Ortega y Gasset
Abstract
A piece of theatre criticism on Maeterlinck: to hear him one must prepare as for St Teresa or Novalis. Ortega inventories premonitions, telepathy and the life beneath consciousness to show that “mystery” walks with us like a mute companion.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Si se ha de ir a escuchar y a ver un drama de Maeterlinck con el mismo estado de alma que llevamos de ordinario al teatro, más vale quedarse en casa: las palabras de esos personajes pasarían escurriendo sobre nosotros, marmorizados, endurecidos por los choques groseros de la vida. Es preciso prepararse para oír Joycelle, Aglavaine et Selysette y La intrusa, recoger el espíritu disperso y debilitado, colocarse más allá de la vida momentánea: acaso cierto refinado gustador de las bellezas leería antes algunos capítulos de Santa Teresa, Novalis, Taulero o Ruysbrocho, algunas de esas páginas que hacen vibrar el cerebro y nos recluyen dentro de nosotros mismos.
Vamos a visitar un mundo desconocido, del cual, en ocasiones, hemos logrado atisbos; en los momentos de angustia o de alegría ingente, cuando los nervios aguzan su sensibilidad y percibiríamos el ruido de una hoja que cae de un árbol a gran distancia de nosotros.
La ciencia moderna habla de telepatía, de sugestión, de flúido simpático, de fakirismo, de fenómenos histéricos… Todos esos son nombres desgarbados de fuerzas y de acciones extrañas que, a lo mejor, se muestran en la vida rodeadas de la incomprensibilidad del milagro. Hay quien las llama algunas veces «corazonadas». Vamos por la calle y súbitamente se encarama entre nuestros pensamientos el recuerdo de alguien a quien no hemos visto hace mucho y cuya existencia no nos preocupó jamás. ¿Por qué ese salto inmotivado de un recuerdo? Seguimos andando y a los pocos pasos nos detenemos: ese «alguien» ha aparecido frente a nosotros, al volver una esquina. ¿Quién no se ha dicho en alguna ocasión: «Hoy me va a ocurrir algo triste? ¿Qué? No sé qué ni de dónde vendrá, pero algo triste me amenaza».
A veces nos hallamos inquietos, con exceso de clarividencia y una agudeza de la fantasía que es como pesadilla a ojos abiertos de formas absolutamente inconcretas; sentimos excitaciones que responden a choques de nuestra alma con los «cuerpos» de las ideas más vagas, de manera muy semejante a las excitaciones físicas: hay en nuestro espíritu turbación inmotivada, ansiedad, que es como la espera de «algo» grande que va a llegar, que ya llega, que se acerca trepidando… «Algo, algo»: es la única palabra para decir esta cosa ignota e indeterminada que flota sobre nosotros, porque es la única palabra que afirma existencia, sin marcar límites, sin poner un nombre.
Mil cosas pasan en nuestro derredor que no acertamos a explicar: nos envuelve lo desconocido. Podrá la agitación y el ruido de la vida cotidiana acallar esas voces indistintas que nos llegan no se sabe de dónde, porque en esa existencia atropellada y resonante hasta nos olvidamos de nosotros mismos y no oímos nuestras más íntimas ideaciones; pero en cuanto nos quedemos solos se erguirá a nuestro lado el «misterio», como un compañero sombrío, mudo, que ignoramos de dónde viene y hace camino con nosotros. Aunque cultivemos el escepticismo más perfecto, aunque empapemos los sentidos en todos los placeres, aunque cerremos a fuerza de razonamiento las ventanas de nuestro interior, el «misterio» nos acosará, nos atormentará, murmurará en derredor como un enjambre de abejas invisibles, y en el paroxismo del sufrimiento o del goce notaremos una llamada, una sugestión que nos da una noticia, que nos recuerda, que nos previene que va a pasar algo.
¿Quién podrá negar la existencia de ese misterio que va dentro de nosotros, a nuestro lado? Mérimée, tal vez el hombre más frío, más pausado, menos propenso por su alma rígida y su materialismo a admitir este más allá de la conciencia, si bien sonriendo, pregunta: «¿Qué demonio de lengua se habla en sueños cuando se habla una lengua que no entiende uno?». Existen provincias de misterio en nuestra alma y en nuestro derredor, que apenas advertimos, semejantes a tapices maravillosos de los que sólo podemos ver el revés de grotesca hilaza.
Y es que existe una vida que está bajo la conciencia: en ese oscuro recinto inexplorable alientan instintos que no conocemos; allí llegan sensaciones de que no nos damos cuenta: en él se realiza todo género de operaciones fisiológicas y psíquicas de las que únicamente percibimos los resultados. Tratamos de hallar la solución de un problema y vanamente torturamos el entendimiento: desesperanzados abandonamos el trabajo y divertimos la imaginación. Cuando menos podríamos suponerlo, la luz se hace y el problema se halla resuelto. ¿Puede tener otra explicación esto, que admitir la existencia de una labor análoga a la intelectual, a la consciente, verificándose callada, bajo la conciencia?
Ésta es la teoría de Maeterlinck. «Cuando tenemos algo que decirnos realmente importante, nos hallamos obligados a callarnos». La palabra sólo puede expresar cosas limitadas, conocidas, es decir, muy poco interesantes. Nuestros más hondos sentimientos y deseos, nuestras más admirables concepciones al ser dichas con vocablos pierden toda su sinceridad, su fuerza y su verdad. ¡Por qué otro camino Maeterlinck confirma la frase maligna de Harel! «La palabra ha sido dada al hombre para ocultar sus pensamientos».
En los dramas de Maeterlinck —excepción hecha de Monna Vanna, que no pertenece a la manera genuina del autor belga— los personajes salmodian frases cadenciosas, tenues y sencillas hasta parecer infantiles: lo que estas frases dicen no tiene importancia: son esbozos de ideas, razonamientos vagos expresados en forma primitiva. Las visiones magníficas están al margen. Cada palabra es una sugestión, cada diálogo es una llave de oro que abre el jardín de los sueños, el reino del misterio ante nuestros ojos medrosos.
«Hablemos —dice Aglavina— como seres humanos, como pobres seres humanos que hablan como pueden, con sus manos, con sus ojos, con sus almas, cuando quieren decir cosas más reales que las que las palabras pueden alcanzar…» Esas cosas que están más allá de la palabra y acaso más allá del pensamiento, esos vagos instintos inexpresables, esas suposiciones imprecisas de que está acaeciendo en derredor nuestro algo que no conocemos, que en vano intentaríamos conocer, esas esperas de advenimientos misteriosos, todas esas fuerzas, en fin, que echan sus sombras por encima de nuestras vidas, permaneciendo ellas ocultas, son la materia de los dramas de Maeterlinck. El amor, el dolor, el misterio, la muerte, el porvenir, la fatalidad, mueven directamente sus figuras, y a veces, como en «La intrusa», cruzan la escena, oprimen una puerta y van dejando a su paso mudos los seres. Poco tienen que hacer aquí el oído y las pupilas; para adormecerlos, este teatro les ofrece formas armoniosas y blandas, charlas de ritmo soñoliento. Esta vida, que no se realiza en el tiempo ni en el espacio, no es percibida por los sentidos: las entrañas, los músculos y sobre todo los nervios, son quienes la entienden y reciben. Por eso puede hablarse de los dramas de Maeterlinck como de obras musicales. El portador estético de la impresión ha sido, como en la música, reducido a la menor cantidad de materia. «Delante de la música estoy como un desollado vivo» —exclamaba Maupassant. Malena, Aglavina, Selyseta, Meleandro, Isalina, Tuitágiles… Éstos son los nombres de los personajes: nombres sonoros, aéreos, sin patria ni edad, que, a lo sumo, traen una débil recordación de héroes caballerescos del ciclo carolingio o del rey Artús. Bajo esos nombres hablan, gimen y se besan, hombres, mujeres y niños de almas primitivas, criaturas simplificadas que tienen el espíritu a flor de piel y vibran al ser rozados por las alas milagrosas del placer, del dolor, de la fatalidad. Para darnos a conocer a Aglavina, nos dice sólo Meleandro que es «uno de esos seres que saben reunir las almas en su origen y cuando se habla con ella no siente uno nada entre sí y lo que es la verdad». Si dos de estas criaturas hablan, fuerzas invisibles saturan sus palabras ingenuas de profecías, de amenazas, de oráculos. Maeterlinck, intentando la expresión de esas fuerzas primarias, latentes en la materia, ha tenido que ir a buscar su procedimiento artístico en la poesía más antigua, en los eddas tremendos de los sajones y, principalmente, en el teatro indio, en esa raza abuela, cuya «vieja alma se ha aproximado a la superficie de la vida mejor que ninguna otra».
Si tuviera espacio trataría de mostrar cuánto hay de español en este misticismo de Maeterlinck. El escritor belga es nieto de los ardientes españoles que compusieron Las moradas, La cuna y la sepultura y Tratados de amor divino. Al entrar en los Países Bajos dejamos caer sobre las amplias carnes blancas de los flamencos la melancolía de nuestro misticismo, que es el poso íntimo del alma española. Cuando en la lucha por la vida era éste una fuerza, fuimos los primeros; cuando fue inútil, nos paramos; cuando ha sido perjudicial, nos hemos dormido, sin lograr arrancarlo de nosotros.
If one must go to listen and see a drama by Maeterlinck with the same state of soul that we ordinarily carry to the theatre, it is better to stay at home: the words of those characters would slide over us, marmorealized, hardened by the coarse shocks of life. It is necessary to prepare oneself to hear Joycelle, Aglavaine et Selysette and La intrusa, to gather the scattered and weakened spirit, to place oneself beyond the momentary life: perhaps a certain refined taster of beauties would read first some chapters of Saint Teresa, Novalis, Tauler or Ruysbroeck, some of those pages that make the brain vibrate and shut us up within ourselves.
We are going to visit an unknown world, of which, on occasions, we have managed to catch glimpses; in the moments of anguish or of immense joy, when the nerves sharpen their sensibility and we would perceive the noise of a leaf that falls from a tree at a great distance from us.
Modern science speaks of telepathy, of suggestion, of sympathetic fluid, of fakirism, of hysteric phenomena… All those are clumsy names of strange forces and actions that, perhaps, show themselves in life surrounded by the incomprehensibility of the miracle. There are those who call them some times «presentiments». We go down the street and suddenly there clambers among our thoughts the recollection of someone we have not seen for a long time and whose existence never concerned us. Why that unmotivated leap of a recollection? We keep walking and after a few steps we stop: that «someone» has appeared before us, upon turning a corner. Who has not said to himself on some occasion: «Today something sad is going to happen to me? What? I do not know what nor whence it will come, but something sad threatens me».
At times we find ourselves uneasy, with an excess of clairvoyance and a keenness of the fantasy that is like a nightmare with open eyes of absolutely unconcrete forms; we feel excitations that answer to shocks of our soul with the «bodies» of the vaguest ideas, in a manner very similar to the physical excitations: there is in our spirit unmotivated disturbance, anxiety, which is like the waiting of «something» great that is going to arrive, that already arrives, that approaches trembling… «Something, something»: it is the only word to say this unknown and indeterminate thing that floats over us, because it is the only word that affirms existence, without marking limits, without putting a name.
A thousand things pass around us that we do not manage to explain: the unknown envelops us. The agitation and the noise of daily life may hush those indistinct voices that reach us one knows not whence, because in that headlong and resounding existence we even forget ourselves and do not hear our most intimate ideations; but as soon as we are left alone, the «mystery» will rise at our side, like a sombre, mute companion, that we know not whence it comes and makes way with us. Although we cultivate the most perfect scepticism, although we soak the senses in all pleasures, although we close by dint of reasoning the windows of our interior, the «mystery» will harass us, will torment us, will murmur around like a swarm of invisible bees, and in the paroxysm of suffering or of enjoyment we shall notice a call, a suggestion that gives us a piece of news, that reminds us, that warns us that something is going to happen.
Who will be able to deny the existence of that mystery that goes within us, at our side? Mérimée, perhaps the coldest, most sedate man, least prone by his rigid soul and his materialism to admit this beyond of consciousness, although smiling, asks: «What devil of a tongue is spoken in dreams when one speaks a language that one does not understand?». There exist provinces of mystery in our soul and around us, that we barely notice, similar to marvellous tapestries of which we can only see the reverse of grotesque thread.
And it is that there exists a life that is beneath consciousness: in that dark inexplorable enclosure instincts we do not know breathe; there arrive sensations of which we are not aware: in it is realized every kind of physiological and psychic operations of which we perceive only the results. We try to find the solution of a problem and vainly torture the understanding: in despair we abandon the work and divert the imagination. When we could least suppose it, the light is made and the problem is found solved. Can this have another explanation, than admitting the existence of a labour analogous to the intellectual, to the conscious one, taking place silently, beneath consciousness?
This is the theory of Maeterlinck. «When we have something truly important to say to ourselves, we find ourselves obliged to be silent». The word can only express limited, known things, that is to say, very little interesting things. Our deepest feelings and desires, our most admirable conceptions, when said with words, lose all their sincerity, their force and their truth. By what other path does Maeterlinck confirm the malignant phrase of Harel! «The word has been given to man to hide his thoughts».
In the dramas of Maeterlinck —with the exception of Monna Vanna, which does not belong to the genuine manner of the Belgian author— the characters chant in recitative cadenced phrases, tenuous and simple until seeming infantile: what these phrases say has no importance: they are sketches of ideas, vague reasonings expressed in primitive form. The magnificent visions are at the margin. Every word is a suggestion, every dialogue is a golden key that opens the garden of dreams, the kingdom of mystery before our fearful eyes.
«Let us speak —says Aglavina— like human beings, like poor human beings who speak as they can, with their hands, with their eyes, with their souls, when they want to say things more real than those that words can reach…» Those things that are beyond the word and perhaps beyond thought, those vague inexpressible instincts, those imprecise suppositions that something we do not know, that in vain we would try to know, is happening around us, those waitings of mysterious advents, all those forces, in short, that cast their shadows over our lives, remaining themselves hidden, are the matter of the dramas of Maeterlinck. Love, grief, mystery, death, the future, fatality, move directly his figures, and sometimes, as in «La intrusa», they cross the scene, press a door and go leaving in their passing the beings mute. The ear and the pupils have little to do here; to lull them to sleep, this theatre offers them harmonious and bland forms, conversations of sleepy rhythm. This life, which is not realized in time nor in space, is not perceived by the senses: the entrails, the muscles and above all the nerves, are those who understand and receive it. That is why one can speak of the dramas of Maeterlinck as of musical works. The aesthetic bearer of the impression has been, as in music, reduced to the least quantity of matter. «Before music I am like a living flayed one» —exclaimed Maupassant. Malena, Aglavina, Selyseta, Meleandro, Isalina, Tuitágiles… These are the names of the characters: sonorous names, aerial, without country or age, that, at the most, bring a weak recollection of chivalric heroes of the Carolingian cycle or of King Arthur. Beneath those names speak, groan and kiss, men, women and children of primitive souls, simplified creatures that have the spirit at the surface of the skin and vibrate at being brushed by the miraculous wings of pleasure, of grief, of fatality. To make us know Aglavina, Meleandro only tells us that she is «one of those beings who know how to gather the souls in their origin and when one speaks with her one feels nothing between oneself and what the truth is». If two of these creatures speak, invisible forces saturate their ingenuous words with prophecies, with threats, with oracles. Maeterlinck, attempting the expression of those primary forces, latent in matter, has had to go look for his artistic procedure in the most ancient poetry, in the tremendous Eddas of the Saxons and, principally, in the Indian theatre, in that grandmother race, whose «old soul has approached the surface of life better than any other».
If I had space I would try to show how much there is of Spanish in this mysticism of Maeterlinck. The Belgian writer is a grandson of the ardent Spaniards who composed Las moradas, La cuna y la sepultura and Tratados de amor divino. Upon entering the Low Countries we let fall over the ample white flesh of the Flemings the melancholy of our mysticism, which is the intimate sediment of the Spanish soul. When in the struggle for life this was a force, we were the first; when it was useless, we stopped; when it has been harmful, we have fallen asleep, without managing to tear it from ourselves.
Se si deve andare ad ascoltare e vedere un dramma di Maeterlinck con lo stesso stato d’animo che portiamo di solito a teatro, è meglio restarsene a casa: le parole di quei personaggi scorrerebbero su di noi, marmorizzati, induriti dagli urti grossolani della vita. Bisogna prepararsi per udire Joycelle, Aglavaine et Selysette e La intrusa, raccogliere lo spirito disperso e indebolito, collocarsi al di là della vita momentanea: forse un certo raffinato gustatore delle bellezze leggerebbe prima alcuni capitoli di Santa Teresa, Novalis, Taulero o Ruysbrocho, alcune di quelle pagine che fanno vibrare il cervello e ci recluono dentro noi stessi.
Andiamo a visitare un mondo sconosciuto, del quale, a volte, siamo riusciti a intravedere qualcosa; nei momenti di angoscia o di gioia ingente, quando i nervi aguzzano la loro sensibilità e percepiremmo il rumore di una foglia che cade da un albero a grande distanza da noi.
La scienza moderna parla di telepatia, di suggestione, di fluido simpatico, di fakirismo, di fenomeni isterici… Tutti questi sono nomi sgraziati di forze e di azioni strane che, magari, si mostrano nella vita circondate dall’incomprensibilità del miracolo. C’è chi le chiama alcune volte «presentimenti». Andiamo per la strada e improvvisamente si arrampica tra i nostri pensieri il ricordo di qualcuno che non vediamo da molto tempo e la cui esistenza non ci ha mai preoccupato. Perché quel salto immotivato di un ricordo? Continuiamo a camminare e dopo pochi passi ci fermiamo: quel «qualcuno» è apparso davanti a noi, voltando un angolo. Chi non si è detto in qualche occasione: «Oggi mi accadrà qualcosa di triste? Che cosa? Non so che né da dove verrà, ma qualcosa di triste mi minaccia».
A volte ci troviamo inquieti, con eccesso di chiaroveggenza e un’acutezza della fantasia che è come incubo a occhi aperti di forme assolutamente inconcrete; sentiamo eccitazioni che rispondono a urti della nostra anima con i «corpi» delle idee più vaghe, in maniera molto simile alle eccitazioni fisiche: c’è nel nostro spirito turbamento immotivato, ansia, che è come l’attesa di «qualcosa» di grande che sta per arrivare, che già arriva, che si avvicina trepidando… «Qualcosa, qualcosa»: è l’unica parola per dire questa cosa ignota e indeterminata che fluttua sopra di noi, perché è l’unica parola che afferma esistenza, senza segnare limiti, senza mettere un nome.
Mille cose passano nel nostro intorno che non riusciamo a spiegare: ci avvolge lo sconosciuto. Potrà l’agitazione e il rumore della vita quotidiana tacere quelle voci indistinte che ci giungono non si sa da dove, perché in quell’esistenza precipitosa e risonante ci dimentichiamo persino di noi stessi e non udiamo le nostre più intime ideazioni; ma appena restiamo soli si ergerà al nostro fianco il «mistero», come un compagno tetro, muto, che ignoriamo da dove venga e fa cammino con noi. Sebbene coltiviamo lo scetticismo più perfetto, sebbene inzuppiamo i sensi in tutti i piaceri, sebbene chiudiamo a forza di ragionamento le finestre del nostro interno, il «mistero» ci assedierà, ci tormenterà, mormorerà in giro come uno sciame di api invisibili, e nel parossismo della sofferenza o del godimento noteremo una chiamata, una suggestione che ci dà una notizia, che ci ricorda, che ci previene che sta per passare qualcosa.
Chi potrà negare l’esistenza di quel mistero che va dentro di noi, al nostro fianco? Mérimée, forse l’uomo più freddo, più posato, meno propenso per la sua anima rigida e il suo materialismo ad ammettere questo al di là della coscienza, sebbene sorridendo, domanda: «Che diavolo di lingua si parla in sogno quando si parla una lingua che non si capisce?». Esistono province di mistero nella nostra anima e nel nostro intorno, che appena avvertiamo, simili a meravigliosi arazzi dei quali possiamo vedere soltanto il rovescio di grottesca trama.
Ed è che esiste una vita che sta sotto la coscienza: in quel buio recinto inesplorabile alitano istinti che non conosciamo; lì giungono sensazioni di cui non ci rendiamo conto: in esso si realizza ogni genere di operazioni fisiologiche e psichiche delle quali percepiamo unicamente i risultati. Cerchiamo di trovare la soluzione di un problema e vanamente torturiamo l’intelletto: disperando, abbandoniamo il lavoro e distraiamo l’immaginazione. Quando meno potremmo supporlo, la luce si fa e il problema si trova risolto. Può avere altra spiegazione questo, che ammettere l’esistenza di una laboriosità analoga all’intellettuale, alla conscia, che si verifica in silenzio, sotto la coscienza?
Questa è la teoria di Maeterlinck. «Quando abbiamo qualcosa di veramente importante da dirci, ci troviamo obbligati a tacere». La parola può esprimere soltanto cose limitate, conosciute, cioè molto poco interessanti. I nostri più profondi sentimenti e desideri, le nostre più ammirevoli concezioni, dette con vocaboli, perdono tutta la loro sincerità, la loro forza e la loro verità. Per quale altro cammino Maeterlinck conferma la frase maligna di Harel! «La parola è stata data all’uomo per nascondere i suoi pensieri».
Nei drammi di Maeterlinck —fatta eccezione di Monna Vanna, che non appartiene alla maniera genuina dell’autore belga— i personaggi salmodiano frasi cadenzate, tenui e semplici fino a sembrare infantili: ciò che queste frasi dicono non ha importanza: sono abbozzi di idee, ragionamenti vaghi espressi in forma primitiva. Le visioni magnifiche sono al margine. Ogni parola è una suggestione, ogni dialogo è una chiave d’oro che apre il giardino dei sogni, il regno del mistero davanti ai nostri occhi timorosi.
«Parliamo —dice Aglavina— come esseri umani, come poveri esseri umani che parlano come possono, con le loro mani, con i loro occhi, con le loro anime, quando vogliono dire cose più reali di quelle che le parole possono raggiungere…» Quelle cose che stanno al di là della parola e forse al di là del pensiero, quei vaghi istinti inesprimibili, quelle supposizioni imprecise che sta accadendo nel nostro intorno qualcosa che non conosciamo, che invano tenteremmo di conoscere, quelle attese di avvenimenti misteriosi, tutte quelle forze, insomma, che gettano le loro ombre sopra le nostre vite, restando esse occulte, sono la materia dei drammi di Maeterlinck. L’amore, il dolore, il mistero, la morte, l’avvenire, la fatalità, muovono direttamente le sue figure, e a volte, come ne «La intrusa», attraversano la scena, premono una porta e vanno lasciando al loro passaggio muti gli esseri. Poco hanno da fare qui l’orecchio e le pupille; per addormentarli, questo teatro offre loro forme armoniose e blande, chiacchiere di ritmo sonnolento. Questa vita, che non si realizza nel tempo né nello spazio, non è percepita dai sensi: le viscere, i muscoli e soprattutto i nervi, sono coloro che la intendono e la ricevono. Per questo si può parlare dei drammi di Maeterlinck come di opere musicali. Il portatore estetico dell’impressione è stato, come nella musica, ridotto alla minore quantità di materia. «Davanti alla musica sono come uno scorticato vivo» —esclamava Maupassant. Malena, Aglavina, Selyseta, Meleandro, Isalina, Tuitágiles… Questi sono i nomi dei personaggi: nomi sonori, aerei, senza patria né età, che, al massimo, portano una debole ricordanza di eroi cavallereschi del ciclo carolingio o di re Artù. Sotto questi nomi parlano, gemono e si baciano, uomini, donne e bambini di anime primitive, creature semplificate che hanno lo spirito a fior di pelle e vibrano all’essere sfiorate dalle ali miracolose del piacere, del dolore, della fatalità. Per farci conoscere Aglavina, ci dice soltanto Meleandro che è «uno di quegli esseri che sanno riunire le anime nella loro origine e quando si parla con lei non si sente niente tra sé e ciò che è la verità». Se due di queste creature parlano, forze invisibili saturano le loro parole ingenue di profezie, di minacce, di oracoli. Maeterlinck, tentando l’espressione di quelle forze primarie, latenti nella materia, ha dovuto andare a cercare il suo procedimento artistico nella poesia più antica, negli edda tremendi dei sassoni e, principalmente, nel teatro indiano, in quella razza ava, la cui «vecchia anima si è avvicinata alla superficie della vita meglio di nessun’altra».
Se avessi spazio cercherei di mostrare quanto c’è di spagnolo in questo misticismo di Maeterlinck. Lo scrittore belga è nipote degli ardenti spagnoli che composero Las moradas, La cuna y la sepultura e Tratados de amor divino. Entrando nei Paesi Bassi lasciammo cadere sulle ampie carni bianche dei fiamminghi la malinconia del nostro misticismo, che è il fondo intimo dell’anima spagnola. Quando nella lotta per la vita questo era una forza, fummo i primi; quando fu inutile, ci fermammo; quando è stato dannoso, ci siamo addormentati, senza riuscire a strapparcelo di dosso.
Los místicos han estado durante todos los tiempos de pie en la frontera de lo desconocido: han sido los vigías de la humanidad que, izados en el ensueño o en el éxtasis, dan las voces de alerta al divisar las brumas rosadas que anuncian costa. Los sabios, con toda su impedimenta y sus andares de camellos cansados, llegan a las tierras prometidas siglos más tarde que los videntes. Y esto es una amarga burla del hado, porque sabio podrá serlo quien quiera, y vidente sólo el que lo sea desde la eternidad. Todas esas campiñas florecidas bajo nuestra conciencia que hoy, con maravilla nuestra, columbramos vagamente, las ha visto de seguro desde su asiento de clavos un buen mahatma indio que vivió hace diez siglos o una virgen asceta que hace seis centurias hallara en una región más alta, más noble y más limpia, todos los placeres de la carne intensificados; los místicos creen que fuerzas supremas juegan con nosotros y nos mueven. ¿Quién podrá sinceramente negar la existencia de estos poderes fatales? «Nuestra ilusión del libre albedrío —según Spinoza— no es más que nuestra ignorancia de las causas que nos hacen obrar».
Esto debió pensarlo Spinoza, ese hombre tan bueno y tranquilo, cierto día en que sintiendo como si los vidrios que estaba puliendo huyeran de sus manos, alzó los ojos involuntariamente y vio cruzar el patio de la casa a Clara María, aquella muchacha fea, angelical, amor de sus días.
Algunas de estas consideraciones podrían dar a nuestras almas el tono de las creaciones de Maeterlinck. Con esta preparación se gustarán sus bellísimos diálogos, abiertos como claraboyas sobre lo desconocido. Pero una vez satisfecha esa curiosidad estética, conviene olvidarse de todos esos misterios, de todas esas vaguedades, sugestiones y formas imprecisas, conviene guardarse, en fin, de lo que un pobre loco de Sils-Maria llamaba «alucinaciones de Tras-Mundo».
El Imparcial, 14 de marzo de 1904
The mystics have been in all times standing on the frontier of the unknown: they have been the sentinels of humanity who, hoisted up in the dream or in the ecstasy, give the voices of alarm upon discerning the rosy mists that announce coast. The sages, with all their impedimenta and their gait of tired camels, arrive at the promised lands centuries later than the seers. And this is a bitter mockery of fate, because sage can be whoever wants, and seer only he who is so from eternity. All those countryside flowering beneath our consciousness that today, to our wonder, we vaguely glimpse, has surely seen them from his seat of nails a good Indian mahatma who lived ten centuries ago or an ascetic virgin who six centuries ago found in a higher, nobler and cleaner region, all the pleasures of the flesh intensified; the mystics believe that supreme forces play with us and move us. Who will sincerely be able to deny the existence of these fatal powers? «Our illusion of free will —according to Spinoza— is nothing more than our ignorance of the causes that make us act».
Spinoza, that man so good and tranquil, must have thought this on a certain day in which, feeling as if the glasses he was polishing fled from his hands, he raised his eyes involuntarily and saw crossing the courtyard of the house Clara María, that ugly, angelical girl, love of his days.
Some of these considerations could give to our souls the tone of the creations of Maeterlinck. With this preparation one will savour his most beautiful dialogues, opened like skylights upon the unknown. But once that aesthetic curiosity is satisfied, it is fitting to forget all those mysteries, all those vaguenesses, suggestions and imprecise forms, it is fitting to beware, in short, of what a poor madman of Sils-Maria called «hallucinations of the Beyond-World».
El Imparcial, 14 March 1904
I mistici sono stati in tutti i tempi in piedi sulla frontiera dello sconosciuto: sono stati le vedette dell’umanità che, issati nel sogno o nell’estasi, danno le voci d’allarme al divisare le brume rosate che annunciano costa. I sapienti, con tutto il loro bagaglio e i loro andari di cammelli stanchi, arrivano alle terre promesse secoli più tardi dei veggenti. E questo è un’amara beffa del fato, perché sapiente potrà esserlo chi voglia, e veggente soltanto chi lo sia dall’eternità. Tutte quelle campagne fiorite sotto la nostra coscienza che oggi, con nostra meraviglia, intravediamo vagamente, le ha viste di sicuro dal suo seggio di chiodi un buon mahatma indiano che visse dieci secoli fa o una vergine asceta che sei centurie or sono trovava in una regione più alta, più nobile e più pulita, tutti i piaceri della carne intensificati; i mistici credono che forze supreme giochino con noi e ci muovano. Chi potrà sinceramente negare l’esistenza di questi poteri fatali? «La nostra illusione del libero arbitrio —secondo Spinoza— non è altro che la nostra ignoranza delle cause che ci fanno agire».
Questo dovette pensarlo Spinoza, quell’uomo tanto buono e tranquillo, un certo giorno in cui, sentendo come se i vetri che stava pulendo fuggissero dalle sue mani, alzò gli occhi involontariamente e vide attraversare il cortile della casa Clara María, quella ragazza brutta, angelica, amore dei suoi giorni.
Alcune di queste considerazioni potrebbero dare alle nostre anime il tono delle creazioni di Maeterlinck. Con questa preparazione si gusteranno i suoi bellissimi dialoghi, aperti come lucernari sullo sconosciuto. Ma una volta soddisfatta quella curiosità estetica, conviene dimenticarsi di tutti quei misteri, di tutte quelle vaghezze, suggestioni e forme imprecise, conviene guardarsi, insomma, da ciò che un povero pazzo di Sils-Maria chiamava «allucinazioni di Oltre-Mondo».
El Imparcial, 14 marzo 1904