Abstract

An article against Spanish frivolity, defined as the loss of emotional perspective. Onto it Ortega grafts the distinction between liberalism and democracy: Nietzsche’s “pathos of distance” — the right that no one command what in me is inalienable — matters more than democracy.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Cualquiera diría, en verdad —a juzgar por la desatención de los periódicos, del Gobierno, del público y de sus mismos redactores— que el tema de la nota se refería a una cuestión baladí. No pocas veces he sostenido que la enfermedad mortal de los españoles actuales, mirada por uno de sus haces, se llama frivolidad. No consiste ésta en que se entreguen desapoderadamente a las diversiones, no en que rían y dancen y muevan burlas… ¡Ojalá y tuvieran los españoles siquiera el coraje de divertirse, de satisfacer sus instintos de placer! No; frivolidad es simplemente una perversión de la sensibilidad, y consiste en haber perdido la perspectiva de la emoción. Como hay enfermos de la visión que ven los objetos lejanos de mayor tamaño que los próximos, hay enfermos del sentimiento incapaces de honda conmoción ante un hecho grave y que se irritan, en cambio, por una menudencia. He observado que muchos compatriotas, cuando muere una persona a quien creían querer, estimar o admirar, se hallaban sorprendidos por la lenidad de su dolor. Esto les obligaba a sentir por un momento cierta vergüenza de sí mismos, y aterrados se apresuraban a tapar con ficciones esta fugaz revelación de su ser íntimo y verdadero. ¡Cuántos habrán asistido más de una vez a esta secreta escena en sus corazones!

No hay enfermedad espiritual más honda que esa falta de jerarquía en los valores afectivos con que respondemos a las cosas. No hay perversión más repugnante, porque no la hay en que lo pervertido sea más interno, más inseparable de la personalidad.

Que un señor, a quien acaso no conozco, desee hablar en público y el ministro de la Gobernación se lo impida sería un hecho indiferente para los nervios de un orangután y aun para los de un bosquimano. Mas toda la milenaria labor de la historia no pretende ser otra cosa que una pedagogía de los nervios para hacerles abandonar la perspectiva que tenían en el orangután, para hacerles irritarse por lo que a éste no conmovía. El bosquimano —y perdónese este asqueroso dato de la etnografía— ignora de tal suerte el sentimiento de la dignidad personal, que, por no moverse, se liberta de sus aprietos sobre el prójimo que acaso tiene a su vera. De esta criatura infrahumana, al gentilhombre inglés que dice: «Mi casa es mi castillo», marcando como una órbita ideal adscrita a cada personalidad, donde nadie puede ingerirse, que todos han de respetar, existe un largo trecho —justamente la historia del hombre, de la cultura, de la civilización.

Hay algo que es el más delicado de todos los progresos, el más real y profundo, el que garantiza el resto de los avances: me refiero a lo que Nietzsche llamaba pathos de la distancia, la sensibilidad para la distancia que debe haber entre hombre y hombre.

La primera mitad del siglo XIX, asegurando los resultados de la Revolución francesa, conquistó para el futuro este «derecho a la distancia», que no otra cosa es la libertad política.

¡Libertad, divino tesoro!… Todo lo demás es problemático: la democracia misma ofrece dudas, porque la democracia es una de las soluciones al problema de quién debe mandar. Acaso sea la mejor, mas, en tanto que se resuelve esa cuestión, en uno u otro sentido, yo necesito, desde luego, sin distingos, equívocos ni reservas, mantener mi personalidad intacta, saber que, mande quien mande —el Príncipe o el pueblo— nadie podrá mandar sobre lo que hay en mí de inalienable. Liberalismo, democracia, son, pues, no sólo dos cosas distintas, sino mucho más importante la una que la otra.

Yo confío en que el gran derrotado en esta guerra no sea pueblo alguno, sino un pensamiento: el pensamiento excesivo del Estado. Llevamos cuarenta años, durante los cuales la preocupación por el establecimiento de la democracia ha desalojado la preocupación por la libertad. Y esta guerra, en efecto, ha sorprendido a los europeos con más capacidad para ser buenos siervos de sus Estados respectivos, que buenos individuos, dueños y señores cada cual de sí mismo. Todavía no hemos oído ese rumor que en otras ocasiones ha acertado a levantar sobre el haz de la Europa apasionada un puñado de hombres libres.

Cierto que tiene disculpa Europa: vive una hora de sangre y de pasión. Pero no la tiene esta España nuestra que vive abochornada, llena de asco, vergüenza y descontento. ¿Qué pretexto, qué motivo puede justificar esa frívola orden de unos hombres transitorios con que se atropella nuestra libertad?

El motivo es bien claro: si el ministro de la Gobernación y el señor Dato, temieran que el abuso de autoridad, es decir, el delito que cometen, produjese un motín, el más leve y fugaz de los motines, no lo habrían hecho. Pero saben que las gentes de España no sienten la libertad, como debieran sentirla en estas latitudes históricas. ¡Qué importa, si unos cuantos hombres —tal vez incruentos ideólogos— cultivan el sport de sentirse heridos en el nervio moral más delicado!

Porque ello es así, yo, que no tengo un pelo de revolucionario, me veo obligado a reconocer y sustentar esta verdad: no es deseable que haya revoluciones, pero es preciso que pueda haberlas. Donde ni arriba ni abajo existe esa fina sensibilidad para las normas superiores políticas, donde la autoridad es ejercida por hombres que no han sabido conquistar en el respeto exquisito a los demás, respeto para sí mismos, donde el Gobierno actúa como un poder material y sin espirituales sugestiones, es un anacronismo movilizar razonamientos. Sólo la bárbara actitud revolucionaria puede dialogar con una autoridad que se vuelve a nosotros y nos hace un gesto de bosquimano.