Ortega y Gasset
Abstract
On Edward VIII’s abdication: England astonishes Europe by resolving a gravest conflict with perfection, since its Empire rests on a monarchic institution as tenuous as a soap bubble. With a minimum of authority it achieves what Russia, Germany and Italy achieve through tyranny and frenzied creeds: communism and fascism are orthopaedics, England a healthy people walking on its own legs.
Connections
Assi: Legittimità del potere
Concetti: Stato
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Desde hace un cuarto de siglo todo lo que pasa es estupefaciente. No vivimos casi de otra cosa que de estupores. Cuando uno va a cesar, tal nuevo acontecimiento vuelve a dejarnos patidifusos. La constancia del fenómeno podía, al menos, habernos bonificado con una ventaja: la de que nos hubiésemos habituado. Pero es el caso que tampoco esto nos ha sido otorgado. Cuando ya íbamos acostumbrándonos a que cada día trajera algo increíblemente absurdo, atroz o repugnante, he aquí que estas semanas hacen caer a Europa en un estupor de nueva índole para el cual se hallaba completamente desapercibida. Y es que esta vez se trata de un hecho increíblemente correcto, digno, ejemplar. ¿Cómo? ¿Podía acontecer aún algo en el mundo que fuese correcto, digno, ejemplar? Me refiero a la conducta del pueblo inglés ante la abdicación de Eduardo VIII y la exaltación de Jorge VI.
Habían fallado tantos pueblos, tantos hombres, tantas cosas que no teníamos derecho íntimo a confiar en nada. Como dijo Cocteau, ya no creíamos ni en los prestidigitadores. Y he aquí que los amores inoportunos de David Windsor plantean en Inglaterra el problema más grave que podía allí suscitarse.
El Imperio inglés gravita íntegramente sobre la institución monárquica. Y la institución monárquica es en Inglaterra de una tenuidad casi arcangélica: una figura y un poder indefinidos e indefinibles. Para ser en todo inverosímil, el pueblo inglés ha hecho que la pesadumbre de su Imperio, tan compacto y tremendo, se apoye en una burbuja de jabón, compuesta de puros reflejos e irisaciones impalpables. De aquí, el dramatismo que, desde el primer momento, rezumaba de la escena. ¿Cómo un pueblo de setenta millones de hombres va a manejar una burbuja de jabón? Hemos vivido un par de semanas con el alma en un hilo. El menor gesto insolente, la más leve contracción histérica, una mínima incorrección y la burbuja se desvanecía.
Pero ese pueblo de setenta millones de hombres, con tantos bebedores de cerveza, con tantos fumadores en pipa, ha resuelto su terrible conflicto con una perfección maravillosa. Y esto, esto es lo que ha causado el nuevo y más imprevisto estupor.
Rusia, Alemania, Italia, se han quedado de una pieza. En el secreto de sí mismas, esas naciones han debido decirse: «Para obtener un poco de disciplina en nuestros ciudadanos, nosotros hemos tenido que emplear los medios de Poder público más anormales que registra la historia. Hemos llevado al extremo la tiranía sometiendo a ella zonas de la vida individual que jamás habían sido requisadas por la autoridad. Para conseguir algún buen rendimiento público de nuestros hombres, hemos tenido que alcoholizarlos con credos frenéticos y crisparlos con prácticas catalépticas. Y este demonio de Inglaterra, con un mínimum de autoridad, de Estado, entregándose simplemente a la disciplina que espontáneamente pudiera emanar del fondo íntimo de cada ciudadano, consigue reacciones políticas y nacionales de una perfección insuperable». Pero no sólo esto se habrán dicho, sino que habrán agregado a la anterior reflexión, puramente contemplativa, esta otra más inquietante: «Si este pueblo inglés se comporta así en un conflicto interior, civil y casi etéreo, ¿cómo se comportará en una guerra contra otro u otros pueblos? Diablo…»
No es fácil, tal vez, exagerar las consecuencias que la conducta de los ingleses en este asunto va a traer para el inmediato porvenir. No se hablará mucho de ello —lo característico de la estupefacción es que estrangula la verbosidad—, pero en las secretas oficinas de la conciencia europea seguirá operando con química eficaz. Y es que, de pronto, hemos vuelto a tener experiencia clara de lo históricamente sano frente a lo morboso. Al contraste de ese hecho, que era la salud misma, todo lo demás que pasa en Europa revela, declara, grita su condición patológica; todo lo demás sabe a hospital y suena a manicomio. Comunismo y fascismo son ortopedia. En Inglaterra volvemos a descubrir lo que es un pueblo saludable que marcha sobre sus piernas naturales, sin deformaciones ni complementos mecánicos.
Y una vez más, los europeos se preguntan: ¿Qué misterio es éste de Inglaterra? ¿Por qué es un pueblo aparte y tan esencialmente distinto de todos los demás? ¿De qué materias extrañas está hecho el hombre inglés? Y lo escandaloso del caso —muchas veces lo he hecho constar— es que no existe en toda la bibliografía un solo intento serio de contestar a esas interrogaciones, un solo libro que ensaye a fondo aclararnos el enigma y que yo pudiera ahora recomendar al lector.
En los artículos que siguen no pretendo llenar ese vacío. Están pensados y, en parte, escritos antes de que David Windsor diese lugar con su inoportunidad a la lección política más oportuna. En ellos se habla de Inglaterra sólo incidentalmente. Sin embargo, fue el espectáculo de esta nación —que no he visitado nunca— lo que hace años inspiró esta serie de meditaciones. Porque yo veía siempre a Europa consistiendo en un montón de pueblos geniales pero exentos de serenidad, nunca maduros, siempre pueriles y, al fondo, detrás de ellos, Inglaterra… como la nurse de Europa.
La Nación, 2 de mayo de 1937
For a quarter of a century everything that happens has been stupefying. We live of hardly anything but stupors. When one is about to cease, such a new event leaves us again flabbergasted. The constancy of the phenomenon could, at least, have benefited us with an advantage: that of our having become habituated. But it is the case that not even this has been granted us. When we were already getting used to each day bringing something incredibly absurd, atrocious or repugnant, behold these weeks make Europe fall into a stupor of new kind for which it found itself completely unprepared. And it is that this time it is a question of an incredibly correct, dignified, exemplary fact. What? Could there still happen something in the world that was correct, dignified, exemplary? I refer to the conduct of the English people before the abdication of Edward VIII and the exaltation of George VI.
So many peoples had failed, so many men, so many things that we had no inner right to trust in anything. As Cocteau said, we no longer believed even in the conjurers. And behold the inopportune loves of David Windsor plant in England the gravest problem that could there be raised.
The English Empire gravitates wholly on the monarchical institution. And the monarchical institution is in England of an almost angelic tenuousness: a figure and a power indefinite and indefinable. To be in everything implausible, the English people has arranged that the heaviness of its Empire, so compact and tremendous, lean on a soap bubble, composed of pure reflections and impalpable iridescences. Hence the dramatism that, from the first moment, oozed from the scene. How is a people of seventy million men going to handle a soap bubble? We have lived a couple of weeks with our soul on a thread. The least insolent gesture, the lightest hysterical contraction, a minimal incorrectness and the bubble vanished.
But that people of seventy million men, with so many beer drinkers, with so many pipe smokers, has resolved its terrible conflict with a marvellous perfection. And this, this is what has caused the new and most unforeseen stupor.
Russia, Germany, Italy, have been left flabbergasted. In the secret of themselves, those nations must have said to themselves: «To obtain a little discipline in our citizens, we have had to employ the most abnormal means of public Power that history records. We have carried tyranny to the extreme subjecting to it zones of individual life that had never been requisitioned by the authority. To obtain some good public yield from our men, we have had to alcoholize them with frantic creeds and make them tense with cataleptic practices. And this demon of England, with a minimum of authority, of State, giving itself simply to the discipline that could spontaneously emanate from the intimate bottom of each citizen, achieves political and national reactions of an insuperable perfection». But not only this will they have said to themselves, but they will have added to the previous reflection, purely contemplative, this other more disquieting one: «If this English people behaves thus in an inner, civil and almost ethereal conflict, how will it behave in a war against another or other peoples? Devil…»
It is not easy, perhaps, to exaggerate the consequences that the conduct of the English in this affair is going to bring for the immediate future. It will not be spoken of much —the characteristic of stupefaction is that it strangles verbosity—, but in the secret offices of the European consciousness it will continue to operate with an efficacious chemistry. And it is that, suddenly, we have again had clear experience of the historically sane before the morbid. At the contrast of that fact, which was health itself, everything else that happens in Europe reveals, declares, cries out its pathological condition; everything else tastes of hospital and sounds of madhouse. Communism and fascism are orthopaedics. In England we discover again what is a healthy people that marches on its natural legs, without deformations nor mechanical complements.
And once more, the Europeans ask themselves: What mystery is this of England? Why is it a people apart and so essentially distinct from all the others? Of what strange materials is the English man made? And the scandalous of the case —many times I have made it known— is that there does not exist in the whole bibliography a single serious attempt to answer those interrogations, a single book that essays in depth to clarify the enigma to us and that I could now recommend to the reader.
In the articles that follow I do not pretend to fill that void. They are thought and, in part, written before David Windsor gave occasion with his inopportunity to the most opportune political lesson. In them England is spoken of only incidentally. Nevertheless, it was the spectacle of this nation —which I have never visited— what years ago inspired this series of meditations. Because I always saw Europe consisting in a heap of peoples gifted but exempt from serenity, never mature, always puerile and, at the bottom, behind them, England… as the nurse of Europe.
La Nación, 2 May 1937
Da un quarto di secolo tutto ciò che accade è stupefacente. Non viviamo quasi d’altro che di stupori. Quando uno sta per cessare, un tale nuovo avvenimento torna a lasciarci a bocca aperta. La costanza del fenomeno poteva, almeno, averci bonificato con un vantaggio: quello che ci fossimo abituati. Ma è il caso che nemmeno questo ci è stato concesso. Quando già andavamo abituandoci a che ogni giorno portasse qualcosa di incredibilmente assurdo, atroce o ripugnante, ecco che queste settimane fanno cadere l’Europa in uno stupore di nuova indole per il quale si trovava completamente impreparata. Ed è che questa volta si tratta di un fatto incredibilmente corretto, degno, esemplare. Come? Poteva ancora accadere qualcosa nel mondo che fosse corretto, degno, esemplare? Mi riferisco alla condotta del popolo inglese dinanzi all’abdicazione di Edoardo VIII e all’esaltazione di Giorgio VI.
Erano venuti meno tanti popoli, tanti uomini, tante cose che non avevamo diritto intimo a confidare in nulla. Come disse Cocteau, non credevamo più nemmeno nei prestigiatori. Ed ecco che gli amori inopportuni di David Windsor piantano in Inghilterra il problema più grave che potesse lì suscitarsi.
L’Impero inglese gravita integralmente sull’istituzione monarchica. E l’istituzione monarchica è in Inghilterra di una tenuità quasi arcangelica: una figura e un potere indefiniti e indefinibili. Per essere in tutto inverosimile, il popolo inglese ha fatto che la pesantezza del suo Impero, così compatta e tremenda, si appoggi su una bolla di sapone, composta di puri riflessi e iridescenze impalpabili. Di qui, il drammatismo che, dal primo momento, trasudava dalla scena. Come un popolo di settanta milioni di uomini andrà a maneggiare una bolla di sapone? Abbiamo vissuto un paio di settimane con l’anima in sospeso. Il minimo gesto insolente, la più lieve contrazione isterica, una minima incorrezione e la bolla si dileguava.
Ma quel popolo di settanta milioni di uomini, con tanti bevitori di birra, con tanti fumatori di pipa, ha risolto il suo terribile conflitto con una perfezione meravigliosa. E questo, questo è ciò che ha causato il nuovo e più imprevisto stupore.
Russia, Germania, Italia, sono rimaste di stucco. Nel segreto di sé stesse, quelle nazioni avranno dovuto dirsi: «Per ottenere un poco di disciplina nei nostri cittadini, noi abbiamo dovuto impiegare i mezzi di Potere pubblico più anormali che registra la storia. Abbiamo portato all’estremo la tirannia sottomettendo ad essa zone della vita individuale che mai erano state requisite dall’autorità. Per conseguire qualche buon rendimento pubblico dei nostri uomini, abbiamo dovuto alcolizzarli con credi frenetici e crisparii con pratiche catalettiche. E questo demonio d’Inghilterra, con un minimo di autorità, di Stato, consegnandosi semplicemente alla disciplina che spontaneamente potesse emanare dal fondo intimo di ogni cittadino, consegue reazioni politiche e nazionali di una perfezione insuperabile». Ma non solo questo si saranno detti, ma avranno aggiunto alla precedente riflessione, puramente contemplativa, quest’altra più inquietante: «Se questo popolo inglese si comporta così in un conflitto interiore, civile e quasi etereo, come si comporterà in una guerra contro un altro o altri popoli? Diavolo…»
Non è facile, forse, esagerare le conseguenze che la condotta degli inglesi in questo affare andrà a portare per l’immediato avvenire. Non se ne parlerà molto —la caratteristica dello stordimento è che strangola la verbosità—, ma nei segreti uffici della coscienza europea continuerà a operare con chimica efficace. Ed è che, d’un tratto, siamo tornati ad avere esperienza chiara dello storicamente sano dinanzi al morboso. Al contrasto di quel fatto, che era la salute stessa, tutto il resto che accade in Europa rivela, dichiara, grida la sua condizione patologica; tutto il resto sa di ospedale e suona di manicomio. Comunismo e fascismo sono ortopedia. In Inghilterra torniamo a scoprire ciò che è un popolo sano che marcia sulle sue gambe naturali, senza deformazioni né complementi meccanici.
E una volta di più, gli europei si domandano: Che mistero è questo dell’Inghilterra? Perché è un popolo a parte e così essenzialmente distinto da tutti gli altri? Di quali strane materie è fatto l’uomo inglese? E lo scandaloso del caso —molte volte l’ho fatto constare— è che non esiste in tutta la bibliografia un solo tentativo serio di rispondere a quelle interrogazioni, un solo libro che saggia a fondo di chiarirci l’enigma e che io potessi ora raccomandare al lettore.
Negli articoli che seguono non pretendo colmare quel vuoto. Sono pensati e, in parte, scritti prima che David Windsor desse luogo con la sua inopportunità alla lezione politica più opportuna. In essi si parla dell’Inghilterra soltanto incidentalmente. Tuttavia, fu lo spettacolo di questa nazione —che non ho mai visitata— ciò che anni fa ispirò questa serie di meditazioni. Perché io vedevo sempre l’Europa consistere in un mucchio di popoli geniali ma esenti da serenità, mai maturi, sempre puerili e, al fondo, dietro di loro, l’Inghilterra… come la nurse dell’Europa.
La Nación, 2 maggio 1937