occasion for the blue, beating, to turn white. And the foam, in effect, girds their necks with a candid ruff, as the domesticated seals usually wear in the circuses.

Orbene; ci sono certe cose il cui parecido con altre è superlativo, cioè: le loro immagini o figure. Per noi, la figura disegnata non ha alcuna realtà propria, e forse esageriamo un poco più del giusto. Ma si comprende che l’uomo ha tardato millenni a convincersi che un bisonte dipinto non è, in fin dei conti, un bisonte. Accade come col nome che è per la mente primaria un modo della cosa stessa. Gli esquimesi sostengono che l’uomo si compone di tre parti: il suo corpo, la sua anima e il suo nome. Nominare è, dunque, in qualche modo, avere la cosa. Perciò è così generale nelle epoche prime dare al bambino due nomi: uno falso, che si fa pubblico, e un altro autentico, che soltanto la madre sa e poi comunica alla sposa. Un resto di questa magia nominale conserva il lettore pio quando si segna «nel nome del Padre, del Figlio e dello Spirito Santo».

Leggiamo, infine, il geroglifico magico della grotta di Altamira: un bisonte e una mano annessa vuol dire: che noi catturiamo il bisonte. È un rito alimentare e vagamente tauromachico…

Di là usciamo a rivedere le stelle.

XIII

SULLA SPIAGGIA

Le spiagge sono i luoghi femminili delle coste, come i promontori simboleggiano la loro mascolinità.

La grande spiaggia di Biarritz si incurva come una frusta per mantenere in obbedienza le sue rocce ammaestrate. Sono mezza dozzina di mostri con pelle ocra che emergono dalle acque e hanno un aspetto truccato e falso. Facevano troppo difetto in quel mare nudo, senza navi né malinconico prolungamento di scogli, perché la loro presenza non sia sospetta. Perché devono avere queste forme così affettate? Perché devono essere delle rocce uguali alle rocce che sognano le signorine di comptoir? E siccome tutto Biarritz ci sembra artificiale, pensiamo che queste rocce troppo opportune non sono nate lì in virtù di spontanea ispirazione geologica, ma che sono state collocate da un Sindicato di turismo al fine di allietare la marina e dare occasione che l’azzurro, battendo, si volga in bianco. E la spuma, in effetti, cinge ai loro colli una gola candida, come sogliono portare nei circhi le foche domesticate.