Abstract

An essay whose opening attacks nineteenth-century agnosticism: experimental science buys exactness by leaving the ultimate questions untouched, but the man behind every physicist prolongs the line. Scientific truth floats in mythology, and science itself is the admirable European myth.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

I

La verdad científica se caracteriza por su exactitud y el rigor de sus previsiones. Pero estas admirables calidades son conquistadas por la ciencia experimental a cambio de mantenerse en un plano de problemas secundarios, dejando intactas las últimas, las decisivas cuestiones. De esta renuncia hace su virtud esencial y no será necesario recalcar que por ello sólo merece aplausos. Pero la ciencia experimental es sólo una exigua porción de la mente y el organismo humanos. Donde ella se para no se para el hombre. Si el físico detiene la mano con que dibuja los hechos allí donde su método concluye, el hombre que hay detrás de todo físico prolonga, quiera o no, la línea iniciada y la lleva a terminación, como automáticamente al ver el trozo del arco roto nuestra mirada completa la aérea curva manca.

La misión de la física es averiguar de cada hecho que ahora se produce su principio, es decir, el hecho antecedente que originó aquél. Pero este principio tiene a su vez un principio anterior y así sucesivamente hasta un primer principio originario. El físico renuncia a buscar este primer principio del Universo, y hace muy bien. Pero repito que el hombre donde cada físico vive alojado no renuncia y, de grado o contra su albedrío, se le va el alma hacia esa primera y enigmática causa. Es natural que sea así. Vivir es, de cierto, tratar con el mundo, dirigirse a él, actuar en él, ocuparse de él. De aquí que sea al hombre materialmente imposible, por una forzosidad psicológica, renunciar a poseer una noción completa del mundo, una idea integral del Universo. Delicada o tosca, con nuestra anuencia o sin ella, se incorpora en el espíritu de cada cual esa fisonomía transcientífica del mundo y viene a gobernar nuestra existencia con más eficacia que la verdad científica. Violentamente quiso el pasado siglo frenar la mente humana allí donde la exactitud finiquita. Esta violencia, este volverse de espaldas a los últimos problemas, se llamó «agnosticismo». He aquí lo que ya no está justificado ni es plausible. Porque la ciencia experimental sea incapaz de resolver a su manera esas cuestiones fundamentales, no es cosa de que haciendo ante ellas un gracioso gesto de zorra ante uvas altaneras las llame «mitos» y nos invite a abandonarlas. ¿Cómo se puede vivir sordo a las postreras, dramáticas preguntas? ¿De dónde viene el mundo, a dónde va? ¿Cuál es la potencia definitiva del cosmos? ¿Cuál el sentido esencial de la vida? No podemos alentar confinados en una zona de temas intermedios, secundarios. Necesitamos una perspectiva íntegra, con primero y último plano, no un paisaje mutilado, no un horizonte al que se ha amputado la palpitación incitadora de las postreras lontananzas. Sin puntos cardinales, nuestros pasos carecerían de orientación. Y no es pretexto bastante para esa insensibilidad hacia las últimas cuestiones declarar que no se ha hallado manera de resolverlas. ¡Razón de más para sentir en la raíz de nuestro ser su presión y su herida! ¿A quién le ha quitado nunca el hambre saber que no podrá comer? Aun insolubles seguirán esas interrogaciones alzándose patéticas en la comba faz nocturna y haciéndonos sus guiños de estrella —las estrellas, según Heine, son inquietos pensamientos de oro que tiene la noche. El Norte y el Sur nos orientan, sin necesidad de ser ciudades asequibles, para las cuales quepa tomar un billete de ferrocarril.

Quiero decir con esto que no nos es dado renunciar a la adopción de posiciones ante los temas últimos: queramos o no, de uno u otro rostro, se incorporan en nosotros. La «verdad científica» es una verdad exacta, pero incompleta y penúltima, que se integra forzosamente en otra especie de verdad, última y completa, aunque inexacta, a la cual no habría inconveniente en llamar «mito». La verdad científica flota, pues, en mitología, y la ciencia misma, como totalidad, es un mito, el admirable mito europeo.

II

Una de estas cuestiones últimas, acaso la que mayor influjo posee sobre nuestro destino cotidiano, es la idea que tengamos de la vida. En el siglo XIX, que era de suyo y en todo propenso al utilitarismo, se fraguó una interpretación utilitaria del fenómeno vital que ha llegado hasta nosotros y puede aún considerarse como el tópico vigente. Según ella, la actividad primaria de la vida consistiría en responder a exigencias ineludibles, en satisfacer necesidades imperiosas. Todas las manifestaciones vitales serían ejemplos de esa actividad —lo mismo las formas del animal que sus movimientos, lo mismo el espíritu del hombre que sus obras y acciones históricas. Una ceguera congénita hizo que los hombres de esa época tuvieran sólo ojos para los hechos que parecían, en efecto, presentar la vida como un fenómeno de utilidad y adaptación. Pero tanto la nueva biología como las recientes investigaciones históricas invalidan el usado mito y proponen una idea distinta de la vida, en que ésta nos aparece con más grácil gesto.

Según ella, todos los actos utilitarios y adaptativos, todo lo que es reacción a premiosas necesidades, son vida secundaria. La actividad original y primera de la vida es siempre espontánea, lujosa, de intención superflua, es libre expansión de una energía preexistente. No consiste en salir al paso de una necesidad, no es un movimiento forzado o tropismo, sino, más bien, la liberal ocurrencia, el imprevisible apetito. El darwinismo creía que la especie dotada de ojos se había producido, en un milenario proceso, merced a la necesidad o conveniencia de ver para luchar por la vida frente al medio. La nueva teoría de la mutación y su aliado el mendelismo nos demuestran, con un rigor antes desconocido en biología, que la verdad es, más bien, lo contrario. La especie con ojos aparece súbitamente, caprichosamente diríamos, y es ella la que modifica el medio vital creando su aspecto visible. No porque hace falta el ojo llega éste a formarse, sino al revés, porque aparece el ojo se le puede luego usar como instrumento útil. De esta manera, el repertorio de hábitos útiles que cada especie posee se ha formado mediante selección y aprovechamiento de innumerables actos inútiles que por exuberancia vital ha ido ejecutando el ser viviente.

Así, pues, podemos distribuir los fenómenos orgánicos —animales y humanos— en dos grandes formas de actividad: una actividad originaria, creadora, vital por excelencia —que es espontánea y desinteresada—; otra actividad en que se aprovecha y mecaniza aquélla y que es de carácter utilitario. La utilidad no crea, no inventa, simplemente aprovecha y estabiliza lo que sin ella fue creado.

Dejando a un lado las formas orgánicas y atendiendo sólo a las acciones, la vida plena nos aparece siempre como un esfuerzo, pero este esfuerzo es de dos clases: el esfuerzo que hacemos por la simple delectación de hacerlo, como dice Goethe: «Es el canto que canta la garganta, el pago más gentil para el que canta»; y el esfuerzo obligado a que una necesidad impuesta y no inventada o solicitada por nosotros nos apura y arrastra. Y como este esfuerzo obligado, en que estrictamente satisfacemos una necesidad, tiene su ejemplo máximo en lo que suele el hombre llamar trabajo, así aquella clase de esfuerzos superfluos encuentra su ejemplo más claro en el deporte. Esto nos llevará a transmutar la inveterada jerarquía y considerar la actividad deportiva como la primaria y creadora, como la más elevada, seria e importante en la vida, y la actividad laboriosa como derivada de aquélla, como su mera decantación y precipitado. Es más, vida propiamente hablando es sólo la de cariz deportivo, lo otro es relativamente mecanización y mero funcionamiento. Lo vital es la formación del brazo y su repertorio de posibles movimientos; dado el brazo y sus posibilidades, su trayectoria en cada caso es cuestión simplemente mecánica. Asimismo, una vez hecho el ojo, las leyes de la óptica física se cumplen en la visión, pero con las leyes físicas no se hace un ojo. A Descartes, que sostenía la naturaleza mecánica de los cuerpos vivos, ya decía Cristina de Suecia que «ella no había visto nunca que su reloj diese a luz relojitos».

En modo alguno quiero decir con esto que la acción utilitaria no reobre a su vez, no inspire y dé pretexto a nuevas creaciones de la potencia deportiva; lo único que estrictamente quisiera insinuar es que, en todo proceso vital, lo primario, el punto de partida, es una energía de sentido superfluo y libérrimo, lo mismo en la vida corporal que en la vida histórica. Al hacer la historia de toda existencia viviente hallaremos siempre que la vida fue primero una pródiga invención de posibilidades y luego una selección entre ellas que se fijan y como solidifican en hábitos utilitarios. Bastaría con que cada cual hiciese resbalar la atención sobre el film de su vida para que viese cómo su destino individual ha consistido en la selección que las circunstancias afectivas han ido ejecutando entre sus posibilidades personales. El individuo que a lo largo de nuestra vida llegamos a ser es sólo uno de los varios o muchos que pudimos ser y que quedaron sin realizar como bajas lamentables de nuestro ejército interior. Por eso, importa mucho que penetremos en la existencia muy ricos en posibilidades, a fin de que luego la poda fatal que es el destino deje siempre en nosotros potencias invulneradas y robustas. Esta abundancia de posibilidades es el síntoma más característico de vida pujante, como el utilitarismo, el atenerse a lo estrictamente necesario, al modo del enfermo que ahorra movimientos, es el síntoma de debilidad y de vida menguante.

Depende, pues, el acierto en la existencia de la riqueza de posibilidades con que avancemos por ella. Cada golpe que en ella recibamos debe ser sólo un excitante para nuevos ensayos.

Perdóneseme, pero nunca puedo sesgar esta idea sin que venga a mi memoria, como símbolo de ella, la escena victoriosa que en los circos solían representar los clownes cuando mi generación andaba por su infancia. Salía el clown con su lívida faz enharinada, y colocándose en un lugar de la pista, sacaba de su faltriquera un pito, que se ponía a tocar. Al punto se presentaba el director de escena y le advertía que allí no se podía tocar. Sin inmutarse, el clown se colocaba en otro sitio y volvía a tocar, pero entonces el director llegaba irritado y le arrebataba el silbo melodioso. Tampoco se inmutaba el clown ante pareja desventura, antes bien, dejaba que el director se alejase y sumergiendo su mano en la insondable faltriquera extraía de ella otro pito y de él nuevas líneas melódicas. Pero el director inexorable volvía una vez más y una vez más le arrancaba el objeto armonioso. Mas el bolsillo del clown era un cósmico seno inagotable del cual salían unos tras otros nuevos instrumentos musicales, altisonantes y alegres, o dulces y melancólicos. La melodía triunfaba siempre sobre el veto del destino y llenaba el ámbito comunicando su victoriosa generosidad, su impetuosa invencible abundancia a todos los espectadores, que sentíamos creciente exaltación, como si un torrente de extraña energía emanase del silbo glorioso que impertérrito modulaba el clown, sentado en la barrera del circo. Luego he pensado que venía a ser este clown de los pitos una burlesca forma moderna del viejo Pan de las selvas que adoraban los griegos como símbolo de la vitalidad cósmica. ¡Sereno Pan capriforme, que en la tarde declinante tañe la zampoña divina y su mágico son suscita resonancias en todas las cosas; se estremece la fuente y la hoja, tiembla el astro y danzan los chivos rufos en la linde del bosque!

Pues bien, sin mayor solemnidad yo diría que la vida es cuestión de pitos. Lo más necesario es lo superfluo, el que se contente con responder estrictamente a la necesidad que sobreviene será arrollado por ella; la vida ha triunfado sobre el planeta gracias a que en vez de atenerse a la necesidad la ha inundado, la ha anegado en exuberantes posibilidades, permitiendo que el fracaso de una sirva de puente para la victoria de otra.

Por esto la palabra que más sabor de vida tiene para mí y una de las más bonitas del diccionario es la palabra «incitación». Sólo en biología tiene este vocablo sentido. La física la ignora. En la física no es una cosa incitación para otra, sino sólo su causa. Ahora bien: la diferencia entre causa e incitación es que la causa produce sólo un efecto proporcionado a ella. La bola de billar que choca con otra transmite a ésta un impulso, en principio, igual al que ella llevaba: el efecto es en física igual a la causa. Mas cuando el aguijón de la espuela roza apenas el ijar del caballo pura sangre éste da una corveta magnífica, generosamente desproporcionada con el impulso de la espuela. La espuela no es causa, sino incitación. Al pura sangre le bastan mínimos pretextos para ser exuberantemente incitado, y en él responder a un impulso exterior es más bien dispararse. Las corvetas equinas son, en verdad, una de las imágenes más perfectas de la vida pujante y no menos la testa nerviosa, de ojo inquieto y venas trémulas del caballo de raza. Así debió ser aquel maravilloso animal que se llamó «Incitatus» y Calígula nombró senador romano.

¡Pobre la vida, falta de elásticos resortes que la hagan pronta al ensayo y al brinco! ¡Triste vida la que inerte deja pasar los instantes, sin exigir que las horas se acerquen vibrantes como espadas! ¡Da pena cuando uno piensa que le ha tocado vivir en una etapa de inercia española y recuerda los saltos de corcel o de tigre que en sus tiempos mejores fue la historia de España! ¿Dónde ha ido a parar aquella vitalidad? ¿Espera bajo la tierra vetusta alguna resurrección? Yo quiero creer que sí, y decidido, ya que no tengo otra cosa, a nutrirme con imágenes me formo la siguiente:

Es Córdoba una de las ciudades del mundo cuyo subsuelo es históricamente más rico. Bajo la humilde y quieta población actual descansan los restos de seis civilizaciones; romana, gótica, árabe, hebrea y española clásica y romántica. Cada una de ellas se puede resumir en un nombre máximo: Séneca, Álvaro, Averroes, Maimónides, Góngora y el duque de Rivas; ¡qué espléndido enjambre de incitaciones punzantes como espuelas o como abejas! Todo ese enorme tesoro de vitalidad ejemplar yace sepulto bajo la inercia instalada en la superficie. Diríase que Córdoba es un rosal que tiene al viento la sórdida raíz y da sus rosas bajo la tierra. Ello es que, en la calle de Claudio Marcelo, lo que hoy es Delegación de Policía y precisamente el lugar donde son conducidos los beodos y sometidos al rito arcaico del amoníaco, pertenecía hasta tiempo reciente, como patio, a una casa solar de que era dueña una linajuda dama. Hace algunos años, con motivo de no sé qué obras, trabajaban unos obreros en el patio, cuando la piqueta de uno de ellos tropezó con un objeto resistente. Miraron con cuidado y vieron que era una pequeña oreja de un caballo de bronce. Cavaron un poco más y maravillados vieron que emergía de la tierra, y como que en ella florecía una espléndida testa equina y luego el comienzo de una figura ecuestre de romano estilo. Probablemente la estatua del propio Claudio Marcelo. Avisaron a la propietaria y ésta se informó de lo que podía costar la exhumación de la estatua ecuestre. La cuantía le pareció grande y entonces ordenó que fuese de nuevo cubierta por la tierra. Y aunque parezca increíble, allí sigue sepulto este español «Incitatus» con su fina cerviz de venas quebradas y sus belfos fáciles a la espuma. Y como los pescadores de Bretaña, al inclinarse en las tardes de calma sobre la borda de sus barcas, creen oír el rumor de campanas sumergidas que llega del fondo del mar, piensa uno si al poner el oído sobre la tierra no se entreoirá soterraño el relincho exasperado de este caballo de bronce.

Pero demos de lado a estas imágenes y prosigamos nuestro camino.

III

El instinto de coetaneidad.— Las clases de edad.— Asociaciones juveniles.— El rapto de mujeres extrañas, motivo inicial del Estado.— El «club» antes que la familia y el Parlamento.— Origen del ascetismo.— La familia contra el Estado.

¡Los jóvenes!… Yo quisiera en algún día próximo hablar largamente sobre el admirable filón de secretos que descubrimos al intentar una psicología de la juventud. En general, es preciso atacar decididamente la gran cuestión de los estudios biológicos: niñez, juventud, madurez, ancianidad.

Permítaseme augurar para tiempo muy próximo la convergencia de la atención científica sobre este problema de las edades, común a todos los organismos —no sólo propio al animal, a la planta y al hombre. Spengler no ha hecho aquí, como en muchas otras cosas, más que levantar la caza a destiempo, sin madurez ni mesura. Pero —recuerde el lector mi pronóstico— antes de un lustro será uno de los grandes temas de la meditación intelectual el hecho trágico de la «senescencia de las razas». Paralelamente, la biología se convencerá en estos años de que el secreto de la vida tiene que ser palpado saliendo de este hecho tan evidente como desatendido: la inevitabilidad de la muerte.

Mas ahora he de reducirme a destacar un rasgo solo, característico en la psicología juvenil.

Un pedagogo inglés dio el año pasado a la estampa cierto estudio sobre psicología de la infancia. Se había propuesto el autor ver si había manera de establecer épocas claramente distintas en el desarrollo de la vida infantil. A este propósito busca alguna actividad espiritual libre de influencias voluntarias y externas, para investigar las variaciones que año tras año en ella se producen. La encuentra en los sueños. Y analizando los sueños del niño advierte que se pueden distinguir tres etapas: en la primera el niño sueña que está jugando él sólo; en la segunda aparece en sus sueños un nuevo personaje, que es otro niño, pero este segundo niño no tiene otro papel que el de espectador; está allí para verle jugar. Tras ésta viene una última etapa, próxima a la pubertad, durante la cual irrumpe en el sueño del niño todo un grupo de muchachos que juegan con él y en cuyo enjambre inquietísimo queda sumida su individual persona.

Es, en efecto, una de las fuerzas decisivas en el alma del adolescente, que no hace sino aumentarse en la plena juventud, el apetito de convivir con otros muchachos de su edad. Se quiebra el aislamiento de la primera infancia y la personalidad del muchacho se derrama por completo en el grupo coetáneo. Ya no vive por sí ni para sí: no quiere y siente como individuo, sino que se halla absorbido por la personalidad anónima del grupo que piensa y siente en su lugar. De aquí que la adolescencia y la juventud sean la sazón de las amistades. Durante ellas el hombre, con la individualidad aún no formada, vive sumergido en el enjambre muchachil que vaga indiviso, inseparable, donde los vientos le empujan sobre el vergel de la existencia. Yo llamo a este apetito soberanamente sociable el instinto de coetaneidad.

En el último año, un niño de doce, que me es muy próximo, de alma limpísima, esbelta y fragante, se acercó un día a su madre y le dijo: «Mamá, mañana vamos de excursión todos los del colegio, chicos y chicas. Yo quiero que me arregles bien la chaqueta, que me des un pañuelo de seda para el bolsillo y cinco pesetas para bombones». Como el garzón suele ser de una bronca y descuidada varonía, sorprendió a la madre tan remilgada exigencia y le preguntó a qué venía todo aquello. El niño, habituado a verter por entero sus secretos a la madre, pronunció entonces estas deliciosas palabras: «Mamá, sabes… es que nos gustan ya las chicas». No dijo: «me gustan ya las chicas». Lo delicioso de esta frase radica en el «nos». Porque, en efecto, a él individualmente no le gustaban ni le gustan todavía las chicas. Lo ocurrido era que súbitamente en el grupo escolar, como tal grupo, había brotado la curiosidad por la mujer, la vaga noción del atractivo femenino y, sobre todo, una primera sospecha de la gracia dinámica que posee el combate galante, requeridor y romántico del hombre con la esquivez de la mujer. El primer impulso de pubertad había aparecido en el grupo antes que en el individuo, y el gentil tropel de la clase se disponía, lleno de ilusión y unidad interior, como un equipo de fútbol, a dar el día próximo una primera y famosa batida al eterno femenino. Ni que decir tiene que en aquella jornada ilustre al hallarse el grupo de escolares frente a las niñas, irónicas y ariscas, quedó aquél paralizado y no se atrevió siquiera a manejar el dulce soborno de los bombones.

Ahora conviene recordar que, como otras veces he dicho (véase El tema de nuestro tiempo), parece la historia humana avanzar según un doble ritmo: el ritmo de edades y el de sexos. Hay épocas en que se observa un predominio de la influencia juvenil y otras en que parece señorear el hombre maduro. De todas suertes, si investigamos qué forma de sociedad aparece inmediatamente después de la forma informe que hemos llamado «horda», nos encontramos con una sociedad dotada ya de un comienzo de organización. El principio de esta organización es sencillamente la edad. El cuerpo social ha aumentado en número de individuos y de horda se ha convertido en tribu. Pues bien, las tribus primitivas aparecen divididas en tres clases sociales: que no son, ciertamente, económicas, como preferiría la tesis socialista, sino la clase de los hombres maduros, la de los jóvenes y la de los viejos. No hay otras distinciones, y, por supuesto, no existe aún la familia. Tan no existe, que todos los pertenecientes a la clase joven se llaman entre sí hermanos y llaman padres a todos los de la clase de más edad.

Conste, pues, que la primera organización social no divide al grupo en familias, sino en lo que se ha llamado «clases de edad».

Sin embargo, de estas tres edades, la que predomina por su poder y autoridad, la que manda y decide no es la de los hombres maduros, sino la de los jóvenes. Es más; frecuentemente es ésta la única que existe, y mil datos, que no hay para qué acumular aquí, muestran, sin que de ello quepa duda alguna, que originariamente la única clase organizada fue la juvenil.

¿Qué ha acontecido en ese tránsito de la horda informe a la tribu organizada?

Las hordas vagaban años y años sin tropezarse unas con otras; el número de individuos de la especie humana era en todo el planeta muy reducido. Pero hubo evidentemente una época de enorme proliferación que densifica la población. Las hordas viven cerca unas de otras. Este aumento de población es síntoma de una mayor vitalidad en la especie, de un desarrollo y perfeccionamiento en sus facultades.

Y acaece que los muchachos de dos o tres hordas próximas, impulsados por ese instinto de sociabilidad coetánea, deciden juntarse, vivir en común. Claro es que no para permanecer inactivos: el joven es sociable, pero a la par es hazañoso, necesita acometer empresas. Indefectiblemente entre ellos surge un temperamento o más imaginativo, o más audaz, o más diestro, que propone la gran osadía. Sienten todos, sin que sepan por qué, un extraño y misterioso asco hacia las mujeres parientes consanguíneas con quienes viven en la horda, hacia las mujeres conocidas, y un apetito de imaginación hacia las mujeres otras, las desconocidas, las no vistas o sólo entrevistas.

Y entonces ha lugar una de las acciones más geniales de la historia humana, de que han irradiado más gigantescas consecuencias: deciden robar las mozas de hordas lejanas. Pero esto no es empresa suave: las hordas no toleran impunemente la sustracción de sus mujeres. Para robarlas hay que combatir, y nace la guerra como medio al servicio del amor. Pero la guerra suscita un jefe y requiere una disciplina: con la guerra que el amor inspiró surge la autoridad, la ley y la estructura social. Pero unidad de jefe y disciplina trae consigo, y, a la vez, fomenta la unidad de espíritu, la preocupación en común por todos los grandes problemas. Y, en efecto, en estas asociaciones de muchachos comienzan el culto a los poderes mágicos, las ceremonias y los ritos.

La vida en común inspira la idea de construir un albergue estable y capaz, que no sea la guarida transitoria o la simple pantalla contra el viento. Y así ocurre que la primera casa que el hombre edifica no es la casa de la familia aun inexistente, sino el casino de los jóvenes. En ella preparan sus expediciones, cumplen sus ritos; en ella se dedican al canto, a la bebida y al frenético banquete común. Es decir, que el «club» es, quiérase o no, más antiguo que el hogar doméstico, como el casino que la casa.

Está prohibido, so pena mortal, a los hombres maduros, mujeres y niños entrar en el casino varonil, que, por sus formas subsecuentes, llaman los etnólogos la «casa de los solteros». Todo es en ella misterioso, secreto y tabú. Porque es un hecho sorprendente que estas primitivas asociaciones juveniles suelen tener el carácter de sociedades secretas, de férrea disciplina interna, donde se cultivan las destrezas vitales de la caza y la guerra con un severo entrenamiento. Es decir, que la asociación política originaria es la sociedad secreta y que si sirve para el placer y la bebida es, al propio tiempo, el lugar donde se ejercita el primer ascetismo religioso y atlético. Recuérdese que la más exacta traducción del vocablo ascetismo es «ejercicio de entrenamiento», y los monjes no han hecho sino tomarlo del vocabulario deportivo usado por los atletas griegos. Askesis era el régimen de vida del atleta, llena de ejercicios y privaciones. De donde resulta que el casino de los jóvenes, primera casa y primer «club» placentero, es también el primer cuartel y el primer convento.

Las divinidades son, como he indicado, divinidades de cazador: los animales, y su culto tiene carácter orgiástico y mágico. Se conquista la benevolencia del poder animal trascendente imitándole en su figura y en gestos rituales que se convierten en brincos y danzas frenéticas. Hay días solemnes en que el enjambre juvenil se cubre con máscaras hórridas, que fingen rostros de animal, y sale por los campos danzando en frenesí, dando al aire un trozo de madera que girando al extremo de una cuerda produce un sonido mágico, al oír el cual las mujeres y niños huyen porque les está vedado ver el fantástico tropel de danzarines que en fiesta embriagadora parten para una «razzia» en busca de mozas lejanas. El traje de guerra es el mismo que el traje de fiesta: la máscara. Y fiesta, caza y guerra permanecieron mucho tiempo indiferenciadas: por eso casi todas las danzas primitivas son la estilización de gestos venatorios o beligerantes.

Todo esto que acabo de decir un poco atropelladamente, porque otra cosa requeriría una extensión inoportuna, ha de entenderse que no es un conjunto de suposiciones mías. A estas horas, posiblemente, todo esto que digo está, en lo esencial, aconteciendo como lo digo en varios lugares de nuestro planeta.

Vemos, pues, que la primera sociedad humana, propiamente tal, es todo lo contrario que una reacción a necesidades impuestas. La primera sociedad es esta asociación de jóvenes para robar mujeres extrañas al grupo consanguíneo y dar cima a toda suerte de bárbaras hazañas. Más que a un Parlamento o Gobierno de severos magistrados, se parece a un Atlétic Club. Dígame el lector si es tan excesivo como en un principio pudo parecerle proclamar el origen deportivo del Estado.

Lo que en épocas pulidas de decadencia y romanticismo va a ser el soñar con la princesa lejana, fue en giro tosco y primitivo el incitante para tan magníficas creaciones. En él se origina la exogamia; es decir, la ley primera matrimonial, que obliga a buscar esposa fuera de los consanguíneos. La importancia biológica que esto ha tenido para la especie humana no se oculta a nadie. Fue el robo, el rapto, el primer matrimonio, del que quedan residuos y huellas simbólicas en muchas formas posteriores de la ceremonia conyugal, y hasta el vocabulario amoroso que llama arrebato, es decir, rapto, al impetuoso empuje del sentimiento erótico.

IV

El Estado griego: file, fratría, hetairía.— La sopa negra de Esparta.— El Estado romano: curia, salios, cónsules.— El Estado y el carnaval.

Tenemos, pues, que el «club» de los jóvenes inicia en la Historia las cosas siguientes:

La exogamia.

La guerra.

La organización autoritaria.

La disciplina de entrenamiento o ascética.

La Ley.

La asociación cultural.

El festival de danzas enmascaradas o Carnaval.

La sociedad secreta.

Y todo ello, junto e indiferenciado, la génesis histórica e irracional del Estado. Una vez más encontramos que en todo origen se halla instalada la gracia y no la utilidad.

Pero no es dudoso que esta época, en que predominó sin trabas ni freno la gresca juvenil, fue tiempo duro y cruel. Era preciso que el resto de la masa social procurase su defensa frente a las asociaciones bélicas y políticas de los mozos. Entonces se organiza frente a ella la asociación de los viejos: el Senado. Viven éstos con las mujeres y los niños, de los que no son o no se saben maridos ni padres. La mujer busca la protección de sus hermanos y hermanos de su madre, y se hace centro de un grupo social opuesto al «club» de varones; es la primera familia, la familia matriarcal, de origen, en efecto, reactivo, defensivo y opuesto al Estado. El principio de coetaneidad forcejea desde entonces en la historia con el principio de consanguinidad. Cuando triunfa el uno se deprime el otro y viceversa.

Contentémonos con este somero esquema, que basta a mi propósito de presentar en el origen del Estado un ejemplo de la fecundidad creadora residente en la potencia deportiva. No ha sido el obrero, ni el intelectual, ni el sacerdote, propiamente dicho, ni el comerciante quien inicia el gran proceso político; ha sido la juventud, preocupada de feminidad y resuelta al combate; ha sido el amador, el guerrero y el deportista.

Yo hubiera querido ahora decir algo sobre ese ímpetu amoroso, que tan sorprendente fertilidad histórica nos ha revelado. Tal vez encontrásemos en el amor el prototipo de la vitalidad primaria, el ejemplo mayor de deportismo biológico. Pero sería hacer interminable este ensayo, y necesito todavía dirigir la atención del lector hacia épocas menos primitivas y más conocidas de él que esa hora de albor y madrugada, donde hasta ahora le he retenido.

Conviene, en efecto, mostrar la fecundidad que esta sorprendente iluminación, con que hemos sido favorecidos en la zona etnográfica, tiene para aclarar muchos problemas, hasta ahora indóciles, de los tiempos plenamente históricos. Lo cierto es que dondequiera que presenciamos la incorporación verdaderamente originaria de un organismo político, dondequiera que entrevemos el nacimiento de un Estado hallamos la presencia del «club» juvenil, que danza y combate.

Es curioso advertir que los historiadores de Grecia y Roma no saben qué hacerse con el estrato más profundo, más arcaico de instituciones que encuentran en las ciudades helénicas y latinas. Por lo que hace a Grecia, estas instituciones se llaman file, fratría, hetairía. Los helenistas entienden el sentido de estas palabras, pero no entendían hasta hace poco qué cosas eran las así designadas. File significa tribu, pero no como unidad de consanguíneos, sino como cuerpo organizado de guerreros. Fratría significa hermandad, y hetairía, compañía. Antes de que exista la polis, la ciudad con su Constitución, el pueblo griego se hallaba estructurado en esas otras formas. Ahora bien; la fratría o hermandad, que tiene entre los arios asiáticos su correspondencia en la sabha, no es más que la clase de edad de los jóvenes, organizada en asociación de fiesta y guerra. No se olvide que, como he dicho, primitivamente los jóvenes llaman padres a todos los hombres de la clase más provecta, y se llaman entre sí hermanos. En cuanto a hetairía, o compañía, claramente indica su nombre el principio asociativo de sociedad secreta, que reúne en torno a un jefe a los varones mozos. Es exactamente lo mismo que los germanos llamaron Gefolgschaft; es decir, los que siguen a uno lealmente, los «secuaces». En nuestro vocabulario militar perdura este sentido originario en la palabra «compañía».

La gente ática era demasiado inteligente, y la agudeza mental es una sublime inquietud y como una neurastenia maravillosa, que deshace fácilmente el organismo. Por eso en Atenas todo lo tradicional se borró pronto, y el cuerpo social entra, desde luego, en un proceso de reformas utópicas, que acaban por aniquilarlo. Por esta razón quedan en el Ática tan escasos residuos de la organización primitiva. Esparta, por el contrario, piensa menos y vive más reciamente. Allí encontramos las fratrías en pleno vigor, bajo la especie de organización militar. Los guerreros viven juntos y aparte de sus familias; la solidaridad de su asociación cultural y bélica se simboliza en las famosas cenas, donde se tomaba la «sopa negra», que era un manjar ritual. Y no es extraño que aquí sea donde se localiza el mito del robo de Helena, que era primero una divinidad lunar y luego una mujer extranjera. El que quiera comparar lo que se sabe de la vida militar lacedemonia con cualquiera asociación de jóvenes de las existentes aún en los pueblos llamados salvajes, los Masai del África oriental, por ejemplo, se sorprenderá de la identidad.

Si un exceso de agudeza e inquietud intelectual —forzoso es reconocerlo, porque la historia nos lo demuestra reiteradamente— descompone, como un álcali, el Estado, llega éste a su mayor solidez y perduración cuando un pueblo moderadamente inteligente posee cierto extraño y nativo don de mando. Éste fue el caso de Roma, como hoy lo es de Inglaterra. Y, notable semejanza, ambos son pueblos que se caracterizan por su maniática conservación del pasado.

Así se explica que habiendo Roma aparecido sobre el área histórica más tarde que Grecia, conserve muchos más restos de arcaísmo. Ello es que en el subsuelo de la estructura política romana hallamos residuos vetustísimos de sus instituciones primitivas —tan vetustos, que los arqueólogos romanos más antiguos no las comprendían ya. Estas instituciones se conservaron siempre en Roma como instituciones religiosas, pero no porque lo fueran propia y exclusivamente, sino porque, según es sabido, toda institución arcaica que ha perdido la actualidad de sus otras intervenciones tiende a conservarse como fenómeno religioso. Todo lo vetusto que ya no se entiende se carga de electricidad mística y se hace religioso. No en balde supervivencia y superstición son sinónimos.

Así acaece que la división más antigua del Estado romano es la curia, y que a la hora en que vemos aquél bajo una plena luz de historia, las curias no son ya más que asociaciones de piedad patriótica, en que se rinde culto a las divinidades tutelares de la ciudad. El nombre mismo curia no se sabía, ni lo supieron los romanos, de dónde procedía. Los filólogos contemporáneos se han dado de cabezadas para averiguar cuál era su etimología. Poníase en relación con Cures y Quirites —los hombres de la lanza—, pero no se lograba confirmar tal origen. Al punto veremos que una nueva etimología, sobremanera palpable, recibe inesperada iluminación merced a esta doctrina sobre el origen del Estado.

Junto a las curias, las más antiguas instituciones romanas son los colegios y sodalidades o compañías de sacerdotes. No he de hablar de los colegios de pontífices y augures, aunque tienen mucho que ver con la tesis aquí sustentada. Prefiero referirme sólo a una sociedad que, por el arcaísmo de su vestimenta ceremonial, de sus ejercicios rituales y de sus cantos, suscitaba ya en el romano del siglo II antes de J. C. una impresión mixta de respeto y comicidad. Se trata de la corporación de los sacerdotes llamados Salii. Como casi todas las instituciones primarias de Roma, poseía una estructura dual, formada por dos cuerpos, de doce miembros cada uno. Estaba consagrada al culto de Marte, el dios latino, que simboliza a un tiempo la guerra, la agricultura y el pastoreo. En ciertas fechas, sobre todo en la de Marte, celebraban los salios sus procesiones, en las cuales danzaban una primitiva danza bélica. De aquí su nombre: Salii —de salire —saltar, danzar. El jefe de cada uno de los cuerpos, que danzaba delante del resto como de un coro, se llamaba prae-sul, el que baila delante —porque el tema sul es el mismo tema sal—, de saltar. De aquí ex-sul, el desterrado, el exilado, es decir, el que ha saltado más allá de la frontera; de aquí in-sul-a, el peñón que ha saltado en el mar[146]. Vestían un traje que ya parecía grotesco, pero que era ni más ni menos que el antiquísimo indumento de guerra —el traje usado por los patricios hasta el siglo VII antes de J. C.—, y portaban unos grandes escudos de forma desusada. En Roma se veneraban estos escudos por lo mismo que se había perdido la noción de su origen. Eran conservados en una «mansión» llamada curia saliorum. Cicerón refiere que habiéndose una vez incendiado esta curia o casa de los salios, se halló en ella el báculo real de Rómulo. Trátase de la conexión de esta sociedad con la fundación del Estado romano. El canto o carmen saliare era un himno a Marte, bajo nombres y con vocablos tan antiguos, que nadie en Roma los entendía ya. En su curia celebraban, a costa del Estado, cenas rituales tan opíparas, que era usado llamar a toda gran comilona coena saliorum.

Como se advierte, encontramos en esta sociedad de los danzadores guerreros todos los síntomas del primitivo «club» juvenil. Y lo hallamos todo ello unido a la fundación de la sociedad, es decir, del Estado romano. Sus procesiones eran el centro de un gran festival urbano, que tomaba cariz orgiástico, del mismo sesgo que la fiesta de las lupercales, que es, en parte, la raíz de nuestro Carnaval. La lupercal es la fiesta de la loba, «totem» urbano de Roma. En ella, unos ciudadanos se disfrazaban con pieles de lobo, mientras otros, vestidos de pastores, los perseguían, usando unos y otros de cardos, con que azuzaban a los transeúntes. Esta fiesta de pastores que dan caza al lobo enemigo se conserva, en forma semejante, en muchas asociaciones varoniles de África y Melanesia.

Pero lo importante es advertir que cuando Roma destrona sus reyes, que eran etruscos y significaban la dominación extranjera, los romanos quieren retornar a sus instituciones primitivas y se organizan en república. Al frente de ésta, como máximos magistrados y suprema representación del Estado, aparecen entonces súbitamente, sin que se sepa de dónde procedía ni la esencia ni el nombre, dos cónsules. ¿Qué son estos cónsules? Los gramáticos disputan mucho todavía sobre la etimología de este vocablo, pero entre las varias propuestas hay una, preconizada, entre otros, por Mommsen, que pone en relación este vocablo con exul, con insula, con prae-sul. Viene ésta, con perfecto ajuste, a terminar el arco de los orígenes políticos de Roma. Porque, según ella, consules significa los que danzan juntos, es decir, los dos prae-sules o jefes de los jóvenes guerreros y danzarines, que convivían en la asociación varonil[147]. Su casa y solidaridad se llamó curia. Pues bien, la más reciente explicación de esta palabra no es otra que curia-coviria, es decir, co-varonía, reunión de hombres jóvenes. Nos es, por tanto, evidente que bajo la especie decaída de la corporación salia hallamos la supervivencia de los primitivos «clubs» juveniles, fundadores del Estado romano. Y, para colmo de convergencias sugestivas, recordamos que se enlaza con la instauración de la ciudad la leyenda del rapto de las sabinas como una de las primeras hazañas realizadas por Rómulo y sus compañeros. Nuestra interpretación permite reconocer en esta leyenda un hecho bien general y notorio, característico de un estadio en la evolución social. En los ritos matrimoniales de Roma perduró la huella del rapto originario, ya que, como es sabido, la esposa, al ingresar en la casa de su marido, no lo hacía por su pie, sino que éste la tomaba en vilo, a fin de que no pisase el dintel, simbolizando así que había sido arrebatada.

Pero el tema sería inagotable. Quede aquí, por ahora, este esquemático dibujo sobre el origen deportivo y festival del Estado[148].

Diciembre, 1924