Abstract
Parliamentary satire: Ortega mocks a deputy who, while discussing the Barcelona revolt, dismisses in passing “this revolutionary lyricism, baleful like all lyricisms”. A piece of manners, not philosophy.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Después de haber asistido con alguna atención al debate parlamentario de julio, quedan en la memoria, tras de las grandes emociones políticas que suscitara, no pocas menudas reminiscencias que solicitan la meditación y el comentario.
Recuerdo, por ejemplo, que más de una vez, escuchando a éste o el otro orador, me sorprendí razonando de este modo: cuando los azares de esta vida humana, donde reina la confusión y gobierna el absurdo, traen a un hombre dotado de escasísimo intelecto hasta el grave trance de acometer o defenderse ante un Parlamento, se comprende y justifica que ese hombre prorrumpa en algunas afirmaciones extravagantes sobre aquello que se discute. Mejor fuera, claro está, que cada cual sopesara sus propias capacidades y huyera de oficios y magistraturas instituidos para que los ejerciten más complicadas naturalezas; pero, en fin, llegando por ajenos o personales errores al punto peligroso, ¿no hemos de perdonar a quien, inhábil para ofrecernos mejores materias, exponga mal la cuestión, la razone con torpeza y aun se deslice honradamente hasta manifestar tonterías? Ciertamente que sí; el Congreso no cumpliría su misión representativa si abundaran en su recinto los hombres ingeniosos, entendidos, severos y propietarios de un gusto refinado. Si en el Parlamento español predominaran tantas virtudes, yo me sentiría movido a declarar que no representaba lealmente a España. No me mueve, pues, un excesivo purismo ni una romántica exigencia.
Sin embargo, es frecuente que un señor diputado, constreñido a hablar de un asunto, no se contente con propalar su ignorancia respecto a él, sino que en digresión, en incisos, se adelante a hacer ligeras incursiones en materias de que no se disputa, que no se hallan en el orden de ningún día, y vuelva de ellas cargado con alguna profunda inepcia. Entonces el oyente discreto comienza a sentir enojo y a percibir que se le estrecha la benevolencia. ¿Qué disculpa daremos a las extravagancias gratuitas? Si alguien pide la palabra para hablar del presupuesto, acomodamos previamente nuestro ánimo para escuchar todo género de solecismos financieros; pero no nos precavemos ante algún absurdo teológico, y cuando éste se presenta, de un modo subitáneo, no nos da lugar a tomar la postura paciente que hace menos incisivos los errores teológicos.
Ahora recuerdo un caso muy curioso de esto que podemos llamar extravagancias gratuitas o también simplicidad superabundante. Usaba de la palabra un diputado que, según he oído, fue gobernador de Barcelona, en aquella triste sazón de la guerra africana. Se comprende que este señor hablara; se justifica que desplazara una pequeña porción del espacio y el tiempo parlamentarios. Tampoco habría de llevarse a mal que ese señor no tropezara en su discurso con cosa alguna de ingenio y sutileza ni menos con un punto de vista profundo y esclarecedor. Nadie es forzado a dar más de lo que tiene. Aquel diputado había sido crudamente aludido; se había censurado gravemente su labor administrativa. ¿Qué iba a hacer?
Pero imagine el lector que, después de escuchar la lectura de algunos artículos insertos en periódicos radicales, el orador exclama: «Este lirismo revolucionario, funesto como todos los lirismos…» ¿Qué le parece al lector? ¿No halla en tal frase un paradigma de esa simplicidad superabundante, de ese lujo en la extravagancia a que no hallábamos disculpa? ¿Quién podía esperar entre las noticias sobre la revolución de Barcelona un juicio tan rápido, comprensivo y tajante de todo un género poético? ¿Qué tiene que ver la Ley de orden público con la historia de la literatura? Sólo una intervención incesante de la Providencia impide que nos volvamos locos de pronto todos los españoles. ¡Bendito sea Dios! ¿De modo que todo lirismo?… ¿De modo que también la poética está a merced de los gobernadores de provincia? ¿De suerte que decididamente funesto?
Lo grave del caso es que el autor de esta afirmación ha ejercido autoridad y es probable que otro día la ejerza; y como para un gobernador de provincia, funesto es aquello susceptible de pasar por la cárcel, podemos imaginar las celdas de Montjuich henchidas de poetas con esposas en las liras.
Mas, por desgracia, no ocurrirá nada de esto. Desde esa frase, desde ese apotegma, se descubre un amplísimo horizonte, todo él ocupado por la ignorancia de su autor en achaques de Historia Universal y de Historia de España.
¿Qué sería del pobre adamita sin lirismo? Todo arte es lírico en su simiente: no hay arte sin lirismo. Y como el arte es síntoma y fruto de humanidad, el lirismo significa la potencia radical y distintiva del hombre. Para el animal sólo hay cosas, mundo exterior, es decir, superficial; la dimensión del espacio que se llama profundidad no es, a la postre, sino una superposición de planos infinitamente delgados. La profundidad verdadera es la que posee el hombre, su intimidad, su yo, el mundo del sentimiento que proporciona a la naturaleza lejanías inagotables. Esta cuarta dimensión, la sentimentalidad, da relieve al Universo, le salva de su nativa superficialidad.
Y esto es lirismo: mantener frente a lo que hay fuera un huertecillo íntimo, cerrado, libre, un yo, una conciencia de lo bueno y lo discreto, de lo bello y lo ordenado y lo justo. En este lugarcillo interior se perpetúa la divina fermentación espiritual que luego pone algún aroma sobre la carroña pútrida de la naturaleza, de los instintos naturales; sobre todo, del instinto radical: la conservación.
Donde el lirismo falta, la cultura se estanca y las razas se pudren, como se descompone el cuerpo cuya alma se ha ausentado. Y es exacta medición del valor histórico de los pueblos la fórmula de la densidad lírica. ¿Cómo no ha de ser así? Lirismo es vida interior; vida interior es personalidad; personalidad es poder plástico, energía creadora de realidades, fuerza para conformar la materia dura del mundo exterior según nuestra voluntad y nuestra idea. Un pueblo sin lirismo no es sujeto histórico, no es protagonista, no hace historia; es traído y llevado por los puntapiés del azar.
¿Ha sido España una raza lírica? Como se ve, la pregunta no se pierde en las nubes, pues donde no hay lirismo faltan todas las mejores sustancias humanas y son funestos todos los gobernadores de provincias.
El Imparcial, 10 de agosto de 1910