Abstract

A speech in the 1931 constituent Cortes: the organizational part of the constitution is a machine where removing or adding one piece wrecks the whole, and once a single chamber is voted the executive cannot emanate from parliament. Constitutional technics, not philosophy.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

El señor Ortega y Gasset (don José): Señores diputados: No sé si es parlamentario lo que voy a hacer, y, por tanto, suplico la benevolencia de la Cámara.

La votación de ayer a prima noche hizo que se pusiese de manifiesto en forma extrema un fenómeno que en medida ascendente se viene produciendo en esta Cámara desde el comienzo de la discusión constitucional. Es éste: que el modo inmaturo de presentarse las cuestiones en los votos particulares, dictámenes y enmiendas hace que los grupos parlamentarios, y me refiero sobre todo a los importantes, se encuentren con que tienen que votar lo que no desean, y se sientan, en consecuencia, con íntima desazón, con descontento de sí mismos, y como repercusión de esto, que es lo peor de todo, con desánimo grave para el resto de labor que les queda. Yo creo que ésta es una situación que conviene corregir.

Por lo que hace a nuestro exiguo grupo, desde hace semanas padecemos en grado superlativo este desasosiego. Nos llegan las cuestiones planteadas en forma tal, que lo que quisiéramos sería no decir ni sí ni no; votamos por deber de actuación; pero nos recogemos en el silencio, porque lo único que podríamos hacer, dada la actitud en que se colocan los grandes grupos parlamentarios, sería explicar y salvar nuestro voto, lo cual es casi siempre una operación vana, narcisista, y que atraería sobre nosotros, con justicia, la apelación de doctrinarios. No se olvide que en este grupo abundan los que nos consideramos como transeúntes en la política, gentes que no aspiramos a gobernar, mejor dicho, que aspiramos a no gobernar, y que no concebimos siquiera la imagen de nuestras personas proyectadas sobre cualquier cargo público de superior importancia.

Pero, en fin, esto por lo que afecta a lo que la tiene menos, que es la taciturnidad de nuestro grupo durante estas discusiones. Lo que importa es que debemos resolver esta situación, que se repite —e insisto que principalmente para los grandes grupos de la Cámara, que tienen la máxima responsabilidad— un día y otro. Los diputados que tengan una memoria especialmente generosa recordarán que al comenzar la discusión de totalidad yo afronté con toda lealtad, cara a cara y en forma orgánica, casi todos los temas constitucionales, los grandes temas constitucionales; sobre todo los que afectan a esta parte, que me parece importantísima, aunque se diga que lo es menos; y de esta parte, que es la más decisiva en el Estado, porque es de la que depende su funcionamiento, decía yo que tiene el carácter de una máquina, en que lo esencial está en el conjunto y en el sistema de sus piezas menores, las cuales están tan orgánicamente enlazadas, que de quitar o poner una queda desbaratado todo el aparato y no sirve para funcionar. Lo cual quiere decir que tenéis que andar en esta parte de la Constitución con un cuidado muy peculiar, porque si no os encontráis con que por haber votado una cosa ayer no sabéis de qué manera podéis votar mañana en las nuevas instituciones que llegan a discutirse.

No le demos vueltas. En el dictamen de la Constitución va dibujada cierta figura de Estado, que consiste en dar al Poder ejecutivo y al parlamentario la plenitud de sus atributos, pero cuidando de fortalecer ambos y de dotarlos de suficiente independencia. Frente a esta figura de Estado cabe siempre, ¡no faltaba más!, la tradicional, la que el último siglo nos presenta, en la cual el Poder ejecutivo queda supeditado al parlamentario, porque éste no se limita a legislar y a fiscalizar, sino que lo engendra y lo cría de su propio ser. Es perfectamente razonable que este viejo Estado, que este Estado de la vieja democracia sea preferido al nuevo que el dictamen dibuja; pero lo que no es tan razonable es que, una vez aceptado y votado por el Parlamento un supuesto de esa nueva figura de Estado, se quiera, no obstante, seguir combatiendo ciertas consecuencias inexorables que, queramos o no, son arrastradas por aquél. Por ejemplo: dada la Cámara única que el Parlamento ha votado, el Poder ejecutivo no puede emanar del Parlamento, porque entonces resultaría la Cámara sin correctivo ni organización externa a ella, sin regulativo, sino que resultaría absorbiéndolo todo. Si votamos, pues, la Cámara única, no hay más remedio que buscar al Poder ejecutivo una fuente distinta —la fuente electoral— para que le sostenga y pueda, frente al Parlamento, regularlo y corregirlo ya que el Parlamento, a su vez, regula y fiscaliza al Gobierno.

Se trata, por tanto, de una relación inexorable. Pertenece esto a aquella clase de nexos y relaciones entre cosas que están por encima de nuestro albedrío, lo mismo que el que toma el anverso no tiene más remedio que tomar el reverso o el que habla de un hijo, tiene, a la fuerza, que admitir la existencia de un padre, por desconocido que éste sea. Por esta razón, señores, yo creo que sería funestísimo que continuásemos discutiendo esta parte de la Constitución en la forma que lo hacemos, y que los grupos de la Cámara dual, y enemigos de esa figura de Estado que la Cámara única predetermina, insistiesen en querer introducir su otro Estado, por medios indirectos, en los intersticios de éste, que, al fin y al cabo, va triunfando, porque con eso solamente lograrán crear una máquina monstruosa, inconexa, que no podrá funcionar; sólo conseguirán que el Parlamento siga votando, como ayer y en otras ocasiones, lo que no desea, lo que nadie desea, y que de nuestras manos y de nuestra faena salga una Constitución epicena, precisamente la que nadie quiere. Esto es lo que hay que evitar. Yo creo, pues, que debemos hacer un alto, no en la duración del tiempo, sino en el ritmo de las actitudes y en el embalamiento de los deseos, y venir a unas ciertas previsiones que nos permitan corregir estos posibles y fatales errores, que, además, son muy difíciles de rectificar por dificultades especiales del reglamento. En las líneas generales sólo habrá un remedio: que, dócilmente, los vencidos acepten la estructura que va triunfando; pero bien está, en cambio, que los vencedores acepten el que en esas líneas generales de la figura del nuevo Estado pongan la generosidad en las condiciones de transacción que puedan lograrse y que parezcan suficientes a los vencidos.

En el caso presente, yo me encuentro con una posibilidad de solución que me permito proponer a la Cámara. No creo interpretar mal la situación, los movimientos parlamentarios de ayer, diciendo que la mayoría votó lo que ahora es dictamen por temor —que yo considero muy justificado, ya lo dije en mi discurso de la totalidad— al plebiscito como origen electoral del Presidente de la República. Por eso la mayoría, no digo que todos los grupos de la mayoría, aceptó la intromisión del Parlamento, que sus señorías reconocerán es sobremanera extraña dentro de la estructura de este Estado que va saliendo de entre nuestras manos colectivas, del cual nadie es responsable, sino que es el resultado de las votaciones de la Cámara. Por otra parte, los que quedemos en minoría votamos contra el dictamen por huir de la intervención del Parlamento en la elección presidencial. Pues bien, ¿por qué no venir a un acuerdo que sería eliminar el Parlamento y quedarse con una elección de compromisarios hecha en círculos electorales distintos de aquéllos de que emergen las elecciones parlamentarias? Este detalle me parece de algún interés, porque aun cuando yo no soy muy conocedor en política, apelo a la experiencia de los que tienen una larga historia de luchas electorales, y creo que reconocerán que una de las cosas que disloca más las combinaciones del caciquismo y, en general, del mecanismo electoral, es cambiar el área de la elección, como hemos visto, tal vez con exceso, en las últimas elecciones, simplemente por el hecho de cambiar la superficie electoral sobre la cual la elección se verifica. Me parece que ésta sería una solución intermedia que tendría, señores, una ventaja. Nada para mí más grato que la transacción. No soy hombre radical.

Toda mi obra es, en cierto modo, un deseo de curarme de posibles radicalismos que haya dentro de mí, como hombre obligado a manejar sólo los esquemas de las ideas. Nada me es más grato, pues, que la transacción; pero es menester que la transacción resultante de una situación parlamentaria transitoria, aislada, de una situación efímera, que el tiempo se lleva, tenga sentido en sí misma, sea respetable, se pueda enseñar a las gentes.

Pues bien, señores, temo yo que la solución que ayer se acordó no tenga estas virtudes. Uno de los que la defendieron, uno de los hombres para mí de más respeto en esta Cámara, el señor Alcalá Zamora, lo más que pudo decir de ella es que era una entre las peores. En esa autoridad, para mí enorme, del señor Alcalá Zamora, en ésta como en otra porción de cosas, yo me amparo, y después de haber tal vez perforado la posibilidad reglamentaria de la Cámara, por el momento me siento, quedándome con la misma buena voluntad con que comencé. (Aplausos).

El señor Presidente: El señor Alcalá Zamora tiene la palabra.

El señor Alcalá Zamora: Señores diputados, la minoría progresista, no por terquedad, por convencimiento, sin entablar debate, salva una vez más su creencia de que la fórmula que ella propusiera es la mejor. No intenta convencer a nadie; menos podía soñar ganar una votación; salva su responsabilidad acerca de los inconvenientes que tienen todas las otras fórmulas.

La gran autoridad del señor Ortega y Gasset, la gravedad del problema, los términos de exquisita cortesía en que me hiciera el requerimiento y aquel criterio gubernamental, que yo ayer recordaba y demostraba, para colaborar en la mejora de toda fórmula, aun cuando no sea la de nuestro criterio, nos lleva a colaborar en el propósito, desde luego temerario, de mejor iniciativa que de tan alta autoridad emana.

En la elección directa por el pueblo vemos nosotros la incertidumbre de todos los peligros; en la elección directa por la Cámara, la certeza de todos los desprestigios y de la impotencia del Poder presidencial; en el sistema mixto, una combinación que podría, por raro prodigio, ser el contrapeso, pero que puede ser la mixtificación de uno y otro inconveniente; y, puestos a elegir, pareciéndonos siempre mejor nuestra fórmula, la del señor Ortega y Gasset la creemos preferible a las otras tres: el plebiscito, la votación directa parlamentaria y la combinación de las dos.

Pero en el deseo de colaborar y de atender un requerimiento que tanto nos honra y satisface, hemos redactado, para que la Cámara la conozca y para atender en todo caso el ruego del señor Ortega y Gasset, una fórmula complementaria que se basa en los siguientes principios: Número elevado de compromisarios para evitar que la corrupción, en cualquiera de sus formas, pueda ser el factor decisivo del escrutinio. Circunscripciones electorales distintas, decía el señor Ortega y Gasset; más amplias —hemos entendido nosotros— que las demarcaciones provinciales, o sea la región como colegio electoral. Establecida la circunscripción electoral más amplia, el triunfo de una candidatura por lista cerrada y mayoritaria, es la injusticia y puede ser el desacuerdo con la voluntad del país; de suerte que el complemento, a nuestro entender, de las circunscripciones regionales, es la representación proporcional. Evitados los inconvenientes de una elección repetida por sufragio directo, asegurar la mayoría absoluta para que, sin sorpresa, el candidato que triunfe refleje la mayor adhesión de opinión pública. La incompatibilidad absoluta del cargo de compromisario con el de miembro del Gobierno o con el de miembro del Parlamento, para impedir que por un rodeo se llegara a falsear la evitación de uno de los sistemas que condenamos y la sumisión entera del problema al Tribunal de Garantías Constitucionales.

Y por si mi explicación no fuera clara, yo ruego a la Presidencia que se sirva ordenar la lectura de la fórmula que hemos presentado. Repito que no es la nuestra; representa que aquí no se significa la intransigencia, sino sólo el convencimiento. Porque somos firmes en nuestros propósitos, mantenemos nuestra bandera; porque queremos colaborar a una solución que, sin ser nuestro ideario, remedia inconvenientes, presentamos un complemento a la fórmula del señor Ortega y Gasset.

El señor Presidente: Se va a leer la adición que propone el señor Alcalá Zamora.

El Secretario (Del Río): Dice así: «Los diputados que suscriben, salvando siempre la preferencia de su criterio bicameral, proponen, como enmienda a la del señor Ortega y Gasset, las siguientes adiciones: una ley especial determinará el número de compromisarios entre 500 y 600. —La elección se hará por circunscripciones regionales demarcadas por la ley a este solo efecto y con representación proporcional. —No podrán ser elegidos compromisarios los miembros del Gobierno o del Parlamento. —Se procederá a votaciones sucesivas hasta obtener la mayoría absoluta, eliminando en cada una al candidato menos favorecido en la anterior. —Todas las cuestiones sobre la validez de mandato o de la elección del Presidente quedan sometidas al Tribunal de Garantías Constitucionales. —El Presidente del mismo, lo será sin voto de la Asamblea de compromisarios.

Palacio del Congreso. —Niceto Alcalá Zamora, etcétera».

El señor Presidente: Desearía saber la Presidencia si el señor Ortega y Gasset acepta estas adiciones.

El señor Ortega y Gasset (don José): Debo decir que dos de las cosas añadidas a mi enmienda expresaban mi íntimo pensamiento y que sólo por considerar que era ya de sobra problemático el que, aun desde el punto de vista reglamentario no más, la Cámara escuchara hoy y tuviese intromisión posible en el flujo de la vida parlamentaria de ayer y de hoy mi enmienda, me hizo retirarla con objeto de simplificar el pleito. Estos dos puntos de vista en que coincido plenamente con los añadidos por el señor Alcalá Zamora, que agradezco tan vivamente, son el de que en esos círculos distintos, en esas circunscripciones electorales diferentes, se aludía —mi pensamiento es conocido por la Cámara desde que comenzamos la discusión constitucional—, se aludía, en efecto, a las circunscripciones regionales. Era lo que yo llamaba entonces la intervención en nuestra Constitución, en la creación de los máximos Poderes, en este caso del ejecutivo, de la democracia periférica frente a la democracia central del Parlamento.

Lo mismo pienso con motivo del segundo añadido: la representación proporcional. Creo que sería, señores, una buena ocasión y un caso ejemplar para hacer en España, en grande, el ensayo de la representación proporcional, éste de la elección de Presidente. Se trataría, en el primer caso, como hemos dicho, de grandes áreas electorales y no de pequeños distritos. Ahora bien: es sabido que la representación proporcional como rinde tal vez sus mejores frutos es precisamente sobre un gran número de electores. En segundo lugar, se evita el que pueda levantarse desde luego, como bandera para la representación parlamentaria, la representación proporcional, la cual se ha demostrado en todas partes que para la vida del Parlamento es funesta, porque paraliza las luchas de la política, que son, en definitiva, el ímpetu y el nervio de que vive la historia de los pueblos. De manera que aquí tendríamos ocasión de poder introducir un elemento moderado, como es la representación proporcional, en un lugar de nuestras instituciones donde no daña, donde más bien es casi seguro que fuese beneficiosa.

Los demás puntos que añade el señor Alcalá Zamora tienen para mí, en principio, una aceptación. No les encuentro más que una dificultad formal, y es el deseo, que he manifestado siempre que he intervenido en estos debates constitucionales, de aligerar la Constitución, porque si no se forman artículos tan cargados de divisas, gallardetes y banderines, que la Constitución va a acabar por parecer una vieja fragata barroca, panzuda y artillada. Ya está ahí el artículo 1.º que, con adiciones y enmiendas, ha ido cargándose en escorzo y que le hace aparecer lamentablemente como un cabezudo. Ésta es la reserva que haría respecto de los otros dos o tres puntos añadidos por el señor Alcalá Zamora. Por tanto, es una dificultad meramente formal y de estilo.

El señor Presidente: De manera que, si no he entendido mal, el señor Ortega y Gasset admite la adición de los dos primeros párrafos.

Varios señores diputados: De todos.

El señor Ortega y Gasset (don José): Si eso aúna votos para esta enmienda, sin duda alguna que yo no haría de esta discrepancia formal y estilista jurídica, una divergencia.

El señor Presidente: ¿De manera que admite todas las adiciones?

El señor Ortega y Gasset (don José): Sí, señor.

Diario de Sesiones, 30 de octubre de 1931