Abstract
A public speech in the Republic’s first months: while the state is still tender, every word and gesture makes history, and the greatest crime is to belittle the moment. As in sport, to make history the citizen must be morally in form.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Cuando la historia de un pueblo marcha ya sobre carriles añejos, sólidamente instalados, pueden impunemente el individuo o el grupo concederse un margen de distracción y aun de frivolidad en la conducta, pensando que sus actos públicos no tendrán consecuencias ni muy importantes ni muy graves; pero en una hora como ésta, en que nace para España un nuevo destino, cuando lo estatuido es aún tan tierno, tan débil, que no podemos apoyarnos en ello, sino que, al revés, el Estado tiene que ser sostenido y alimentado por nuestros propios actos, es preciso que cada uno de éstos, los míos como los vuestros, vayan inspirados por un sentido casi patético de responsabilidad. Notad que nuestra vida ahora no consiste en repetir una vez más lo que veníamos haciendo ayer o anteayer, que no vamos cómodamente embarcados en usos antiguos, sino que, por el contrario, queramos o no, estamos iniciando nuevas formas y modos de vida pública, nuevas normas y propósitos y hasta vocabulario de convivencia —en suma, señores, que estamos creando historia con cada una de las palabras, de los gestos y de los movimientos que hacemos. Es preciso que el pueblo español se dé plena cuenta de esto, que se percate del rango que para los destinos de España tienen estos meses, semanas y días, porque sólo así podrán esas palabras, esos gestos y esos movimientos nacer como rezumando sobre aquel fondo de dignidad, de elevación moral, que requiere una tarea tan enorme como ésta en que estamos sumergidos. Por eso el crimen mayor que hoy se puede cometer en España es empequeñecer el momento. (Muy bien. Varios espectadores: No se oye). Yo ruego que me digan las personas que ocupan las localidades más remotas de mí, si me oyen, porque de otra manera, con los escasos medios de mi voz, yo intentaría tomar cada palabra en la honda y lanzarla a las alturas. (Risas). Son, pues, instantes de rango sublime, o ¿es que creéis que podemos entrar en tan soberana faena como es organizar una nación, edificar un fuerte Estado, si seguimos los españoles como hasta aquí con un temple de ánimo chabacano, flojas las mentes y el albedrío sin una formidable tensión de disciplina?
¿De dónde va a venir el tono y calidad a nuestra historia sino del tono y calidad que logren alcanzar nuestras vidas individuales? Como en el deporte es necesario un especial entrenamiento y hace falta seguir un régimen de vida, que mantenga el cuerpo en forma, asegurando la plena elasticidad de sus facultades, para hacer historia es menester que el ciudadano, el simple ciudadano, se halle moralmente en forma, tenso como un arco que va a disparar la flecha hacia lo alto. Sin eso no habrá nada. Y uno de los crímenes más insistentes de la monarquía fue el fomentar continuamente nuestra propensión a la chocarrería, al chiste envilecedor, a las ridículas disputas de casinillo. Bajo atmósfera tal, estad seguros de que las almas no pueden querer lo grande; antes bien, minusculizadas, encanalladas, miopes como ratones, se perderán en el laberinto miserable de las querellas de rincón, y no podrán ver las líneas sencillas, pero gigantes, que orientan al pueblo en sus renacimientos. (Aplausos).
Yo, señores, soy un pobre hombre, con muchas menos pretensiones de las que algunos suponen; simplemente un pequeño ser, que ha ligado siempre su microscópico destino individual al ancho, macroscópico destino de su raza, y por eso, cuando ve que España va a cometer un error o, por el contrario, que puede hacer algo grande, arrostra el ser tachado de pretencioso y, abandonando su habitual oscuridad, da al viento la poca cosa de su voz y lanza a sus conciudadanos una advertencia o una indicación. Nada más. Así yo ahora, en este momento decisivo, comienzo por decir: Hermanos españoles, no toleréis en vosotros ni en vuestro alrededor el triunfo de la chabacanería. Mirad que por ese punto se ha ido siempre la media toda de las posibilidades españolas. Ni consintáis tampoco que domine la vida pública el falso apasionamiento atropellado y pueblerino. Decía Hegel que nada importante se ha hecho nunca en el mundo, si no lo ha hecho la pasión. Pero bien entendido, añade, la pasión… fría. La otra, el fácil apasionamiento, que nos arrebata un momento, no ha servido nunca para nada estimable. La auténtica pasión creadora de historia es un fervor recóndito, tan seguro de sí mismo, tan firme en su designio, que no teme perder calorías por buscar el auxilio de las dos cosas más gélidas que hay en el mundo: la clara reflexión y la firme voluntad.
Por eso os pido que, juntos en este rato y cualesquiera sean vuestras opiniones, me dejéis razonar sencillamente sobre los destinos nacionales. (Aplausos).
La ocasión es magnífica para hacer de España un pueblo de vida contenta y plenaria, respetado por todos los extraños. ¿No es una enorme pena que se desvirtúe esta ocasión, por dejar que triunfen las pequeñeces, las manías, las palabras hueras y, sobre todo, la angostura de visión histórica?