Ortega y Gasset
Abstract
A review of Bertrand Russell’s book on China, framed within the confrontation of East and West. Ortega finds the book insufficient because it settles on page one that war is the evil of evils and peace the supreme good.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Tal vez, andando el tiempo, se diga con verdad que la realidad histórica más profunda de nuestros días, en parangón con la cual todo el resto es sólo anécdota, consiste en la iniciación de un gigantesco enfrontamiento entre Occidente y Oriente. Sería la segunda vez que esto acontece. Yo estimaría mucho encontrar algún libro donde se reconstruyese la época que va del siglo I de J. C. hasta el VII, desde este punto de vista. Aunque los autores que conozco no parecen subrayarlo, cuanto he leído sobre esa edad revela con invasora evidencia que la mecánica última impulsora de aquellos siglos ha sido el terrible forcejeo entre orientalismo y occidentalismo para adueñarse del Imperio Romano, es decir, del mundo.
El mundo quedó escindido, tanto, que desde entonces la dualidad de Oriente-Occidente adquirió un sentido de disociación y diferencia que antes no tenía. En más de una ocasión estuvo a punto de triunfar sobre todo el Mediterráneo la concepción oriental, mística y teocrática de la vida y del Estado. Como en las obras de teatro, se presentó el germano a la hora que convenía; su inspiración guerrera y profana salvó a Europa del orientalismo.
La nueva lid que ahora comienza promete ser de dimensiones mucho mayores; en rigor, el primer hecho verdaderamente global, pese a las ilusiones de mundialidad que la última guerra se hizo. Pero no se crea que estas grandes contiendas entre grandes civilizaciones son sólo, ni siquiera principalmente, de tipo bélico. Llega, sin duda, en ellas la hora de las armas, pero su preámbulo es nada guerrero; al contrario: hoy por hoy, la lucha entre Oriente y Occidente tiene todo el aire de un enamoramiento. Europa, conmovida por la más honda crisis espiritual que nunca ha sufrido, acaba de descubrir sentimentalmente el Asia y atraviesa una etapa de entusiasmo. A su vez el Oriente, sobre todo el fondo más hondo de Oriente, China, descubre a Europa y cae en parejo arrobo. Los mejores occidentales del presente quisieran ser un poco chinos, y los más agudos chinos gentes de Londres, Berlín o París.
El libro de Bertrand Russell, el gran filósofo de la matemática, sobre el problema chino, es, entre otros muchos, un claro síntoma de la aludida situación. Russell cree que la cultura europea, si se exceptúa el método científico, es un puro error, y encuentra que la espiritualidad china aventaja en todo lo esencial a la nuestra. «Pienso —dice— que un chino de tipo medio, aun cuando sea miserablemente pobre, es más feliz que un inglés de tipo medio, y es más feliz porque su nación está construida sobre una concepción más humana y civilizada que la nuestra. La inquietud y la combatividad no sólo nos causan daños evidentes, sino que llenan nuestra vida de descontento, nos incapacitan para el goce de lo bello y nos tornan ineptos casi siempre para las virtudes contemplativas. En este respecto hemos empeorado rápidamente durante los últimos cien años. No niego que los chinos van demasiado lejos en la dirección opuesta; mas por esto mismo creo que un contacto entre Occidente y Oriente sería, probablemente, fructuoso para ambas partes. Ellos podrían aprender de nosotros el mínimum indispensable de eficacia práctica, y nosotros podríamos aprender de ellos un poco de esa sapiencia contemplativa que les ha permitido subsistir mientras el resto de las naciones antiguas ha perecido».
Este punto de vista rige la obra entera de Russell con una monotonía que la empobrece sobremanera. Parte de suponer dogmáticamente que la guerra es el mal de los males y la paz el sumo bien. Al encontrar que el chino es pacífico, le parece maravillosa una cultura que segrega tal mansedumbre. En cambio, la civilización europea le parece perversa porque el europeo combate con denuedo. Es muy frecuente hallar esta simplicísima actitud en ingleses de la postguerra. Y yo no digo que esa actitud sea falsa e indebida, aunque acaso preferiría otra; pero me parece que esa actitud sólo puede inspirar libros insuficientes, superficiales, donde todo lo que sería interesante discutir se da por resuelto en la primera página. La antipatía personal de Russell al hecho bélico enriquece escasamente el tesoro de ideas que el lector quisiera aumentar leyendo su libro.
Convendría penetrar más hondamente que Russell en el problema de China y dejar a un lado la predicación pacifista. De otro modo se cae en contradicciones esenciales, como la que padece esta obra. Por una parte, se proclama la inferioridad del europeo en vista de que es guerrero y capitalista. Luego resulta que el chino, aunque no es ni lo uno ni lo otro, tiene, según Russell, tres gravísimos defectos: es cobarde, cruel y avaro. Es decir, le importa el dinero por el dinero más que al europeo (página 211), y si no mata al prójimo es por poltronería, no por humanidad. No basta, pues, con denostar la guerra para sustraerle todo valor. Tal vez es un mal que emerge trágicamente de la energía occidental para el bien.
El dogmatismo de Russell le induce a cegueras un poco ridículas. A propósito de una huelga de maestros, dice: «El Gobierno, que está siempre impecune, gracias a la corrupción, había dejado sin pagar varios meses a sus maestros. Al cabo, éstos se declararon en huelga a fin de forzar el pago y se dirigieron en pacífica diputación al Gobierno, acompañados de muchos estudiantes. Se produjo un choque con soldados y policía, y varios maestros y estudiantes resultaron más o menos gravemente heridos. Esto originó un terrible clamoreo, porque el amor a la educación es en China profundo y extenso. Los periódicos gritaban llamando a una revolución. Acababa de gastar el Gobierno nueve millones de dólares en corrupto pago a tres Tukun (jefes militares de las regiones) que se habían aproximado a Pekín para obtener con la amenaza una exacción. No podía hallar pretexto admisible para rehusar los pocos cientos de miles que los maestros requerían, y tuvo que capitular asustado». Al llegar aquí, Russell infiere muy seriamente: «No creo que exista ninguna región anglosajona donde los intereses de los maestros hubiesen suscitado en tal grado la sensibilidad pública». Es decir, que los ingleses, para poder parangonarse con los chinos en fervor pedagógico, tendrían que comenzar, según Russell, por no pagar a los maestros, a fin de poder luego revelar en grandes alaridos sus entusiasmos por la labor docente.
Aparte de esto, es el libro de Russell un excelente manual de la cuestión china y puede proporcionar alguna luz a los que busquen una breve idea sobre el alma y la historia de ese pueblo equívoco, casi extrahumano, que hace todo al revés que nosotros.
Lo más agudo del libro es el análisis de las cuatro grandes influencias a que está sometida hoy China. De éstas, la europea va en declinación por lo que respecta a la intervención política y financiera. El porvenir más próximo decidirá si la China futura caerá en manos del Japón, de Rusia o de América. El Japón, que ha crecido tan vertiginosamente en poderío, comienza a ver cerrado su horizonte, y no podría en ningún caso oponerse a América del Norte sin el problemático auxilio de Inglaterra.
«Los problemas con que el Japón está encarado son muy difíciles. Para proveer a su creciente población le es necesario desarrollar su industria; para desarrollar su industria ha de controlar las materias primas de China; para controlar las materias primas de China necesita contraponerse a los intereses económicos de América y Europa; para hacer esto con buen éxito ha menester de un gran ejército y de una fuerte armada, lo cual trae consigo empobrecimiento de sus obreros. La expansión de la industria con empobrecimiento de los obreros significa descontento creciente, desarrollo del socialismo, disolución de la piedad filial y del culto al Mikado en las clases pobres y, por tanto, una amenaza continua y progresiva a los cimientos mismos sobre que está construido el edificio del Estado. Desde fuera está bajo la conminación de una guerra con América o de un resurgimiento de China. En su interior aparecerá muy pronto el riesgo de una revolución proletaria».
Perhaps, as time goes on, it will be said with truth that the most profound historical reality of our days, compared with which all the rest is only anecdote, consists in the beginning of a gigantic confrontation between the West and the East. It would be the second time that this happens. I would greatly value finding some book in which the age that runs from the first century A. D. to the seventh was reconstructed from this point of view. Although the authors I know do not seem to underline it, all that I have read about that age reveals with invasive evidence that the ultimate mechanism impelling those centuries has been the terrible struggle between orientalism and occidentalism to take possession of the Roman Empire, that is, of the world.
The world remained sundered, so much so that from then on the duality of East-West acquired a sense of dissociation and difference that it had not had before. More than once the oriental, mystical and theocratic conception of life and of the State came close to triumphing over the whole Mediterranean. As in the theatre, the German presented himself at the opportune hour; his warlike and profane inspiration saved Europe from orientalism.
The new contest that now begins promises to be of much greater dimensions; strictly speaking, the first truly global fact, despite the illusions of worldliness that the last war indulged in. But let it not be believed that these great contests between great civilizations are only, or even chiefly, of a warlike kind. The hour of arms arrives, without doubt, in them, but their prelude is nothing warlike; on the contrary: today, the struggle between East and West has all the air of a falling in love. Europe, moved by the deepest spiritual crisis it has ever suffered, has just sentimentally discovered Asia and is passing through a stage of enthusiasm. In its turn the East, above all the deepest foundation of the East, China, discovers Europe and falls into a like rapture. The best Westerners of the present would like to be a little Chinese, and the keenest Chinese, people of London, Berlin or Paris.
The book of Bertrand Russell, the great philosopher of mathematics, on the Chinese problem, is, among many others, a clear symptom of the aforementioned situation. Russell believes that European culture, if one excepts the scientific method, is a pure error, and finds that Chinese spirituality excels ours in all that is essential. ‘I think,’ he says, ‘that a Chinese of the average type, even though he be miserably poor, is happier than an Englishman of the average type, and he is happier because his nation is built upon a more humane and civilized conception than ours. Restlessness and combativeness not only cause us evident harm, but fill our life with discontent, incapacitate us for the enjoyment of the beautiful and render us almost always inept for the contemplative virtues. In this respect we have rapidly worsened during the last hundred years. I do not deny that the Chinese go too far in the opposite direction; but for this very reason I believe that a contact between the West and the East would, probably, be fruitful for both parties. They could learn from us the indispensable minimum of practical efficiency, and we could learn from them a little of that contemplative sapience that has allowed them to subsist while the rest of the ancient nations has perished.’
This point of view governs the entire work of Russell with a monotony that impoverishes it greatly. He starts from dogmatically supposing that war is the evil of evils and peace the supreme good. Upon finding that the Chinese is peaceful, a culture that secretes such meekness seems marvellous to him. On the other hand, European civilization seems perverse to him because the European fights with boldness. It is very frequent to find this most simple attitude in Englishmen of the postwar. And I do not say that this attitude is false and improper, although perhaps I would prefer another; but it seems to me that this attitude can only inspire insufficient, superficial books, where everything that would be interesting to discuss is taken for granted as resolved on the first page. Russell’s personal antipathy to the fact of war scarcely enriches the treasury of ideas that the reader would wish to increase by reading his book.
It would be fitting to penetrate more deeply than Russell into the problem of China and to set aside pacifist preaching. Otherwise one falls into essential contradictions, like the one this work suffers. On the one hand, the inferiority of the European is proclaimed in view of his being warlike and capitalist. Then it turns out that the Chinese, although he is neither the one nor the other, has, according to Russell, three very grave defects: he is cowardly, cruel and avaricious. That is to say, money for its own sake matters to him more than to the European (page 211), and if he does not kill his neighbour it is out of laziness, not out of humanity. It is not enough, then, to denounce war in order to deprive it of all value. Perhaps it is an evil that emerges tragically from Western energy for the good.
Russell’s dogmatism leads him into blindnesses that are a little ridiculous. On the subject of a teachers’ strike, he says: ‘The Government, which is always penniless, thanks to corruption, had left its teachers unpaid for several months. At last, they declared themselves on strike in order to force payment and went in peaceful deputation to the Government, accompanied by many students. A clash with soldiers and police occurred, and several teachers and students came out more or less seriously wounded. This gave rise to a terrible outcry, because the love of education is in China deep and widespread. The newspapers clamoured calling for a revolution. The Government had just spent nine million dollars in corrupt payment to three Tukun (military chiefs of the regions) who had approached Peking in order to obtain an exaction by threats. It could find no admissible pretext for refusing the few hundreds of thousands that the teachers demanded, and had to capitulate in fear.’ Upon reaching this point, Russell very seriously infers: ‘I do not believe that there exists any Anglo-Saxon region where the interests of the teachers would have awakened in such a degree the public sensibility.’ That is to say, that the English, in order to be able to compare themselves with the Chinese in pedagogical fervour, would have to begin, according to Russell, by not paying the teachers, in order to then be able to reveal in great outcries their enthusiasm for the teaching work.
Apart from this, Russell’s book is an excellent manual of the Chinese question and can provide some light to those who seek a brief idea about the soul and the history of that equivocal people, almost extra-human, that does everything the reverse of us.
The keenest part of the book is the analysis of the four great influences to which China is today subjected. Of these, the European is in decline with respect to political and financial intervention. The nearer future will decide whether the future China will fall into the hands of Japan, of Russia or of America. Japan, which has grown so vertiginously in power, begins to see its horizon closed, and could not in any case oppose North America without the problematic aid of England.
‘The problems with which Japan is confronted are very difficult. To provide for its growing population it is necessary for it to develop its industry; to develop its industry it has to control the raw materials of China; to control the raw materials of China it needs to set itself against the economic interests of America and Europe; to do this with success it has need of a great army and of a strong navy, which brings with it the impoverishment of its workers. The expansion of industry with the impoverishment of the workers means growing discontent, development of the socialism, dissolution of filial piety and of the cult of the Mikado in the poor classes and, therefore, a continuous and progressive threat to the very foundations upon which the edifice of the State is built. From without it is under the threat of a war with America or of a resurgence of China. Within, the risk of a proletarian revolution will very soon appear.’
Forse, col passar del tempo, si dirà con verità che la realtà storica più profonda dei nostri giorni, al confronto della quale tutto il resto è soltanto aneddoto, consiste nell’inizio di un gigantesco scontro tra Occidente e Oriente. Sarebbe la seconda volta che questo accade. Apprezzerei molto trovare qualche libro in cui si ricostruisse l’epoca che va dal secolo I d. C. al VII, da questo punto di vista. Sebbene gli autori che conosco non sembrino sottolinearlo, quanto ho letto su quell’età rivela con invadente evidenza che la meccanica ultima che spinse quei secoli è stata il terribile sforzo tra orientalismo e occidentalismo per impadronirsi dell’Impero Romano, cioè del mondo.
Il mondo restò scisso, tanto che da allora la dualità di Oriente-Occidente acquistò un senso di dissociazione e differenza che prima non aveva. Più di una volta la concezione orientale, mistica e teocratica, della vita e dello Stato fu sul punto di trionfare su tutto il Mediterraneo. Come nelle opere teatrali, il germanico si presentò all’ora opportuna; la sua ispirazione guerriera e profana salvò l’Europa dall’orientalismo.
La nuova tenzone che ora comincia promette di essere di dimensioni molto maggiori; in rigor di termini, il primo fatto veramente globale, malgrado le illusioni di mondialità che l’ultima guerra si fece. Ma non si creda che queste grandi contese tra grandi civiltà siano soltanto, né principalmente, di tipo bellico. Giunge, senza dubbio, in esse l’ora delle armi, ma il loro preambolo non è affatto guerriero; al contrario: oggi per oggi, la lotta tra Oriente e Occidente ha tutta l’aria di un innamoramento. L’Europa, commossa dalla più profonda crisi spirituale che abbia mai sofferto, ha appena scoperto sentimentalmente l’Asia e attraversa una fase di entusiasmo. A sua volta l’Oriente, soprattutto il fondo più profondo dell’Oriente, la Cina, scopre l’Europa e cade in pari rapimento. I migliori occidentali del presente vorrebbero essere un po’ cinesi, e i più acuti cinesi gente di Londra, Berlino o Parigi.
Il libro di Bertrand Russell, il grande filosofo della matematica, sul problema cinese, è, tra molti altri, un chiaro sintomo della situazione accennata. Russell crede che la cultura europea, se si eccettua il metodo scientifico, sia un puro errore, e trova che la spiritualità cinese superi la nostra in tutto l’essenziale. «Penso —dice— che un cinese di tipo medio, quand’anche sia miseramente povero, sia più felice di un inglese di tipo medio, ed è più felice perché la sua nazione è costruita su una concezione più umana e civilizzata della nostra. L’inquietudine e la combattività non solo ci causano danni evidenti, ma riempiono la nostra vita di scontento, ci rendono incapaci di godere il bello e ci rendono quasi sempre inetti alle virtù contemplative. In questo rispetto siamo peggiorati rapidamente negli ultimi cento anni. Non nego che i cinesi vadano troppo lontano nella direzione opposta; ma proprio per questo credo che un contatto tra Occidente e Oriente sarebbe, probabilmente, fruttuoso per entrambe le parti. Essi potrebbero imparare da noi il minimo indispensabile di efficacia pratica, e noi potremmo imparare da loro un po’ di quella sapienza contemplativa che ha loro permesso di sussistere mentre il resto delle nazioni antiche è perito».
Questo punto di vista regge l’opera intera di Russell con una monotonia che la impoverisce oltremodo. Parte dal supporre dogmaticamente che la guerra sia il male dei mali e la pace il sommo bene. Nel trovare che il cinese è pacifico, gli pare meravigliosa una cultura che secerne tale mansuetudine. Invece, la civiltà europea gli pare perversa perché l’europeo combatte con ardore. È molto frequente trovare questo semplicissimo atteggiamento in inglesi del dopoguerra. E io non dico che tale atteggiamento sia falso e indebito, sebbene forse preferirei un altro; ma mi pare che questo atteggiamento possa soltanto ispirare libri insufficienti, superficiali, dove tutto ciò che sarebbe interessante discutere si dà per risolto nella prima pagina. L’antipatia personale di Russell al fatto bellico arricchisce scarsamente il tesoro di idee che il lettore vorrebbe accrescere leggendo il suo libro.
Converrebbe penetrare più a fondo di Russell nel problema della Cina e mettere da parte la predicazione pacifista. Altrimenti si cade in contraddizioni essenziali, come quella che patisce quest’opera. Da una parte, si proclama l’inferiorità dell’europeo in considerazione del fatto che è guerriero e capitalista. Poi risulta che il cinese, sebbene non sia né l’una né l’altra cosa, ha, secondo Russell, tre gravissimi difetti: è codardo, crudele e avaro. Cioè, gli importa il denaro per il denaro più che all’europeo (pagina 211), e se non uccide il prossimo è per poltroneria, non per umanità. Non basta, dunque, denigrare la guerra per sottrarle ogni valore. Forse è un male che emerge tragicamente dall’energia occidentale per il bene.
Il dogmatismo di Russell lo induce a cecità un po’ ridicole. A proposito di uno sciopero di maestri, dice: «Il Governo, che è sempre senza denaro, grazie alla corruzione, aveva lasciato senza paga per vari mesi i suoi maestri. Alla fine, questi si dichiararono in sciopero al fine di forzare il pagamento e si diressero in pacifica deputazione al Governo, accompagnati da molti studenti. Si produsse un urto con soldati e polizia, e vari maestri e studenti risultarono più o meno gravemente feriti. Ciò originò un terribile clamore, perché l’amore per l’educazione è in Cina profondo ed esteso. I giornali gridavano chiamando a una rivoluzione. Il Governo aveva appena speso nove milioni di dollari in corrotto pagamento a tre Tukun (capi militari delle regioni) che si erano avvicinati a Pechino per ottenere con la minaccia una esazione. Non poteva trovare pretesto ammissibile per rifiutare le poche centinaia di migliaia che i maestri richiedevano, e dovette capitolare spaventato». Giungendo qui, Russell inferisce molto seriamente: «Non credo che esista alcuna regione anglosassone dove gli interessi dei maestri avessero suscitato in tal grado la sensibilità pubblica». Cioè, che gli inglesi, per poter paragonarsi ai cinesi in fervore pedagogico, dovrebbero cominciare, secondo Russell, col non pagare i maestri, al fine di poter poi rivelare in grandi strida i loro entusiasmi per la docenza.
A parte questo, il libro di Russell è un eccellente manuale della questione cinese e può fornire qualche luce a coloro che cercano una breve idea sull’anima e sulla storia di quel popolo equivoco, quasi extraumano, che fa tutto al contrario di noi.
La parte più acuta del libro è l’analisi delle quattro grandi influenze a cui è oggi soggetta la Cina. Di queste, l’europea va in declino per quanto riguarda l’intervento politico e finanziario. Il futuro più prossimo deciderà se la Cina futura cadrà nelle mani del Giappone, della Russia o dell’America. Il Giappone, che è cresciuto così vertiginosamente in potenza, comincia a vedere chiuso il suo orizzonte, e non potrebbe in nessun caso opporsi all’America del Nord senza il problematico aiuto dell’Inghilterra.
«I problemi che il Giappone deve affrontare sono molto difficili. Per provvedere alla sua crescente popolazione gli è necessario sviluppare la sua industria; per sviluppare la sua industria deve controllare le materie prime della Cina; per controllare le materie prime della Cina deve contrapporsi agli interessi economici dell’America e dell’Europa; per fare questo con buon successo gli occorre un grande esercito e una forte marina, il che comporta l’impoverimento dei suoi operai. L’espansione dell’industria con impoverimento degli operai significa scontento crescente, sviluppo del socialismo, dissoluzione della pietà filiale e del culto del Mikado nelle classi povere e, quindi, una minaccia continua e progressiva alle fondamenta stesse su cui è costruito l’edificio dello Stato. Dall’esterno è sotto la minaccia di una guerra con l’America o di un risorgimento della Cina. Nel suo interno apparirà molto presto il rischio di una rivoluzione proletaria».
Rusia, por su parte, actúa sobre el contorno chino con la propaganda de sus ideas. Sin embargo, Russell no considera verosímil la expansión del bolchevismo entre los celestes, por estas razones: 1) Supone el bolchevismo un Estado fuertemente centralizado, y en China el Estado es sumamente débil y tiende más al federalismo que a la centralización. 2) El bolchevismo requiere mucha acción gubernativa y un control de la autoridad sobre las vidas individuales mayor que cuanto hasta ahora se conocía, en tanto que China ha desarrollado la libertad personal en un grado extraordinario y es el país donde las doctrinas anarquistas parecen encontrar una aplicación política más feliz. 3) El bolchevismo es enemigo del comercio privado, que es el sostén vital de todos los chinos, excepto los letrados. No es, pues, verosímil el triunfo de la idea bolchevista en el Imperio del Centro. Pero el bolchevismo no es sólo una idea, es la fuerza histórica de un pueblo que está ya gravitando sobre Asia. El imperialismo bolchevista —dice Russell— usará con los ameer del Afganistán y los nómadas de Mongolia un lenguaje muy distinto del que ha usado discutiendo con míster Lansbury.
En fin de cuentas, Russell considera que la influencia más probablemente victoriosa, y a la par que estima más benéfica, será la de América. Entre ambos países es más fácil el acuerdo que entre China y cualquier otro poder.
Pero sea cualquiera el resultado, no olvidemos lo esencial, según el filósofo anglosajón. Y lo esencial es que la única diferencia positiva entre el inglés y el chino es que el inglés puede hoy matar al chino con más facilidad que el chino al inglés.
Revista de Occidente, septiembre, 1923
Russia, for its part, acts upon the Chinese environment with the propaganda of its ideas. Nevertheless, Russell does not consider the expansion of Bolshevism among the celestial people verisimilar, for these reasons: 1) Bolshevism presupposes a strongly centralized State, and in China the State is extremely weak and tends more toward federalism than toward centralization. 2) Bolshevism requires much governmental action and a control of authority over individual lives greater than anything known until now, whereas China has developed personal liberty to an extraordinary degree and is the country where anarchist doctrines seem to find their happiest political application. 3) Bolshevism is the enemy of private commerce, which is the vital support of all Chinese, except the literati. The triumph of the Bolshevik idea in the Celestial Empire is not, then, verisimilar. But Bolshevism is not only an idea; it is the historical force of a people that is already gravitating upon Asia. Bolshevik imperialism, says Russell, will use with the ameers of Afghanistan and the nomads of Mongolia a language very different from the one it has used in discussing with Mr. Lansbury.
In the last analysis, Russell considers that the influence most probably victorious, and at the same time the one he deems most beneficial, will be that of America. Between the two countries agreement is easier than between China and any other power.
But whatever the result, let us not forget the essential, according to the Anglo-Saxon philosopher. And the essential is that the only positive difference between the Englishman and the Chinese is that the Englishman can today kill the Chinese with more ease than the Chinese can kill the Englishman.
Revista de Occidente, September, 1923
La Russia, da parte sua, agisce sul contorno cinese con la propaganda delle sue idee. Tuttavia, Russell non considera verosimile l’espansione del bolscevismo tra i celesti, per queste ragioni: 1) Il bolscevismo suppone uno Stato fortemente centralizzato, e in Cina lo Stato è estremamente debole e tende più al federalismo che alla centralizzazione. 2) Il bolscevismo richiede molta azione governativa e un controllo dell’autorità sulle vite individuali maggiore di quanto sinora si conoscesse, mentre la Cina ha sviluppato la libertà personale in un grado straordinario ed è il paese dove le dottrine anarchiche sembrano trovare un’applicazione politica più felice. 3) Il bolscevismo è nemico del commercio privato, che è il sostegno vitale di tutti i cinesi, eccettuati i letterati. Non è, dunque, verosimile il trionfo dell’idea bolscevista nell’Impero del Centro. Ma il bolscevismo non è soltanto un’idea, è la forza storica di un popolo che sta già gravitando sull’Asia. L’imperialismo bolscevista —dice Russell— userà con gli ameer dell’Afghanistan e i nomadi della Mongolia un linguaggio molto diverso da quello che ha usato discutendo con mister Lansbury.
In fin dei conti, Russell considera che l’influenza più probabilmente vittoriosa, e a un tempo quella che stima più benefica, sarà quella dell’America. Tra i due paesi è più facile l’accordo che tra la Cina e qualsiasi altro potere.
Ma qualunque sia il risultato, non dimentichiamo l’essenziale, secondo il filosofo anglosassone. E l’essenziale è che l’unica differenza positiva tra l’inglese e il cinese è che l’inglese può oggi uccidere il cinese con più facilità di quanto il cinese possa uccidere l’inglese.
Revista de Occidente, settembre 1923