Ortega y Gasset
Abstract
A travel note on Asturias, a closed unanimous valley repeated countless times. Ortega draws from it a definition of the “natural region”: a real geographical unit is only that part of the planet whose typical features fit in a single view.
Connections
Concetti: natura
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
¿Qué significa la palabra «Asturias»? Puede que hasta los chicos de la escuela lo sepan. Mas yo, en este momento, lo ignoro completamente; en el rincón castellano donde escribo no hay libros que me saquen de esta ignorancia, y hay, en cambio, disuelta en el aire una propensión a gozarse en no saber bien las cosas. Pero, signifique lo que quiera, encuentro en el valor de plural que ese vocablo tiene una certera sugestión para el viajero. Hay muchas Asturias, no sólo las de Oviedo y las de Santillana. Hay muchísimas más: sería trabajoso contarlas.
Un estrecho valle, de blando suelo, verde y húmedo: colinas redondas, apretadas unas contra otras, que lo cierran a los cuatro vientos. Aquí, allá, caseríos con los muros color sangre de toro y la galería pintada de añil; al lado, el hórreo, menudo templo, tosco, arcaico, de una religión muy vieja, donde lo fuera todo el Dios que asegura las cosechas. Unas vacas rubias. Castaños, castaños cubriendo con su pompa densa todas las laderas. Robles, sauces, laureles, pinedas, pomares, hayedos, un boscaje sin fin en que se abren senderos recatados, donde al fondo camina una moza que desde el fondo vuelve dulcemente el rostro para mirarnos. Sobre las altas mieses, unas guadañas que avanzan y siegan la luz en reflejos. Y como si el breve valle fuera una copa, se vierte en él la bruma suave, azulada, plomiza, que ocupa todo el ámbito. Porque en este paisaje el vacío no existe; de un extremo a otro todo forma una unidad compacta y tangible. Sobre la sólida tierra está la vegetación magnífica; sobre ésta, la niebla, y ya en la niebla tiemblan prendidas las estrellas lacrimosas. Todo está a la mano, todo está cerca de todo, en fraterna proximidad y como en paz; junto a la pupila de la vaca se abre el lucero de la tarde. ¡Oh, admirable unidad del valle, pequeño mundo completo y unánime, que se reconcentra para escuchar una carreta lejana, los ejes de cuyas ruedas cantan por los caminos!… Y el valle entero se estremece.
Ese angosto recinto unánime es Asturias. Si salimos de él habremos de entrar en otro parejo. Cada uno de estos valles es toda Asturias, y Asturias es la suma de todos esos valles. Por ello decía que las Asturias son innumerables, y que parece esencial a esta comarca el concepto de pluralidad o repetición de unidades análogas. Podemos representarnos la Mancha como un inmenso espacio único; Asturias, por el contrario, nos aparece como en una serie de pequeños espacios homogéneos e independientes.
Día por día, la geografía contemporánea va concediendo mayor importancia a la idea de «región natural». Puede decirse que ha llegado a ser el fenómeno matriz de la investigación geográfica[88]. Un arcángel revolando por los vacíos siderales, verá la Tierra como un astro; mas para el hombre, la Tierra como astro es una abstracción física. Esto mismo que llamamos España es una abstracción política e histórica. No cabe de ella una imagen adecuada; para representarla tenemos que acudir al símbolo o la alegoría, que son construcciones mentales. Y, en consecuencia, puesto que es España una construcción mental nuestra, influimos nosotros en ella más que ella en nosotros. Frente a todas esas entidades abstractas, la región natural afirma su calidad real de una manera muy sencilla: metiéndosenos por los ojos. De la región podemos tener una imagen visual adecuada, y viceversa, sólo es región, sólo es unidad geográfica real aquella parte del planeta cuyos caracteres típicos pueden hallarse presentes en una sola visión.
Estimaría que los geógrafos ensayasen esta manera mía de definir la región. A vueltas de complicadas sabidurías, acabarán por hallar su más exacto concepto en eso que bajo la retina se lleva el emigrante y en las horas de soledad o de angustia parece revivir cromáticamente dentro de su imaginación.
Sólo bajo la especie de región influye de un modo vital la tierra sobre el hombre. La configuración, la escultura del terreno, poblada de sus plantas familiares, y sobre ella el aire húmedo, seco, diáfano o pelúcido, es el gran escultor de la humanidad. Como el agua da a la piedra, gota a gota, su labranza, así el paisaje modela su raza de hombres, gota a gota; es decir, costumbre a costumbre. Un pueblo es, en primer término, un repertorio de costumbres. Las genialidades momentáneas que en él se produzcan componen sólo su perfil.
Hay comarcas que despiden al hombre del campo y lo recluyen en la ciudad. Esto acontece en Castilla: se habita en la villa y se va al campo a trabajar bajo el sol, bajo el hielo, para arrancar a la gleba áspera un poco de pan. Hecha la dura faena, el hombre huye del campo y se recoge en la ciudad. De esta manera se engendran las soledades castellanas, donde el campo se ha quedado solo, sin una habitación o humano perfil durante leguas y leguas. En Asturias, opuestamente, el campo es el aposento, lugar doméstico de estancia y de placer. La tierra es un regazo, donde el hombre trabaja y descansa, sueña y canta.
¡La canción! Los valles cantábricos se hallan siempre resonando canciones de mil años, que se escapan como pájaros por los claros de la fronda. En Castilla es el campo mudo.
Yo imagino que uno y otro paisaje se increpan mutuamente. «¡Campo sin soledad y sin olores!», dice al de Asturias el castellano, ebrio de aislamiento y de agudos perfumes: tomillo, cantueso, mejorana. «¡Campo sin canciones!», responde desdeñosamente el vallecito astur a la imperial lontananza de la meseta.
What does the word “Asturias” mean? Perhaps even the schoolboys know it. But I, at this moment, completely ignore it; in the Castilian corner where I write there are no books to draw me out of this ignorance, and there is, on the other hand, dissolved in the air a propensity to take pleasure in not knowing things well. But, whatever it may mean, I find in the plural value that this word has a sure suggestion for the traveler. There are many Asturias, not only those of Oviedo and those of Santillana. There are very many more: it would be laborious to count them.
A narrow valley, of soft soil, green and damp: round hills, pressed one against another, that close it against the four winds. Here, there, farmhouses with walls the color of bull’s blood and the gallery painted indigo; beside them, the hórreo, a tiny temple, rude, archaic, of a very old religion, where everything would have been the God that secures the harvests. Some blonde cows. Chestnut trees, chestnut trees covering all the slopes with their dense pomp. Oaks, willows, laurels, pine groves, apple orchards, beech woods, an endless grove in which discreet paths open, where in the depth a maiden walks who from the depth sweetly turns her face to look at us. Over the tall grainfields, some scythes that advance and mow the light in reflections. And as if the narrow valley were a cup, there pours into it the soft, bluish, leaden mist, that occupies the whole area. Because in this landscape emptiness does not exist; from one end to the other everything forms a compact and tangible unity. Upon the solid earth stands the magnificent vegetation; above this, the fog, and already in the fog tremble caught the tearful stars. Everything is at hand, everything is near to everything, in fraternal proximity and as if at peace; beside the cow’s pupil the evening star opens. Oh, admirable unity of the valley, small world complete and unanimous, that concentrates itself to listen to a distant cart, whose wheel-axles sing along the roads!… And the whole valley shudders.
That narrow unanimous enclosure is Asturias. If we leave it we shall have to enter another like it. Each of these valleys is all of Asturias, and Asturias is the sum of all those valleys. Therefore I said that the Asturias are innumerable, and that the concept of plurality or repetition of analogous units seems essential to this region. We can represent La Mancha as an immense single space; Asturias, on the contrary, appears to us as a series of small homogeneous and independent spaces.
Day by day, contemporary geography keeps granting greater importance to the idea of “natural region.” It may be said that it has come to be the matrix phenomenon of geographical research[88]. An archangel hovering through the sidereal voids will see the Earth as a star; but for man, the Earth as a star is a physical abstraction. This very thing that we call Spain is a political and historical abstraction. No adequate image of it is possible; to represent it we must have recourse to the symbol or the allegory, which are mental constructions. And, in consequence, since Spain is a mental construction of ours, we influence it more than it influences us. Against all those abstract entities, the natural region affirms its real quality in a very simple way: by getting into our eyes. Of the region we can have an adequate visual image, and vice versa, only that part of the planet whose typical characters can all be present in a single vision is a region, is a real geographical unity.
I should value it if the geographers tried out this way of mine of defining the region. After going round with complicated wisdoms, they will end by finding its most exact concept in what the emigrant carries beneath the retina and that in the hours of solitude or anguish seems to revive chromatically within his imagination.
Only under the species of region does the earth influence man in a manner that is vital. The configuration, the sculpture of the terrain, peopled with its familiar plants, and above it the damp, dry, diaphanous or translucent air, is the great sculptor of humanity. As water gives to the stone, drop by drop, its cultivation, so the landscape models its race of men, drop by drop; that is, custom by custom. A people is, in the first place, a repertory of customs. The momentary geniuses that are produced in it compose only its profile.
There are regions that dismiss man from the field and confine him in the city. This happens in Castile: one dwells in the town and one goes to the field to work under the sun, under the ice, to tear from the harsh glebe a little bread. Once the hard task is done, man flees the field and withdraws into the city. In this way are engendered the Castilian solitudes, where the field has been left alone, without a dwelling or a human profile for leagues and leagues. In Asturias, on the contrary, the field is the chamber, the domestic place of sojourn and of pleasure. The earth is a lap, where man works and rests, dreams and sings.
The song! The Cantabrian valleys are always resounding with songs a thousand years old, that escape like birds through the clearings of the foliage. In Castile the field is mute.
I imagine that the one landscape and the other reproach each other. “Field without solitude and without smells!”, says the Castilian to that of Asturias, drunk with isolation and with keen perfumes: thyme, cantueso, marjoram. “Field without songs!”, disdainfully replies the little Asturian valley to the imperial far-stretch of the meseta.
Che cosa significa la parola «Asturie»? Può darsi che persino i bambini della scuola lo sappiano. Ma io, in questo momento, lo ignoro completamente; nell’angolo castigliano dove scrivo non ci sono libri che mi traggano da questa ignoranza, e c’è, invece, disciolta nell’aria una propensione a godersi il non sapere bene le cose. Ma, significhi quello che voglia, trovo nel valore di plurale che quel vocabolo ha una certa suggestione per il viaggiatore. Ci sono molte Asturie, non solo quelle di Oviedo e quelle di Santillana. Ce ne sono moltissime di più: sarebbe laborioso contarle.
Un’angusta valle, dal suolo molle, verde e umido: colline rotonde, strette l’una contro l’altra, che la chiudono ai quattro venti. Qui, là, casali con i muri color sangue di toro e la galleria dipinta d’indaco; accanto, l’hórreo, minuto tempio, rozzo, arcaico, di una religione molto vecchia, dove tutto sarebbe stato il Dio che assicura i raccolti. Alcune vacche bionde. Castagni, castagni che coprono con la loro pompa densa tutti i pendii. Querce, salici, allori, pinete, pomari, faggete, un bosco senza fine in cui si aprono sentieri raccolti, dove in fondo cammina una giovane che dal fondo volge dolcemente il volto per guardarci. Sopra le alte messi, alcune falci che avanzano e falciano la luce in riflessi. E come se l’angusta valle fosse una coppa, si riversa in essa la bruma soave, azzurrina, plumbea, che occupa tutto l’ambito. Perché in questo paesaggio il vuoto non esiste; da un estremo all’altro tutto forma un’unità compatta e tangibile. Sulla solida terra sta la vegetazione magnifica; sopra questa, la nebbia, e già nella nebbia tremano apprese le stelle lacrimose. Tutto è a portata di mano, tutto è vicino a tutto, in fraterna prossimità e come in pace; accanto alla pupilla della vacca si apre la stella della sera. Oh, ammirevole unità della valle, piccolo mondo completo e unanime, che si riconcentra per ascoltare un carro lontano, i cui assi delle ruote cantano per i cammini!… E la valle intera trema.
Quell’angusto recinto unanime è l’Asturia. Se usciamo da esso dovremo entrare in un altro simile. Ciascuna di queste valli è tutta l’Asturia, e l’Asturia è la somma di tutte quelle valli. Per questo dicevo che le Asturie sono innumerevoli, e che sembra essenziale a questa contrada il concetto di pluralità o ripetizione di unità analoghe. Possiamo rappresentarci la Mancia come un immenso spazio unico; l’Asturia, al contrario, ci appare come in una serie di piccoli spazi omogenei e indipendenti.
Giorno per giorno, la geografia contemporanea va concedendo maggiore importanza all’idea di «regione naturale». Può dirsi che sia arrivata a essere il fenomeno matrice della ricerca geografica[88]. Un arcangelo svolazzante per i vuoti siderali vedrà la Terra come un astro; ma per l’uomo, la Terra come astro è un’astrazione fisica. Questa stessa che chiamiamo Spagna è un’astrazione politica e storica. Non ne cape un’immagine adeguata; per rappresentarcela dobbiamo ricorrere al simbolo o all’allegoria, che sono costruzioni mentali. E, in conseguenza, poiché la Spagna è una costruzione mentale nostra, influiamo noi in essa più che essa in noi. Di fronte a tutte quelle entità astratte, la regione naturale afferma la sua qualità reale in maniera molto semplice: entrandoci dagli occhi. Della regione possiamo avere un’immagine visiva adeguata, e viceversa, solo è regione, solo è unità geografica reale quella parte del pianeta i cui caratteri tipici possono trovarsi presenti in una sola visione.
Stimerei che i geografi provassero questa mia maniera di definire la regione. A volta di complicate sapienze, finiranno per trovare il suo più esatto concetto in ciò che sotto la retina si porta l’emigrante e che nelle ore di solitudine o di angoscia sembra rivivere cromaticamente dentro la sua immaginazione.
Solo sotto la specie di regione influisce in un modo vitale la terra sull’uomo. La configurazione, la scultura del terreno, popolata delle sue piante familiari, e sopra essa l’aria umida, secca, diafana o pelucida, è la grande scultrice dell’umanità. Come l’acqua dà alla pietra, goccia a goccia, la sua coltivazione, così il paesaggio modella la sua razza di uomini, goccia a goccia; cioè, costume a costume. Un popolo è, in primo termine, un repertorio di costumi. Le genialità momentanee che in esso si producano compongono soltanto il suo profilo.
Ci sono contrade che congedano l’uomo dal campo e lo recludono nella città. Questo accade in Castiglia: si abita nella villa e si va al campo a lavorare sotto il sole, sotto il ghiaccio, per strappare alla gleba aspra un po’ di pane. Compiuta la dura fatica, l’uomo fugge dal campo e si raccoglie nella città. In questa maniera si generano le solitudini castigliane, dove il campo è rimasto solo, senza un’abitazione o un profilo umano per leghe e leghe. In Asturia, oppostamente, il campo è la stanza, luogo domestico di dimora e di piacere. La terra è un grembo, dove l’uomo lavora e riposa, sogna e canta.
La canzone! Le valli cantabriche si trovano sempre risuonanti di canzoni millenarie, che sfuggono come uccelli per i radi della fronda. In Castiglia il campo è muto.
Io immagino che l’uno e l’altro paesaggio si apostrofino mutuamente. «Campo senza solitudine e senza odori!», dice a quello d’Asturia il castigliano, ebbro d’isolamento e di acuti profumi: timo, cantueso, maggiorana. «Campo senza canzoni!», risponde sdegnosamente la vallicella asturiana alla imperiale lontananza della meseta.