Abstract

An article against replacing politicians with technicians: science holds while one struggles with things, but the technician meets hostile wills, and only a mass of wills can be opposed to a mass of wills — that is, politics. A vicious circle.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Desde hace algún tiempo, pero con mayor intensidad estos días, se habla de que la única salvación del atolladero histórico en que España se encuentra sería entregar los ministerios a unos cuantos técnicos. De esta manera, se dice, las cosas vendrían a buen concierto, los órganos de la vitalidad nacional funcionarían rectamente, la Hacienda pública estaría bien ordenada, la Instrucción popular mejoraría, las carreteras serían sobre los paisajes lindas cintas de plata, como suelen serlo en muchas páginas literarias. ¿No es ésta una idea feliz?

Aprovechemos para examinarla brevemente el solaz que nos ofrece la brillante votación obtenida por el Gobierno el martes último. Esa votación pone alguna calma en nuestros nervios tan maltraídos por los sustos cuotidianos que vienen sufriendo. Esa votación nos revela que, por unos días, bien que fugaces, vivimos en el mejor de los mundos posibles, bajo el mejor de los Gobiernos. La ocasión es, pues, propicia para ocuparnos en combatir esa idea de la sustitución del político por el técnico que vemos defendida por muy respetables núcleos sociales.

Porque, a nuestro juicio, se trata de una idea funesta, cuyas consecuencias pueden ser más graves de las que al pronto parecen. Basta que sea una ruta equivocada la que esa idea marca, para que constituya un peligro considerable en esta hora de España, que es hora de urgentes aciertos y no de vagas experiencias. El tiempo que acaso vaya a emplearse en ensayar una gobernación de técnicos, será doblemente perdido, porque no se conseguirá durante él nada provechoso, y en cambio, no se le habrá empleado en aprestar mejores soluciones.

Un técnico es un hombre que conoce científicamente o por otros métodos análogos a la ciencia, cómo se hacen las cosas. Técnico en Instrucción pública, es un conocedor de la ciencia pedagógica o de la administración y organización escolar. Técnico en Hacienda es un economista científico, un hombre que sabe cómo debían disponerse las leyes y organizarse los servicios fiscales para que la riqueza nacional fuera la mayor y más justamente repartida posible. Técnico en transportes, es el que, habiendo practicado largamente la regencia de empresas ferroviarias, sabe con todo detalle cuáles son los procedimientos más eficaces para obtener con una red de locomoción el mayor tráfico. ¿Cómo dudar de que nadie mejor que los técnicos pueden regir certeramente los departamentos ministeriales?

Sin embargo, se olvida un factor de importancia decisiva. La ciencia supone siempre que en los procesos naturales no va a intervenir ninguna voluntad particular: sólo con esta condición valen sus leyes. Del mismo modo, todo tecnicismo, que no es sino aplicación de la ciencia, sólo sirve cuando se supone que el técnico va a luchar con las cosas; pero no, además, con la voluntad hostil de las personas, por ejemplo, con grupos de la opinión pública enemigos de una determinada práctica. Colóquese, por ejemplo, en Hacienda, al mejor economista español: él decidirá, acaso con plena razón científica, que deben establecerse tales y cuales imposiciones; las clases sociales sobre que éstas recaigan opondrán la resistencia de su voluntad, y he aquí el problema técnico o de dominio sobre las cosas convertido en una lucha de voluntades, que es precisamente la política. A esas voluntades hostiles ¿con qué puede hacer frente un técnico? ¿Con sus libros, con sus razones científicas? Todo será vano. A una voluntad sólo cabe oponer otra voluntad, y a una masa de voluntades otra masa de voluntades. Para ello tendrá el técnico que buscar el apoyo de la opinión pública, tendrá que recurrir a los hombres cuya ocupación consiste precisamente en organizar y representar las voluntades colectivas, es decir, a los políticos. De esta manera se verá obligado a hacerse él político si quiere hacer algo. Y venimos inexorablemente a caer en aquello de que queríamos huir. Para evitar al político, recurrimos al técnico, quien, a su vez, tendrá que recurrir al político. Estamos, pues, bajo el imperio de un círculo vicioso, de la serpiente que se muerde la cola.

En las alturas de la historia por que a la fecha bogamos, resulta demasiado pueril creer que la vida pública puede, en última instancia, regularse científicamente. Tan pueril como creer que la política ha sido inventada por los políticos, y que suprimiendo a éstos, se suprime a aquélla. La verdad es, por el contrario, que la vida pública consiste a la postre en una mecánica de voluntades, en la presión de unas masas de opinión sobre otras masas de opinión. Esto ha sido siempre, y esto seguirá siendo cada vez más.

No creemos que ningún técnico, si además de técnico es persona seria, aceptase el encargo de organizar un servicio público, si no se le garantizaba la continuidad de su ejercicio. Ésta es la primera condición de toda labor técnica. ¿Y quién puede garantizar eso? Si un Gobierno de políticos dura dos meses, un Gobierno de técnicos, falto de apoyo organizado en fuerzas públicas, duraría dos semanas.

Con todo ello sólo se conseguiría una cosa: el desprestigio del técnico. En España, donde tantas cosas andan descaecidas y con el honor maltrecho, sería tristísimo preparar a conciencia un nuevo desprestigio. Precisamente porque creemos que sin técnicos no puede organizarse en grande la nueva existencia española, precisamente porque hallamos en la escasez de buenos técnicos una de las causas de la decadencia nacional, nos importa mucho que no sea desvirtuada livianamente la idea del tecnicismo, llevando a sus hombres allí donde indefectiblemente habrán de fracasar.

Los jefes últimos de los ministerios tendrán, pues, que seguir siendo políticos, es decir, hombres que representan una determinada voluntad colectiva. La ejecución de esa voluntad es lo que debe entregarse a los técnicos. Concédase a éstos las subsecretarías y las direcciones generales, libertando tales cargos de las vicisitudes y transitoriedades de la política; pero dejando tras ellos como último responsable al representante de la voluntad pública: al político.

Por otra parte, comprendemos que en nuestro país haya venido a darse en este escollo de querer poner todo en manos del técnico. Porque el político al uso es de tal modo ignorante, inculto y cerril, que en parangón con él, a cualquier cosa llamamos técnico. ¿Por qué se ha llegado a tal mengua? ¿Por qué la casi totalidad del mundo parlamentario está habitada por temperamentos silvestres? ¿No son culpables de ello las clases directoras de España, incluso la Corona, por haberse despreocupado lustro tras lustro de mejorar paulatinamente la fauna política con una selección de los mejores españoles? ¿Cuándo —en los últimos veinte años— se ha dado el caso de que un hombre inteligente, no más que por serlo, se haya visto sorprendido con el apoyo de esas clases y poderes directores? Lejos de esto, si alguna vez se han acordado de él los gobernantes, ha sido cuando, desmoralizado, claudicaba y con su honestidad perdía el impulso creador de su mente.

No deben, pues, esas potencias directoras de España ni extrañarse ni quejarse de que hoy el cuerpo político sea inservible. Hartas veces le fue anunciado lo que hoy es ya un hecho.

Y el peor arreglo nos parece éste de sustituir a los políticos por los técnicos. No: lo que hace falta en la gobernación no son técnicos, sino políticos competentes.

Publicado sin firma, El Sol, 26 de febrero de 1920