Ortega y Gasset
Abstract
A speech to the constituent Cortes reproaching the Catalan deputies for setting themselves up as a particularist islet instead of being magnanimous. Politics, Ortega says, is drawing animating horizons, a project of common future, not the politics of Lot’s wife.
Connections
Concetti: Stato
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Todo depende de que hagamos en serio un ensayo de magnanimidad. Por eso tuve yo un momento de esperanza cuando oí al señor Companys; pero pronto vi que ese cambio de tonalidad a que se refería se reducía al cambio poco precisado, y por tanto poco comprometedor, de colorido en la sola política obrera de una sola población: en la política obrera de Barcelona. (El señor Companys: Del tono general de la política del Gobierno. Rumores). Señor COMPANYS, como no estaba presente su señoría en el rato anterior, cuando yo iniciaba este pensamiento, no ha advertido que eso fue lo que produjo en mí, lo que levantó en mí esperanza: el anuncio de que iba a pedir un cambio de general tonalidad; pero yo lo vi luego reducido a sólo esta pequeña cuestión. (El señor COMPANYS pronuncia palabras que no se perciben. Rumores). A esta Cámara, que aparte errores de gesto, impericias de lenguaje y actitud, bien naturales en los que no hemos aprendido todavía a ser parlamentarios; a esta Cámara que rezuma el ansia ferviente y porosa de hacer algo grande con España y por España, de crear un Estado fuerte, serio y abierto, en el cual queden alojadas peculiaridades hasta ahora siempre desterradas, se viene con una reducción tan grande del horizonte. Me dolió verdaderamente, señores representantes de Cataluña; me dolió porque ante vosotros ha transitado a la carrera, como suele, una ocasión espléndida para ser magnánimos y no la habéis aprovechado. En un Parlamento que a no ser Constituyente pecaría demasiado de excesiva homogeneidad y empuje cordial, habéis comenzado por disociaros y constituiros en islote acantilado. Venimos aquí todos a trabajar en la obra común, y vosotros nos habéis opuesto la ocupación que sólo a vosotros oprime en el momento y habéis dado un primer paso de particularismo. Algunos inclusive han hecho algo que, en mi inexperiencia de los usos políticos, en mi estado de virginidad parlamentaría, que en este minuto tan como si nada estoy perdiendo, han hecho algo que me parece indebido: venir aquí a hacer un saque sobre la Cámara con el fin de que el pelotón de su oratoria caiga en la retaguardia de sus electores. (Muy bien). Pues bien; decid a éstos que un hombre que durante veintitantos años ha defendido con escasa compañía, cuando no en franca soledad, desde el centro de Castilla, todo lo que de fértil y de justo había en las aspiraciones catalanas, se ha permitido, tal vez con un poco de audacia, porque al fin poca cosa es él, pero con un todo de lealtad, se ha permitido haceros esta sencilla y sincera advertencia: no haremos nada si en lo gigantesco de la obra no ahormamos nuestros corazones. La política de ahora no es sólo responsabilidades y castigos, de ningún modo represalias. La política de la República española no puede ser la política de la mujer de Lot, que mira demasiado hacia atrás. La política es y tiene que ser siempre, pero más en momentos de iniciación histórica, un proyecto de futuro común que un Gobierno presenta a un pueblo, una imaginación de magnas empresas, en que todos los españoles se sientan con un quehacer, y no como habéis hecho con la juventud española que tanto contribuyó a la génesis de la República, y desde hace tres meses está la pobre sentada, sin que le hayáis dado qué hacer. Política, señores ministros, es, ante todo, dibujar atractivos, animadores horizontes.
Tenéis, pues, que seguir ahí, pero cambiar, engrandecer vuestra política. Decía un pensador famoso que en la Historia pasa eadem sed aliter, que en la Historia pasa siempre lo mismo, sólo que un poco de otro modo. Pues bien; tenéis que ser los mismos, sólo que un poco otros. Señores ministros: tenéis que sucederos a vosotros mismos.
V
COMENTARIO A MI PROPIO TEXTO
Los que de cerca o de lejos siguen desde hace tiempo mi obra y mi vida, saben que me gusta andar con las cuentas muy limpias. He hecho desde siempre un denodado esfuerzo —fallido, claro está, muchas veces— para dar a mis palabras y a mis actos un poco de precisión, aun a riesgo de que se tome a amaneramiento y resuelta pedantería. Mientras no actué en política no era tan grave que a mi intento de precisión el lector o el oyente no respondiese con retina y oreja igualmente precisas. Pero ahora yo ruego a las gentes de buena voluntad que correspondan, en este afán de exactitud, a mi esfuerzo con el suyo.
Agradezco profundamente la acogida que mis palabras tuvieron ayer en la Cámara. Fue evidentemente excesiva, y yo, que soy muy exigente con los demás, no acierto a no serlo conmigo mismo. Por esta razón protesto enérgica y taxativamente de que se consideren mis palabras como un discurso. No fueron un discurso ni cosa que lo valga. Para serlo les faltó amplitud, concreción y rigor en el razonamiento sobre las cuestiones de sustancia. Si se descuentan los minutos que, por fuerza, había de emplear en delinear el perfil de nuestro grupo, tan peculiar por la condición de sus personas, se comprenderá que el resto del tiempo no daba ni para un exordio.
Han sido, pues, sólo unas palabras y una finta. Queríamos hacer homenaje a la Cámara interviniendo sobriamente e iniciar nuestra sincera colaboración con el Gobierno, que es una colaboración incitativa y crítica. No hace, pues, del todo bien Largo Caballero cuando me supone ocios empleados en pulimentar las piedrecitas de mi discurso. Sin salir del Consejo de ministros puede confirmar que ayer a la una de la tarde yo no tenía aún propósito de hablar, sino resueltamente de callar. No es esto alarde de dotes improvisadoras, que son en mí nada grandes, y, sobre todo, muy desiguales por los vaivenes sencillamente intolerables de mi salud. Sabido es que alardeo de todo lo contrario, de preparar muy minuciosamente mis discursos y conferencias, que por eso han sido tan infrecuentes. El escaso tiempo que emplearía ayer tarde en recoger mis pensamientos, antes de hablar, fue ocupado más que en otra cosa en buscar el modo de no desaprovechar las pocas palabras que iba a decir. Por eso, cuando daba un ejemplo de la pequeñez con que ha sido tratado el Gobierno y llevado el debate, escogí una alusión al ministro de Trabajo, con ánimo de expresar así, de paso, mi simpatía por su seria labor. La opinión que mis palabras le han merecido me hace sospechar que no ha notado mi intención. Estimo mucho de todas suertes la frialdad con que juzga mi intervención. De esa temperatura suya esperamos mucho, y como ahora actúo en política, me importa sobremanera orientarme en el efecto que mis palabras producen sobre el noble y sereno témpano de su alma, insobornable por la literatura. Sólo le ruego, si quiere ser justo, que no me presuma nunca ocioso y que más bien tienda a imaginarme azacanado.
Agradezco, pues, conmovidamente la efusión del Parlamento hacia mi persona, pero no la acepto, porque no ofrecí pretexto suficiente a ella. En cambio, me interesa subrayar las tres cosas —no oratorias, sino de acto político— que en mis palabras insinuaba.
Una: que el Gobierno tiene que encargar, sin pérdida de tiempo, un plan general de las perspectivas económicas de España. Nótese que no me refiero sólo, ni aun especialmente, a la Hacienda, sino más bien a la totalidad de una posible economía española. Este plan no significaría compromiso para el Gobierno; bastaba, por el pronto, que tuviese un carácter de dictamen nacional. Es preciso que las gentes sepan hacia dónde pueden empujarse las corrientes de la riqueza española y situarse ellas en ese plano topográfico. Hace tres meses debió el Gobierno encargar la forja de este programa técnico.
Otra era que es preciso animar al país, precisar sus ilusiones —que es de lo que se nutre la Historia.
Luego importaba hacer constar algo evidente, pero que no se ha dicho bastante. Ni este Gobierno, ni ninguno otro posible de España o de fuera, puede hacer nada serio sin contar con los capitalistas. El nuevo socialismo y aun el comunismo —si se me entiende bien— lo comprenden y declaran. ¿No es absurdo que siendo tal la indiscutible verdad se dé la impresión de susto al capital? Hay que reobrar contra la política de cara feroce —que sería ridícula de no resultar funesta. La verdad es que esa política no ha sido nunca la del Gobierno, pero no ha hecho bastante para contrarrestarla del ambiente. Es sabido que yo y mis amigos aspiramos, sin equívoco y con plena conciencia de los vocablos, a organizar a España en pueblo de trabajadores, cosa nada tremebunda y en que todo el mundo reconoce el inexorable porvenir. No sabe el Parlamento cuál fue mi desilusión al ver que el ministro de Hacienda, tan agudo parlamentario, no recogía al vuelo esta paloma de paz que, en su honor, me sacaba de las mangas.
Everything depends on our making in earnest a trial of magnanimity. For that reason I had a moment of hope when I heard señor Companys; but soon I saw that that change of tonality to which he referred was reduced to the little-precised, and therefore little-committing, change of colouring in the workers’ policy alone of a single city: in the workers’ policy of Barcelona. (Señor Companys: On the general tone of the Government’s policy. Murmurs). Señor COMPANYS, as your lordship was not present in the previous moment, when I was beginning this thought, has not noticed that that was what produced in me, what raised in me hope: the announcement that he was going to ask for a change of general tonality; but I then saw it reduced to only this small question. (Señor COMPANYS pronounces words that are not perceived. Murmurs). To this Chamber, which apart from errors of gesture, inexperiences of language and attitude, quite natural in those of us who have not yet learned to be parliamentarians; to this Chamber that oozes the fervent and porous longing to do something great with Spain and for Spain, to create a strong, serious and open State, in which peculiarities until now always banished may remain lodged, one comes with so great a reduction of the horizon. It truly pained me, gentlemen representatives of Catalonia; it pained me because before you there has passed at a run, as usual, a splendid occasion for being magnanimous and you have not taken advantage of it. In a Parliament that, were it not Constituent, would sin too much of excessive homogeneity and cordial drive, you have begun by dissociating yourselves and constituting yourselves as a steep islet. We all come here to work at the common task, and you have opposed to us the occupation that oppresses only you at the moment and you have taken a first step of particularism. Some have even done something that, in my inexperience of political usages, in my state of parliamentary virginity, which in this very minute I am losing as if it were nothing, have done something that seems to me undue: to come here to make a raid upon the Chamber so that the platoon of their oratory may fall upon the rearguard of their electors. (Very good). Well then; tell these men that a man who for over twenty years has defended with scant company, when not in frank solitude, from the centre of Castile, everything that was fertile and just in the Catalan aspirations, has permitted himself, perhaps with a little audacity, because in the end he is a small thing, but with a whole of loyalty, has permitted himself to make you this simple and sincere warning: we shall do nothing if in the gigantism of the task we do not shape our hearts. The politics of now is not only responsibilities and punishments, by no means reprisals. The politics of the Spanish Republic cannot be the politics of Lot’s wife, who looks too much backward. Politics is and has to be always, but more in moments of historical initiation, a project of common future that a Government presents to a people, an imagination of great enterprises, in which all Spaniards feel themselves with a task to do, and not as you have done with the Spanish youth that so contributed to the genesis of the Republic, and for three months now the poor thing has been seated, without your having given it anything to do. Politics, gentlemen ministers, is, above all, drawing attractive, animating horizons.
You have, then, to stay there, but to change, to enlarge your politics. A famous thinker said that in History everything passes eadem sed aliter, that in History the same always passes, only a little in another way. Well then; you have to be the same, only a little other. Gentlemen ministers: you have to succeed yourselves.
V
COMMENTARY ON MY OWN TEXT
Those who from near or far have for some time followed my work and my life, know that I like to go about with very clean accounts. I have always made a resolute effort —failed, of course, many times— to give to my words and to my acts a little precision, even at the risk of its being taken for affectation and decided pedantry. While I did not act in politics it was not so grave that to my attempt at precision the reader or the listener did not respond with equally precise retina and ear. But now I beg people of good will to correspond, in this longing for exactness, to my effort with their own.
I deeply thank the reception that my words had yesterday in the Chamber. It was evidently excessive, and I, who am very demanding with others, cannot manage not to be so with myself. For this reason I protest energetically and peremptorily that my words be considered a speech. They were not a speech nor anything worth that name. To be one there was lacking amplitude, concreteness and rigour in the reasoning on the questions of substance. If one discounts the minutes that, by force, I had to employ in delineating the profile of our group, so peculiar for the condition of its persons, one will understand that the rest of the time did not even allow an exordium.
They have been, then, only a few words and a feint. We wanted to pay homage to the Chamber by intervening soberly and to begin our sincere collaboration with the Government, which is an inciting and critical collaboration. Largo Caballero, then, does not altogether well when he supposes me employ idle hours in polishing the little stones of my speech. Without leaving the Council of Ministers he can confirm that yesterday at one in the afternoon I still had no purpose of speaking, but resolutely of keeping silent. This is not a boast of improvisatory gifts, which in me are nothing great, and, above all, very uneven because of the simply intolerable ups and downs of my health. It is well known that I boast of all the contrary, of preparing very minutely my speeches and lectures, which for that reason have been so infrequent. The scant time that I spent yesterday afternoon in gathering my thoughts, before speaking, was occupied more than in anything else in seeking the way not to waste the few words I was going to say. For that reason, when I gave an example of the pettiness with which the Government has been treated and the debate conducted, I chose an allusion to the minister of Labour, with the intention of expressing thus, in passing, my sympathy for his serious labour. The opinion that my words have earned from him makes me suspect that he has not noticed my intention. I esteem highly in any case the coldness with which he judges my intervention. From that temperature of his we expect much, and as I now act in politics, it matters to me overmuch to orient myself in the effect that my words produce on the noble and serene ice-floe of his soul, incorruptible by literature. I only beg him, if he wants to be just, never to presume me idle and rather to tend to imagine me hard at work.
I thank, then, with emotion the effusion of the Parliament toward my person, but I do not accept it, because I offered no sufficient pretext for it. On the other hand, it interests me to underline the three things —not oratorical, but of political act— that I insinuated in my words.
One: that the Government has to commission, without loss of time, a general plan of the economic perspectives of Spain. Note that I do not refer only, nor even especially, to the Treasury, but rather to the totality of a possible Spanish economy. This plan would not mean commitment for the Government; it sufficed, for the present, that it should have the character of a national opinion. It is necessary that people know toward where the currents of Spanish wealth can be pushed and situate themselves on that topographical plane. Three months ago the Government should have commissioned the forging of this technical programme.
Another was that it is necessary to animate the country, to make precise its illusions —which is what History feeds on.
Then it mattered to record something evident, but which has not been said enough. Neither this Government, nor any other possible one of Spain or from abroad, can do anything serious without counting on the capitalists. The new socialism and even communism —if I am well understood— understand and declare it. Is it not absurd that such being the indisputable truth the impression of fright be given to capital? One must re-act against the policy of ferocious face —which would be ridiculous did it not turn out fatal. The truth is that that policy has never been the Government’s, but it has not done enough to counteract it in the atmosphere. It is well known that I and my friends aspire, without equivocation and with full consciousness of the words, to organize Spain as a people of workers, a thing by no means dreadful and in which everyone recognizes the inexorable future. The Parliament does not know what my disillusion was upon seeing that the minister of the Treasury, so acute a parliamentarian, did not catch on the wing this dove of peace which, in his honour, I was pulling out of my sleeves.
Tutto dipende dal fatto che facciamo sul serio un saggio di magnanimità. Per questo io ebbi un momento di speranza quando ascoltai il signor Companys; ma presto vidi che quel cambiamento di tonalità a cui si riferiva si riduceva al cambiamento poco precisato, e perciò poco impegnativo, di colorito nella sola politica operaia di una sola popolazione: nella politica operaia di Barcellona. (Il signor Companys: Del tono generale della politica del Governo. Rumori). Signor COMPANYS, siccome sua signoria non era presente nel momento precedente, quando io iniziavo questo pensiero, non ha avvertito che quello fu ciò che produsse in me, ciò che sollevò in me speranza: l’annuncio che stava per chiedere un cambiamento di generale tonalità; ma io lo vidi poi ridotto a soltanto questa piccola questione. (Il signor COMPANYS pronuncia parole che non si percepiscono. Rumori). A questa Camera, che a parte errori di gesto, imperizie di linguaggio e di atteggiamento, ben naturali in quelli che non abbiamo ancora imparato a essere parlamentari; a questa Camera che trasuda l’ansia fervente e porosa di fare qualcosa di grande con la Spagna e per la Spagna, di creare uno Stato forte, serio e aperto, nel quale restino alloggiate peculiarità finora sempre bandite, si viene con una riduzione così grande dell’orizzonte. Mi dolse davvero, signori rappresentanti della Catalogna; mi dolse perché davanti a voi è transitata di corsa, come suole, un’occasione splendida per essere magnanimi e non l’avete sfruttata. In un Parlamento che, a non essere Costituente, peccherebbe troppo di eccessiva omogeneità e slancio cordiale, avete cominciato col dissociarvi e costituirvi in isoletta a picco. Veniamo qui tutti a lavorare all’opera comune, e voi ci avete opposto l’occupazione che solo voi opprime nel momento e avete fatto un primo passo di particolarismo. Alcuni persino hanno fatto qualcosa che, nella mia inesperienza degli usi politici, nel mio stato di verginità parlamentare, che in questo minuto così come se niente sto perdendo, hanno fatto qualcosa che mi pare indebito: venire qui a fare un sacco sulla Camera affinché il plotone della loro oratoria cada nella retroguardia dei loro elettori. (Molto bene). Orbene; dite a questi che un uomo che per oltre vent’anni ha difeso con scarsa compagnia, quando non in franca solitudine, dal centro della Castiglia, tutto ciò che di fertile e di giusto c’era nelle aspirazioni catalane, si è permesso, forse con un po’ di audacia, perché in fondo poca cosa egli è, ma con tutto di lealtà, si è permesso farvi questo semplice e sincero avvertimento: non faremo nulla se nella gigantesca dell’opera non conformiamo i nostri cuori. La politica di ora non è solo responsabilità e castighi, in nessun modo rappresaglie. La politica della Repubblica spagnola non può essere la politica della moglie di Lot, che guarda troppo indietro. La politica è e deve essere sempre, ma più in momenti di iniziazione storica, un progetto di futuro comune che un Governo presenta a un popolo, un’immaginazione di magnanime imprese, in cui tutti gli spagnoli si sentano con un che da fare, e non come avete fatto con la gioventù spagnola che tanto contribuì alla genesi della Repubblica, e da tre mesi sta la povera seduta, senza che le abbiate dato che fare. Politica, signori ministri, è, innanzi tutto, disegnare attraenti, animatori orizzonti.
Avete, dunque, da restare lì, ma cambiare, ingrandire la vostra politica. Diceva un pensatore famoso che nella Storia passa eadem sed aliter, che nella Storia passa sempre lo stesso, soltanto che un po’ in altro modo. Orbene; dovete essere gli stessi, soltanto che un po’ altri. Signori ministri: dovete succedere a voi stessi.
V
COMMENTO AL MIO STESSO TESTO
Quelli che da vicino o da lontano seguono da tempo la mia opera e la mia vita, sanno che mi piace andare con i conti molto puliti. Ho fatto da sempre un denodato sforzo —fallito, naturalmente, molte volte— per dare alle mie parole e ai miei atti un po’ di precisione, anche a rischio che si prenda per manierismo e risoluta pedanteria. Mentre non agii in politica non era così grave che al mio intento di precisione il lettore o l’ascoltatore non rispondesse con retina e orecchio ugualmente precisi. Ma ora io prego le genti di buona volontà che corrispondano, in questo anelito di esattezza, al mio sforzo col loro.
Ringrazio profondamente l’accoglienza che le mie parole ebbero ieri nella Camera. Fu evidentemente eccessiva, e io, che sono molto esigente con gli altri, non riesco a non esserlo con me stesso. Per questa ragione protesto energicamente e tassativamente che si considerino le mie parole come un discorso. Non furono un discorso né cosa che lo valga. Per esserlo mancò loro ampiezza, concretezza e rigore nel ragionamento sulle questioni di sostanza. Se si scontano i minuti che, per forza, dovevo impiegare nel delineare il profilo del nostro gruppo, tanto peculiare per la condizione delle sue persone, si comprenderà che il resto del tempo non dava nemmeno per un esordio.
Sono state, dunque, soltanto alcune parole e una finta. Volevamo fare omaggio alla Camera intervenendo sobriamente e iniziare la nostra sincera collaborazione col Governo, che è una collaborazione incitativa e critica. Non fa, dunque, del tutto bene Largo Caballero quando mi suppone ozi impiegati a pulire le pietruzze del mio discorso. Senza uscire dal Consiglio dei ministri può confermare che ieri all’una del pomeriggio io non avevo ancora proposito di parlare, ma risolutamente di tacere. Non è questo vanto di doti improvvisatrici, che sono in me niente affatto grandi, e, soprattutto, molto disuguali per i va e vieni semplicemente intollerabili della mia salute. È noto che mi vanto di tutto il contrario, di preparare molto minuziosamente i miei discorsi e conferenze, che perciò sono stati tanto infrequenti. Lo scarso tempo che impiegai ieri sera nel raccogliere i miei pensieri, prima di parlare, fu occupato più che in altra cosa nel cercare il modo di non sprecare le poche parole che stavo per dire. Perciò, quando davo un esempio della piccolezza con cui è stato trattato il Governo e condotto il dibattito, scelsi un’allusione al ministro del Lavoro, con animo di esprimere così, di passaggio, la mia simpatia per la sua seria opera. L’opinione che le mie parole gli hanno meritato mi fa sospettare che non abbia notato la mia intenzione. Stimo comunque molto la freddezza con cui giudica il mio intervento. Da quella sua temperatura ci aspettiamo molto, e siccome ora agisco in politica, mi importa oltremodo orientarmi nell’effetto che le mie parole producono sul nobile e sereno lastrone della sua anima, insobornabile dalla letteratura. Solo lo prego, se vuole essere giusto, che non mi presuma mai ozioso e che piuttosto tenda a immaginarmi affaccendato.
Ringrazio, dunque, commosso l’effusione del Parlamento verso la mia persona, ma non la accetto, perché non offrii pretesto sufficiente ad essa. In cambio, mi interessa sottolineare le tre cose —non oratorie, ma di atto politico— che nelle mie parole insinuavo.
Una: che il Governo deve incaricare, senza perdita di tempo, un piano generale delle prospettive economiche della Spagna. Si noti che non mi riferisco soltanto, né specialmente, alla Finanza, ma piuttosto alla totalità di una possibile economia spagnola. Questo piano non significherebbe compromesso per il Governo; bastava, per il pronto, che avesse un carattere di parere nazionale. È necessario che le genti sappiano verso dove possono spingersi le correnti della ricchezza spagnola e situarsi esse in quel piano topografico. Tre mesi fa il Governo avrebbe dovuto incaricare la forgiatura di questo programma tecnico.
Un’altra era che è necessario animare il paese, precisare le sue illusioni —che è di ciò che si nutre la Storia.
Poi importava far constatare qualcosa di evidente, ma che non si è detto abbastanza. Né questo Governo, né nessun altro possibile della Spagna o di fuori, può fare nulla di serio senza contare con i capitalisti. Il nuovo socialismo e pure il comunismo —se mi si capisce bene— lo comprendono e dichiarano. Non è assurdo che essendo tale l’indiscutibile verità si dia l’impressione di spavento al capitale? Bisogna riagire contro la politica di faccia feroce —che sarebbe ridicola se non risultasse funesta. La verità è che quella politica non è mai stata quella del Governo, ma non ha fatto abbastanza per contrastarla dall’ambiente. È noto che io e i miei amici aspiriamo, senza equivoco e con piena coscienza dei vocaboli, a organizzare la Spagna in popolo di lavoratori, cosa per nulla spaventevole e in cui tutto il mondo riconosce l’inesorabile avvenire. Non sa il Parlamento quale fu la mia delusione nel vedere che il ministro della Finanza, così acuto parlamentare, non raccoglieva al volo questa colomba di pace che, in suo onore, mi tirava fuori dalle maniche.
En fin, era preciso que las Cortes Constituyentes, antes de cerrarse su primer debate, dirigiesen un ademán de simpatía auténtica al Ejército español, no sólo al actual, sino al de la víspera, que en medio de las indisciplinas y ligerezas cometidas por muchos de nosotros en esta temporada ha sido gran ejemplo de decencia y aceptación de la fatalidad, dos cosas que para mí son las máximas virtudes.
Decir estas cosas será una ingenuidad política; pero yo estoy resuelto a seguirla ejercitando concienzudamente. Y por mucho que, con enorme generosidad, acentúe el señor Besteiro mi intervención de ayer y quiera traducirme a hombre político, en lo esencial, fiel a mi oficio de ideador, seré siempre sólo un jefe de negociado en el ministerio de la Verdad.
31 de julio de 1931
VI
SOBRE LO DE AHORA
UNA CUESTIÓN PERSONAL
A una breve imagen humorística que, con ánimo de restar solemnidad e importancia a mi intervención parlamentaria, dejé filtrarse en una nota política —«Comentario a mi propio texto»—, responde el señor Prieto con evidente e intolerable pesadumbre. En vez de limitarse a recoger mi irreal paloma, si le parecía oportuno, torcerla el pescuezo y enviarla a la cocina de la economía nacional, donde hace urgente falta, ha preferido manosearla con exceso, sometiéndola a una nueva prestidigitación, no alegre y cordialísima como la mía, sino malhumorada y aviesa. Ahora resulta que mi jovial volátil es una especie de Espíritu Santo, con lo cual se da a entender que soy yo un personaje de inaguantables pretensiones, dispuesto a funcionar como un telekino que dirigiera a distancia los movimientos del Gobierno con su superior inspiración. La arbitrariedad y gratuita injusticia de la figura son demasiado grandes para que no haya causado sorpresa a los lectores de la nota ministerial y no me obliguen a hacer lo que casi nunca he hecho en mi larga vida de escritor: rechazar una agresión. Con excelente humor he dejado siempre que baile su zarabanda todo el que ha querido sobre mi propio esternón. Ni en público ni en privado he emitido quejas contra tan contundente uso, pensando que serviría al danzarín para descargar su bilis. Como a mí, en el fondo, me traía sin cuidado, no era cosa de interrumpir su higiénico ejercicio.
Pero ahora no puedo hacer de mi persona lo que me venga en gana: represento un cuerpo electoral y estoy sumido en un grupo de actuación política. Esto me obliga a no sufrir que a mis palabras, llenas de buena voluntad, se responda con… —¿cómo diríamos?— con una expansión de extremidades a la manera de los ungulados.
La verdad es que nadie ha intervenido menos que yo en la vida de la República desde su advenimiento. Ni siquiera me he permitido el consejo al oído, aun tratándose de amigos fraternales con quienes he convivido siempre en la más estrecha amistad. Conozco demasiado la escasez de mis dotes políticas, empezando por las físicas, para que no haya evitado siempre el aventajarme en los rangos del oficio público. Por ello, me produjo espanto el efecto, totalmente imprevisto, que mis palabras produjeron en un Parlamento excesivamente generoso. (No es una frase de halago a las Cortes: es la pura verdad, y cuando hable más largo sobre «el alma de las Constituyentes» se verá que, a mi juicio, tienen éstas el vicio de sus virtudes). De buen grado saldría por ahí diciendo: ¡Señores, perdónenme ustedes! ¡No lo volveré a hacer!
Déjese, pues, el señor Prieto de complicar al Espíritu Santo en los menesteres de humilde y afanosa humanidad que nos ocupan. Aquí se trata de auxiliarnos lealmente unos a otros —y muy especialmente, todos al señor Prieto— para hacer una República española robusta, fecunda y garbosa.
No me importa nada que mi oratoria le parezca simplemente «un arte de recitar con sobria retórica los pensamientos meditados» —palabras que, por otra parte, definirían con bastante exactitud la buena oratoria en todos los tiempos. Pero sí necesito reclamar desde ahora un derecho que necesito plenamente para mis futuras intervenciones orales o escritas.
He de hacer cuanto pueda para que se constituya en la Cámara un ambiente que permita ser favorablemente escuchado todo el que hable con buena fe, aunque carezca por completo de soltura verbal y de gramática. El día que se levante un obrero a decir lo que auténticamente ha visto y sentido, cualquiera que sea la torpeza de su elocución, se encontrará enérgicamente apoyado por nuestro pequeño grupo. Es preciso nivelar la atención de la Cámara para que se reparta por igual cuando es igual la pureza de intención en el que habla, sea un tartajoso o sea un pico de oro. Todo lo auténtico es real y todo lo real debe gozar plenitud de derechos. Mas, por lo mismo, recabo yo íntegramente el mío de manifestarme como soy. Ingreso en la política, pero sin abandonar un átomo de mi sustancia. No me la doy de nada. Pero literato, ideador, teorizador y curioso de ciencia no son cosas que yo pretenda ser, sino que —¡diablo!— las soy, las soy hasta la raíz. Y es un poco ridículo que el señor Prieto parezca ahora imputármelas como afectaciones y arrequives. La imagen y la melodía en la frase son tendencias incoercibles de mi ser, las he llevado a la cátedra, a la ciencia, a la conversación del café, como, viceversa, he llevado la filosofía al periódico. ¡Qué le voy a hacer! Eso que el señor Prieto considera como una corbata vistosa que me he puesto, resulta ser mi misma columna vertebral que se transparenta.
Reclamo, pues, el pleno derecho a hacer una política poética, filosófica, cordial y alegre. Otra cosa sería coartarme injustamente, y cada vez que me levantase a hablar en el Parlamento o redactase una nota política lo haría azorado, temeroso de que se me escapase una metáfora o que una frase saliese cantando. El que no esté conforme tendrá, pues, que aguantarse.
In short, it was necessary that the Constituent Cortes, before closing their first debate, should direct a gesture of authentic sympathy to the Spanish Army, not only to the present one, but to that of yesterday, which in the midst of the indisciplines and light-headednesses committed by many of us in this season has been a great example of decency and acceptance of fatality, two things that for me are the maximum virtues.
To say these things will be a political naivety; but I am resolved to continue exercising it conscientiously. And however much, with enormous generosity, señor Besteiro accentuates my intervention of yesterday and wants to translate me into a political man, in the essential, faithful to my office of ideator, I shall always be only a head of department in the ministry of Truth.
July 31, 1931
VI
ABOUT THE MATTER OF NOW
A PERSONAL QUESTION
To a brief humorous image that, with the intention of taking away solemnity and importance from my parliamentary intervention, I let filter into a political note —«Commentary on my own text»—, señor Prieto responds with evident and intolerable heaviness. Instead of limiting himself to picking up my unreal dove, if it seemed to him opportune, twisting its neck and sending it to the kitchen of the national economy, where there is urgent need of it, he has preferred to handle it excessively, subjecting it to a new sleight of hand, not gay and most cordial like mine, but ill-humoured and malicious. Now it turns out that my jovial bird is a kind of Holy Spirit, whereby it is given to be understood that I am a personage of unbearable pretensions, ready to function like a telekino that should direct at a distance the movements of the Government with its superior inspiration. The arbitrariness and gratuitous injustice of the figure are too great for it not to have caused surprise to the readers of the ministerial note and not to oblige me to do what I have almost never done in my long life of writer: reject an aggression. With excellent humour I have always let dance his saraband whoever has wanted over my own breastbone. Neither in public nor in private have I uttered complaints against so contusive a use, thinking that it would serve the dancer to discharge his bile. As to me, in the end, it mattered nothing, it was not a thing to interrupt his hygienic exercise.
But now I cannot make of my person whatever I please: I represent an electoral body and I am plunged into a group of political action. This obliges me not to suffer that my words, full of good will, be answered with… —how shall we say?— with an expansion of extremities in the manner of the ungulates.
The truth is that no one has intervened less than I in the life of the Republic since its advent. I have not even permitted myself the counsel in the ear, even when it concerned fraternal friends with whom I have always lived in the closest friendship. I know too well the scantiness of my political gifts, beginning with the physical ones, not to have always avoided outdoing myself in the ranks of public office. For that reason, the effect, totally unforeseen, that my words produced in an excessively generous Parliament gave me a fright. (It is not a phrase of flattery to the Cortes: it is the pure truth, and when I speak at greater length about «the soul of the Constituent Cortes» it will be seen that, in my judgement, these have the vice of their virtues). Gladly I would go about saying: Gentlemen, forgive me! I shall not do it again!
Let señor Prieto, then, stop complicating the Holy Spirit in the tasks of humble and busy humanity that occupy us. Here it is a matter of aiding one another loyally —and very especially, all of us aiding señor Prieto— in order to make a robust, fecund and graceful Spanish Republic.
It matters nothing to me that my oratory seem to him simply «an art of reciting with sober rhetoric the meditated thoughts» —words that, on the other hand, would define with sufficient exactness good oratory in all times. But I do need to claim from now on a right that I fully need for my future oral or written interventions.
I have to do all I can so that there may be constituted in the Chamber an atmosphere that allows everyone who speaks in good faith to be favourably heard, even if he completely lacks verbal fluency and grammar. The day a worker rises to say what he has authentically seen and felt, whatever the clumsiness of his elocution, he will find himself energetically supported by our small group. It is necessary to level the attention of the Chamber so that it may be shared out equally when the purity of intention in the speaker is equal, be he a stammerer or be he a golden tongue. Everything authentic is real and everything real must enjoy fullness of rights. But, for that very reason, I claim in full mine to manifest myself as I am. I enter politics, but without abandoning an atom of my substance. I do not put on airs. But man of letters, ideator, theorizer and curious of science are not things that I pretend to be, but that —the devil!— I am them, I am them to the root. And it is a little ridiculous that señor Prieto should now seem to impute them to me as affectations and trimmings. The image and the melody in the phrase are incoercible tendencies of my being, I have carried them to the chair, to science, to the conversation of the café, as, vice versa, I have carried philosophy to the newspaper. What am I to do! That which señor Prieto considers as a showy tie that I have put on, turns out to be my very spinal column which shows through.
I claim, then, the full right to make a poetic, philosophical, cordial and joyful politics. Anything else would be to coerce me unjustly, and each time I rose to speak in the Parliament or drafted a political note I would do it embarrassed, fearful that a metaphor might escape me or that a phrase might come out singing. Whoever is not in agreement will, then, have to put up with it.
Infine, era necessario che le Cortes Costituenti, prima di chiudere il loro primo dibattito, rivolgessero un cenno di autentica simpatia all’Esercito spagnolo, non solo a quello attuale, ma a quello della vigilia, che in mezzo alle indiscipline e leggerezze commesse da molti di noi in questa stagione è stato grande esempio di decenza e di accettazione della fatalità, due cose che per me sono le massime virtù.
Dire queste cose sarà un’ingenuità politica; ma io sono risoluto a continuare a esercitarla coscienziosamente. E per molto che, con enorme generosità, il signor Besteiro accentui la mia intervento di ieri e voglia tradurmi in uomo politico, nell’essenziale, fedele al mio ufficio di ideatore, sarò sempre soltanto un capo di reparto nel ministero della Verità.
31 luglio 1931
VI
SU QUELLO DI ORA
UNA QUESTIONE PERSONALE
A una breve immagine umoristica che, con animo di togliere solennità e importanza alla mia intervento parlamentare, lasciai filtrare in una nota politica —«Commento al mio stesso testo»—, risponde il signor Prieto con evidente e intollerabile pesantezza. Invece di limitarsi a raccogliere la mia irreale colomba, se gli pareva opportuno, torcerle il collo e inviarla alla cucina dell’economia nazionale, dove fa urgente bisogno, ha preferito maneggiarla con eccesso, sottoponendola a una nuova prestidigitazione, non allegra e cordialissima come la mia, ma stizzosa e maliziosa. Ora risulta che il mio gioviale volatile è una specie di Spirito Santo, con il che si dà a intendere che io sono un personaggio di insopportabili pretese, disposto a funzionare come un telekino che dirigesse a distanza i movimenti del Governo con la sua superiore ispirazione. L’arbitrarietà e la gratuita ingiustizia della figura sono troppo grandi perché non abbia causato sorpresa ai lettori della nota ministeriale e non mi obblighino a fare ciò che quasi mai ho fatto nella mia lunga vita di scrittore: respingere un’aggressione. Con eccellente umorismo ho sempre lasciato che ballasse la sua zarabanda chiunque ha voluto sul mio stesso sterno. Né in pubblico né in privato ho emesso lamenti contro un uso così contundente, pensando che servirebbe al danzatore per scaricare la sua bile. Siccome a me, in fondo, non importava nulla, non era il caso di interrompere il suo igienico esercizio.
Ma ora non posso fare della mia persona ciò che mi venga in gola: rappresento un corpo elettorale e sono immerso in un gruppo di azione politica. Questo mi obbliga a non soffrire che alle mie parole, piene di buona volontà, si risponda con… —come diremmo?— con un’espansione di estremità alla maniera degli ungulati.
La verità è che nessuno è intervenuto meno di me nella vita della Repubblica dal suo avvento. Nemmeno mi sono permesso il consiglio all’orecchio, pur trattandosi di amici fraterni con cui ho sempre convissuto nella più stretta amicizia. Conosco troppo la scarsezza delle mie doti politiche, cominciando dalle fisiche, per non avere sempre evitato di sopravanzarmi nei ranghi dell’ufficio pubblico. Perciò, mi produsse spavento l’effetto, totalmente imprevisto, che le mie parole produssero in un Parlamento eccessivamente generoso. (Non è una frase di lusinga alle Cortes: è la pura verità, e quando parlerò più a lungo su «l’anima delle Costituenti» si vedrà che, a mio giudizio, queste hanno il vizio delle loro virtù). Di buon grado uscirei in giro dicendo: Signori, perdonatemi! Non lo farò più!
Lasci, dunque, il signor Prieto di complicare lo Spirito Santo nei bisogni di umile e affannosa umanità che ci occupano. Qui si tratta di aiutarci lealmente gli uni gli altri —e molto specialmente, tutti al signor Prieto— per fare una Repubblica spagnola robusta, feconda e garbata.
Non mi importa nulla che la mia oratoria le sembri semplicemente «un arte di recitare con sobria retorica i pensieri meditati» —parole che, d’altra parte, definirebbero con abbastanza esattezza la buona oratoria in tutti i tempi. Ma sì che ho bisogno di reclamare da ora un diritto che mi occorre pienamente per le mie future interventi orali o scritte.
Devo fare quanto posso perché si costituisca nella Camera un ambiente che permetta di essere favorevolmente ascoltato chiunque parli con buona fede, sebbene manchi del tutto di scioltezza verbale e di grammatica. Il giorno in cui si alzi un operaio a dire ciò che autenticamente ha visto e sentito, qualunque sia la goffaggine della sua elocuzione, si troverà energicamente appoggiato dal nostro piccolo gruppo. È necessario livellare l’attenzione della Camera perché si ripartisca ugualmente quando è uguale la purezza d’intenzione in chi parla, sia un tartagliante o sia un becco d’oro. Tutto l’autentico è reale e tutto il reale deve godere pienezza di diritti. Ma, per lo stesso, rivendico io integralmente il mio di manifestarmi come sono. Entro in politica, ma senza abbandonare un atomo della mia sostanza. Non me la do di nulla. Ma letterato, ideatore, teorizzatore e curioso di scienza non sono cose che io pretenda di essere, ma che —diamine!— le sono, le sono fino alla radice. Ed è un po’ ridicolo che il signor Prieto sembri ora imputarmele come affettazioni e arricciature. L’immagine e la melodia nella frase sono tendenze incoercibili del mio essere, le ho portate alla cattedra, alla scienza, alla conversazione del caffè, come, viceversa, ho portato la filosofia al giornale. Che ci vuoi fare! Quel che il signor Prieto considera come una cravatta vistosa che mi sono messo, risulta essere la mia stessa colonna vertebrale che si trasparenta.
Rivendico, dunque, il pieno diritto a fare una politica poetica, filosofica, cordiale e allegra. Altra cosa sarebbe coartarmi ingiustamente, e ogni volta che mi alzassi a parlare nel Parlamento o redigessi una nota politica lo farei imbarazzato, timoroso che mi scappasse una metafora o che una frase uscisse cantando. Chi non sia d’accordo dovrà, dunque, sopportarselo.