Abstract

An editorial retracing the paper’s support for the military Juntas de Defensa since the previous June, quoting its own earlier articles. Pure Spanish political chronicle of 1917–18.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

En la gravísima situación a que los militares han traído estos días la existencia pública, permítasenos que nos consideremos testigos de alguna excepción. Si en el estado de apasionamiento que parece turbar hoy el espíritu de la oficialidad queda un lugar para hacer memoria, y otro más breve aún para hacer justicia, habrán de conceder a nuestras palabras una privilegiada atención. Nuestro periódico, en campaña iniciada cuando su director y algunos de sus redactores lo eran de otro diario, prestó al movimiento de primero de junio la simpatía que creemos obligada para todo intento honrado de reorganizar una sociedad en descomposición, como es la española.

Desde el principio fue nuestro razonamiento el siguiente: lustro tras lustro se han ido acumulando los vicios, los despropósitos y los cinismos, hasta el punto de que hoy no existe ninguna institución con el prestigio y la autoridad bastantes para que se pueda, desde ella y siguiendo procedimientos normales, mejorar el contenido de las demás. Más o menos pronto había de acontecer lo que ha acontecido. El absurdo latente en la vida política de los últimos veinte años había de hacerse alguna vez patente. El desmandamiento militar dio ocasión a que se pusiera de manifiesto la mortal debilidad de nuestras instituciones. Creer que sin profundas modificaciones era posible tornar a una vida pública normal, era una hipocresía y una deslealtad ante los demás. «Hacemos más que corregir el absurdo presente —decíamos el 13 de enero— los que reconocemos en él un período anómalo, de índole más o menos revolucionaria, y pedimos que se le dé fin aniquilando las causas que le dieron principio».

Las Juntas de defensa, alzándose contra la política usada, tuvieron en su primera hora la aquiescencia casi unánime de los españoles. El residuo que a la perfecta unanimidad faltaba, se componía, naturalmente, de los interesados en la perduración de esa política tradicional.

«¿Qué piden las Juntas de defensa —escribíamos en 30 de diciembre—; por qué hacen gravitar, sin duda ilegalmente, su fuerza sobre la política de estos meses? Bien claros han sido sus manifiestos. Piden unas elecciones sinceras y que sean condenados al ostracismo de la gobernación Don Fulano y Don Zutano. Piden Cortes que lo sean con toda plenitud; piden un Estado a quien todos los españoles puedan, dignamente y sin reservas, obedecer. Piden con mayor eficacia lo que, sin ella, venimos pidiendo los demás ciudadanos».

No podrán esta vez los militares usar de la queja, frecuente y casi siempre justificada, de que en nuestro país, a todo ensayo de política distinta de la inveterada, se opone una incomprensiva hostilidad, sin dar espacio a los que ensayan para demostrar su buena intención y la posible fecundidad de su empresa. Los militares han recibido durante meses el apoyo de la nación en general y de nosotros muy en particular. Hemos defendido su actitud frente a las asechanzas de los antiguos políticos, que usaban a destiempo de las más sublimes ideas liberales para cubrir el intento de resucitar el turno asolador. El mismo señor Sánchez de Toca recibió algún bote de lanza que desde estas columnas le dirigimos. El comportamiento del Ejército en los sucesos de agosto y la sentencia inoportuna contra el Comité de huelga obtuvieron de nosotros la interpretación más favorable, a saber: que el Ejército había caído en una trampa preparada por los viejos partidos.

Una cosa nos animaba en esta generosa táctica: la reiteración con que las Juntas expresaban en sus documentos oficiales el anhelo de recurrir y someterse a la soberanía nacional. Las Cortes, hoy en vía de elección, se nos presentaron como amparadas por esos anhelos de la milicia.

Así podíamos concluir en la fecha última citada: «Podrá, dentro de una semana o de un mes, cambiar la calidad de los hechos, pero hasta ahora nadie puede honradamente acusar a las Juntas de defensa de ningún proyecto imperialista».