Ortega y Gasset

Abstract

An essay on the genre “Memoirs”, starting from the marquise de La Tour du Pin: the historian adopts an unreal point of view, a god’s ubiquitous pupil, whereas memory always imposes a private perspective with foregrounds and a closed horizon. Genres have conditions, not norms.

Connections

Assi: Origine della conoscenza
Posizioni: prospettivismo
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

La historia recompone el pasado en grandes cuadros sintéticos, recorta la figura de los grandes sucesos, de los advenimientos, de las catástrofes. Tiene, en suma, su propia perspectiva. El memorialista corre siempre el riesgo de dejarse absorber por esa perspectiva histórica. Entonces su obra pierde gracia y autenticidad porque le falta evidencia. La historia no es recuerdo, sino una reconstrucción intelectual del pasado. A fuer de reconstrucción intelectual, adopta un punto de vista irreal. El historiador asiste a la vida toda de un pueblo o de un hombre. Esto quiere decir que, en rigor, no asiste a nada. Todas las partes de la realidad, cuya historia nos hace, están en primer plano y a igual distancia de él, como miradas por la pupila ubicua de un dios. En cambio, el recuerdo impone siempre a lo real una perspectiva privada, modela el paisaje, distribuyéndolo en primeros y últimos términos; sobre todo, traza la órbita de un horizonte redondo, más allá del cual no vemos nada.

Cada género literario posee un decálogo mínimo, que es forzoso cumplir si se quiere acertar. La idea de que no existen géneros, y, por lo tanto, decálogos estéticos, fue tan sólo el aspecto que en literatura tomó la general subversión del siglo XIX. No le faltó, ciertamente, justificación. En poética como en política, los decálogos vigentes eran superficiales e injustos. Por lo menos, insuficientes. Cosas esenciales y serias andaban en ellos revueltas con trivialidades. Además, las reglas del ancien régime poético ostentaban un aire petulante de normas (se hablaba a menudo de los «modelos», como si el arte no consistiese, ante todo, en evitar los «modelos». El modelo es el escollo de la navegación literaria. Cuando se da en él, escritor al agua). No se trata de normas, sino de condiciones.

Así es condición del género «Memorias» que el autor se mantenga fiel a su punto de vista, precisamente por ser «caprichoso»; es decir, subjetivo e individual. El encanto de las Memorias radica precisamente en que veamos la historia otra vez deshecha, en su puro material de vida menuda, no suplantada por la construcción mental. En cierto sentido, tienen que ser las Memorias el reverso del tapiz histórico, con la diferencia de que en ellas el reverso presenta también un dibujo, bien que distinto del que va en el anverso. La historia es vida pública, y a ésta se llega machacando innumerables vidas privadas. En las Memorias vemos descomponerse la nebulosa histórica en los infinitos e irisados asteriscos de las vidas privadas.

La marquesa de La Tour du Pin suele conservar su paisaje privado delante de los ojos, y procura tapar con él el abstracto cuadro de la historia.

He aquí, por ejemplo, cómo describe la reunión de la Asamblea legislativa:

«El espectáculo era magnífico… Llevaba el rey el traje de los cordons bleus, y lo mismo los príncipes todos, con la única diferencia de que el suyo estaba más ricamente adornado que los otros y más cargado de diamantes. El pobre príncipe carecía por completo de dignidad en su talle. No se mantenía bien, andaba con andar de pavo. Sus movimientos eran bruscos y sin gracia, y sus ojos, atrozmente miopes —entonces no era uso llevar lentes—, le hacían guiñar de continuo. Su discurso, muy breve, fue pronunciado con tono bastante resuelto. La reina se hacía notar por su gran dignidad; pero se advertía en el movimiento, casi convulsivo, del abanico que estaba muy emocionada. Dirigía a menudo miradas hacia el lado de la sala donde se sentaba el Tercer Estado, y parecía buscar un rostro determinado entre aquella porción de hombres, donde tenía ya tantos enemigos». Era que poco antes «Mirabeau había entrado solo en la sala y había ido a colocarse hacia el centro de las filas de banquetas sin respaldos, situadas unas tras otras. Un murmullo muy vago —un “susurro”—, pero general, se dejó oír. Los diputados que ya estaban sentados ante él avanzaron una fila, los de detrás retrocedieron, los de al lado se apartaron, y quedó solo en medio de un vacío muy marcado. Cruzó por su semblante una sonrisa de desprecio, y se sentó. La reina había sido informada probablemente de este incidente, que había de tener sobre su destino mayor influencia de lo que entonces sospechaba, y era lo que motivaba las miradas curiosas dirigidas por ella a la parte del Tercer Estado».

¿No agradecemos que en lugar de ese enorme objeto histórico llamado «los Estados generales», se nos ofrezca un abanico convulso en mano real, una mirada ansiosa peregrinando por la sala y el enorme cuerpo de Mirabeau que, náufrago en un vacío de rencor, deja flotando sobre su inmersión la terrible sonrisa? Éste es el encanto de las Memorias. La solemne sinfonía histórica que conocemos suena al fondo y da sentido, dramatismo y realce al menudo contrapunto de lo visto por el memorialista. Es una anticipación de la delicia que en el otro mundo gozaremos, cuando nos sean revelados los secretos de cuanto acaeció en torno nuestro, y que nos hará exclamar una vez y otra: ¡Hombre, qué curioso! ¿De modo que «aquello» era, en realidad, «esto»?

Madame de La Tour du Pin, siguiendo la moda anglómana del tiempo, encarga de sus caballos a un palafrenero inglés. Este hombre no consigue aprender la lengua francesa, e incomunicante con el contorno, vive ensimismado, atento sólo a su menester. Cuando la Revolución comienza y ve a las gentes ir y venir enloquecidas, juntarse y separarse, gritar y estremecerse, el pobre hombre cae en estupefacción. No entiende nada de lo que acontece, y cada cinco minutos se acerca a su señora y, quitándose la gorra, pregunta: Please, milady, what are they all about? Señora, perdón, ¿qué les pasa a todos éstos?

History recomposes the past in great synthetic pictures, cuts out the figure of great events, of adverts, of catastrophes. It has, in sum, its own perspective. The memoirist always runs the risk of letting himself be absorbed by that historical perspective. Then his work loses grace and authenticity because it lacks evidence. History is not memory, but an intellectual reconstruction of the past. By virtue of being an intellectual reconstruction, it adopts an unreal point of view. The historian attends the whole life of a people or of a man. This means that, strictly speaking, he attends nothing. All the parts of the reality, of which he makes us the history, are in the foreground and at equal distance from him, as if looked at by the ubiquitous pupil of a god. On the other hand, memory always imposes upon the real a private perspective, moulds the landscape, distributing it into foreground and background terms; above all, it traces the orbit of a round horizon, beyond which we see nothing.

Every literary genre possesses a minimal decalogue, which it is obligatory to fulfil if one wants to succeed. The idea that genres do not exist, and, therefore, aesthetic decalogues, was only the aspect that the general subversion of the nineteenth century took in literature. It certainly was not lacking justification. In poetics as in politics, the prevailing decalogues were superficial and unjust. At least, insufficient. Essential and serious things went in them mixed with trivialities. Moreover, the rules of the poetic ancien régime sported a petulant air of norms (one often spoke of the ‘models’, as if art did not consist, above all, in avoiding the ‘models’. The model is the reef of literary navigation. When one runs into it, writer overboard). It is not a question of norms, but of conditions.

Thus it is a condition of the genre ‘Memoirs’ that the author remain faithful to his point of view, precisely for being ‘capricious’; that is to say, subjective and individual. The charm of the Memoirs lies precisely in our seeing history once again undone, in its pure material of minute life, not supplanted by mental construction. In a certain sense, the Memoirs have to be the reverse of the historical tapestry, with the difference that in them the reverse also presents a design, although different from the one that goes on the front. History is public life, and to this one arrives by pounding innumerable private lives. In the Memoirs we see the historical nebula decompose into the infinite and iridescent asterisks of private lives.

The marquise of La Tour du Pin is wont to preserve her private landscape before her eyes, and seeks to cover with it the abstract picture of history.

Here, for example, is how she describes the meeting of the Legislative Assembly:

‘The spectacle was magnificent… The king wore the costume of the cordons bleus, and so did all the princes, with the sole difference that his was more richly adorned than the others and more laden with diamonds. The poor prince entirely lacked dignity in his bearing. He did not carry himself well, he walked with a turkey’s gait. His movements were brusque and graceless, and his eyes, atrociously short-sighted —in those days it was not the fashion to wear spectacles— made him blink continually. His speech, very brief, was delivered in a rather resolute tone. The queen made herself noticed by her great dignity; but one could discern in the movement, almost convulsive, of the fan that she was greatly moved. She often directed glances toward the side of the hall where the Third Estate sat, and seemed to seek a particular face among that portion of men, where she already had so many enemies.’ It was that shortly before ‘Mirabeau had entered the hall alone and had gone to place himself toward the centre of the rows of backless benches, situated one behind another. A very vague murmur —a “whisper” —, but general, made itself heard. The deputies who were already seated before him advanced a row, those behind drew back, those at the side moved away, and he remained alone in the midst of a very marked void. A smile of contempt crossed his countenance, and he sat down. The queen had probably been informed of this incident, which was to have upon her destiny a greater influence than she then suspected, and it was what motivated the curious glances she directed toward the part of the Third Estate.’

Do we not give thanks that in place of that enormous historical object called ‘the Estates General’, there is offered to us a convulsed fan in a royal hand, an anxious look wandering through the hall and the enormous body of Mirabeau which, shipwrecked in a void of rancour, leaves floating above its immersion the terrible smile? This is the charm of the Memoirs. The solemn historical symphony we know sounds in the background and gives meaning, drama and relief to the minute counterpoint of what the memoirist saw. It is an anticipation of the delight we shall enjoy in the other world, when the secrets of all that happened around us are revealed to us, and that will make us exclaim again and again: Man, how curious! In what way ‘that’ was, in reality, ‘this’?

Madame de La Tour du Pin, following the Anglomaniac fashion of the time, entrusts her horses to an English groom. This man does not manage to learn the French language, and cut off from his surroundings, lives wrapped in himself, attentive only to his task. When the Revolution begins and he sees the people going and coming maddened, gathering and separating, shouting and shuddering, the poor man falls into stupefaction. He understands nothing of what happens, and every five minutes he approaches his lady and, taking off his cap, asks: Please, milady, what are they all about? Lady, forgive me, what is the matter with all these people?

La storia ricompone il passato in grandi quadri sintetici, ritaglia la figura dei grandi avvenimenti, degli advenimenti, delle catastrofi. Ha, in somma, la sua propria prospettiva. Il memorialista corre sempre il rischio di lasciarsi assorbire da quella prospettiva storica. Allora la sua opera perde grazia e autenticità perché le manca evidenza. La storia non è ricordo, ma una ricostruzione intellettuale del passato. In quanto ricostruzione intellettuale, adotta un punto di vista irreale. Lo storico assiste alla vita tutta di un popolo o di un uomo. Questo vuol dire che, in rigor di termini, non assiste a nulla. Tutte le parti della realtà, di cui ci fa la storia, sono in primo piano e a uguale distanza da lui, come guardate dalla pupilla ubicua di un dio. Invece, il ricordo impone sempre alla realtà una prospettiva privata, modella il paesaggio, distribuendolo in primi e ultimi termini; soprattutto, traccia l’orbita di un orizzonte rotondo, al di là del quale non vediamo nulla.

Ogni genere letterario possiede un decalogo minimo, che è forzoso adempiere se si vuole azzeccare. L’idea che non esistano generi, e, perciò, decaloghi estetici, fu soltanto l’aspetto che prese in letteratura la generale sovversione del secolo XIX. Non le mancò, certamente, giustificazione. In poetica come in politica, i decaloghi vigenti erano superficiali e ingiusti. Per lo meno, insufficienti. Cose essenziali e serie andavano in essi mescolate con trivialità. Inoltre, le regole dell’ancien régime poetico ostentavano un’aria petulante di norme (si parlava spesso dei «modelli», come se l’arte non consistesse, prima di tutto, nell’evitare i «modelli». Il modello è lo scoglio della navigazione letteraria. Quando ci si dà dentro, scrittore a mare). Non si tratta di norme, ma di condizioni.

Così è condizione del genere «Memorie» che l’autore si mantenga fedele al suo punto di vista, precisamente per essere «capriccioso»; cioè, soggettivo e individuale. L’incanto delle Memorie radica precisamente nel fatto che vediamo la storia un’altra volta disfatta, nel suo puro materiale di vita minuta, non soppiantata dalla costruzione mentale. In un certo senso, hanno le Memorie da essere il rovescio dell’arazzo storico, con la differenza che in esse il rovescio presenta anche un disegno, sebbene diverso da quello che va sul diritto. La storia è vita pubblica, e a questa si arriva macinando innumerevoli vite private. Nelle Memorie vediamo scomporsi la nebulosa storica negli infiniti e iridati asterischi delle vite private.

La marchesa di La Tour du Pin suole conservare il suo paesaggio privato davanti agli occhi, e procura di coprire con esso l’astratto quadro della storia.

Ecco, per esempio, come descrive la riunione dell’Assemblea legislativa:

«Lo spettacolo era magnifico… Portava il re il costume dei cordons bleus, e lo stesso tutti i principi, con l’unica differenza che il suo era più riccamente adorno degli altri e più carico di diamanti. Il povero principe mancava completamente di dignità nel suo portamento. Non si manteneva bene, camminava con andatura di tacchino. I suoi movimenti erano bruschi e senza grazia, e i suoi occhi, atrocemente miopi —allora non era uso portare occhialini—, lo facevano ammiccare di continuo. Il suo discorso, molto breve, fu pronunciato con tono abbastanza risoluto. La regina si faceva notare per la sua grande dignità; ma si avvertiva nel movimento, quasi convulsivo, del ventaglio che era molto emozionata. Dirigeva spesso sguardi verso il lato della sala dove sedeva il Terzo Stato, e sembrava cercare un volto determinato in mezzo a quella porzione di uomini, dove aveva già tanti nemici». Era che poco prima «Mirabeau era entrato solo nella sala ed era andato a collocarsi verso il centro delle file di panche senza schienali, situate l’una dopo l’altra. Un mormorio molto vago —un “sussurro”—, ma generale, si fece udire. I deputati che già sedevano davanti a lui avanzarono di una fila, quelli di dietro indietreggiarono, quelli di lato si scostarono, e restò solo in mezzo a un vuoto molto marcato. Attraversò il suo sembiante un sorriso di disprezzo, e si sedette. La regina era stata informata probabilmente di questo incidente, che doveva avere sul suo destino maggiore influenza di quanto allora sospettasse, ed era ciò che motivava gli sguardi curiosi da lei diretti alla parte del Terzo Stato».

Non ringraziamo noi che in luogo di quell’enorme oggetto storico chiamato «gli Stati generali», ci si offra un ventaglio convulso in mano reale, uno sguardo ansioso pellegrinante per la sala e l’enorme corpo di Mirabeau che, naufrago in un vuoto di rancore, lascia fluttuare sopra la sua immersione il terribile sorriso? Questo è l’incanto delle Memorie. La solenne sinfonia storica che conosciamo suona in fondo e dà senso, drammatismo e risalto al minuto contrappunto del veduto dal memorialista. È un’anticipazione della delizia che nell’altro mondo godremo, quando ci saranno rivelati i segreti di quanto accadde intorno a noi, e che ci farà esclamare una volta e l’altra: Che curioso! In che modo «quello» era, in realtà, «questo»?

Madame de La Tour du Pin, seguendo la moda anglomane del tempo, affida i suoi cavalli a un palafreniere inglese. Quest’uomo non riesce a imparare la lingua francese, e incomunicante col contorno, vive assorto, attento soltanto al suo mestiere. Quando la Rivoluzione comincia e vede le genti andare e venire impazzite, unirsi e separarsi, gridare e trasalire, il pover’uomo cade in stupefazione. Non capisce nulla di quanto accade, e ogni cinque minuti si avvicina alla sua signora e, togliendosi il berretto, chiede: Please, milady, what are they all about? Signora, perdono, che cosa succede a tutti costoro?