Ortega y Gasset
Abstract
A newspaper column on the fall of Dato’s government, charged with doing nothing while the European war reshaped the world. Ortega ends by denying that a nation’s deep ills come from its governments: virtues and vices come from the social body as a whole.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
La última hoja seca que este otoño ha empujado ha sido el señor Dato. Tras él va su gobierno umbrátil y el cortejo de espectros bien vestidos que integraban su mayoría. Pero ¿a dónde se van? Para mí no hay duda: se van al otro mundo.
En la religión egipcia las almas de los muertos no se justifican ante el tribunal de los dioses refiriendo los pecados que han cometido, sino, al contrario, especificando cuáles pecados no cometieron. Más humildes que los cristianos, suponen los egipcios que en esto de pecar es el hombre enciclopédico por naturaleza, y lo más que puede pretender es librarse de algunas clases de faltas. Yo recuerdo haber asistido en Canillejas al tránsito de una pobre vieja que había sido torera en los tiempos dorados de Lagartijo y Frascuelo, y al acercarse el confesor hizo declaración sumaria de su existencia con estas palabras: «menos robar y matar, tóo, padre, tóo».
Pues, bien, acaso el señor Dato quiera acogerse a este procedimiento y pretenda hacer la apología de su gestión diciendo: señores, yo no he hecho nada.
¿Deberemos inclinarnos reconocidos ante esta virtud de no hacer nada que tan cuidadosamente ha ejercitado el señor Dato?
La hora en que ha tocado gobernar al jefe del partido liberal-conservador traía su personal exigencia. Cada hora trae un deber suyo, distinto del de la precedente y la subsecuente. El secreto de la oportunidad consiste en acertar con ese deber. Esto es lo que le ha acontecido al señor Dato.
Espectadora España y sin intervención positiva alguna, de los hechos gigantescos donde se está organizando un tiempo nuevo, corría, por lo menos, un peligro tan claro como grave: la desmoralización que en todo ser humano produce sentirse inerte mientras en torno el mundo hace alarde de incalculables energías. Y esto que es grave en un temperamento normal, había de serlo mucho más en una sensibilidad deprimida, exenta de confianza en sí, escéptica, entregada. Así ha ocurrido a nuestro pueblo. Sólo una excitación poderosa por parte de una minoría directora, un fuerte empujón hacia la vida, podía contrarrestar en nosotros la emoción de parálisis colectiva. Creo yo que era la presente una ocasión indubitable para abandonar el paso de andadura, los caminos usuales, las maneras consuetudinarias y recurrir inclusive a la extravagancia. Cualquiera cosa estaba justificada con tal de llevar al corazón español un sentimiento de fe y de esperanza en sus capacidades de pervivir.
Esto ha podido hacerlo el señor Dato. Nadie se lo estorbaba. Ha gobernado sin oposición. Los partidos radicales yacen inmóviles bajo los escombros de treinta años de retórica absurda que ahora han recaído sobre ellos. El partido liberal, desmembrado, irresoluto, sin trayectoria predeterminada, sin propósitos, ha explotado sabiamente el silencio, que es, según el proverbio árabe, una mina de oro.
El señor Dato ha preferido no hacer nada. El resultado no ha podido ser más desastroso. El ambiente público ha llegado en los últimos meses a tal extremo de pesimismo, que parecía respirarse un aire de fin de mundo. Y no sólo en política, toda la vida nacional estaba y está como atacada mortalmente de parálisis. Dos o tres negocios —en Bilbao y en Barcelona— fructifican en proporciones anormales al fuego anormal de la guerra, pero todos los demás se ahogan, sucumben o se detienen. El señor Maciá, símbolo de ese estado de espíritu milenario, arroja su acta lejos de sí con un ademán desesperado y los periódicos anuncian la conversión a la fe tradicional de hombres que quieren estar prestos a bien morir. Sólo faltan un ligero cometa en el cielo y un leve temblor en la tierra para que estén completos todos los signos precursores del juicio final.
Lejos de mí verter la culpa de todo esto sobre los políticos. Todo lo contrario. Pienso que es ya una patriótica obligación oponerse resueltamente al hábito español de buscar en los gobiernos la oriundez de las grandes menguas nacionales. Sólo una pueril sociología es capaz de atribuir a la política males ni bienes profundos. Todo lo que es virtud o vicio hondo viene directamente del cuerpo social en toda su amplitud. Y si una sociedad va hacia la muerte no la detendrá en su derrotero un gobierno de arcángeles.
Los gobiernos no tienen, pues, obligación de lograr; pero tienen la obligación de intentar. ¿Y qué ha intentado el señor Dato? Si el infierno está empedrado de buenas intenciones podemos entrar en él seguros de que no pisaremos sobre el gobierno del señor Dato, que ha vivido sin intenciones buenas ni malas. Su postrimería debe hallarse más bien en el limbo.
Es doloroso, es cruel pensar lo que podía haberse intentado —aunque tal vez no logrado— en España durante este año. En vez de esto, el señor Dato nos deja una España hendida en dos, una discordia estólida, vacía, impura, entre francófilos y germanófilos.
Claro es que el primero en pagar las costas de su inacción va a ser el señor Dato. Un partido puede inventarse desde el poder: hasta tocar la Gaceta con la varita de virtudes que, como todos saben, es una vara de lirio. Pero no es tan fácil hacer perdurar un partido en la oposición sin un afecto que lo mantenga unánime y cohesivo. ¿Y quién espera que ese partido liberal-conservador, pecador de omisión, no esté condenado al castigo congruo? Formado con esencia de lirio, mantenido con nada, sólo un porvenir le corresponde: la evaporación.
Sobre él, desde el desierto, como un sirocco, el señor Maura sopla…
España, 16 de diciembre de 1915
The last dry leaf that this autumn has pushed has been Señor Dato. Behind him goes his umbratile government and the procession of well-dressed spectres that made up his majority. But where do they go? For me there is no doubt: they go to the other world.
In the Egyptian religion the souls of the dead do not justify themselves before the tribunal of the gods by relating the sins they have committed, but, on the contrary, by specifying which sins they did not commit. More humble than the Christians, the Egyptians suppose that in this matter of sinning man is by nature encyclopedic, and the most he can pretend is to free himself from some classes of faults. I recall having attended at Canillejas the passing of a poor old woman who had been a bullfighter in the golden times of Lagartijo and Frascuelo, and when the confessor drew near she made a summary declaration of her existence in these words: «except robbing and killing, everything, father, everything».
Well then, perhaps Señor Dato wishes to take shelter in this procedure and pretends to make the apologia of his stewardship by saying: gentlemen, I have done nothing.
Shall we have to bow gratefully before this virtue of doing nothing which Señor Dato has so carefully exercised?
The hour in which it fell to the head of the liberal-conservative party to govern brought its personal exigency. Every hour brings its own duty, distinct from that of the preceding and the subsequent one. The secret of opportunity consists in hitting upon that duty. That is what has happened to Señor Dato.
Spectator Spain, and without any positive intervention, of the gigantic events where a new time is being organized, ran, at least, a danger as clear as grave: the demoralization that in every human being produces the feeling of being inert while around the world makes display of incalculable energies. And this, which is grave in a normal temperament, had to be much more so in a depressed sensibility, devoid of confidence in itself, sceptical, surrendered. Thus has it happened to our people. Only a powerful excitation on the part of a directing minority, a strong push toward life, could counteract in us the emotion of collective paralysis. I believe that this was an indubitable occasion to abandon the pacing step, the usual paths, the customary manners and to resort even to extravagance. Anything was justified provided it carried to the Spanish heart a feeling of faith and of hope in its capacities of surviving.
This Señor Dato could have done. No one hindered him. He has governed without opposition. The radical parties lie motionless under the rubble of thirty years of absurd rhetoric that has now fallen back upon them. The liberal party, dismembered, irresolute, without predetermined trajectory, without purposes, has wisely exploited silence, which is, according to the Arab proverb, a gold mine.
Señor Dato has preferred to do nothing. The result could not have been more disastrous. The public atmosphere has reached in the last months such an extreme of pessimism that one seemed to breathe an air of the end of the world. And not only in politics, the whole national life was and is as if mortally attacked by paralysis. Two or three businesses —in Bilbao and in Barcelona— fructify in abnormal proportions at the abnormal fire of the war, but all the others suffocate, succumb or stop. Señor Maciá, symbol of that millenary state of spirit, casts his acta far from himself with a desperate gesture and the newspapers announce the conversion to the traditional faith of men who want to be ready to die well. Only a slight comet in the sky and a light trembling in the earth are missing for all the precursor signs of the last judgment to be complete.
Far from me to pour the blame for all this upon the politicians. Quite the contrary. I think that it is by now a patriotic obligation to oppose resolutely the Spanish habit of seeking in governments the origin of the great national shortcomings. Only a puerile sociology is capable of attributing to politics either deep evils or goods. Everything that is deep virtue or vice comes directly from the social body in all its amplitude. And if a society goes toward death, a government of archangels will not stop it in its course.
Governments have, then, no obligation to achieve; but they have the obligation to attempt. And what has Señor Dato attempted? If hell is paved with good intentions we can enter it sure that we shall not step on Señor Dato’s government, which has lived without intentions good or bad. His end should be found rather in limbo.
It is painful, it is cruel to think what could have been attempted —although perhaps not achieved— in Spain during this year. Instead of this, Señor Dato leaves us a Spain split in two, a stolid, empty, impure discord between francophiles and germanophiles.
Of course the first to pay the costs of his inaction is going to be Señor Dato. A party can invent itself from power: even touch the Gaceta with the wand of virtues that, as everyone knows, is a lily rod. But it is not so easy to make a party endure in opposition without an affection that keeps it unanimous and cohesive. And who hopes that that liberal-conservative party, sinner by omission, is not condemned to the congruous punishment? Formed with essence of lily, maintained with nothing, only one future corresponds to it: evaporation.
Upon it, from the desert, like a sirocco, blows Señor Maura…
Spain, 16 December 1915
L’ultima foglia secca che questo autunno ha sospinto è stato il signor Dato. Dietro di lui va il suo governo ombratile e il corteo di spettri ben vestiti che componevano la sua maggioranza. Ma dove vanno? Per me non c’è dubbio: vanno all’altro mondo.
Nella religione egizia le anime dei morti non si giustificano dinanzi al tribunale degli dèi riferendo i peccati che hanno commesso, ma, al contrario, specificando quali peccati non commisero. Più umili dei cristiani, suppongono gli egizi che in questo del peccare l’uomo sia enciclopedico per natura, e il più che possa pretendere è liberarsi da alcune classi di mancanze. Io ricordo di aver assistito a Canillejas al transito di una povera vecchia che era stata torera nei tempi d’oro di Lagartijo e Frascuelo, e al farsi vicino il confessore fece dichiarazione sommaria della sua esistenza con queste parole: «meno rubare e uccidere, tutto, padre, tutto».
Ebbene, forse il signor Dato voglia accogliersi a questo procedimento e pretenda fare l’apologia della sua gestione dicendo: signori, io non ho fatto nulla.
Dovremo inchinarci riconoscenti dinanzi a questa virtù del non fare nulla che tanto accuratamente ha esercitato il signor Dato?
L’ora in cui è toccato governare al capo del partito liberale-conservatore portava la sua esigenza personale. Ogni ora porta un suo dovere, distinto da quello della precedente e della susseguente. Il segreto dell’opportunità consiste nell’azzeccare quel dovere. Questo è ciò che è accaduto al signor Dato.
Spettatrice la Spagna, e senza intervento positivo alcuno, dei fatti giganteschi dove si sta organizzando un tempo nuovo, correva, per lo meno, un pericolo tanto chiaro quanto grave: la demoralizzazione che in ogni essere umano produce il sentirsi inerte mentre intorno il mondo fa sfoggio di incalcolabili energie. E questo, che è grave in un temperamento normale, doveva esserlo molto più in una sensibilità depressa, esente di fiducia in sé, scettica, arresa. Così è accaduto al nostro popolo. Solo una potente eccitazione da parte di una minoranza direttrice, una forte spinta verso la vita, poteva controbilanciare in noi l’emozione di paralisi collettiva. Credo io che fosse la presente un’occasione indubitabile per abbandonare il passo di andatura, i cammini usuali, le maniere consuetudinarie e ricorrere persino alla stravaganza. Qualunque cosa era giustificata purché portasse al cuore spagnolo un sentimento di fede e di speranza nelle sue capacità di perdurare.
Questo ha potuto farlo il signor Dato. Nessuno glielo impediva. Ha governato senza opposizione. I partiti radicali giacciono immobili sotto le macerie di trent’anni di retorica assurda che ora sono ricadute su di loro. Il partito liberale, smembrato, irresoluto, senza traiettoria predeterminata, senza propositi, ha sfruttato saggiamente il silenzio, che è, secondo il proverbio arabo, una miniera d’oro.
Il signor Dato ha preferito non fare nulla. Il risultato non ha potuto essere più disastroso. L’ambiente pubblico è arrivato negli ultimi mesi a tale estremo di pessimismo, che sembrava si respirasse un’aria di fine del mondo. E non solo in politica, tutta la vita nazionale era ed è come attaccata mortalmente di paralisi. Due o tre affari —a Bilbao e a Barcellona— fruttificano in proporzioni anormali al fuoco anormale della guerra, ma tutti gli altri si soffocano, soccombono o si fermano. Il signor Maciá, simbolo di quello stato di spirito millenario, getta la sua attesta lontano da sé con un ademene disperato e i giornali annunciano la conversione alla fede tradizionale di uomini che vogliono essere presti a ben morire. Solo mancano una lieve cometa in cielo e un leggero tremore nella terra perché siano completi tutti i segni precursori del giudizio finale.
Lungi da me riversare la colpa di tutto questo sui politici. Tutto il contrario. Penso che sia ormai una patriottica obbligazione opporsi risolutamente all’abito spagnolo di cercare nei governi l’origine delle grandi menomazioni nazionali. Solo una puerile sociologia è capace di attribuire alla politica mali né beni profondi. Tutto ciò che è virtù o vizio profondo viene direttamente dal corpo sociale in tutta la sua ampiezza. E se una società va verso la morte, non la fermerà nella sua rotta un governo di arcangeli.
I governi non hanno, dunque, obbligazione di riuscire; ma hanno l’obbligazione di tentare. E che ha tentato il signor Dato? Se l’inferno è lastricato di buone intenzioni possiamo entrarvi sicuri che non pesteremo sul governo del signor Dato, che ha vissuto senza intenzioni buone né cattive. La sua estrema fine deve trovarsi piuttosto nel limbo.
È doloroso, è crudele pensare ciò che si sarebbe potuto tentare —sebbene forse non conseguire— in Spagna durante quest’anno. Invece di questo, il signor Dato ci lascia una Spagna fessa in due, una discordia stolida, vuota, impura, tra francofili e germanofili.
Chiaro è che il primo a pagare le spese della sua inazione sarà il signor Dato. Un partito può inventarsi dal potere: persino toccare la Gazzetta con la bacchetta di virtù che, come tutti sanno, è una verga di giglio. Ma non è tanto facile fare perdurare un partito nell’opposizione senza un affetto che lo mantenga unanime e coesivo. E chi spera che quel partito liberale-conservatore, peccatore di omissione, non sia condannato alla pena congrua? Formato con essenza di giglio, mantenuto con nulla, solo un avvenire gli corrisponde: l’evaporazione.
Su di esso, dal deserto, come uno scirocco, soffia il signor Maura…
Spagna, 16 dicembre 1915