Abstract
A speech to the constituent Cortes reproaching the Catalan deputies for setting themselves up as a particularist islet instead of being magnanimous. Politics, Ortega says, is drawing animating horizons, a project of common future, not the politics of Lot’s wife.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Todo depende de que hagamos en serio un ensayo de magnanimidad. Por eso tuve yo un momento de esperanza cuando oí al señor Companys; pero pronto vi que ese cambio de tonalidad a que se refería se reducía al cambio poco precisado, y por tanto poco comprometedor, de colorido en la sola política obrera de una sola población: en la política obrera de Barcelona. (El señor Companys: Del tono general de la política del Gobierno. Rumores). Señor COMPANYS, como no estaba presente su señoría en el rato anterior, cuando yo iniciaba este pensamiento, no ha advertido que eso fue lo que produjo en mí, lo que levantó en mí esperanza: el anuncio de que iba a pedir un cambio de general tonalidad; pero yo lo vi luego reducido a sólo esta pequeña cuestión. (El señor COMPANYS pronuncia palabras que no se perciben. Rumores). A esta Cámara, que aparte errores de gesto, impericias de lenguaje y actitud, bien naturales en los que no hemos aprendido todavía a ser parlamentarios; a esta Cámara que rezuma el ansia ferviente y porosa de hacer algo grande con España y por España, de crear un Estado fuerte, serio y abierto, en el cual queden alojadas peculiaridades hasta ahora siempre desterradas, se viene con una reducción tan grande del horizonte. Me dolió verdaderamente, señores representantes de Cataluña; me dolió porque ante vosotros ha transitado a la carrera, como suele, una ocasión espléndida para ser magnánimos y no la habéis aprovechado. En un Parlamento que a no ser Constituyente pecaría demasiado de excesiva homogeneidad y empuje cordial, habéis comenzado por disociaros y constituiros en islote acantilado. Venimos aquí todos a trabajar en la obra común, y vosotros nos habéis opuesto la ocupación que sólo a vosotros oprime en el momento y habéis dado un primer paso de particularismo. Algunos inclusive han hecho algo que, en mi inexperiencia de los usos políticos, en mi estado de virginidad parlamentaría, que en este minuto tan como si nada estoy perdiendo, han hecho algo que me parece indebido: venir aquí a hacer un saque sobre la Cámara con el fin de que el pelotón de su oratoria caiga en la retaguardia de sus electores. (Muy bien). Pues bien; decid a éstos que un hombre que durante veintitantos años ha defendido con escasa compañía, cuando no en franca soledad, desde el centro de Castilla, todo lo que de fértil y de justo había en las aspiraciones catalanas, se ha permitido, tal vez con un poco de audacia, porque al fin poca cosa es él, pero con un todo de lealtad, se ha permitido haceros esta sencilla y sincera advertencia: no haremos nada si en lo gigantesco de la obra no ahormamos nuestros corazones. La política de ahora no es sólo responsabilidades y castigos, de ningún modo represalias. La política de la República española no puede ser la política de la mujer de Lot, que mira demasiado hacia atrás. La política es y tiene que ser siempre, pero más en momentos de iniciación histórica, un proyecto de futuro común que un Gobierno presenta a un pueblo, una imaginación de magnas empresas, en que todos los españoles se sientan con un quehacer, y no como habéis hecho con la juventud española que tanto contribuyó a la génesis de la República, y desde hace tres meses está la pobre sentada, sin que le hayáis dado qué hacer. Política, señores ministros, es, ante todo, dibujar atractivos, animadores horizontes.
Tenéis, pues, que seguir ahí, pero cambiar, engrandecer vuestra política. Decía un pensador famoso que en la Historia pasa eadem sed aliter, que en la Historia pasa siempre lo mismo, sólo que un poco de otro modo. Pues bien; tenéis que ser los mismos, sólo que un poco otros. Señores ministros: tenéis que sucederos a vosotros mismos.
V
COMENTARIO A MI PROPIO TEXTO
Los que de cerca o de lejos siguen desde hace tiempo mi obra y mi vida, saben que me gusta andar con las cuentas muy limpias. He hecho desde siempre un denodado esfuerzo —fallido, claro está, muchas veces— para dar a mis palabras y a mis actos un poco de precisión, aun a riesgo de que se tome a amaneramiento y resuelta pedantería. Mientras no actué en política no era tan grave que a mi intento de precisión el lector o el oyente no respondiese con retina y oreja igualmente precisas. Pero ahora yo ruego a las gentes de buena voluntad que correspondan, en este afán de exactitud, a mi esfuerzo con el suyo.
Agradezco profundamente la acogida que mis palabras tuvieron ayer en la Cámara. Fue evidentemente excesiva, y yo, que soy muy exigente con los demás, no acierto a no serlo conmigo mismo. Por esta razón protesto enérgica y taxativamente de que se consideren mis palabras como un discurso. No fueron un discurso ni cosa que lo valga. Para serlo les faltó amplitud, concreción y rigor en el razonamiento sobre las cuestiones de sustancia. Si se descuentan los minutos que, por fuerza, había de emplear en delinear el perfil de nuestro grupo, tan peculiar por la condición de sus personas, se comprenderá que el resto del tiempo no daba ni para un exordio.
Han sido, pues, sólo unas palabras y una finta. Queríamos hacer homenaje a la Cámara interviniendo sobriamente e iniciar nuestra sincera colaboración con el Gobierno, que es una colaboración incitativa y crítica. No hace, pues, del todo bien Largo Caballero cuando me supone ocios empleados en pulimentar las piedrecitas de mi discurso. Sin salir del Consejo de ministros puede confirmar que ayer a la una de la tarde yo no tenía aún propósito de hablar, sino resueltamente de callar. No es esto alarde de dotes improvisadoras, que son en mí nada grandes, y, sobre todo, muy desiguales por los vaivenes sencillamente intolerables de mi salud. Sabido es que alardeo de todo lo contrario, de preparar muy minuciosamente mis discursos y conferencias, que por eso han sido tan infrecuentes. El escaso tiempo que emplearía ayer tarde en recoger mis pensamientos, antes de hablar, fue ocupado más que en otra cosa en buscar el modo de no desaprovechar las pocas palabras que iba a decir. Por eso, cuando daba un ejemplo de la pequeñez con que ha sido tratado el Gobierno y llevado el debate, escogí una alusión al ministro de Trabajo, con ánimo de expresar así, de paso, mi simpatía por su seria labor. La opinión que mis palabras le han merecido me hace sospechar que no ha notado mi intención. Estimo mucho de todas suertes la frialdad con que juzga mi intervención. De esa temperatura suya esperamos mucho, y como ahora actúo en política, me importa sobremanera orientarme en el efecto que mis palabras producen sobre el noble y sereno témpano de su alma, insobornable por la literatura. Sólo le ruego, si quiere ser justo, que no me presuma nunca ocioso y que más bien tienda a imaginarme azacanado.
Agradezco, pues, conmovidamente la efusión del Parlamento hacia mi persona, pero no la acepto, porque no ofrecí pretexto suficiente a ella. En cambio, me interesa subrayar las tres cosas —no oratorias, sino de acto político— que en mis palabras insinuaba.
Una: que el Gobierno tiene que encargar, sin pérdida de tiempo, un plan general de las perspectivas económicas de España. Nótese que no me refiero sólo, ni aun especialmente, a la Hacienda, sino más bien a la totalidad de una posible economía española. Este plan no significaría compromiso para el Gobierno; bastaba, por el pronto, que tuviese un carácter de dictamen nacional. Es preciso que las gentes sepan hacia dónde pueden empujarse las corrientes de la riqueza española y situarse ellas en ese plano topográfico. Hace tres meses debió el Gobierno encargar la forja de este programa técnico.
Otra era que es preciso animar al país, precisar sus ilusiones —que es de lo que se nutre la Historia.
Luego importaba hacer constar algo evidente, pero que no se ha dicho bastante. Ni este Gobierno, ni ninguno otro posible de España o de fuera, puede hacer nada serio sin contar con los capitalistas. El nuevo socialismo y aun el comunismo —si se me entiende bien— lo comprenden y declaran. ¿No es absurdo que siendo tal la indiscutible verdad se dé la impresión de susto al capital? Hay que reobrar contra la política de cara feroce —que sería ridícula de no resultar funesta. La verdad es que esa política no ha sido nunca la del Gobierno, pero no ha hecho bastante para contrarrestarla del ambiente. Es sabido que yo y mis amigos aspiramos, sin equívoco y con plena conciencia de los vocablos, a organizar a España en pueblo de trabajadores, cosa nada tremebunda y en que todo el mundo reconoce el inexorable porvenir. No sabe el Parlamento cuál fue mi desilusión al ver que el ministro de Hacienda, tan agudo parlamentario, no recogía al vuelo esta paloma de paz que, en su honor, me sacaba de las mangas.
En fin, era preciso que las Cortes Constituyentes, antes de cerrarse su primer debate, dirigiesen un ademán de simpatía auténtica al Ejército español, no sólo al actual, sino al de la víspera, que en medio de las indisciplinas y ligerezas cometidas por muchos de nosotros en esta temporada ha sido gran ejemplo de decencia y aceptación de la fatalidad, dos cosas que para mí son las máximas virtudes.
Decir estas cosas será una ingenuidad política; pero yo estoy resuelto a seguirla ejercitando concienzudamente. Y por mucho que, con enorme generosidad, acentúe el señor Besteiro mi intervención de ayer y quiera traducirme a hombre político, en lo esencial, fiel a mi oficio de ideador, seré siempre sólo un jefe de negociado en el ministerio de la Verdad.
31 de julio de 1931
VI
SOBRE LO DE AHORA
UNA CUESTIÓN PERSONAL
A una breve imagen humorística que, con ánimo de restar solemnidad e importancia a mi intervención parlamentaria, dejé filtrarse en una nota política —«Comentario a mi propio texto»—, responde el señor Prieto con evidente e intolerable pesadumbre. En vez de limitarse a recoger mi irreal paloma, si le parecía oportuno, torcerla el pescuezo y enviarla a la cocina de la economía nacional, donde hace urgente falta, ha preferido manosearla con exceso, sometiéndola a una nueva prestidigitación, no alegre y cordialísima como la mía, sino malhumorada y aviesa. Ahora resulta que mi jovial volátil es una especie de Espíritu Santo, con lo cual se da a entender que soy yo un personaje de inaguantables pretensiones, dispuesto a funcionar como un telekino que dirigiera a distancia los movimientos del Gobierno con su superior inspiración. La arbitrariedad y gratuita injusticia de la figura son demasiado grandes para que no haya causado sorpresa a los lectores de la nota ministerial y no me obliguen a hacer lo que casi nunca he hecho en mi larga vida de escritor: rechazar una agresión. Con excelente humor he dejado siempre que baile su zarabanda todo el que ha querido sobre mi propio esternón. Ni en público ni en privado he emitido quejas contra tan contundente uso, pensando que serviría al danzarín para descargar su bilis. Como a mí, en el fondo, me traía sin cuidado, no era cosa de interrumpir su higiénico ejercicio.
Pero ahora no puedo hacer de mi persona lo que me venga en gana: represento un cuerpo electoral y estoy sumido en un grupo de actuación política. Esto me obliga a no sufrir que a mis palabras, llenas de buena voluntad, se responda con… —¿cómo diríamos?— con una expansión de extremidades a la manera de los ungulados.
La verdad es que nadie ha intervenido menos que yo en la vida de la República desde su advenimiento. Ni siquiera me he permitido el consejo al oído, aun tratándose de amigos fraternales con quienes he convivido siempre en la más estrecha amistad. Conozco demasiado la escasez de mis dotes políticas, empezando por las físicas, para que no haya evitado siempre el aventajarme en los rangos del oficio público. Por ello, me produjo espanto el efecto, totalmente imprevisto, que mis palabras produjeron en un Parlamento excesivamente generoso. (No es una frase de halago a las Cortes: es la pura verdad, y cuando hable más largo sobre «el alma de las Constituyentes» se verá que, a mi juicio, tienen éstas el vicio de sus virtudes). De buen grado saldría por ahí diciendo: ¡Señores, perdónenme ustedes! ¡No lo volveré a hacer!
Déjese, pues, el señor Prieto de complicar al Espíritu Santo en los menesteres de humilde y afanosa humanidad que nos ocupan. Aquí se trata de auxiliarnos lealmente unos a otros —y muy especialmente, todos al señor Prieto— para hacer una República española robusta, fecunda y garbosa.
No me importa nada que mi oratoria le parezca simplemente «un arte de recitar con sobria retórica los pensamientos meditados» —palabras que, por otra parte, definirían con bastante exactitud la buena oratoria en todos los tiempos. Pero sí necesito reclamar desde ahora un derecho que necesito plenamente para mis futuras intervenciones orales o escritas.
He de hacer cuanto pueda para que se constituya en la Cámara un ambiente que permita ser favorablemente escuchado todo el que hable con buena fe, aunque carezca por completo de soltura verbal y de gramática. El día que se levante un obrero a decir lo que auténticamente ha visto y sentido, cualquiera que sea la torpeza de su elocución, se encontrará enérgicamente apoyado por nuestro pequeño grupo. Es preciso nivelar la atención de la Cámara para que se reparta por igual cuando es igual la pureza de intención en el que habla, sea un tartajoso o sea un pico de oro. Todo lo auténtico es real y todo lo real debe gozar plenitud de derechos. Mas, por lo mismo, recabo yo íntegramente el mío de manifestarme como soy. Ingreso en la política, pero sin abandonar un átomo de mi sustancia. No me la doy de nada. Pero literato, ideador, teorizador y curioso de ciencia no son cosas que yo pretenda ser, sino que —¡diablo!— las soy, las soy hasta la raíz. Y es un poco ridículo que el señor Prieto parezca ahora imputármelas como afectaciones y arrequives. La imagen y la melodía en la frase son tendencias incoercibles de mi ser, las he llevado a la cátedra, a la ciencia, a la conversación del café, como, viceversa, he llevado la filosofía al periódico. ¡Qué le voy a hacer! Eso que el señor Prieto considera como una corbata vistosa que me he puesto, resulta ser mi misma columna vertebral que se transparenta.
Reclamo, pues, el pleno derecho a hacer una política poética, filosófica, cordial y alegre. Otra cosa sería coartarme injustamente, y cada vez que me levantase a hablar en el Parlamento o redactase una nota política lo haría azorado, temeroso de que se me escapase una metáfora o que una frase saliese cantando. El que no esté conforme tendrá, pues, que aguantarse.