Ortega y Gasset

Abstract

A speech in the 1931 constituent Cortes: the organizational part of the constitution is a machine where removing or adding one piece wrecks the whole, and once a single chamber is voted the executive cannot emanate from parliament. Constitutional technics, not philosophy.

Connections

Concetti: Stato, legge

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

El señor Ortega y Gasset (don José): Señores diputados: No sé si es parlamentario lo que voy a hacer, y, por tanto, suplico la benevolencia de la Cámara.

La votación de ayer a prima noche hizo que se pusiese de manifiesto en forma extrema un fenómeno que en medida ascendente se viene produciendo en esta Cámara desde el comienzo de la discusión constitucional. Es éste: que el modo inmaturo de presentarse las cuestiones en los votos particulares, dictámenes y enmiendas hace que los grupos parlamentarios, y me refiero sobre todo a los importantes, se encuentren con que tienen que votar lo que no desean, y se sientan, en consecuencia, con íntima desazón, con descontento de sí mismos, y como repercusión de esto, que es lo peor de todo, con desánimo grave para el resto de labor que les queda. Yo creo que ésta es una situación que conviene corregir.

Por lo que hace a nuestro exiguo grupo, desde hace semanas padecemos en grado superlativo este desasosiego. Nos llegan las cuestiones planteadas en forma tal, que lo que quisiéramos sería no decir ni sí ni no; votamos por deber de actuación; pero nos recogemos en el silencio, porque lo único que podríamos hacer, dada la actitud en que se colocan los grandes grupos parlamentarios, sería explicar y salvar nuestro voto, lo cual es casi siempre una operación vana, narcisista, y que atraería sobre nosotros, con justicia, la apelación de doctrinarios. No se olvide que en este grupo abundan los que nos consideramos como transeúntes en la política, gentes que no aspiramos a gobernar, mejor dicho, que aspiramos a no gobernar, y que no concebimos siquiera la imagen de nuestras personas proyectadas sobre cualquier cargo público de superior importancia.

Pero, en fin, esto por lo que afecta a lo que la tiene menos, que es la taciturnidad de nuestro grupo durante estas discusiones. Lo que importa es que debemos resolver esta situación, que se repite —e insisto que principalmente para los grandes grupos de la Cámara, que tienen la máxima responsabilidad— un día y otro. Los diputados que tengan una memoria especialmente generosa recordarán que al comenzar la discusión de totalidad yo afronté con toda lealtad, cara a cara y en forma orgánica, casi todos los temas constitucionales, los grandes temas constitucionales; sobre todo los que afectan a esta parte, que me parece importantísima, aunque se diga que lo es menos; y de esta parte, que es la más decisiva en el Estado, porque es de la que depende su funcionamiento, decía yo que tiene el carácter de una máquina, en que lo esencial está en el conjunto y en el sistema de sus piezas menores, las cuales están tan orgánicamente enlazadas, que de quitar o poner una queda desbaratado todo el aparato y no sirve para funcionar. Lo cual quiere decir que tenéis que andar en esta parte de la Constitución con un cuidado muy peculiar, porque si no os encontráis con que por haber votado una cosa ayer no sabéis de qué manera podéis votar mañana en las nuevas instituciones que llegan a discutirse.

No le demos vueltas. En el dictamen de la Constitución va dibujada cierta figura de Estado, que consiste en dar al Poder ejecutivo y al parlamentario la plenitud de sus atributos, pero cuidando de fortalecer ambos y de dotarlos de suficiente independencia. Frente a esta figura de Estado cabe siempre, ¡no faltaba más!, la tradicional, la que el último siglo nos presenta, en la cual el Poder ejecutivo queda supeditado al parlamentario, porque éste no se limita a legislar y a fiscalizar, sino que lo engendra y lo cría de su propio ser. Es perfectamente razonable que este viejo Estado, que este Estado de la vieja democracia sea preferido al nuevo que el dictamen dibuja; pero lo que no es tan razonable es que, una vez aceptado y votado por el Parlamento un supuesto de esa nueva figura de Estado, se quiera, no obstante, seguir combatiendo ciertas consecuencias inexorables que, queramos o no, son arrastradas por aquél. Por ejemplo: dada la Cámara única que el Parlamento ha votado, el Poder ejecutivo no puede emanar del Parlamento, porque entonces resultaría la Cámara sin correctivo ni organización externa a ella, sin regulativo, sino que resultaría absorbiéndolo todo. Si votamos, pues, la Cámara única, no hay más remedio que buscar al Poder ejecutivo una fuente distinta —la fuente electoral— para que le sostenga y pueda, frente al Parlamento, regularlo y corregirlo ya que el Parlamento, a su vez, regula y fiscaliza al Gobierno.

Se trata, por tanto, de una relación inexorable. Pertenece esto a aquella clase de nexos y relaciones entre cosas que están por encima de nuestro albedrío, lo mismo que el que toma el anverso no tiene más remedio que tomar el reverso o el que habla de un hijo, tiene, a la fuerza, que admitir la existencia de un padre, por desconocido que éste sea. Por esta razón, señores, yo creo que sería funestísimo que continuásemos discutiendo esta parte de la Constitución en la forma que lo hacemos, y que los grupos de la Cámara dual, y enemigos de esa figura de Estado que la Cámara única predetermina, insistiesen en querer introducir su otro Estado, por medios indirectos, en los intersticios de éste, que, al fin y al cabo, va triunfando, porque con eso solamente lograrán crear una máquina monstruosa, inconexa, que no podrá funcionar; sólo conseguirán que el Parlamento siga votando, como ayer y en otras ocasiones, lo que no desea, lo que nadie desea, y que de nuestras manos y de nuestra faena salga una Constitución epicena, precisamente la que nadie quiere. Esto es lo que hay que evitar. Yo creo, pues, que debemos hacer un alto, no en la duración del tiempo, sino en el ritmo de las actitudes y en el embalamiento de los deseos, y venir a unas ciertas previsiones que nos permitan corregir estos posibles y fatales errores, que, además, son muy difíciles de rectificar por dificultades especiales del reglamento. En las líneas generales sólo habrá un remedio: que, dócilmente, los vencidos acepten la estructura que va triunfando; pero bien está, en cambio, que los vencedores acepten el que en esas líneas generales de la figura del nuevo Estado pongan la generosidad en las condiciones de transacción que puedan lograrse y que parezcan suficientes a los vencidos.

En el caso presente, yo me encuentro con una posibilidad de solución que me permito proponer a la Cámara. No creo interpretar mal la situación, los movimientos parlamentarios de ayer, diciendo que la mayoría votó lo que ahora es dictamen por temor —que yo considero muy justificado, ya lo dije en mi discurso de la totalidad— al plebiscito como origen electoral del Presidente de la República. Por eso la mayoría, no digo que todos los grupos de la mayoría, aceptó la intromisión del Parlamento, que sus señorías reconocerán es sobremanera extraña dentro de la estructura de este Estado que va saliendo de entre nuestras manos colectivas, del cual nadie es responsable, sino que es el resultado de las votaciones de la Cámara. Por otra parte, los que quedemos en minoría votamos contra el dictamen por huir de la intervención del Parlamento en la elección presidencial. Pues bien, ¿por qué no venir a un acuerdo que sería eliminar el Parlamento y quedarse con una elección de compromisarios hecha en círculos electorales distintos de aquéllos de que emergen las elecciones parlamentarias? Este detalle me parece de algún interés, porque aun cuando yo no soy muy conocedor en política, apelo a la experiencia de los que tienen una larga historia de luchas electorales, y creo que reconocerán que una de las cosas que disloca más las combinaciones del caciquismo y, en general, del mecanismo electoral, es cambiar el área de la elección, como hemos visto, tal vez con exceso, en las últimas elecciones, simplemente por el hecho de cambiar la superficie electoral sobre la cual la elección se verifica. Me parece que ésta sería una solución intermedia que tendría, señores, una ventaja. Nada para mí más grato que la transacción. No soy hombre radical.

Toda mi obra es, en cierto modo, un deseo de curarme de posibles radicalismos que haya dentro de mí, como hombre obligado a manejar sólo los esquemas de las ideas. Nada me es más grato, pues, que la transacción; pero es menester que la transacción resultante de una situación parlamentaria transitoria, aislada, de una situación efímera, que el tiempo se lleva, tenga sentido en sí misma, sea respetable, se pueda enseñar a las gentes.

Mr. Ortega y Gasset (don José): Gentlemen deputies: I do not know whether what I am about to do is parliamentary, and, therefore, I beg the benevolence of the Chamber.

Last night’s vote brought to light in an extreme form a phenomenon that has been coming about in this Chamber in increasing measure since the beginning of the constitutional discussion. It is this: that the immature manner in which questions present themselves in the particular votes, reports and amendments means that the parliamentary groups, and I refer above all to the important ones, find themselves having to vote for what they do not desire, and feel, in consequence, with intimate unease, with discontent with themselves, and as a repercussion of this, which is the worst of all, with grave discouragement for the rest of the labor that remains to them. I believe that this is a situation that it is fitting to correct.

As far as concerns our exiguous group, for weeks we have suffered in a superlative degree this unease. The questions reach us posed in such a form, that what we should like would be to say neither yes nor no; we vote by duty of action; but we withdraw into silence, because the only thing we could do, given the attitude in which the great parliamentary groups place themselves, would be to explain and save our vote, which is almost always a vain, narcissistic operation, and that would draw upon us, with justice, the appellation of doctrinaires. Let it not be forgotten that in this group abound those of us who consider ourselves as transients in politics, people who do not aspire to govern, better said, who aspire not to govern, and who do not even conceive the image of our persons projected upon any public post of superior importance.

But, in short, this as concerns what has the least of it, which is the taciturnity of our group during these discussions. What matters is that we must resolve this situation, which repeats itself — and I insist that principally for the great groups of the Chamber, which have the maximum responsibility — day after day. The deputies who have a specially generous memory will recall that at the beginning of the discussion of totality I confronted with all loyalty, face to face and in an organic form, almost all the constitutional themes, the great constitutional themes; above all those that affect this part, which seems to me most important, although it is said that it is less so; and of this part, which is the most decisive in the State, because it is the one on which its functioning depends, I said that it has the character of a machine, in which the essential lies in the whole and in the system of its smaller parts, which are so organically linked, that to remove or add one leaves all the apparatus dismantled and it does not serve to function. Which means that you must proceed in this part of the Constitution with a very peculiar care, because otherwise you find yourselves with the fact that, for having voted one thing yesterday, you do not know in what manner you can vote tomorrow in the new institutions that come to be discussed.

Let us not beat around the bush. In the report of the Constitution there is drawn a certain figure of State, which consists in giving to the executive Power and to the parliamentary one the plenitude of their attributes, but taking care to strengthen both and to endow them with sufficient independence. Against this figure of State there always fits, of course!, the traditional one, the one that the last century presents to us, in which the executive Power remains subordinate to the parliamentary one, because the latter does not limit itself to legislating and supervising, but engenders it and raises it from its own being. It is perfectly reasonable that this old State, that this State of the old democracy be preferred to the new one that the report draws; but what is not so reasonable is that, once a presupposition of that new figure of State has been accepted and voted by the Parliament, one should wish, nevertheless, to continue combating certain inexorable consequences that, whether we will or not, are dragged along by it. For example: given the single Chamber that the Parliament has voted, the executive Power cannot emanate from the Parliament, because then the Chamber would result without corrective or external organization to it, without regulative, but would result absorbing everything. If we vote, then, the single Chamber, there is no remedy but to seek for the executive Power a distinct source — the electoral source — to sustain it and be able, before the Parliament, to regulate and correct it, since the Parliament, in turn, regulates and supervises the Government.

It concerns, therefore, an inexorable relation. This belongs to that class of nexuses and relations between things that are above our free will, just as he who takes the obverse has no remedy but to take the reverse, or he who speaks of a son has, perforce, to admit the existence of a father, however unknown this may be. For this reason, gentlemen, I believe that it would be most fatal that we should continue discussing this part of the Constitution in the form in which we do, and that the groups of the dual Chamber, enemies of that figure of State that the single Chamber predetermines, should insist on wishing to introduce their other State, by indirect means, in the interstices of this one, which, after all, is going triumphing, because with that alone they will only manage to create a monstrous, unconnected machine, that will not be able to function; they will only manage that the Parliament continues voting, as yesterday and on other occasions, for what it does not desire, what no one desires, and that from our hands and from our labor there should issue an epicene Constitution, precisely the one that no one wants. This is what must be avoided. I believe, then, that we must make a halt, not in the duration of time, but in the rhythm of attitudes and in the surging of desires, and come to certain provisions that allow us to correct these possible and fatal errors, which, moreover, are very difficult to rectify because of special difficulties of the rules of procedure. In the general lines there will be only one remedy: that, docilely, the vanquished accept the structure that is going triumphing; but it is well, on the other hand, that the victors accept that in those general lines of the figure of the new State they put generosity into the conditions of compromise that can be obtained and that seem sufficient to the vanquished.

In the case at hand, I find myself with a possibility of solution that I allow myself to propose to the Chamber. I do not believe I interpret badly the situation, the parliamentary movements of yesterday, in saying that the majority voted for what is now the report out of fear — which I consider very justified, I already said it in my speech on totality — of the plebiscite as the electoral origin of the President of the Republic. For that reason the majority, I do not say all the groups of the majority, accepted the intrusion of the Parliament, which their lordships will recognize is exceedingly strange within the structure of this State that is emerging from our collective hands, of which no one is responsible, but which is the result of the Chamber’s votes. On the other hand, those of us who remain in the minority voted against the report to flee the intervention of the Parliament in the presidential election. Well then, why not come to an agreement that would be to eliminate the Parliament and keep an election of electors made in electoral circles different from those from which the parliamentary elections emerge? This detail seems to me of some interest, because although I am not a great connoisseur in politics, I appeal to the experience of those who have a long history of electoral struggles, and I believe they will recognize that one of the things that most dislocates the combinations of caciquismo and, in general, of the electoral mechanism, is to change the area of the election, as we have seen, perhaps with excess, in the last elections, simply for the fact of changing the electoral surface upon which the election is verified. It seems to me that this would be an intermediate solution that would have, gentlemen, one advantage. Nothing is more pleasing to me than compromise. I am not a radical man.

All my work is, in a certain way, a desire to cure myself of possible radicalisms that may be within me, as a man obliged to handle only the schemas of ideas. Nothing, then, is more pleasing to me than compromise; but it is necessary that the compromise resulting from a transitory, isolated parliamentary situation, from an ephemeral situation, that time carries away, have meaning in itself, be respectable, be able to be taught to people.

Il signor Ortega y Gasset (don José): Signori deputati: Non so se è parlamentare ciò che sto per fare, e, pertanto, supplico la benevolenza della Camera.

La votazione di ieri a prima notte fece sì che si ponesse di manifesto in forma estrema un fenomeno che in misura ascendente si viene producendo in questa Camera dall’inizio della discussione costituzionale. È questo: che il modo immaturo di presentarsi le questioni nei voti particolari, nei pareri e negli emendamenti fa sì che i gruppi parlamentari, e mi riferisco soprattutto agli importanti, si trovino ad avere da votare ciò che non desiderano, e si sentano, in conseguenza, con intimo disagio, con scontento di sé stessi, e come ripercussione di questo, che è il peggio di tutto, con grave scoramento per il resto del lavoro che rimane loro. Io credo che questa sia una situazione che conviene correggere.

Per quanto fa al nostro esiguo gruppo, da settimane patiamo in grado superlativo questo disagio. Ci arrivano le questioni piantate in forma tale, che ciò che vorremmo sarebbe non dire né sì né no; votiamo per dovere di attuazione; ma ci raccogliamo nel silenzio, perché l’unica cosa che potremmo fare, data l’atteggiamento in cui si collocano i grandi gruppi parlamentari, sarebbe spiegare e salvare il nostro voto, il che è quasi sempre un’operazione vana, narcisista, e che attirerebbe su di noi, con giustizia, l’appello di dottrinari. Non si dimentichi che in questo gruppo abbondano quelli che ci consideriamo come transeunti nella politica, gente che non aspiriamo a governare, meglio detto, che aspiriamo a non governare, e che non concepiamo neppure l’immagine delle nostre persone proiettata su qualsiasi carica pubblica di superiore importanza.

Ma, in fin dei conti, questo per ciò che affetta a ciò che ne ha meno, che è la taciturnità del nostro gruppo durante queste discussioni. Ciò che importa è che dobbiamo risolvere questa situazione, che si ripete — e insisto che principalmente per i grandi gruppi della Camera, che hanno la massima responsabilità — un giorno e l’altro. I deputati che abbiano una memoria specialmente generosa ricorderanno che all’inizio della discussione di totalità io affrontai con tutta lealtà, faccia a faccia e in forma organica, quasi tutti i temi costituzionali, i grandi temi costituzionali; soprattutto quelli che affettano questa parte, che mi sembra importantissima, benché si dica che lo è meno; e di questa parte, che è la più decisiva nello Stato, perché è quella da cui dipende il suo funzionamento, dicevo io che ha il carattere di una macchina, in cui l’essenziale sta nell’insieme e nel sistema delle sue parti minori, le quali sono tanto organicamente allacciate, che a togliere o mettere una resta sbarattato tutto l’apparato e non serve a funzionare. Il che vuol dire che dovete andare in questa parte della Costituzione con una cura molto peculiare, perché se no vi trovate con il fatto che, per aver votato una cosa ieri, non sapete in quale maniera potete votare domani nelle nuove istituzioni che arrivano a discutersi.

Non giriamoci intorno. Nel parere della Costituzione va disegnata certa figura di Stato, che consiste nel dare al Potere esecutivo e al parlamentare la pienezza dei loro attributi, ma curando di rafforzare entrambi e di dotarli di sufficiente indipendenza. Di fronte a questa figura di Stato cape sempre, non mancherebbe altro!, la tradizionale, quella che l’ultimo secolo ci presenta, nella quale il Potere esecutivo rimane subordinato al parlamentare, perché questo non si limita a legiferare e a fiscalizzare, ma lo genera e lo cresce dal proprio essere. È perfettamente ragionevole che questo vecchio Stato, che questo Stato della vecchia democrazia sia preferito al nuovo che il parere disegna; ma ciò che non è tanto ragionevole è che, una volta accettato e votato dal Parlamento un presupposto di quella nuova figura di Stato, si voglia, nonostante ciò, continuare a combattere certe conseguenze inesorabili che, vogliasi o no, sono trascinate da quello. Per esempio: data la Camera unica che il Parlamento ha votato, il Potere esecutivo non può emanare dal Parlamento, perché allora risulterebbe la Camera senza correttivo né organizzazione esterna a essa, senza regolativo, ma risulterebbe assorbendo tutto. Se votiamo, dunque, la Camera unica, non c’è altro rimedio che cercare al Potere esecutivo una fonte distinta — la fonte elettorale — perché lo sostenga e possa, di fronte al Parlamento, regolarlo e correggerlo già che il Parlamento, a sua volta, regola e fiscalizza il Governo.

Si tratta, pertanto, di una relazione inesorabile. Appartiene questo a quella classe di nessi e relazioni tra cose che stanno al di sopra del nostro arbitrio, lo stesso che colui che prende il dritto non ha altro rimedio che prendere il rovescio, o colui che parla di un figlio ha, a forza, da ammettere l’esistenza di un padre, per sconosciuto che questo sia. Per questa ragione, signori, io credo che sarebbe funestissimo che continuassimo a discutere questa parte della Costituzione nella forma in cui lo facciamo, e che i gruppi della Camera duale, e nemici di quella figura di Stato che la Camera unica predetermina, insistessero nel volere introdurre il loro altro Stato, per mezzi indiretti, negli interstizi di questo, che, in fin dei conti, va trionfando, perché con ciò soltanto otterranno di creare una macchina mostruosa, sconnessa, che non potrà funzionare; soltanto otterranno che il Parlamento continui a votare, come ieri e in altre occasioni, ciò che non desidera, ciò che nessuno desidera, e che dalle nostre mani e dalla nostra fatica esca una Costituzione epicena, precisamente quella che nessuno vuole. Questo è ciò che bisogna evitare. Io credo, dunque, che dobbiamo fare una pausa, non nella durata del tempo, ma nel ritmo degli atteggiamenti e nell’impennata dei desideri, e venire a certe previsioni che ci permettano di correggere questi possibili e fatali errori, che, inoltre, sono molto difficili da rettificare per difficoltà speciali del regolamento. Nelle linee generali ci sarà un solo rimedio: che, docilmente, i vinti accettino la struttura che va trionfando; ma sta bene, in cambio, che i vincitori accettino il fatto che in quelle linee generali della figura del nuovo Stato mettano la generosità nelle condizioni di transazione che possano conseguirsi e che sembrino sufficienti ai vinti.

Nel caso presente, io mi trovo con una possibilità di soluzione che mi permetto di proporre alla Camera. Non credo di interpretare male la situazione, i movimenti parlamentari di ieri, dicendo che la maggioranza votò ciò che ora è parere per timore — che io considero molto giustificato, già lo dissi nel mio discorso della totalità — al plebiscito come origine elettorale del Presidente della Repubblica. Per questo la maggioranza, non dico tutti i gruppi della maggioranza, accettò l’intromissione del Parlamento, che le loro signorie riconosceranno è oltremodo strana dentro la struttura di questo Stato che va uscendo dalle nostre mani collettive, del quale nessuno è responsabile, ma che è il risultato delle votazioni della Camera. D’altra parte, quelli che rimaniamo in minoranza votammo contro il parere per fuggire l’intervento del Parlamento nella elezione presidenziale. Ebbene, perché non venire a un accordo che sarebbe eliminare il Parlamento e rimanere con una elezione di compromissari fatta in circoli elettorali diversi da quelli da cui emergono le elezioni parlamentari? Questo dettaglio mi sembra di qualche interesse, perché benché io non sia molto conoscitore in politica, appello all’esperienza di quelli che hanno una lunga storia di lotte elettorali, e credo che riconosceranno che una delle cose che disloca di più le combinazioni del caciquismo e, in generale, del meccanismo elettorale, è cambiare l’area dell’elezione, come abbiamo visto, forse con eccesso, nelle ultime elezioni, semplicemente per il fatto di cambiare la superficie elettorale sulla quale l’elezione si verifica. Mi sembra che questa sarebbe una soluzione intermedia che avrebbe, signori, un vantaggio. Nulla per me più grato che la transazione. Non sono uomo radicale.

Tutta la mia opera è, in certo modo, un desiderio di curarmi di possibili radicalismi che ci siano dentro di me, come uomo obbligato a maneggiare soltanto gli schemi delle idee. Nulla mi è più grato, dunque, che la transazione; ma è mestieri che la transazione risultante da una situazione parlamentare transitoria, isolata, da una situazione effimera, che il tempo si porta via, abbia senso in sé stessa, sia rispettabile, si possa insegnare alle genti.

Pues bien, señores, temo yo que la solución que ayer se acordó no tenga estas virtudes. Uno de los que la defendieron, uno de los hombres para mí de más respeto en esta Cámara, el señor Alcalá Zamora, lo más que pudo decir de ella es que era una entre las peores. En esa autoridad, para mí enorme, del señor Alcalá Zamora, en ésta como en otra porción de cosas, yo me amparo, y después de haber tal vez perforado la posibilidad reglamentaria de la Cámara, por el momento me siento, quedándome con la misma buena voluntad con que comencé. (Aplausos).

El señor Presidente: El señor Alcalá Zamora tiene la palabra.

El señor Alcalá Zamora: Señores diputados, la minoría progresista, no por terquedad, por convencimiento, sin entablar debate, salva una vez más su creencia de que la fórmula que ella propusiera es la mejor. No intenta convencer a nadie; menos podía soñar ganar una votación; salva su responsabilidad acerca de los inconvenientes que tienen todas las otras fórmulas.

La gran autoridad del señor Ortega y Gasset, la gravedad del problema, los términos de exquisita cortesía en que me hiciera el requerimiento y aquel criterio gubernamental, que yo ayer recordaba y demostraba, para colaborar en la mejora de toda fórmula, aun cuando no sea la de nuestro criterio, nos lleva a colaborar en el propósito, desde luego temerario, de mejor iniciativa que de tan alta autoridad emana.

En la elección directa por el pueblo vemos nosotros la incertidumbre de todos los peligros; en la elección directa por la Cámara, la certeza de todos los desprestigios y de la impotencia del Poder presidencial; en el sistema mixto, una combinación que podría, por raro prodigio, ser el contrapeso, pero que puede ser la mixtificación de uno y otro inconveniente; y, puestos a elegir, pareciéndonos siempre mejor nuestra fórmula, la del señor Ortega y Gasset la creemos preferible a las otras tres: el plebiscito, la votación directa parlamentaria y la combinación de las dos.

Pero en el deseo de colaborar y de atender un requerimiento que tanto nos honra y satisface, hemos redactado, para que la Cámara la conozca y para atender en todo caso el ruego del señor Ortega y Gasset, una fórmula complementaria que se basa en los siguientes principios: Número elevado de compromisarios para evitar que la corrupción, en cualquiera de sus formas, pueda ser el factor decisivo del escrutinio. Circunscripciones electorales distintas, decía el señor Ortega y Gasset; más amplias —hemos entendido nosotros— que las demarcaciones provinciales, o sea la región como colegio electoral. Establecida la circunscripción electoral más amplia, el triunfo de una candidatura por lista cerrada y mayoritaria, es la injusticia y puede ser el desacuerdo con la voluntad del país; de suerte que el complemento, a nuestro entender, de las circunscripciones regionales, es la representación proporcional. Evitados los inconvenientes de una elección repetida por sufragio directo, asegurar la mayoría absoluta para que, sin sorpresa, el candidato que triunfe refleje la mayor adhesión de opinión pública. La incompatibilidad absoluta del cargo de compromisario con el de miembro del Gobierno o con el de miembro del Parlamento, para impedir que por un rodeo se llegara a falsear la evitación de uno de los sistemas que condenamos y la sumisión entera del problema al Tribunal de Garantías Constitucionales.

Y por si mi explicación no fuera clara, yo ruego a la Presidencia que se sirva ordenar la lectura de la fórmula que hemos presentado. Repito que no es la nuestra; representa que aquí no se significa la intransigencia, sino sólo el convencimiento. Porque somos firmes en nuestros propósitos, mantenemos nuestra bandera; porque queremos colaborar a una solución que, sin ser nuestro ideario, remedia inconvenientes, presentamos un complemento a la fórmula del señor Ortega y Gasset.

El señor Presidente: Se va a leer la adición que propone el señor Alcalá Zamora.

El Secretario (Del Río): Dice así: «Los diputados que suscriben, salvando siempre la preferencia de su criterio bicameral, proponen, como enmienda a la del señor Ortega y Gasset, las siguientes adiciones: una ley especial determinará el número de compromisarios entre 500 y 600. —La elección se hará por circunscripciones regionales demarcadas por la ley a este solo efecto y con representación proporcional. —No podrán ser elegidos compromisarios los miembros del Gobierno o del Parlamento. —Se procederá a votaciones sucesivas hasta obtener la mayoría absoluta, eliminando en cada una al candidato menos favorecido en la anterior. —Todas las cuestiones sobre la validez de mandato o de la elección del Presidente quedan sometidas al Tribunal de Garantías Constitucionales. —El Presidente del mismo, lo será sin voto de la Asamblea de compromisarios.

Palacio del Congreso. —Niceto Alcalá Zamora, etcétera».

El señor Presidente: Desearía saber la Presidencia si el señor Ortega y Gasset acepta estas adiciones.

El señor Ortega y Gasset (don José): Debo decir que dos de las cosas añadidas a mi enmienda expresaban mi íntimo pensamiento y que sólo por considerar que era ya de sobra problemático el que, aun desde el punto de vista reglamentario no más, la Cámara escuchara hoy y tuviese intromisión posible en el flujo de la vida parlamentaria de ayer y de hoy mi enmienda, me hizo retirarla con objeto de simplificar el pleito. Estos dos puntos de vista en que coincido plenamente con los añadidos por el señor Alcalá Zamora, que agradezco tan vivamente, son el de que en esos círculos distintos, en esas circunscripciones electorales diferentes, se aludía —mi pensamiento es conocido por la Cámara desde que comenzamos la discusión constitucional—, se aludía, en efecto, a las circunscripciones regionales. Era lo que yo llamaba entonces la intervención en nuestra Constitución, en la creación de los máximos Poderes, en este caso del ejecutivo, de la democracia periférica frente a la democracia central del Parlamento.

Lo mismo pienso con motivo del segundo añadido: la representación proporcional. Creo que sería, señores, una buena ocasión y un caso ejemplar para hacer en España, en grande, el ensayo de la representación proporcional, éste de la elección de Presidente. Se trataría, en el primer caso, como hemos dicho, de grandes áreas electorales y no de pequeños distritos. Ahora bien: es sabido que la representación proporcional como rinde tal vez sus mejores frutos es precisamente sobre un gran número de electores. En segundo lugar, se evita el que pueda levantarse desde luego, como bandera para la representación parlamentaria, la representación proporcional, la cual se ha demostrado en todas partes que para la vida del Parlamento es funesta, porque paraliza las luchas de la política, que son, en definitiva, el ímpetu y el nervio de que vive la historia de los pueblos. De manera que aquí tendríamos ocasión de poder introducir un elemento moderado, como es la representación proporcional, en un lugar de nuestras instituciones donde no daña, donde más bien es casi seguro que fuese beneficiosa.

Los demás puntos que añade el señor Alcalá Zamora tienen para mí, en principio, una aceptación. No les encuentro más que una dificultad formal, y es el deseo, que he manifestado siempre que he intervenido en estos debates constitucionales, de aligerar la Constitución, porque si no se forman artículos tan cargados de divisas, gallardetes y banderines, que la Constitución va a acabar por parecer una vieja fragata barroca, panzuda y artillada. Ya está ahí el artículo 1.º que, con adiciones y enmiendas, ha ido cargándose en escorzo y que le hace aparecer lamentablemente como un cabezudo. Ésta es la reserva que haría respecto de los otros dos o tres puntos añadidos por el señor Alcalá Zamora. Por tanto, es una dificultad meramente formal y de estilo.

El señor Presidente: De manera que, si no he entendido mal, el señor Ortega y Gasset admite la adición de los dos primeros párrafos.

Varios señores diputados: De todos.

El señor Ortega y Gasset (don José): Si eso aúna votos para esta enmienda, sin duda alguna que yo no haría de esta discrepancia formal y estilista jurídica, una divergencia.

El señor Presidente: ¿De manera que admite todas las adiciones?

El señor Ortega y Gasset (don José): Sí, señor.

Diario de Sesiones, 30 de octubre de 1931

Well then, gentlemen, I fear that the solution that was agreed yesterday may not have these virtues. One of those who defended it, one of the men for me of most respect in this Chamber, señor Alcalá Zamora, the most he could say of it is that it was one among the worst. In that authority, for me enormous, of señor Alcalá Zamora, in this as in another portion of things, I shelter myself, and after having perhaps pierced the procedural possibility of the Chamber, for the moment I feel, keeping the same good will with which I began. (Applause.)

The President: Señor Alcalá Zamora has the floor.

Señor Alcalá Zamora: Gentlemen deputies, the progressive minority, not out of stubbornness, out of conviction, without entering into debate, saves once more its belief that the formula that it proposed is the best. It does not attempt to convince anyone; still less could it dream of winning a vote; it saves its responsibility concerning the drawbacks that all the other formulas have.

The great authority of señor Ortega y Gasset, the gravity of the problem, the terms of exquisite courtesy in which he made me the request and that governmental criterion, which yesterday I recalled and demonstrated, to collaborate in the improvement of every formula, even when it is not that of our criterion, leads us to collaborate in the purpose, from the outset rash, of the better initiative that emanates from so high an authority.

In the direct election by the people we see the uncertainty of all dangers; in the direct election by the Chamber, the certainty of all discredit and of the impotence of the presidential Power; in the mixed system, a combination that could, by a rare prodigy, be the counterweight, but that may be the mystification of the one and the other drawback; and, put to choose, our formula always seeming better to us, we believe that of señor Ortega y Gasset preferable to the other three: the plebiscite, the direct parliamentary vote and the combination of the two.

But in the desire to collaborate and to attend to a request that so honors and satisfies us, we have drawn up, so that the Chamber may know it and in order to attend in every case the plea of señor Ortega y Gasset, a complementary formula that is based on the following principles: Elevated number of electors to prevent corruption, in any of its forms, from being the decisive factor of the scrutiny. Distinct electoral constituencies, said señor Ortega y Gasset; broader — we have understood — than the provincial demarcations, that is, the region as an electoral college. Once the broader electoral constituency is established, the triumph of a candidacy by a closed and majoritarian list is the injustice and may be the disagreement with the will of the country; so that the complement, in our understanding, of the regional constituencies is proportional representation. Once the drawbacks of a repeated election by direct suffrage are avoided, ensure the absolute majority so that, without surprise, the candidate who triumphs may reflect the greatest adhesion of public opinion. The absolute incompatibility of the office of elector with that of member of the Government or with that of member of Parliament, to prevent that by a detour one might come to falsify the avoidance of one of the systems that we condemn, and the entire submission of the problem to the Tribunal of Constitutional Guarantees.

And in case my explanation were not clear, I beg the Presidency to be so kind as to order the reading of the formula that we have presented. I repeat that it is not ours; it represents that here what is signified is not intransigence, but only conviction. Because we are firm in our purposes, we keep our banner; because we want to collaborate in a solution that, without being our ideology, remedies drawbacks, we present a complement to the formula of señor Ortega y Gasset.

The President: The addition that señor Alcalá Zamora proposes is going to be read.

The Secretary (Del Río): It reads as follows: “The deputies who subscribe, always saving the preference of their bicameral criterion, propose, as an amendment to that of señor Ortega y Gasset, the following additions: a special law will determine the number of electors between 500 and 600. —The election will be made by regional constituencies demarcated by the law to this sole effect and with proportional representation. —The members of the Government or of Parliament may not be elected electors. —Successive votes will be proceeded to until obtaining the absolute majority, eliminating in each one the candidate least favored in the previous one. —All questions on the validity of mandate or of the election of the President remain submitted to the Tribunal of Constitutional Guarantees. —Its President shall be so without the vote of the Assembly of electors.

Palace of the Congress. —Niceto Alcalá Zamora, etc.”

The President: I should like to know whether señor Ortega y Gasset accepts these additions.

Señor Ortega y Gasset (don José): I must say that two of the things added to my amendment expressed my intimate thought and that it was only because I considered that it was already excessively problematic that, even from the procedural point of view alone, the Chamber should listen today and have possible intrusion in the flow of the parliamentary life of yesterday and today, that my amendment made me withdraw it in order to simplify the suit. These two points of view with which I fully coincide with those added by señor Alcalá Zamora, whom I thank so warmly, are, first, that in those distinct circles, in those different electoral constituencies, there was alluded to — my thought is known to the Chamber since we began the constitutional discussion — there was alluded, in effect, to the regional constituencies. It was what I called then the intervention in our Constitution, in the creation of the supreme Powers, in this case of the executive, of the peripheral democracy against the central democracy of Parliament.

The same I think on the occasion of the second addition: proportional representation. I believe that it would be, gentlemen, a good occasion and an exemplary case for making in Spain, on a great scale, the trial of proportional representation, this one of the election of President. It would concern, in the first case, as we have said, great electoral areas and not small districts. Now then: it is known that proportional representation yields perhaps its best fruits precisely over a great number of electors. In the second place, it is avoided that there may be raised, from the outset, as a banner for parliamentary representation, proportional representation, which has been shown everywhere to be fatal for the life of Parliament, because it paralyzes the struggles of politics, which are, in the last analysis, the impetus and the nerve by which the history of peoples lives. So that here we would have occasion to be able to introduce a moderate element, as proportional representation is, in a place of our institutions where it does not harm, where rather it is almost certain that it would be beneficial.

The other points that señor Alcalá Zamora adds have for me, in principle, acceptance. I find in them only a formal difficulty, and it is the desire, that I have always manifested whenever I have intervened in these constitutional debates, to lighten the Constitution, because otherwise articles are formed so laden with devices, pennants and little banners, that the Constitution is going to end by seeming an old baroque frigate, pot-bellied and armed. There already is article 1, which, with additions and amendments, has been loading itself in profile and makes it appear lamentably like a big-head. This is the reservation I would make regarding the other two or three points added by señor Alcalá Zamora. Therefore, it is a difficulty merely formal and of style.

The President: So that, if I have not understood badly, señor Ortega y Gasset admits the addition of the first two paragraphs.

Several gentlemen deputies: Of all.

Señor Ortega y Gasset (don José): If that unites votes for this amendment, without any doubt I should not make of this formal and juristic-stylistic discrepancy a divergence.

The President: So that he admits all the additions?

Señor Ortega y Gasset (don José): Yes, sir.

Journal of Sessions, October 30, 1931

Ebbene, signori, temo io che la soluzione che ieri si accordò non abbia queste virtù. Uno di quelli che la difesero, uno degli uomini per me di più rispetto in questa Camera, il signor Alcalá Zamora, il più che poté dire di essa è che era una tra le peggiori. In quella autorità, per me enorme, del signor Alcalá Zamora, in questa come in altra porzione di cose, io mi amparo, e dopo aver forse perforato la possibilità regolamentare della Camera, per il momento mi sento, rimanendo con la stessa buona volontà con cui cominciai. (Applausi).

Il signor Presidente: Il signor Alcalá Zamora ha la parola.

Il signor Alcalá Zamora: Signori deputati, la minoranza progressista, non per testardaggine, per convinzione, senza intavolare dibattito, salva una volta di più la sua credenza che la formula che essa proponesse sia la migliore. Non tenta di convincere nessuno; meno poteva sognare di vincere una votazione; salva la sua responsabilità circa gli inconvenienti che hanno tutte le altre formule.

La grande autorità del signor Ortega y Gasset, la gravità del problema, i termini di squisita cortesia in cui mi facesse il richiedimento e quel criterio governativo, che io ieri ricordavo e dimostravo, per collaborare al miglioramento di ogni formula, benché non sia quella del nostro criterio, ci porta a collaborare nel proposito, da subito temerario, di miglior iniziativa che da così alta autorità emana.

Nella elezione diretta per il popolo vediamo noi l’incertezza di tutti i pericoli; nella elezione diretta per la Camera, la certezza di tutti i discrediti e dell’impotenza del Potere presidenziale; nel sistema misto, una combinazione che potrebbe, per raro prodigio, essere il contrappeso, ma che può essere la mistificazione dell’uno e dell’altro inconveniente; e, messi a scegliere, parendoci sempre migliore la nostra formula, quella del signor Ortega y Gasset la crediamo preferibile alle altre tre: il plebiscito, la votazione diretta parlamentare e la combinazione delle due.

Ma nel desiderio di collaborare e di attendere un richiedimento che tanto ci onora e soddisfa, abbiamo redatto, affinché la Camera la conosca e per attendere in tutto caso la preghiera del signor Ortega y Gasset, una formula complementare che si basa sui seguenti principi: Numero elevato di compromissari per evitare che la corruzione, in qualunque delle sue forme, possa essere il fattore decisivo dello scrutinio. Circoscrizioni elettorali distinte, diceva il signor Ortega y Gasset; più ampie — abbiamo inteso noi — che le demarcazioni provinciali, cioè la regione come collegio elettorale. Stabilita la circoscrizione elettorale più ampia, il trionfo di una candidatura per lista chiusa e maggioritaria, è l’ingiustizia e può essere il disaccordo con la volontà del paese; di modo che il complemento, a nostro intendere, delle circoscrizioni regionali, è la rappresentanza proporzionale. Evitati gli inconvenienti di una elezione ripetuta per suffragio diretto, assicurare la maggioranza assoluta affinché, senza sorpresa, il candidato che trionfi rifletta la maggiore adesione di opinione pubblica. L’incompatibilità assoluta del carico di compromissario con quello di membro del Governo o con quello di membro del Parlamento, per impedire che per un giro si arrivasse a falsare l’evitamento di uno dei sistemi che condanniamo e la sottomissione intera del problema al Tribunale di Garanzie Costituzionali.

E per se la mia spiegazione non fosse chiara, io prego la Presidenza che si serva ordinare la lettura della formula che abbiamo presentato. Ripeto che non è la nostra; rappresenta che qui non si significa l’intransigenza, ma soltanto la convinzione. Perché siamo fermi nei nostri propositi, manteniamo la nostra bandiera; perché vogliamo collaborare a una soluzione che, senza essere il nostro ideario, rimedia inconvenienti, presentiamo un complemento alla formula del signor Ortega y Gasset.

Il signor Presidente: Si va a leggere l’addizione che propone il signor Alcalá Zamora.

Il Segretario (Del Río): Dice così: «I deputati che sottoscrivono, salvando sempre la preferenza del loro criterio bicamerale, propongono, come emendamento a quella del signor Ortega y Gasset, le seguenti addizioni: una legge speciale determinerà il numero di compromissari tra 500 e 600. —L’elezione si farà per circoscrizioni regionali demarcate dalla legge a questo solo effetto e con rappresentanza proporzionale. —Non potranno essere eletti compromissari i membri del Governo o del Parlamento. —Si procederà a votazioni successive fino a ottenere la maggioranza assoluta, eliminando in ciascuna il candidato meno favorito nella precedente. —Tutte le questioni sulla validità di mandato o dell’elezione del Presidente rimangono sottomesse al Tribunale di Garanzie Costituzionali. —Il Presidente del medesimo, lo sarà senza voto dell’Assemblea di compromissari.

Palazzo del Congresso. —Niceto Alcalá Zamora, eccetera».

Il signor Presidente: Desidererei sapere la Presidenza se il signor Ortega y Gasset accetta queste addizioni.

Il signor Ortega y Gasset (don José): Devo dire che due delle cose aggiunte al mio emendamento esprimevano il mio intimo pensiero e che soltanto per considerare che era già di soverchio problematico il fatto che, anche dal punto di vista regolamentare soltanto, la Camera ascoltasse oggi e avesse intromissione possibile nel flusso della vita parlamentare di ieri e di oggi, il mio emendamento mi fece ritirarlo con oggetto di semplificare la lite. Questi due punti di vista in cui coincido pienamente con gli aggiunti dal signor Alcalá Zamora, che ringrazio tanto vivamente, sono quello che in quei circoli distinti, in quelle circoscrizioni elettorali differenti, si alludeva — il mio pensiero è conosciuto dalla Camera da quando cominciammo la discussione costituzionale —, si alludeva, in effetti, alle circoscrizioni regionali. Era ciò che io chiamavo allora l’intervento nella nostra Costituzione, nella creazione dei massimi Poteri, in questo caso dell’esecutivo, della democrazia periferica di fronte alla democrazia centrale del Parlamento.

Lo stesso penso con motivo del secondo aggiunto: la rappresentanza proporzionale. Credo che sarebbe, signori, una buona occasione e un caso esemplare per fare in Spagna, in grande, il saggio della rappresentanza proporzionale, questo dell’elezione di Presidente. Si tratterebbe, nel primo caso, come abbiamo detto, di grandi aree elettorali e non di piccoli distretti. Ora: è noto che la rappresentanza proporzionale rende forse i suoi migliori frutti precisamente sopra un gran numero di elettori. In secondo luogo, si evita che possa levarsi da subito, come bandiera per la rappresentanza parlamentare, la rappresentanza proporzionale, la quale si è dimostrata in tutte le parti che per la vita del Parlamento è funesta, perché paralizza le lotte della politica, che sono, in definitiva, l’impeto e il nervo di cui vive la storia dei popoli. Di maniera che qui avremmo occasione di poter introdurre un elemento moderato, come è la rappresentanza proporzionale, in un luogo delle nostre istituzioni dove non nuoce, dove piuttosto è quasi sicuro che sarebbe benefica.

Gli altri punti che aggiunge il signor Alcalá Zamora hanno per me, in principio, un’accettazione. Non trovo loro che una difficoltà formale, ed è il desiderio, che ho manifestato sempre che sono intervenuto in questi dibattiti costituzionali, di alleggerire la Costituzione, perché se no si formano articoli tanto caricati di divise, gagliardetti e bandierine, che la Costituzione finirà per sembrare una vecchia fregata barocca, panciuta e artigliata. Già è lì l’articolo 1.º che, con addizioni ed emendamenti, è andato caricandosi in scorcio e che gli fa apparire lamentevolmente come un testone. Questa è la riserva che farei rispetto agli altri due o tre punti aggiunti dal signor Alcalá Zamora. Pertanto, è una difficoltà meramente formale e di stile.

Il signor Presidente: Di maniera che, se non ho inteso male, il signor Ortega y Gasset ammette l’addizione dei due primi paragrafi.

Vari signori deputati: Di tutti.

Il signor Ortega y Gasset (don José): Se ciò unisce voti per questo emendamento, senza dubbio alcuno io non farei di questa discrepanza formale e stilista giuridica, una divergenza.

Il signor Presidente: Di maniera che ammette tutte le addizioni?

Il signor Ortega y Gasset (don José): Sì, signore.

Diario de Sesiones, 30 ottobre 1931