Ortega y Gasset
Abstract
An essay whose opening attacks nineteenth-century agnosticism: experimental science buys exactness by leaving the ultimate questions untouched, but the man behind every physicist prolongs the line. Scientific truth floats in mythology, and science itself is the admirable European myth.
Connections
Assi: Origine della conoscenza
Concetti: Stato, ragione
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
La verdad científica se caracteriza por su exactitud y el rigor de sus previsiones. Pero estas admirables calidades son conquistadas por la ciencia experimental a cambio de mantenerse en un plano de problemas secundarios, dejando intactas las últimas, las decisivas cuestiones. De esta renuncia hace su virtud esencial y no será necesario recalcar que por ello sólo merece aplausos. Pero la ciencia experimental es sólo una exigua porción de la mente y el organismo humanos. Donde ella se para no se para el hombre. Si el físico detiene la mano con que dibuja los hechos allí donde su método concluye, el hombre que hay detrás de todo físico prolonga, quiera o no, la línea iniciada y la lleva a terminación, como automáticamente al ver el trozo del arco roto nuestra mirada completa la aérea curva manca.
La misión de la física es averiguar de cada hecho que ahora se produce su principio, es decir, el hecho antecedente que originó aquél. Pero este principio tiene a su vez un principio anterior y así sucesivamente hasta un primer principio originario. El físico renuncia a buscar este primer principio del Universo, y hace muy bien. Pero repito que el hombre donde cada físico vive alojado no renuncia y, de grado o contra su albedrío, se le va el alma hacia esa primera y enigmática causa. Es natural que sea así. Vivir es, de cierto, tratar con el mundo, dirigirse a él, actuar en él, ocuparse de él. De aquí que sea al hombre materialmente imposible, por una forzosidad psicológica, renunciar a poseer una noción completa del mundo, una idea integral del Universo. Delicada o tosca, con nuestra anuencia o sin ella, se incorpora en el espíritu de cada cual esa fisonomía transcientífica del mundo y viene a gobernar nuestra existencia con más eficacia que la verdad científica. Violentamente quiso el pasado siglo frenar la mente humana allí donde la exactitud finiquita. Esta violencia, este volverse de espaldas a los últimos problemas, se llamó «agnosticismo». He aquí lo que ya no está justificado ni es plausible. Porque la ciencia experimental sea incapaz de resolver a su manera esas cuestiones fundamentales, no es cosa de que haciendo ante ellas un gracioso gesto de zorra ante uvas altaneras las llame «mitos» y nos invite a abandonarlas. ¿Cómo se puede vivir sordo a las postreras, dramáticas preguntas? ¿De dónde viene el mundo, a dónde va? ¿Cuál es la potencia definitiva del cosmos? ¿Cuál el sentido esencial de la vida? No podemos alentar confinados en una zona de temas intermedios, secundarios. Necesitamos una perspectiva íntegra, con primero y último plano, no un paisaje mutilado, no un horizonte al que se ha amputado la palpitación incitadora de las postreras lontananzas. Sin puntos cardinales, nuestros pasos carecerían de orientación. Y no es pretexto bastante para esa insensibilidad hacia las últimas cuestiones declarar que no se ha hallado manera de resolverlas. ¡Razón de más para sentir en la raíz de nuestro ser su presión y su herida! ¿A quién le ha quitado nunca el hambre saber que no podrá comer? Aun insolubles seguirán esas interrogaciones alzándose patéticas en la comba faz nocturna y haciéndonos sus guiños de estrella —las estrellas, según Heine, son inquietos pensamientos de oro que tiene la noche. El Norte y el Sur nos orientan, sin necesidad de ser ciudades asequibles, para las cuales quepa tomar un billete de ferrocarril.
Quiero decir con esto que no nos es dado renunciar a la adopción de posiciones ante los temas últimos: queramos o no, de uno u otro rostro, se incorporan en nosotros. La «verdad científica» es una verdad exacta, pero incompleta y penúltima, que se integra forzosamente en otra especie de verdad, última y completa, aunque inexacta, a la cual no habría inconveniente en llamar «mito». La verdad científica flota, pues, en mitología, y la ciencia misma, como totalidad, es un mito, el admirable mito europeo.
II
Una de estas cuestiones últimas, acaso la que mayor influjo posee sobre nuestro destino cotidiano, es la idea que tengamos de la vida. En el siglo XIX, que era de suyo y en todo propenso al utilitarismo, se fraguó una interpretación utilitaria del fenómeno vital que ha llegado hasta nosotros y puede aún considerarse como el tópico vigente. Según ella, la actividad primaria de la vida consistiría en responder a exigencias ineludibles, en satisfacer necesidades imperiosas. Todas las manifestaciones vitales serían ejemplos de esa actividad —lo mismo las formas del animal que sus movimientos, lo mismo el espíritu del hombre que sus obras y acciones históricas. Una ceguera congénita hizo que los hombres de esa época tuvieran sólo ojos para los hechos que parecían, en efecto, presentar la vida como un fenómeno de utilidad y adaptación. Pero tanto la nueva biología como las recientes investigaciones históricas invalidan el usado mito y proponen una idea distinta de la vida, en que ésta nos aparece con más grácil gesto.
Según ella, todos los actos utilitarios y adaptativos, todo lo que es reacción a premiosas necesidades, son vida secundaria. La actividad original y primera de la vida es siempre espontánea, lujosa, de intención superflua, es libre expansión de una energía preexistente. No consiste en salir al paso de una necesidad, no es un movimiento forzado o tropismo, sino, más bien, la liberal ocurrencia, el imprevisible apetito. El darwinismo creía que la especie dotada de ojos se había producido, en un milenario proceso, merced a la necesidad o conveniencia de ver para luchar por la vida frente al medio. La nueva teoría de la mutación y su aliado el mendelismo nos demuestran, con un rigor antes desconocido en biología, que la verdad es, más bien, lo contrario. La especie con ojos aparece súbitamente, caprichosamente diríamos, y es ella la que modifica el medio vital creando su aspecto visible. No porque hace falta el ojo llega éste a formarse, sino al revés, porque aparece el ojo se le puede luego usar como instrumento útil. De esta manera, el repertorio de hábitos útiles que cada especie posee se ha formado mediante selección y aprovechamiento de innumerables actos inútiles que por exuberancia vital ha ido ejecutando el ser viviente.
Así, pues, podemos distribuir los fenómenos orgánicos —animales y humanos— en dos grandes formas de actividad: una actividad originaria, creadora, vital por excelencia —que es espontánea y desinteresada—; otra actividad en que se aprovecha y mecaniza aquélla y que es de carácter utilitario. La utilidad no crea, no inventa, simplemente aprovecha y estabiliza lo que sin ella fue creado.
Dejando a un lado las formas orgánicas y atendiendo sólo a las acciones, la vida plena nos aparece siempre como un esfuerzo, pero este esfuerzo es de dos clases: el esfuerzo que hacemos por la simple delectación de hacerlo, como dice Goethe: «Es el canto que canta la garganta, el pago más gentil para el que canta»; y el esfuerzo obligado a que una necesidad impuesta y no inventada o solicitada por nosotros nos apura y arrastra. Y como este esfuerzo obligado, en que estrictamente satisfacemos una necesidad, tiene su ejemplo máximo en lo que suele el hombre llamar trabajo, así aquella clase de esfuerzos superfluos encuentra su ejemplo más claro en el deporte. Esto nos llevará a transmutar la inveterada jerarquía y considerar la actividad deportiva como la primaria y creadora, como la más elevada, seria e importante en la vida, y la actividad laboriosa como derivada de aquélla, como su mera decantación y precipitado. Es más, vida propiamente hablando es sólo la de cariz deportivo, lo otro es relativamente mecanización y mero funcionamiento. Lo vital es la formación del brazo y su repertorio de posibles movimientos; dado el brazo y sus posibilidades, su trayectoria en cada caso es cuestión simplemente mecánica. Asimismo, una vez hecho el ojo, las leyes de la óptica física se cumplen en la visión, pero con las leyes físicas no se hace un ojo. A Descartes, que sostenía la naturaleza mecánica de los cuerpos vivos, ya decía Cristina de Suecia que «ella no había visto nunca que su reloj diese a luz relojitos».
I
Scientific truth is characterized by its exactness and the rigor of its predictions. But these admirable qualities are won by experimental science at the price of keeping itself on a plane of secondary problems, leaving intact the last, the decisive questions. From this renunciation it makes its essential virtue, and it will not be necessary to stress that for this reason it deserves only applause. But experimental science is only a meager portion of the human mind and organism. Where it stops, man does not stop. If the physicist stays the hand with which he traces facts there where his method concludes, the man behind every physicist prolongs, whether he will or not, the line begun and carries it to its completion, just as automatically, on seeing the fragment of the broken bow, our gaze completes the aerial curve that is left incomplete.
The mission of physics is to ascertain of each fact that now occurs its principle, that is, the antecedent fact that originated it. But this principle has in turn an earlier principle, and so on successively until a first originative principle. The physicist renounces seeking this first principle of the Universe, and does very well. But I repeat that the man in whom every physicist dwells does not renounce, and, whether willingly or against his will, his soul goes out toward that first and enigmatic cause. It is natural that it should be so. To live is, certainly, to deal with the world, to direct oneself toward it, to act in it, to occupy oneself with it. Hence it is materially impossible for man, by a psychological constraint, to renounce possessing a complete notion of the world, an integral idea of the Universe. Delicate or crude, with our assent or without it, that trans-scientific physiognomy of the world becomes incorporated in each one’s spirit and comes to govern our existence more efficaciously than scientific truth. Violently did the past century wish to rein in the human mind there where exactness ends. This violence, this turning one’s back on the last problems, was called “agnosticism.” This is what is no longer justified nor plausible. Because experimental science is incapable of resolving in its own way those fundamental questions, it is not fitting that, making before them a gracious gesture of the fox before haughty grapes, it call them “myths” and invite us to abandon them. How can one live deaf to the last, dramatic questions? Where does the world come from, where is it going? What is the definitive power of the cosmos? What is the essential meaning of life? We cannot breathe confined to a zone of intermediate, secondary themes. We need an integral perspective, with foreground and background, not a mutilated landscape, not a horizon from which the inciting palpitation of the farthest distances has been amputated. Without cardinal points, our steps would lack orientation. And it is not sufficient pretext for that insensibility toward the last questions to declare that no way of resolving them has been found. All the more reason to feel at the root of our being their pressure and their wound! Who has ever had his hunger taken away by knowing that he will not be able to eat? Even insoluble, those interrogations will continue to rise pathetically on the curved nocturnal face and to make us their starry winks — the stars, according to Heine, are the night’s restless golden thoughts. The North and the South orient us, without needing to be accessible cities, for which one might take a railway ticket.
By this I mean that we are not given to renounce the adoption of positions before the ultimate themes: whether we will or not, under one aspect or another, they become incorporated in us. “Scientific truth” is an exact truth, but incomplete and penultimate, which is forcibly integrated into another kind of truth, ultimate and complete, though inexact, which it would be no inconvenience to call “myth.” Scientific truth floats, then, in mythology, and science itself, as a totality, is a myth, the admirable European myth.
II
One of these ultimate questions, perhaps the one that holds the greatest influence over our daily destiny, is the idea we have of life. In the nineteenth century, which was of itself and in everything inclined to utilitarianism, there was forged a utilitarian interpretation of the vital phenomenon that has come down to us and may still be considered the current commonplace. According to it, the primary activity of life would consist in responding to inescapable demands, in satisfying imperious needs. All vital manifestations would be examples of that activity — no less the animal’s forms than its movements, no less the spirit of man than his works and historical actions. A congenital blindness made the men of that epoch have eyes only for the facts that seemed, indeed, to present life as a phenomenon of utility and adaptation. But the new biology and the recent historical investigations alike invalidate the worn myth and propose a different idea of life, in which it appears to us with a more graceful gesture.
According to it, all utilitarian and adaptive acts, everything that is a reaction to pressing needs, is secondary life. The original and primary activity of life is always spontaneous, luxurious, of superfluous intention; it is the free expansion of a preexisting energy. It does not consist in going out to meet a need; it is not a forced movement or tropism, but rather the liberal occurrence, the unforeseeable appetite. Darwinism believed that the species endowed with eyes had been produced, in a millennial process, thanks to the necessity or convenience of seeing in order to struggle for life against the environment. The new theory of mutation and its ally Mendelism demonstrate to us, with a rigor previously unknown in biology, that the truth is rather the opposite. The species with eyes appears suddenly, capriciously, we would say, and it is it that modifies the vital environment by creating its visible aspect. Not because the eye is needed does it come to be formed, but on the contrary, because the eye appears can it then be used as a useful instrument. In this way, the repertory of useful habits that each species possesses has been formed through the selection and exploitation of innumerable useless acts that the living being has been performing out of vital exuberance.
Thus, then, we can distribute organic phenomena — animal and human — into two great forms of activity: an originative, creative activity, vital par excellence — which is spontaneous and disinterested —; another activity in which the former is exploited and mechanized and which is of utilitarian character. Utility does not create, does not invent; it simply exploits and stabilizes what without it was created.
Leaving aside organic forms and attending only to actions, full life always appears to us as an effort, but this effort is of two kinds: the effort we make for the simple delight of making it, as Goethe says: “It is the song that the throat sings, the gentlest payment for him who sings”; and the forced effort to which a necessity imposed and not invented or solicited by us urges and drags us. And as this forced effort, in which we strictly satisfy a need, has its maximum example in what man is wont to call work, so that class of superfluous efforts finds its clearest example in sport. This will lead us to transmute the inveterate hierarchy and to consider sporting activity as the primary and creative one, as the most elevated, serious and important in life, and laborious activity as derived from it, as its mere decantation and precipitate. Moreover, life properly speaking is only that of sporting cast; the rest is relatively mechanization and mere functioning. The vital thing is the formation of the arm and its repertory of possible movements; given the arm and its possibilities, its trajectory in each case is a simply mechanical matter. Likewise, once the eye is made, the laws of physical optics are fulfilled in vision, but with physical laws one does not make an eye. To Descartes, who maintained the mechanical nature of living bodies, Christina of Sweden already said that “she had never seen her clock give birth to little clocks.”
I
La verità scientifica si caratterizza per la sua esattezza e per il rigore delle sue previsioni. Ma queste ammirevoli qualità sono conquistate dalla scienza sperimentale a patto di mantenersi su un piano di problemi secondari, lasciando intatte le ultime, le decisive questioni. Di questa rinuncia essa fa la propria virtù essenziale e non sarà necessario sottolineare che per questo merita soltanto applausi. Ma la scienza sperimentale è soltanto un’esigua porzione della mente e dell’organismo umani. Dove essa si ferma non si ferma l’uomo. Se il fisico arresta la mano con cui disegna i fatti là dove il suo metodo si conclude, l’uomo che sta dietro a ogni fisico prolunga, lo voglia o no, la linea iniziata e la porta a compimento, come automaticamente, alla vista del frammento dell’arco spezzato, il nostro sguardo completa l’aerea curva manca.
La missione della fisica è di accertare di ogni fatto che ora si produce il suo principio, cioè il fatto antecedente che lo originò. Ma questo principio ha a sua volta un principio anteriore e così via fino a un primo principio originario. Il fisico rinuncia a cercare questo primo principio dell’Universo, e fa molto bene. Ma ripeto che l’uomo dove ogni fisico vive alloggiato non rinuncia e, di grado o contro il suo volere, l’anima gli si volge verso quella prima ed enigmatica causa. È naturale che sia così. Vivere è, di certo, trattare con il mondo, dirigersi a esso, agire in esso, occuparsi di esso. Di qui che all’uomo sia materialmente impossibile, per una forzosità psicologica, rinunciare a possedere una nozione completa del mondo, un’idea integrale dell’Universo. Delicata o rozza, con il nostro consenso o senza, si incorpora nello spirito di ciascuno quella fisionomia transcientifica del mondo e viene a governare la nostra esistenza con più efficacia della verità scientifica. Violentemente volle il secolo passato frenare la mente umana là dove l’esattezza finisce. Questa violenza, questo voltare le spalle agli ultimi problemi, si chiamò «agnosticismo». Ecco ciò che non è più giustificato né plausibile. Perché la scienza sperimentale sia incapace di risolvere a modo suo quelle questioni fondamentali, non è cosa che, facendo loro un grazioso gesto di volpe dinanzi a uve altere, le chiami «miti» e ci inviti ad abbandonarle. Come si può vivere sordi alle postreme, drammatiche domande? Da dove viene il mondo, dove va? Qual è la potenza definitiva del cosmo? Quale il senso essenziale della vita? Non possiamo respirare confinati in una zona di temi intermedi, secondari. Abbiamo bisogno di una prospettiva integra, con primo e ultimo piano, non di un paesaggio mutilato, non di un orizzonte a cui sia stata amputata la palpitazione incitatrice delle postreme lontananze. Senza punti cardinali, i nostri passi mancherebbero di orientamento. E non è pretesto bastante per questa insensibilità verso le ultime questioni dichiarare che non si è trovato modo di risolverle. Ragione di più per sentire alla radice del nostro essere la loro pressione e la loro ferita! A chi ha mai tolto la fame il sapere che non potrà mangiare? Pur insolubili, quelle interrogazioni continueranno a levarsi patetiche nella convessa faccia notturna e a farci i loro cenni di stella — le stelle, secondo Heine, sono inquieti pensieri d’oro che la notte possiede. Il Nord e il Sud ci orientano, senza bisogno di essere città accessibili, per le quali si possa prendere un biglietto ferroviario.
Con questo voglio dire che non ci è dato rinunciare all’adozione di posizioni dinanzi ai temi ultimi: lo vogliamo o no, sotto l’uno o l’altro aspetto, si incorporano in noi. La «verità scientifica» è una verità esatta, ma incompleta e penultima, che si integra forzosamente in un’altra specie di verità, ultima e completa, benché inesatta, alla quale non ci sarebbe inconveniente a chiamare «mito». La verità scientifica fluttua, dunque, nella mitologia, e la scienza stessa, come totalità, è un mito, l’ammirevole mito europeo.
II
Una di queste questioni ultime, forse quella che possiede il maggiore influsso sul nostro destino quotidiano, è l’idea che abbiamo della vita. Nel secolo XIX, che era di per sé e in tutto propenso all’utilitarismo, si forgiò un’interpretazione utilitaria del fenomeno vitale che è giunta fino a noi e può ancora considerarsi come il luogo comune vigente. Secondo essa, l’attività primaria della vita consisterebbe nel rispondere a esigenze ineludibili, nel soddisfare necessità imperative. Tutte le manifestazioni vitali sarebbero esempi di quell’attività — tanto le forme dell’animale quanto i suoi movimenti, tanto lo spirito dell’uomo quanto le sue opere e azioni storiche. Una cecità congenita fece sì che gli uomini di quell’epoca avessero occhi soltanto per i fatti che sembravano, in effetti, presentare la vita come un fenomeno di utilità e adattamento. Ma tanto la nuova biologia quanto le recenti ricerche storiche invalidano l’usato mito e propongono un’idea diversa della vita, nella quale questa ci appare con gesto più aggraziato.
Secondo essa, tutti gli atti utilitari e adattativi, tutto ciò che è reazione a pressanti necessità, è vita secondaria. L’attività originale e prima della vita è sempre spontanea, lussuosa, di intenzione superflua, è libera espansione di un’energia preesistente. Non consiste nell’andare incontro a una necessità, non è un movimento forzato o tropismo, ma, piuttosto, la liberale occasione, l’imprevedibile appetito. Il darwinismo credeva che la specie dotata di occhi si fosse prodotta, in un processo millenario, grazie alla necessità o convenienza di vedere per lottare per la vita contro il mezzo. La nuova teoria della mutazione e il suo alleato il mendelismo ci dimostrano, con un rigore prima sconosciuto in biologia, che la verità è, piuttosto, il contrario. La specie con occhi appare improvvisamente, capricciosamente diremmo, ed è essa che modifica il mezzo vitale creando il suo aspetto visibile. Non perché fa bisogno l’occhio questo arriva a formarsi, ma al contrario, perché appare l’occhio lo si può poi usare come strumento utile. In tal modo, il repertorio di abitudini utili che ogni specie possiede si è formato mediante selezione e sfruttamento di innumerevoli atti inutili che per esuberanza vitale l’essere vivente è andato eseguendo.
Così, dunque, possiamo distribuire i fenomeni organici — animali e umani — in due grandi forme di attività: un’attività originaria, creatrice, vitale per eccellenza — che è spontanea e disinteressata —; un’altra attività in cui quella viene sfruttata e meccanizzata e che è di carattere utilitario. L’utilità non crea, non inventa, semplicemente sfrutta e stabilizza ciò che senza di essa fu creato.
Lasciando da parte le forme organiche e attendendo soltanto alle azioni, la vita piena ci appare sempre come uno sforzo, ma questo sforzo è di due specie: lo sforzo che facciamo per la semplice delizia di farlo, come dice Goethe: «È il canto che canta la gola, il pagamento più gentile per colui che canta»; e lo sforzo obbligato a cui una necessità imposta e non inventata o sollecitata da noi ci urge e trascina. E come questo sforzo obbligato, in cui strettamente soddisfiamo una necessità, ha il suo esempio massimo in ciò che l’uomo suole chiamare lavoro, così quella specie di sforzi superflui trova il suo esempio più chiaro nello sport. Questo ci condurrà a trasmutare l’inveterata gerarchia e a considerare l’attività sportiva come la primaria e creatrice, come la più elevata, seria e importante nella vita, e l’attività laboriosa come derivata da quella, come sua mera decantazione e precipitato. Anzi, vita propriamente parlando è soltanto quella di caratura sportiva, l’altro è relativamente meccanizzazione e mero funzionamento. Il vitale è la formazione del braccio e il suo repertorio di movimenti possibili; dato il braccio e le sue possibilità, la sua traiettoria in ogni caso è questione semplicemente meccanica. Così pure, una volta fatto l’occhio, le leggi dell’ottica fisica si compiono nella visione, ma con le leggi fisiche non si fa un occhio. A Descartes, che sosteneva la natura meccanica dei corpi viventi, già diceva Cristina di Svezia che «lei non aveva mai visto che il suo orologio desse alla luce orologini».
En modo alguno quiero decir con esto que la acción utilitaria no reobre a su vez, no inspire y dé pretexto a nuevas creaciones de la potencia deportiva; lo único que estrictamente quisiera insinuar es que, en todo proceso vital, lo primario, el punto de partida, es una energía de sentido superfluo y libérrimo, lo mismo en la vida corporal que en la vida histórica. Al hacer la historia de toda existencia viviente hallaremos siempre que la vida fue primero una pródiga invención de posibilidades y luego una selección entre ellas que se fijan y como solidifican en hábitos utilitarios. Bastaría con que cada cual hiciese resbalar la atención sobre el film de su vida para que viese cómo su destino individual ha consistido en la selección que las circunstancias afectivas han ido ejecutando entre sus posibilidades personales. El individuo que a lo largo de nuestra vida llegamos a ser es sólo uno de los varios o muchos que pudimos ser y que quedaron sin realizar como bajas lamentables de nuestro ejército interior. Por eso, importa mucho que penetremos en la existencia muy ricos en posibilidades, a fin de que luego la poda fatal que es el destino deje siempre en nosotros potencias invulneradas y robustas. Esta abundancia de posibilidades es el síntoma más característico de vida pujante, como el utilitarismo, el atenerse a lo estrictamente necesario, al modo del enfermo que ahorra movimientos, es el síntoma de debilidad y de vida menguante.
Depende, pues, el acierto en la existencia de la riqueza de posibilidades con que avancemos por ella. Cada golpe que en ella recibamos debe ser sólo un excitante para nuevos ensayos.
Perdóneseme, pero nunca puedo sesgar esta idea sin que venga a mi memoria, como símbolo de ella, la escena victoriosa que en los circos solían representar los clownes cuando mi generación andaba por su infancia. Salía el clown con su lívida faz enharinada, y colocándose en un lugar de la pista, sacaba de su faltriquera un pito, que se ponía a tocar. Al punto se presentaba el director de escena y le advertía que allí no se podía tocar. Sin inmutarse, el clown se colocaba en otro sitio y volvía a tocar, pero entonces el director llegaba irritado y le arrebataba el silbo melodioso. Tampoco se inmutaba el clown ante pareja desventura, antes bien, dejaba que el director se alejase y sumergiendo su mano en la insondable faltriquera extraía de ella otro pito y de él nuevas líneas melódicas. Pero el director inexorable volvía una vez más y una vez más le arrancaba el objeto armonioso. Mas el bolsillo del clown era un cósmico seno inagotable del cual salían unos tras otros nuevos instrumentos musicales, altisonantes y alegres, o dulces y melancólicos. La melodía triunfaba siempre sobre el veto del destino y llenaba el ámbito comunicando su victoriosa generosidad, su impetuosa invencible abundancia a todos los espectadores, que sentíamos creciente exaltación, como si un torrente de extraña energía emanase del silbo glorioso que impertérrito modulaba el clown, sentado en la barrera del circo. Luego he pensado que venía a ser este clown de los pitos una burlesca forma moderna del viejo Pan de las selvas que adoraban los griegos como símbolo de la vitalidad cósmica. ¡Sereno Pan capriforme, que en la tarde declinante tañe la zampoña divina y su mágico son suscita resonancias en todas las cosas; se estremece la fuente y la hoja, tiembla el astro y danzan los chivos rufos en la linde del bosque!
Pues bien, sin mayor solemnidad yo diría que la vida es cuestión de pitos. Lo más necesario es lo superfluo, el que se contente con responder estrictamente a la necesidad que sobreviene será arrollado por ella; la vida ha triunfado sobre el planeta gracias a que en vez de atenerse a la necesidad la ha inundado, la ha anegado en exuberantes posibilidades, permitiendo que el fracaso de una sirva de puente para la victoria de otra.
Por esto la palabra que más sabor de vida tiene para mí y una de las más bonitas del diccionario es la palabra «incitación». Sólo en biología tiene este vocablo sentido. La física la ignora. En la física no es una cosa incitación para otra, sino sólo su causa. Ahora bien: la diferencia entre causa e incitación es que la causa produce sólo un efecto proporcionado a ella. La bola de billar que choca con otra transmite a ésta un impulso, en principio, igual al que ella llevaba: el efecto es en física igual a la causa. Mas cuando el aguijón de la espuela roza apenas el ijar del caballo pura sangre éste da una corveta magnífica, generosamente desproporcionada con el impulso de la espuela. La espuela no es causa, sino incitación. Al pura sangre le bastan mínimos pretextos para ser exuberantemente incitado, y en él responder a un impulso exterior es más bien dispararse. Las corvetas equinas son, en verdad, una de las imágenes más perfectas de la vida pujante y no menos la testa nerviosa, de ojo inquieto y venas trémulas del caballo de raza. Así debió ser aquel maravilloso animal que se llamó «Incitatus» y Calígula nombró senador romano.
¡Pobre la vida, falta de elásticos resortes que la hagan pronta al ensayo y al brinco! ¡Triste vida la que inerte deja pasar los instantes, sin exigir que las horas se acerquen vibrantes como espadas! ¡Da pena cuando uno piensa que le ha tocado vivir en una etapa de inercia española y recuerda los saltos de corcel o de tigre que en sus tiempos mejores fue la historia de España! ¿Dónde ha ido a parar aquella vitalidad? ¿Espera bajo la tierra vetusta alguna resurrección? Yo quiero creer que sí, y decidido, ya que no tengo otra cosa, a nutrirme con imágenes me formo la siguiente:
Es Córdoba una de las ciudades del mundo cuyo subsuelo es históricamente más rico. Bajo la humilde y quieta población actual descansan los restos de seis civilizaciones; romana, gótica, árabe, hebrea y española clásica y romántica. Cada una de ellas se puede resumir en un nombre máximo: Séneca, Álvaro, Averroes, Maimónides, Góngora y el duque de Rivas; ¡qué espléndido enjambre de incitaciones punzantes como espuelas o como abejas! Todo ese enorme tesoro de vitalidad ejemplar yace sepulto bajo la inercia instalada en la superficie. Diríase que Córdoba es un rosal que tiene al viento la sórdida raíz y da sus rosas bajo la tierra. Ello es que, en la calle de Claudio Marcelo, lo que hoy es Delegación de Policía y precisamente el lugar donde son conducidos los beodos y sometidos al rito arcaico del amoníaco, pertenecía hasta tiempo reciente, como patio, a una casa solar de que era dueña una linajuda dama. Hace algunos años, con motivo de no sé qué obras, trabajaban unos obreros en el patio, cuando la piqueta de uno de ellos tropezó con un objeto resistente. Miraron con cuidado y vieron que era una pequeña oreja de un caballo de bronce. Cavaron un poco más y maravillados vieron que emergía de la tierra, y como que en ella florecía una espléndida testa equina y luego el comienzo de una figura ecuestre de romano estilo. Probablemente la estatua del propio Claudio Marcelo. Avisaron a la propietaria y ésta se informó de lo que podía costar la exhumación de la estatua ecuestre. La cuantía le pareció grande y entonces ordenó que fuese de nuevo cubierta por la tierra. Y aunque parezca increíble, allí sigue sepulto este español «Incitatus» con su fina cerviz de venas quebradas y sus belfos fáciles a la espuma. Y como los pescadores de Bretaña, al inclinarse en las tardes de calma sobre la borda de sus barcas, creen oír el rumor de campanas sumergidas que llega del fondo del mar, piensa uno si al poner el oído sobre la tierra no se entreoirá soterraño el relincho exasperado de este caballo de bronce.
Pero demos de lado a estas imágenes y prosigamos nuestro camino.
III
El instinto de coetaneidad.— Las clases de edad.— Asociaciones juveniles.— El rapto de mujeres extrañas, motivo inicial del Estado.— El «club» antes que la familia y el Parlamento.— Origen del ascetismo.— La familia contra el Estado.
¡Los jóvenes!… Yo quisiera en algún día próximo hablar largamente sobre el admirable filón de secretos que descubrimos al intentar una psicología de la juventud. En general, es preciso atacar decididamente la gran cuestión de los estudios biológicos: niñez, juventud, madurez, ancianidad.
In no way do I mean by this that the utilitarian action does not in turn react, does not inspire and give pretext to new creations of the sporting power; the only thing I should strictly like to suggest is that, in every vital process, the primary thing, the point of departure, is an energy of superfluous and most free meaning, no less in bodily life than in historical life. In making the history of every living existence we shall always find that life was first a prodigal invention of possibilities and then a selection among them that become fixed and, as it were, solidified into utilitarian habits. It would suffice that each one let his attention glide over the film of his life to see how his individual destiny has consisted in the selection that the affective circumstances have been carrying out among his personal possibilities. The individual that along our life we come to be is only one of the several or many that we could have been and that remained unrealized like lamentable casualties of our inner army. Therefore it matters greatly that we enter existence very rich in possibilities, so that afterwards the fatal pruning that is destiny may always leave in us invulnerate and robust powers. This abundance of possibilities is the most characteristic symptom of thriving life, just as utilitarianism, keeping to the strictly necessary, in the manner of the invalid who saves his movements, is the symptom of weakness and of waning life.
The success in existence depends, then, on the richness of possibilities with which we advance through it. Each blow that we receive in it must be only a stimulant for new attempts.
Forgive me, but I can never swerve from this idea without there coming to my memory, as its symbol, the victorious scene that the clowns used to perform in the circuses when my generation was going through its childhood. The clown would come out with his livid flour-powdered face, and taking a place in the ring, would draw from his pocket a whistle, which he began to blow. At once the stage manager would appear and warn him that one could not play there. Without batting an eye, the clown would take another place and begin to play again, but then the manager would arrive irritated and snatch from him the melodious whistle. Nor did the clown flinch before such a misfortune; rather, he let the manager walk away and, plunging his hand into the unfathomable pocket, drew from it another whistle and from it new melodic lines. But the inexorable manager came back once more and once more tore from him the harmonious object. But the clown’s pocket was a cosmic, inexhaustible bosom from which, one after another, new musical instruments issued, strident and gay, or sweet and melancholy. The melody always triumphed over destiny’s veto and filled the arena, communicating its victorious generosity, its impetuous invincible abundance to all the spectators, who felt a growing exaltation, as if a torrent of strange energy emanated from the glorious whistle that the clown, seated on the circus barrier, imperturbably modulated. Afterwards I have thought that this clown of the whistles came to be a burlesque modern form of the old Pan of the woods whom the Greeks worshipped as a symbol of cosmic vitality. Serene goat-formed Pan, who in the declining afternoon sounds the divine pipes and whose magic sound awakens resonances in all things; the fountain shudders and the leaf, the star trembles and the tawny goats dance on the edge of the forest!
Well then, without greater solemnity I should say that life is a matter of whistles. The most necessary thing is the superfluous; he who contents himself with responding strictly to the need that comes upon him will be overwhelmed by it; life has triumphed over the planet thanks to the fact that, instead of keeping to necessity, it has flooded it, has drowned it in exuberant possibilities, allowing the failure of one to serve as a bridge for the victory of another.
For this reason the word that for me has the most savor of life, and one of the prettiest in the dictionary, is the word “incitation.” Only in biology does this word have meaning. Physics ignores it. In physics one thing is not an incitation for another, but only its cause. Now then: the difference between cause and incitation is that the cause produces only an effect proportionate to it. The billiard ball that strikes another transmits to it an impulse, in principle, equal to the one it carried: the effect in physics is equal to the cause. But when the goad of the spur barely grazes the flank of the thoroughbred horse, it gives a magnificent curvet, generously disproportionate to the impulse of the spur. The spur is not a cause but an incitation. The thoroughbred needs the slightest pretexts to be exuberantly incited, and in him to respond to an external impulse is rather to be unleashed. The equine curvets are, in truth, one of the most perfect images of thriving life, and no less the nervous head, with restless eye and trembling veins, of the thoroughbred horse. Such must have been that marvelous animal that was called “Incitatus” and that Caligula appointed a Roman senator.
Poor life, lacking elastic springs that make it prompt to trial and leap! Sad life that inertly lets the instants pass, without demanding that the hours approach vibrant like swords! It is a pity when one thinks that he has chanced to live in a stage of Spanish inertia and recalls the leaps of steed or tiger that the history of Spain was in its best times! Where has that vitality gone? Does it await beneath the ancient earth some resurrection? I want to believe that it does, and determined, since I have nothing else, to nourish myself with images, I form the following one:
Córdoba is one of the cities of the world whose subsoil is historically the richest. Under the humble and quiet present population rest the remains of six civilizations; Roman, Gothic, Arab, Hebrew, and Spanish classical and romantic. Each of them can be summed up in a supreme name: Seneca, Álvaro, Averroës, Maimonides, Góngora and the Duke of Rivas; what a splendid swarm of incitations stinging like spurs or like bees! All that enormous treasure of exemplary vitality lies buried under the inertia installed on the surface. One would say that Córdoba is a rosebush that holds to the wind its sordid root and gives its roses underground. The fact is that in Calle Claudio Marcelo, what today is the Delegation of Police and precisely the place where the inebriated are led and subjected to the archaic rite of ammonia, belonged until recently, as a courtyard, to a manor house owned by a noble lady. Some years ago, on the occasion of I know not what works, some workmen were laboring in the courtyard, when the pickaxe of one of them struck a resistant object. They looked carefully and saw that it was the small ear of a bronze horse. They dug a little more and, marveling, saw that there emerged from the earth, and as if flowering in it, a splendid equine head and then the beginning of an equestrian figure of Roman style. Probably the statue of Claudius Marcellus himself. They notified the owner and she informed herself of what the exhumation of the equestrian statue might cost. The sum seemed large to her and she then ordered that it be covered over again with earth. And though it may seem incredible, there remains buried this Spanish “Incitatus” with its fine neck of broken veins and its lips ready for foam. And like the fishermen of Brittany, who when leaning on calm evenings over the gunwale of their boats believe they hear the murmur of submerged bells rising from the bottom of the sea, one thinks whether, putting the ear to the earth, one might not hear subterranean the exasperated neighing of this bronze horse.
But let us set these images aside and continue on our way.
III
The instinct of contemporaneity. — The age classes. — Youth associations. — The rape of strange women, initial motive of the State. — The “club” before the family and Parliament. — Origin of asceticism. — The family against the State.
The young!… I should like on some near day to speak at length about the admirable vein of secrets that we discover when attempting a psychology of youth. In general, it is necessary to attack resolutely the great question of biological studies: childhood, youth, maturity, old age.
In nessun modo voglio dire con questo che l’azione utilitaria non reagisca a sua volta, non ispiri e non dia pretesto a nuove creazioni della potenza sportiva; l’unica cosa che strettamente vorrei insinuare è che, in ogni processo vitale, il primario, il punto di partenza, è un’energia di senso superfluo e liberrimo, tanto nella vita corporea quanto nella vita storica. Facendo la storia di ogni esistenza vivente troveremo sempre che la vita fu prima una prodiga invenzione di possibilità e poi una selezione tra esse che si fissano e come si solidificano in abitudini utilitarie. Basterebbe che ciascuno facesse scivolare l’attenzione sul film della propria vita per vedere come il suo destino individuale sia consistito nella selezione che le circostanze affettive sono andate eseguendo tra le sue possibilità personali. L’individuo che lungo la nostra vita arriviamo a essere è soltanto uno dei vari o molti che potemmo essere e che rimasero senza realizzarsi come perdite lamentevoli del nostro esercito interiore. Per questo importa molto che penetriamo nell’esistenza molto ricchi di possibilità, affinché poi la potatura fatale che è il destino lasci sempre in noi potenze invulnerate e robuste. Questa abbondanza di possibilità è il sintomo più caratteristico di vita pujante, come l’utilitarismo, l’attenersi allo strettamente necessario, al modo del malato che risparmia movimenti, è il sintomo di debolezza e di vita calante.
Dipende, dunque, l’accerto nell’esistenza dalla ricchezza di possibilità con cui avanziamo attraverso di essa. Ogni colpo che in essa riceviamo deve essere soltanto un eccitante per nuovi tentativi.
Perdonatemi, ma non posso mai prescindere da questa idea senza che mi venga in memoria, come suo simbolo, la scena vittoriosa che nei circhi solevano rappresentare i clown quando la mia generazione andava per la sua infanzia. Usciva il clown con la sua livida faccia infarinata e, collocandosi in un luogo della pista, traeva dalla sua tasca un fischietto, che si metteva a suonare. Subito si presentava il direttore di scena e lo avvertiva che lì non si poteva suonare. Senza scomporsi, il clown si collocava in un altro sito e tornava a suonare, ma allora il direttore arrivava irritato e gli strappava il melodioso fischietto. Neppure dinanzi a tale disgrazia si scomponeva il clown, anzi, lasciava che il direttore si allontanasse e, immergendo la mano nell’insondabile tasca, ne traeva un altro fischietto e da esso nuove linee melodiche. Ma il direttore inesorabile tornava una volta ancora e una volta ancora gli strappava l’armonioso oggetto. Ma la tasca del clown era un cosmico seno inesauribile dal quale uscivano uno dopo l’altro nuovi strumenti musicali, altisonanti e allegri, o dolci e malinconici. La melodia trionfava sempre sul veto del destino e riempiva l’ambito comunicando a tutti gli spettatori la sua vittoriosa generosità, la sua impetuosa invincibile abbondanza, che sentivamo crescere in esaltazione, come se un torrente di strana energia emanasse dal glorioso fischio che imperterrito modulava il clown, seduto sulla barriera del circo. Poi ho pensato che questo clown dei fischietti veniva a essere una burlesca forma moderna del vecchio Pan delle selve che i greci adoravano come simbolo della vitalità cosmica. Sereno Pan capriforme, che nel declinante pomeriggio suona la divina zampogna e il suo magico suono suscita risonanze in tutte le cose; trema la fonte e la foglia, trema l’astro e danzano i capri fulvi sul limite del bosco!
Ebbene, senza maggiore solennità io direi che la vita è questione di fischietti. Il più necessario è il superfluo; colui che si accontenta di rispondere strettamente alla necessità che sopravviene sarà travolto da essa; la vita ha trionfato sul pianeta grazie al fatto che, invece di attenersi alla necessità, l’ha inondata, l’ha annegata in esuberanti possibilità, permettendo che il fallimento di una serva da ponte per la vittoria di un’altra.
Per questo la parola che per me ha più sapore di vita e una delle più belle del dizionario è la parola «incitazione». Solo in biologia ha senso questo vocabolo. La fisica lo ignora. Nella fisica una cosa non è incitazione per un’altra, ma soltanto sua causa. Ora: la differenza tra causa e incitazione è che la causa produce soltanto un effetto proporzionato a essa. La palla da biliardo che urta contro un’altra trasmette a questa un impulso, in principio, uguale a quello che portava: l’effetto in fisica è uguale alla causa. Ma quando l’aculeo dello sperone sfiora appena il fianco del cavallo purosangue, questo fa una magnifica corvetta, generosamente sproporzionata rispetto all’impulso dello sperone. Lo sperone non è causa, ma incitazione. Al purosangue bastano minimi pretesti per essere esuberantemente incitato, e in esso rispondere a un impulso esteriore è piuttosto scattare. Le corvette equine sono, in verità, una delle immagini più perfette della vita pujante e non meno la testa nervosa, dall’occhio inquieto e dalle vene tremule, del cavallo di razza. Così dovette essere quel meraviglioso animale che si chiamò «Incitatus» e che Caligola nominò senatore romano.
Povera la vita, priva di elastici congegni che la rendano pronta al tentativo e al balzo! Triste vita quella che inerte lascia passare gli istanti, senza esigere che le ore si avvicinino vibranti come spade! Fa pena quando uno pensa che gli è toccato vivere in una tappa di inerzia spagnola e ricorda i salti di corsiero o di tigre che nei suoi tempi migliori fu la storia di Spagna! Dove è andata a finire quella vitalità? Attende sotto la terra vetusta qualche resurrezione? Io voglio credere di sì, e deciso, già che non ho altra cosa, a nutrirmi di immagini, mi formo la seguente:
È Cordova una delle città del mondo il cui sottosuolo è storicamente più ricco. Sotto l’umile e quieta popolazione attuale riposano i resti di sei civiltà; romana, gotica, araba, ebraica e spagnola classica e romantica. Ciascuna di esse si può riassumere in un nome massimo: Seneca, Álvaro, Averroè, Maimonide, Góngora e il duca di Rivas; che splendido sciame di incitazioni pungenti come speroni o come api! Tutto quell’enorme tesoro di vitalità esemplare giace sepolto sotto l’inerzia installata in superficie. Si direbbe che Cordova sia un roseto che tiene al vento la sordida radice e dà le sue rose sotto terra. Il fatto è che, in via Claudio Marcello, ciò che oggi è la Delegazione di Polizia e precisamente il luogo dove sono condotti gli ubriachi e sottoposti al rito arcaico dell’ammoniaca, apparteneva fino a tempo recente, come cortile, a una casa solare di cui era padrona una dama lignaggiosa. Alcuni anni fa, in occasione di non so quali lavori, lavoravano alcuni operai nel cortile, quando la picca di uno di essi urtò contro un oggetto resistente. Guardarono con cura e videro che era una piccola orecchia di un cavallo di bronzo. Scavarono un po’ di più e, meravigliati, videro che emergeva dalla terra, e come se in essa fiorisse, una splendida testa equina e poi l’inizio di una figura equestre di stile romano. Probabilmente la statua dello stesso Claudio Marcello. Avvisarono la proprietaria e questa si informò di quanto potesse costare l’esumazione della statua equestre. La somma le parve grande e allora ordinò che fosse di nuovo coperta dalla terra. E benché sembri incredibile, lì continua sepolto questo «Incitatus» spagnolo con la sua fine cervice di vene spezzate e i suoi labbri facili alla spuma. E come i pescatori di Bretagna, chinandosi nei pomeriggi di calma sulla borda delle loro barche, credono di udire il rumore di campane sommerse che giunge dal fondo del mare, si pensa se, mettendo l’orecchio sulla terra, non si udrà sotterraneo il nitrito esasperato di questo cavallo di bronzo.
Ma lasciamo da parte queste immagini e proseguiamo il nostro cammino.
III
L’istinto di coetaneità. — Le classi di età. — Associazioni giovanili. — Il ratto di donne straniere, motivo iniziale dello Stato. — Il «club» prima della famiglia e del Parlamento. — Origine dell’ascetismo. — La famiglia contro lo Stato.
I giovani!… Io vorrei in qualche giorno prossimo parlare a lungo sull’ammirevole filone di segreti che scopriamo tentando una psicologia della gioventù. In generale, è necessario attaccare decisamente la grande questione degli studi biologici: infanzia, gioventù, maturità, vecchiaia.
Permítaseme augurar para tiempo muy próximo la convergencia de la atención científica sobre este problema de las edades, común a todos los organismos —no sólo propio al animal, a la planta y al hombre. Spengler no ha hecho aquí, como en muchas otras cosas, más que levantar la caza a destiempo, sin madurez ni mesura. Pero —recuerde el lector mi pronóstico— antes de un lustro será uno de los grandes temas de la meditación intelectual el hecho trágico de la «senescencia de las razas». Paralelamente, la biología se convencerá en estos años de que el secreto de la vida tiene que ser palpado saliendo de este hecho tan evidente como desatendido: la inevitabilidad de la muerte.
Mas ahora he de reducirme a destacar un rasgo solo, característico en la psicología juvenil.
Un pedagogo inglés dio el año pasado a la estampa cierto estudio sobre psicología de la infancia. Se había propuesto el autor ver si había manera de establecer épocas claramente distintas en el desarrollo de la vida infantil. A este propósito busca alguna actividad espiritual libre de influencias voluntarias y externas, para investigar las variaciones que año tras año en ella se producen. La encuentra en los sueños. Y analizando los sueños del niño advierte que se pueden distinguir tres etapas: en la primera el niño sueña que está jugando él sólo; en la segunda aparece en sus sueños un nuevo personaje, que es otro niño, pero este segundo niño no tiene otro papel que el de espectador; está allí para verle jugar. Tras ésta viene una última etapa, próxima a la pubertad, durante la cual irrumpe en el sueño del niño todo un grupo de muchachos que juegan con él y en cuyo enjambre inquietísimo queda sumida su individual persona.
Es, en efecto, una de las fuerzas decisivas en el alma del adolescente, que no hace sino aumentarse en la plena juventud, el apetito de convivir con otros muchachos de su edad. Se quiebra el aislamiento de la primera infancia y la personalidad del muchacho se derrama por completo en el grupo coetáneo. Ya no vive por sí ni para sí: no quiere y siente como individuo, sino que se halla absorbido por la personalidad anónima del grupo que piensa y siente en su lugar. De aquí que la adolescencia y la juventud sean la sazón de las amistades. Durante ellas el hombre, con la individualidad aún no formada, vive sumergido en el enjambre muchachil que vaga indiviso, inseparable, donde los vientos le empujan sobre el vergel de la existencia. Yo llamo a este apetito soberanamente sociable el instinto de coetaneidad.
En el último año, un niño de doce, que me es muy próximo, de alma limpísima, esbelta y fragante, se acercó un día a su madre y le dijo: «Mamá, mañana vamos de excursión todos los del colegio, chicos y chicas. Yo quiero que me arregles bien la chaqueta, que me des un pañuelo de seda para el bolsillo y cinco pesetas para bombones». Como el garzón suele ser de una bronca y descuidada varonía, sorprendió a la madre tan remilgada exigencia y le preguntó a qué venía todo aquello. El niño, habituado a verter por entero sus secretos a la madre, pronunció entonces estas deliciosas palabras: «Mamá, sabes… es que nos gustan ya las chicas». No dijo: «me gustan ya las chicas». Lo delicioso de esta frase radica en el «nos». Porque, en efecto, a él individualmente no le gustaban ni le gustan todavía las chicas. Lo ocurrido era que súbitamente en el grupo escolar, como tal grupo, había brotado la curiosidad por la mujer, la vaga noción del atractivo femenino y, sobre todo, una primera sospecha de la gracia dinámica que posee el combate galante, requeridor y romántico del hombre con la esquivez de la mujer. El primer impulso de pubertad había aparecido en el grupo antes que en el individuo, y el gentil tropel de la clase se disponía, lleno de ilusión y unidad interior, como un equipo de fútbol, a dar el día próximo una primera y famosa batida al eterno femenino. Ni que decir tiene que en aquella jornada ilustre al hallarse el grupo de escolares frente a las niñas, irónicas y ariscas, quedó aquél paralizado y no se atrevió siquiera a manejar el dulce soborno de los bombones.
Ahora conviene recordar que, como otras veces he dicho (véase El tema de nuestro tiempo), parece la historia humana avanzar según un doble ritmo: el ritmo de edades y el de sexos. Hay épocas en que se observa un predominio de la influencia juvenil y otras en que parece señorear el hombre maduro. De todas suertes, si investigamos qué forma de sociedad aparece inmediatamente después de la forma informe que hemos llamado «horda», nos encontramos con una sociedad dotada ya de un comienzo de organización. El principio de esta organización es sencillamente la edad. El cuerpo social ha aumentado en número de individuos y de horda se ha convertido en tribu. Pues bien, las tribus primitivas aparecen divididas en tres clases sociales: que no son, ciertamente, económicas, como preferiría la tesis socialista, sino la clase de los hombres maduros, la de los jóvenes y la de los viejos. No hay otras distinciones, y, por supuesto, no existe aún la familia. Tan no existe, que todos los pertenecientes a la clase joven se llaman entre sí hermanos y llaman padres a todos los de la clase de más edad.
Conste, pues, que la primera organización social no divide al grupo en familias, sino en lo que se ha llamado «clases de edad».
Sin embargo, de estas tres edades, la que predomina por su poder y autoridad, la que manda y decide no es la de los hombres maduros, sino la de los jóvenes. Es más; frecuentemente es ésta la única que existe, y mil datos, que no hay para qué acumular aquí, muestran, sin que de ello quepa duda alguna, que originariamente la única clase organizada fue la juvenil.
¿Qué ha acontecido en ese tránsito de la horda informe a la tribu organizada?
Las hordas vagaban años y años sin tropezarse unas con otras; el número de individuos de la especie humana era en todo el planeta muy reducido. Pero hubo evidentemente una época de enorme proliferación que densifica la población. Las hordas viven cerca unas de otras. Este aumento de población es síntoma de una mayor vitalidad en la especie, de un desarrollo y perfeccionamiento en sus facultades.
Y acaece que los muchachos de dos o tres hordas próximas, impulsados por ese instinto de sociabilidad coetánea, deciden juntarse, vivir en común. Claro es que no para permanecer inactivos: el joven es sociable, pero a la par es hazañoso, necesita acometer empresas. Indefectiblemente entre ellos surge un temperamento o más imaginativo, o más audaz, o más diestro, que propone la gran osadía. Sienten todos, sin que sepan por qué, un extraño y misterioso asco hacia las mujeres parientes consanguíneas con quienes viven en la horda, hacia las mujeres conocidas, y un apetito de imaginación hacia las mujeres otras, las desconocidas, las no vistas o sólo entrevistas.
Y entonces ha lugar una de las acciones más geniales de la historia humana, de que han irradiado más gigantescas consecuencias: deciden robar las mozas de hordas lejanas. Pero esto no es empresa suave: las hordas no toleran impunemente la sustracción de sus mujeres. Para robarlas hay que combatir, y nace la guerra como medio al servicio del amor. Pero la guerra suscita un jefe y requiere una disciplina: con la guerra que el amor inspiró surge la autoridad, la ley y la estructura social. Pero unidad de jefe y disciplina trae consigo, y, a la vez, fomenta la unidad de espíritu, la preocupación en común por todos los grandes problemas. Y, en efecto, en estas asociaciones de muchachos comienzan el culto a los poderes mágicos, las ceremonias y los ritos.
La vida en común inspira la idea de construir un albergue estable y capaz, que no sea la guarida transitoria o la simple pantalla contra el viento. Y así ocurre que la primera casa que el hombre edifica no es la casa de la familia aun inexistente, sino el casino de los jóvenes. En ella preparan sus expediciones, cumplen sus ritos; en ella se dedican al canto, a la bebida y al frenético banquete común. Es decir, que el «club» es, quiérase o no, más antiguo que el hogar doméstico, como el casino que la casa.
Allow me to predict for the very near future the convergence of scientific attention on this problem of the ages, common to all organisms — not peculiar only to the animal, the plant and man. Spengler has here, as in many other things, only started the game prematurely, without maturity or measure. But — let the reader recall my forecast — before a lustrum this will be one of the great themes of intellectual meditation: the tragic fact of the “senescence of the races.” In parallel, biology will be convinced in these years that the secret of life must be grasped by starting from this fact as evident as it is neglected: the inevitability of death.
But now I must confine myself to setting in relief a single trait, characteristic of juvenile psychology.
An English pedagogue gave to the press last year a certain study on the psychology of childhood. The author had proposed to himself to see whether there was any way of establishing clearly distinct epochs in the development of infantile life. To this end he seeks some spiritual activity free from voluntary and external influences, in order to investigate the variations that year after year are produced in it. He finds it in dreams. And analyzing the child’s dreams he notes that three stages can be distinguished: in the first the child dreams that he is playing alone; in the second there appears in his dreams a new character, who is another child, but this second child has no other role than that of spectator; he is there to watch him play. After this comes a last stage, near puberty, during which there bursts into the child’s dream a whole group of boys who play with him and in whose most restless swarm his individual person remains submerged.
It is, in effect, one of the decisive forces in the adolescent’s soul, which only increases in full youth, the appetite to live together with other boys of his own age. The isolation of early childhood breaks and the boy’s personality pours itself entirely into the age-mate group. He no longer lives by himself or for himself: he does not will and feel as an individual, but finds himself absorbed by the anonymous personality of the group that thinks and feels in his place. Hence adolescence and youth are the season of friendships. During them man, with his individuality not yet formed, lives submerged in the boyish swarm that wanders undivided, inseparable, wherever the winds push it over the garden of existence. I call this sovereignly sociable appetite the instinct of contemporaneity.
In the last year, a boy of twelve, very close to me, with a most limpid, slender and fragrant soul, came one day to his mother and said: “Mother, tomorrow all of us from school are going on an outing, boys and girls. I want you to fix my jacket properly, to give me a silk handkerchief for my pocket and five pesetas for chocolates.” As the lad is usually of a rough and careless manliness, the mother was surprised by such a finicky demand and asked him what all that was about. The boy, accustomed to pouring his secrets entirely out to his mother, then uttered these delicious words: “Mother, you know… it’s that we already like the girls.” He did not say: “I already like the girls.” The delicious thing about this phrase lies in the “we.” Because, in effect, he individually did not like, nor does he yet like, girls. What had happened was that suddenly in the school group, as such a group, the curiosity for woman had sprouted, the vague notion of feminine attraction and, above all, a first suspicion of the dynamic grace that the gallant, courting and romantic combat of man with woman’s coyness possesses. The first impulse of puberty had appeared in the group before in the individual, and the gentle troop of the class was preparing, full of illusion and inner unity, like a football team, to give the next day a first famous foray against the eternal feminine. Needless to say that on that illustrious day, finding the group of schoolboys before the girls, ironic and unapproachable, it remained paralyzed and did not even dare to handle the sweet bribery of the chocolates.
Now it is fitting to recall that, as I have said on other occasions (see The Theme of Our Time), human history seems to advance according to a double rhythm: the rhythm of ages and that of sexes. There are epochs in which a predominance of juvenile influence is observed and others in which the mature man seems to hold sway. In any case, if we investigate what form of society appears immediately after the formless form that we have called “horde,” we find ourselves with a society already endowed with a beginning of organization. The principle of this organization is simply age. The social body has increased in number of individuals and from horde has become tribe. Well then, the primitive tribes appear divided into three social classes: which are certainly not economic, as the socialist thesis would prefer, but the class of the mature men, that of the young and that of the old. There are no other distinctions, and, of course, the family does not yet exist. So much does it not exist, that all those belonging to the young class call one another brothers and call fathers all those of the older class.
Let it be recorded, then, that the first social organization does not divide the group into families, but into what have been called “age classes.”
Nevertheless, of these three ages, the one that predominates by its power and authority, the one that commands and decides, is not that of the mature men, but that of the young. More than that; frequently this is the only one that exists, and a thousand data, which there is no need to accumulate here, show, without any doubt being possible, that originally the only organized class was the juvenile one.
What has happened in that transition from the formless horde to the organized tribe?
The hordes wandered for years and years without encountering one another; the number of individuals of the human species on the whole planet was very small. But there evidently was an epoch of enormous proliferation that densifies the population. The hordes live near one another. This increase of population is a symptom of a greater vitality in the species, of a development and perfecting of its faculties.
And it happens that the boys of two or three neighboring hordes, driven by that instinct of age-mate sociability, decide to join together, to live in common. Clearly not in order to remain inactive: the young man is sociable, but at the same time he is enterprising, he needs to undertake enterprises. Inevitably there arises among them a temperament either more imaginative, or more audacious, or more skillful, that proposes the great daring. They all feel, without knowing why, a strange and mysterious disgust toward the consanguineous women related to them with whom they live in the horde, toward the known women, and an appetite of imagination toward the other women, the unknown, the unseen or only glimpsed ones.
And then there takes place one of the most genial actions of human history, from which the most gigantic consequences have radiated: they decide to steal the girls of distant hordes. But this is not a gentle enterprise: the hordes do not tolerate with impunity the subtraction of their women. To steal them one must fight, and war is born as a means at the service of love. But war raises up a chief and requires discipline: with the war that love inspired there arise authority, law and social structure. But unity of chief and discipline brings with it, and at the same time fosters, unity of spirit, the common concern for all the great problems. And, in effect, in these associations of boys there begin the worship of magical powers, the ceremonies and the rites.
Life in common inspires the idea of building a stable and capacious shelter, which is not the transitory lair or the simple screen against the wind. And thus it happens that the first house that man builds is not the house of the as yet nonexistent family, but the young men’s clubhouse. In it they prepare their expeditions, perform their rites; in it they devote themselves to song, to drink and to the frantic common banquet. That is to say, the “club” is, whether one will or not, more ancient than the domestic hearth, as the clubhouse is more ancient than the house.
Permettetemi di augurare per tempo molto prossimo la convergenza dell’attenzione scientifica su questo problema delle età, comune a tutti gli organismi — non solo proprio dell’animale, della pianta e dell’uomo. Spengler non ha fatto qui, come in molte altre cose, che levare la caccia a controtempo, senza maturità né misura. Ma — ricordi il lettore il mio pronostico — prima di un lustro sarà uno dei grandi temi della meditazione intellettuale il fatto tragico della «senescenza delle razze». Parallelamente, la biologia si convincerà in questi anni che il segreto della vita deve essere palpato uscendo da questo fatto tanto evidente quanto disatteso: l’inevitabilità della morte.
Ma ora devo ridurmi a mettere in rilievo un solo tratto, caratteristico nella psicologia giovanile.
Un pedagogo inglese diede l’anno scorso alla stampa un certo studio sulla psicologia dell’infanzia. L’autore si era proposto di vedere se vi fosse modo di stabilire epoche chiaramente distinte nello sviluppo della vita infantile. A questo proposito cerca un’attività spirituale libera da influenze volontarie ed esterne, per investigare le variazioni che anno dopo anno in essa si producono. La trova nei sogni. E analizzando i sogni del bambino avverte che si possono distinguere tre tappe: nella prima il bambino sogna di giocare da solo; nella seconda appare nei suoi sogni un nuovo personaggio, che è un altro bambino, ma questo secondo bambino non ha altro ruolo che quello di spettatore; è lì per vederlo giocare. Dopo questa viene un’ultima tappa, prossima alla pubertà, durante la quale irrompe nel sogno del bambino tutto un gruppo di ragazzi che giocano con lui e nel cui inquietissimo sciame rimane sommersa la sua persona individuale.
È, in effetti, una delle forze decisive nell’anima dell’adolescente, che non fa che aumentarsi nella piena gioventù, l’appetito di convivere con altri ragazzi della sua età. Si spezza l’isolamento della prima infanzia e la personalità del ragazzo si riversa per intero nel gruppo coetaneo. Non vive più per sé né per gli altri: non vuole e non sente come individuo, ma si trova assorbito dalla personalità anonima del gruppo che pensa e sente al suo posto. Di qui che l’adolescenza e la gioventù siano la stagione delle amicizie. Durante esse l’uomo, con l’individualità ancora non formata, vive sommerso nello sciame giovanile che vaga indiviso, inseparabile, dove i venti lo spingono sul verziere dell’esistenza. Io chiamo questo appetito sovranamente socievole l’istinto di coetaneità.
Nell’ultimo anno, un bambino di dodici anni, che mi è molto prossimo, dall’anima limpidissima, snella e fragrante, si avvicinò un giorno a sua madre e le disse: «Mamma, domani andiamo in gita tutti quelli della scuola, ragazzi e ragazze. Voglio che mi sistemi bene la giacca, che mi dia un fazzoletto di seta per il taschino e cinque pesetas per i cioccolatini». Poiché il garzone suole essere di una virilità ruvida e trascurata, sorprese la madre così smancerosa esigenza e gli domandò a che cosa venisse tutto quello. Il bambino, abituato a versare per intero i suoi segreti alla madre, pronunciò allora queste deliziose parole: «Mamma, sai… è che ci piacciono già le ragazze». Non disse: «mi piacciono già le ragazze». Il delizioso di questa frase sta nel «ci». Perché, in effetti, a lui individualmente non piacevano né piacciono ancora le ragazze. L’occorso era che improvvisamente nel gruppo scolastico, come tale gruppo, era germogliata la curiosità per la donna, la vaga nozione dell’attrattiva femminile e, soprattutto, un primo sospetto della grazia dinamica che possiede il combattimento galante, richiedente e romantico, dell’uomo con la schivata della donna. Il primo impulso di pubertà era apparso nel gruppo prima che nell’individuo, e il gentile stuolo della classe si disponeva, pieno di illusione e unità interiore, come una squadra di calcio, a dare il giorno prossimo una prima e famosa battuta all’eterno femminino. Inutile dire che in quella giornata illustre, trovandosi il gruppo degli scolari dinanzi alle bambine, ironiche e arcigne, rimase quello paralizzato e non osò neppure maneggiare il dolce subornamento dei cioccolatini.
Ora conviene ricordare che, come altre volte ho detto (vedi Il tema del nostro tempo), la storia umana sembra avanzare secondo un doppio ritmo: il ritmo delle età e quello dei sessi. Ci sono epoche in cui si osserva un predominio dell’influenza giovanile e altre in cui sembra signoreggiare l’uomo maturo. In ogni caso, se investigiamo quale forma di società appare immediatamente dopo la forma informe che abbiamo chiamato «orda», ci troviamo con una società dotata già di un cominciamento di organizzazione. Il principio di questa organizzazione è semplicemente l’età. Il corpo sociale è aumentato in numero di individui e da orda si è convertito in tribù. Ebbene, le tribù primitive appaiono divise in tre classi sociali: che non sono, certo, economiche, come preferirebbe la tesi socialista, ma la classe degli uomini maturi, quella dei giovani e quella dei vecchi. Non ci sono altre distinzioni, e, naturalmente, non esiste ancora la famiglia. Tanto non esiste, che tutti gli appartenenti alla classe giovane si chiamano tra loro fratelli e chiamano padri tutti quelli della classe di maggiore età.
Risulti, dunque, che la prima organizzazione sociale non divide il gruppo in famiglie, ma in ciò che si è chiamato «classi di età».
Tuttavia, di queste tre età, quella che predomina per il suo potere e la sua autorità, quella che comanda e decide non è quella degli uomini maturi, ma quella dei giovani. Anzi; frequentemente è questa l’unica che esiste, e mille dati, che non c’è bisogno di accumulare qui, mostrano, senza che di ciò possa esservi dubbio alcuno, che originariamente l’unica classe organizzata fu quella giovanile.
Che cosa è accaduto in quel transito dall’orda informe alla tribù organizzata?
Le orde vagavano anni e anni senza incontrarsi le une con le altre; il numero degli individui della specie umana era in tutto il pianeta molto ridotto. Ma vi fu evidentemente un’epoca di enorme proliferazione che densifica la popolazione. Le orde vivono vicine le une alle altre. Questo aumento di popolazione è sintomo di una maggiore vitalità nella specie, di uno sviluppo e perfezionamento nelle sue facoltà.
E accade che i ragazzi di due o tre orde vicine, spinti da quell’istinto di socievolezza coetanea, decidono di riunirsi, di vivere in comune. Chiaro è che non per rimanere inattivi: il giovane è socievole, ma al contempo è intraprendente, ha bisogno di accingersi a imprese. Indefettibilmente tra loro sorge un temperamento o più immaginativo, o più audace, o più destro, che propone la grande audacia. Sentono tutti, senza sapere perché, uno strano e misterioso disgusto verso le donne parenti consanguinee con cui vivono nell’orda, verso le donne conosciute, e un appetito d’immaginazione verso le donne altre, le sconosciute, le non viste o solo intraviste.
E allora ha luogo una delle azioni più geniali della storia umana, da cui sono irradiate le più gigantesche conseguenze: decidono di rubare le ragazze di orde lontane. Ma questo non è impresa soave: le orde non tollerano impunemente la sottrazione delle loro donne. Per rubarle bisogna combattere, e nasce la guerra come mezzo al servizio dell’amore. Ma la guerra suscita un capo e richiede una disciplina: con la guerra che l’amore ispirò sorgono l’autorità, la legge e la struttura sociale. Ma unità di capo e disciplina porta con sé, e, al contempo, fomenta l’unità di spirito, la preoccupazione in comune per tutti i grandi problemi. E, in effetti, in queste associazioni di ragazzi cominciano il culto dei poteri magici, le cerimonie e i riti.
La vita in comune ispira l’idea di costruire un albergo stabile e capace, che non sia la tana transitoria o il semplice riparo contro il vento. E così accade che la prima casa che l’uomo edifica non è la casa della famiglia ancora inesistente, ma il casino dei giovani. In essa preparano le loro spedizioni, compiono i loro riti; in essa si dedicano al canto, alla bevuta e al frenetico banchetto comune. Cioè, il «club» è, vogliasi o no, più antico del focolare domestico, come il casino più antico della casa.
Está prohibido, so pena mortal, a los hombres maduros, mujeres y niños entrar en el casino varonil, que, por sus formas subsecuentes, llaman los etnólogos la «casa de los solteros». Todo es en ella misterioso, secreto y tabú. Porque es un hecho sorprendente que estas primitivas asociaciones juveniles suelen tener el carácter de sociedades secretas, de férrea disciplina interna, donde se cultivan las destrezas vitales de la caza y la guerra con un severo entrenamiento. Es decir, que la asociación política originaria es la sociedad secreta y que si sirve para el placer y la bebida es, al propio tiempo, el lugar donde se ejercita el primer ascetismo religioso y atlético. Recuérdese que la más exacta traducción del vocablo ascetismo es «ejercicio de entrenamiento», y los monjes no han hecho sino tomarlo del vocabulario deportivo usado por los atletas griegos. Askesis era el régimen de vida del atleta, llena de ejercicios y privaciones. De donde resulta que el casino de los jóvenes, primera casa y primer «club» placentero, es también el primer cuartel y el primer convento.
Las divinidades son, como he indicado, divinidades de cazador: los animales, y su culto tiene carácter orgiástico y mágico. Se conquista la benevolencia del poder animal trascendente imitándole en su figura y en gestos rituales que se convierten en brincos y danzas frenéticas. Hay días solemnes en que el enjambre juvenil se cubre con máscaras hórridas, que fingen rostros de animal, y sale por los campos danzando en frenesí, dando al aire un trozo de madera que girando al extremo de una cuerda produce un sonido mágico, al oír el cual las mujeres y niños huyen porque les está vedado ver el fantástico tropel de danzarines que en fiesta embriagadora parten para una «razzia» en busca de mozas lejanas. El traje de guerra es el mismo que el traje de fiesta: la máscara. Y fiesta, caza y guerra permanecieron mucho tiempo indiferenciadas: por eso casi todas las danzas primitivas son la estilización de gestos venatorios o beligerantes.
Todo esto que acabo de decir un poco atropelladamente, porque otra cosa requeriría una extensión inoportuna, ha de entenderse que no es un conjunto de suposiciones mías. A estas horas, posiblemente, todo esto que digo está, en lo esencial, aconteciendo como lo digo en varios lugares de nuestro planeta.
Vemos, pues, que la primera sociedad humana, propiamente tal, es todo lo contrario que una reacción a necesidades impuestas. La primera sociedad es esta asociación de jóvenes para robar mujeres extrañas al grupo consanguíneo y dar cima a toda suerte de bárbaras hazañas. Más que a un Parlamento o Gobierno de severos magistrados, se parece a un Atlétic Club. Dígame el lector si es tan excesivo como en un principio pudo parecerle proclamar el origen deportivo del Estado.
Lo que en épocas pulidas de decadencia y romanticismo va a ser el soñar con la princesa lejana, fue en giro tosco y primitivo el incitante para tan magníficas creaciones. En él se origina la exogamia; es decir, la ley primera matrimonial, que obliga a buscar esposa fuera de los consanguíneos. La importancia biológica que esto ha tenido para la especie humana no se oculta a nadie. Fue el robo, el rapto, el primer matrimonio, del que quedan residuos y huellas simbólicas en muchas formas posteriores de la ceremonia conyugal, y hasta el vocabulario amoroso que llama arrebato, es decir, rapto, al impetuoso empuje del sentimiento erótico.
IV
El Estado griego: file, fratría, hetairía.— La sopa negra de Esparta.— El Estado romano: curia, salios, cónsules.— El Estado y el carnaval.
Tenemos, pues, que el «club» de los jóvenes inicia en la Historia las cosas siguientes:
La exogamia.
La guerra.
La organización autoritaria.
La disciplina de entrenamiento o ascética.
La Ley.
La asociación cultural.
El festival de danzas enmascaradas o Carnaval.
La sociedad secreta.
Y todo ello, junto e indiferenciado, la génesis histórica e irracional del Estado. Una vez más encontramos que en todo origen se halla instalada la gracia y no la utilidad.
Pero no es dudoso que esta época, en que predominó sin trabas ni freno la gresca juvenil, fue tiempo duro y cruel. Era preciso que el resto de la masa social procurase su defensa frente a las asociaciones bélicas y políticas de los mozos. Entonces se organiza frente a ella la asociación de los viejos: el Senado. Viven éstos con las mujeres y los niños, de los que no son o no se saben maridos ni padres. La mujer busca la protección de sus hermanos y hermanos de su madre, y se hace centro de un grupo social opuesto al «club» de varones; es la primera familia, la familia matriarcal, de origen, en efecto, reactivo, defensivo y opuesto al Estado. El principio de coetaneidad forcejea desde entonces en la historia con el principio de consanguinidad. Cuando triunfa el uno se deprime el otro y viceversa.
Contentémonos con este somero esquema, que basta a mi propósito de presentar en el origen del Estado un ejemplo de la fecundidad creadora residente en la potencia deportiva. No ha sido el obrero, ni el intelectual, ni el sacerdote, propiamente dicho, ni el comerciante quien inicia el gran proceso político; ha sido la juventud, preocupada de feminidad y resuelta al combate; ha sido el amador, el guerrero y el deportista.
Yo hubiera querido ahora decir algo sobre ese ímpetu amoroso, que tan sorprendente fertilidad histórica nos ha revelado. Tal vez encontrásemos en el amor el prototipo de la vitalidad primaria, el ejemplo mayor de deportismo biológico. Pero sería hacer interminable este ensayo, y necesito todavía dirigir la atención del lector hacia épocas menos primitivas y más conocidas de él que esa hora de albor y madrugada, donde hasta ahora le he retenido.
Conviene, en efecto, mostrar la fecundidad que esta sorprendente iluminación, con que hemos sido favorecidos en la zona etnográfica, tiene para aclarar muchos problemas, hasta ahora indóciles, de los tiempos plenamente históricos. Lo cierto es que dondequiera que presenciamos la incorporación verdaderamente originaria de un organismo político, dondequiera que entrevemos el nacimiento de un Estado hallamos la presencia del «club» juvenil, que danza y combate.
Es curioso advertir que los historiadores de Grecia y Roma no saben qué hacerse con el estrato más profundo, más arcaico de instituciones que encuentran en las ciudades helénicas y latinas. Por lo que hace a Grecia, estas instituciones se llaman file, fratría, hetairía. Los helenistas entienden el sentido de estas palabras, pero no entendían hasta hace poco qué cosas eran las así designadas. File significa tribu, pero no como unidad de consanguíneos, sino como cuerpo organizado de guerreros. Fratría significa hermandad, y hetairía, compañía. Antes de que exista la polis, la ciudad con su Constitución, el pueblo griego se hallaba estructurado en esas otras formas. Ahora bien; la fratría o hermandad, que tiene entre los arios asiáticos su correspondencia en la sabha, no es más que la clase de edad de los jóvenes, organizada en asociación de fiesta y guerra. No se olvide que, como he dicho, primitivamente los jóvenes llaman padres a todos los hombres de la clase más provecta, y se llaman entre sí hermanos. En cuanto a hetairía, o compañía, claramente indica su nombre el principio asociativo de sociedad secreta, que reúne en torno a un jefe a los varones mozos. Es exactamente lo mismo que los germanos llamaron Gefolgschaft; es decir, los que siguen a uno lealmente, los «secuaces». En nuestro vocabulario militar perdura este sentido originario en la palabra «compañía».
La gente ática era demasiado inteligente, y la agudeza mental es una sublime inquietud y como una neurastenia maravillosa, que deshace fácilmente el organismo. Por eso en Atenas todo lo tradicional se borró pronto, y el cuerpo social entra, desde luego, en un proceso de reformas utópicas, que acaban por aniquilarlo. Por esta razón quedan en el Ática tan escasos residuos de la organización primitiva. Esparta, por el contrario, piensa menos y vive más reciamente. Allí encontramos las fratrías en pleno vigor, bajo la especie de organización militar. Los guerreros viven juntos y aparte de sus familias; la solidaridad de su asociación cultural y bélica se simboliza en las famosas cenas, donde se tomaba la «sopa negra», que era un manjar ritual. Y no es extraño que aquí sea donde se localiza el mito del robo de Helena, que era primero una divinidad lunar y luego una mujer extranjera. El que quiera comparar lo que se sabe de la vida militar lacedemonia con cualquiera asociación de jóvenes de las existentes aún en los pueblos llamados salvajes, los Masai del África oriental, por ejemplo, se sorprenderá de la identidad.
It is forbidden, under penalty of death, for mature men, women and children to enter the virile clubhouse, which, by its subsequent forms, the ethnologists call the “bachelor house.” Everything in it is mysterious, secret and taboo. For it is a surprising fact that these primitive juvenile associations usually have the character of secret societies, of iron internal discipline, where the vital skills of hunting and war are cultivated with a severe training. That is to say, the originative political association is the secret society, and if it serves for pleasure and drink it is, at the same time, the place where the first religious and athletic asceticism is exercised. Let it be remembered that the most exact translation of the word asceticism is “exercise of training,” and the monks have only taken it from the sporting vocabulary used by the Greek athletes. Askesis was the athlete’s regimen of life, full of exercises and privations. Whence it results that the young men’s clubhouse, first house and first pleasurable “club,” is also the first barracks and the first convent.
The divinities are, as I have indicated, hunter divinities: the animals, and their worship has an orgiastic and magical character. The benevolence of the transcendent animal power is won by imitating it in its figure and in ritual gestures that become leaps and frantic dances. There are solemn days on which the juvenile swarm covers itself with horrid masks, that feign the faces of animals, and goes out through the fields dancing in frenzy, hurling to the air a piece of wood that, whirling at the end of a cord, produces a magical sound, on hearing which the women and children flee because it is forbidden to them to see the fantastic troop of dancers who, in an intoxicating festivity, set out for a “razzia” in search of distant girls. The war dress is the same as the festival dress: the mask. And festival, hunting and war remained for a long time undifferentiated: that is why almost all primitive dances are the stylization of hunting or warlike gestures.
All this that I have just said a little helter-skelter, because anything else would require an inopportune extension, is to be understood as not being a set of my suppositions. At this hour, possibly, all this that I say is, in its essentials, happening as I say it in various places of our planet.
We see, then, that the first human society, properly speaking, is everything contrary to a reaction to imposed needs. The first society is this association of young men to steal women foreign to the consanguineous group and to give fulfillment to all manner of barbarous feats. More than to a Parliament or to a Government of severe magistrates, it resembles an Athletic Club. Let the reader tell me whether it is as excessive as at first it may have seemed to him to proclaim the sporting origin of the State.
What in polished epochs of decadence and romanticism is to be the dreaming of the faraway princess, was in a rude and primitive turn the incitement for such magnificent creations. In it exogamy originates; that is, the first matrimonial law, which obliges one to seek a wife outside the consanguineous. The biological importance that this has had for the human species is hidden from no one. It was the theft, the rape, the first marriage, of which residues and symbolic traces remain in many later forms of the conjugal ceremony, and even in the amorous vocabulary that calls arrebato, that is, rape, the impetuous thrust of the erotic sentiment.
IV
The Greek State: phyle, phratry, hetaeria. — The black soup of Sparta. — The Roman State: curia, Salii, consuls. — The State and carnival.
We have, then, that the young men’s “club” initiates in History the following things:
Exogamy.
War.
Authoritarian organization.
The discipline of training or asceticism.
Law.
The cultural association.
The festival of masked dances or Carnival.
The secret society.
And all this, together and undifferentiated, the historical and irrational genesis of the State. Once more we find that in every origin grace is installed and not utility.
But it is not doubtful that this epoch, in which the juvenile carousal predominated without restraint or rein, was a hard and cruel time. It was necessary that the rest of the social mass procure its defense against the warlike and political associations of the young men. Then there is organized against it the association of the old: the Senate. They live with the women and children, of whom they are not, or do not know themselves to be, husbands or fathers. The woman seeks the protection of her brothers and of her mother’s brothers, and makes herself the center of a social group opposed to the “club” of males; it is the first family, the matriarchal family, of origin, in effect, reactive, defensive and opposed to the State. The principle of contemporaneity has since then wrestled in history with the principle of consanguinity. When the one triumphs the other is depressed, and vice versa.
Let us content ourselves with this summary outline, which suffices for my purpose of presenting in the origin of the State an example of the creative fecundity resident in the sporting power. It has not been the worker, nor the intellectual, nor the priest, properly speaking, nor the merchant who initiates the great political process; it has been youth, concerned with femininity and resolved to combat; it has been the lover, the warrior and the sportsman.
I should now have wished to say something about that amorous impetus, which has revealed to us such a surprising historical fertility. Perhaps we should find in love the prototype of primary vitality, the greatest example of biological sportiveness. But that would make this essay interminable, and I still need to direct the reader’s attention toward epochs less primitive and better known to him than that hour of dawn and daybreak, where until now I have held him.
It is fitting, in effect, to show the fecundity that this surprising illumination, with which we have been favored in the ethnographic zone, has for clarifying many problems, until now intractable, of the fully historical times. What is certain is that wherever we witness the truly originative incorporation of a political organism, wherever we glimpse the birth of a State, we find the presence of the juvenile “club,” which dances and combats.
It is curious to note that the historians of Greece and Rome do not know what to do with the deepest, most archaic stratum of institutions that they find in the Hellenic and Latin cities. As for Greece, these institutions are called phyle, phratry, hetaeria. The Hellenists understand the meaning of these words, but did not understand until recently what things the thus-designated ones were. Phyle means tribe, but not as a unit of consanguineous, but as an organized body of warriors. Phratry means brotherhood, and hetaeria, company. Before the polis exists, the city with its Constitution, the Greek people found itself structured in these other forms. Now then; the phratry or brotherhood, which among the Asiatic Aryans has its correspondence in the sabha, is nothing but the age class of the young men, organized as an association of festival and war. Let it not be forgotten that, as I have said, primitively the young men call fathers all the men of the more advanced class, and call one another brothers. As for hetaeria, or company, its name clearly indicates the associative principle of secret society, which gathers around a chief the young males. It is exactly the same that the Germans called Gefolgschaft; that is, those who follow one loyally, the “followers.” In our military vocabulary this original sense endures in the word “company.”
The Attic people were too intelligent, and mental acuteness is a sublime restlessness and like a marvelous neurasthenia, which easily undoes the organism. That is why in Athens everything traditional was soon effaced, and the social body enters, from the outset, into a process of utopian reforms, which end by annihilating it. For this reason so few residues of the primitive organization remain in Attica. Sparta, on the contrary, thinks less and lives more robustly. There we find the phratries in full vigor, under the species of military organization. The warriors live together and apart from their families; the solidarity of their cultural and warlike association is symbolized in the famous suppers, where the “black soup” was taken, which was a ritual dish. And it is not strange that here is localized the myth of the rape of Helen, who was first a lunar divinity and then a foreign woman. Whoever wishes to compare what is known of Lacedaemonian military life with any association of young men of those still existing among the peoples called savages, the Masai of East Africa, for example, will be surprised at the identity.
È proibito, sotto pena di morte, agli uomini maturi, alle donne e ai bambini entrare nel casino virile, che, per le sue forme susseguenti, gli etnologi chiamano la «casa degli scapoli». Tutto in essa è misterioso, segreto e tabù. Perché è un fatto sorprendente che queste primitive associazioni giovanili sogliano avere il carattere di società segrete, di ferrea disciplina interna, dove si coltivano le destrezze vitali della caccia e della guerra con un severo allenamento. Cioè, l’associazione politica originaria è la società segreta e se serve al piacere e alla bevuta è, al contempo, il luogo dove si esercita il primo ascetismo religioso e atletico. Si ricordi che la più esatta traduzione del vocabolo ascetismo è «esercizio di allenamento», e i monaci non hanno fatto che prenderlo dal vocabolario sportivo usato dagli atleti greci. Askesis era il regime di vita dell’atleta, pieno di esercizi e privazioni. Donde risulta che il casino dei giovani, prima casa e primo «club» piacevole, è anche il primo quartiere e il primo convento.
Le divinità sono, come ho indicato, divinità di cacciatore: gli animali, e il loro culto ha carattere orgiastico e magico. Si conquista la benevolenza del potere animale trascendente imitandolo nella sua figura e in gesti rituali che si convertono in balzi e danze frenetiche. Ci sono giorni solenni in cui lo sciame giovanile si copre con maschere orride, che fingono volti di animale, ed esce per i campi danzando in frenesia, lanciando all’aria un pezzo di legno che, ruotando all’estremità di una corda, produce un suono magico, all’udir del quale le donne e i bambini fuggono perché è loro vietato vedere il fantastico stuolo di danzatori che in festa inebriante partono per una «razzia» in cerca di ragazze lontane. Il vestito di guerra è lo stesso che il vestito di festa: la maschera. E festa, caccia e guerra rimasero a lungo indifferenziate: per questo quasi tutte le danze primitive sono la stilizzazione di gesti venatori o bellicosi.
Tutto ciò che ho appena detto un po’ alla rinfusa, perché altra cosa richiederebbe un’estensione inopportuna, deve intendersi che non è un insieme di mie supposizioni. A quest’ora, possibilmente, tutto questo che dico sta, nell’essenziale, accadendo come lo dico in vari luoghi del nostro pianeta.
Vediamo, dunque, che la prima società umana, propriamente tale, è tutto il contrario di una reazione a necessità imposte. La prima società è questa associazione di giovani per rubare donne estranee al gruppo consanguineo e dar compimento a ogni sorta di barbare imprese. Più che a un Parlamento o a un Governo di severi magistrati, somiglia a un Atlétic Club. Mi dica il lettore se è tanto eccessivo quanto in un principio poté parergli proclamare l’origine sportiva dello Stato.
Ciò che in epoche levigate di decadenza e romanticismo sarà il sognare con la principessa lontana, fu in giro rozzo e primitivo l’incitante per così magnifiche creazioni. In esso si origina l’esogamia; cioè, la legge prima matrimoniale, che obbliga a cercare sposa fuori dai consanguinei. L’importanza biologica che questo ha avuto per la specie umana non si nasconde a nessuno. Fu il furto, il ratto, il primo matrimonio, del quale rimangono residui e tracce simboliche in molte forme posteriori della cerimonia coniugale, e persino nel vocabolario amoroso che chiama arrebato, cioè ratto, l’impetuosa spinta del sentimento erotico.
IV
Lo Stato greco: file, fratria, eteria. — La minestra nera di Sparta. — Lo Stato romano: curia, salii, consoli. — Lo Stato e il carnevale.
Abbiamo, dunque, che il «club» dei giovani inizia nella Storia le cose seguenti:
L’esogamia.
La guerra.
L’organizzazione autoritaria.
La disciplina di allenamento o ascetica.
La Legge.
L’associazione culturale.
Il festival di danze mascherate o Carnevale.
La società segreta.
E tutto ciò, insieme e indifferenziato, la genesi storica e irrazionale dello Stato. Una volta ancora troviamo che in ogni origine è installata la grazia e non l’utilità.
Ma non è dubbio che quest’epoca, in cui predominò senza ritegno né freno la gazzarra giovanile, fu tempo duro e crudele. Era necessario che il resto della massa sociale procurasse la sua difesa dinanzi alle associazioni belliche e politiche dei giovani. Allora si organizza di fronte a essa l’associazione dei vecchi: il Senato. Vivono questi con le donne e i bambini, dei quali non sono o non si sanno mariti né padri. La donna cerca la protezione dei suoi fratelli e dei fratelli di sua madre, e si fa centro di un gruppo sociale opposto al «club» dei maschi; è la prima famiglia, la famiglia matriarcale, d’origine, in effetti, reattiva, difensiva e opposta allo Stato. Il principio di coetaneità forza da allora nella storia con il principio di consanguineità. Quando trionfa l’uno si deprime l’altro e viceversa.
Accontentiamoci di questo sommario schema, che basta al mio proposito di presentare nell’origine dello Stato un esempio della fecondità creatrice residente nella potenza sportiva. Non è stato l’operaio, né l’intellettuale, né il sacerdote, propriamente detto, né il commerciante a iniziare il grande processo politico; è stata la gioventù, preoccupata di femminilità e risoluta al combattimento; è stato l’amante, il guerriero e lo sportivo.
Io avrei voluto ora dire qualcosa su quell’impeto amoroso, che ci ha rivelato una tanto sorprendente fertilità storica. Forse troveremmo nell’amore il prototipo della vitalità primaria, l’esempio maggiore di sportismo biologico. Ma sarebbe rendere interminabile questo saggio, e ho ancora bisogno di dirigere l’attenzione del lettore verso epoche meno primitive e più conosciute da lui di quell’ora di alba e di mattutino, dove finora l’ho trattenuto.
Conviene, in effetti, mostrare la fecondità che questa sorprendente illuminazione, con cui siamo stati favoriti nella zona etnografica, ha per chiarire molti problemi, finora indocili, dei tempi pienamente storici. La cosa certa è che dovunque assistiamo alla incorporazione veramente originaria di un organismo politico, dovunque intravvediamo la nascita di uno Stato, troviamo la presenza del «club» giovanile, che danza e combatte.
È curioso avvertire che gli storici di Grecia e Roma non sanno che farsene dello strato più profondo, più arcaico di istituzioni che trovano nelle città elleniche e latine. Per quanto fa alla Grecia, queste istituzioni si chiamano file, fratria, eteria. Gli ellenisti intendono il senso di queste parole, ma non intendevano fino a poco fa che cose fossero le così designate. File significa tribù, ma non come unità di consanguinei, bensì come corpo organizzato di guerrieri. Fratria significa fratellanza, ed eteria, compagnia. Prima che esista la polis, la città con la sua Costituzione, il popolo greco si trovava strutturato in queste altre forme. Ora: la fratria o fratellanza, che ha tra gli arii asiatici la sua corrispondenza nella sabha, non è che la classe di età dei giovani, organizzata in associazione di festa e guerra. Non si dimentichi che, come ho detto, primitivamente i giovani chiamano padri tutti gli uomini della classe più provetta, e si chiamano tra loro fratelli. Quanto all’eteria, o compagnia, chiaramente indica il suo nome il principio associativo di società segreta, che riunisce intorno a un capo i maschi giovani. È esattamente lo stesso che i germani chiamarono Gefolgschaft; cioè, quelli che seguono uno lealmente, i «seguaci». Nel nostro vocabolario militare perdura questo senso originario nella parola «compagnia».
La gente attica era troppo intelligente, e l’acutezza mentale è una sublime inquietudine e come una nevrastenia meravigliosa, che disfa facilmente l’organismo. Per questo ad Atene tutto il tradizionale si cancellò presto, e il corpo sociale entra, da subito, in un processo di riforme utopiche, che finiscono per annichilirlo. Per questa ragione rimangono nell’Attica così scarsi residui dell’organizzazione primitiva. Sparta, al contrario, pensa meno e vive più gagliardamente. Là troviamo le fratrie in pieno vigore, sotto la specie di organizzazione militare. I guerrieri vivono insieme e separati dalle loro famiglie; la solidarietà della loro associazione culturale e bellica si simbolizza nelle famose cene, dove si prendeva la «minestra nera», che era un cibo rituale. E non è strano che qui si localizzi il mito del ratto di Elena, che era prima una divinità lunare e poi una donna straniera. Chi voglia confrontare ciò che si sa della vita militare lacedemone con una qualunque associazione di giovani di quelle esistenti ancora nei popoli chiamati selvaggi, i Masai dell’Africa orientale, per esempio, si sorprenderà dell’identità.
Si un exceso de agudeza e inquietud intelectual —forzoso es reconocerlo, porque la historia nos lo demuestra reiteradamente— descompone, como un álcali, el Estado, llega éste a su mayor solidez y perduración cuando un pueblo moderadamente inteligente posee cierto extraño y nativo don de mando. Éste fue el caso de Roma, como hoy lo es de Inglaterra. Y, notable semejanza, ambos son pueblos que se caracterizan por su maniática conservación del pasado.
Así se explica que habiendo Roma aparecido sobre el área histórica más tarde que Grecia, conserve muchos más restos de arcaísmo. Ello es que en el subsuelo de la estructura política romana hallamos residuos vetustísimos de sus instituciones primitivas —tan vetustos, que los arqueólogos romanos más antiguos no las comprendían ya. Estas instituciones se conservaron siempre en Roma como instituciones religiosas, pero no porque lo fueran propia y exclusivamente, sino porque, según es sabido, toda institución arcaica que ha perdido la actualidad de sus otras intervenciones tiende a conservarse como fenómeno religioso. Todo lo vetusto que ya no se entiende se carga de electricidad mística y se hace religioso. No en balde supervivencia y superstición son sinónimos.
Así acaece que la división más antigua del Estado romano es la curia, y que a la hora en que vemos aquél bajo una plena luz de historia, las curias no son ya más que asociaciones de piedad patriótica, en que se rinde culto a las divinidades tutelares de la ciudad. El nombre mismo curia no se sabía, ni lo supieron los romanos, de dónde procedía. Los filólogos contemporáneos se han dado de cabezadas para averiguar cuál era su etimología. Poníase en relación con Cures y Quirites —los hombres de la lanza—, pero no se lograba confirmar tal origen. Al punto veremos que una nueva etimología, sobremanera palpable, recibe inesperada iluminación merced a esta doctrina sobre el origen del Estado.
Junto a las curias, las más antiguas instituciones romanas son los colegios y sodalidades o compañías de sacerdotes. No he de hablar de los colegios de pontífices y augures, aunque tienen mucho que ver con la tesis aquí sustentada. Prefiero referirme sólo a una sociedad que, por el arcaísmo de su vestimenta ceremonial, de sus ejercicios rituales y de sus cantos, suscitaba ya en el romano del siglo II antes de J. C. una impresión mixta de respeto y comicidad. Se trata de la corporación de los sacerdotes llamados Salii. Como casi todas las instituciones primarias de Roma, poseía una estructura dual, formada por dos cuerpos, de doce miembros cada uno. Estaba consagrada al culto de Marte, el dios latino, que simboliza a un tiempo la guerra, la agricultura y el pastoreo. En ciertas fechas, sobre todo en la de Marte, celebraban los salios sus procesiones, en las cuales danzaban una primitiva danza bélica. De aquí su nombre: Salii —de salire —saltar, danzar. El jefe de cada uno de los cuerpos, que danzaba delante del resto como de un coro, se llamaba prae-sul, el que baila delante —porque el tema sul es el mismo tema sal—, de saltar. De aquí ex-sul, el desterrado, el exilado, es decir, el que ha saltado más allá de la frontera; de aquí in-sul-a, el peñón que ha saltado en el mar[146]. Vestían un traje que ya parecía grotesco, pero que era ni más ni menos que el antiquísimo indumento de guerra —el traje usado por los patricios hasta el siglo VII antes de J. C.—, y portaban unos grandes escudos de forma desusada. En Roma se veneraban estos escudos por lo mismo que se había perdido la noción de su origen. Eran conservados en una «mansión» llamada curia saliorum. Cicerón refiere que habiéndose una vez incendiado esta curia o casa de los salios, se halló en ella el báculo real de Rómulo. Trátase de la conexión de esta sociedad con la fundación del Estado romano. El canto o carmen saliare era un himno a Marte, bajo nombres y con vocablos tan antiguos, que nadie en Roma los entendía ya. En su curia celebraban, a costa del Estado, cenas rituales tan opíparas, que era usado llamar a toda gran comilona coena saliorum.
Como se advierte, encontramos en esta sociedad de los danzadores guerreros todos los síntomas del primitivo «club» juvenil. Y lo hallamos todo ello unido a la fundación de la sociedad, es decir, del Estado romano. Sus procesiones eran el centro de un gran festival urbano, que tomaba cariz orgiástico, del mismo sesgo que la fiesta de las lupercales, que es, en parte, la raíz de nuestro Carnaval. La lupercal es la fiesta de la loba, «totem» urbano de Roma. En ella, unos ciudadanos se disfrazaban con pieles de lobo, mientras otros, vestidos de pastores, los perseguían, usando unos y otros de cardos, con que azuzaban a los transeúntes. Esta fiesta de pastores que dan caza al lobo enemigo se conserva, en forma semejante, en muchas asociaciones varoniles de África y Melanesia.
Pero lo importante es advertir que cuando Roma destrona sus reyes, que eran etruscos y significaban la dominación extranjera, los romanos quieren retornar a sus instituciones primitivas y se organizan en república. Al frente de ésta, como máximos magistrados y suprema representación del Estado, aparecen entonces súbitamente, sin que se sepa de dónde procedía ni la esencia ni el nombre, dos cónsules. ¿Qué son estos cónsules? Los gramáticos disputan mucho todavía sobre la etimología de este vocablo, pero entre las varias propuestas hay una, preconizada, entre otros, por Mommsen, que pone en relación este vocablo con exul, con insula, con prae-sul. Viene ésta, con perfecto ajuste, a terminar el arco de los orígenes políticos de Roma. Porque, según ella, consules significa los que danzan juntos, es decir, los dos prae-sules o jefes de los jóvenes guerreros y danzarines, que convivían en la asociación varonil[147]. Su casa y solidaridad se llamó curia. Pues bien, la más reciente explicación de esta palabra no es otra que curia-coviria, es decir, co-varonía, reunión de hombres jóvenes. Nos es, por tanto, evidente que bajo la especie decaída de la corporación salia hallamos la supervivencia de los primitivos «clubs» juveniles, fundadores del Estado romano. Y, para colmo de convergencias sugestivas, recordamos que se enlaza con la instauración de la ciudad la leyenda del rapto de las sabinas como una de las primeras hazañas realizadas por Rómulo y sus compañeros. Nuestra interpretación permite reconocer en esta leyenda un hecho bien general y notorio, característico de un estadio en la evolución social. En los ritos matrimoniales de Roma perduró la huella del rapto originario, ya que, como es sabido, la esposa, al ingresar en la casa de su marido, no lo hacía por su pie, sino que éste la tomaba en vilo, a fin de que no pisase el dintel, simbolizando así que había sido arrebatada.
Pero el tema sería inagotable. Quede aquí, por ahora, este esquemático dibujo sobre el origen deportivo y festival del Estado[148].
Diciembre, 1924
If an excess of intellectual acuteness and restlessness — it must be recognized, because history demonstrates it to us repeatedly — decomposes, like an alkali, the State, this reaches its greatest solidity and duration when a moderately intelligent people possesses a certain strange and native gift of command. This was the case of Rome, as today it is of England. And, notable similarity, both are peoples that are characterized by their maniacal conservation of the past.
Thus it is explained that, Rome having appeared on the historical area later than Greece, it conserves many more remains of archaism. The fact is that in the subsoil of the Roman political structure we find most ancient residues of its primitive institutions — so ancient, that the oldest Roman archaeologists no longer understood them. These institutions were always conserved in Rome as religious institutions, but not because they were properly and exclusively so, but because, as is known, every archaic institution that has lost the actuality of its other interventions tends to conserve itself as a religious phenomenon. Everything ancient that is no longer understood becomes charged with mystic electricity and becomes religious. Not in vain are survival and superstition synonyms.
Thus it happens that the most ancient division of the Roman State is the curia, and that at the hour in which we see it under a full light of history, the curiae are by then nothing more than associations of patriotic piety, in which worship is rendered to the tutelary divinities of the city. The very name curia was not known, nor did the Romans know, whence it proceeded. The contemporary philologists have knocked their heads together to ascertain what its etymology was. It was put in relation with Cures and Quirites — the men of the spear —, but such an origin could not be confirmed. At once we shall see that a new etymology, exceedingly palpable, receives unexpected illumination thanks to this doctrine on the origin of the State.
Beside the curiae, the most ancient Roman institutions are the colleges and sodalities or companies of priests. I need not speak of the colleges of pontiffs and augurs, although they have much to do with the thesis sustained here. I prefer to refer only to a society that, by the archaism of its ceremonial dress, of its ritual exercises and of its songs, already aroused in the Roman of the second century before Christ a mixed impression of respect and comicality. It concerns the corporation of the priests called Salii. Like almost all the primary institutions of Rome, it possessed a dual structure, formed by two bodies, of twelve members each. It was consecrated to the worship of Mars, the Latin god, who symbolizes at once war, agriculture and shepherding. On certain dates, above all on that of Mars, the Salii celebrated their processions, in which they danced a primitive warlike dance. Hence their name: Salii — from salire — to leap, to dance. The chief of each of the bodies, who danced before the rest as of a chorus, was called prae-sul, he who dances before — because the theme sul is the same theme sal — of leaping. Hence ex-sul, the banished one, the exile, that is, he who has leapt beyond the frontier; hence in-sul-a, the crag that has leapt into the sea[146]. They wore a dress that already seemed grotesque, but which was neither more nor less than the most ancient war attire — the dress used by the patricians until the seventh century before Christ —, and bore great shields of an unusual form. In Rome these shields were venerated precisely because the notion of their origin had been lost. They were kept in a “mansion” called curia saliorum. Cicero relates that, one day when this curia or house of the Salii had caught fire, there was found in it the royal staff of Romulus. It concerns the connection of this society with the foundation of the Roman State. The song or carmen saliare was a hymn to Mars, under names and with words so ancient, that no one in Rome understood them any longer. In their curia they celebrated, at the expense of the State, ritual suppers so sumptuous, that it was customary to call every great feast coena saliorum.
As is observed, we find in this society of the warrior dancers all the symptoms of the primitive juvenile “club.” And we find it all united to the foundation of the society, that is, of the Roman State. Its processions were the center of a great urban festival, which took on an orgiastic character, of the same stamp as the feast of the Lupercalia, which is, in part, the root of our Carnival. The Lupercalia is the feast of the she-wolf, the urban “totem” of Rome. In it, some citizens disguised themselves with wolfskins, while others, dressed as shepherds, pursued them, both the one and the other using thistles, with which they goaded the passersby. This feast of shepherds who hunt the enemy wolf is preserved, in a similar form, in many virile associations of Africa and Melanesia.
But the important thing is to note that when Rome dethrones its kings, who were Etruscan and signified foreign domination, the Romans wish to return to their primitive institutions and organize themselves as a republic. At its head, as supreme magistrates and supreme representation of the State, there appear then suddenly, without it being known whence proceeded either the essence or the name, two consuls. What are these consuls? The grammarians still dispute much about the etymology of this word, but among the various proposals there is one, advocated, among others, by Mommsen, which puts this word in relation with exul, with insula, with prae-sul. This one comes, with perfect fit, to close the arc of the political origins of Rome. Because, according to it, consules means those who dance together, that is, the two prae-sules or chiefs of the young warriors and dancers, who lived together in the virile association[147]. Their house and solidarity was called curia. Well then, the most recent explanation of this word is none other than curia-coviria, that is, co-virility, reunion of young men. It is therefore evident to us that under the fallen species of the Salian corporation we find the survival of the primitive juvenile “clubs,” founders of the Roman State. And, to cap all the suggestive convergences, we recall that there is linked with the establishment of the city the legend of the rape of the Sabines as one of the first feats performed by Romulus and his companions. Our interpretation allows us to recognize in this legend a fact well general and notorious, characteristic of a stage in social evolution. In the matrimonial rites of Rome the trace of the original rape endured, since, as is known, the wife, on entering the house of her husband, did not do so on her own feet, but he took her up in his arms, so that she should not step on the threshold, thus symbolizing that she had been carried off.
But the theme would be inexhaustible. Let there remain here, for now, this schematic drawing on the sporting and festive origin of the State[148].
December, 1924
Se un eccesso di acutezza e inquietudine intellettuale — bisogna riconoscerlo, perché la storia ce lo dimostra reiteratamente — scompone, come un alcali, lo Stato, giunge questo alla sua maggiore solidità e perdurazione quando un popolo moderatamente intelligente possiede un certo strano e nativo dono di comando. Questo fu il caso di Roma, come oggi lo è dell’Inghilterra. E, notevole somiglianza, entrambi sono popoli che si caratterizzano per la loro maniaca conservazione del passato.
Così si spiega che, essendo Roma apparsa sull’area storica più tardi della Grecia, conservi molti più resti di arcaismo. Il fatto è che nel sottosuolo della struttura politica romana troviamo residui vetustissimi delle sue istituzioni primitive — tanto vetusti, che i più antichi archeologi romani già non le comprendevano. Queste istituzioni si conservarono sempre a Roma come istituzioni religiose, ma non perché lo fossero propria ed esclusivamente, bensì perché, come è noto, ogni istituzione arcaica che ha perduto l’attualità delle sue altre intervenzioni tende a conservarsi come fenomeno religioso. Tutto il vetusto che ormai non si intende si carica di elettricità mistica e si fa religioso. Non invano sopravvivenza e superstizione sono sinonimi.
Così accade che la divisione più antica dello Stato romano è la curia, e che all’ora in cui vediamo quello sotto una piena luce di storia, le curie non sono ormai che associazioni di pietà patriottica, in cui si rende culto alle divinità tutelari della città. Il nome stesso curia non si sapeva, né lo seppero i romani, da dove provenisse. I filologi contemporanei si sono dati delle capate per accertare quale fosse la sua etimologia. Si metteva in relazione con Cures e Quirites — gli uomini della lancia —, ma non si riusciva a confermare tale origine. Subito vedremo che una nuova etimologia, oltremodo palpabile, riceve inaspettata illuminazione grazie a questa dottrina sull’origine dello Stato.
Accanto alle curie, le più antiche istituzioni romane sono i collegi e le sodalità o compagnie di sacerdoti. Non ho da parlare dei collegi dei pontefici e degli auguri, benché abbiano molto a che vedere con la tesi qui sostenuta. Preferisco riferirmi soltanto a una società che, per l’arcaismo del suo vestimento cerimoniale, dei suoi esercizi rituali e dei suoi canti, suscitava già nel romano del II secolo avanti Cristo un’impressione mista di rispetto e comicità. Si tratta della corporazione dei sacerdoti chiamati Salii. Come quasi tutte le istituzioni primarie di Roma, possedeva una struttura duale, formata da due corpi, di dodici membri ciascuno. Era consacrata al culto di Marte, il dio latino, che simbolizza a un tempo la guerra, l’agricoltura e la pastorizia. In certe date, soprattutto in quella di Marte, celebravano i salii le loro processioni, nelle quali danzavano una primitiva danza bellica. Di qui il loro nome: Salii — da salire — saltare, danzare. Il capo di ciascuno dei corpi, che danzava davanti al resto come di un coro, si chiamava prae-sul, colui che balla davanti — perché il tema sul è lo stesso tema sal —, di saltare. Di qui ex-sul, il bandito, l’esiliato, cioè colui che è saltato oltre la frontiera; di qui in-sul-a, il masso che è saltato nel mare[146]. Vestivano un abito che sembrava già grottesco, ma che era né più né meno che l’antichissimo indumento di guerra — l’abito usato dai patrizi fino al VII secolo avanti Cristo —, e portavano grandi scudi di forma inusata. A Roma si veneravano questi scudi proprio perché si era perduta la nozione della loro origine. Erano conservati in una «magione» chiamata curia saliorum. Cicerone riferisce che, essendosi una volta incendiata questa curia o casa dei salii, vi si trovò il bastone reale di Romolo. Si tratta della connessione di questa società con la fondazione dello Stato romano. Il canto o carmen saliare era un inno a Marte, sotto nomi e con vocaboli tanto antichi, che nessuno a Roma li intendeva ormai. Nella loro curia celebravano, a spese dello Stato, cene rituali tanto opipare, che era uso chiamare ogni grande scorpacciata coena saliorum.
Come si avverte, troviamo in questa società dei danzatori guerrieri tutti i sintomi del primitivo «club» giovanile. E lo troviamo tutto ciò unito alla fondazione della società, cioè, dello Stato romano. Le sue processioni erano il centro di un grande festival urbano, che prendeva carattere orgiastico, dello stesso segno della festa delle lupercali, che è, in parte, la radice del nostro Carnevale. La lupercale è la festa della lupa, «totem» urbano di Roma. In essa, alcuni cittadini si travestivano con pelli di lupo, mentre altri, vestiti da pastori, li inseguivano, usando uni e altri dei cardi, con cui aizzavano i passanti. Questa festa di pastori che danno caccia al lupo nemico si conserva, in forma simile, in molte associazioni virili dell’Africa e della Melanesia.
Ma l’importante è avvertire che quando Roma detronizza i suoi re, che erano etruschi e significavano la dominazione straniera, i romani vogliono ritornare alle loro istituzioni primitive e si organizzano in repubblica. Al fronte di questa, come massimi magistrati e suprema rappresentazione dello Stato, appaiono allora improvvisamente, senza che si sappia da dove provenissero né l’essenza né il nome, due consoli. Che cosa sono questi consoli? I grammatici disputano molto ancora sull’etimologia di questo vocabolo, ma tra le varie proposte ce n’è una, preconizzata, tra gli altri, da Mommsen, che mette in relazione questo vocabolo con exul, con insula, con prae-sul. Viene questa, con perfetto aggiustamento, a terminare l’arco delle origini politiche di Roma. Perché, secondo essa, consules significa quelli che danzano insieme, cioè, i due prae-sules o capi dei giovani guerrieri e danzatori, che convivevano nell’associazione virile[147]. La loro casa e solidarietà si chiamò curia. Ebbene, la più recente spiegazione di questa parola non è altra che curia-coviria, cioè, co-virilità, riunione di uomini giovani. Ci è, pertanto, evidente che sotto la specie decaduta della corporazione salia troviamo la sopravvivenza dei primitivi «club» giovanili, fondatori dello Stato romano. E, per colmo di suggestivi convergere, ricordiamo che si lega con l’instaurazione della città la leggenda del ratto delle sabine come una delle prime imprese realizzate da Romolo e dai suoi compagni. La nostra interpretazione permette di riconoscere in questa leggenda un fatto ben generale e notorio, caratteristico di uno stadio nell’evoluzione sociale. Nei riti matrimoniali di Roma perdurò l’impronta del ratto originario, già che, come è noto, la sposa, entrando nella casa del marito, non lo faceva con i propri piedi, ma questi la prendeva in braccio, affinché non pestasse la soglia, simbolizzando così che era stata rapita.
Ma il tema sarebbe inesauribile. Resti qui, per ora, questo disegno schematico sull’origine sportiva e festiva dello Stato[148].
Dicembre, 1924