Abstract

A polemic against Antonio Maura’s manifesto, its author having since 1909 been “his own reverberation”, aspiring to be his own echo. It traces the genealogy of maurismo, the Germanophilia of the “young mauristas”, their indiscipline and their pact with ciervismo. Political journalism.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

A don Antonio Maura, como al Jehová castelarino, el trueno le acompaña. Ayer, el gran balear ha tronado sobre Madrid. Nos referimos al manifiesto que la vegada última encontraron los lectores en nuestras columnas. Se trata, pues, de una tronada manuscrita, pero de indefectible retumbancia. Con ella sobra para corrompernos la mansedumbre de otoño.

¿Y qué dice hoy don Antonio Maura? En general, el señor Maura dice hoy que ya dijo ayer lo que hoy va a decir. Desde 1909 el señor Maura se repercute a sí mismo. No contento con ser su propia voz, aspira a ser su propio eco. Menos mal que las cosas en torno tienen la insolencia de cambiar, y una misma palabra, repetida, va resonando en ellas con diverso colorido. Así, las circunstancias dan esta vez a la voz del señor Maura un timbre bastante peligroso. Tal es nuestra opinión, muy posiblemente equivocada.

I

GENEALOGÍA DE UNAS PÁGINAS LITERARIAS

La génesis del nuevo manifiesto no parece muy complicada. El señor Maura ha vivido unos años distante de la circulación política. Sobre el fondo, siempre favorable y patético, de la soledad, hacía grandes gestos de asco, de desdén hacia los usos gobernantes. De cuando en cuando, escrupulosamente, ejecutaba ante el público su toilette: limpiaba su levita de toda pulverulencia y se mostraba intacto de la lepra circundante, dentro de la cual había vivido largos años inmerso, como suele en el fuego la salamandra para cendrar la propia inmunidad. Tan atractivos ademanes reunieron a algunos ciudadanos en torno a su persona, que se llamaron a sí mismos «jóvenes mauristas», aunque en grande parte carecieran de mocedad y aunque el señor Maura no les concedía oficialmente su nombre para hacerse el otro adjetivo. La propaganda que entonces se inició tenía algunos rasgos simpáticos junto a muchos detestables. Ello es que, a pesar de coincidir casi todos los españoles con el señor Maura en la crítica de la fauna política, pasaba el tiempo y el enjambre maurista no crecía. Vinieron entonces los desánimos y el descontento. Los «jóvenes mauristas» habían creído más fácil la conquista del Poder. Comienza en ellos la irritación, con ésta la indisciplina, y con ambas cierto revolucionarismo en los modales.

Tal estado de espíritu queda revelado con motivo de la guerra europea. Los «jóvenes mauristas» son germanófilos férvidos. El señor Maura, débil, como siempre en todo lo decisivo, no se atreve en el teatro Real a imponerles su política internacional; pero tampoco a romper consigo mismo. Comienza el equívoco en las palabras del jefe, crece con ello la indisciplina de su ejército. El señor Maura va ya al estricote de los que debían seguirle. Il n’agit pas, il est agi. La falta de fe en sí propios empuja a los mauristas hacia actitudes radicales. Rompen en su casa social el retrato del Monarca. Es la hora de medianoche en el maurismo.

Cuando se forma el Gabinete de concentración, sorprende al señor Maura el deber de aceptar la presidencia. Dócil a este deber, el señor Maura vuelve al Gobierno. Nosotros aplaudimos entonces su resolución, y hoy reiteramos aquel aplauso. Sin embargo, no va en la ruta del deber hasta el cabo. Antes de aprobar el presupuesto, clave del inmediato porvenir político y de cuanto hoy acontece en la vida oficial de España, el señor Maura se retira del banco azul. Nosotros censuramos entonces aquella deserción y hoy reiteramos nuestra censura. Conste así en abono de lo que luego habremos de decir.

La rueda maurista tiene una excéntrica: el ciervismo. También podíamos decir: el ciervismo es la edición en rústica del maurismo. Los jóvenes mauristas, a fuer de jóvenes, sentían un apetito excelente y progresivo del Poder. Juntáronlo con el hambre canina de los ciervistas y resolvieron, fuera como fuera, en la peor sazón, sin que nadie los llamase, abalanzarse sobre el banco azul. Por muchas que fuesen las facilidades que la Corona —aún no sabemos por qué— les prestase, era imposible su empeño si no contaban con la turba idónea. Había, pues, que pactar con ésta. El trance era duro. Diez años de insultos, un Mississipí de improperios, separaba a los unos de los otros. Pero es sabido: a buen hambre no hay pan duro. Mauristas y ciervistas tragáronse el pan e ingurgitaron el Mississipí. Fue un momento crudamente inmoral de nuestra política.

El señor Maura —sea dicho en su honor— fue llevado al Gobierno por la fuerza. Pero no tanto, como dice el manifiesto, por los políticos fronteros cuanto por sus propias huestes y sus familiares. «Ya hemos convencido a don Antonio» —dijo alguien un día en palacio. Il n’agissait pas, il était agi.

Fue aquél un mal paso de la Monarquía. Y lo peor es que resultó vano. El decreto de disolución concedido no resolvió ningún problema y los complicó todos. Maura comenzó a gobernar como cualquiera de los políticos por él denostados. No tuvo una sola generosidad ni una sola originalidad. Repartió los puestos entre los amigos, sin demandarles previamente calidades de competencia. Dividió con el señor La Cierva las vacantes de senadurías vitalicias, que descendieron sobre familiares, ora directos, ora colaterales. Las elecciones se cursaron como en el buen tiempo viejo, y para escarnio, fincó el Gobierno en un acta facilitada a la parentela del presidente. En el manifiesto se quiere velar este triste pasado diciendo que gobernaba «separado de sus ideas y de su ser político».

Entre tanto, la punta de opinión que seguía de antaño al solitario Maura se iba apartando de él. «Este don Antonio no es ya el don Antonio», decían. Con el fracaso se desmoralizó el diezmado ejército. Estuvieron a punto de disolverse los posos últimos del maurismo.

Pero ¿dónde iban mauristas y ciervistas? La política universal, y a la fuerza la española, camina rápidamente hacia la izquierda. El puesto de conservatismo liberal estaba tomado por los idóneos. Reabsorberse en éstos era imposible, después de haber renacido y aumentado el odio mutuo. ¿Qué hacer? Ciervistas y mauristas corrían el riesgo de perder todo el fruto de sus años de servicios políticos.

Era, pues, urgente aprovechar cualquier pretexto para estorbar el desarrollo de la política según ella va impulsada por una necesidad histórica. Había que aprovechar estas Cortes, que, hechas por ellos, les habían proporcionado un número considerable de actas. Convenía, además, vengarse personalmente de los idóneos. Y todo ello pronto, a ser posible antes de que en Londres se aconsejen a don Alfonso soluciones de izquierda. Sólo faltaba la sombra de un pretexto.

Hela aquí: la supuesta indefensión de los patronos catalanes, unida a la irritación, siempre renovada, de las Juntas militares moribundas.

Se lleva entonces una pluma decrépita, adobada con viejos arabescos y barrocas tallas, a la mano respetable de don Antonio Maura, y el gran balear comienza: «Hechos innegables son que durante los últimos años…» Il n’agit pas, il est agi.

Publicado sin firma, El Sol, 23 de octubre de 1919

II

OBSERVACIONES AL MANIFIESTO

La genealogía que ayer hacíamos del manifiesto lanzado por el señor Maura revela que en su concepción han intervenido la pasión de unos, el ambicioso frenesí de otros y la prisa de todos. Él mismo, el señor Maura, a nuestro juicio, ha puesto sólo el estilo, ese seductor churriguerismo que hace a la prosa dar corcovos y disfraza tan gentilmente al idioma, que siendo admirable español, parece excelente chino.

De todos modos, nuestra cortesía hacia la blanca cabeza del señor Maura nos mueve a reducir todo lo posible su responsabilidad en este documento. Pues confesamos que no topamos en él porción por dónde cogerlo.

En primer lugar, hallamos que es un formal llamamiento a la opinión para una política. Ya esto nos sorprende. Bien pocos meses hace, el señor Maura ha acudido a ella en la forma más solemne, más ejecutiva y más favorable en que un hombre de Estado puede solicitar el criterio nacional, a saber, con el decreto de disolución en la mano. Y ha visto el señor Maura que su voz no tuvo entonces la fortuna de atraer núcleos cuantiosos de la sociedad española. ¿No es demasiada insistencia repetir tan pronto la misma persona el mismo ademán? Da lugar para creer que el señor Maura se siente demasiado solo, que le acongoja percibir en su derredor un vacío ilimitado.

¿Y para qué llama a la gente? Ello no es dudoso: para derribar al presente Gobierno. Confesamos al señor Maura que si nos dejásemos llevar del primer movimiento, correríamos delanteros, con picos y barrenos, a fin de lograrlo hoy antes que mañana. Este Gobierno de empedernido caciquismo, este Gobierno solidario del de agosto de 1917, este Gobierno que nada sustancial podrá hacer bien, y en cambio, aprovecha las horas, los minutos, para reconstruir sus infectas trincheras de vieja política en Granada, en Córdoba, en Málaga, en Palencia, en Galicia, no despierta en nuestros corazones afinidad ni dilección algunas. Pero un segundo movimiento de reflexión patriótica, de serenidad y responsabilidad, nos hace ver que tiene una misión relativa que cumplir: hacer un presupuesto, ni bueno ni mediano, pero uno, que será siempre mejor que ninguno. Sin este mal presupuesto no habrá el año próximo otro aceptable, ni habrá gobernación posible ni tranquilidad pública.

No nos deslizaremos hasta la ingenuidad de creer que el señor Maura ignora las gravísimas consecuencias de la no aprobación del presupuesto. Como nosotros, y aun mejor, sabe que ello originaría una crisis prácticamente insoluble, unos largos días de peligro social enorme, dificultades extremas para la Monarquía. El señor Maura lo sabe, y no obstante, lo quiere. Adviértanlo las masas conservadoras.

En cambio, nos parece… (aquí una palabra fuerte) que para derribar al Gobierno se recuerde por el señor Maura ser esencia constitucional de las Cortes la discusión formal del presupuesto. Y nos parece… (aquí la misma palabra fuerte) por las sencillas razones siguientes: primera, que nadie ha musitado siquiera el que no se discuta con todo el nervio y amplitud objetivas que convenga; segunda, que el señor Maura ha sido el único español dispuesto a considerar incompatible con su dignidad de presidente en funciones (Gobierno de concentración) el que se discutiese ni aun tildase su presupuesto, y ante una privada e inocua intemperancia del señor Alba, se retiró del horizonte, como protesta contra aquel apellido; tercera, que él ha sido quien, único en la historia de tres generaciones, ha tocado por decreto al presupuesto, escarneciendo la más vieja libertad, él, que barroquiza ahora, maldiciendo en los demás cómo «son arrogadas en improvisados decretos las facultades de las Cortes». Hay tal incongruencia y desacierto en esta actitud del señor Maura, que por huir de él casi vamos a tener que dar la razón a los otros, lo cual no es escaso ponderar.

Pues, con todo, creemos que lo más deplorable del manifiesto es el programa de normas políticas blandido ahora nuevamente por el señor Maura. Sustenta que ha llegado la hora de «la energía excepcional». Ante el problema obrero prefiere destacar, de cuantos medios posee el Estado, el Código penal.

Conocida es de nuestros lectores nuestra convicción en este capital tema. No vamos hoy a insistir. Sólo nos permitiremos hacer notar al señor Maura que, en nuestro entender, el Código penal es una institución necesaria a todo Estado, pero que nunca debe ponérsele en primer término ni hacer de él ostentación. El Código penal es la materia pudenda del Poder público.

Publicado sin firma, El Sol, 24 de octubre de 1919