Abstract
A review of Max Scheler’s book (1915): war is the punishment for not having thought about war with seriousness and truthfulness, and the nineteenth century’s great sin was not seeking clarity about ultimate phenomena. The most painful finding is that Europe had almost no independence of intellect: in wartime a thinker who speaks must lie — and Ortega recalls Sankara, for whom the great brahman is silence.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
(Der Genius des Krieges und der deutsche Krieg, por Max Scheler, 1915)
I
Hay quien cree que no se puede hablar de la guerra si no es para declarar sumaria y perentoriamente nuestro entusiasmo o abominación por ella, esto es, sin «tomar una actitud» y decidir una «política». Yo respeto esta sentencia; pero sigo la contraria, que me parece más respetable; cierto que mirar devotamente las cosas humanas constituye el destino particular de El Espectador. Nada me parece, en efecto, tan frívolo y tan necio como esas gentes que lejos del combate adoptan posturas guerreras. Me repugnan los cuadros plásticos.
Es más: creo que el hecho tremendo de la guerra significa el castigo impuesto a los europeos por no haber pensado con seriedad, con calma y con veracidad sobre la guerra. Ya he dicho en otro lugar que, a mi juicio, el gran pecado de la segunda mitad del siglo XIX ha sido no buscar claridad sobre los fenómenos últimos y extremos. Uno de ellos es la guerra.
Mal puede curar la tuberculosis quien la confunde con un resfriado. Poco cabe esperar de quienes pretenden extirpar la guerra de la historia futura y suponen, como el inglés Wells, que esta guerra ha nacido de la voluntad del Kaiser, y la codicia de la casa Krupp[61]. Se me dirá que esto no lo piensa Wells; pero lo escribe, para encender el patriotismo inglés, que, como todas las emociones populares, no se pone en movimiento si no es merced a resortes pueriles.
Y a esto sólo puedo responder que para mí más graves aún que la guerra son la puerilidad de las muchedumbres y el hábito en los escritores de escribir lo que no piensan. Entre otras razones, porque mientras aquéllas y éstos sean así, las guerras se producirán automáticamente.
La averiguación más dolorosa que ha traído la actual es, a mi juicio, la de que no existía apenas en Europa independencia del intelecto. Por unas razones o por otras, hemos visto a los que parecían espíritus libres adscritos cada cual a su campanario, prisioneros de los intereses de su Estado. Y han hablado con falsía en vez de callar con verdad.
Al filósofo Sancara preguntaron sus discípulos en cierta ocasión cuál era la mayor sabiduría, el gran brahmán. El sabio maestro indio calló. Preguntáronle por segunda vez, y calló también. Insistieron nuevamente, y entonces Sancara exclamó: ¡Os lo estoy diciendo, hijos, os lo estoy diciendo! El gran brahmán es el silencio.
Yo no sé hasta qué punto lleva razón el filósofo indiano; no sé si es en todo tiempo el buen callar la mejor ciencia. Pero estoy seguro de que en tiempo de guerra, cuando la pasión anega a las muchedumbres, es un crimen de leso pensamiento que el pensador hable. Porque de hablar tiene que mentir. Y el hombre que aparece ante los demás dedicado al ejercicio intelectual no tiene derecho a mentir. En beneficio de su patria, es lícito al comerciante, al industrial, al labrador, mentir; no hablemos del político, porque es su oficio. Pero el hombre de ciencia, cuyo menester es esforzarse tras la verdad, no puede usar de la autoridad en esa labor ganada para decir la mentira. Lo propio acontece con el artista, con el poeta.
Cuando la turba ve que uno de éstos usa de su ciencia o de su arte para servir los intereses y pasiones de ella, prorrumpe en gritos de júbilo y le hace una ovación. Pero el hombre de ciencia o el poeta reciben sonrojados estas expansiones, que son prueba de haber él desvirtuado su noble ocupación, de haber abusado de ella. Pues el regocijo de la turba procede de que se siente aumentada con uno más. Sabios y poetas tienen obligación de servir a su patria como ciudadanos anónimos; pero no tienen derecho a servirla como sabios y poetas. Además, no pueden: la ciencia y el arte gozan de un pudor tan acendrado que ante la más leve intención impura se evaporan.
Motiva estas quejas un libro que ha publicado uno de los espíritus más delicados y nuevos de Alemania. Su autor, Max Scheler, es un profesor de filosofía perteneciente a la nueva generación. Curioso, sutil, dotado de intelectual ubicuidad, ha comenzado no hace mucho a destacarse entre los pensadores germánicos de más luminoso porvenir. Debo añadir, sin embargo, que siempre han manifestado sus escritos mayor acuidad y sutileza que severa argumentación.
Ahora da a luz una obra sobre la guerra en general y la guerra presente en particular; en ella se mezclan pintorescamente lo verdadero y lo caprichoso. Es acaso la producción más inteligente y honda que el conflicto europeo ha motivado. Por esto se echa de ver en ella tanto más la intervención violenta de la ceguera pasional y del utilitarismo «patriótico».
Quisiera aquí resumir sus páginas, donde las ideas hierven abundantes. Con objeto de no hacer interminables estas notas, procuraré reservar mi opinión casi siempre y exponer más que criticar.
Distingue Scheler dos partes en su libro: la primera es una filosofía de la guerra, de la guerra in genere, donde aspira a determinaciones y verdades absolutas. La segunda es una aplicación de esa teoría absoluta a los hechos de la guerra actual, y el autor mismo presume que, en esta parte, la pasión habrá alguna vez desviado su intelección. La primera parte es ciencia; la segunda, en cuanto se refiere al porvenir político del mundo, no es más que fe.
La filosofía de la guerra se compone de tres cuestiones distintas: 1.º Descripción de la guerra como fenómeno. 2.º La guerra como realidad metafísica. 3.º Ética de la guerra.