Ortega y Gasset

Abstract

An essay defining “social power”: beside the power proper to an action there is the added power a group or a whole society gratuitously confers on a person — unlimited, automatic, out of all proportion to merit — and which, in the party writer’s case, erodes his own.

Connections

Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

I

Por puro afán de llegar a ver claro, y, de paso, en beneficio del lector, a quien ciertos temas sutiles interesan, quisiera hoy intentar la definición de un fenómeno que vagamente he percibido toda mi vida, primero, con juvenil y utópica indignación; luego, más cuerdamente, con el ánimo sereno y complacido de un buen aficionado a la vida para el cual lo sugestivo del espectáculo es precisamente la combinación irremediable de sentido y contrasentido, de razón y de absurdo que en él reina.

Procuremos aproximarnos paso a paso al fenómeno de que se trata.

Un hombre de negocios crea una industria; el ingenioso producto de ella encuentra compradores, y el industrial se enriquece. El pintor que pinta un buen cuadro suscita en los aficionados al arte simpatía y admiración. El escritor que logra dotar a su prosa de amenidad, evidencia, sutileza, atrae para ella un círculo de lectores que, agradecidos, le dedican su estimación.

En estos tres casos vemos la acción de un hombre —industria, cuadro, obra literaria— produciendo ciertos efectos en su contorno social. Si a la capacidad de producir efectos llamamos poder, diremos que estos tres hombres poseen determinado poder. Hasta aquí nada reclama atención especial. Es natural que una acción produzca resultados proporcionados.

Pero si comparamos dos escritores, uno de ellos de actitud independiente, el otro ligado a una inspiración partidista, notamos que el mismo esfuerzo realizado por ambos trae consigo resultados diferentes. A la estimación congruente que a la obra de uno y otro corresponde se agrega en el caso del escritor partidista una resonancia y eficiencia que falta a la del otro. El partido toma la obra de su escritor y, propagándola, comentándola, enalteciéndola, aumenta enormemente sus efectos sociales; por tanto, su poder. El escritor añade a su eficiencia propia y natural otra que no viene de su esfuerzo, sino de la energía organizada que en el partido reside. Esto nos obliga a distinguir entre el poder propio de una acción —y, reflejamente, de la persona que la ejecuta— y el poder añadido que el grupo le proporciona.

Este poder que el grupo añade al poder propio de la persona es una reacción utilitaria motivada por los intereses del grupo. Por lo mismo, es un poder también limitado, circunscrito al grupo y al radio de sus interesados. A veces, el favor y aumento que ofrece a la persona resta a ésta poder propio. En el caso del escritor, esto es evidente: cuanto más sirva a un partido, menos autoridad propia poseerá fuera de él.

Pero no sólo el grupo, el círculo particular de la sociedad, añade poder a la persona. Hay casos en los cuales el poder añadido procede de la sociedad entera. Entonces es ilimitado y automático. Dondequiera que la persona favorecida aparezca, se producirán efectos sociales. Cada gesto, cada palabra, logrará sorprendente resonancia. Su nombre frecuentará las columnas de los periódicos, no como firma, sino como tema. No podrá viajar sin que se anuncie su desplazamiento. No abrirá su boca sin que se reproduzcan y comenten sus frases. En las reuniones privadas, su entrada modificará el tono atmosférico: la conversación, automáticamente, se pondrá a su nivel, convergirá hacia sus asuntos titulares, etcétera, etcétera. Donde no esté en cuerpo, se contará, no obstante, con él; de suerte que estará presente en cien lugares donde de hecho no está. Si se suman estos lugares de virtual presencia se obtendrá el volumen social que desplaza y se advertirá con sorpresa la desproporción entre su poder propio y el que le llega gratuitamente de la atención colectiva. A todo este conjunto de síntomas llamo «poder social».

Si esta ampliación de potencialidad estuviera en alguna relación congruente y clara con el poder propio de cada persona, el fenómeno no merecería nuestra curiosidad. Pero ocurre que al preguntarnos quién tiene y quién no tiene poder social nos encontramos con los hechos más sorprendentes.

Hay oficios a los cuales va con aproximada normalidad adscrita cierta dosis de poder social. La frecuencia con que hallamos esta adscripción nos hace pensar que es lógica y bien fundada. Así acaece que en España, por ejemplo, el hombre político que ha sido gobernante o está en propincuidad de serlo, goza de un enorme poder social. Cualquier mequetrefe que durante veinticuatro horas ha asentado sus nalgas en una poltrona ministerial queda para el resto de su vida como socialmente consagrado. Todos los resortes específicamente sociales funcionan en su beneficio. No sólo tiene influencia política en el Parlamento y en las esferas del Gobierno, sino que al entrar en un baile privado o sentarse en una mesa convivial parece que es «alguien». Y no disminuye la realidad del hecho que los presentes tengan de sus dotes individuales la idea menos favorable. Lo característico de esto que llamo «poder social» es que existe y funciona, aunque individualmente no queramos reconocerlo. El movimiento íntimo de protesta contra ese injustificado poder que acaso en nosotros se dispara, no hace sino subrayar la efectividad de su existencia. Por esto es social ese poder: su realidad no depende de la anuencia libre que cada individuo quiera prestarle, sino que se impone al albedrío particular. Rige inexorable la paradoja de que, siendo la sociedad una suma de individuos, lo que de ella emana no depende de éstos, sino que, al revés, los tiraniza.

Este poder social anejo al hombre político no sorprenderá a quien confunda la vida pública del Estado con la vida pública social. Pero, en rigor, el oficio de gobernar es una función, poco más o menos, tan limitada y circunscrita como cualquier otra. No hay tan clara razón para que a un hombre político se le rindan todos los resortes sociales, que son, en su mayor parte, independientes del Estado. Y la prueba de que no hay un nexo esencial entre ese oficio y el poder social, está en el hecho de que la dosis de éste concedida al político varía según las naciones. No creo que exista en Europa otro país —como no sean los balkánicos— donde el político disfrute de poder igual. He aquí un buen ejemplo de las cosas raras que abundan en la vida española y que un extranjero curioso no logra nunca explicarse. Pues el razonamiento que en vía recta inspira ese hecho sólo puede ser el siguiente: si el hombre político goza en España de máximo poder social, será porque es el español un pueblo eminentemente político, preocupado de los asuntos de gobierno, atento y activo en ellos. Todos sabemos que esta consecuencia tan lógica no puede ser más falsa. El pueblo español actúa políticamente mucho menos que cualquiera de los otros grandes pueblos europeos. Y, sin embargo, en Alemania, nunca, ni siquiera ahora, ha tenido el hombre político medio —que es de quien estamos hablando— un gran poder social. En la misma Francia, que por su vivaz democracia y la nerviosidad política de casi todos sus individuos se dan las mejores condiciones para que el político tuviese un enorme poder social, no ocurre tal cosa. Tiene, ciertamente, una considerable dosis de esta mística potencia; más que en Alemania, pero mucho menos que en España.

Véase cómo este fenómeno del «poder social» suscita algunos problemas curiosos que justifican su investigación. Pronto hemos tropezado con la sospecha de que en los distintos países va el poder social a clases diferentes de personas. Cabría, pues, estudiar el diferente reparto de ese poder en cada nación. La cuestión no es totalmente ociosa, porque el poder social es una de las fuerzas mayores que integran la organización dinámica de un pueblo.

Téngase en cuenta la fabulosa multiplicación de la influencia personal que él proporciona. Un pueblo es, a la postre, lo que sea el tipo de hombres favorecidos por esa mágica energía. De nada sirve que en una nación existan muchos genios, es decir, individuos de gran poder propio, de efectivo valer. Por superlativo que éste sea, resulta incapaz para producir grandes efectos nacionales: es menester que la masa preste a esos hombres la fuerza gigante del poder social que en su vasto cuerpo anónimo reside.

Así, el exceso de poder social que en España goza el político o el gobernante, constituye al pronto un enigma que luego se convierte en una clave luminosa. Es enigmático que en un país como el nuestro, menos político que Francia, se otorgue al hombre de gobierno más poder social. Pero no tardamos en hallar la solución. En Francia —como veremos— se concede gran poder social a otros muchos oficios y clases de hombres: el político, por muy favorecido que se halle, tiene que entrar en concurrencia con estos otros poderhabientes y pierde el rango desmesurado que entre nosotros ocupa. No es, pues, que posea el ex ministro español más fuerza social que el francés, sino que, por ausencia de otras fuerzas parejas, queda monstruosamente destacado.

I

Out of a pure desire to arrive at seeing clearly, and, in passing, for the benefit of the reader, whom certain subtle themes interest, I should like today to attempt the definition of a phenomenon that I have vaguely perceived all my life, first, with a juvenile and utopian indignation; then, more sensibly, with the serene and pleased spirit of a good devotee of life for whom the suggestive thing of the spectacle is precisely the irremediable combination of sense and nonsense, of reason and of absurdity that reigns in it.

Let us try to approach step by step the phenomenon in question.

A businessman creates an industry; the ingenious product of it finds buyers, and the industrialist grows rich. The painter who paints a good picture awakens in art lovers sympathy and admiration. The writer who manages to endow his prose with pleasantness, evidence, subtlety, attracts for it a circle of readers who, grateful, devote their esteem to it.

In these three cases we see the action of a man — industry, picture, literary work — producing certain effects in its social surroundings. If we call the capacity to produce effects power, we shall say that these three men possess a certain power. Up to here nothing claims special attention. It is natural that an action should produce proportionate results.

But if we compare two writers, one of them of independent attitude, the other bound to a partisan inspiration, we note that the same effort made by both brings with it different results. To the congruent esteem that corresponds to the work of the one and the other is added in the case of the partisan writer a resonance and efficiency that the other’s lacks. The party takes the work of its writer and, propagating it, commenting on it, exalting it, enormously increases its social effects; therefore, its power. The writer adds to his own and natural efficiency another that does not come from his effort, but from the organized energy that resides in the party. This obliges us to distinguish between the power proper to an action — and, reflexively, of the person who executes it — and the added power that the group provides him.

This power that the group adds to the person’s own power is a utilitarian reaction motivated by the interests of the group. For the same reason, it is also a limited power, circumscribed to the group and to the radius of its interested parties. Sometimes, the favor and increase that it offers to the person takes from this one her own power. In the case of the writer, this is evident: the more he serves a party, the less own authority he will possess outside it.

But not only the group, the particular circle of society, adds power to the person. There are cases in which the added power proceeds from the whole society. Then it is unlimited and automatic. Wherever the favored person appears, social effects will be produced. Every gesture, every word, will achieve surprising resonance. His name will frequent the newspaper columns, not as a signature, but as a subject. He will not be able to travel without his displacement being announced. He will not open his mouth without his phrases being reproduced and commented on. In private gatherings, his entrance will modify the atmospheric tone: the conversation, automatically, will place itself at his level, will converge toward his titular concerns, etcetera, etcetera. Where he is not present in body, he will nevertheless be counted on; so that he will be present in a hundred places where in fact he is not. If these places of virtual presence are added up, the social volume that he displaces will be obtained and the disproportion between his own power and that which reaches him gratuitously from collective attention will be noted with surprise. To all this set of symptoms I call “social power.”

If this amplification of potentiality were in some congruent and clear relation with each person’s own power, the phenomenon would not merit our curiosity. But it happens that, asking ourselves who has and who does not have social power, we find ourselves with the most surprising facts.

There are offices to which there goes, with approximate normality, a certain dose of social power attached. The frequency with which we find this attachment makes us think that it is logical and well founded. Thus it happens that in Spain, for example, the political man who has been a ruler or is in propinquity of being so, enjoys an enormous social power. Any nobody who for twenty-four hours has settled his backside in a ministerial armchair remains for the rest of his life as socially consecrated. All the specifically social springs function in his benefit. Not only does he have political influence in Parliament and in the spheres of Government, but on entering a private ball or sitting at a convivial table it seems that he is “someone.” And the reality of the fact is not diminished by the idea, least favorable, that those present have of his individual gifts. What is characteristic of this that I call “social power” is that it exists and functions, although individually we do not want to recognize it. The intimate movement of protest against that unjustified power that perhaps is discharged in us does nothing but underline the effectiveness of its existence. For this reason that power is social: its reality does not depend on the free assent that each individual may wish to lend it, but imposes itself on the particular will. The paradox inexorably rules that, society being a sum of individuals, what emanates from it does not depend on them, but, on the contrary, tyrannizes them.

This social power attached to the political man will not surprise whoever confuses the public life of the State with social public life. But, strictly, the office of governing is a function, more or less, as limited and circumscribed as any other. There is no so clear reason for all the social springs to be surrendered to a political man, springs that are, in their greater part, independent of the State. And the proof that there is no essential nexus between that office and social power lies in the fact that the dose of it granted to the politician varies according to the nations. I do not believe that in Europe there exists another country — unless it be the Balkan ones — where the politician enjoys equal power. Here is a good example of the strange things that abound in Spanish life and that a curious foreigner never manages to explain to himself. For the reasoning that in a straight line inspires that fact can only be the following: if the political man enjoys in Spain maximum social power, it will be because the Spaniard is an eminently political people, concerned with the affairs of government, attentive and active in them. We all know that this so logical consequence cannot be more false. The Spanish people act politically much less than any of the other great European peoples. And, nevertheless, in Germany, never, not even now, has the average political man — who is the one we are speaking of — had great social power. In France itself, which by its vivacious democracy and the political nervousness of almost all its individuals offers the best conditions for the politician to have an enormous social power, such a thing does not happen. He certainly has a considerable dose of this mystic power; more than in Germany, but much less than in Spain.

See how this phenomenon of “social power” raises some curious problems that justify its investigation. Soon we have stumbled upon the suspicion that in the different countries social power goes to different classes of persons. It would be possible, then, to study the different distribution of that power in each nation. The question is not totally idle, because social power is one of the greater forces that integrate the dynamic organization of a people.

Let it be borne in mind the fabulous multiplication of personal influence that it provides. A people is, in the last resort, whatever the type of men favored by that magical energy is. It is of no avail that in a nation there exist many geniuses, that is, individuals of great own power, of effective worth. However superlative this may be, it proves incapable of producing great national effects: it is necessary that the mass lend those men the giant force of the social power that resides in its vast anonymous body.

Thus, the excess of social power that in Spain the politician or the ruler enjoys constitutes at first an enigma that afterwards becomes a luminous key. It is enigmatic that in a country like ours, less political than France, more social power should be granted to the man of government. But we are not long in finding the solution. In France — as we shall see — great social power is granted to many other offices and classes of men: the politician, however favored he may find himself, has to enter into competition with these other power-holders and loses the disproportionate rank that he occupies among us. It is not, then, that the Spanish ex-minister possesses more social force than the French one, but that, by the absence of other equal forces, he remains monstrously set off.

I

Per puro anelito di arrivare a vedere chiaro, e, di passaggio, a beneficio del lettore, a cui certi temi sottili interessano, vorrei oggi tentare la definizione di un fenomeno che ho vagamente percepito tutta la mia vita, prima, con giovanile e utopica indignazione; poi, più saviamente, con l’animo sereno e compiaciuto di un buon dilettante della vita per il quale il suggestivo dello spettacolo è precisamente la combinazione irrimediabile di senso e controsenso, di ragione e di assurdo che in esso regna.

Cerchiamo di avvicinarci passo a passo al fenomeno di cui si tratta.

Un uomo di affari crea un’industria; l’ingegnoso prodotto di essa trova compratori, e l’industriale si arricchisce. Il pittore che dipinge un buon quadro suscita negli appassionati dell’arte simpatia e ammirazione. Lo scrittore che riesce a dotare la sua prosa di amenità, evidenza, sottigliezza, attrae per essa un circolo di lettori che, grati, le dedicano la loro stima.

In questi tre casi vediamo l’azione di un uomo — industria, quadro, opera letteraria — producendo certi effetti nel suo contorno sociale. Se alla capacità di produrre effetti chiamiamo potere, diremo che questi tre uomini possiedono determinato potere. Fin qui nulla reclama attenzione speciale. È naturale che un’azione produca risultati proporzionati.

Ma se confrontiamo due scrittori, uno di essi di atteggiamento indipendente, l’altro legato a un’ispirazione partigiana, notiamo che lo stesso sforzo realizzato da entrambi porta con sé risultati differenti. Alla stima congruente che all’opera dell’uno e dell’altro corrisponde si aggrega nel caso dello scrittore partigiano una risonanza e efficienza che manca a quella dell’altro. Il partito prende l’opera del suo scrittore e, propagandola, commentandola, esaltandola, aumenta enormemente i suoi effetti sociali; pertanto, il suo potere. Lo scrittore aggiunge alla sua efficienza propria e naturale un’altra che non viene dal suo sforzo, ma dall’energia organizzata che nel partito risiede. Questo ci obbliga a distinguere tra il potere proprio di un’azione — e, riflessamente, della persona che la esegue — e il potere aggiunto che il gruppo gli fornisce.

Questo potere che il gruppo aggiunge al potere proprio della persona è una reazione utilitaria motivata dagli interessi del gruppo. Per lo stesso, è un potere anche limitato, circoscritto al gruppo e al radio dei suoi interessati. A volte, il favore e l’aumento che offre alla persona toglie a questa potere proprio. Nel caso dello scrittore, questo è evidente: quanto più serva a un partito, meno autorità propria possiederà fuori di esso.

Ma non solo il gruppo, il circolo particolare della società, aggiunge potere alla persona. Ci sono casi nei quali il potere aggiunto procede dalla società intera. Allora è illimitato e automatico. Dovunque la persona favorita appaia, si produrranno effetti sociali. Ogni gesto, ogni parola, otterrà sorprendente risonanza. Il suo nome frequenterà le colonne dei giornali, non come firma, ma come tema. Non potrà viaggiare senza che si annunci il suo spostamento. Non aprirà la sua bocca senza che si riproducano e commentino le sue frasi. Nelle riunioni private, la sua entrata modificherà il tono atmosferico: la conversazione, automaticamente, si metterà al suo livello, convergerà verso i suoi affari titolari, eccetera, eccetera. Dove non sia in corpo, si conterà, nondimeno, con lui; di maniera che sarà presente in cento luoghi dove di fatto non è. Se si sommano questi luoghi di virtuale presenza si otterrà il volume sociale che sposta e si avvertirà con sorpresa la sproporzione tra il suo potere proprio e quello che gli arriva gratuitamente dall’attenzione collettiva. A tutto questo insieme di sintomi chiamo «potere sociale».

Se questo ampliamento di potenzialità fosse in qualche relazione congruente e chiara con il potere proprio di ogni persona, il fenomeno non meriterebbe la nostra curiosità. Ma accade che, domandandoci chi ha e chi non ha potere sociale, ci troviamo con i fatti più sorprendenti.

Ci sono uffici ai quali va con approssimata normalità ascritta certa dose di potere sociale. La frequenza con cui troviamo questa ascrizione ci fa pensare che è logica e ben fondata. Così accade che in Spagna, per esempio, l’uomo politico che è stato governante o è in propinquità di esserlo, gode di un enorme potere sociale. Qualunque mezzataglia che durante ventiquattro ore ha assestato le sue natiche in una poltrona ministeriale rimane per il resto della sua vita come socialmente consacrato. Tutti i congegni specificamente sociali funzionano in suo beneficio. Non solo ha influenza politica nel Parlamento e nelle sfere del Governo, ma entrando in un ballo privato o sedendosi a una mensa conviviale sembra che sia «qualcuno». E non diminuisce la realtà del fatto che i presenti abbiano delle sue doti individuali l’idea meno favorevole. Lo caratteristico di questo che chiamo «potere sociale» è che esiste e funziona, benché individualmente non vogliamo riconoscerlo. Il movimento intimo di protesta contro questo ingiustificato potere che forse in noi si spara, non fa che sottolineare l’effettività della sua esistenza. Per questo è sociale quel potere: la sua realtà non dipende dall’acquiescenza libera che ogni individuo voglia prestargli, ma si impone all’arbitrio particolare. Regge inesorabile il paradosso che, essendo la società una somma di individui, ciò che da essa emana non dipende da questi, ma, al contrario, li tiranneggia.

Questo potere sociale annesso all’uomo politico non sorprenderà chi confonda la vita pubblica dello Stato con la vita pubblica sociale. Ma, in rigore, l’officio di governare è una funzione, poco più o meno, tanto limitata e circoscritta quanto qualunque altra. Non c’è così chiara ragione perché a un uomo politico si rendano tutti i congegni sociali, che sono, nella loro maggior parte, indipendenti dallo Stato. E la prova che non c’è un nesso essenziale tra quell’officio e il potere sociale, sta nel fatto che la dose di questo concessa al politico varia secondo le nazioni. Non credo che esista in Europa altro paese — tranne i balcanici — dove il politico goda di potere uguale. Ecco un buon esempio delle cose strane che abbondano nella vita spagnola e che uno straniero curioso non riesce mai a spiegarsi. Poiché il ragionamento che in via retta ispira quel fatto solo può essere il seguente: se l’uomo politico gode in Spagna di massimo potere sociale, sarà perché è lo spagnolo un popolo eminentemente politico, preoccupato degli affari di governo, attento e attivo in essi. Tutti sappiamo che questa conseguenza tanto logica non può essere più falsa. Il popolo spagnolo agisce politicamente molto meno di qualunque degli altri grandi popoli europei. E, tuttavia, in Germania, mai, neppure ora, ha avuto l’uomo politico medio — che è quello di cui stiamo parlando — un grande potere sociale. Nella stessa Francia, che per la sua vivace democrazia e la nervosità politica di quasi tutti i suoi individui si danno le migliori condizioni perché il politico avesse un enorme potere sociale, non accade tale cosa. Ha, certamente, una considerevole dose di questa mistica potenza; più che in Germania, ma molto meno che in Spagna.

Vedasi come questo fenomeno del «potere sociale» susciti alcuni problemi curiosi che giustificano la sua investigazione. Presto abbiamo urtato con il sospetto che nei diversi paesi vada il potere sociale a classi differenti di persone. Capirebbe, dunque, studiare il differente riparto di quel potere in ogni nazione. La questione non è totalmente oziosa, perché il potere sociale è una delle forze maggiori che integrano l’organizzazione dinamica di un popolo.

Tengasi in conto la favolosa moltiplicazione dell’influenza personale che esso fornisce. Un popolo è, in fin dei conti, ciò che sia il tipo di uomini favoriti da quella magica energia. A nulla serve che in una nazione esistano molti geni, cioè, individui di grande potere proprio, di effettivo valore. Per superlativo che questo sia, risulta incapace per produrre grandi effetti nazionali: è mestieri che la massa presti a quegli uomini la forza gigante del potere sociale che nel suo vasto corpo anonimo risiede.

Così, l’eccesso di potere sociale che in Spagna gode il politico o il governante, costituisce al pronto un enigma che poi si converte in una chiave luminosa. È enigmatico che in un paese come il nostro, meno politico della Francia, si conceda all’uomo di governo più potere sociale. Ma non tardiamo a trovare la soluzione. In Francia — come vedremo — si concede grande potere sociale ad altri molti offici e classi di uomini: il politico, per molto favorito che si trovi, ha da entrare in concorrenza con questi altri detentori di potere e perde il rango smisurato che tra noi occupa. Non è, dunque, che possieda l’ex ministro spagnolo più forza sociale del francese, ma che, per assenza di altre forze pari, rimane mostruosamente staccato.

En cambio, parecería probable que en nuestra tierra el cura y sobre todo el alto clero, usufructuase un gran poder social. Sin embargo, no ocurre así, y el matiz de los hechos en este punto descubre un secreto de la dinámica nacional española, según ella es verdaderamente en el tiempo que corre.

El Sol, 9 de octubre de 1927

II

Si se quiere hacer con algún rigor la topografía del poder social en España, su reparto entre las clases y oficios, se tropieza pronto con un caso de muy difícil apreciación. Me refiero a la Iglesia, es decir, al clero. Las causas de esta dificultad son muchas; mas yo encuentro que la primera de todas consiste en nuestra ignorancia del efectivo papel que la Iglesia juega en la dinámica española. El extranjero que viene a estudiar nuestra nación llega con la idea estereotipada de que la Iglesia domina completamente la existencia peninsular, como en el Tíbet o en Arabia. Si es perspicaz, tarda poco en advertir que la realidad no es tan sencilla. Comienza a dudar. Preguntando a unos y a otros consigue únicamente hundirse más en su perplejidad, porque oye sólo opiniones toscas y patéticas, ideas de sacristía o de casino radical. Es lamentable que nadie haya tomado sobre sí esclarecernos sobre los términos de tan importante cuestión. En primer lugar, habría de distinguir, como en una serie de círculos concéntricos, la cuantía del influjo religioso, del influjo católico y del influjo clerical. Luego de venir a un acuerdo sobre la importancia indudable de este último, convendría preguntarse si toda la fuerza que el clericalismo usufructúa en España es propia suya o proviene en no escasa medida de su intervención constante en los actos del Poder público. Como es natural, por el mero hecho de tener su mano en los resortes del Poder público se decuplica el influjo de un partido. Ahora bien: ¿cuál ha sido la relación precisa entre clericalismo y Poder público durante los últimos cincuenta años? No vale responder con fórmulas demasiado simples. Aquí es donde importa acertar. Porque es evidente que el clericalismo ha regulado en España siempre la gobernación; pero, al mismo tiempo, es un hecho que la legislación ha sido inequívocamente liberal. ¿Cómo se compaginan ambas cosas? Si el clericalismo posee el gigantesco poder propio que se le atribuye, ¿cómo ha soportado esa legislación liberal? Por otra parte, es indudable que no ha dejado nunca de la mano el Poder público y que le aterra la posibilidad de verse alejado de él durante cinco minutos.

Una hipótesis, y una sola, puede iniciar el esclarecimiento de este enigma: suponer que el clericalismo tiene mucha menos fuerza auténtica de la que se le atribuye, y por lo mismo, falto de confianza en su propio influjo sobre la sociedad, recurre al Poder público a fin de multiplicarla aparentemente. Por su parte, el Poder público, en virtud de motivos que no es oportuno enumerar, acepta muy a gusto esa tutela; pero careciendo el clericalismo de fuerza suficiente para sostener las instituciones, viene con él a un acuerdo tácito, según el cual se establece cierta dosis de legislación liberal, determinada de una vez para siempre, carne que se echa a las fieras, y se organiza al mismo tiempo la resistencia desde arriba a toda posible ampliación y progreso de ese régimen libre.

La cuestión es gruesa, y para hablar de ella con alguna precisión fueran menester muchos párrafos. Si he subrayado la coexistencia de la intervención clerical en el Poder público con una legislación liberal, no es porque me parezca el aspecto más sustantivo del problema, sino por ser aquél en que la contradicción es más visible y notoria. Lo que yo diría si hubiese de expresar íntegramente mi pensamiento sería cosa muy distinta, más compleja y más grave. Pero ahora sólo pretendía llamar la atención sobre lo difícil que es, contra las opiniones corrientes, evaluar la fuerza efectiva de la Iglesia en nuestro país. Sin esta precaución parecería demasiado caprichoso decir que el clero en España no tiene apenas poder social. A priori hubiéramos dicho que sí y le habríamos atribuido un coeficiente de él casi tan grande como el político. Pero ahí está: no ocurre tal. En el caso del clero vemos bien que son cosas diferentes el Poder social y lo que no lo es. El clero influye mucho en la vida española; sin embargo, el cura, y aun el alto dignatario eclesiástico, «pintan» poco en nuestra convivencia social. Se advierte que en otro tiempo gozaron de enorme predicamento, y podemos señalar con el dedo los residuos. En algunos pueblecitos de reducido vecindario —sobre todo, en el Norte—, tal vez en alguna capitalita de provincia, el clero posee aún vestigios de su antiguo esplendor social. Pero estos residuos quedan tan localizados que más bien subrayan su desaparición del gran cuerpo nacional. En cambio, el sacerdote, el fraile, el obispo, gozan de brillante situación dentro del grupo clerical. Ésta es, a mi juicio, la nota que más se aproxima a la verdad: tienen gran poder de grupo, pero no social. Su predicamento está taxativamente limitado por los ámbitos de un partido, y si dentro de él hacen la lluvia y el buen tiempo, fuera de él, en el aire libre de la sociedad nacional, apenas si tienen papel. Esta desproporción entre lo mucho que son dentro del grupo beato y lo poco que son puestos a la intemperie, plantea a los obispos una insospechada dificultad: la dificultad de los gestos. Como suelen vivir recluidos dentro de su episcopía, en el pequeño mundo de la beatería profesional —y no se presuma ánimo despectivo u hostil bajo esta denominación—, se habitúan a ciertos ademanes y talle que no pueden transportar más allá de la frontera de su ínsula. De modo que los discretos necesitan emplear dos repertorios distintos de gesticulación. Cuando por azar se filtra un gesto de episcopía y monjil más allá de su territorio y cae sobre el gran público, la reacción de éste, su sorpresa y extrañeza miden exactamente la diferencia que hay entre el poder de grupo y el poder social. En cambio, un político puede hacer los gestos que quiera: como individuo nos parecerá un mentecato; pero no extraña, no sorprende, su aire de «personaje». Porque, en efecto, queramos o no, el político es en España un personaje, y hasta puede decirse que no hay entre nosotros otro modo normal de ser personaje que ser político. (Ya veremos las deplorables y múltiples consecuencias que esto trae). Tampoco del sacerdote, del fraile, del obispo, habla con frecuencia la Prensa, y nadie podrá en serio atribuirlo a hostilidad de los periódicos contra el clero. El periódico puede matizar su fervor, pero no puede vivir sin aceptar la realidad social, y como hablan todos los días del político enemigo, podían, si hubiera caso, habituarnos a nombres de curas, de frailes y de obispos. En cambio, si un obispo ejecuta actos políticos, inmediatamente le encontramos cada lunes y cada martes en las columnas de los rotativos.

Y ruego al lector anticlerical que no me apunte en el haber lo antedicho como alarde de anticlericalismo, en cuyo caso me repugnaría por lo que tuviese de alarde y lo que ostentase de anti. Es prescripción elemental del oficio de escritor no prestar servicio a ningún partido y evitar el apoyo inmundo de todos ellos. Es una prescripción y no lo contrario, una pretensión que quepa tener o esquivar. (Lo inmundo, bien entendido, no es el partido, sino su apoyo al escritor. El escritor tiene que vivir sin apoyos, en el aire, intentando ilusoriamente asemejarse al pájaro del buen Dios y al arcángel, especies ambas con plumas y régimen aerostático). Déjesele en la limpieza y humildad de su oficio: mira en torno el mundo, oye lo que dicta el hecho

E quel che ditta va significando.

Nada más.

Esta advertencia, ajena a nuestro asunto, nos reintegra en él invitándonos a pensar sobre cuál sea el poder social del escritor.

El Sol, 23 de octubre de 1927

III

Hemos visto que en todas partes goza el político de un gran poder social, aunque el coeficiente de esa cuantía varía según los países, llegando en España al máximum. Pero este hecho más bien enturbia que aclara lo que hay de peculiar y sorprendente en el fenómeno del poder social. La afluencia de éste a los que ejercen el Poder público, a los que mandan hoy o mañana, puede hacer pensar que se trata de una reacción utilitaria mediante la cual el hombre medio procura halagar a quien puede favorecerle.

On the contrary, it would seem probable that in our land the priest and above all the high clergy enjoyed a great social power. Nevertheless, it is not so, and the nuance of the facts on this point uncovers a secret of the Spanish national dynamic, as it truly is in the time that runs.

El Sol, 9 October 1927

II

If one wishes to make with some rigor the topography of social power in Spain, its distribution among the classes and professions, one soon stumbles upon a case of very difficult assessment. I refer to the Church, that is, to the clergy. The causes of this difficulty are many; but I find that the first of all consists in our ignorance of the effective role that the Church plays in the Spanish dynamic. The foreigner who comes to study our nation arrives with the stereotyped idea that the Church completely dominates peninsular existence, as in Tibet or in Arabia. If he is perspicacious, it takes him little time to notice that reality is not so simple. He begins to doubt. Asking one and another he only manages to sink further into his perplexity, because he hears only coarse and pathetic opinions, ideas of the sacristy or of the radical casino. It is lamentable that no one has taken it upon himself to enlighten us on the terms of so important a question. In the first place, one would have to distinguish, as in a series of concentric circles, the amount of religious influence, of Catholic influence and of clerical influence. Then, after coming to an agreement on the undoubted importance of the latter, it would be fitting to ask oneself whether all the force that clericalism enjoys in Spain is its own or comes in no small measure from its constant intervention in the acts of the public Power. Naturally, by the mere fact of having its hand on the levers of the public Power, the influence of a party is decupled. Now then: what has been the precise relation between clericalism and the public Power during the last fifty years? It will not do to answer with formulas too simple. This is where it matters to be right. Because it is evident that clericalism has always regulated governance in Spain; but, at the same time, it is a fact that legislation has been unequivocally liberal. How are both things reconciled? If clericalism possesses the gigantic power of its own that is attributed to it, how has it tolerated that liberal legislation? On the other hand, it is undoubted that it has never let go of the public Power and that it is terrified by the possibility of seeing itself removed from it for five minutes.

One hypothesis, and one alone, can initiate the clarification of this enigma: suppose that clericalism has much less authentic force than is attributed to it, and for that very reason, lacking confidence in its own influence over society, it has recourse to the public Power in order to multiply it apparently. For its part, the public Power, by virtue of motives that it is not opportune to enumerate, accepts that tutelage very gladly; but since clericalism lacks sufficient force to sustain the institutions, it comes with it to a tacit agreement, according to which a certain dose of liberal legislation is established, determined once and for all, flesh thrown to the beasts, and at the same time resistance is organized from above to every possible extension and progress of that free regime.

The question is weighty, and to speak of it with some precision many paragraphs would be needed. If I have underlined the coexistence of clerical intervention in the public Power with a liberal legislation, it is not because it seems to me the most substantive aspect of the problem, but because it is the one in which the contradiction is most visible and notorious. What I would say if I had to express integrally my thought would be something very different, more complex and more grave. But now I only intended to call attention to how difficult it is, against current opinions, to evaluate the effective force of the Church in our country. Without this precaution it would seem too capricious to say that the clergy in Spain barely has social power. A priori we would have said yes and we would have attributed to it a coefficient of it almost as great as the political one. But there it is: nothing of the sort happens. In the case of the clergy we see well that social Power and what is not it are different things. The clergy influences Spanish life a great deal; nevertheless, the priest, and even the high ecclesiastical dignitary, «cuts» little figure in our social coexistence. It is noticed that in another time they enjoyed enormous prestige, and we can point with the finger at the residues. In some small villages of reduced population —above all, in the North—, perhaps in some small provincial capital, the clergy still possesses vestiges of its ancient social splendor. But these residues remain so localized that they rather underline their disappearance from the great national body. On the contrary, the priest, the friar, the bishop, enjoy a brilliant situation within the clerical group. This is, in my judgment, the note that most approximates the truth: they have great group power, but not social power. Their prestige is categorically limited to the spheres of a party, and if within it they make rain and fair weather, outside it, in the free air of the national society, they barely have a role. This disproportion between how much they are within the devout group and how little they are out in the open, poses to the bishops an unsuspected difficulty: the difficulty of gestures. As they usually live recluse within their episcopacy, in the small world of professional sanctimoniousness —and let no contemptuous or hostile spirit be presumed under this denomination—, they become accustomed to certain bearing and manner that they cannot carry beyond the frontier of their island. So that the discreet ones need to employ two distinct repertoires of gesticulation. When by chance a gesture of episcopacy and nunnery leaks beyond its territory and falls upon the great public, the reaction of the latter, its surprise and strangeness measure exactly the difference that there is between group power and social power. On the contrary, a politician can make whatever gestures he wants: as an individual he will seem to us a simpleton; but his air of «personage» does not seem strange, does not surprise. Because, in effect, whether we want it or not, the politician is in Spain a personage, and it can even be said that there is no other normal way among us of being a personage than being a politician. (We shall already see the deplorable and multiple consequences that this brings). Nor does the Press speak frequently of the priest, of the friar, of the bishop, and no one will seriously be able to attribute it to hostility of the newspapers against the clergy. The newspaper can modulate its fervor, but it cannot live without accepting social reality, and as they speak every day of the enemy politician, they could, if there were occasion, accustom us to names of priests, of friars and of bishops. On the contrary, if a bishop executes political acts, immediately we find him every Monday and every Tuesday in the columns of the newspapers.

And I beg the anticlerical reader not to credit me with the aforesaid as a display of anticlericalism, in which case it would be repugnant to me for what it had of display and what it flaunted of anti. It is an elementary prescription of the writer’s craft to lend service to no party and to avoid the unclean support of all of them. It is a prescription and not the contrary, a pretension that one may have or shirk. (The unclean thing, well understood, is not the party, but its support of the writer. The writer must live without supports, in the air, trying illusorily to resemble the bird of the good God and the archangel, both species with feathers and aerostatic regime). Let him be left in the cleanliness and humility of his craft: he looks around the world, he hears what the fact dictates

E quel che ditta va significando.

Nothing more.

This warning, alien to our subject, reintegrates us in it inviting us to think about what may be the social power of the writer.

El Sol, 23 October 1927

III

We have seen that everywhere the politician enjoys a great social power, although the coefficient of that amount varies according to the countries, reaching in Spain the maximum. But this fact rather muddies than clarifies what there is of peculiar and surprising in the phenomenon of social power. The influx of the latter upon those who exercise the public Power, upon those who command today or tomorrow, may make one think that it is a question of a utilitarian reaction by means of which the average man seeks to flatter whoever can favor him.

Invece, parrebbe probabile che nella nostra terra il curato, e soprattutto l’alto clero, usufruisse di un grande potere sociale. Tuttavia, non accade così, e la sfumatura dei fatti in questo punto scopre un segreto della dinamica nazionale spagnola, così com’essa è veramente nel tempo che corre.

El Sol, 9 ottobre 1927

II

Se si vuole tracciare con un certo rigore la topografia del potere sociale in Spagna, la sua ripartizione tra le classi e i mestieri, ci si imbatte presto in un caso di assai difficile valutazione. Mi riferisco alla Chiesa, cioè al clero. Le cause di questa difficoltà sono molte; ma io trovo che la prima di tutte consiste nella nostra ignoranza dell’effettivo ruolo che la Chiesa gioca nella dinamica spagnola. Lo straniero che viene a studiare la nostra nazione arriva con l’idea stereotipata che la Chiesa domini completamente l’esistenza peninsulare, come nel Tibet o nell’Arabia. Se è perspicace, tarda poco ad accorgersi che la realtà non è così semplice. Comincia a dubitare. Interrogando gli uni e gli altri riesce soltanto a sprofondare di più nella sua perplessità, perché ode soltanto opinioni rozze e patetiche, idee di sacrestia o di casino radicale. È deplorevole che nessuno abbia preso su di sé il compito di chiarirci i termini di una questione tanto importante. In primo luogo, bisognerebbe distinguere, come in una serie di cerchi concentrici, la quantità dell’influsso religioso, dell’influsso cattolico e dell’influsso clericale. Poi, una volta raggiunto un accordo sull’importanza indubbia di quest’ultimo, converrebbe domandarsi se tutta la forza che il clericalismo usufruisce in Spagna sia propria sua o provenga in non piccola misura dalla sua costante ingerenza negli atti del Potere pubblico. Com’è naturale, per il semplice fatto di avere la mano sui congegni del Potere pubblico si decuplica l’influsso di un partito. Orbene: qual è stata la relazione precisa tra clericalismo e Potere pubblico durante gli ultimi cinquant’anni? Non vale rispondere con formule troppo semplici. È qui che importa indovinare. Perché è evidente che il clericalismo ha regolato in Spagna sempre il governo; ma, al tempo stesso, è un fatto che la legislazione è stata inequivocabilmente liberale. Come si conciliano entrambe le cose? Se il clericalismo possiede il gigantesco potere proprio che gli si attribuisce, come ha sopportato quella legislazione liberale? D’altra parte, è indubbio che non ha mai lasciato di mano il Potere pubblico e che lo atterrisce la possibilità di vedersene allontanato per cinque minuti.

Un’ipotesi, e una sola, può avviare il chiarimento di questo enigma: supporre che il clericalismo abbia molta meno forza autentica di quella che gli si attribuisce, e proprio per questo, privo di fiducia nel proprio influsso sulla società, ricorra al Potere pubblico al fine di moltiplicarla apparentemente. Da parte sua, il Potere pubblico, in virtù di motivi che non è opportuno enumerare, accetta molto volentieri quella tutela; ma, mancando al clericalismo la forza sufficiente per sostenere le istituzioni, viene con esso a un accordo tacito, secondo il quale si stabilisce una certa dose di legislazione liberale, determinata una volta per sempre, carne che si getta alle fiere, e si organizza al tempo stesso la resistenza dall’alto a ogni possibile ampliamento e progresso di quel regime libero.

La questione è grossa, e per parlarne con qualche precisione ci vorrebbero molti paragrafi. Se ho sottolineato la coesistenza dell’ingerenza clericale nel Potere pubblico con una legislazione liberale, non è perché mi sembri l’aspetto più sostanziale del problema, ma perché è quello in cui la contraddizione è più visibile e notoria. Quello che direi se dovessi esprimere interamente il mio pensiero sarebbe cosa molto diversa, più complessa e più grave. Ma ora pretendevo soltanto richiamare l’attenzione su quanto sia difficile, contro le opinioni correnti, valutare la forza effettiva della Chiesa nel nostro paese. Senza questa precauzione parrebbe troppo capriccioso dire che il clero in Spagna non ha quasi potere sociale. A priori avremmo detto di sì e gli avremmo attribuito un coefficiente quasi grande quanto quello del politico. Ma ecco: non accade tale cosa. Nel caso del clero vediamo bene che sono cose diverse il Potere sociale e ciò che non lo è. Il clero influisce molto sulla vita spagnola; tuttavia, il curato, e anche l’alto dignitario ecclesiastico, «contano» poco nella nostra convivenza sociale. Si avverte che in altro tempo godettero di enorme prestigio, e possiamo indicare con il dito i residui. In alcuni paeselli di scarso vicinato —soprattutto, nel Nord—, forse in qualche capoluogo di provincia, il clero possiede ancora vestigia del suo antico splendore sociale. Ma questi residui restano così localizzati che piuttosto sottolineano la loro scomparsa dal grande corpo nazionale. Invece, il sacerdote, il frate, il vescovo, godono di brillante situazione dentro il gruppo clericale. Questa è, a mio giudizio, la nota che più si avvicina alla verità: hanno grande potere di gruppo, ma non sociale. Il loro prestigio è tassativamente limitato agli ambiti di un partito, e se dentro di esso fanno piovere e bel tempo, fuori di esso, nell’aria libera della società nazionale, quasi non hanno ruolo. Questa sproporzione tra quanto sono dentro il gruppo bigotto e quanto poco sono messi all’aperto, pone ai vescovi un’insospettata difficoltà: la difficoltà dei gesti. Siccome sogliono vivere reclusi dentro il loro episcopio, nel piccolo mondo della bigotteria professionale —e non si presuma animo spregiativo o ostile sotto questa denominazione—, si abituano a certi atteggiamenti e portamenti che non possono trasportare oltre la frontiera della loro isola. Di modo che i discreti hanno bisogno di impiegare due repertori distinti di gestualità. Quando per caso si filtra un gesto di episcopio e monacale al di là del suo territorio e cade sul grande pubblico, la reazione di questo, la sua sorpresa e stranezza misurano esattamente la differenza che c’è tra il potere di gruppo e il potere sociale. Invece, un politico può fare i gesti che vuole: come individuo ci sembrerà uno sciocco; ma non fa strano, non sorprende, il suo aria di «personaggio». Perché, in effetti, volenti o nolenti, il politico è in Spagna un personaggio, e si può persino dire che non c’è tra noi altro modo normale di essere personaggio che essere politico. (Già vedremo le deplorevoli e molteplici conseguenze che questo comporta). Neppure del sacerdote, del frate, del vescovo, parla spesso la Stampa, e nessuno potrà sul serio attribuirlo a ostilità dei giornali contro il clero. Il giornale può sfumare il suo fervore, ma non può vivere senza accettare la realtà sociale, e siccome parlano tutti i giorni del politico nemico, potrebbero, se ci fosse caso, abituarci ai nomi di curati, di frati e di vescovi. Invece, se un vescovo compie atti politici, immediatamente lo troviamo ogni lunedì e ogni martedì nelle colonne dei rotativi.

E prego il lettore anticlericale di non appuntarmi in attivo quanto detto prima come vanto di anticlericalismo, nel qual caso mi ripugnerebbe per ciò che avesse di vanto e ciò che ostentasse di anti. È prescrizione elementare del mestiere di scrittore non prestare servizio a nessun partito ed evitare l’appoggio immondo di tutti loro. È una prescrizione e non il contrario, una pretesa che si possa avere o schivare. (L’immondo, ben inteso, non è il partito, ma il suo appoggio allo scrittore. Lo scrittore deve vivere senza appoggi, nell’aria, tentando illusoriamente di somigliare all’uccello del buon Dio e all’arcangelo, specie entrambe con piume e regime aerostatico). Lo si lasci nella pulizia e umiltà del suo mestiere: guarda in torno il mondo, ascolta ciò che detta il fatto

E quel che ditta va significando.

Niente di più.

Questa avvertenza, estranea al nostro argomento, ci reintegra in esso invitandoci a pensare a quale sia il potere sociale dello scrittore.

El Sol, 23 ottobre 1927

III

Abbiamo visto che in tutte le parti il politico gode di un grande potere sociale, sebbene il coefficiente di quella quantità vari secondo i paesi, giungendo in Spagna al massimo. Ma questo fatto piuttosto intorbida che chiarisce ciò che c’è di peculiare e sorprendente nel fenomeno del potere sociale. L’affluenza di questo a coloro che esercitano il Potere pubblico, a quelli che comandano oggi o domani, può far pensare che si tratti di una reazione utilitaria mediante la quale l’uomo medio procura di adulare chi può favorirlo.

Por esta razón conviene que nos transportemos al otro polo de las actividades humanas, al oficio que menos fuerza material —de mando o dinero— posee: el escritor u hombre de letras y ciencias. La profesión literaria lleva en su misma consistencia la notoriedad para quien la ejercita con medianas dotes. Como el político, es el escritor consustancialmente hombre público. No cabe ignorarlo. Por otra parte, su acción es puramente virtual; no puede esperarse de ella ningún beneficio terreno. (Los resultados económicos que acaso produzca —la industria editorial— no proceden directamente de la obra, sino de la actitud del público hacia ella. Por eso no es el escritor, sino el editor, quien obtiene el rendimiento mayor en los países donde el libro proporciona algún rendimiento). Ambas condiciones juntas dan un valor muy puro y característico a la reacción que en una u otra sociedad suscite el gremio literario.

Y, en efecto, hallamos una gran variedad de situaciones. En Francia tiene el escritor un poder social fabuloso. Relativamente mayor, mucho mayor, que el político, si se descuenta la enormidad de poder propio que el oficio de gobernar incluye. Al fin y al cabo, quiérase o no, con el gobernante hay que contar, puesto que interviene en la existencia de cada ciudadano. En cambio, el otorgamiento de poder social al escritor no se origina en imposición ni necesidad ninguna: es una generosa reacción de la sociedad. Cuando, hace quince años, entraba Anatolio France o Mauricio Barrès en un teatro, en un hotel o en un banquete, los presentes sentían el místico contacto con una fuerza gigantesca. Y no por la persona individual que ellos fueran, sino por hallarse los circunstantes frente a un ser sobre el cual había descargado simbólicamente la sociedad francesa entera el inmenso don de su poder. Sin embargo, France o Barrès eran cimas del paisaje literario, y el comportamiento de la sociedad ante las eminencias, sean del orden que quieran, tiende siempre a ser excepcional. Lo interesante es advertir la atención que la sociedad francesa presta al escritor simplemente distinguido. Le halaga, le mima, le soba, le trae, le lleva, pone a su servicio todos los resortes de la máquina pública. El político teme allí al plumífero, porque sabe que éste maneja una fuerza considerable, fuerza que no es su pluma, sino la atención social a él dedicada. Su pluma es sólo el timoncillo con que puede dirigir hacia uno u otro lado el gran dinamismo público. Y de tal modo se trata de un poder añadido por la sociedad al poder efectivo de la obra literaria, que ni siquiera está en proporción con la popularidad de ésta. Quiero decir que autores cuya obra apenas se vende, por exigir al lector refinamientos que excluyen al gran número, gozan, no obstante, de gigantesca posición.

Muy diferente es el destino del escritor en Inglaterra. Como me falta la visión directa de este país, no podría precisar los matices de su situación; pero me parece muy clara en lo esencial. La sociedad inglesa, como masa total, se ocupa muy poco del literato y apenas si atiende al hombre de ciencia. Uno y otro gozan, pues, de escasísimo poder social. No obstante, su situación no corresponde a la que semejantes condiciones les acarrearían en el continente. La sociedad inglesa no presta atención al escritor ni al hombre de ciencia; pero tampoco la presta al soldado. Pero es que la sociedad inglesa posee una anatomía diferente de las continentales. No es una sociedad, sino más bien una articulación de muchas sociedades, cada una de las cuales lleva una existencia relativamente independiente. Si llamamos «círculos sociales» a estas sociedades parciales, a estos segmentos de que se compone el magnífico anélido inglés, diremos que en ninguna parte es tan amplia e intensa la vida en círculo como en las Islas. Sería inexacto hablar de grupos o partidos, porque éstos tienen fronteras muy marcadas que los acotan en el gran cuerpo social, al paso que los círculos terminan vagamente, fundiéndose por sus orlas unos con otros. Así, en ese país, donde la gente no se ocupa de literatura (¿puede llamarse tal la prosa de magazine?), existe un círculo de aficionados más vario y atento que en ningún pueblo —salvo Francia. Lo propio acontece con la ciencia. Ni una ni otra son productos «nacionales», como lo es para Francia la literatura y la ciencia para Alemania; pero el escritor y el científico gozan en la esfera de sus círculos de una posición saludable, que, ciertamente, no puede llamarse poder social, pero que tampoco significa su defecto.

El puesto que en Francia ocupa el literato lo usufructúa en Alemania el hombre de ciencia. La producción científica es allí un interés de la nación entera. No sólo se preocupan de ella los que la engendran y la reciben —si bien es fantástico el número de los unos y los otros—, sino también el resto de los ciudadanos. Saben que es la gloria y la fuerza de Alemania. Así se explica que al sobrevenir la terrible crisis económica de la postguerra fue el público, y especialmente el grupo industrial, quien se encargó de asegurar la continuidad de la labor científica, sacrificándole buena parte de sus reservas financieras. Al amparo de este predicamento que goza el científico, vive el literato en calidad de hermano menor. Su posición es subalterna. Y es que en el fondo de la conciencia alemana yace la secreta convicción de que, al menos en nuestra época, la literatura alemana tiene escaso valor. Si surgiese un grupo de escritores bien dotados, veríamos cargarse el gremio de poder social, como lo tuvo superabundante en tiempos de Goethe. El diagnóstico exacto fuera decir que la profesión de escritor posee en Alemania casi tanto poder social como en Francia, pero que, transitoriamente, se halla vacante de figuras reales que la incorporen con perfección aproximada. La prueba de ello es que en ninguna parte perviven con pareja actualidad ciertos escritores del pasado. Goethe, por ejemplo, sigue siendo una fuerza viva: se le tropieza en cada conversación, en el discurso parlamentario, en el libro científico. (El respeto del hombre de ciencia hacia las figuras literarias del pretérito no creo que exista más que en Alemania).

¿Y en España? ¿Qué acontece con el escritor en España?

Recuérdese que llamamos poder social a la influencia que un oficio o persona tiene más allá de la que estrictamente se origina en su acción propia. El influjo del médico sobre su clientela de enfermos es, como hecho sociológico, completamente distinto de la consideración que ese mismo médico goza acaso en el resto no profesional de su vida y relaciones.

Hablemos, pues, primero de cuál es la influencia directa que el escritor ejerce en España.

No creo que exista entre las civilizadas nación alguna menos dócil al influjo intelectual que la nuestra. Con ligeras modificaciones en esta o la otra época, puede decirse que nunca ha atendido al escritor. La vida de la España moderna representa el original ensayo de sostenerse una raza europea y afrontar el destino histórico sin dejar intervención al pensamiento. Los resultados, hasta ahora, no han sido muy brillantes; pero el buen español medio seguirá perdurablemente considerando a la inteligencia como la quinta rueda del carro. Ya es un síntoma de despego hacia esa facultad del alma contestar irritadamente a lo que acabo de decir, sosteniendo que se puede estimar la inteligencia y, sin embargo, no prestar oído a los intelectuales; que no es aquélla un don estancado por éstos, sino bien común de otras clases sociales, etcétera, etcétera. Vale más no intentar el aforo del nivel intelectual que poseen en España —al menos, en la de hoy— las clases no intelectuales. Afortunadamente, tampoco es necesario. Convengamos sin esfuerzo en que la inteligencia no es una virtud exclusiva del gremio intelectual; pero es, en cambio, grotesco que un país presuma poseer la dosis imprescindible de aquélla cuando al mismo tiempo se jacta de desatender la obra y persona de los escritores. Ni bastaría la excusa de que los autores nacionales fuesen en esta fecha de escaso valer, porque entonces estaba obligado el pueblo español a nutrirse de la obra extranjera, y si aun ésta parecía a su exquisito paladar manjar grosero, recurrir a los antiguos o a quien fuera. Todo antes que permanecer siglo tras siglo ajeno a tema alguno de inteligencia.

For this reason it is fitting that we transport ourselves to the other pole of human activities, to the profession that possesses least material force —of command or of money—: the writer or man of letters and sciences. The literary profession carries in its very consistence the notoriety for whoever exercises it with mediocre gifts. Like the politician, the writer is consubstantially a public man. One cannot ignore it. On the other hand, his action is purely virtual; no earthly benefit can be expected from it. (The economic results it may perhaps produce —the publishing industry— do not proceed directly from the work, but from the attitude of the public towards it. That is why it is not the writer, but the publisher, who obtains the greater yield in the countries where the book provides some yield). Both conditions together give a very pure and characteristic value to the reaction that the literary guild arouses in one society or another.

And, in effect, we find a great variety of situations. In France the writer has a fabulous social power. Relatively greater, much greater, than the politician’s, if one discounts the enormity of the proper power that the profession of governing includes. After all, whether one wants it or not, one has to count with the governor, since he intervenes in the existence of every citizen. On the contrary, the granting of social power to the writer does not originate in imposition or in any necessity: it is a generous reaction of society. When, fifteen years ago, Anatole France or Maurice Barrès entered a theatre, a hotel or a banquet, those present felt the mystic contact with a gigantic force. And not for the individual person that they were, but because the bystanders found themselves before a being upon which the whole French society had symbolically discharged the immense gift of its power. However, France or Barrès were summits of the literary landscape, and the behaviour of society before eminences, of whatever order they be, tends always to be exceptional. The interesting thing is to notice the attention that French society pays to the merely distinguished writer. It flatters him, spoils him, strokes him, brings him, takes him, puts at his service all the levers of the public machine. The politician fears there the pen-pusher, because he knows that the latter handles a considerable force, a force that is not his pen, but the social attention dedicated to him. His pen is only the little rudder with which he can direct to one side or the other the great public dynamism. And in such a way it is a question of a power added by society to the effective power of the literary work, that it is not even in proportion with the latter’s popularity. I mean that authors whose work almost does not sell, because it demands of the reader refinements that exclude the great number, enjoy, nevertheless, a gigantic position.

Very different is the destiny of the writer in England. As I lack the direct vision of this country, I could not specify the nuances of its situation; but it seems to me very clear in the essential. English society, as a total mass, occupies itself very little with the man of letters and barely attends to the man of science. Both enjoy, then, of scant social power. Nevertheless, their situation does not correspond to what similar conditions would bring them on the continent. English society does not pay attention to the writer nor to the man of science; but neither does it pay it to the soldier. But it is that English society possesses an anatomy different from the continental ones. It is not a society, but rather an articulation of many societies, each one of which leads a relatively independent existence. If we call «social circles» these partial societies, these segments of which the magnificent English annelid is composed, we shall say that nowhere is life in circle so ample and intense as in the Isles. It would be inexact to speak of groups or parties, because these have very marked frontiers that delimit them in the great social body, whereas the circles end vaguely, merging by their fringes with one another. Thus, in that country, where people do not occupy themselves with literature (can one call such the magazine prose?), there exists a circle of amateurs more varied and attentive than in any people —save France. The same happens with science. Neither one nor the other are «national» products, as literature is for France and science for Germany; but the writer and the scientist enjoy in the sphere of their circles a wholesome position, which, certainly, cannot be called social power, but which does not signify its lack either.

The place that in France the man of letters occupies is enjoyed in Germany by the man of science. Scientific production is there an interest of the entire nation. Not only those who engender it and receive it concern themselves with it —though the number of the one and the other is fantastic—, but also the rest of the citizens. They know that it is the glory and the strength of Germany. Thus is explained that when the terrible economic crisis of the postwar came, it was the public, and especially the industrial group, that took charge of assuring the continuity of the scientific labour, sacrificing to it a good part of its financial reserves. Under the protection of this prestige that the scientist enjoys, the man of letters lives in the quality of younger brother. His position is subaltern. And it is that in the depth of the German consciousness lies the secret conviction that, at least in our epoch, German literature has scant value. If a group of well-endowed writers arose, we would see the guild load itself with social power, as it had it superabundant in the times of Goethe. The exact diagnosis would be to say that the profession of writer possesses in Germany almost as much social power as in France, but that, transitorily, it finds itself vacant of real figures that incorporate it with approximate perfection. The proof of it is that nowhere do certain writers of the past survive with equal actuality. Goethe, for example, continues being a living force: one stumbles upon him in every conversation, in the parliamentary speech, in the scientific book. (The respect of the man of science towards the literary figures of the past I do not believe exists anywhere but in Germany).

And in Spain? What happens with the writer in Spain?

Let it be remembered that we call social power the influence that a profession or person has beyond that which strictly originates in its own action. The influence of the physician over his clientele of the sick is, as a sociological fact, completely distinct from the consideration that that same physician enjoys perhaps in the non-professional rest of his life and relations.

Let us speak, then, first of what is the direct influence that the writer exercises in Spain.

I do not believe there exists among the civilized nations one less docile to intellectual influence than ours. With slight modifications in this or that epoch, it can be said that it has never attended to the writer. The life of modern Spain represents the original essay of a European race sustaining itself and confronting the historical destiny without leaving any intervention to thought. The results, until now, have not been very brilliant; but the good average Spaniard will continue enduringly considering intelligence as the fifth wheel of the cart. It is already a symptom of detachment towards that faculty of the soul to answer irritably to what I have just said, maintaining that one can esteem intelligence and, nevertheless, not lend ear to the intellectuals; that the former is not a stagnant gift monopolized by the latter, but a common good of other social classes, etcetera, etcetera. It is better not to attempt the gauging of the intellectual level that the non-intellectual classes possess in Spain —at least, in that of today. Fortunately, it is not necessary either. Let us agree without effort that intelligence is not an exclusive virtue of the intellectual guild; but it is, in exchange, grotesque that a country presume to possess the indispensable dose of it when at the same time it boasts of neglecting the work and person of writers. Nor would the excuse suffice that the national authors were at this date of scant worth, because then the Spanish people was obliged to nourish itself with the foreign work, and if even this seemed to its exquisite palate a coarse dish, to resort to the ancients or to whoever it might be. Anything before remaining century after century alien to any theme of intelligence.

Per questa ragione conviene che ci trasportiamo all’altro polo delle attività umane, al mestiere che possiede meno forza materiale —di comando o di denaro—: lo scrittore o uomo di lettere e di scienze. La professione letteraria porta nella sua stessa consistenza la notorietà per chi la esercita con doti mediocri. Come il politico, lo scrittore è consustanzialmente uomo pubblico. Non si può ignorarlo. D’altra parte, la sua azione è puramente virtuale; non si può aspettare da essa nessun beneficio terreno. (I risultati economici che forse produca —l’industria editoriale— non procedono direttamente dall’opera, ma dall’atteggiamento del pubblico verso di essa. Per questo non è lo scrittore, ma l’editore, chi ottiene il rendimento maggiore nei paesi dove il libro fornisce qualche rendimento). Entrambe le condizioni insieme danno un valore molto puro e caratteristico alla reazione che in una o altra società susciti il gremio letterario.

E, in effetti, troviamo una grande varietà di situazioni. In Francia lo scrittore ha un potere sociale favoloso. Relativamente maggiore, molto maggiore, di quello del politico, se si sconta l’enormità di potere proprio che il mestiere di governare include. In fin dei conti, volenti o nolenti, con il governante bisogna fare i conti, giacché interviene nell’esistenza di ogni cittadino. Invece, l’assegnazione di potere sociale allo scrittore non si origina da imposizione né da necessità alcuna: è una generosa reazione della società. Quando, quindici anni fa, entravano Anatolio France o Mauricio Barrès in un teatro, in un albergo o in un banchetto, i presenti sentivano il mistico contatto con una forza gigantesca. E non per la persona individuale che essi fossero, ma perché i circostanti si trovavano dinanzi a un essere sul quale aveva scaricato simbolicamente l’intera società francese l’immenso dono del suo potere. Tuttavia, France o Barrès erano cime del paesaggio letterario, e il comportamento della società dinanzi alle eminenze, siano dell’ordine che vogliano, tende sempre a essere eccezionale. L’interessante è avvertire l’attenzione che la società francese presta allo scrittore semplicemente distinto. Lo lusinga, lo coccola, lo accarezza, lo porta, lo riporta, mette al suo servizio tutti i congegni della macchina pubblica. Il politico teme lì lo scribacchino, perché sa che questi maneggia una forza considerevole, forza che non è la sua penna, ma l’attenzione sociale a lui dedicata. La sua penna è soltanto il piccolo timone con cui può dirigere da una parte o dall’altra il grande dinamismo pubblico. E di tal modo si tratta di un potere aggiunto dalla società al potere effettivo dell’opera letteraria, che non è nemmeno in proporzione con la popolarità di questa. Voglio dire che autori la cui opera quasi non si vende, per esigere dal lettore raffinatezze che escludono il gran numero, godono, nondimeno, di gigantesca posizione.

Molto diversa è la sorte dello scrittore in Inghilterra. Siccome mi manca la visione diretta di questo paese, non potrei precisare le sfumature della sua situazione; ma mi sembra molto chiara nell’essenziale. La società inglese, come massa totale, si occupa molto poco del letterato e appena se attende all’uomo di scienza. L’uno e l’altro godono, dunque, di scarsissimo potere sociale. Nondimeno, la loro situazione non corrisponde a quella che simili condizioni procurerebbero loro nel continente. La società inglese non presta attenzione allo scrittore né all’uomo di scienza; ma neppure la presta al soldato. Ma è che la società inglese possiede un’anatomia differente da quelle continentali. Non è una società, ma piuttosto un’articolazione di molte società, ciascuna delle quali conduce un’esistenza relativamente indipendente. Se chiamiamo «circoli sociali» queste società parziali, questi segmenti di cui si compone il magnifico anellide inglese, diremo che in nessuna parte è così ampia e intensa la vita in circolo come nelle Isole. Sarebbe inesatto parlare di gruppi o partiti, perché questi hanno frontiere molto marcate che li delimitano nel grande corpo sociale, mentre i circoli terminano vagamente, fondendosi per le loro frange gli uni con gli altri. Così, in quel paese, dove la gente non si occupa di letteratura (si può chiamare tale la prosa di magazine?), esiste un circolo di appassionati più vario e attento che in nessun popolo —salvo la Francia. Lo stesso accade con la scienza. Né l’una né l’altra sono prodotti «nazionali», come lo sono per la Francia la letteratura e per la Germania la scienza; ma lo scrittore e lo scienziato godono nella sfera dei loro circoli di una posizione salubre, che, certamente, non può chiamarsi potere sociale, ma che non significa neppure il suo difetto.

Il posto che in Francia occupa il letterato lo usufruisce in Germania l’uomo di scienza. La produzione scientifica è lì un interesse della nazione intera. Non se ne preoccupano soltanto coloro che la generano e la ricevono —sebbene sia fantastico il numero degli uni e degli altri—, ma anche il resto dei cittadini. Sanno che è la gloria e la forza della Germania. Così si spiega che al sopraggiungere della terribile crisi economica del dopoguerra fu il pubblico, e specialmente il gruppo industriale, chi si incaricò di assicurare la continuità del lavoro scientifico, sacrificandogli buona parte delle sue riserve finanziarie. All’ombra di questo prestigio di cui gode lo scienziato, vive il letterato in qualità di fratello minore. La sua posizione è subalterna. Ed è che in fondo alla coscienza tedesca giace la segreta convinzione che, almeno nella nostra epoca, la letteratura tedesca ha scarso valore. Se sorgesse un gruppo di scrittori ben dotati, vedremmo caricarsi il gremio di potere sociale, come lo ebbe sovrabbondante ai tempi di Goethe. La diagnosi esatta sarebbe dire che la professione di scrittore possiede in Germania quasi tanto potere sociale quanto in Francia, ma che, transitoriamente, si trova vacante di figure reali che la incorporino con perfezione approssimata. La prova di ciò è che in nessuna parte perdurano con pari attualità certi scrittori del passato. Goethe, per esempio, continua a essere una forza viva: lo si incontra in ogni conversazione, nel discorso parlamentare, nel libro scientifico. (Il rispetto dell’uomo di scienza verso le figure letterarie del passato non credo che esista più che in Germania).

E in Spagna? Che cosa accade con lo scrittore in Spagna?

Si ricordi che chiamiamo potere sociale l’influenza che un mestiere o persona ha al di là di quella che strettamente si origina nella sua azione propria. L’influsso del medico sulla sua clientela di malati è, come fatto sociologico, completamente distinto dalla considerazione che quello stesso medico gode forse nel resto non professionale della sua vita e delle sue relazioni.

Parliamo, dunque, prima di quale sia l’influenza diretta che lo scrittore esercita in Spagna.

Non credo che esista tra le nazioni civili una meno docile all’influsso intellettuale della nostra. Con leggere modificazioni in questa o quell’epoca, si può dire che non ha mai atteso allo scrittore. La vita della Spagna moderna rappresenta l’originale saggio di sostenersi una razza europea e affrontare il destino storico senza lasciare intervento al pensiero. I risultati, fino ad ora, non sono stati molto brillanti; ma il buon spagnolo medio continuerà perdurabilmente a considerare l’intelligenza come la quinta ruota del carro. Già è un sintomo di distacco verso quella facoltà dell’anima rispondere irritatamente a ciò che ho appena detto, sostenendo che si può stimare l’intelligenza e, tuttavia, non prestare orecchio agli intellettuali; che quella non è un dono stagnante da parte loro, ma bene comune di altre classi sociali, eccetera, eccetera. Vale più non tentare la misurazione del livello intellettuale che possiedono in Spagna —almeno, in quella di oggi— le classi non intellettuali. Fortunatamente, non è neppure necessario. Conveniamo senza sforzo che l’intelligenza non è una virtù esclusiva del gremio intellettuale; ma è, in compenso, grottesco che un paese presuma di possedere la dose imprescindibile di quella quando al tempo stesso si vanta di disattendere l’opera e la persona degli scrittori. Né basterebbe la scusa che gli autori nazionali fossero in questa data di scarso valore, perché allora il popolo spagnolo era obbligato a nutrirsi dell’opera straniera, e se anche questa sembrava al suo squisito palato cibo grossolano, ricorrere agli antichi o a chiunque fosse. Tutto prima che rimanere secolo dopo secolo estraneo ad alcun tema di intelligenza.

El hecho se presenta con tal constancia, que ya no reparamos en él y toma el aire de una ley natural, a la cual es ridículo oponer objeciones. La idea de que un libro influya directa e inmediatamente en la vida pública o privada de los españoles es tan inverosímil que no concebimos la posibilidad de suceso semejante en ningún otro país. Y, sin embargo, fuera del nuestro acontece cotidianamente. ¿Se quiere un ejemplo extremo de ello? Una de las modificaciones más importantes de la vida pública en los Estados Unidos ha sido la recentísima ley de inmigración. Pues bien: esta ley es el resultado fulminante del libro de Madison titulado La decadencia de la gran raza. (La obra, como casi todas las que se publican en América, es de una modestia mental superlativa).

No es cosa de investigar ahora las causas de esta inmunización para el alfabeto que gozamos los españoles. Yo espero que no se buscará la explicación, como de tantas otras peculiaridades ibéricas, en la herencia arábica. Los árabes han sido los mayores entusiastas del libro, hasta el punto de dividir a los hombres en gentes con libros y gentes sin él. Cuando Mahoma busca el más eficaz encomio de su dios, el atributo que más le adorna y recomienda, hace constar que fue él quien «enseñó al hombre a mover el cálamo». (Surata 96).

Esta carencia o poco más de influjo sobre su contorno social proporciona al escritor español algunas ventajas que tal vez no ha sabido aprovechar. Cuando se cree que el párrafo escrito va a tener consecuencias reales, el escritor honrado se siente cohibido en su libertad espiritual. Pensamientos que teóricamente son importantes y certeros pueden causar daños prácticos. Pero el escritor español ha podido entregarse a las exclusivas exigencias de su oficio sin temor a ser nocivo. Ha podido ser pura y rigorosamente veraz. Sin embargo, esta ventaja es inseparable de otro grave peligro. La falta de repercusión en el público, cuando es permanente y completa, da al oficio del escritor un carácter espectral. Lo distintivo de la realidad es producir efectos. Cuando éstos faltan llega la persona a perder la noción de su propia actividad. No sabe lo que es ni lo que no es. Flota en el vacío sin presiones exteriores que definan sus límites. Si no tiene en sí mismo un fortísimo regulador, acabará por creer que lo mismo da decir una cosa que otra, puesto que ambas producen el mismo nulo resultado. En suma: la desatención pública desmoraliza al escritor, induciéndole sin remisión a la irresponsabilidad…

El Sol, 30 de octubre de 1927

IV

Si es tan menguada que casi es nula la influencia directa del escritor sobre la sociedad española[16], claro es que no puede gozar de verdadero poder social. Es fácil que algunos literatos se hagan la ilusión de lo contrario, porque el oficio de escritor lleva consigo, dondequiera que se ejercite, y más en un pueblo de no gran volumen, como el nuestro, cierta aureola que puede ser un espejismo. Me refiero a la notoriedad. Ceteris paribus, un escritor es más conocido que un ingeniero o que un industrial, que un abogado o que un banquero. Pero un hombre conocido no implica dilatada estimación, ni siquiera conocimiento de la obra y la persona. Los que escribimos somos mucho más conocidos que leídos, y más leídos que entendidos y estimados. Y aun conviene calcular muy por lo bajo las dimensiones de esa notoriedad.

Precisamente, el tipo de vida que, por carencia de poder social, se ve obligado a llevar el escritor en España le salva tal vez de una amarga desilusión. Porque, en efecto, vive casi siempre recluso en un mínimo círculo de personas próximas al oficio intelectual, rodeado de una delgadísima película social que intercepta su visión del gran cuerpo colectivo. Cuando por azar perfora esa película y se encuentra entre gente media, descubre con sorpresa que ni él ni los mejores de su gremio son conocidos pocos metros más allá de la habitual tertulia. Y si no literalmente desconocidos, tan vaga y confusamente notorios que fuera preferible la rigorosa ignorancia.

Pero sería inexacto contentarse con decir que el escritor carece en nuestra tierra de poder social. Es forzoso buscar un concepto que con más precisión defina la sorprendente situación del que escribe en España. Yo diría, pues, que el hombre de letras goza en Celtiberia de un poder social negativo. ¿Qué significa esta extraña idea? Simplemente, que para el buen español medio, el escritor, como tal, es un hombre de fama, pero, entiéndase bien, de mala fama. Escribir es una forma de avilantez. Al pronto se juzgará que es esto una exageración. Pero téngase la bondad de hacer el siguiente experimento mental. Imagínese que soltamos —es la palabra— a un escritor conocido en una reunión de la burguesía española que no sea, por algún motivo, excepcional e inténtese con lealtad describir los sentimientos que en aquellas personas suscita su presencia. En el mejor caso, sólo encontraremos inquietud, desasosiego, suspicacia y antipatía, una falta absoluta de comunidad con aquel ente sobrevenido. El experimento queda completo si paralelamente se imagina la escena en Francia, entre otros personajes que sean los correspondientes.

Se me dirá que hay casos de enorme y respetuosa popularidad, y se me citará concretamente el constante homenaje de las clases sociales más diversas a un hombre como Ramón y Cajal. Pero yo deploro que este ejemplo me hunda más en lo que por ventura es mi error. Esa excepción, en cierto modo única, que se hace con Ramón y Cajal, trayéndole y llevándole como al cuerpo de San Isidro, en forma de mágico fetiche, para aplacar las iras del demonio Inteligencia, acaso ofendido, es una cosa que no se hace más que en los países donde no se quiere trato normal, próximo y sin magia con los intelectuales. Se escoge uno a fin de libertarse, con el homenaje excesivo e ininteligente a su persona, de toda obligación con los demás. El hecho de ser justamente Ramón y Cajal el elegido acentúa, mejor aún, pone al descubierto casi obscenamente el irrisorio secreto que oculta tan aparente fervor. Porque apenas nadie tiene la más ligera idea de cuáles son las admirables conquistas del ilustre sabio. Por otra parte, la histología es una ciencia tan remota de la conciencia pública, tan neutra y sin color, que parece deliberadamente escogida para la apoteosis por un pueblo que considera la labor intelectual como una superfluidad, cuando no como una fechoría. Si Ramón y Cajal escribiese una sola página que afectase un poco más de cerca al ánimo español, presenciaríamos la ominosa evaporación de su poder social.

Es difícil encontrar en las naciones actuales nada que se parezca a la colocación sociológica del gremio intelectual en España. Vive al margen de la existencia normal colectiva. No se cuenta con él para nada, ni oficial ni privadamente. Al contrario: se descuenta para él un como breve territorio baldío, especie de Indian Reservation, donde se le deja extravagar. Porque esto es, en definitiva, lo único que de él se espera: la extravagancia. Añádase a esta existencia marginal, pareja a la que llevaban los leprosos en la Edad Media, la humillante impecuniosidad que sufren casi todas las familias de escritores. En tales circunstancias resulta inevitable, pero no justificado, el tono agrio, violento, chabacano, que domina en nuestra producción literaria. Lo sorprendente parecerá que su actitud no sea más desesperada, y lo increíble, que bajo el escritor el hombre sea tan honrado. Porque es preciso hacer constar que la honestidad civil del intelectual español supera acaso a la de casi todos los gremios hermanos triunfantes en otros países. (No es posible decir lo mismo de su honestidad técnica: en general, no pone cuidado, ni mesura, ni elevación ni rigor en su trabajo).

The fact presents itself with such constancy, that we no longer pay attention to it and it takes on the air of a natural law, to which it is ridiculous to oppose objections. The idea that a book should influence directly and immediately the public or private life of the Spaniards is so improbable that we do not conceive the possibility of such an event in any other country. And, nevertheless, outside ours it happens daily. Does one want an extreme example of it? One of the most important modifications of public life in the United States has been the most recent immigration law. Well then: this law is the fulminating result of the book by Madison entitled The decline of the great race. (The work, like almost all those that are published in America, is of a superlative mental modesty).

It is not a matter of investigating now the causes of this immunization against the alphabet that we Spaniards enjoy. I hope that the explanation will not be sought, as in so many other Iberian peculiarities, in the Arabic inheritance. The Arabs have been the greatest enthusiasts of the book, to the point of dividing men into peoples with books and peoples without it. When Mahomet seeks the most efficacious eulogy of his god, the attribute that most adorns and recommends him, he makes it known that it was he who «taught man to move the reed pen». (Sura 96).

This lack, or little more, of influence over its social surroundings provides the Spanish writer some advantages that perhaps he has not known how to exploit. When it is believed that the written paragraph is going to have real consequences, the honest writer feels inhibited in his spiritual freedom. Thoughts that theoretically are important and well-aimed can cause practical harms. But the Spanish writer has been able to give himself up to the exclusive exigencies of his craft without fear of being noxious. He has been able to be purely and rigorously truthful. However, this advantage is inseparable from another grave danger. The lack of repercussion in the public, when it is permanent and complete, gives to the writer’s craft a spectral character. What is distinctive of reality is to produce effects. When these fail, the person comes to lose the notion of his own activity. He does not know what it is nor what it is not. He floats in the void without external pressures that define his limits. If he does not have in himself a very strong regulator, he will end up believing that it is the same to say one thing as another, since both produce the same null result. In sum: public inattention demoralizes the writer, inducing him without remission to irresponsibility…

El Sol, 30 October 1927

IV

If so meagre that it is almost null is the direct influence of the writer on Spanish society[16], it is clear that he cannot enjoy true social power. It is easy for some men of letters to make the illusion of the contrary, because the writer’s craft carries with it, wherever it is exercised, and more in a people of not great volume, like ours, a certain halo that can be a mirage. I refer to notoriety. Ceteris paribus, a writer is better known than an engineer or an industrialist, than a lawyer or a banker. But a known man does not imply wide estimation, nor even knowledge of the work and the person. We who write are much more known than read, and more read than understood and esteemed. And it is fitting to calculate very much on the low side the dimensions of that notoriety.

Precisely, the type of life that, for lack of social power, the writer in Spain sees himself obliged to lead saves him perhaps from a bitter disillusion. Because, in effect, he lives almost always recluse in a minimal circle of people close to the intellectual craft, surrounded by a very thin social film that intercepts his vision of the great collective body. When by chance he perforates that film and finds himself among middle people, he discovers with surprise that neither he nor the best of his guild are known a few metres beyond the habitual tertulia. And if not literally unknown, so vaguely and confusedly notorious that the rigorous ignorance would be preferable.

But it would be inexact to content oneself with saying that the writer lacks social power in our land. It is forced to seek a concept that more precisely defines the surprising situation of whoever writes in Spain. I would say, then, that the man of letters enjoys in Celtiberia a negative social power. What does this strange idea mean? Simply, that for the good average Spaniard, the writer, as such, is a man of fame, but, let it be well understood, of ill fame. Writing is a form of vileness. At first it will be judged that this is an exaggeration. But let the kindness be had of making the following mental experiment. Let it be imagined that we release —that is the word— a known writer in a gathering of the Spanish bourgeoisie that is not, for some reason, exceptional, and let it be loyally attempted to describe the feelings that his presence arouses in those persons. In the best case, we shall find only uneasiness, disquiet, suspicion and antipathy, an absolute lack of community with that being who has appeared. The experiment is completed if in parallel there is imagined the scene in France, among other personages who are the corresponding ones.

I will be told that there are cases of enormous and respectful popularity, and I will be cited concretely the constant homage of the most diverse social classes to a man like Ramón y Cajal. But I deplore that this example sinks me further in what is perhaps my error. That exception, in a certain way unique, that is made with Ramón y Cajal, bringing him and taking him like the body of Saint Isidore, in the form of a magical fetish, to appease the wrath of the demon Intelligence, perhaps offended, is a thing that is done only in the countries where one does not want a normal, close and magicless treatment with the intellectuals. One is chosen in order to free oneself, with the excessive and unintelligent homage to his person, from every obligation with the others. The fact that it is precisely Ramón y Cajal the chosen one accentuates, better still, uncovers almost obscenely the derisory secret that so apparent fervour hides. Because almost no one has the slightest idea of what are the admirable conquests of the illustrious sage. On the other hand, histology is a science so remote from the public consciousness, so neutral and without colour, that it seems deliberately chosen for the apotheosis by a people that considers intellectual labour a superfluity, when not a misdeed. If Ramón y Cajal wrote a single page that touched a little more closely the Spanish spirit, we would witness the ominous evaporation of his social power.

It is difficult to find in the present nations anything that resembles the sociological placement of the intellectual guild in Spain. It lives at the margin of the normal collective existence. No account is taken of it for anything, neither officially nor privately. On the contrary: there is discounted for it a sort of brief uncultivated territory, a kind of Indian Reservation, where it is left to wander. Because this is, in short, the only thing that is expected of it: extravagance. Let there be added to this marginal existence, similar to that which the lepers led in the Middle Ages, the humiliating impecuniousness that almost all the families of writers suffer. In such circumstances there results inevitable, but not justified, the sour, violent, vulgar tone that dominates in our literary production. The surprising thing will seem that its attitude is not more desperate, and the incredible thing, that beneath the writer the man is so honest. Because it is necessary to make it known that the civil honesty of the Spanish intellectual surpasses perhaps that of almost all the sister guilds triumphant in other countries. (It is not possible to say the same of his technical honesty: in general, he puts neither care, nor measure, nor elevation nor rigor in his work).

Il fatto si presenta con tale costanza, che già non ci facciamo più caso e prende l’aria di una legge naturale, alla quale è ridicolo opporre obiezioni. L’idea che un libro influisca diretta e immediatamente nella vita pubblica o privata degli spagnoli è così inverosimile che non concepiamo la possibilità di un simile avvenimento in nessun altro paese. E, tuttavia, fuori del nostro accade quotidianamente. Si vuole un esempio estremo di ciò? Una delle modificazioni più importanti della vita pubblica negli Stati Uniti è stata la recentissima legge sull’immigrazione. Ebbene: questa legge è il risultato fulminante del libro di Madison intitolato Il declino della grande razza. (L’opera, come quasi tutte quelle che si pubblicano in America, è di una modestia mentale superlativa).

Non è cosa da indagare ora le cause di questa immunizzazione per l’alfabeto di cui godiamo gli spagnoli. Io spero che non si cercherà la spiegazione, come di tante altre peculiarità iberiche, nell’eredità arabica. Gli arabi sono stati i maggiori entusiasti del libro, fino al punto di dividere gli uomini in genti con libri e genti senza. Quando Maometto cerca il più efficace elogio del suo dio, l’attributo che più lo adorna e raccomanda, fa constatare che fu lui colui che «insegnò all’uomo a muovere il calamo». (Surata 96).

Questa mancanza o poco più di influsso sul suo contorno sociale procura allo scrittore spagnolo alcuni vantaggi che forse non ha saputo sfruttare. Quando si crede che il paragrafo scritto avrà conseguenze reali, lo scrittore onesto si sente coartato nella sua libertà spirituale. Pensieri che teoricamente sono importanti e azzeccati possono causare danni pratici. Ma lo scrittore spagnolo ha potuto consegnarsi alle esclusive esigenze del suo mestiere senza timore di essere nocivo. Ha potuto essere puramente e rigorosamente verace. Tuttavia, questo vantaggio è inseparabile da un altro grave pericolo. La mancanza di ripercussione nel pubblico, quando è permanente e completa, dà al mestiere dello scrittore un carattere spettrale. Ciò che è distintivo della realtà è produrre effetti. Quando questi mancano la persona arriva a perdere la nozione della propria attività. Non sa che cosa sia né che cosa non sia. Fluttua nel vuoto senza pressioni esterne che definiscano i suoi limiti. Se non ha in sé stesso un fortissimo regolatore, finirà per credere che fa lo stesso dire una cosa che un’altra, giacché entrambe producono lo stesso risultato nullo. In somma: la disattenzione pubblica demoralizza lo scrittore, inducendolo senza remissione all’irresponsabilità…

El Sol, 30 ottobre 1927

IV

Se è tanto scarsa che quasi nulla l’influenza diretta dello scrittore sulla società spagnola[16], chiaro è che non può godere di vero potere sociale. È facile che alcuni letterati si facciano l’illusione del contrario, perché il mestiere di scrittore porta con sé, ovunque si eserciti, e più in un popolo di non grande volume, come il nostro, una certa aureola che può essere un miraggio. Mi riferisco alla notorietà. Ceteris paribus, uno scrittore è più conosciuto di un ingegnere o di un industriale, di un avvocato o di un banchiere. Ma un uomo conosciuto non implica dilatata stima, né pure conoscenza dell’opera e della persona. Noi che scriviamo siamo molto più conosciuti che letti, e più letti che intesi e stimati. E conviene pure calcolare molto al ribasso le dimensioni di quella notorietà.

Precisamente, il tipo di vita che, per mancanza di potere sociale, si vede obbligato a condurre lo scrittore in Spagna lo salva forse da un’amara delusione. Perché, in effetti, vive quasi sempre recluso in un minimo circolo di persone prossime al mestiere intellettuale, circondato da una sottilissima pellicola sociale che intercetta la sua visione del grande corpo collettivo. Quando per caso perfora quella pellicola e si trova tra gente media, scopre con sorpresa che né lui né i migliori del suo gremio sono conosciuti pochi metri più in là della solita tertulia. E se non letteralmente sconosciuti, tanto vaghi e confusamente noti che sarebbe preferibile la rigorosa ignoranza.

Ma sarebbe inesatto accontentarsi di dire che lo scrittore manca nella nostra terra di potere sociale. È forzoso cercare un concetto che con più precisione definisca la sorprendente situazione di chi scrive in Spagna. Direi, dunque, che l’uomo di lettere gode in Celtiberia di un potere sociale negativo. Che cosa significa questa strana idea? Semplicemente, che per il buon spagnolo medio, lo scrittore, come tale, è un uomo di fama, ma, si capisca bene, di cattiva fama. Scrivere è una forma di vigliaccheria. A prima vista si giudicherà che questo è un’esagerazione. Ma si abbia la bontà di fare il seguente esperimento mentale. Si immagini che liberiamo —è la parola— uno scrittore conosciuto in una riunione della borghesia spagnola che non sia, per qualche motivo, eccezionale e si tenti con lealtà di descrivere i sentimenti che in quelle persone suscita la sua presenza. Nel migliore caso, troveremo soltanto inquietudine, disagio, sospicione e antipatia, una mancanza assoluta di comunanza con quell’ente sopravvenuto. L’esperimento resta completo se parallelamente si immagina la scena in Francia, tra altri personaggi che siano i corrispondenti.

Mi si dirà che ci sono casi di enorme e rispettosa popolarità, e mi si citerà concretamente il costante omaggio delle classi sociali più diverse a un uomo come Ramón y Cajal. Ma io deploro che questo esempio mi affondi di più in ciò che per ventura è il mio errore. Quell’eccezione, in certo modo unica, che si fa con Ramón y Cajal, portandolo e riportandolo come il corpo di San Isidro, in forma di magico feticcio, per placare le ire del demonio Intelligenza, forse offeso, è una cosa che non si fa se non nei paesi dove non si vuole un trattamento normale, prossimo e senza magia, con gli intellettuali. Se ne sceglie uno al fine di liberarsi, con l’omaggio eccessivo e inintelligente alla sua persona, di ogni obbligazione con gli altri. Il fatto che sia appunto Ramón y Cajal l’eletto accentua, meglio ancora, mette allo scoperto quasi oscenamente il risibile segreto che nasconde così apparente fervore. Perché quasi nessuno ha la più leggera idea di quali siano le ammirevoli conquiste dell’illustre sapiente. D’altra parte, l’istologia è una scienza tanto remota dalla coscienza pubblica, tanto neutra e senza colore, che sembra deliberatamente scelta per l’apoteosi da un popolo che considera la laboriosità intellettuale una superfluità, quando non una marachella. Se Ramón y Cajal scrivesse una sola pagina che toccasse un po’ più da vicino l’animo spagnolo, presenzieremmo l’ominosa evaporazione del suo potere sociale.

È difficile trovare nelle nazioni attuali qualcosa che somigli alla collocazione sociologica del gremio intellettuale in Spagna. Vive al margine dell’esistenza normale collettiva. Non si conta con lui per nulla, né ufficialmente né privatamente. Al contrario: si sconta per lui un come breve territorio incolto, specie di Indian Reservation, dove lo si lascia divagare. Perché questo è, in definitiva, l’unico che da lui si aspetta: la stravaganza. Si aggiunga a questa esistenza marginale, pari a quella che conducevano i lebbrosi nel Medioevo, l’umiliante indigenza che soffrono quasi tutte le famiglie di scrittori. In tali circostanze risulta inevitabile, ma non giustificato, il tono aspro, violento, triviale, che domina nella nostra produzione letteraria. Lo sorprendente sembrerà che il suo atteggiamento non sia più disperato, e l’incredibile, che sotto lo scrittore l’uomo sia tanto onesto. Perché bisogna far constatare che l’onestà civile dell’intellettuale spagnolo supera forse quella di quasi tutti i gremi fratelli trionfanti in altri paesi. (Non è possibile dire lo stesso della sua onestà tecnica: in generale, non mette cura, né misura, né elevazione né rigore nel suo lavoro).

Esta irrealidad social de su oficio, que más o menos clara percibe entre nosotros todo escritor, es causa de una peculiaridad que, por su misma constancia, no ha sorprendido cuanto debiera. Me refiero al hecho de que España es el único país europeo donde los intelectuales se ocupan de política inmediata. Fuera de aquí, sólo por excepción se encuentra a un escritor mezclado en las luchas cotidianas de los partidos. Pero aun en esos casos excepcionales, cuida muy bien el escritor de separar su labor intelectual de su inquietud política, y cuando esto no, de exigir a sus intervenciones políticas todas las altas virtudes que rigen la obra intelectual. Llevan, pues, su intelectualidad íntegra a la política, al paso que entre nosotros la política más basta y pueril viene a anegar la intelectualidad. De suerte, que no se logra la única ventaja que esta confusión de oficios podía traer: que el intelectual elevase el nivel de los combates públicos merced a la superior disciplina de su intelecto. En cambio, pasa que la necedad constitutiva de la política diaria desintelectualiza al escritor. Así acontece el hecho bochornoso de que los escritores españoles vivan separados por sus tendencias políticas —que son siempre las de la calle— más que por discrepancias intelectuales. Ayer fue por una cosa; hoy es por otra: nunca falta el pretexto para que el intelectual mismo, siguiendo la tradición nacional, patee concienzudamente su oficio.

Falto de poder social, busca el escritor una compensación aproximándose al único oficio que goza de él en España. Siente apetito de mando efectivo y quiere ser político.

La consecuencia de todo esto ha sido deplorable. Porque es el caso —aunque se juzgue contradictorio de lo antedicho— que España llega a un recodo histórico en el cual sólo puede salvarla, políticamente, la seria colaboración de los intelectuales. Se ha llegado a una sazón en que es preciso inventar nuevos destinos y nueva anatomía para nuestro pueblo. ¿Se cree que puede hacerse esto sin el gremio de las ciencias y las letras? Me parece ilusorio. A estas alturas de los tiempos, cuando vivimos en sociedades viejas y complejas, no se puede inventar historia por puro golpe de vista. Hace falta una técnica de la invención, hace falta «tener oficio», escuela, preparación de intelecto. De otra manera, sólo se propondrán soluciones primarias, toscas, de mesa de café.

Si los intelectuales españoles hubiesen sido fieles a la ley de su oficio, sólo ellos poseerían hoy una verdadera política, un proyecto de vida nacional en grande, una norma pública a la vez elevada y compleja. Y es probable que por vez primera España volviese hacia ellos los ojos, ya que no de grado, forzada por las circunstancias.

No puede ser más desdichada de lo que es la posición del escritor en la sociedad española. Se le exigen todas las virtudes, y encima de ellas, ese don maravilloso, delicadísimo, que es el talento. En cambio, no se le concede nada, y menos que todo lo demás, atención. Sin embargo, creo que fuera un error considerar como el ideal la posición contraria, tal y como suele ser otorgada al escritor en Francia. Pienso que un intelectual de profunda y auténtica vocación repugnará siempre ese exceso de sobo colectivo, ese amanerado culto que le rinde el contorno y amenaza con cegar el manantial de su espontaneidad, con reblandecer el rigor de su interna disciplina. Sometido a tanto miramiento, se deforma con frecuencia el escritor francés hasta adquirir una psicología de tiple.

Conviene que el intelectual no crea demasiado en sí mismo. Después de todo, lo más bello que hay en la inteligencia, lo que la distingue de otras calidades más toscas —como la belleza física, la fuerza, la nobleza genealógica o el dinero—, es que siempre es problemática. Nunca se sabe de cierto si se tiene o no inteligencia. Lo más que puede asegurarse es que la ha tenido uno hace un momento; pero ¿ahora, en este instante que viene, en esta frase que se comienza? El hombre inteligente ve constantemente a sus pies abierto e insondable el abismo de la estulticia. Por eso es inteligente: lo ve y retiene su pie cautelosamente.

El Sol, 6 de noviembre de 1927

V

Lo dicho hasta aquí va dibujando una clara contraposición entre España y Francia por lo que toca al poder social. Esta contraposición no consiste tanto en que Francia otorgue poder social a unos oficios y España a otros, sino en algo más importante. Francia es el país donde mayor número de actividades diferentes reciben la aureola del prestigio público. España es el país en que casi nadie —ni como individuo ni como representante de un oficio— goza de ella. Esto significa taxativamente que la sociedad española es mucho menos compacta y elástica, por tanto, mucho menos sociedad, que la francesa. Verdad es que en este punto culmina Francia sobre todos los pueblos. La nación entera vive y absorbe cuanto acontece en cada una de sus partes. Muy pocas cosas quedan recluidas en su rincón, sin irradiar sobre el resto del cuerpo público. El francés del Norte participa de la vida meridional, la convive, como el hombre de la Provenza se sabe muy bien su Bretaña y su Normandía. El escritor puede acercarse al militar seguro de que éste tiene una idea bastante minuciosa de su obra, y, viceversa, el militar cuenta con que el escritor conoce suficientemente sus faenas de Siria o del Sáhara. Lo propio acontece con el industrial, con el cosechero, con el político. Cuando un francés hace algo que sobresalga un poco, sea del orden que sea, conquista automáticamente la fama. No creo que haya ningún otro país donde el individuo medio tenga en la cabeza tantos nombres de compatriotas famosos. Viceversa, podría decirse forzando la exactitud, para acusar mejor la realidad, que casi todos los franceses son famosos. Me parece una tontería atribuir este fenómeno a la vanidad gala, que se complace en exagerar el valor de sus hombres, ni tampoco a la vieja historieta de la cucaña en que los franceses entusiasmados aúpan a su conciudadano, favoreciendo su ascensión. El hecho es más hondo e importante que lo supuesto en esas explicaciones. En primer lugar, famoso no quiere decir ni más ni menos valioso. Famoso es todo aquél de quien se habla en amplios círculos. Y hay una fama negativa; por ejemplo: la del criminal. Ahora bien: es característico de Francia la popularidad que adquieren sus criminales. Landrú llegó a ser un héroe nacional, se entiende un héroe negativo. No se dirá que esta atención, esta curiosidad hacia aquel asesino, procede de vanidad nacional. Es, simplemente, que a toda Francia le interesa cuanto acaece en un punto cualquiera de sí misma. Vive —como el alma— toda en cada una de sus partes. Nada deja de aprovecharse socialmente, ni lo bueno ni lo malo. No hay desperdicio. ¿Quién duda que ésta ha sido una de las grandes fuerzas que han hecho posible la riqueza y continuidad sin par de la historia francesa? Merced a ella, esta raza, que en ningún orden es genial, ha logrado dar un máximum de rendimiento. Cuanto en ella acontece es desde luego social, o lo que es lo mismo, queda multiplicada su eficiencia por el volumen entero de la colectividad.

En España presenciamos la escena contraria. Si apenas nadie tiene entre nosotros poder social, se debe a que nuestra sociedad es laxa, sin elasticidad, sin comunicación entre sus trozos. De un cañonazo que se dispara en un barrio no se entera nadie en el próximo. Sería preciso disparar el cañonazo dentro del oído de cada español para lograr que la sociedad española se enterase de que ahí fuera había tiros. Y no es la envidia ni el tan repetido «individualismo» causa profunda de esto. Es la falta de curiosidad y de afán de enriquecer nuestra vida con la del prójimo. El militar vive sumido en su cuarto de banderas como en una escafandra. No tiene la menor idea de lo que acontece en la escafandra de las letras o de la industria. Hace muchos años, recuerdo haber descrito la sociedad española como una serie de compartimientos estancos. Cada provincia, por ejemplo, vive hacia dentro de sí misma, absorta y abstracta del resto de la nación. Se trata, pues, de una estructura social morbosa, porque hace de España una sociedad de disociados. Éste es el mal profundo que late y subsiste cien codos más hondo que todos los conflictos, luchas y desórdenes políticos o religiosos.

Ahora, creo yo, se manifiesta el sentido de estas consideraciones sobre el poder social. La falta de generosidad para otorgarlo que nuestra sociedad revela es gravemente nociva para ella misma. Cada oficio desatendido socialmente señala una faceta de humanidad que nuestro pueblo deja de vivir. Si resulta que casi todos los oficios son desatendidos, dígaseme qué repertorio normal de ideas y fervores, de saberes y de normas, reside en el alma del español medio.

This social unreality of his craft, which every writer among us perceives more or less clearly, is the cause of a peculiarity that, by its very constancy, has not surprised as much as it ought to have. I refer to the fact that Spain is the only European country where intellectuals occupy themselves with immediate politics. Outside here, only by exception does one find a writer mixed in the daily struggles of the parties. But even in those exceptional cases, the writer takes great care to separate his intellectual labour from his political unrest, and when not that, to demand of his political interventions all the high virtues that govern the intellectual work. They carry, then, their integral intellectuality to politics, whereas among us the most coarse and puerile politics comes to drown the intellectuality. In such a way, that the only advantage that this confusion of professions could bring is not obtained: that the intellectual should raise the level of public combats by means of the superior discipline of his intellect. On the contrary, it happens that the constitutive folly of daily politics de-intellectualizes the writer. Thus occurs the shameful fact that Spanish writers live separated by their political tendencies —which are always those of the street— more than by intellectual disagreements. Yesterday it was for one thing; today it is for another: the pretext never fails for the intellectual himself, following the national tradition, to kick conscientiously his own craft.

Lacking social power, the writer seeks a compensation by approaching the only profession that enjoys it in Spain. He feels appetite for effective command and wants to be a politician.

The consequence of all this has been deplorable. Because it is the case —although it be judged contradictory of the aforesaid— that Spain reaches a historical turning point in which only the serious collaboration of the intellectuals can save her, politically. A season has been reached in which it is necessary to invent new destinies and a new anatomy for our people. Is it believed that this can be done without the guild of sciences and letters? It seems to me illusory. At these heights of the times, when we live in old and complex societies, one cannot invent history by a pure stroke of the eye. A technique of invention is needed, one needs to «have a craft», schooling, preparation of the intellect. Otherwise, only primary, coarse solutions of café table will be proposed.

If the Spanish intellectuals had been faithful to the law of their craft, only they would possess today a true politics, a project of national life on a grand scale, a norm public at once elevated and complex. And it is probable that for the first time Spain would turn her eyes towards them, if not willingly, forced by circumstances.

The position of the writer in Spanish society cannot be more unhappy than it is. All virtues are demanded of him, and on top of them, that marvellous, most delicate gift which is talent. On the contrary, nothing is conceded to him, and less than all the rest, attention. However, I believe it would be an error to consider as the ideal the contrary position, such as it is usually granted to the writer in France. I think that an intellectual of deep and authentic vocation will always feel repugnance for that excess of collective stroking, for that affected cult that his surroundings render to him and threatens to blind the spring of his spontaneity, to soften the rigor of his internal discipline. Subjected to so much consideration, the French writer frequently deforms himself until acquiring a psychology of a prima donna.

It is fitting that the intellectual should not believe too much in himself. After all, the most beautiful thing that there is in intelligence, what distinguishes it from other coarser qualities —like physical beauty, force, genealogical nobility or money—, is that it is always problematical. One never knows for certain whether one has intelligence or not. The most that can be assured is that one has had it a moment ago; but now, in this instant that comes, in this sentence that is begun? The intelligent man constantly sees at his feet open and unfathomable the abyss of stupidity. That is why he is intelligent: he sees it and holds back his foot cautiously.

El Sol, 6 November 1927

V

What has been said up to here is sketching a clear contrast between Spain and France in what concerns social power. This contrast does not consist so much in the fact that France grants social power to some professions and Spain to others, as in something more important. France is the country where the greatest number of different activities receive the halo of public prestige. Spain is the country in which almost no one —neither as an individual nor as a representative of a profession— enjoys it. This means categorically that Spanish society is much less compact and elastic, therefore much less society, than the French one. It is true that on this point France culminates over all peoples. The entire nation lives and absorbs whatever happens in each one of its parts. Very few things remain secluded in their corner, without irradiating over the rest of the public body. The Frenchman of the North participates in the southern life, he lives it, as the man of Provence knows very well his Brittany and his Normandy. The writer can approach the military man sure that the latter has a fairly detailed idea of his work, and, vice versa, the military man counts on the writer knowing sufficiently his labours of Syria or of the Sahara. The same happens with the industrialist, with the winegrower, with the politician. When a Frenchman does something that stands out a little, be of whatever order, he automatically conquers fame. I do not believe there is any other country where the average individual has in his head so many names of famous compatriots. Vice versa, one could say forcing exactitude, to better accuse reality, that almost all Frenchmen are famous. It seems to me a stupidity to attribute this phenomenon to the Gallic vanity, which takes pleasure in exaggerating the value of its men, nor to the old story of the greasy pole in which the enthusiastic Frenchmen hoist up their fellow citizen, favouring his ascension. The fact is deeper and more important than what is supposed in those explanations. In the first place, famous does not mean either more or less worthy. Famous is everyone of whom one speaks in wide circles. And there is a negative fame; for example: that of the criminal. Now then: it is characteristic of France the popularity that its criminals acquire. Landru came to be a national hero, of course a negative hero. It will not be said that this attention, this curiosity towards that assassin, proceeds from national vanity. It is, simply, that all France is interested in whatever happens in any point whatsoever of itself. It lives —like the soul— wholly in each one of its parts. Nothing fails to be socially exploited, neither the good nor the bad. There is no waste. Who doubts that this has been one of the great forces that have made possible the unrivalled wealth and continuity of French history? Thanks to it, this race, which in no order is genial, has managed to give a maximum of yield. Whatever happens in it is from the outset social, or which is the same, its efficiency remains multiplied by the entire volume of the collectivity.

In Spain we witness the contrary scene. If almost no one has social power among us, it is due to the fact that our society is lax, without elasticity, without communication between its pieces. Of a cannon shot that is fired in one quarter no one in the next one learns anything. It would be necessary to fire the cannon shot inside the ear of each Spaniard to manage that Spanish society should learn that there were shots out there. And it is not envy nor the much repeated «individualism» a profound cause of this. It is the lack of curiosity and of eagerness to enrich our life with that of our neighbour. The military man lives sunk in his regimental room as in a diving bell. He has not the slightest idea of what happens in the diving bell of letters or of industry. Many years ago, I remember having described Spanish society as a series of watertight compartments. Each province, for example, lives turned towards itself, absorbed and abstracted from the rest of the nation. It is a question, then, of a morbid social structure, because it makes of Spain a society of the dissociated. This is the profound evil that beats and subsists a hundred cubits deeper than all the conflicts, struggles and political or religious disorders.

Now, I believe, the meaning of these considerations on social power is manifested. The lack of generosity to grant it that our society reveals is gravely noxious for society itself. Each socially neglected profession points out a facet of humanity that our people leaves un-lived. If it turns out that almost all the professions are neglected, let it be told to me what normal repertory of ideas and fervours, of knowledges and of norms, resides in the soul of the average Spaniard.

Questa irrealità sociale del suo mestiere, che più o meno chiara percepisce tra noi ogni scrittore, è causa di una peculiarità che, per la sua stessa costanza, non ha sorpreso quanto doveva. Mi riferisco al fatto che la Spagna è l’unico paese europeo dove gli intellettuali si occupano di politica immediata. Fuori di qui, solo per eccezione si trova uno scrittore mescolato nelle lotte quotidiane dei partiti. Ma anche in quei casi eccezionali, lo scrittore cura molto bene di separare la sua laboriosità intellettuale dalla sua inquietudine politica, e quando non questo, di esigere dai suoi interventi politici tutte le alte virtù che reggono l’opera intellettuale. Portano, dunque, la loro intellettualità integra alla politica, mentre tra noi la politica più grossolana e puerile viene ad annegare l’intellettualità. Di guisa, che non si ottiene l’unico vantaggio che questa confusione di mestieri poteva portare: che l’intellettuale elevasse il livello dei combattimenti pubblici grazie alla superiore disciplina del suo intelletto. Invece, accade che la stupidità costitutiva della politica quotidiana disintellettualizza lo scrittore. Così accade il fatto vergognoso che gli scrittori spagnoli vivano separati dalle loro tendenze politiche —che sono sempre quelle della strada— più che da discrepanze intellettuali. Ieri fu per una cosa; oggi è per un’altra: non manca mai il pretesto perché l’intellettuale stesso, seguendo la tradizione nazionale, calpesti coscienziosamente il suo mestiere.

Privo di potere sociale, lo scrittore cerca una compensazione avvicinandosi all’unico mestiere che ne gode in Spagna. Sente appetito di comando effettivo e vuole essere politico.

La conseguenza di tutto questo è stata deplorevole. Perché è il caso —sebbene si giudichi contraddittorio di quanto detto sopra— che la Spagna arriva a una svolta storica nella quale può salvarla, politicamente, soltanto la seria collaborazione degli intellettuali. Si è giunti a una stagione in cui bisogna inventare nuovi destini e nuova anatomia per il nostro popolo. Si crede che questo possa farsi senza il gremio delle scienze e delle lettere? Mi sembra illusorio. A queste altezze dei tempi, quando viviamo in società vecchie e complesse, non si può inventare storia per puro colpo d’occhio. Fa manca una tecnica dell’invenzione, fa manca «avere mestiere», scuola, preparazione d’intelletto. Altrimenti, si proporranno soltanto soluzioni primarie, rozze, da tavolino di caffè.

Se gli intellettuali spagnoli fossero stati fedeli alla legge del loro mestiere, soltanto essi possederebbero oggi una vera politica, un progetto di vita nazionale in grande, una norma pubblica a un tempo elevata e complessa. Ed è probabile che per la prima volta la Spagna volgesse verso di essi gli occhi, se non di grado, forzata dalle circostanze.

Non può essere più disgraziata di quanto è la posizione dello scrittore nella società spagnola. Gli si esigono tutte le virtù, e sopra di esse, quel dono meraviglioso, delicatissimo, che è il talento. Invece, non gli si concede nulla, e meno di tutto il resto, attenzione. Tuttavia, credo che sarebbe un errore considerare come ideale la posizione contraria, tale e quale suole essere assegnata allo scrittore in Francia. Penso che un intellettuale di profonda e autentica vocazione ripugnerà sempre a quell’eccesso di sobo collettivo, a quel manierato culto che gli rende il contorno e minaccia di accecare la sorgente della sua spontaneità, di rammollire il rigore della sua interna disciplina. Sottoposto a tanti riguardi, si deforma con frequenza lo scrittore francese fino ad acquistare una psicologia di soprano.

Conviene che l’intellettuale non creda troppo in sé stesso. Dopo tutto, la cosa più bella che c’è nell’intelligenza, ciò che la distingue da altre qualità più rozze —come la bellezza fisica, la forza, la nobiltà genealogica o il denaro—, è che è sempre problematica. Non si sa mai di certo se si ha o no intelligenza. Quanto più si può assicurare è che la si è avuta un momento fa; ma ora, in questo istante che viene, in questa frase che si comincia? L’uomo intelligente vede costantemente ai suoi piedi aperto e insondabile l’abisso della stoltezza. Per questo è intelligente: lo vede e trattiene cautamente il piede.

El Sol, 6 novembre 1927

V

Quanto detto fin qui va disegnando una chiara contrapposizione tra Spagna e Francia per ciò che tocca al potere sociale. Questa contrapposizione non consiste tanto nel fatto che la Francia assegni potere sociale ad alcuni mestieri e la Spagna ad altri, quanto in qualcosa di più importante. La Francia è il paese dove maggiore numero di attività differenti riceve l’aureola del prestigio pubblico. La Spagna è il paese in cui quasi nessuno —né come individuo né come rappresentante di un mestiere— ne gode. Questo significa tassativamente che la società spagnola è molto meno compatta ed elastica, perciò molto meno società, di quella francese. Verità è che in questo punto la Francia culmina sopra tutti i popoli. La nazione intera vive e assorbe quanto accade in ciascuna delle sue parti. Moltissime cose restano recluse nel loro angolo, senza irradiare sul resto del corpo pubblico. Il francese del Nord partecipa della vita meridionale, la convive, come l’uomo della Provenza si sa molto bene la sua Bretagna e la sua Normandia. Lo scrittore può avvicinarsi al militare sicuro che questi ha un’idea abbastanza minuziosa della sua opera, e, viceversa, il militare conta sul fatto che lo scrittore conosca sufficientemente le sue faccende di Siria o del Sahara. Lo stesso accade con l’industriale, con il vignaiolo, con il politico. Quando un francese fa qualcosa che sporga un poco, sia dell’ordine che sia, conquista automaticamente la fama. Non credo che ci sia nessun altro paese dove l’individuo medio abbia in testa tanti nomi di compatrioti famosi. Viceversa, si potrebbe dire forzando l’esattezza, per accusare meglio la realtà, che quasi tutti i francesi sono famosi. Mi sembra una stupidaggine attribuire questo fenomeno alla vanità gallica, che si compiace nell’esagerare il valore dei suoi uomini, né tampoco alla vecchia storiella della cuccagna in cui i francesi entusiasmati issano il loro concittadino, favorendone l’ascensione. Il fatto è più profondo e importante di quanto si supponga in quelle spiegazioni. In primo luogo, famoso non vuol dire né più né meno valioso. Famoso è tutto colui di cui si parla in ampi circoli. E c’è una fama negativa; per esempio: quella del criminale. Orbene: è caratteristico della Francia la popolarità che acquistano i suoi criminali. Landrú arrivò a essere un eroe nazionale, s’intende un eroe negativo. Non si dirà che questa attenzione, questa curiosità verso quell’assassino, proceda da vanità nazionale. È, semplicemente, che a tutta la Francia interessa quanto accade in un punto qualunque di sé stessa. Vive —come l’anima— tutta in ciascuna delle sue parti. Nulla lascia di approfittarsi socialmente, né il buono né il cattivo. Non c’è spreco. Chi dubita che questa sia stata una delle grandi forze che hanno reso possibile la ricchezza e continuità senza pari della storia francese? Grazie ad essa, questa razza, che in nessun ordine è geniale, ha ottenuto di dare un massimo di rendimento. Quanto in essa accade è senz’altro sociale, o che è lo stesso, resta moltiplicata la sua efficienza per il volume intero della collettività.

In Spagna presenziamo la scena contraria. Se quasi nessuno ha tra noi potere sociale, si deve al fatto che la nostra società è lasca, senza elasticità, senza comunicazione tra i suoi pezzi. Di un cannone che si spara in un quartiere non si accorge nessuno in quello prossimo. Sarebbe necessario sparare il cannone dentro l’orecchio di ogni spagnolo per ottenere che la società spagnola si accorgesse che là fuori c’erano spari. E non è l’invidia né il tanto ripetuto «individualismo» causa profonda di questo. È la mancanza di curiosità e di brama di arricchire la nostra vita con quella del prossimo. Il militare vive immerso nella sua stanza delle bandiere come in uno scafandro. Non ha la minima idea di ciò che accade nello scafandro delle lettere o dell’industria. Molti anni fa, ricordo di aver descritto la società spagnola come una serie di compartimenti stagni. Ogni provincia, per esempio, vive verso l’interno di sé stessa, assorta e astratta dal resto della nazione. Si tratta, dunque, di una struttura sociale morbosa, perché fa della Spagna una società di dissociati. Questo è il male profondo che pulsa e sussiste cento cubiti più in fondo di tutti i conflitti, lotte e disordini politici o religiosi.

Ora, credo io, si manifesta il senso di queste considerazioni sul potere sociale. La mancanza di generosità per assegnarlo che la nostra società rivela è gravemente nociva per essa stessa. Ogni mestiere socialmente disatteso segnala una faccia di umanità che il nostro popolo lascia di vivere. Se risulta che quasi tutti i mestieri sono disattesi, si mi dica quale repertorio normale di idee e fervori, di saperi e di norme, risiede nell’anima dello spagnolo medio.

No se me diga que estas advertencias emanan de un preconcebido pesimismo. Todo lo contrario. La pulcra descripción de este enorme defecto muestra, a la par, que no hay en él factor alguno irremediable, fatal; antes bien, actúa de manera automática en su corrección, despertando en el lector la tendencia a subsanarlo.

Ello es que hasta ahora sólo hemos encontrado un oficio favorecido en España con poder social: el político. Si buscamos más, temo que sólo hallaremos otra fuerza que a su propia eficiencia añada la que espontáneamente surge de la sociedad: el dinero.

El poder social del dinero no es peculiar de nuestro pueblo, sino un hecho capital de la época vigente. No se diga que de todas las épocas, porque es falso. En la Edad Media, como ahora, el dinero lo tenía el judío. Como ahora, había entonces que contar con éste, y, sin embargo, no tenía ningún poder social. Menos aún: el judío quedaba en una posición negativa, infrasocial. Hoy el dinero se ha adueñado del mundo, y dentro del mundo, de España. No obstante, es preciso reconocer un ligero matiz a favor nuestro. El español dedica menos entusiasmo al oro que otras razas. Quien conozca los secretos del alma española dudará siempre y a limine de la interpretación que se dio en Europa a las hazañas de nuestros conquistadores. Sajones y franceses titularon aquella formidable y loca empresa «La sed de oro». Yo sospecho que la verdad es más bien inversa. Porque el europeo de entonces —comienzo de la era capitalista— sentía una fabulosa sed de oro, según luego se ha demostrado, no podía imaginar que aquellos españoles cumpliesen sus hazañas por otros motivos. Y el caso es que ya entonces las barras de oro llegaban en los galeones a Sevilla, donde eran cargadas sobre los lomos de unos mulos, que tomaban derechos el camino de Francia.

Con ser grande el poder social del dinero, en los ámbitos peninsulares es incomparablemente menor que en otros países; por ejemplo, que en Norteamérica.

Leo en un libro reciente: «En ninguna parte como en Norteamérica se habla tanto y tan descaradamente de dinero. En la calle, en la reunión, en el club, gira siempre la conversación sobre la riqueza. Cada cual manifiesta, sin pudor alguno, cuántos dólares ha “hecho” en el año, en el mes. Succes significa siempre triunfo económico. La pregunta “¿cómo le va a usted?” es referida siempre a la situación económica del momento. Fulano “vale” medio millón de dólares; Zutano, sólo cien mil. Todo se expresa en moneda; en los periódicos pululan los dólares; un nuevo edificio es una construcción de un millón; un fuego es un fuego de un millón; una lluvia fuerte es una lluvia de un millón de dólares, y un cuadro es un Tiziano de cien mil dólares».

El rico destaca sobre la masa, es su ideal y modelo. La escala de valores sociales radica exclusivamente en el éxito económico. No existen otras maneras de distinguirse. La ambición encuentra como único medio de satisfacerse el enriquecimiento; en cambio, este medio está abierto a todos y es de todos entendido.

No hay concesión de patentes de nobleza, no hay títulos ni honores. La carrera política tiene poco prestigio, sobre todo dentro de cada Estado, y consecuentemente carece de atracción. Dedicar la vida a un otium cum dignitate no da posición social; antes al contrario, es cosa mal mirada. En cambio, «the man who made his pile» («el hombre que hace su agosto») goza de respeto, de prestigio, como en ninguna otra parte. Todo el mundo se inclina ante él como no se inclina nadie en Europa ante los representantes de la más antigua nobleza. El rico es el centro del interés público: le persigue la curiosidad y la atención general; se encuentra su nombre constantemente en las Society News; se investigan las menudencias de su vida. Existe toda una literatura sobre los ricos, y estos mismos creen demasiado a menudo que es su deber contar su vida, describir su ascensión de la nada ante la muchedumbre estupefacta. En torno a estas figuras se forma todo un mito, y «llegará un día en que sea tan difícil saber la verdad pura sobre Ford como lo es saberla sobre Cromwell, Napoleón o Washington»[17].

Me interesan estas palabras por dos razones. En primer lugar, contienen una buena descripción de lo que llamo poder social. En segundo lugar, nos sirven como término de comparación para calcular la cantidad de éste que va en España, aneja al dinero.

El Sol, 20 de noviembre de 1927

Let it not be said to me that these warnings emanate from a preconceived pessimism. Quite the contrary. The neat description of this enormous defect shows, at the same time, that there is in it no irremediable, fatal factor; rather, it acts automatically in its correction, awakening in the reader the tendency to remedy it.

The fact is that until now we have found only one profession favoured in Spain with social power: the politician. If we look further, I fear we shall find only one other force that to its own efficiency adds that which spontaneously arises from society: money.

The social power of money is not peculiar to our people, but a capital fact of the prevailing epoch. Let it not be said of all epochs, because it is false. In the Middle Ages, as now, the money was held by the Jew. As now, one had then to count with him, and, nevertheless, he had no social power. Less still: the Jew remained in a negative, infrasocial position. Today money has taken possession of the world, and within the world, of Spain. Nevertheless, it is necessary to recognize a slight nuance in our favour. The Spaniard dedicates less enthusiasm to gold than other races. Whoever knows the secrets of the Spanish soul will always doubt and a limine the interpretation that was given in Europe to the deeds of our conquerors. Saxons and Frenchmen titled that formidable and mad enterprise «The thirst for gold». I suspect that the truth is rather the inverse. Because the European of then —beginning of the capitalist era— felt a fabulous thirst for gold, as has afterwards been demonstrated, could not imagine that those Spaniards accomplished their deeds for other motives. And the case is that even then the bars of gold arrived in the galleons at Seville, where they were loaded upon the backs of some mules, which took straight the road to France.

Great as the social power of money is, in the peninsular spheres it is incomparably smaller than in other countries; for example, than in North America.

I read in a recent book: «Nowhere as in North America is there so much and such shameless talk of money. In the street, in the meeting, in the club, the conversation always turns on wealth. Each one manifests, without any modesty, how many dollars he has “made” in the year, in the month. Success always means economic triumph. The question “how are you doing?” is always referred to the economic situation of the moment. So-and-so “is worth” half a million dollars; So-and-so, only a hundred thousand. Everything is expressed in currency; in the newspapers dollars teem; a new building is a construction of a million; a fire is a fire of a million; a heavy rain is a rain of a million dollars, and a painting is a Titian of a hundred thousand dollars».

The rich man stands out over the mass, he is its ideal and model. The scale of social values is rooted exclusively in economic success. There are no other ways of distinguishing oneself. Ambition finds as its only means of satisfaction enrichment; on the other hand, this means is open to all and understood by all.

There is no granting of patents of nobility, there are no titles nor honours. The political career has little prestige, above all within each State, and consequently lacks attraction. Devoting one’s life to an otium cum dignitate gives no social position; quite the contrary, it is a thing ill regarded. On the contrary, «the man who made his pile» («the man who makes his fortune») enjoys respect, prestige, as nowhere else. Everyone bows before him as no one in Europe bows before the representatives of the most ancient nobility. The rich man is the centre of public interest: curiosity and general attention pursue him; his name is constantly found in the Society News; the minutiae of his life are investigated. There exists a whole literature about the rich, and these very ones too often believe that it is their duty to tell their life, to describe their ascent from nothing before the stupefied multitude. Around these figures a whole myth is formed, and «a day will come when it will be as difficult to know the pure truth about Ford as it is to know it about Cromwell, Napoleon or Washington»[17].

These words interest me for two reasons. In the first place, they contain a good description of what I call social power. In the second place, they serve us as a term of comparison to calculate the quantity of the latter that goes in Spain, annexed to money.

El Sol, 20 November 1927

Non mi si dica che queste avvertenze emanano da un preconcetto pessimismo. Tutto il contrario. La pulita descrizione di questo enorme difetto mostra, al tempo stesso, che non c’è in esso alcun fattore irrimediabile, fatale; anzi, agisce in maniera automatica nella sua correzione, svegliando nel lettore la tendenza a sanarlo.

Il fatto è che finora abbiamo trovato soltanto un mestiere favorito in Spagna con potere sociale: il politico. Se cerchiamo di più, temo che troveremo soltanto un’altra forza che alla sua propria efficienza aggiunge quella che sorge spontaneamente dalla società: il denaro.

Il potere sociale del denaro non è peculiare del nostro popolo, ma un fatto capitale dell’epoca vigente. Non si dica che di tutte le epoche, perché è falso. Nel Medioevo, come ora, il denaro lo aveva il giudeo. Come ora, anche allora bisognava fare i conti con questo, e, tuttavia, non aveva nessun potere sociale. Meno ancora: il giudeo restava in una posizione negativa, infrasociale. Oggi il denaro si è impadronito del mondo, e dentro il mondo, della Spagna. Nondimeno, bisogna riconoscere una leggera sfumatura a nostro favore. Lo spagnolo dedica meno entusiasmo all’oro di altre razze. Chi conosca i segreti dell’anima spagnola dubiterà sempre e a limine dell’interpretazione che si diede in Europa alle imprese dei nostri conquistatori. Sassoni e francesi intitolarono quella formidabile e pazza impresa «La sete d’oro». Io sospetto che la verità sia piuttosto inversa. Perché l’europeo di allora —inizio dell’era capitalistica— sentiva una favolosa sete d’oro, secondo poi si è dimostrato, non poteva immaginare che quegli spagnoli compissero le loro imprese per altri motivi. E il caso è che già allora le barre d’oro arrivavano nei galeoni a Siviglia, dove erano caricate sui dorsi di alcuni muli, che prendevano diritto il cammino di Francia.

Con essere grande il potere sociale del denaro, negli ambiti peninsulari è incomparabilmente minore che in altri paesi; per esempio, che nel Nordamerica.

Leggo in un libro recente: «In nessuna parte come nel Nordamerica si parla tanto e così spudoratamente di denaro. Nella strada, nella riunione, nel club, gira sempre la conversazione sulla ricchezza. Ciascuno manifesta, senza alcun pudore, quanti dollari ha “fatto” nell’anno, nel mese. Succes significa sempre trionfo economico. La domanda “come va lei?” è riferita sempre alla situazione economica del momento. Il tale “vale” mezzo milione di dollari; il talaltro, soltanto centomila. Tutto si esprime in moneta; nei giornali pullulano i dollari; un nuovo edificio è una costruzione di un milione; un incendio è un incendio di un milione; una pioggia forte è una pioggia di un milione di dollari, e un quadro è un Tiziano di centomila dollari».

Il ricco spicca sulla massa, è il suo ideale e modello. La scala di valori sociali radica esclusivamente nel successo economico. Non esistono altre maniere di distinguersi. L’ambizione trova come unico mezzo di soddisfarsi l’arricchimento; in compenso, questo mezzo è aperto a tutti ed è da tutti inteso.

Non c’è concessione di patenti di nobiltà, non ci sono titoli né onori. La carriera politica ha poco prestigio, soprattutto dentro ciascuno Stato, e conseguentemente manca di attrazione. Dedicare la vita a un otium cum dignitate non dà posizione sociale; anzi al contrario, è cosa mal vista. Invece, «the man who made his pile» («l’uomo che fa il suo agosto») gode di rispetto, di prestigio, come in nessun’altra parte. Tutto il mondo si inchina davanti a lui come nessuno in Europa si inchina davanti ai rappresentanti della più antica nobiltà. Il ricco è il centro dell’interesse pubblico: lo perseguitano la curiosità e l’attenzione generale; il suo nome si trova costantemente nelle Society News; si indagano le minuzie della sua vita. Esiste tutta una letteratura sui ricchi, e questi stessi credono troppo spesso che sia loro dovere raccontare la loro vita, descrivere la loro ascensione dal nulla dinanzi alla moltitudine stupefatta. Attorno a queste figure si forma tutto un mito, e «giungerà un giorno in cui sarà così difficile sapere la verità pura su Ford come lo è saperla su Cromwell, Napoleone o Washington»[17].

Mi interessano queste parole per due ragioni. In primo luogo, contengono una buona descrizione di ciò che chiamo potere sociale. In secondo luogo, ci servono come termine di comparazione per calcolare la quantità di questo che va in Spagna, annessa al denaro.

El Sol, 20 novembre 1927