Abstract

A 1911 article from Marburg on a book by the Austrian Otto C. Artbauer about Morocco, analysing French colonial methods and the thesis that France is after soldiers. Political-colonial reportage.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Marburgo, junio de 1911

I

Acabo de leer la obra más reciente, según creo, sobre Marruecos, compuesta por Otto C. Artbauer, un austríaco joven todavía, que después de recorrer Oriente, ha penetrado por el imperio mogrebita de todas direcciones, dueño del idioma, hecho a andanzas, y en lo sustancial de sus juicios muy digno de crédito.

Artbauer hizo la campaña última de Melilla desde el campo rifeño, y sus notas de la guerra se publicarán en breve. No digamos que Artbauer sea muy inteligente, mas para andar y ver —«libros de andar y ver» llaman los árabes a sus relaciones de viajes— no se ha menester gran talento. Basta con abrir bien los ojos, guardar frescas las retinas y poner tras ellas, como un canecillo hambriento, la curiosidad, esa fuerza atrayente que ejercen las cosas sobre los espíritus vivaces.

No sé si causa o síntoma de su decadencia, nuestra raza ha perdido la curiosidad; sus retinas viejas giran en el centro del horizonte sin ser solicitadas por la riqueza espléndida que ofrecen los perfiles de las cosas.

Que no es inteligente, lo demuestra Artbauer escribiendo un libro sobre cuyos datos exactos pesa una costra repugnante de odio a los francesas y de desprecio a los españoles. Sobre todo, en su odio a Francia, se ha tornado Artbauer un africano. Aparte de este insoportable y bárbaro patriotismo germánico, el libro de Artbauer es, por extremo, interesante; ha vivido en la intimidad de moros y bereberes, ha oído sus cuitas y calculado sus ímpetus, ha reconstruido las biografías de algunos personajes semilegendarios, cuyos nombres tantas veces han ocupado las columnas de los periódicos europeos y, sobre todo, ha levantado un acta de acusación contra los procedimientos de penetración pacífica ejercidos por los franceses. Sólo huelga la odiosidad.

En la censura a Francia se hallan conformes todos los viajeros no procedentes de la República. Los métodos de la acción que lleva sobre Marruecos, invitan a la amargura y claro está que a la protesta más severa. Francia en Marruecos es un triste ejemplo de la hipocresía europea: mientras los pueblos que acaudillan los movimientos superiores de la cultura parecen haber llegado a una sensibilidad ética exquisita, buscan en las afueras del continente espacios semioscuros donde operar, según los antiguos instintos.

Pregúntase Artbauer por la intención que pueda mover a Francia con tal pertinacia a la empresa de incorporarse Marruecos. Su industria, observa, no necesita de nuevos mercados, su población no alcanza a colonizar lo que ya posee. En Túnez, los franceses componen sólo un tercio de la población europea; italianos y malteses dos tercios; en Argel, cuentan en las grandes poblaciones costeras con una mitad (y eso que se cuenta el contingente militar); pero en el interior, alcanzan sólo al tercio y el resto son españoles e italianos.

¿Necesita acaso Francia abastecerse en el que un tiempo fue granero de Roma? Tampoco, porque tiene gran exportación ella misma. ¿Qué, pues? A esto, dice Artbauer, sólo hallo una respuesta, por extravagante que parezca: la tercera República necesita soldados. Y cita en su apoyo unas palabras de otro reciente explorador francés, Augusto Mouliéras: «Si Argelia y Túnez juntos puedan darnos 300.000 soldados mahometanos, ¿qué no es de esperar de Marruecos, cuando definitivamente entre en el dominio francés? Ese día será dueña del universo. ¿Qué ejército europeo podrá resistir el empuje de dos millones de bereberes y árabes armados y disciplinados a la francesa? ¡Qué admirable imperio colonial tendríamos en el África del Noroeste! ¡Argelia, Túnez, Marruecos! Sobre todo, Marruecos, que vale más que los otros dos países juntos. ¡Marruecos, la tierra africana incomparable, que algún día, según esperamos, será la flor más hermosa en la corona de la colonización francesa!»

No sé, no sé; la característica de la colonización francesa contemporánea es una sabia complejidad de los medios, una amplitud de actividad que trasciende a profundas intenciones maquiavélicas, y junto a esto una gran desorientación en los fines reales y una gran desilusión cuando, a la postre, nuevas provincias le caen en los brazos. Argelia pesa realmente sobre el capital francés como una mujer joven sobre un corazón viejo.

Piense el lector: dos millones de árabes y bereberes militarmente organizados a la europea… Un general francés ha dicho muy agudamente que el bereber no es un soldado, pero es un guerrero, es decir, que costará a Francia mucha sangre y muchos francos hacer del guerrero un soldado, y que, apenas conseguido esto, se verá reaparecer, vigorosa entre las líneas rectas de la ordenanza, la indomable autoctonía del marroquí. Entonces, los dos millones de africanos se volverán contra sus instructores, como aquella espada de la leyenda que mataba al que la blandía.

Acusa un grave desconocimiento de la sustancia mogrebita creer que se repiten en el sultanado del Oeste o Mogreb el Aksa las mismas condiciones que hicieron posible y hasta fácil la ocupación de Argelia y la Tunecia. Un dato basta para diferenciar absolutamente la historia y, por tanto, el futuro de ambas naciones: Argelia y Túnez cayeron en el siglo XVI en poder de los turcos, y durante dos siglos y pico de sometimiento perdieron su originalidad étnica, su dignidad de raza virgen, su sensibilidad de pueblo autóctono. La conquista turca fue puramente guerrera; aún hoy para las kabilas orientales los verdaderos «infieles» son los turcos. En Marruecos, por el contrario, pervive una raza milenaria inserta al suelo patrio por raíces tan profundas que llegan a la prehistoria humana: no es un barrio bajo del mundo esta Berbería, bajo su tosca apariencia de pueblo irreductible. Su historiador Ibn-Jaldun, el vidente de la historia universal, lo hace constar con palabras que no carecen de agresiva ironía contra las pretensiones europeas: «Los bereberes han sido siempre un pueblo poderoso, temible, bravo y fecundo, una verdadera nación como tantas otras de las que han sido en este mundo, como los árabes, los persas, los griegos, los romanos. Y han dado cima a tan raras hazañas, a tan admirables empresas que preciso reconocer que Dios se ha tomado un muy especial cuidado con esta Nación». No de otro modo en el siglo IV, contaba de sus compatriotas el poeta latino-español Prudencio: Hispanos Deus aspicit benignus. Dios ha mirado con peculiar benignidad a las gentes de España.

Cierto; sobre la raza bereber vino a dominar en Marruecos el árabe, y hoy el imperio se compone de cuatro formaciones étnicas: bereberes y árabes puros, árabes berberiscos y bereberes arabizados. Éstos suelen ser los que anteponen «Beni» al nombre de la tribu; aquéllos los que se autorizan del «Uled». Según el geógrafo Sievers, los bereberes representan el elemento sedentario: los árabes prolongan en algunas regiones su nomadismo anacrónico. Pero lo importante es que la conquista árabe significó ante todo una penetración religiosa, bien que muy relativa, es decir un influjo formal de unidad superior. Y esto sigue siendo hoy el árabe en Marruecos aunque se tenga por paradójico, dada la perenne inquietud de la vida pública en el sultanato, el pretexto para una unidad nacional. Las tribus del Atlas, las kbail o kabilas, son centros de dispersión, viven una vida centrífuga en perpetua negación del vecino, en lucha inacabable con la tribu colindante: sólo en el Islam adquieren la conciencia de su fraternidad, de su unidad radical. Ahora bien, el Islam es en Marruecos el árabe, el descendiente de Mahoma, el jerif. Así cuando un hombre intrépido quiere hilvanar unas cuantas tribus para condensarlas en una empresa, comienza siempre por fingirse una genealogía que a modo de canal imaginario le traiga al corazón sangre del profeta. Esto hizo Bu Hamara, la figura más grosera de pretendiente que ha logrado poner en peligro al gobierno de Fez. Y esto significa los otros tres grandes poderes que durante los últimos años integraban el imperio: el sultán, el jerif de Wasan al Norte y el gran santo del Sur, Ma el Ainin, personaje semifabuloso, viejo de cien años, que ejerce un poder tan grande como el Magzen. Artbauer ofrece algunos datos nuevos y un conjunto fidedigno de noticias sobre estas capitales fisonomías mogrebitas.

II

Aún no es tiempo de juzgar la personalidad de Muley-Hafid; aún no ha podido gobernar, y es casi seguro que ni él ni otro sultán vuelva en mucho tiempo a gobernar Marruecos. Francia, como el judío de Venecia, va a cobrarse ahora sus préstamos apoderándose del corazón del sultanado. ¿No es esto más impuro que las antiguas guerras de conquista? El reino del pobre imbécil Abd-el-Azis fue vertiendo en los cofres de los banqueros republicanos todas las esperanzas marroquíes. Cuando subió al trono, el erario contenía 600 millones de pesetas: tres años después, existían otros tantos millones de deudas.

Tal capacidad de dilapidación es, sin embargo, incomprensible de no tener presente lo que en Marruecos quiere decir gobernar. Los diplomáticos europeos han contribuido al misterio de aquella vida política, y en lugar de aclararlo han revuelto más el río, para pescar con mayor ganancia. Desde hace años, por ejemplo, no se oye hablar de otra cosa que de rebeliones de tribus. Ahora bien, en muchos de tales casos, no hubo tal rebeldía. El jerife de Fez, el sultán no ha dominado nunca todo Marruecos: Marruecos mismo, como unidad geográfica y política, ha sido siempre un mito. Cuando Muley-Hafid, vencido su hermano, se atreve a hacer el viaje de Marrakech a Fez, directamente, a través del Atlas, realiza un acto que no había osado ningún sultán, desde hacía doscientos cincuenta años. El propio victorioso Muley-Hassan tomaba prudentemente la vuelta de la costa, aunque el viaje se alargara un mes más.

Las cláusulas del acta de Algeciras, donde se sienta el derecho de las potencias a intervenir con sus tropas cuando al sultán no basten las suyas para reducir las tribus a buena policía, es una burla de mal gusto con que tapa su voracidad el gargantúa europeo. En el imperio de Marruecos no manda nadie: es como aquel cuchillo sin cachas, al cual sólo le faltaba la hoja. Quiten ustedes todo el Norte, desde el Muluya hasta Tetuán, es decir, todo el país montañoso habitado por los rifeños y chebalas: quiten ustedes todo el Sur, donde manda el Ainin; quiten ustedes el Atlas medio, donde no manda más que cada cual en su albornoz: ¿qué queda? Queda la costa atlántica, donde hace diez años gobiernan los cónsules de las potencias.

Sólo un artificio muy costoso mantiene cierta estructura sutil en aquel inmenso montón de energías disolventes. Así el marqués de Segonzac —el hombre que ha viajado más por Marruecos— refiere en sus Voyages au Maroc que los Zaía, los Beni Mgild, los Ait Yussi que pueblan el centro del sultanado gozan de perfecta autonomía siglos hace y venden al jerife de Fez una ideal soberanía: Mohamed-u-Hamuez-Zaiani cobra mil quinientos duros mensualmente a trueque de no estorbar demasiado.

Las foscas gentes del Rif, casta la más áspera e independiente que habita el planeta, envían con cierta regularidad los diezmos al sultán, pero no como súbditos políticos, sino como vasallos religiosos que rinden tributo al califa de Dios.

Por otra parte, la administración marroquí es el conjunto de todos los vicios sin mezcla alguna de virtud: los ministros reparten las magistraturas y empleos a quienes más dóciles les son. Nadie cumple con su misión, y un ansia inagotable de dinero convierte los cargos públicos en enormes sumideros de la hacienda imperial. Karow, un alemán que estuvo nueve años gobernando «el Turquí», aquel menudo y bravo buque guerrero en que vino a concretarse el poder naval marroquí, refiere en su libro de recuerdos, publicado hace año y medio, que es lo normal hallar mehallas compuestas oficialmente de 2.500 soldados y reducidas a 500 hombres reales. El presupuesto correspondiente a la dotación oficial continúa, no obstante, vertiéndose de las arcas públicas y llega hasta las gavetas de los generales, donde sufre un eclipse definitivo. Más aún, los 500 hombres restantes viven meses y meses sin percibir paga alguna y suelen verse sometidos a alzarse contra sus jefes para arrancarles algún tanto por ciento de lo debido. Así se comprende que el ministro de Guerra antecesor de Mohamed Torres, el famoso Menehbi, habiendo sido en la juventud mozo de mulas, llegara poco después de subir al trono Abd-el-Azis, a poseer una inmensa fortuna. Era costumbre y táctica financiera de los emperadores favorecer estas enormes congestiones de capital en algunos de sus súbditos, los cuales permanecían a su vera y cuando llegaba la ocasión se los decapitaba y los lucidos bienes volvían simplemente al Estado.

Sólo que ahora los súbditos tesorizadores han dificultado el expediente remitiendo los dineros a los Bancos de Europa, donde perduran al abrigo del humor señorial. La primera disposición de Muley-Hafid, apenas triunfante, fue solicitar de esos Bancos que devolvieran las cantidades fabulosas depositadas allí por sus súbditos, sin el permiso oportuno. Claro está que los Bancos no accedieron a esta petición: según Artbauer, se hubiera podido con ello aligerar decisivamente la deuda de Marruecos.

En el libro de Karow, tan sugestivo, tan lleno de cosas vistas, se hallan noticias abundantes sobre la inmoralidad económica, bajo el gobierno de Abd-el-Azis. El «Turquí» hacía el servicio de la costa, proveyendo de vituallas y trayendo y llevando soldados de un cuerpo de ejército a otro o de la frontera a Tánger. Era la época en que el Roghi dominaba la parte baja del Rif, entre Melilla y el Muluya. Una mehalla imperial acampaba junto a Achrut, sobre Cabo de Agua. La mandaba el Rkina. Karow llegó a extrañarse de la frecuencia con que embarcaban soldados de la mehalla en el «Turquí» y tornaban a Tánger, de modo que el campamento solía hallarse sin fuerzas. A poco averiguó que los soldados daban dinero al general para que se les concediera licencia. Así duraba indefinidamente la campaña contra el pretendiente que hubiera podido ser rapidísima de no alargarla a propósito los jefes, cuyos crecidos sueldos menguaban en tiempo de paz. Las páginas en que Karow describe aquel campamento, son verdaderamente pintorescas y dolorosas: sobre la tierra desolada las tiendas blancas, bajo las cuales un ejército de hombres sucios o inactivos, famélicos a menudo, convivía con otro ejército de prostitutas. Y así un mes y otro, un año y otro; según el proverbio mogrebita, la prisa es del diablo, la quietud de Dios.

Y entretanto, Europa educaba al mozo Abd-el-Azis y le iniciaba en la sabia manera de vivir que han traído al planeta los europeos. Nuestro continente se veía representado junto al sultán por el caíd Mac Lean —un sargento inglés de Gibraltar, que ha llegado en Fez a los más altos destinos. Un día —cuenta Karow— recibí orden de tomar un cargamento en Mazagán con destino a Larache. Era una serie de cajas de diversos tamaños, y entre ellas una monumental. Se trataba de una trilladora, que pesaba 5.000 kilos, y una locomóvil, de 4.000. Las cajas restantes contenían aparatos eléctricos, baños de mármol, bicicletas, pianos, utensilios fotográficos, etcétera. Todo había sido encargado por Mac Lean para el sultán. Descargamos aquellos juguetes en Larache, y allí sigue la trilladora todavía. Era demasiado pesada para poder transportarla a Fez. La locomóvil fue dispuesta sobre ruedas y arrastrada por mulas y bueyes. Sin embargo, no avanzó mucho: diariamente morían algunas bestias de tracción y no de muerte natural. Los honrados portadores las mataban para comer y vendían el sobrante; luego exigían nuevas parejas, de modo que el transporte se elevó a un costo tal que hubo de renunciarse a proseguirlo, y allí quedó la locomóvil a corta distancia de Larache. Los kabileños, poco a poco se fueron llevando ruedas, tornillos, palancas, etcétera. Las otras cajas arribaron a Fez, y en su mayor parte siguen sin abrir, en el olvido de un desván. Sólo las bicicletas salieron a la luz: las damas del harem se entregaron al placer de montar en velocípedo, por las secretas avenidas del palacio, con grave escándalo de las gentes conservadoras.

III

Frente al imaginario poder político del sultán se alza en el Norte un poder religioso real: el jerife de Wasan o Uesan. Jerife o cherife, y en plural chorfa, es una palabra muy difícil de traducir: justo tanto como será difícil al europeo aclimatar su poder en Marruecos. Artbauer traduce aproximativamente «nobleza religiosa». Los jerifes son descendientes de Mahoma o de sus allegados políticos: los jerifes son santos. Los pueblos semitas y, en general, los influidos por el semitismo, se caracterizan por no haber logrado superar este mito de la sangre, de la herencia familiar, de la raza, mito de tan grave energía trágica, infinitamente poético, pero infinitamente inmoral. Según él, las virtudes y los vicios se perpetúan disueltos en la sangre, se afirman de generación en generación con caracteres inmortales. Por las venas de los descendientes de Mahoma fluye inmarcesible el vigor virtuoso del profeta. Se es santo fatalmente, como se es fatalmente miserable.

En cada ciudad —dice Artbauer— lo mismo de la tierra baja que de las sierras, viven multitud innúmera de árabes, a veces tribus enteras, que pretenden descender de un solo jerife y que, por consiguiente, son santos. Así los Urriagel en el Rif, los Beni Hasem del otro lado del Atlas, de cuya kabila procede la casa reinante en Fez. Y no sólo procedencia documentada, sino la mera circunstancia de ser «casi» pariente de un gran santo, rodea al venturoso de un respeto que no tiene entre nosotros parangón. En todas las clases sociales, en todos los oficios, se encuentran de estos favorecidos de Alah que son humildemente saludados por sus contemporáneos con el ja mulaí, aun cuando se trate de un pobre mozo de cuadra.

Este pueblo de criaturas privilegiadas que vive difundido por todo Marruecos, tiene una cima: la familia Vasani, la primera del mundo musulmán. Según Segonzac, que ha sido su huésped, remonta su origen hasta Fatmat az-Zahra, la hija del profeta, sin una laguna en sus treinta y cinco generaciones: entre sus ascendientes cuenta a Muley Idris, el santo primer emperador de Marruecos (791). La familia de los jerifes de Tafilete que hoy rige el imperio, es una usurpadora y, consciente de ello, solicita la investidura de los vasaníes y se hace acompañar de uno de ellos en toda expedición.

Sólo algunas familias de la Meca pueden cooptar con los jerifes de Vasan en aristocracia religiosa.

El influjo de esta familia sobre la vida política de Marruecos es incalculable. El sultán suele recurrir a su intervención para obtener de las kabilas lo que desea, y en sus viajes frecuentes los señores vasaníes caminan poniendo, desde su mahafa o litera, paz entre las tribus que andan en rencilla. Es un nombre de unión y confraternidad en medio de aquella omnímoda dispersión, de suerte que las dos únicas realidades sociales en el Norte y centro de Marruecos son: el duar o aldea, en que los individuos solidarizados funden totalmente su personalidad y la comunión religiosa ideal representada por el jerife de Vasan, el hombre de los dientes grandes que es la señal de la estirpe ilustre oriunda del profeta. Cuanto entre una y otra cosa existe es sólo supuesto diplomático.

Por lo demás, la costumbre de perpetuar los rasgos familiares mediante enlaces entre parientes muy próximos ha traído la decadencia fisiológica sobre la casa Vasani. El abuelo del jerife actual, dicen Segonzac y Artbauer, llegó a ser una figura legendaria por su corpulencia y su amor a los viajes. Recorrió el África septentrional de Tombuctú a la mar Roja, en su mahafa llevada por cuatro mulas y seguida de dos cañones. Su hijo Muley Abd-es-Salam se entregó a una vida heterodoxa y placentera, rompió con el sultán y se casó con una inglesa, miss Keene, con la que tuvo dos hijos, que hoy viven en Tánger.

El jerife actual llamado Muley el Arbi, es decir «el árabe», como su abuelo, está medio loco: gran comedor de hachich y de opio, refiere Segonzac, gran fumador de kif, su locura es inofensiva. Súbitamente hace grandes cabalgatas sin dirección ni meta fijas, sin más escolta que cuatro mujeres jinetes a horcajadas sobre sillas inglesas. Hay que seguirle, atraparle y obligarle a volver. Todos los negocios están en manos de sus dos sobrinos Muley Ahmed y Muley Alí, según parece, temperamentos robustos y serios, celosos del honor de su nobleza y de la tradición coránica.

Tal es la fisonomía de esta poderosa familia, centro energético del alma marroquí, sobre el pecho de cuyo jefe luce la gran cruz de la legión de honor. Porque ha de saberse que estos depositarios de la baraka, de la bendición islámica que viene directamente cargada de místicos poderes desde Mahoma, se han puesto bajo el protectorado francés, y papas del mundo musulmán reciben sus inspiraciones más que de la grave voz de Alah, de las suaves palabras que pronuncia en Tánger el embajador republicano.

El Sur de Marruecos, en cambio, se halla bajo el influjo espiritual —y no se olvide que en Marruecos todavía el espíritu domina la materia— de otro santo que no es de la devoción francesa: Mulai Mohamed Ma el Ainin. Hombre sabio y justo, de vida severa y corazón sagaz, representa en Marruecos el odio a Francia. Según parece, ha perdido ya tres hijos en guerra contra los franceses. Desde más de treinta años ha goza, dice Artbauer, su nombre de tal respeto, que el gran Muley Hassan y su visir Bu Ajmed solían buscar consejo del caudillo bereber y siempre le trataron con esmerada consideración. El poder del Magzen sobre el Sur del país es mínimo, de modo que el sultán necesita de la medicación de hombres como Ma el Ainin para conservar una sombra de soberanía. Su faz centenaria, broncina, cubierta de arrugas profundas, ha concentrado en unos ojos infinitamente vivaces la antigua legendaria energía que gozó: apenas puede ya tenerse en pie y recibe las visitas sustentado por sus parientes que en torno de él reúne la veneración y entre los cuales suele destacar la espléndida figura de su hijo Mulai Abd es Sadac, de barba ya gris, continuador de la tradición antifrancesa. Ciega fe en Ma el Ainin mueve a cuantos habitan del Ued Nun en el extremo Sur hasta las puertas de Marrakech, en las dunas del Sáhara y los barrancos del Alto Atlas, y aún se encuentran acérrimos partidarios en Argelia entre los salvajes Imohag y hasta en los confines de Senegambia. Ma el Ainin, prosigue el reciente explorador que tuvo ocasión de tratarle, no obstante su decrepitud emprendió en 1906 con 300 familiares y 50 esclavos el viaje de Fez sin más fin que protestar solemnemente ante el sultán de la política francesa en el Imperio. Un viaje de cuatro meses por una comarca sin vías de comunicación. Es tan temido su poder y su odio que en las deliberaciones sobre el empréstito de 1910 puso Francia la condición de que el anciano enemigo depondría su hostilidad y antes de que fuera hecho sabedor de ello, las tropas francesas, en medio de absoluta paz, cayeron sobre la alcazaba de Tadla, que domina el camino de Fez a Marrakech, con la intención de aprisionar al empedernido héroe. Gracias que sus fieles Talamit proporcionaron a los franceses algunos descalabros.

IV

Lugar y motivo sobrado se ofrecerá para discurrir sobre los otros aspectos del problema marroquí. Hoy me he detenido en señalar la función vigorosa que ejerce el islamismo en Marruecos. Los mediocres políticos de la actualidad, educados en el materialismo sin horizontes ni sensibilidad que hoy gravita sobre las mentes de Europa, propenden a no poner en sus cuentas más factores que los reductibles a pesos y medidas. Hablan de la miseria económica de Marruecos y de la amplitud circular de los cañones franceses, levantan estadísticas de comercio y cobran matemáticamente los censos del empréstito en que va entregando el imperio su medula; pero no cuentan con el islamismo, con aquello que Saint-Simon, el genial precursor del movimiento social, llamaba el pouvoir spirituel, constructor de pueblos nuevos y sostén de las razas cansadas y viejas. El islamismo no ha muerto: en estos años, en estos meses, asistimos a un formidable renacimiento de la religión islámica que bajo los inocentes protectorados europeos están organizando corporaciones activas y potentes por todo el Norte y Centro africano.

Con él había que contar en una honrada labor de educación: en África el islamismo es la cultura como, especialmente en Marruecos, se ha visto que es la única realidad superior y pertenece a aquella clase de elementos que Bismarck— ¿era un iluso, por ventura? —solía llamar «imponderables», atribuyéndoles la última decisión de las fortunas históricas.

Nada más hipócrita que la monserga de la educación por los pueblos progresivos de los pueblos retrasados y enfermos. Desde Sócrates, es sabido que no hay más que una forma de educación: la educación de sí mismo. Y es menester buscar en cada pueblo aquél de sus elementos inferiores que fecundado y purificado pueda mejorar el resto del alma difusa y decadente.

La Prensa, 9 de julio de 1911