Ortega y Gasset
Abstract
A pedagogical lecture: science, morality and art are not individual property; without language there is no thought, and the isolated individual is an abstraction (Natorp). The teacher faces a social fabric — family, city, people, dead generations — not an individual.
Connections
Assi: Natura umana
Posizioni: animale sociale
Concetti: educazione, ragione
Forme: lezione
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Ahora bien, señores: lo característico de la ciencia, de la moral y del arte es que sus contenidos no son patrimonio individual. Dos y dos son cuatro, no para mí sólo sino para toda criatura inteligente. Cada uno de nosotros tiene sus caprichos, sus amores y odios personales, sus apetitos propios. Mas a la vera de ese mundo sólo nuestro, de ese yo individual y caprichoso, hay otro yo que piensa la verdad común a todos, la bondad general, la universal belleza.
Dentro de cada cual hay como dos hombres que viven en perpetua lucha: un hombre salvaje, voluntarioso, irreductible a regla y a compás, una especie de gorila, y otro hombre severo que busca pensar ideas exactas, cumplir acciones legales, sentir emociones de valor trascendente. Es aquél el hombre para quien sólo existen los bravíos instintos, el hombre de la natura: es éste el que participa en la ciencia, en el deber, en la belleza, el hombre de la cultura.
Imaginad al hombre caído al nacer en un absoluto aislamiento: cortadle toda comunicación con el resto de los hombres; no llegará nunca a proyectar su vida interior hacia fuera en el cristal de la palabra. Ahora bien, sin lenguaje no hay pensamiento: el pensar es un monólogo y el monólogo no es lo originario, sino la imitación del diálogo, un diálogo de una sola dimensión. Con sugestivo candor Homero en lugar de decir que Hércules piensa, dice que Hércules «se habla a sí mismo». La psicología demuestra que sin el instrumento economizador del lenguaje el espíritu no llega a formarse contenidos de alguna complicación.
El individuo aislado no puede ser hombre: el individuo humano, separado de la sociedad —ha dicho Natorp— no existe, es una abstracción.
La materia real, concreta, es siempre un compuesto. El elemento simple de que se compone la materia, el átomo, es una abstracción, no se puede hallar en ninguna experiencia: sólo existe el átomo en unión con otros átomos. Del mismo modo, la realidad concreta humana es el individuo socializado, es decir, en comunidad con otros individuos: el individuo suelto, señero, absolutamente solitario, es el átomo social. Sólo existe real y concretamente la comunidad, la muchedumbre de individuos influyéndose mutuamente.
Al entrar el pedagogo en relación educativa con su alumno, se halla frente a un tejido social, no frente a un individuo. El niño es un detalle de la familia: en su menudo corazón se hallan condensadas las esencias de las domésticas tradiciones; su memoria, aunque breve, es una tela sutil urdida con los hilos de las impresiones familiares; su totalidad espiritual es un producto del sistema de ideas, aspiraciones y sentimientos, que reina en el hogar paterno.
Mas aquella familia, a su vez, vive en un barrio, en una ciudad: por las rendijas de las ventanas, con el aire de la calle, entra asimismo el alma municipal: el alma de la familia flota en el ambiente de la urbe y es penetrado por él: cada hogar es sólo un gesto de la grande alma ciudadana.
Y sobre esta ciudad pesan las leyes de un Estado: sus industrias son un momento en el equilibrio de la economía nacional; sus ideas y sus pasiones, su alegría y su tristeza, son modulaciones del alma de la raza toda, del pueblo íntegro. Ved cómo el alma del individuo, pasando por la familia, se disuelve en el alma del pueblo, alma anchísima, sin riberas, espléndida alma democrática. Algo parecido debió idear Juan de Mena cuando canta en el Laberinto:
Arlanza, Pisuerga é aun Carrión
Gozan el nombre de ríos, empero
Después de juntados llamámosles Duero.
Mas no acaba en la sociedad popular concreta, en la nación de aquí y de ahora el tejido de nuestras almas. Nuestro pueblo de hoy es un momento de la historia de nuestro pueblo. La solidaridad entre los que viven se prolonga bajo tierra y va a buscar en sus sepulcros a las generaciones muertas. En el presente se condensa el pasado íntegro: nada de lo que fue se ha perdido; si las venas de los que murieron están vacías, es porque su sangre ha venido a fluir por el cauce joven de nuestras venas. La ciudad antigua, como indicó, bien que exageradamente, Fustel de Coulanges, se formó en el hogar familiar, en torno al cual se hallaban ordenadas en sacras hileras las urnas cinerarias de los antepasados, las cuales a la hora del crepúsculo, a la hora de la prez, manaban su energía sobrehistórica latiendo como corazones inmortales. Ved, pues, en prieta solidaridad al individuo en la familia, a la familia en el pueblo y al pueblo fundiéndose en la humanidad entera.
¿No habéis leído la Filosofía de la Historia de Hegel? Es un libro de magnífica poesía que nos enseña a buscar en nuestros actos más ínfimos el fondo general de lo humano: nos enseña el respeto a la humanidad y, como consecuencia, el respeto a nosotros mismos, al contrario que las obras de un romanticismo cutáneo, las cuales nos incitan a erigirnos en tipo ejemplar humano. Por eso, cuando a los veinte años salimos de casa de los padres en busca de una novia floreciente, debíamos llevar, ya que en el bolsillo derecho los versos de Bécquer, en el izquierdo la Filosofía de la Historia de Hegel, aunque sólo fuera como contrapeso.
Ahora parecerá claro y hasta trivial lo que dicho desde luego podía parecer confuso: el hombre como tal no es el individuo de la especie biológica, sino el individuo de la humanidad. Concretamente, el individuo humano lo es sólo en cuanto contribuye a la realidad social y en cuanto es condicionado por ésta.
Now then, gentlemen: what is characteristic of science, of morality and of art is that their contents are not individual patrimony. Two and two are four, not only for me but for every intelligent creature. Each one of us has his whims, his personal loves and hates, his own appetites. But alongside that world only ours, of that individual and capricious I, there is another I that thinks the truth common to all, the general goodness, the universal beauty.
Within each one of us there are like two men who live in perpetual struggle: a wild, willful man, irreducible to rule and measure, a species of gorilla, and another severe man who seeks to think exact ideas, perform lawful actions, feel emotions of transcendent value. The former is the man for whom only the fierce instincts exist, the man of nature: the latter is he who participates in science, in duty, in beauty, the man of culture.
Imagine man fallen at birth into an absolute isolation: cut off all his communication with the rest of men; he will never come to project his inner life outward in the crystal of the word. Now, without language there is no thought: thinking is a monologue, and the monologue is not the original thing, but the imitation of dialogue, a dialogue of a single dimension. With suggestive candor Homer, instead of saying that Hercules thinks, says that Hercules ‘speaks to himself’. Psychology demonstrates that without the economizing instrument of language the spirit does not come to form contents of any complexity.
The isolated individual cannot be a man: the human individual, separated from society —Natorp has said— does not exist, is an abstraction.
Real, concrete matter is always a compound. The simple element of which matter is composed, the atom, is an abstraction, it cannot be found in any experience: the atom exists only in union with other atoms. In the same way, the concrete human reality is the socialized individual, that is, in community with other individuals: the loose, solitary, absolutely alone individual is the social atom. Only the community really and concretely exists, the crowd of individuals mutually influencing one another.
When the pedagogue enters into educative relation with his pupil, he finds himself before a social fabric, not before an individual. The child is a detail of the family: in his small heart are found condensed the essences of domestic traditions; his memory, although brief, is a subtle web woven with the threads of family impressions; his spiritual totality is a product of the system of ideas, aspirations and sentiments that reigns in the paternal home.
But that family, in turn, lives in a neighborhood, in a city: through the cracks of the windows, with the air of the street, the municipal soul also enters: the soul of the family floats in the environment of the city and is penetrated by it: each home is only a gesture of the great civic soul.
And over this city weigh the laws of a State: its industries are a moment in the balance of the national economy; its ideas and its passions, its joy and its sadness, are modulations of the soul of the whole race, of the entire people. See how the soul of the individual, passing through the family, dissolves into the soul of the people, a soul most wide, without shores, a splendid democratic soul. Something similar must have conceived Juan de Mena when he sings in the Laberinto:
Arlanza, Pisuerga and even Carrión
Enjoy the name of rivers, yet
Once joined, we call them Duero.
But the fabric of our souls does not end in the concrete popular society, in the nation of here and now. Our people of today is a moment in the history of our people. The solidarity between the living prolongs itself underground and goes to seek in their sepulchers the dead generations. In the present the whole past is condensed: nothing of what was has been lost; if the veins of those who died are empty, it is because their blood has come to flow through the young channel of our veins. The ancient city, as Fustel de Coulanges indicated, though exaggeratedly, was formed in the family hearth, around which were ordered in sacred rows the cinerary urns of the ancestors, which at the hour of twilight, at the hour of prayer, welled their superhistorical energy beating like immortal hearts. See, then, in tight solidarity the individual in the family, the family in the people and the people fusing into the whole of humanity.
Have you not read Hegel’s Philosophy of History? It is a book of magnificent poetry that teaches us to seek in our most insignificant acts the general ground of the human: it teaches us respect for humanity and, as a consequence, respect for ourselves, contrary to the works of a superficial romanticism, which incite us to erect ourselves into the exemplary human type. For this reason, when at twenty we leave our parents’ house in search of a blooming sweetheart, we should carry, since in the right pocket the verses of Bécquer, in the left the Philosophy of History of Hegel, if only as a counterweight.
Now will seem clear and even trivial what, said at once, could seem confused: man as such is not the individual of the biological species, but the individual of humanity. Concretely, the human individual is so only insofar as he contributes to social reality and insofar as he is conditioned by it.
Ora, signori: la caratteristica della scienza, della morale e dell’arte è che i loro contenuti non sono patrimonio individuale. Due e due fanno quattro, non solo per me ma per ogni creatura intelligente. Ciascuno di noi ha i suoi capricci, i suoi amori e odi personali, i suoi appetiti propri. Ma accanto a quel mondo solo nostro, di quell’io individuale e capriccioso, c’è un altro io che pensa la verità comune a tutti, la bontà generale, l’universale bellezza.
Dentro di ciascuno ci sono come due uomini che vivono in perpetua lotta: un uomo selvaggio, volitivo, irriducibile a regola e a misura, una specie di gorilla, e un altro uomo severo che cerca di pensare idee esatte, compiere azioni legali, sentire emozioni di valore trascendente. È quello l’uomo per il quale esistono solo i fieri istinti, l’uomo della natura: è questo quello che partecipa nella scienza, nel dovere, nella bellezza, l’uomo della cultura.
Immaginate l’uomo caduto alla nascita in un assoluto isolamento: tagliategli ogni comunicazione col resto degli uomini; non arriverà mai a proiettare la sua vita interiore verso l’esterno nel cristallo della parola. Ora, senza linguaggio non c’è pensiero: il pensare è un monologo e il monologo non è l’originario, ma l’imitazione del dialogo, un dialogo di una sola dimensione. Con suggestivo candore Omero, invece di dire che Ercole pensa, dice che Ercole «parla a sé stesso». La psicologia dimostra che senza lo strumento economizzatore del linguaggio lo spirito non arriva a formarsi contenuti di qualche complicazione.
L’individuo isolato non può essere uomo: l’individuo umano, separato dalla società —ha detto Natorp— non esiste, è un’astrazione.
La materia reale, concreta, è sempre un composto. L’elemento semplice di cui si compone la materia, l’atomo, è un’astrazione, non si può trovare in nessuna esperienza: esiste solo l’atomo in unione con altri atomi. Del stesso modo, la realtà concreta umana è l’individuo socializzato, cioè, in comunità con altri individui: l’individuo sciolto, unico, assolutamente solitario, è l’atomo sociale. Esiste solo reale e concreta la comunità, la moltitudine di individui che si influenzano mutuamente.
Entrando il pedagogo in relazione educativa col suo alunno, si trova davanti a un tessuto sociale, non davanti a un individuo. Il bambino è un dettaglio della famiglia: nel suo piccolo cuore si trovano condensate le essenze delle domestiche tradizioni; la sua memoria, sebbene breve, è una tela sottile ordita coi fili delle impressioni familiari; la sua totalità spirituale è un prodotto del sistema di idee, aspirazioni e sentimenti, che regna nel focolare paterno.
Ma quella famiglia, a sua volta, vive in un quartiere, in una città: per le fessure delle finestre, con l’aria della strada, entra anche l’anima municipale: l’anima della famiglia fluttua nell’ambiente dell’urbe e ne è penetrata: ogni focolare è solo un gesto della grande anima cittadina.
E su questa città pesano le leggi di uno Stato: le sue industrie sono un momento nell’equilibrio dell’economia nazionale; le sue idee e le sue passioni, la sua gioia e la sua tristezza, sono modulazioni dell’anima di tutta la razza, del popolo integro. Vedete come l’anima dell’individuo, passando per la famiglia, si dissolve nell’anima del popolo, anima amplissima, senza rive, splendida anima democratica. Qualcosa di simile dovette ideare Juan de Mena quando canta nel Laberinto:
Arlanza, Pisuerga e anche Carrión
Godono il nome di fiumi, però
Dopo essersi uniti li chiamiamo Duero.
Ma non finisce nella società popolare concreta, nella nazione di qui e di ora, il tessuto delle nostre anime. Il nostro popolo di oggi è un momento della storia del nostro popolo. La solidarietà tra i viventi si prolunga sotto terra e va a cercare nei suoi sepolcri le generazioni morte. Nel presente si condensa il passato integro: nulla di ciò che fu si è perduto; se le vene dei morti sono vuote, è perché il loro sangue è venuto a fluire per il canale giovane delle nostre vene. La città antica, come indicò, sia pure esageratamente, Fustel de Coulanges, si formò nel focolare familiare, attorno al quale si trovavano ordinate in sacre file le urne cinerarie degli antenati, le quali all’ora del crepuscolo, all’ora della preghiera, emettevano la loro energia sovrastorica pulsando come cuori immortali. Vedete, dunque, in stretta solidarietà l’individuo nella famiglia, la famiglia nel popolo e il popolo che si fonde nell’umanità intera.
Non avete letto la Filosofia della Storia di Hegel? È un libro di magnifica poesia che ci insegna a cercare nei nostri atti più infimi il fondo generale dell’umano: ci insegna il rispetto per l’umanità e, come conseguenza, il rispetto per noi stessi, al contrario delle opere di un romanticismo cutaneo, le quali ci incitano a erigerci in tipo esemplare umano. Per questo, quando a vent’anni usciamo di casa dei genitori in cerca di una fidanzata fiorente, dovremmo portare, già che nel taschino destro i versi di Bécquer, nel sinistro la Filosofia della Storia di Hegel, anche solo come contrappeso.
Ora parrà chiaro e persino banale ciò che detto subito poteva sembrare confuso: l’uomo come tale non è l’individuo della specie biologica, ma l’individuo dell’umanità. Concretamente, l’individuo umano lo è solo in quanto contribuisce alla realtà sociale e in quanto è condizionato da essa.