Abstract

El Sol editorial criticizing the inaction and mediocrity of Maura’s national Cabinet, squandering the country’s confidence. Political op-ed, not philosophical.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Desde estas columnas optimistas de El Sol, se han lanzado voces de confianza para que todos los españoles se situasen junto al Gobierno en los críticos días que ha conocido la vida española durante las últimas etapas de nuestra anormalidad política. Confiados y animosos asistíamos al instante más solemne que ha conocido España desde hace varios años, y alentábamos, dentro de todos los espíritus, una profunda fe en que los hombres cargados de la responsabilidad de nuestro gobierno, sabrían encauzar los destinos españoles hacia los más altos esplendores. Pero… demasiados días van transcurridos ya, sin que hayamos visto en el Gabinete nacional el menor síntoma de correspondencia ferviente hacia el apoyo que el país le prestaba. Transcurren las fechas más interesantes y pasan los días más llenos de fervor universal, sin que estos hombres, llegados para salvar a España de los desastres a que nos conducía un frenesí de inepcias, sacudan la tradicional modorra de la vida española. Y no es que exijamos al cónclave de políticos presididos por el señor Maura un milagro diario, ni queremos encontrarnos cada mañana sobrecogidos ante una decisión que alcance los límites de lo sobrenatural. Nuestros deseos se reducen al afán de ver en la actuación del Gobierno una constante labor eficaz, alta y firme de orientaciones, noble y elevada de propósitos, digna y amplia de resultados.

Suele ser cantinela frecuente entre nuestros prohombres, acusar a la opinión de insensibilidad y de apocamiento. No es pequeña, sin duda, esa falta en el pueblo español, pero tan fuertemente la alientan nuestros gobernantes, que por fuerza ha de ver la masa popular un ejemplo vivo y palpitante en la perfecta inacción del Gobierno, nutrida de misterios absurdos, de temores y de artificios insignificantes. Nadie más insensible a las grandes emociones universales que este Gobierno español, cuya enorme responsabilidad ante la Historia y ante los destinos de España se acrecienta a medida que el pueblo amplía su crédito de confianza y mantiene su fe, contra la cual se alzan los desencantos más profundos y las desilusiones decisivas.

Hoy nos falta la gran política española, como ha faltado en las más tristes etapas de nuestra historia contemporánea. En ningún momento se advierte la fuerza imperial que hace de los organismos políticos arma de lucha fecunda y bien templada. Pasan por España los días sin inquietud y sin fervor. Pasan las horas, todas iguales y todas ineficaces. Cuando algunas gentes se agitan, bien sea en la extrema derecha o bien en la extrema izquierda, la poquedad de ciertos gobernantes temblorosos impone la ley del silencio y nos arrastra hacia la clandestinidad más sombría y vergonzosa. No nos importa tener voz ni voto en el gran concierto universal. Los grandes problemas morales y políticos dejan fría el alma de los gobernantes españoles, acogidos a una incomprensible pacatez en el obrar y sujetos a la desdichada manía de apagar, como sacristán que apaga la llama de un cirio, la menor exaltación de la personalidad española hacia los altos destinos.

Grave daño van causando a España estos hombres con su política; mayor cuanto fue más importante la confianza que en ellos habíamos depositado. Como si viviéramos en otro planeta, sigue siendo norma de nuestra vida política la ignorancia de los grandes problemas humanos y un régimen de secretos y de sombras inquietantes.

Nada nos interesa ni nos conmueve. Puede temblar el mundo, que nuestros gobernantes cerrarán los oídos a todo estruendo para que su siesta continua no sufra interrupciones desagradables. Falta la gran política económica, falta la iniciativa, falta la amplia y universal comprensión, falta el entusiasmo y falta ese ideal colectivo que mal puede unir a todos los españoles, cuando no ha logrado todavía vencer las diferencias de partido que separan a los hombres que integran el Gobierno.

Así se va gobernando a España, así se entretienen las ilusiones de este pueblo, que merecía otros afanes y otras actividades. Así se prolonga nuestro sueño torpe y pesado; así se aplaza el comienzo de la peregrinación ferviente y exaltada hacia nuestra victoria como nación moderna.

¡Pues qué! ¿No se han desparramado por todos los aires del mundo los nuevos principios morales, jurídicos, políticos, que están pidiendo manos amigas y pechos llenos de cordialidad? ¿Creemos, acaso, que España podrá evitar el choque de las poderosas transformaciones futuras?

Siga, siga arrastrando lentamente sus pies en la tierra este Gobierno, cuyo principal pecado será el haber producido la más honda falta de emoción y de inquietud. Pero, adviértase al pueblo, de una vez para siempre, que no conceda nuevos créditos de confianza, porque para tan limitados viajes como realiza el Gabinete nacional, unas alforjas pequeñas son suficientes.

Pero cuando el pueblo aprenda a exigir la responsabilidad adecuada a cada hombre, cuando advierta que a través de los días más trascendentales que vivió el mundo, seguían aquí el artificio, el engaño y la maniobra… ¿no se dará cuenta el Gabinete nacional —ya que suenan las horas propicias— de que su principal deber consiste en no malograr la fe de los españoles que creen a ciegas en los destinos de su pueblo?

Publicado sin firma, El Sol, 4 de octubre de 1918