Ortega y Gasset

Abstract

The digest gives neither structure nor sample (867 words, 0 atoms): the content cannot be judged; the title indicates an article against the national Government.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Desde estas columnas optimistas de El Sol, se han lanzado voces de confianza para que todos los españoles se situasen junto al Gobierno en los críticos días que ha conocido la vida española durante las últimas etapas de nuestra anormalidad política. Confiados y animosos asistíamos al instante más solemne que ha conocido España desde hace varios años, y alentábamos, dentro de todos los espíritus, una profunda fe en que los hombres cargados de la responsabilidad de nuestro gobierno, sabrían encauzar los destinos españoles hacia los más altos esplendores. Pero… demasiados días van transcurridos ya, sin que hayamos visto en el Gabinete nacional el menor síntoma de correspondencia ferviente hacia el apoyo que el país le prestaba. Transcurren las fechas más interesantes y pasan los días más llenos de fervor universal, sin que estos hombres, llegados para salvar a España de los desastres a que nos conducía un frenesí de inepcias, sacudan la tradicional modorra de la vida española. Y no es que exijamos al cónclave de políticos presididos por el señor Maura un milagro diario, ni queremos encontrarnos cada mañana sobrecogidos ante una decisión que alcance los límites de lo sobrenatural. Nuestros deseos se reducen al afán de ver en la actuación del Gobierno una constante labor eficaz, alta y firme de orientaciones, noble y elevada de propósitos, digna y amplia de resultados.

Suele ser cantinela frecuente entre nuestros prohombres, acusar a la opinión de insensibilidad y de apocamiento. No es pequeña, sin duda, esa falta en el pueblo español, pero tan fuertemente la alientan nuestros gobernantes, que por fuerza ha de ver la masa popular un ejemplo vivo y palpitante en la perfecta inacción del Gobierno, nutrida de misterios absurdos, de temores y de artificios insignificantes. Nadie más insensible a las grandes emociones universales que este Gobierno español, cuya enorme responsabilidad ante la Historia y ante los destinos de España se acrecienta a medida que el pueblo amplía su crédito de confianza y mantiene su fe, contra la cual se alzan los desencantos más profundos y las desilusiones decisivas.

Hoy nos falta la gran política española, como ha faltado en las más tristes etapas de nuestra historia contemporánea. En ningún momento se advierte la fuerza imperial que hace de los organismos políticos arma de lucha fecunda y bien templada. Pasan por España los días sin inquietud y sin fervor. Pasan las horas, todas iguales y todas ineficaces. Cuando algunas gentes se agitan, bien sea en la extrema derecha o bien en la extrema izquierda, la poquedad de ciertos gobernantes temblorosos impone la ley del silencio y nos arrastra hacia la clandestinidad más sombría y vergonzosa. No nos importa tener voz ni voto en el gran concierto universal. Los grandes problemas morales y políticos dejan fría el alma de los gobernantes españoles, acogidos a una incomprensible pacatez en el obrar y sujetos a la desdichada manía de apagar, como sacristán que apaga la llama de un cirio, la menor exaltación de la personalidad española hacia los altos destinos.

Grave daño van causando a España estos hombres con su política; mayor cuanto fue más importante la confianza que en ellos habíamos depositado. Como si viviéramos en otro planeta, sigue siendo norma de nuestra vida política la ignorancia de los grandes problemas humanos y un régimen de secretos y de sombras inquietantes.

Nada nos interesa ni nos conmueve. Puede temblar el mundo, que nuestros gobernantes cerrarán los oídos a todo estruendo para que su siesta continua no sufra interrupciones desagradables. Falta la gran política económica, falta la iniciativa, falta la amplia y universal comprensión, falta el entusiasmo y falta ese ideal colectivo que mal puede unir a todos los españoles, cuando no ha logrado todavía vencer las diferencias de partido que separan a los hombres que integran el Gobierno.

Así se va gobernando a España, así se entretienen las ilusiones de este pueblo, que merecía otros afanes y otras actividades. Así se prolonga nuestro sueño torpe y pesado; así se aplaza el comienzo de la peregrinación ferviente y exaltada hacia nuestra victoria como nación moderna.

¡Pues qué! ¿No se han desparramado por todos los aires del mundo los nuevos principios morales, jurídicos, políticos, que están pidiendo manos amigas y pechos llenos de cordialidad? ¿Creemos, acaso, que España podrá evitar el choque de las poderosas transformaciones futuras?

Siga, siga arrastrando lentamente sus pies en la tierra este Gobierno, cuyo principal pecado será el haber producido la más honda falta de emoción y de inquietud. Pero, adviértase al pueblo, de una vez para siempre, que no conceda nuevos créditos de confianza, porque para tan limitados viajes como realiza el Gabinete nacional, unas alforjas pequeñas son suficientes.

Pero cuando el pueblo aprenda a exigir la responsabilidad adecuada a cada hombre, cuando advierta que a través de los días más trascendentales que vivió el mundo, seguían aquí el artificio, el engaño y la maniobra… ¿no se dará cuenta el Gabinete nacional —ya que suenan las horas propicias— de que su principal deber consiste en no malograr la fe de los españoles que creen a ciegas en los destinos de su pueblo?

Publicado sin firma, El Sol, 4 de octubre de 1918

From these optimistic columns of El Sol, voices of confidence have been launched so that all Spaniards should place themselves alongside the Government in the critical days that Spanish life has known during the last stages of our political abnormality. Confident and spirited we attended the most solemn moment that Spain has known for several years, and we encouraged, within all spirits, a profound faith that the men charged with the responsibility of our government would know how to channel the Spanish destinies toward the highest splendours. But… too many days have now gone by, without our having seen in the national Cabinet the least symptom of fervent response toward the support that the country was lending it. The most interesting dates go by and the days fullest of universal fervour pass, without these men, arrived to save Spain from the disasters toward which a frenzy of ineptitudes was leading us, shaking off the traditional drowsiness of Spanish life. And it is not that we demand from the conclave of politicians presided over by Señor Maura a daily miracle, nor do we want to find ourselves each morning overwhelmed before a decision that reaches the limits of the supernatural. Our desires reduce themselves to the eagerness of seeing in the Government’s action a constant effective labour, high and firm in orientations, noble and elevated in purposes, worthy and ample in results.

It is wont to be a frequent refrain among our leading men to accuse public opinion of insensibility and faint-heartedness. That fault in the Spanish people is not small, no doubt, but so strongly do our rulers encourage it, that the popular mass must perforce see a living and palpitating example in the Government’s perfect inaction, nourished on absurd mysteries, on fears and on insignificant artifices. No one is more insensible to the great universal emotions than this Spanish Government, whose enormous responsibility before History and before the destinies of Spain grows as the people widens its credit of confidence and keeps its faith, against which the most profound disenchantments and the decisive disillusionments rise up.

Today we lack the great Spanish politics, as it has been lacking in the saddest stages of our contemporary history. At no moment is perceived the imperial force that makes of political organisms a weapon of fecund and well-tempered struggle. Days pass through Spain without disquiet and without fervour. The hours pass, all alike and all ineffective. When some people stir, whether on the extreme right or on the extreme left, the pettiness of certain trembling rulers imposes the law of silence and drags us toward the most sombre and shameful clandestinity. We do not care to have voice or vote in the great universal concert. The great moral and political problems leave cold the soul of the Spanish rulers, sheltered in an incomprehensible smallness in acting and subject to the unfortunate mania of extinguishing, like a sacristan who extinguishes the flame of a candle, the least exaltation of the Spanish personality toward high destinies.

Grave harm these men are causing Spain with their politics; the greater as the confidence we had placed in them was the more important. As if we lived on another planet, the ignorance of the great human problems and a regime of secrets and of disquieting shadows continues to be the norm of our political life.

Nothing interests us nor moves us. The world may tremble, and our rulers will close their ears to all uproar so that their continual siesta should not suffer unpleasant interruptions. The great economic policy is lacking, initiative is lacking, the wide and universal comprehension is lacking, enthusiasm is lacking and that collective ideal is lacking which can ill unite all Spaniards, when it has not yet managed to overcome the party differences that separate the men who make up the Government.

Thus Spain goes on being governed, thus are entertained the illusions of this people, which deserved other endeavours and other activities. Thus is prolonged our dull and heavy sleep; thus is postponed the beginning of the fervent and exalted pilgrimage toward our victory as a modern nation.

Well then! Have not the new moral, juridical, political principles, which are asking for friendly hands and bosoms full of cordiality, been scattered through all the airs of the world? Do we believe, perhaps, that Spain will be able to avoid the shock of the powerful future transformations?

Let it go on, let it go on slowly dragging its feet on the ground, this Government, whose principal sin will be that of having produced the most profound lack of emotion and of disquiet. But let the people be warned, once and for all, not to grant new credits of confidence, because for such limited journeys as the national Cabinet makes, small saddlebags are sufficient.

But when the people learns to exact the responsibility appropriate to each man, when it perceives that through the most transcendent days the world lived, artifice, deceit and manoeuvre continued here… will not the national Cabinet —since the propitious hours sound— realize that its principal duty consists in not squandering the faith of the Spaniards who believe blindly in the destinies of their people?

Published unsigned, El Sol, 4 October 1918

Da queste colonne ottimistiche de El Sol, sono state lanciate voci di fiducia perché tutti gli spagnoli si ponessero accanto al Governo nei giorni critici che ha conosciuto la vita spagnola durante le ultime tappe della nostra anormalità politica. Fiduciosi e animosi assistevamo all’istante più solenne che la Spagna ha conosciuto da diversi anni, e alimentavamo, dentro tutti gli spiriti, una profonda fede che gli uomini caricati della responsabilità del nostro governo sapessero incanalare i destini spagnoli verso i più alti splendori. Ma… troppi giorni sono già trascorsi, senza che abbiamo visto nel Gabinetto nazionale il minimo sintomo di corrispondenza fervente verso l’appoggio che il paese gli prestava. Trascorrono le date più interessanti e passano i giorni più pieni di fervore universale, senza che questi uomini, giunti per salvare la Spagna dai disastri a cui ci conduceva un frenesì di inepzie, scuotano la tradizionale torpidezza della vita spagnola. E non è che esigiamo dal conclave di politici presieduto dal signor Maura un miracolo quotidiano, né vogliamo trovarci ogni mattina sgomenti dinanzi a una decisione che raggiunga i limiti del soprannaturale. I nostri desideri si riducono all’affanno di vedere nell’attuazione del Governo una costante opera efficace, alta e ferma di orientamenti, nobile ed elevata di propositi, degna e ampia di risultati.

Suole essere cantilena frequente tra i nostri proceri accusare l’opinione di insensibilità e di pusillanimità. Non è piccola, senza dubbio, quella mancanza nel popolo spagnolo, ma così fortemente la alimentano i nostri governanti, che per forza deve vedere la massa popolare un esempio vivo e palpitante nella perfetta inazione del Governo, nutrita di misteri assurdi, di timori e di artifici insignificanti. Nessuno più insensibile alle grandi emozioni universali di questo Governo spagnolo, la cui enorme responsabilità dinanzi alla Storia e dinanzi ai destini della Spagna si accresce a misura che il popolo amplia il suo credito di fiducia e mantiene la sua fede, contro la quale si levano i disinganni più profondi e le disillusioni decisive.

Oggi ci manca la grande politica spagnola, come è mancata nelle più tristi tappe della nostra storia contemporanea. In nessun momento si avverte la forza imperiale che fa degli organismi politici arma di lotta feconda e ben temprata. Passano per la Spagna i giorni senza inquietudine e senza fervore. Passano le ore, tutte uguali e tutte inefficaci. Quando alcune genti si agitano, sia nell’estrema destra sia nell’estrema sinistra, la pochezza di certi governanti tremanti impone la legge del silenzio e ci trascina verso la clandestinità più fosca e vergognosa. Non ci importa avere voce né voto nel grande concerto universale. I grandi problemi morali e politici lasciano fredda l’anima dei governanti spagnoli, rifugiati in un’incomprensibile grettezza nell’agire e soggetti alla disgraziata mania di spegnere, come il sagrestano che spegne la fiamma di un cero, la minima esaltazione della personalità spagnola verso gli alti destini.

Grave danno vanno causando alla Spagna questi uomini con la loro politica; maggiore quanto più importante era la fiducia che in loro avevamo depositato. Come se vivessimo su un altro pianeta, continua a essere norma della nostra vita politica l’ignoranza dei grandi problemi umani e un regime di segreti e di ombre inquietanti.

Nulla ci interessa né ci commuove. Può tremare il mondo, che i nostri governanti chiuderanno le orecchie a ogni fragore perché la loro siesta continua non subisca interruzioni sgradevoli. Manca la grande politica economica, manca l’iniziativa, manca l’ampia e universale comprensione, manca l’entusiasmo e manca quell’ideale collettivo che difficilmente può unire tutti gli spagnoli, quando non è ancora riuscito a vincere le differenze di partito che separano gli uomini che compongono il Governo.

Così si va governando la Spagna, così si intrattengono le illusioni di questo popolo, che meritava altri affanni e altre attività. Così si prolunga il nostro sogno tardo e pesante; così si rimanda l’inizio del pellegrinaggio fervente ed esaltato verso la nostra vittoria come nazione moderna.

Ebbene, che! Non si sono forse sparpagliati per tutti gli ari del mondo i nuovi principi morali, giuridici, politici, che stanno chiedendo mani amiche e petti pieni di cordialità? Crediamo, forse, che la Spagna potrà evitare l’urto delle potenti trasformazioni future?

Segua, segua trascinando lentamente i suoi piedi per terra questo Governo, il cui principale peccato sarà quello di aver prodotto la più profonda mancanza di emozione e di inquietudine. Ma, si avverta il popolo, una volta per sempre, che non conceda nuovi crediti di fiducia, perché per così limitati viaggi come compie il Gabinetto nazionale, alcune bisacce piccole sono sufficienti.

Ma quando il popolo impari a esigere la responsabilità adeguata a ogni uomo, quando avverta che attraverso i giorni più trascendentali che visse il mondo continuavano qui l’artificio, l’inganno e la manovra… non si renderà conto il Gabinetto nazionale —giacché suonano le ore propizie— che il suo principale dovere consiste nel non mandare a male la fede degli spagnoli che credono a occhi chiusi nei destini del loro popolo?

Pubblicato senza firma, El Sol, 4 ottobre 1918