Abstract

An article defending Spanish socialism against critics who fault it for shunning intellectuals. In Germany and England socialism grew in books and university chairs; in Spain it is the workers’ work alone, because there is no cultured minority.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Algunos periódicos han saludado la clausura del Congreso socialista con críticas acerbas. Y lo más instructivo del caso se hallará advirtiendo que esos periódicos son los que suelen defender las opiniones más avanzadas: El Liberal, El País, El Mundo. Dos grandes errores señalan en la acción del partido obrero: uno, su aislamiento de los partidos burgueses; otro, su fosquedad y hurañía frente a los elementos que a sí mismos se llaman intelectuales.

Creo que esta crítica nace de una mala inteligencia por parte de los tres estimables diarios, y de un poco de injusticia: han querido juzgar al socialismo español desde un punto de vista parlamentario y de política vieja y han acabado —¿qué otra cosa significan esos supuestos errores?— por acusar al socialismo de ser socialista.

Las cosas de España son irreductibles a toda comparación con las de Europa: es menester echar mano de un escantillón muy distinto si se quiere medir con justeza nuestros negocios. El partido obrero español, su historia y sus problemas, no son excepción, antes bien ofrecen el ejemplo más claro de ese defecto específico nuestro que en otras ocasiones he tratado de comprobar: la falta de una minoría cultural.

En Alemania y en Inglaterra comenzó el socialismo a crecer, como una planta política de nueva especie, en los libros científicos y en las cátedras universitarias. Era una idea para el pueblo, pero antes que penetrara hasta él había impregnado buena parte de las capas sociales superiores: cuando se forma en ambos países el primer núcleo de obreros socialistas eran ya socialistas casi todos los ciudadanos cultos o —digamos la palabra ambigua— casi todos los intelectuales. Éstos fueron los que iniciaron en la buena nueva al pueblo y los que sirvieron a la creciente aglutinación de cemento espiritual indestructible. Cuando comenzaron a marchitarse las intenciones, a embotarse los programas y a disminuir las energías de los partidos liberales clásicos —progresistas y republicanos— había madurado el socialismo en la conciencia nacional: su credo se apoyaba y se apoya todavía en la idea de clase trabajadora, pero el partido estaba compuesto por individuos de todas las clases sociales.

En España ha acontecido lo contrario: el socialismo ha prendido en las mentes de los obreros antes que en la de ningún profesor de Economía y aún no se ha dado el caso de que se declare socialista —no ya de que ingrese en el partido— algún político, pensador o literato de fuste. El socialismo que hay hoy en España es, pues, obra exclusiva, intelectual y materialmente, de los obreros, y el caso heteróclito del gran Jaime Vera confirma la regla. Proletaria es la organización y son proletarias así mismo las ideas.

¿Qué pueden exigir los periódicos citados más arriba al partido obrero español? ¿Piden a Pablo Iglesias la filosofía de Lasalle? ¿Quieren que el modesto cajista escriba como aquél un tratado sobre Heráclito de Efeso o que el compañero Largo Caballero formule, a modo de Bernstein, la revisión de la economía marxista o que el cantero de Galicia que habló el viernes pasado, presente, siguiendo las huellas de Jaurès, una Memoria De primis lineamentis socialismi germanici apud Lutherum, Kant et Fichte? Todo esto me parece poco piadoso. No creo que haya derecho a acusar de ininteligencia a un grupo de obreros en tierra como la nuestra, donde hasta en los claustros de las universidades se encuentran analfabetos.

Deben buscar a los «intelectuales», suele decirse. Declaro no entender esto. Los socialistas, a mi manera de ver, no tienen que buscar más que a los socialistas. ¿Hay en España intelectuales que se confiesen socialistas? Yo no los conozco: el partido obrero tampoco los conoce.

¿Hay, por ventura, entre nosotros gentes que merezcan plenamente el nombre de intelectuales y sean lo bastante numerosas para constituir un grupo definido de españoles? Hay poetas y periodistas cuya ocupación, no por ser la de escribir, deja de ser manual; hay políticos que dicen cosas en el Congreso, y hay pensadores que usan de las ideas como de las botas. ¿Y puede nadie creer seriamente que el partido obrero saliera ganando algo con tener entre sus filas a estos «intelectuales»? Más bien habrá de juzgarse, andando el tiempo, como un profundo acierto instintivo esta continencia que ponen los socialistas españoles a su proselitismo. He asistido a algunas sesiones del Congreso que ahora termina, y no he hallado en el recinto ningún «intelectual» atraído a aquel sitio por un impulso de curiosidad. Nuestros intelectuales no son curiosos por lo visto, y, por consiguiente, no son intelectuales. Sin embargo, habrían podido aprender allí, bien que no ideas, algunas virtudes de mesura, de fervor y de idealismo.

En cuanto al retraimiento de coligaciones con partidos burgueses, sí que parece la resolución del Congreso portentosamente discreta. La labor del partido obrero tiene que reducirse hoy a la propaganda firme, pero lentísima, entre los proletarios; toda otra acción no tiene sentido. A lo sumo podrán los socialistas insertar un levísimo esfuerzo en la administración municipal y en los proyectos del Instituto de Reformas Sociales; pero esto, más que la esperanza de lograr nada positivo, significa sólo un instrumento de propaganda. Si —como apunta El Liberal— los clericales hacen una propaganda más rápida y fructífera, no es ciertamente el partido obrero quien tiene la culpa de que los jesuitas y los obispos manejen rentas opimas. Sólo faltaba hacer a los socialistas responsables de toda la historia de España.

Nada tienen que aprender de los partidos burgueses: ninguna virtud, ningún ideal, ninguna esperanza. Por otro lado sería para ellos un error supino y fatal caer en la tentación de intervenir en el Congreso. Llegará un día en que serán un partido político y entonces irrumpirán poderosamente en el hemiciclo: hoy son sólo una sociedad semi-secreta de educación e interna disciplina. Comprendería que el señor Álvarez o el señor Canalejas fueran a buscar a los socialistas: ellos son los guardadores del Santo Grial de la política futura, como lo prueba el enojo que a los partidos radicales producen sus desdenes. Lo que me parecería absurdo fuera que los socialistas mendigaran el equívoco auxilio de aquellos tribunos.

Pues qué, ¿no sabemos ya oficialmente que «en España todo se puede ganar con las elecciones»; todo, lo bueno y lo malo, lo discreto y lo indiscreto? ¿No sabemos que España entera es una aldea carcomida de lepra política, habitada por espectros de cuerpos cuyas almas están ausentes y sobre cuya vida cadavérica deja caer el hijo del alcalde regocijadas teorías de un maquiavelismo doméstico o escolar? No, no; mantenga su recato el partido socialista, y tras él, su fecundidad y su ideal: no se ocupe mayormente de las próximas elecciones, y siga ardiendo en humilde, con unción franciscana, preparando las elecciones de 1913. Sus electores serán los que en 1898 tenían de diez a quince años.

El Imparcial, 2 de septiembre de 1908