Ortega y Gasset
Abstract
Literary criticism on Pío Baroja: he thinks out of self-preservation, out of timidity, and his ideas are defensive reactions. Ortega grants him one real theme — the barbaric energy of men cracking the social crust — but charges him with nostalgia for the orangutan.
Connections
Concetti: bellezza
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Me ha contado Baroja que, durante su estancia en Roma, dio a leer La Feria de los discretos a una señora italiana de levantada alcurnia. Unos días más tarde preguntó el escritor a la dama «qué le parecía su novela», y ella le contestó sencillamente: «Questo Quintino è troppo impertinente!»
Si una ametralladora tuviera una opinión se parecería mucho a los personajes de La Feria de los discretos, de Paradox Rey, de Aurora Roja.
Se diría, en efecto, que a Baroja no le parece una idea digna de ser pensada si no contiene una impertinencia; esto es, si no es una idea contra algo o alguien. Sus ideas suelen ser contestaciones a ataques imaginarios que le mueven las cosas en torno; son reacciones automáticas con un fin defensivo.
¡He aquí un hombre que piensa por instinto de conservación, que piensa contra su derredor para no ser absorbido por él! Baroja eriza las páginas de sus libros en torno a sí mismo como un erizo sus púas.
Ahora bien; esto es conocido bajo el nombre de timidez. Tímido es el hombre preocupado de su propia defensa.
Será superfluo advertir que hablo meramente de Baroja pensador, de Baroja como individuo de la república literaria. Como persona de carne y hueso, bien lo creo capaz de conquistar él solo las Indias. Mas su psicología es la de un hombre temeroso de que le arrebaten su «yo», como le roban a uno el reloj del bolsillo.
Stendhal, su maestro, tenía la misma complexión psicológica. Los personajes enérgicos que gustaba de crear equivalían a una imaginaria guardia pretoriana, que suscitaba en torno suyo para tranquilizarse. Su filosofía del egotismo fue la torre blindada que construyó para vivir dentro seguro.
Es curioso que el método propuesto por Baroja para «el culto del yo» consistía en hacer que fusilen al «tú» y al «él». Primero que se haga el desierto y luego se levanta el «yo» en medio como una torre.
La obra de arte —y aunque la de Baroja comience por ser obra de nervios, es, al cabo, obra de arte— procede siempre de una exigencia de perfección, de completamiento. Cuando la obra tiene un contenido subjetivo —por ejemplo, la de Baroja, no obstante su aspecto de novela—, lo que completa el autor en ella es su propio corazón. A las pocas páginas se advierte que nuestro pantagruélico vasco, dispuesto a devorar a sus semejantes, ha resbalado, en realidad, sobre las grandes pasiones, los grandes odios, los grandes deseos, las grandes ideas y hasta los grandes libros. Ha vivido una existencia tangente a la vida misma; como esas pedrezuelas planas que tiran los chicos a la mar y van de brinco en brinco escurriendo sobre los lomos azules de las olas.
No es frecuente en Baroja aquella plenitud o hartazgo de intuición que es condición forzosa para que la obra poética adquiera la densidad necesaria, esa densidad que le permite afirmarse entre las cosas, como una de ellas o más cosa que ellas. No se sumerge al fondo del mar de la existencia para arrancar convulso con sus propias uñas las vidas que refiere. Como se las cuentan nos las cuenta.
No basta que en un libro se cuente de alguien que amó y mató para que sea una novela de amor y de muerte. La novela no es un cuento. Tampoco un reportaje o referencia.
Sin embargo, hay en la intención de todos los personajes de Baroja una nota común, poco diferenciada en cada uno, pero real y profundamente sentida: la energía bárbara de hombres que rajan la costra de la sociedad a fin de salir al aire libre.
Éste es el tema general de la poesía que ejercita Baroja. Esto es lo que tiene valor positivo en su obra. Y ya es bastante.
Baroja quisiera conducirnos inmediatamente a una región donde sólo existen las fuerzas biológicas puras que, vertiginosas, enfurecidas, van y vienen azotando al mundo.
Sólo es de lamentar que para él empieza el hombre donde acaba el ciudadano, donde comienza el antropoide, organismo recipiente de las cósmicas energías vitales. Yo no he leído jamás un autor que sienta mayor nostalgia del orangután, que crea tan ingenuamente que el hombre es un orangután y nada más que un orangután. Su obra es un tratado completo de la indignidad del hombre.
Uno de los contadísimos escritores a quien Baroja admira es Nietzsche. ¿Por qué? ¡Es tan raro que Baroja admire! Pues se debe a que Nietzsche ha descubierto «el ideal del superhombre», que, en su opinión, es «el carnívoro voluptuoso errante por la vida»[40]. Esto quisiera ser Baroja, y ya que no lo es, sino todo lo contrario, un asceta calvo, lleno de bondad y de ternura, que deambula calle de Alcalá arriba, calle de Alcalá abajo, aspira a completarse construyendo personajes que se parezcan a su ambición. ¡Qué cosa más melancólica! Baroja vendería su puesto en el Parnaso a quien le pusiera dos colmillos de tigre en la boca.
Pero es en alto grado valiosa esta demanda de hombres dinámicos que trasciende de sus novelas.
Las simpatías que ha mostrado hacia el anarquismo proceden de la misma raíz.
Como a Stendhal, le interesa sobre todo presenciar y reproducir los esfuerzos de esa explosión de energía que llamamos individuo para perforar la materia y lograr plena expansión. Admira en el hombre lo que hay en éste de común con la semilla que, bajo los terrones, conducida por un inmenso instinto ascendente, se va labrando un cuerpo para abrir en la tierra heridas, de las cuales, al través, surgir al aire y a la luz, erguirse sobre el haz duro, avanzar hacia el sol fuerte y exacto el individuo vegetal, como si lo dirigiera una idea.
Para el anarquismo son los individuos la única sustancia positiva del universo. Como torrentes poderosos atraviesan la materia bruta, la cosa inerte, infinita del mundo. Esta materia es sólo negación, es sólo pasividad, y se justifica como resistencia para que el dinamismo individual se ejercite. Los individuos son fuente y surtidor de toda energía, llevan en sí el «élan vital», que dice mister Bergson que ha descubierto. Pero la materia, transportada en aluvión por esas mismas corrientes, las encauza, las oprime y represa. Viene un momento de angustia en que, bajo las especies de ley, de orden, de costumbre, aprisiona a los individuos, hasta que éstos vuelven a saltar, brincan los cauces, rebosan los estuarios y remozan la faz del mundo.
Según Juan, de Aurora Roja, «el progreso es únicamente el resultado de la victoria del instinto de rebeldía contra el principio de autoridad». Y otro figurón borroso, el Libertario, dice en la misma novela: «Se está verificando un cambio completo en las ideas, en los valores morales, y en medio de esa transformación la ley sigue impertérrita, rígida. Y ustedes nos preguntan: ¿Qué programa tienen ustedes? Ése: acabar con las leyes actuales… Hacer la revolución; luego ya veremos lo que sale». Ve la revolución Baroja como ensayo para poner a la sociedad, de suyo holgazana y morosa, en un aprieto, a fin de obligarla a que invente algo, a que, apretada, tenga una de esas ideas felices, que sólo nos ocurren cuando nos hallamos en un apuro.
En otro lugar se lee: «En esa Rusia extraña y misteriosa, en donde las ideas toman una encarnación tan potente, cada hombre parece que lleva dentro un salvaje». Baroja no es, sin embargo, tan admirador del salvajismo como de los salvajes dentro de la civilización, de los rompedores de formas, de leyes, de órdenes, de raciocinios.
Bajo su aparente escepticismo, Baroja tiene fe en algo, en lo silvestre que en el hombre perdura, en lo biológico, en lo ultrasocial, en lo irracional. Él mismo dice de uno de sus personajes: «Creía en la anarquía como en la Virgen del Pilar», a lo que otro añade: «En todo lo que se cree, se cree lo mismo»[41].
Baroja quisiera que sus personajes fueran vórtices de vitalidad; pero sus hijos, los personajes, hacen todo lo contrario.
Los personajes de Baroja no son activos: a despecho de la presunta turbulencia y dinamismo, no suelen hacer más que andar, modestísima muestra de energía. Digo que no suelen hacer más que eso, porque lo que hacen en mayor grado suele considerarse como lo opuesto a la acción. Baroja, especialmente, odia, antes que nada, la charla y el raciocinio. Pues bien: sus personajes no acostumbran a hacer otra cosa. Son, en general, unas criaturas atacadas de la monomanía deambulatoria, que se pasan la vida andando por las calles y frecuentemente por las afueras; van mirando de paso lo que pasa, con ojos inactivos, y, sobre todo, van charlando y teorizando. El anhelo de cósmicas cascadas de energía que lleva Baroja a sus libros concluye en una pertinaz llovizna de conversaciones teoréticas. ¡Qué cosa más melancólica! Aurora Roja, fíjense bien en el título: ¡Aurora Roja!, es, en realidad, un manual de Derecho político.
Baroja has told me that, during his stay in Rome, he gave La Feria de los discretos to read to an Italian lady of high lineage. A few days later the writer asked the lady «what she thought of his novel», and she answered him simply: «Questo Quintino è troppo impertinente!»
If a machine-gun had an opinion it would resemble greatly the characters of La Feria de los discretos, of Paradox Rey, of Aurora Roja.
One would say, in effect, that to Baroja no idea seems worthy of being thought if it does not contain an impertinence; that is, if it is not an idea against something or someone. His ideas tend to be answers to imaginary attacks that the things around him move against him; they are automatic reactions with a defensive end.
Behold a man who thinks by instinct of conservation, who thinks against his surroundings in order not to be absorbed by them! Baroja bristles the pages of his books around himself like a hedgehog its quills.
Now then; this is known under the name of timidity. Timid is the man preoccupied with his own defence.
It will be superfluous to warn that I speak merely of Baroja the thinker, of Baroja as an individual of the literary republic. As a person of flesh and bone, I well believe him capable of conquering the Indies alone. But his psychology is that of a man fearful that his «ego» be snatched from him, as one has one’s pocket watch stolen.
Stendhal, his master, had the same psychological constitution. The energetic characters he liked to create amounted to an imaginary praetorian guard, which he conjured up around himself to tranquilize himself. His philosophy of egotism was the armoured tower he built to live inside safe.
It is curious that the method proposed by Baroja for «the cult of the ego» consisted in having the «thou» and the «he» shot. First let the desert be made and then the «ego» rises in the midst like a tower.
The work of art —and although Baroja’s begins by being a work of nerves, it is, in the end, a work of art— always proceeds from a demand for perfection, for completion. When the work has a subjective content —for example, Baroja’s, notwithstanding its aspect of novel—, what the author completes in it is his own heart. After a few pages one notices that our Pantagruelian Basque, ready to devour his fellow men, has slid, in reality, over the great passions, the great hatreds, the great desires, the great ideas and even the great books. He has lived an existence tangent to life itself; like those flat pebbles that boys throw at the sea and go from skip to skip gliding over the blue backs of the waves.
Not frequent in Baroja is that plenitude or surfeit of intuition which is the compulsory condition for the poetic work to acquire the necessary density, that density which allows it to affirm itself among things, as one of them or more thing than them. He does not submerge himself to the bottom of the sea of existence in order to tear out convulsed with his own nails the lives he relates. As they are told to him, so he tells them to us.
It is not enough that in a book there be told of someone who loved and killed for it to be a novel of love and death. The novel is not a tale. Nor a reportage or a reference.
Nevertheless, there is in the intention of all Baroja’s characters a common note, little differentiated in each one, but real and deeply felt: the barbarous energy of men who split the crust of society in order to come out into the free air.
This is the general theme of the poetry that Baroja exercises. This is what has positive value in his work. And it is already enough.
Baroja would like to lead us immediately to a region where only the pure biological forces exist which, vertiginous, enraged, come and go lashing the world.
It is only to be lamented that for him man begins where the citizen ends, where the anthropoid begins, organism recipient of the cosmic vital energies. I have never read an author who feels a greater nostalgia for the orangutan, who believes so naively that man is an orangutan and nothing but an orangutan. His work is a complete treatise on the indignity of man.
One of the very few writers whom Baroja admires is Nietzsche. Why? It is so rare that Baroja admires! Well, it is due to the fact that Nietzsche has discovered «the ideal of the superman», which, in his opinion, is «the voluptuous carnivore wandering through life»[40]. This is what Baroja would like to be, and since he is not, but quite the contrary, a bald ascetic, full of goodness and tenderness, who wanders up calle de Alcalá, down calle de Alcalá, he aspires to complete himself by constructing characters that resemble his ambition. What a more melancholy thing! Baroja would sell his place on Parnassus to anyone who would put two tiger fangs in his mouth.
But highly valuable is this demand for dynamic men that transcends from his novels.
The sympathies he has shown toward anarchism proceed from the same root.
Like Stendhal, what interests him above all is to witness and reproduce the efforts of that explosion of energy which we call individual to perforate the matter and achieve full expansion. He admires in man what there is in him in common with the seed that, under the clods, driven by an immense ascending instinct, goes fashioning itself a body in order to open wounds in the earth, through which, to rise to the air and the light, to erect itself on the hard face, to advance toward the strong and exact sun, the vegetable individual, as if an idea were directing it.
For anarchism the individuals are the only positive substance of the universe. Like powerful torrents they traverse the brute matter, the inert, infinite thing of the world. This matter is only negation, it is only passivity, and it justifies itself as resistance so that the individual dynamism may be exercised. The individuals are source and spout of all energy, they carry in themselves the «élan vital», which mister Bergson says he has discovered. But matter, carried in alluvion by those same currents, channels them, oppresses them and dams them up. There comes a moment of anguish in which, under the species of law, of order, of custom, it imprisons the individuals, until these leap again, jump over the channels, overflow the estuaries and rejuvenate the face of the world.
According to Juan, of Aurora Roja, «progress is only the result of the victory of the instinct of rebellion against the principle of authority». And another blurred figurehead, the Libertarian, says in the same novel: «A complete change is taking place in ideas, in moral values, and in the midst of that transformation the law continues undaunted, rigid. And you ask us: What programme do you have? That one: to finish with the present laws… Make the revolution; then we shall see what comes out». Baroja sees the revolution as a trial to put society, of itself lazy and sluggish, in a fix, in order to oblige it to invent something, to have, squeezed, one of those happy ideas, which only occur to us when we find ourselves in a jam.
Elsewhere one reads: «In that strange and mysterious Russia, where ideas take on so potent an incarnation, every man seems to carry a savage within». Baroja is not, however, so much an admirer of savagery as of the savages within civilization, of the breakers of forms, of laws, of orders, of reasonings.
Under his apparent scepticism, Baroja has faith in something, in the wild that endures in man, in the biological, in the ultra-social, in the irrational. He himself says of one of his characters: «He believed in anarchy as in the Virgin of Pilar», to which another adds: «In everything one believes, one believes the same»[41].
Baroja would like his characters to be vortices of vitality; but his children, the characters, do all the contrary.
Baroja’s characters are not active: in spite of the supposed turbulence and dynamism, they tend to do no more than walk, a most modest showing of energy. I say they tend to do no more than that, because what they do to a greater degree usually counts as the opposite of action. Baroja, especially, hates, before anything, chatter and ratiocination. Well then: his characters are not accustomed to doing anything else. They are, in general, creatures attacked by the ambulatory monomania, who spend their lives walking through the streets and frequently through the outskirts; they go looking in passing at what passes, with inactive eyes, and, above all, they go chatting and theorizing. The longing for cosmic waterfalls of energy that Baroja brings to his books concludes in a persistent drizzle of theoretical conversations. What a more melancholy thing! Aurora Roja, look well at the title: ¡Aurora Roja!, is, in reality, a manual of Political Law.
Mi ha raccontato Baroja che, durante il suo soggiorno a Roma, diede a leggere La Feria de los discretos a una signora italiana di elevato lignaggio. Alcuni giorni più tardi lo scrittore chiese alla dama «che le sembrava il suo romanzo», ed ella gli rispose semplicemente: «Questo Quintino è troppo impertinente!»
Se una mitragliatrice avesse un’opinione assomiglierebbe molto ai personaggi de La Feria de los discretos, di Paradox Rey, di Aurora Roja.
Si direbbe, in effetti, che a Baroja non pare un’idea degna di essere pensata se non contiene un’impertinenza; cioè, se non è un’idea contro qualcosa o qualcuno. Le sue idee sogliono essere risposte ad attacchi immaginari che gli muovono le cose intorno; sono reazioni automatiche con un fine difensivo.
Ecco un uomo che pensa per istinto di conservazione, che pensa contro il suo intorno per non essere assorbito da esso! Baroja irta le pagine dei suoi libri intorno a sé stesso come un riccio le sue spine.
Orbene; questo è conosciuto sotto il nome di timidezza. Timido è l’uomo preoccupato della propria difesa.
Sarà superfluo avvertire che parlo meramente di Baroja pensatore, di Baroja come individuo della repubblica letteraria. Come persona di carne e ossa, ben lo credo capace di conquistare lui solo le Indie. Ma la sua psicologia è quella di un uomo timoroso che gli strappino il suo «io», come si ruba a uno l’orologio da taschino.
Stendhal, il suo maestro, aveva la stessa complessione psicologica. I personaggi energici che amava creare equivalevano a un’immaginaria guardia pretoriana, che suscitava intorno a sé per tranquillizzarsi. La sua filosofia dell’egotismo fu la torre blindata che costruì per vivere dentro al sicuro.
È curioso che il metodo proposto da Baroja per «il culto dell’io» consistesse nel far fucilare il «tu» e l’«egli». Prima che si faccia il deserto e poi si leva l’«io» in mezzo come una torre.
L’opera d’arte —e sebbene quella di Baroja cominci per essere opera di nervi, è, alla fine, opera d’arte— procede sempre da un’esigenza di perfezione, di completamento. Quando l’opera ha un contenuto soggettivo —per esempio, quella di Baroja, nonostante il suo aspetto di romanzo—, ciò che l’autore completa in essa è il proprio cuore. A poche pagine si avverte che il nostro pantagruelico basco, disposto a divorare i suoi simili, è scivolato, in realtà, sopra le grandi passioni, i grandi odii, i grandi desideri, le grandi idee e finanche i grandi libri. Ha vissuto un’esistenza tangente alla vita stessa; come quelle pietruzze piatte che i ragazzi lanciano al mare e vanno di balzo in balzo sgusciando sopra i dossi azzurri delle onde.
Non è frequente in Baroja quella pienezza o saturazione d’intuizione che è condizione forzosa perché l’opera poetica acquisti la densità necessaria, quella densità che le permette di affermarsi tra le cose, come una di esse o più cosa di esse. Non si immerge al fondo del mare dell’esistenza per strappare convulso con le proprie unghie le vite che riferisce. Come gliele raccontano, così ce le racconta.
Non basta che in un libro si racconti di qualcuno che amò e uccise perché sia un romanzo d’amore e di morte. Il romanzo non è un racconto. Nemmeno un reportage o una referenza.
Tuttavia, c’è nell’intenzione di tutti i personaggi di Baroja una nota comune, poco differenziata in ciascuno, ma reale e profondamente sentita: l’energia barbara di uomini che spaccano la crosta della società al fine di uscire all’aria libera.
Questo è il tema generale della poesia che esercita Baroja. Questo è ciò che ha valore positivo nella sua opera. E già è abbastanza.
Baroja vorrebbe condurci immediatamente a una regione dove esistono soltanto le forze biologiche pure che, vertiginose, infuriate, vanno e vengono frustando il mondo.
Solo è da lamentare che per lui comincia l’uomo dove finisce il cittadino, dove comincia l’antropoide, organismo recipiente delle cosmiche energie vitali. Io non ho mai letto un autore che senta maggiore nostalgia dell’orango, che creda così ingenuamente che l’uomo è un orango e niente più che un orango. La sua opera è un trattato completo dell’indignità dell’uomo.
Uno dei rarissimi scrittori che Baroja ammira è Nietzsche. Perché? È tanto raro che Baroja ammiri! Ebbene, si deve al fatto che Nietzsche ha scoperto «l’ideale del superuomo», che, a suo parere, è «il carnivoro voluttuoso errante per la vita»[40]. Questo vorrebbe essere Baroja, e già che non lo è, ma tutto il contrario, un asceta calvo, pieno di bontà e di tenerezza, che deambula per la calle de Alcalá su, per la calle de Alcalá giù, aspira a completarsi costruendo personaggi che somiglino alla sua ambizione. Che cosa più malinconica! Baroja venderebbe il suo posto nel Parnaso a chi gli mettesse due zanne di tigre in bocca.
Ma è in alto grado preziosa questa domanda di uomini dinamici che trascende dai suoi romanzi.
Le simpatie che ha mostrato verso l’anarchismo procedono dalla stessa radice.
Come a Stendhal, gli interessa soprattutto presenziare e riprodurre gli sforzi di quell’esplosione di energia che chiamiamo individuo per perforare la materia e raggiungere piena espansione. Ammira nell’uomo ciò che in esso c’è di comune con la semenza che, sotto le zolle, condotta da un immenso istinto ascendente, si va lavorando un corpo per aprire nella terra ferite, dalle quali, attraverso, sorgere all’aria e alla luce, ergersi sopra la dura faccia, avanzare verso il sole forte ed esatto l’individuo vegetale, come se lo dirigesse un’idea.
Per l’anarchismo gli individui sono l’unica sostanza positiva dell’universo. Come torrenti potenti attraversano la materia bruta, la cosa inerte, infinita del mondo. Questa materia è soltanto negazione, è soltanto passività, e si giustifica come resistenza perché il dinamismo individuale si eserciti. Gli individui sono fonte e zampillo di ogni energia, portano in sé lo «élan vital», che dice mister Bergson di aver scoperto. Ma la materia, trasportata in alluvione da quelle stesse correnti, le incanala, le opprime e le argina. Viene un momento d’angoscia in cui, sotto le specie di legge, di ordine, di costume, imprigiona gli individui, finché questi tornano a saltare, balzano fuori dai canali, traboccano dagli estuari e rimodernano la faccia del mondo.
Secondo Juan, di Aurora Roja, «il progresso è unicamente il risultato della vittoria dell’istinto di ribellione contro il principio di autorità». E un altro figurone sbiadito, il Libertario, dice nello stesso romanzo: «Si sta verificando un cambiamento completo nelle idee, nei valori morali, e in mezzo a quella trasformazione la legge segue imperterrita, rigida. E voi ci chiedete: Che programma avete? Quello: finire con le leggi attuali… Fare la rivoluzione; poi vedremo che cosa salta fuori». Vede Baroja la rivoluzione come prova per mettere la società, di per sé pigra e morosa, alle strette, al fine di obbligarla a inventare qualcosa, a che, stretta, abbia una di quelle idee felici, che ci vengono soltanto quando ci troviamo in un impiccio.
In altro luogo si legge: «In quella Russia strana e misteriosa, dove le idee prendono un’incarnazione così potente, ogni uomo sembra che porti dentro un selvaggio». Baroja non è, tuttavia, tanto ammiratore del selvaggismo quanto dei selvaggi dentro la civiltà, degli spaccatori di forme, di leggi, di ordini, di raziocini.
Sotto il suo apparente scetticismo, Baroja ha fede in qualcosa, nel silvestre che nell’uomo perdura, nel biologico, nell’ultrasociale, nell’irrazionale. Egli stesso dice di uno dei suoi personaggi: «Credeva nell’anarchia come nella Vergine del Pilar», a cui un altro aggiunge: «In tutto ciò che si crede, si crede lo stesso»[41].
Baroja vorrebbe che i suoi personaggi fossero vortici di vitalità; ma i suoi figli, i personaggi, fanno tutto il contrario.
I personaggi di Baroja non sono attivi: a dispetto della presunta turbolenza e dinamismo, non sogliono fare più che andare, modestissima mostra di energia. Dico che non sogliono fare più di questo, perché ciò che fanno in maggior grado suole considerarsi come l’opposto dell’azione. Baroja, specialmente, odia, prima di tutto, la chiacchiera e il raziocinio. Orbene: i suoi personaggi non sogliono fare altro. Sono, in generale, delle creature attaccate dalla monomania deambulatoria, che si passano la vita andando per le strade e frequentemente per i sobborghi; vanno guardando di passaggio ciò che passa, con occhi inattivi, e, soprattutto, vanno chiacchierando e teorizzando. L’anelito di cosmiche cascate di energia che Baroja porta nei suoi libri conclude in una pertinace pioggerella di conversazioni teoriche. Che cosa più malinconica! Aurora Roja, badate bene al titolo: ¡Aurora Roja!, è, in realtà, un manuale di Diritto politico.
Ando tan lejos de desear que Baroja deje de ser lo que él quisiera ser, que voy hacia él movido por un sincero y admirativo afecto que me invita a completarme en el trato con un personaje silvestre. Por lo mismo experimento alguna desilusión, encontrando en realidad, bajo sus ásperos gestos, un ergotista acérrimo. Mientras sus personajes caminan por las afueras, Baroja ejerce presión sobre ellos y les obliga a pensar. Y, claro está, acontece que las ideas suelen resentirse de haber sido pensadas en el paseo de los Ocho Hilos o yendo hacia la Bombilla. El autor pone de manifiesto una fuerte mentalidad de extrarradio.
¡Qué lástima! Los leones que pinta Baroja no son tan fieros como él los sueña.
I am so far from desiring that Baroja should cease to be what he would like to be, that I go toward him moved by a sincere and admiring affection which invites me to complete myself in dealings with a wild character. For that very reason I experience some disillusion, finding in reality, under his rough gestures, a staunch ergotist. While his characters walk through the outskirts, Baroja exerts pressure on them and obliges them to think. And, of course, it happens that the ideas tend to resent having been thought on the paseo of the Ocho Hilos or going toward la Bombilla. The author manifests a strong suburban mentality.
What a pity! The lions that Baroja paints are not so fierce as he dreams them.
Sono tanto lontano dal desiderare che Baroja smetta di essere ciò che lui vorrebbe essere, che vado verso di lui mosso da un sincero e ammirativo affetto che mi invita a completarmi nel tratto con un personaggio silvestre. Per lo stesso sperimento qualche delusione, trovando in realtà, sotto i suoi aspri gesti, un ergotista accanito. Mentre i suoi personaggi camminano per i sobborghi, Baroja esercita pressione su di loro e li obbliga a pensare. E, naturalmente, accade che le idee sogliono risentire di essere state pensate nel passeggio degli Ocho Hilos o andando verso la Bombilla. L’autore mette in evidenza una forte mentalità di periferia.
Che peccato! I leoni che dipinge Baroja non sono tanto fieri come lui li sogna.