Abstract
A dispatch from Marburg on El Greco’s sudden vogue in Germany, set off by Julius Meier-Graefe’s Viaje de España, which after the Prado repudiates Velázquez in favour of El Greco. Art criticism and cultural chronicle, with one theoretical aside: what is not natural is cultural.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Marburg, 20 de noviembre
Si se me preguntara de qué se habla hoy en Alemania, yo diría que principalmente de tres cosas: del tratado con Francia, de la aparición del Kronprinz en la tribuna del Parlamento, donde hizo toda suerte de gestos imperialistas y belicosos; en fin, del Greco.
Y como que se hable de aquellos dos primeros temas no es sino muy natural, justo es que expliquemos por qué se habla del tercero. Que se escriba y se dispute y se comente lo escrito y lo disputado sobre el Greco en Alemania; que esta enorme masa étnica del Norte, rica, triunfadora, dueña del mundo, se ocupe con afán de aquel pequeño griego heteróclito que, como el pato silvestre herido se hunde en el océano y busca un alga en lo profundo, donde atarse y morir, dejó Italia y fue a sumirse en ese minúsculo punto ardiente del planeta: ¡Toledo! —no es ciertamente natural. Tanto mejor: lo que no es natural es cultural. Natura y cultura se dividen el magnífico reino de lo real, y lo que no es realidad natural, es realidad cultural.
Y esto es eminentemente el pequeño griego heteróclito Doménico Theotocópuli: una realidad cultura. Se ha presentado este año sobre el horizonte de la sensibilidad alemana, se ha alzado como una estrella nueva de primera magnitud, mejor como un cometa de trayectoria ignota, que no se sabe de dónde viene, ni para dónde va, cuya existencia era ayer desconocida; pero que simplemente, súbitamente, sin más, se ha presentado, está ahí coruscante y áureo sobre el cielo nocturno inmensamente quieto.
Las primeras noticias llegaron aquí hace dos años, en un libro titulado Viaje de España. Su autor, Julius Meier-Graefe, es uno de los escritores de arte más famosos en Alemania y uno de los más leídos en toda Europa. Meier-Graefe se propuso, desde que comenzó a escribir, desconcertar a sus compatriotas, irles al redropelo en todas sus opiniones normales sobre pintura y pintores. Cierto es que el alemán, careciendo de espontaneidad estética, vive perpetuamente atenido a prejuicios irritantes. Además, la política nacionalista del último siglo le cegó para el aprendizaje de lo que es pintura; porque pintura del año 1830 acá, es Francia. Meier-Graefe, educado en París, tomó sobre sí el empeño de enseñar a los alemanes que arte es hoy impresionismo, y que toda grande obra artística de las pasadas edades, sólo mirada al través del impresionismo adquiere su verdadera significación. Pero la empresa era muy difícil: los alemanes son hombres de conceptos, tocan las cosas con conceptos, ¿cómo hacer de ellos impresionistas? Ha ocurrido lo que era de esperar: cada libro de Meier-Graefe suscita una gran baraúnda; los lectores se siente ofendidos en sus más íntimos amores y les parece el diabólico crítico de pintura un enemigo de la patria. Meier-Graefe reacciona ante este modo de ser acogido, centuplicando sus ironías, exagerando sus afirmaciones y negaciones, lloviendo boutades sobre el filisteísmo estético, y como tiene gran talento y una sensibilidad extraordinaria para el arte moderno, ha conseguido que se le tome muy en consideración, y ha roto en dos bandos enemigos la paz beocia que en Alemania reinaba con respecto a la pintura.
Velázquez era el gran martillo con que Meier-Graefe ha golpeado durante diez años sobre las testas germánicas. En 1909 va a España, por vez primera, para recobrar confianza en sí mismo, bebiendo en la fontana velazquina la divina verdad pletórica. Pero al confrontarse con los vastos lienzos del soberano pintor, siente que la tierra, lo que él había creído hasta entonces tierra firme, vacila bajo sus pies. Y como Meier-Graefe no es hombre de andarse en términos medios, sale del museo del Prado llenando de improperios a Velázquez.
Había quedado en su espíritu vacío aquel espacio reservado para la suma admiración y como la concha vacía vuelve a poco a llenarse con una nueva animálcula, ciertas impresiones vagamente recibidas en la primera visita al museo, comienzan a crecer, a precisarse, a henchir el espacio que había quedado hueco. Velázquez es suplantado por el Greco. Vuelto a su patria publica Meier-Graefe su Viaje de España que es ni más ni menos una exégesis o comentario de estas palabras: ¡Velázquez ha muerto! ¡Viva el Greco! —como el preboste de París, fenecido un monarca, salía al balcón de palacio y gritaba: Le roi est mort! Vive le roi!
Y es el caso que los alemanes se habían, al cabo, ido haciendo a Velázquez y al impresionismo clásico de Delacroix, de Manet, de Courbet, de Corot. Tenían, pues, que volver a empezar. Y lo que ahora se pedía era mucho más difícil de tragar: el Greco es tal vez el pintor más complicado que ha existido, el que exige una contemplación más activa. Porque la pintura trata de revelarnos el secreto esencial de las formas de las cosas. Entre las formas de las cosas que abriendo los ojos hallamos delante y la esencia misma de esas formas, es decir, aquellas otras formas en que las cosas dan un máximum de reverberaciones, hay un camino infinito. Y es muy instructivo observar cómo según el arte avanza los artistas se van alejando de las formas triviales y patentes y van sustituyéndolas por las más profundas y secretas. Cuanto mayor sea la distancia entre el cuadro y esa realidad espontánea con que las cosas se nos presentan, más difícil es aquél de comprender. ¿Qué es comprender un cuadro sino hacer hacia atrás el camino que el pintor hizo hacia adelante, volver del cuadro a la realidad como el pintor fue de la realidad al cuadro?
Hay pintores triviales, es decir, que se mantienen en el plano superficial de las realidades. Y son claros. Nada tan claro como un cromo. Por eso el cromo es el arte sumo para los niños. Lo que nuestros ojos, con su mínima espiritualidad ven, eso halla el niño en el cromo. Pero el arte consiste en desarticular las formas reales, que son insignificantes, sin irradiaciones simbólicas, y articular con el material bruto de la luz, de los colores, de la piedra, de la palabra, del sonido, las formas artísticas.
Hay pintores, sin embargo, que sin ser triviales son claros: Velázquez, por ejemplo. Son claros, porque en sus obras no sólo pintan las nuevas formas divinas por ellos descubiertas en las míseras cosas reales, sino que indican el camino, el itinerario por donde llegaron de éstas a aquéllas. Merced a estos datos rehacemos nosotros, espectadores, el viaje que ellos hicieron.
Hay, en fin, el Greco: su genial poder de síntesis le hace llegar con velocidad vertiginosa a un lugar remotísimo, transcendente, donde se hallan, por decirlo así, los espíritus formales de las cosas. Si él hubiera visto la realidad como nosotros, seríamos todos Grecos. Pero es uno solo en el universo este áspero Theotocópuli, y además no quiso pactar con nadie: huyó, huyó perennemente mientras anduvo en vida, al vulgo profano, fue un incansable fugitivo de las muchedumbres. Y luego, una vez llegado a aquel lugar del infierno donde el segundo Fausto de Goethe dice que se hallan las «Madres» de las cosas, quemó las naves en que hiciera ruta. Y sus cuadros con sus largas figuras de gestos quebrados se alzan ante nosotros como acantilados abruptos de una costa donde empieza otro mundo, otro continente espiritual sin comunicación con el nuestro.
¿Se comprende que el Greco exija, como ningún pintor, una contemplación activa, penosa, difícil?
Meier-Graefe ha dicho muy bien que «podemos repetir la postura de Velázquez ante las cosas, pero no la del Greco».
Pues bien, de esto se habla ahora en Alemania. El libro de Meier-Graefe ha puesto de moda al Greco y con el Greco la tierra que eligió para vivir: España. Es curioso que el turismo germánico empieza a desviarse de Italia y toma la vía de Castilla. Italia está agotada para la sensibilidad del Norte.
Sin embargo, la ciencia oficial estética de Munich y Berlín ha reaccionado, como tantas veces en los años pasados, contra la nueva boutade de Meier-Graefe. Naturalmente, se siente ofendida en su honor profesional. Porque se dice que el Greco es una figura de primer orden en la historia del arte: Meier-Graefe llega a afirmar que en pintura ha habido sólo dos semidioses: Rembrandt y el Greco. Ahora bien, ¿cómo es posible que los historiadores del arte se hayan dejado trasconejada a esta pieza mayor, se les haya paseado por delante de los ojos sin verla?
Justi, la máxima autoridad en estas materias, se venga en la nueva edición de su monumental libro sobre Velázquez, insistiendo en la leyenda que hace del Greco un pobre loco megalómano, empeñado en diferenciarse de Tiziano; otros apuntan la sospecha de que padeciera cierta anomalía ocular que le hacía ver los objetos alargados. Por último, Augusto L. Mayer, que goza una fama envidiable de especialista en historia del arte español, acaba de publicar un tomito, donde, sin aceptar esas suposiciones, combate crudamente a su colega Meier-Graefe.
Y en tanto, los libros sobre el Greco se venden a granel; sus cuadros alcanzan precios fabulosos y muchos honrados filisteos se dan de cabezadas para penetrar en el alcázar maravilloso de las visiones grequescas, un alcázar con puertas de triple bronce que no se han abierto todavía. Greco tiene que ser tomado por asalto, como un castillo roquero, y no a todo el mundo puede pedirse este bélico esteticismo.
De todos modos, Theotocópuli, después de dos siglos de olvido, durante los cuales permanecieron sus cuadros en el fondo de lóbregos claustros españoles, va conquistando el mundo a grandes zancadas. Su reivindicación comenzó en París: Manet y Cézanne supieron de él y amaron esta dramática pintura que había anticipado los problemas de la actual.
Luego fue el Greco formándose en España una familia de creyentes y un culto. En el círculo de Riaño educaron algunos su sensibilidad para este arte complicado. Luego Alcántara, Francisco Alcántara, un escritor de arte menos conocido de lo que debiera, un magnífico ejemplar de «españolería andante» que ha caminado todas las veredas de España, que ha penetrado los últimos rincones castellanos, extremeños, navarros, vascongados, se ocupó del Greco en El Imparcial. Francisco Navarro Ledesma, cuya muerte en plena juventud rompió una grande esperanza española, suscitó en Toledo, su patria, los manes ofendidos del genial pintor y acompañó a Mauricio Barrès durante sus visitas a Toledo y le condujo hasta el corazón de la ciudad, que es el Greco. El interés fue creciendo, la atención se hizo más intensa y en 1902, si no yerro, se reunió en Madrid la primera exposición especial.
Por fin, hace años, Manuel B. Cossío publicó su obra magna El Greco, donde resumió veinte años de trabajo. Este libro es la base de cuanto hoy se cuenta de Theotocópuli por esos mundos.
Nada falta, pues, ya: Greco ha ingresado en la conciencia europea. Mauricio Barrès, árbitro de las elegancias continentales, acaba de publicar su ensayo: Greco o el secreto de Toledo. Y estos días se ha anunciado la aparición de la obra de Cossío, traducida al alemán, en edición espléndida.
Según creo, sólo existe en Buenos Aires un cuadro del Greco: una Verónica que posee don Manuel Casado. En cambio, los Estados Unidos van apoderándose cuadro a cuadro de la obra gigántea.
—Con su derecho —me dice alguien.
—¡Según! —respondo yo. Porque a ellos, esos cuadros cuéstanles mucho dinero, y a nosotros, ¿sabe usted?, nos costaron la vida. Esos lienzos, que son como un estallido de espiritualidad condensada, representan la cifra de toda la cultura mediterránea. El Greco, símbolo de ella, nació en Creta, corrió Italia y vino a integrar su corazón en Toledo, en Toledo, que es un infinito ardor que se consume a sí mismo. Para que estos cuadros se pintaran, fue preciso que una ciudad, más, que una raza entera arrojara sus entrañas al fuego de una cultura sutilísima, y esos cuadros son las últimas largas llamaradas sobre unas vastas cenizas. ¿Es que no se sabe que la cultura es mortal, tal vez el pecado mortal por excelencia? Gravita sobre la historia una paradoja fatal: la cultura, que es la vida de los pueblos, es a la vez su muerte, como el heroísmo, al potenciar la vida del individuo, la destruye y consume. El instinto de conservación es el resorte de la natura, y, por lo mismo, resulta incompatible con la cultura y con el heroísmo.
Esta meditación nos envían desde los lienzos del Greco los cárdenos rostros de barbas agudas, que viven secularmente una vida temblorosa. Son figuras que parecen irse quemando de dentro afuera, consumidas por corazones incandescentes.
Pero aún no es hora de concretar la fisonomía del Greco. En su pintura vienen a confundirse todas las corrientes del arte italiano, y sin embargo, el Greco comienza allí donde todo esto acaba. El italianismo, Venecia y Roma, se convierten en material para la nueva genialidad, y sobre ellas erige su personalidad díscola, inaprensible, profundamente original el pequeño griego heteróclito, desertor de todas las escuelas, perenne fugitivo de las muchedumbres, que de Italia magnífica vino a trabar las alas inmensas de su espíritu en ese minúsculo punto ardiente del planeta: ¡Toledo! Un grito en el desierto, dice Barrès que sobre la llanura es Toledo. Y el Greco es lo que ese grito dice al mundo.
La Prensa, 28 de diciembre de 1911
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