Abstract
It faults the Republican government for not showing from the first that the new democracy is not individualist, a matter of the crowd in the square, but a severe democracy of the State. Enthusiasm for the majesty of the State is the substance of the history to come: the task is no longer, as in 1848, to loose individuals, but to reorganise society’s deepest tissues, which demands direction and highly technical discipline.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Este ejemplo caricaturesco acusa de sobra el error fundamental cometido por el Gobierno. Mi adhesión a él es harto conocida para que no pueda permitirme el lujo de declarar sus errores. Desde el primer instante debió el Gobierno hacer notar en cada uno de sus actos, palabras y gestos, su conciencia clara y resuelta de que la nueva democracia no es una democracia individualista, de pueblo en la plazuela, sino una severa, acerada democracia de Estado.
No se diga, pues, un día, que no fue a tiempo hecha la advertencia. El Estado es la idea que importa más a las nuevas generaciones. Este entusiasmo por el Estado, por la majestad del Estado, tiene, como todo en el universo, sus posibles excesos y peligros. Pero me parece indiscutible —no obstante, estoy a la disposición de los que quieran discutirlo— que lo esencial de ese estatismo es la sustancia misma de la historia que viene. Conste, pues: una democracia que no sepa colocar la seriedad y la inexorabilidad del Estado por encima de cualesquiera insolencias particulares, será arrollada por la juventud. Por esto, sin que yo pretenda rozar lo más mínimo el albedrío de los ministros, preferiría no verles jugar a la democracia petite-bourgeoise de la camaradería, del «ir al café» y demás cosas «románticas» extemporáneas, tan extemporáneas que para hacerlas bien hay que hacerlas con capa —de 1840.
Se trata de instaurar un Estado de todos y «porque» de todos, formidable. ¡Servicio al Estado!, es la palabra que siente más en lo hondo el tiempo nuevo. La democracia tiene que perder el aspecto polvoriento de turbas, que van y vienen indecisas como trozos descoyuntados de un rebaño empavorecido. Ha de tener la limpieza, la exactitud y el rigor de un taller racionalizado, de una clínica perfecta, de un laboratorio en forma. Y es ineludible que el nuevo Estado sea así, precisamente porque las transformaciones políticas y sociales a que es preciso dar cima son tan enormes —en España y fuera de España— que sin ese funcionamiento preciso serían por completo imposibles.
Ahora no se trata, como en 1848, de conquistar o reconquistar los derechos individuales, sino de organizar en nueva anatomía el cuerpo inmenso de la sociedad, de reformar sus tejidos celulares más profundos, por ejemplo, el económico. La operación antigua se reducía a soltar los individuos, faena dramática, pero nada difícil, para la cual bastó con las barricadas. La nueva empresa, en cambio, exige una dirección y una disciplina de alto tecnicismo. No hay escape, amigos; hemos llegado al álgebra superior de la democracia.