Abstract
An editorial withdrawing the paper’s support from the Juntas de Defensa: the quality of the facts has changed, and the people’s right to grant credits is a sacred point. A direct continuation of the article on the Juntas’ past; political journalism.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Con la fuerza moral que esta conducta, favorable a las Juntas, nos da, necesitamos declarar hoy que, a nuestro juicio, la calidad de los hechos ha cambiado. Resueltos a extremar el afán de concordia, aún creemos que pueda obedecer la incomprensible actitud adoptada estos días por el Ejército a una desviación transitoria de aquella política más seria iniciada en junio, desviación nacida acaso de malas inteligencias que alguien pueda haberse complacido en fomentar.
Pero no es dudoso que las exigencias de tiempo y de modo en lo referente a las reformas militares, no pueden compaginarse con la austeridad y el desinterés que hasta ahora inspiraron los manifiestos y los actos de las Juntas. No aseguramos nosotros que esa urgencia en las reformas obedezca a intereses de clase, pero con haber dado a la opinión popular pretexto para pensarlo, se ha cometido ya un error decisivo. «Es preciso —decíamos el 19 de diciembre— que el Ejército busque el restaurar su unidad con el pueblo e impida todo equívoco en sus movimientos. Las Juntas de defensa deben recordar, en cada instante, que viven, no del fulgor de las espadas, sino de la tácita adhesión que en una hora estival les prestó la sociedad entera —el pueblo, nuestro pueblo. Cuando esa adhesión les faltara, se consumirían automáticamente por asfixia moral».
Estas palabras, escritas cuando se escribieron, revelan por nuestra parte la solícita y severa previsión que marca las fronteras entre la amistad del leal y la adulación del atropellado o del astuto. Lamentamos sobremanera que no se las tomara en consideración.
Los que hayan inducido al Ejército a dar los pasos recientes tienen sobre su conciencia el delito de haberle enajenado la unanimidad nacional.
Porque no es propio de gente reflexiva defender la manera con que se quieren poner en vigor las reformas. No discutamos su urgencia; aceptemos que sea superlativa. Nadie podrá, no obstante, negarnos que es más urgente mantener la cordialidad entre la milicia y la nación.
Es inadmisible que pueda nadie creer en la eficacia de la defensa nacional, si ésta no se lleva a cabo con la efusiva colaboración de la gran masa española. Una sola suspicacia entre pueblo y Ejército anula el poder bélico de cien mil ametralladoras.
Y ¿no es cebar esa suspicacia venir a lo que se ha llegado? No somos ciertamente idólatras del Parlamento; más bien hemos demostrado ser lo contrario. Pero toda nuestra crítica del organismo legislativo deja intacto un punto, un punto que es sagrado, no ya para la democracia contemporánea, sino para toda sociedad normal en todos los tiempos: la concesión de créditos. Desde la Edad Media al siglo XVIII, ningún monarca ha logrado quitar al pueblo el derecho a ser él mismo, con su deliberada resolución, quien otorgase los subsidios.
De tener razón a no tenerla va un paso, y éste es el que se ha querido dar estos días. Por debajo de nuestra desorganización política, de nuestro descontento hacia las instituciones, según éstas son, late un nervio de dignidad civil elemental que no tolera ser herido.
La prueba de ello es que a nosotros, que hemos hecho de la lucha con los viejos políticos y sus malos usos condición de nuestra vida, se nos ha puesto ahora en el duro trance de parecer defenderlos.
No se prosiga, pues, esta obra de engaño al Ejército que se está perpetrando. Comprenda éste que si sus programas de recurrir a la soberanía nacional, solemnemente expresados, no se cumplen, pensará el pueblo que los renovadores de junio reinciden en el mismo pecado que le ha hecho enemigo de los nefastos: el pecado de no cumplir las intenciones declaradas.