Abstract
A reply to those who reproached him for calling Brennus a “German”: against the epitome style, he reconstructs that the Romans did not distinguish Celts from Germans before Caesar, that “German” is a Celtic name for “neighbour”, and that Chamberlain’s pan-Germanist bible explicitly counts Celts and Slavs as Germans. Polemical historical-philological erudition.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
En el número primero de España, hablando yo de la lucha inminente entre Italia y Germania, me ocurrió aludir a la primera escena de esta contienda perenne entre el Mediterráneo y el Norte europeo, y menté a Breno y le llamé «el germano Breno», así, con todas sus letras. Y unos cuantos lectores de epítomes han llevado esto muy a mal. Como en España desearíamos escatimar el espacio en asuntos que no atañan vivamente a la existencia nacional, he querido evitar la publicación de esta nota, esperando que no reincidieran los filisteos. Pero han reincidido y con una insistencia que, a no tratarse de un escritor sin viso, como yo, haría pensar en la fruición del ínfimo cuando cree haber cogido en falta a una persona de rango.
El caso es de poca monta, mas, por lo mismo, ofrece un ejemplo sencillo de las dificultades que encuentra entre nosotros todo escritor que aspire a escribir en estilo distinto del usado en los epítomes. Y estilo no quiere decir manera gramatical de expresarse, sino giro del pensamiento. El estilo de epítome es por completo anticientífico: consiste en dar una caricatura de la verdad científica —la cual es flúida, cambiante, multifaz, progresiva— mediante una simplificación y esquematización pueril de las cosas. Justo es que sea así, pues que son para los niños los epítomes.
Pero vamos al caso. En los epítomes se dice de Breno que era galo y de los galos que eran celtas. Ya esto último no es verdad sin grandes atenuaciones. Muchos pueblos galos estaban penetrados de germanismo, y hordas germánicas, de pura estirpe, llevaban nombres y organización céltica. Pero demos por suficiente lo que dice el epítome: que Breno era galo y los galos celtas. Lo que no dice el epítome es qué fueran los celtas para los romanos en tiempo de Breno, ni qué son hoy los celtas para los alemanes, y por tanto para los italianos. Y justamente esto, que no dice el epítome, es lo que a mí me interesaba. Y lo que, en verdad, es interesante ejemplo de las peripecias históricas que puede sufrir un nombre étnico.
1.º ¿Qué significaba la gente de Breno para los romanos? Hasta la época de la gran invasión todas las hordas que descienden sobre Italia son de pueblos mezclados. Pero aunque no lo fueran en realidad, los romanos no distinguían unos de otros. Dos frases de Lamprecht en su Historia de Alemania —libro nada inasequible— resumen la situación: «Conviene no hacerse de una gran dificultad el pensar cómo tales mezcolanzas de nacionalidades diversas podían formarse en aquella primera edad. Los pueblos del Norte no eran en cultura y fisonomía tan diferentes como, partiendo de divergencias manifestadas después, nos los representamos hoy». «Tal vez fue Posidonio el primer hombre que tuvo como una sospecha de que celtas y germanos fuesen naciones diferentes; César, en su brillante caracterización de ambos, es el primero que enseñó decididamente a separarlos».
2.º ¿Qué quería decir «germano»? ¡Una ironía de la historia! «Germano» es un nombre celta, el nombre que daban las tribus celtas a sus tribus vecinas. Germano es el nombre que da el celta a su «vecino». Este nombre se fue circunscribiendo a un grupo de pueblos de la orilla izquierda del Rin y el Mosela —el actual campo de batalla—, precisamente por ser donde más se había mezclado el celtismo con las nuevas emigraciones.
3.º ¿Qué es hoy celta para los germanos? La lucha actual —a que mi artículo se refería— es la explosión de la voluntad pangermanista. Esta voluntad tiene una fe, una doctrina. Esta doctrina tiene una Biblia. Esta Biblia —la obra de Chamberlain Fundamentos del siglo XIX, editada en enormes tiradas por el emperador— tiene una idea, una sola idea. Copiémosla: «Germanos: bajo ese nombre comprendo todos los miembros diversos de una gran raza norteeuropea, bien sean germanos en el sentido estrecho que Tácito dio a la palabra, bien sean celtas, bien sean eslavos» (pág. 9). Y esto, repetido por activa y por pasiva, es la medula del libro, de la doctrina y de la fe pangermanista. Pero más aún: en el capítulo sobre los celtas se aplica una insistente argumentación a demostrar que Breno, «aquel primer conquistador de Roma», era el perfecto tipo del germano (pág. 467).
Todo esto y mucho más que no urge ahora, es lo que da al término «germano» un sentido vivo, eficiente, una realidad histórica que hace de él en las almas un motor de amor y de odio.
El estilo contrario al de los epítomes consiste en lo contrario que la simplificación: consiste en henchir de alusiones —científicas, sentimentales o descriptivas— cada palabra. Sólo quien esto intente al escribir debe optar a la dignidad de escritor. «Que un solo golpe anude mil hilos» —dice Goethe, simbolizando en el tejedor toda acción creadora de espíritu. He ahí la norma perfecta para el escritor: cada palabra valga por otras ciento.
No parece bien que se haga un comentario a un texto propio; mas, por una vez, sea permitido y sirva de ejemplo al lector para estimar las dificultades que encuentra todo el que tiene una alta idea del oficio literario.
Y dicho esto, no he de enojarme con los lectores de epítomes porque se empeñen en que a Breno llamemos siempre galo y a las encinas… seculares.
España, 19 de febrero de 1915