Ortega y Gasset

Abstract

A polemic against Antonio Maura’s manifesto, its author having since 1909 been “his own reverberation”, aspiring to be his own echo. It traces the genealogy of maurismo, the Germanophilia of the “young mauristas”, their indiscipline and their pact with ciervismo. Political journalism.

Connections

Concetti: Stato

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

A don Antonio Maura, como al Jehová castelarino, el trueno le acompaña. Ayer, el gran balear ha tronado sobre Madrid. Nos referimos al manifiesto que la vegada última encontraron los lectores en nuestras columnas. Se trata, pues, de una tronada manuscrita, pero de indefectible retumbancia. Con ella sobra para corrompernos la mansedumbre de otoño.

¿Y qué dice hoy don Antonio Maura? En general, el señor Maura dice hoy que ya dijo ayer lo que hoy va a decir. Desde 1909 el señor Maura se repercute a sí mismo. No contento con ser su propia voz, aspira a ser su propio eco. Menos mal que las cosas en torno tienen la insolencia de cambiar, y una misma palabra, repetida, va resonando en ellas con diverso colorido. Así, las circunstancias dan esta vez a la voz del señor Maura un timbre bastante peligroso. Tal es nuestra opinión, muy posiblemente equivocada.

I

GENEALOGÍA DE UNAS PÁGINAS LITERARIAS

La génesis del nuevo manifiesto no parece muy complicada. El señor Maura ha vivido unos años distante de la circulación política. Sobre el fondo, siempre favorable y patético, de la soledad, hacía grandes gestos de asco, de desdén hacia los usos gobernantes. De cuando en cuando, escrupulosamente, ejecutaba ante el público su toilette: limpiaba su levita de toda pulverulencia y se mostraba intacto de la lepra circundante, dentro de la cual había vivido largos años inmerso, como suele en el fuego la salamandra para cendrar la propia inmunidad. Tan atractivos ademanes reunieron a algunos ciudadanos en torno a su persona, que se llamaron a sí mismos «jóvenes mauristas», aunque en grande parte carecieran de mocedad y aunque el señor Maura no les concedía oficialmente su nombre para hacerse el otro adjetivo. La propaganda que entonces se inició tenía algunos rasgos simpáticos junto a muchos detestables. Ello es que, a pesar de coincidir casi todos los españoles con el señor Maura en la crítica de la fauna política, pasaba el tiempo y el enjambre maurista no crecía. Vinieron entonces los desánimos y el descontento. Los «jóvenes mauristas» habían creído más fácil la conquista del Poder. Comienza en ellos la irritación, con ésta la indisciplina, y con ambas cierto revolucionarismo en los modales.

Tal estado de espíritu queda revelado con motivo de la guerra europea. Los «jóvenes mauristas» son germanófilos férvidos. El señor Maura, débil, como siempre en todo lo decisivo, no se atreve en el teatro Real a imponerles su política internacional; pero tampoco a romper consigo mismo. Comienza el equívoco en las palabras del jefe, crece con ello la indisciplina de su ejército. El señor Maura va ya al estricote de los que debían seguirle. Il n’agit pas, il est agi. La falta de fe en sí propios empuja a los mauristas hacia actitudes radicales. Rompen en su casa social el retrato del Monarca. Es la hora de medianoche en el maurismo.

Cuando se forma el Gabinete de concentración, sorprende al señor Maura el deber de aceptar la presidencia. Dócil a este deber, el señor Maura vuelve al Gobierno. Nosotros aplaudimos entonces su resolución, y hoy reiteramos aquel aplauso. Sin embargo, no va en la ruta del deber hasta el cabo. Antes de aprobar el presupuesto, clave del inmediato porvenir político y de cuanto hoy acontece en la vida oficial de España, el señor Maura se retira del banco azul. Nosotros censuramos entonces aquella deserción y hoy reiteramos nuestra censura. Conste así en abono de lo que luego habremos de decir.

La rueda maurista tiene una excéntrica: el ciervismo. También podíamos decir: el ciervismo es la edición en rústica del maurismo. Los jóvenes mauristas, a fuer de jóvenes, sentían un apetito excelente y progresivo del Poder. Juntáronlo con el hambre canina de los ciervistas y resolvieron, fuera como fuera, en la peor sazón, sin que nadie los llamase, abalanzarse sobre el banco azul. Por muchas que fuesen las facilidades que la Corona —aún no sabemos por qué— les prestase, era imposible su empeño si no contaban con la turba idónea. Había, pues, que pactar con ésta. El trance era duro. Diez años de insultos, un Mississipí de improperios, separaba a los unos de los otros. Pero es sabido: a buen hambre no hay pan duro. Mauristas y ciervistas tragáronse el pan e ingurgitaron el Mississipí. Fue un momento crudamente inmoral de nuestra política.

El señor Maura —sea dicho en su honor— fue llevado al Gobierno por la fuerza. Pero no tanto, como dice el manifiesto, por los políticos fronteros cuanto por sus propias huestes y sus familiares. «Ya hemos convencido a don Antonio» —dijo alguien un día en palacio. Il n’agissait pas, il était agi.

Fue aquél un mal paso de la Monarquía. Y lo peor es que resultó vano. El decreto de disolución concedido no resolvió ningún problema y los complicó todos. Maura comenzó a gobernar como cualquiera de los políticos por él denostados. No tuvo una sola generosidad ni una sola originalidad. Repartió los puestos entre los amigos, sin demandarles previamente calidades de competencia. Dividió con el señor La Cierva las vacantes de senadurías vitalicias, que descendieron sobre familiares, ora directos, ora colaterales. Las elecciones se cursaron como en el buen tiempo viejo, y para escarnio, fincó el Gobierno en un acta facilitada a la parentela del presidente. En el manifiesto se quiere velar este triste pasado diciendo que gobernaba «separado de sus ideas y de su ser político».

Entre tanto, la punta de opinión que seguía de antaño al solitario Maura se iba apartando de él. «Este don Antonio no es ya el don Antonio», decían. Con el fracaso se desmoralizó el diezmado ejército. Estuvieron a punto de disolverse los posos últimos del maurismo.

Pero ¿dónde iban mauristas y ciervistas? La política universal, y a la fuerza la española, camina rápidamente hacia la izquierda. El puesto de conservatismo liberal estaba tomado por los idóneos. Reabsorberse en éstos era imposible, después de haber renacido y aumentado el odio mutuo. ¿Qué hacer? Ciervistas y mauristas corrían el riesgo de perder todo el fruto de sus años de servicios políticos.

Era, pues, urgente aprovechar cualquier pretexto para estorbar el desarrollo de la política según ella va impulsada por una necesidad histórica. Había que aprovechar estas Cortes, que, hechas por ellos, les habían proporcionado un número considerable de actas. Convenía, además, vengarse personalmente de los idóneos. Y todo ello pronto, a ser posible antes de que en Londres se aconsejen a don Alfonso soluciones de izquierda. Sólo faltaba la sombra de un pretexto.

Hela aquí: la supuesta indefensión de los patronos catalanes, unida a la irritación, siempre renovada, de las Juntas militares moribundas.

Se lleva entonces una pluma decrépita, adobada con viejos arabescos y barrocas tallas, a la mano respetable de don Antonio Maura, y el gran balear comienza: «Hechos innegables son que durante los últimos años…» Il n’agit pas, il est agi.

Publicado sin firma, El Sol, 23 de octubre de 1919

II

OBSERVACIONES AL MANIFIESTO

La genealogía que ayer hacíamos del manifiesto lanzado por el señor Maura revela que en su concepción han intervenido la pasión de unos, el ambicioso frenesí de otros y la prisa de todos. Él mismo, el señor Maura, a nuestro juicio, ha puesto sólo el estilo, ese seductor churriguerismo que hace a la prosa dar corcovos y disfraza tan gentilmente al idioma, que siendo admirable español, parece excelente chino.

De todos modos, nuestra cortesía hacia la blanca cabeza del señor Maura nos mueve a reducir todo lo posible su responsabilidad en este documento. Pues confesamos que no topamos en él porción por dónde cogerlo.

En primer lugar, hallamos que es un formal llamamiento a la opinión para una política. Ya esto nos sorprende. Bien pocos meses hace, el señor Maura ha acudido a ella en la forma más solemne, más ejecutiva y más favorable en que un hombre de Estado puede solicitar el criterio nacional, a saber, con el decreto de disolución en la mano. Y ha visto el señor Maura que su voz no tuvo entonces la fortuna de atraer núcleos cuantiosos de la sociedad española. ¿No es demasiada insistencia repetir tan pronto la misma persona el mismo ademán? Da lugar para creer que el señor Maura se siente demasiado solo, que le acongoja percibir en su derredor un vacío ilimitado.

Don Antonio Maura, like the Castelarian Jehovah, is accompanied by thunder. Yesterday the great Balearic thundered over Madrid. We refer to the manifesto that the readers found the last time in our columns. It is, then, a manuscript thunderclap, but of unfailing reverberation. With it there is enough to corrupt for us the meekness of autumn.

And what does Don Antonio Maura say today? In general, Señor Maura says today that he already said yesterday what he is going to say today. Since 1909 Señor Maura re-echoes himself. Not content with being his own voice, he aspires to be his own echo. It is a mercy that the things around have the insolence of changing, and one and the same word, repeated, goes on resounding in them with a different colouring. Thus, on this occasion the circumstances give to Señor Maura’s voice a rather dangerous timbre. Such is our opinion, very possibly mistaken.

I

GENEALOGY OF SOME LITERARY PAGES

The genesis of the new manifesto does not seem very complicated. Señor Maura has lived for some years distant from the political circulation. Against the background, always favourable and pathetic, of solitude, he made great gestures of disgust, of disdain toward governing usages. From time to time, scrupulously, he performed before the public his toilet: he cleaned his frock coat of all dustiness and showed himself intact from the surrounding leprosy, within which he had lived long years immersed, as the salamander is wont in the fire to refine its own immunity. Gestures so attractive gathered some citizens about his person, who called themselves «young Maurists», although in large part they lacked youth and although Señor Maura did not officially grant them his name so as to make the other adjective for himself. The propaganda that then began had some likeable features alongside many detestable ones. The fact is that, although almost all Spaniards coincided with Señor Maura in the criticism of the political fauna, time passed and the Maurist swarm did not grow. Then came the discouragements and the discontent. The «young Maurists» had believed the conquest of Power easier. Irritation begins in them, with it indiscipline, and with both a certain revolutionaryism in their manners.

Such a state of spirit is revealed on the occasion of the European war. The «young Maurists» are fervent Germanophiles. Señor Maura, weak, as always in everything decisive, does not dare in the Royal Theatre to impose on them his international policy; but neither to break with himself. The equivocation begins in the words of the chief, with it the indiscipline of his army grows. Señor Maura already goes at the heels of those who should follow him. Il n’agit pas, il est agi. The lack of faith in themselves pushes the Maurists toward radical attitudes. They smash in their social club the portrait of the Monarch. It is midnight hour in Maurism.

When the Cabinet of concentration is formed, the duty of accepting the presidency takes Señor Maura by surprise. Docile to this duty, Señor Maura returns to the Government. We applauded his resolution then, and today we reiterate that applause. However, he does not go in the route of duty to the end. Before approving the budget, key of the immediate political future and of everything that today happens in the official life of Spain, Señor Maura withdraws from the blue bench. We censured that desertion then and today we reiterate our censure. Let it be so recorded in credit of what we shall have to say later.

The Maurist wheel has an eccentric: ciervismo. We might also say: ciervismo is the paper-bound edition of Maurism. The young Maurists, being young, felt an excellent and progressive appetite for Power. They joined it to the canine hunger of the ciervistas and resolved, whatever the cost, in the worst season, without anyone calling them, to hurl themselves upon the blue bench. However many were the facilities that the Crown —we still do not know why— lent them, their undertaking was impossible if they did not count on the idóneo mob. One had, then, to pact with it. The ordeal was hard. Ten years of insults, a Mississippi of invectives, separated the one from the others. But it is known: good appetite has no hard bread. Maurists and ciervistas swallowed the bread and ingurgitated the Mississippi. It was a crudely immoral moment of our politics.

Señor Maura —be it said in his honour— was carried to the Government by force. But not so much, as the manifesto says, by the bordering politicians as by his own hosts and his relatives. «We have already convinced Don Antonio» —said someone one day in the palace. Il n’agissait pas, il était agi.

That was a bad step of the Monarchy. And the worst is that it turned out vain. The granted decree of dissolution resolved no problem and complicated them all. Maura began to govern like any of the politicians denounced by him. He had not a single generosity nor a single originality. He distributed the posts among his friends, without previously demanding of them qualities of competence. He divided with Señor La Cierva the vacancies of life senatorships, which descended upon relatives, sometimes direct, sometimes collateral. The elections were dispatched as in the good old times, and, for mockery, the Government rested on an election return facilitated to the president’s kin. In the manifesto one wishes to veil this sad past by saying that he governed «separated from his ideas and from his political being».

In the meantime, the leading edge of opinion that from of old followed the solitary Maura was drawing away from him. «This Don Antonio is no longer the Don Antonio», they said. With the failure the decimated army was demoralized. The last lees of Maurism were on the point of dissolving.

But where were Maurists and ciervistas going? Universal politics, and by force Spanish politics, walks rapidly toward the left. The place of liberal conservatism had been taken by the idóneos. To reabsorb oneself in them was impossible, after mutual hatred had been reborn and increased. What to do? Ciervistas and maurists ran the risk of losing all the fruit of their years of political services.

It was, then, urgent to take advantage of any pretext to obstruct the development of politics as it is driven by a historical necessity. One had to take advantage of these Cortes, which, made by them, had provided them with a considerable number of election returns. It was fitting, moreover, to take personal revenge on the idóneos. And all of it soon, if possible before in London they advise Don Alfonso of leftist solutions. Only the shadow of a pretext was lacking.

Here it is: the supposed defenselessness of the Catalan employers, united with the irritation, ever renewed, of the moribund military Juntas.

Then is carried a decrepit pen, seasoned with old arabesques and baroque carvings, to the respectable hand of Don Antonio Maura, and the great Balearic begins: «Undeniable facts are that during the last years…» Il n’agit pas, il est agi.

Published unsigned, El Sol, 23 October 1919

II

OBSERVATIONS ON THE MANIFESTO

The genealogy that yesterday we made of the manifesto launched by Señor Maura reveals that in its conception there have intervened the passion of some, the ambitious frenzy of others and the haste of all. He himself, Señor Maura, in our judgment, has put only the style, that seductive churriguerism that makes prose prance and disguises the language so gently, that being admirable Spanish, it seems excellent Chinese.

In any case, our courtesy toward the white head of Señor Maura moves us to reduce as much as possible his responsibility in this document. For we confess that we do not find in it a portion by which to grasp it.

In the first place, we find that it is a formal appeal to opinion for a policy. Already this surprises us. Very few months ago, Señor Maura resorted to it in the most solemn, most executive and most favourable form in which a statesman can solicit the national criterion, namely, with the decree of dissolution in hand. And Señor Maura has seen that his voice did not then have the fortune of attracting copious nuclei of Spanish society. Is it not too much insistence to repeat so soon, the same person, the same gesture? It gives ground to believe that Señor Maura feels himself too alone, that it distresses him to perceive about him an unlimited void.

A don Antonio Maura, come al Geova castelarino, il tuono lo accompagna. Ieri, il grande balearico ha tuonato su Madrid. Ci riferiamo al manifesto che i lettori trovarono l’ultima volta nelle nostre colonne. Si tratta, dunque, di una tuonata manoscritta, ma di infallibile rimbombo. Con essa basta a corromperci la mansuetudine d’autunno.

E che dice oggi don Antonio Maura? In generale, il signor Maura dice oggi che già disse ieri ciò che oggi dirà. Dal 1909 il signor Maura si ripercuote da sé stesso. Non contento di essere la propria voce, aspira a essere il proprio eco. Meno male che le cose intorno hanno l’insolenza di cambiare, e una stessa parola, ripetuta, va risuonando in esse con diverso colorito. Così, le circostanze danno questa volta alla voce del signor Maura un timbro abbastanza pericoloso. Tale è la nostra opinione, molto probabilmente sbagliata.

I

GENEALOGIA DI ALCUNE PAGINE LETTERARIE

La genesi del nuovo manifesto non sembra molto complicata. Il signor Maura ha vissuto alcuni anni distante dalla circolazione politica. Sul fondo, sempre favorevole e patetico, della solitudine, faceva grandi gesti di disgusto, di disdegno verso gli usi governanti. Di quando in quando, scrupolosamente, eseguiva davanti al pubblico la sua toilette: ripuliva la sua levita da ogni polverosità e si mostrava intatto dalla lebbra circostante, dentro la quale aveva vissuto lunghi anni immerso, come suole nel fuoco la salamandra per affinare la propria immunità. Gesti tanto attraenti riunirono alcuni cittadini intorno alla sua persona, che si chiamarono da sé stessi «giovani mauristi», sebbene in gran parte mancassero di giovinezza e sebbene il signor Maura non concedesse loro ufficialmente il suo nome per farsi l’altro aggettivo. La propaganda che allora si iniziò aveva alcuni tratti simpatici accanto a molti detestabili. Il fatto è che, nonostante quasi tutti gli spagnoli coincidessero col signor Maura nella critica della fauna politica, passava il tempo e lo sciame maurista non cresceva. Vennero allora gli scoramenti e il malcontento. I «giovani mauristi» avevano creduto più facile la conquista del Potere. Comincia in loro l’irritazione, con questa l’indisciplina, e con entrambe un certo rivoluzionarismo nei modi.

Tale stato d’animo resta rivelato in occasione della guerra europea. I «giovani mauristi» sono germanofili fervidi. Il signor Maura, debole, come sempre in tutto ciò che è decisivo, non osa al teatro Real imporre loro la sua politica internazionale; ma nemmeno rompere con sé stesso. Comincia l’equivoco nelle parole del capo, cresce con esso l’indisciplina del suo esercito. Il signor Maura va già al traino di coloro che dovevano seguirlo. Il n’agit pas, il est agi. La mancanza di fede in sé stessi spinge i mauristi verso atteggiamenti radicali. Rompono nella loro casa sociale il ritratto del Monarca. È l’ora di mezzanotte nel maurismo.

Quando si forma il Gabinetto di concentrazione, sorprende il signor Maura il dovere di accettare la presidenza. Docile a questo dovere, il signor Maura torna al Governo. Noi applaudimmo allora la sua risoluzione, e oggi reiteriamo quell’applauso. Tuttavia, non va nella rotta del dovere fino al capo. Prima di approvare il bilancio, chiave dell’immediato avvenire politico e di quanto oggi accade nella vita ufficiale di Spagna, il signor Maura si ritira dal banco azzurro. Noi censurammo allora quella diserzione e oggi reiteriamo la nostra censura. Conste così a favore di ciò che poi dovremo dire.

La ruota maurista ha un’eccentrica: il ciervismo. Potremmo dire anche: il ciervismo è l’edizione in brossura del maurismo. I giovani mauristi, in quanto giovani, sentivano un appetito eccellente e progressivo del Potere. Lo unirono alla fame canina dei ciervisti e risolsero, comunque fosse, nella peggiore stagione, senza che nessuno li chiamasse, di precipitarsi sul banco azzurro. Per quante fossero le facilitazioni che la Corona —ancora non sappiamo perché— prestasse loro, era impossibile la loro impresa se non contavano sulla turba idónea. Bisognava, dunque, patteggiare con questa. Il transe era duro. Dieci anni di insulti, un Mississipí di improperi, separava gli uni dagli altri. Ma è noto: a buon appetito non c’è pane duro. Mauristi e ciervisti si ingoiarono il pane e ingurgitarono il Mississipí. Fu un momento crudamente immorale della nostra politica.

Il signor Maura —sia detto in suo onore— fu portato al Governo con la forza. Ma non tanto, come dice il manifesto, dai politici di confine quanto dalle sue proprie schiere e dai suoi familiari. «Abbiamo già convinto don Antonio» —disse qualcuno un giorno a palazzo. Il n’agissait pas, il était agi.

Fu quello un cattivo passo della Monarchia. E il peggio è che risultò vano. Il decreto di dissoluzione concesso non risolse alcun problema e li complicò tutti. Maura cominciò a governare come qualunque dei politici da lui denigrati. Non ebbe una sola generosità né una sola originalità. Ripartì i posti tra gli amici, senza domandare loro preventivamente qualità di competenza. Divise col signor La Cierva le vacanze di senatorie vitalizie, che scesero su familiari, ora diretti, ora collaterali. Le elezioni si cursarono come nel buon tempo vecchio, e per scherno, il Governo si fondò su un atto elettorale facilitato alla parentela del presidente. Nel manifesto si vuol velare questo triste passato dicendo che governava «separato dalle sue idee e dal suo essere politico».

Nel frattempo, la punta d’opinione che da antico seguiva il solitario Maura andava allontanandosi da lui. «Questo don Antonio non è più il don Antonio», dicevano. Col fallimento si demoralizzò il decimato esercito. Furono sul punto di dissolversi gli ultimi fondiglioli del maurismo.

Ma dove andavano mauristi e ciervisti? La politica universale, e per forza quella spagnola, cammina rapidamente verso la sinistra. Il posto del conservatorismo liberale era stato preso dagli idóneos. Riasorbirsi in questi era impossibile, dopo che era rinato e aumentato l’odio mutuo. Che fare? Ciervisti e mauristi correvano il rischio di perdere tutto il frutto dei loro anni di servizi politici.

Era, dunque, urgente approfittare di qualunque pretesto per ostacolare lo sviluppo della politica secondo come essa va impulsata da una necessità storica. Bisognava approfittare di queste Cortes, che, fatte da loro, avevano loro procurato un numero considerevole di atti elettorali. Conveniva, inoltre, vendicarsi personalmente degli idóneos. E tutto ciò presto, se possibile prima che a Londra si consiglino a don Alfonso soluzioni di sinistra. Mancava solo l’ombra di un pretesto.

Eccola: la supposta indifesa dei padroni catalani, unita all’irritazione, sempre rinnovata, delle Giunte militari moribonde.

Si porta allora una penna decrepita, condita con vecchi arabeschi e barocche sculture, alla mano rispettabile di don Antonio Maura, e il grande balearico comincia: «Fatti innegabili sono che durante gli ultimi anni…» Il n’agit pas, il est agi.

Pubblicato senza firma, El Sol, 23 ottobre 1919

II

OSSERVAZIONI AL MANIFESTO

La genealogia che ieri facevamo del manifesto lanciato dal signor Maura rivela che nella sua concezione sono intervenuti la passione di alcuni, il frenetico ambizioso di altri e la fretta di tutti. Egli stesso, il signor Maura, a nostro giudizio, ha messo solo lo stile, quel seducente churriguerismo che fa fare corvetti alla prosa e traveste così gentilmente la lingua, che essendo ammirabile spagnolo, sembra eccellente cinese.

In ogni modo, la nostra cortesia verso la bianca testa del signor Maura ci muove a ridurre quanto più possibile la sua responsabilità in questo documento. Poiché confessiamo che non troviamo in esso parte da cui afferrarlo.

In primo luogo, troviamo che è un formale appello all’opinione per una politica. Già questo ci sorprende. Ben pochi mesi fa, il signor Maura è ricorso ad essa nella forma più solenne, più esecutiva e più favorevole in cui un uomo di Stato può sollecitare il criterio nazionale, vale a dire, col decreto di dissoluzione in mano. E il signor Maura ha visto che la sua voce non ebbe allora la fortuna di attrarre nuclei copiosi della società spagnola. Non è troppa insistenza ripetere tanto presto la stessa persona lo stesso gesto? Dà luogo a credere che il signor Maura si senta troppo solo, che lo angosci percepire intorno a sé un vuoto illimitato.

¿Y para qué llama a la gente? Ello no es dudoso: para derribar al presente Gobierno. Confesamos al señor Maura que si nos dejásemos llevar del primer movimiento, correríamos delanteros, con picos y barrenos, a fin de lograrlo hoy antes que mañana. Este Gobierno de empedernido caciquismo, este Gobierno solidario del de agosto de 1917, este Gobierno que nada sustancial podrá hacer bien, y en cambio, aprovecha las horas, los minutos, para reconstruir sus infectas trincheras de vieja política en Granada, en Córdoba, en Málaga, en Palencia, en Galicia, no despierta en nuestros corazones afinidad ni dilección algunas. Pero un segundo movimiento de reflexión patriótica, de serenidad y responsabilidad, nos hace ver que tiene una misión relativa que cumplir: hacer un presupuesto, ni bueno ni mediano, pero uno, que será siempre mejor que ninguno. Sin este mal presupuesto no habrá el año próximo otro aceptable, ni habrá gobernación posible ni tranquilidad pública.

No nos deslizaremos hasta la ingenuidad de creer que el señor Maura ignora las gravísimas consecuencias de la no aprobación del presupuesto. Como nosotros, y aun mejor, sabe que ello originaría una crisis prácticamente insoluble, unos largos días de peligro social enorme, dificultades extremas para la Monarquía. El señor Maura lo sabe, y no obstante, lo quiere. Adviértanlo las masas conservadoras.

En cambio, nos parece… (aquí una palabra fuerte) que para derribar al Gobierno se recuerde por el señor Maura ser esencia constitucional de las Cortes la discusión formal del presupuesto. Y nos parece… (aquí la misma palabra fuerte) por las sencillas razones siguientes: primera, que nadie ha musitado siquiera el que no se discuta con todo el nervio y amplitud objetivas que convenga; segunda, que el señor Maura ha sido el único español dispuesto a considerar incompatible con su dignidad de presidente en funciones (Gobierno de concentración) el que se discutiese ni aun tildase su presupuesto, y ante una privada e inocua intemperancia del señor Alba, se retiró del horizonte, como protesta contra aquel apellido; tercera, que él ha sido quien, único en la historia de tres generaciones, ha tocado por decreto al presupuesto, escarneciendo la más vieja libertad, él, que barroquiza ahora, maldiciendo en los demás cómo «son arrogadas en improvisados decretos las facultades de las Cortes». Hay tal incongruencia y desacierto en esta actitud del señor Maura, que por huir de él casi vamos a tener que dar la razón a los otros, lo cual no es escaso ponderar.

Pues, con todo, creemos que lo más deplorable del manifiesto es el programa de normas políticas blandido ahora nuevamente por el señor Maura. Sustenta que ha llegado la hora de «la energía excepcional». Ante el problema obrero prefiere destacar, de cuantos medios posee el Estado, el Código penal.

Conocida es de nuestros lectores nuestra convicción en este capital tema. No vamos hoy a insistir. Sólo nos permitiremos hacer notar al señor Maura que, en nuestro entender, el Código penal es una institución necesaria a todo Estado, pero que nunca debe ponérsele en primer término ni hacer de él ostentación. El Código penal es la materia pudenda del Poder público.

Publicado sin firma, El Sol, 24 de octubre de 1919

And for what does he call the people? That is not doubtful: to overthrow the present Government. We confess to Señor Maura that if we let ourselves be carried by the first impulse, we should run ahead, with picks and drills, in order to achieve it today rather than tomorrow. This Government of hardened caciquismo, this Government solidary with that of August 1917, this Government that can do nothing substantial well, and in exchange, uses the hours, the minutes, to rebuild its infected trenches of old politics in Granada, in Córdoba, in Málaga, in Palencia, in Galicia, awakens in our hearts neither affinity nor any dilection. But a second movement of patriotic reflection, of serenity and responsibility, makes us see that it has a relative mission to fulfil: to make a budget, neither good nor middling, but one, which will always be better than none. Without this bad budget there will not be next year another acceptable one, nor will there be possible governance nor public tranquillity.

We shall not slide as far as the ingenuousness of believing that Señor Maura ignores the gravest consequences of the non-approval of the budget. Like us, and even better, he knows that it would originate a practically insoluble crisis, long days of enormous social danger, extreme difficulties for the Monarchy. Señor Maura knows it, and nevertheless, he wills it. Let the conservative masses take note.

On the other hand, it seems to us… (here a strong word) that in order to overthrow the Government Señor Maura recalls that the formal discussion of the budget is the constitutional essence of the Cortes. And it seems to us… (here the same strong word) for the following simple reasons: first, that no one has even murmured that it should not be discussed with all the objective nerve and amplitude that may be fitting; second, that Señor Maura has been the only Spaniard disposed to consider incompatible with his dignity as acting president (Government of concentration) that his budget be discussed or even censured, and before a private and innocuous intemperance of Señor Alba, he withdrew from the horizon, as protest against that surname; third, that he has been the one who, unique in the history of three generations, has touched the budget by decree, deriding the oldest liberty —he, who now baroquizes, cursing in others how «the faculties of the Cortes are arrogated in improvised decrees». There is such incongruence and blunder in this attitude of Señor Maura, that in fleeing from him we shall almost have to give reason to the others, which is no small thing to weigh.

For, with all this, we believe that the most deplorable thing in the manifesto is the programme of political norms now again brandished by Señor Maura. He upholds that the hour of «exceptional energy» has arrived. Before the workers’ problem he prefers to single out, of all the means the State possesses, the penal Code.

Well known to our readers is our conviction on this capital theme. We shall not insist today. We shall only permit ourselves to point out to Señor Maura that, in our understanding, the penal Code is an institution necessary to every State, but that it should never be placed in the first term nor be made a display of. The penal Code is the matter pudenda of the public Power.

Published unsigned, El Sol, 24 October 1919

E a che scopo chiama la gente? Ciò non è dubbio: per abbattere l’attuale Governo. Confessiamo al signor Maura che se ci lasciassimo portare dal primo movimento, correremmo davanti, con picconi e trivelle, per riuscirci oggi prima che domani. Questo Governo di incallito caciquismo, questo Governo solidale con quello dell’agosto 1917, questo Governo che nulla di sostanziale potrà fare bene, e invece, approfitta delle ore, dei minuti, per ricostruire le sue infette trincee di vecchia politica a Granada, a Córdoba, a Málaga, a Palencia, in Galizia, non desta nei nostri cuori affinità né diletto alcuno. Ma un secondo movimento di riflessione patriottica, di serenità e responsabilità, ci fa vedere che ha una missione relativa da compiere: fare un bilancio, né buono né mediocre, ma uno, che sarà sempre meglio di nessuno. Senza questo cattivo bilancio non ci sarà l’anno prossimo un altro accettabile, né ci sarà governazione possibile né tranquillità pubblica.

Non scivoleremo fino all’ingenuità di credere che il signor Maura ignori le gravissime conseguenze della non approvazione del bilancio. Come noi, e anche meglio, sa che ciò originerebbe una crisi praticamente insolubile, lunghi giorni di enorme pericolo sociale, difficoltà estreme per la Monarchia. Il signor Maura lo sa, e nondimeno, lo vuole. Se ne avvedano le masse conservatrici.

Invece, ci sembra… (qui una parola forte) che per abbattere il Governo il signor Maura ricordi che è essenza costituzionale delle Cortes la discussione formale del bilancio. E ci sembra… (qui la stessa parola forte) per le semplici ragioni seguenti: prima, che nessuno ha nemmeno sussurrato che non si discuta con tutto il nervo e l’ampiezza oggettiva che convenga; seconda, che il signor Maura è stato l’unico spagnolo disposto a considerare incompatibile con la sua dignità di presidente in carica (Governo di concentrazione) che si discutesse o anche solo si criticasse il suo bilancio, e dinanzi a una privata e innocua intemperanza del signor Alba, si ritirò dall’orizzonte, come protesta contro quel cognome; terza, che egli è stato colui che, unico nella storia di tre generazioni, ha toccato per decreto il bilancio, schernendo la più vecchia libertà, lui, che ora barocchizza, maledicendo negli altri come «sono arrogate in improvvisati decreti le facoltà delle Cortes». C’è tale incongruenza e sbaglio in questo atteggiamento del signor Maura, che per fuggire da lui quasi dovremo dare ragione agli altri, il che non è poco ponderare.

Poiché, con tutto ciò, crediamo che la cosa più deplorevole del manifesto sia il programma di norme politiche ora brandito nuovamente dal signor Maura. Sostiene che è giunta l’ora di «l’energia eccezionale». Dinanzi al problema operaio preferisce far risaltare, di quanti mezzi possiede lo Stato, il Codice penale.

Nota è ai nostri lettori la nostra convinzione su questo capitale tema. Non insisteremo oggi. Ci permetteremo soltanto di far notare al signor Maura che, a nostro intendimento, il Codice penale è un’istituzione necessaria a ogni Stato, ma che non si deve mai metterlo in primo termine né farne ostentazione. Il Codice penale è la materia pudenda del Potere pubblico.

Pubblicato senza firma, El Sol, 24 ottobre 1919