Abstract
Political reportage on the handover from Dato to Romanones: two parties disagreeing over which legislative topic is more urgent settle their conflict by postponing everything. Ortega quotes and mocks the ministerial declaration, “the ridiculous ballad of cuanto afecta”, devoid of the least literary dignity. Topical journalism.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
El Gobierno del señor Dato se fue porque creía que se debía anteponer la discusión de las reformas militares a la discusión de los presupuestos y proyectos económicos. El Gobierno del conde de Romanones ha venido porque creía que se debía anteponer la discusión de los presupuestos y proyectos económicos a la discusión de las reformas militares. El resultado es que no se discuten ni los presupuestos, ni los proyectos económicos, ni las reformas militares. Las Cortes serán disueltas y un nuevo entreacto comienza, una nueva dilación, un nuevo período que un nuevo gobierno dedicará a ir ahorcando días hasta que llegue el de las calendas griegas.
De esta suerte, dos partidos cuya discrepancia versa sobre la urgencia mayor de este o del otro tema legislativo, consideran, por lo visto, resuelto su conflicto cuando de hecho ponen todo en demora.
Sucesos como éste producen en uno cierto optimismo personal. Porque semejante falta de seriedad, de elemental seriedad política, no es cosa nueva. Todo lo contrario: es lo que hemos presenciado cien veces, es casi lo único que hemos presenciado desde que atendemos a la vida pública de nuestro país. Había, pues, motivos sobrados para que se nos hubiera encallecido la sensibilidad.
Y, sin embargo, cuando el fenómeno se presenta una vez más, algo dentro de nosotros se subvierte, algo se contorsiona con gesto entreverado de asco y de aburrimiento, de enojo y de bostezo. Y así, mientras España padece las irremediables consecuencias, nuestro egoísmo individual puede con satisfacción, medianamente estúpida, decirse: «al menos no ha criado uno callo todavía».
Pero se me advertirá que todo cambio de partido al frente del Estado supone el cambio de las Cortes, y éste abre un paréntesis forzoso entre las vigentes y las futuras: así lo exige el régimen. A esto podía contestarse de muchas maneras y, por lo pronto, de ésta: ¡tanto peor para el régimen!
Mas no hablemos ahora del régimen ni se intente cubrir con los defectos del régimen la frivolidad superlativa de las personas. No de las necesidades de aquél, sino de las capacidades de éstas, es expresión la declaración ministerial, texto único sobre que a estas horas podría ejercerse el comentario. Este documento carece de aquella mínima dignidad y compostura literarias que son síntoma de una mente sana y atenta. Podía llamársele la ridícula balada del «cuanto afecta». Tal es que ni discusión, exégesis ni reparos acepta. No hay otro modo de combatirlo y condenarlo, que copiarlo.
Helo aquí, dejando a un lado la introducción ornamental sobre la neutralidad:
«El Gobierno tiene plena conciencia de la importancia y apremio de los problemas planteados ante el Parlamento.
»Los recogerá y hará objeto de su solicitud, procurando darles solución en el plazo más breve posible.
»No olvida ni rechaza el ofrecimiento que le fue hecho del concurso de la actual mayoría para hacer frente a alguno de ellos; sobre este punto meditará antes de resolver; si la resolución fuera no utilizar dicho concurso, las nuevas Cortes serían convocadas oportunamente.
»Entre los problemas planteados figura con extrema importancia cuanto afecta a la reorganización militar. El Gobierno ha de hacer objeto de su labor, con solicitud y apremio proporcionados a cuanto afecta a la defensa patria, este asunto, y espera darle cima tan satisfactoriamente como desea y merece el pueblo español.
»De singular urgencia es cuanto afecta a la economía nacional y a la situación financiera. La crisis de las subsistencias y del trabajo; las facilidades y estímulos a la exportación, y la organización amplia, expedita y rápida del crédito, son los tres capitales aspectos de este problema, planteado con carácter inaplazable por la realidad misma y por los influjos de la guerra.
»Estos tres asuntos se han de anteponer por el momento a cuanto pudiera figurar en otro más amplio programa de Gobierno, que el actual no ha de exponer en este momento para ganar en precisión de obras lo que pierda en amplitud de ofrecimientos.
»Claro está que mantiene en pie todos aquellos compromisos que en diversas ocasiones ha contraído con la opinión pública, estimando que no es del actual instante reproducirlos, por la indudable preferencia que exigen los problemas económicos y los que afectan a la situación financiera del Estado.
»Ocioso es manifestar que el actual Gobierno de Su Majestad, en cuanto afecta al orden propiamente político y asuntos conexos con esta materia, ha de poner de relieve vigorosamente el carácter que a su significado, que a su carácter y tradición corresponden, esto es, clara y firmemente liberal».
De esta lectura lamentable sacamos siquiera una idea clara, profunda y salvadora: «las nuevas Cortes serán convocadas oportunamente».
Cuando un partido que llega al poder para subsanar la inercia de otro gobierno después de un año largo de guerra europea, no tiene más que decir en el momento solemne de poner la mano sobre el timón ¿cómo podrá ser recibido con esperanza?
Y todavía debemos quedar agradecidos a los autores de este trozo escogido por declarar al menos que «el pueblo español merece que se resuelvan satisfactoriamente sus asuntos». ¡Oh, gracias sean dadas a esos espíritus delicados y misericordiosos!
Se ha alabado, no obstante, la composición del ministerio como se alaba un menú bien dispuesto. ¿Hay razón para ello? Yo no me reconozco el menor derecho a andar calibrando los valores morales e intelectuales de las personas que componen el Gobierno. Sólo me reservo la opción de hacerlo con sus palabras o actos concretos y notorios. Afortunadamente, esas alabanzas a que me refiero nos dan justipreciados los méritos del Gabinete.
¿Por qué se le loa? Porque en él figuran dos hombres —Urzaiz y Villanueva— que han logrado crearse un ámbito de respeto y autoridad. Vaya a ellos sinceramente nuestro homenaje. Pero nótense los efectos de ese encomio para el resto del gobierno.
Resulta que el partido liberal, para entrar con buen pie en la opinión pública, necesita del crédito personal de dos hombres, uno de los cuales —el señor Urzaiz—, más que pertenecer al partido es en él un egregio transeúnte. Y esto, que con razón ha merecido veinticuatro horas de aplausos, anuncia, en rigor, veinticuatro meses de desventuras para la agrupación liberal y para la sociedad española.
Porque, hablemos medio en serio: el señor Villanueva permanecerá en el ministerio de Estado unas semanas y luego irá a la Presidencia del Congreso. Y el señor Urzaiz no podrá durar en el de Hacienda, porque un hombre no puede realizar una política solitariamente, sin un partido tras él, que con él tenga una solidaridad largamente preparada y ardientemente sentida. Ahora bien, las maneras del señor Urzaiz, francas y aun turbulentas, hostiles a todo compromiso y rodeo, son de antiguo incompatibles con el sistema nervioso del partido liberal. De modo que, en realidad, los señores Urzaiz y Villanueva, sólo han prestado su garantía personal a este gobierno, como el torero rico presta al pobre su capote de lentejuelas: para hacer el paseo.
Como esto no se le ha ocultado a nadie, envuelven las alabanzas al Gobierno dirigidas una ironía cruel. Nada nos sería tan grato como equivocarnos de medio a medio y ser sorprendidos dentro de tres, de seis meses con que los jefes del partido liberal y este mismo eran capaces de ejercitar gobernación fecunda. Pero ¿quién lo cree, quién lo espera?
No pienso yo que sea necesario al genio político tener cinco pies y dos pulgadas de altura porque en esa talla coincidieron Alejandro, Augusto y Napoleón. Cualquiera que sea el tamaño y aun la catadura pueden hacer bien a su país todos los hombres que posean una cierta fortuna de autoridad moral. Mas exentos de ésta no pueden hacer sino daño, cuantas fueren sus privadas virtudes.
Y ese género de autoridad falta tanto en el organismo liberal que no ya la defensa del territorio español, no ya un grave plan de Hacienda, no ya un motín de los suburbios —no, el simple nombramiento de altos cargos se convierte en un conflicto y una catástrofe. Las cuadernas del partido crujen, la obra muerta retiembla, el gobernalle se hace astillas, el capitán enferma— como si un vendaval histórico hiciese periclitar la humilde navecilla.
España, 23 de diciembre de 1915