Abstract
A dispatch from Berlin on Alfonso XIII’s visit, taking in Potsdam, Frederick the Great and a waxwork Voltaire. Its closing thesis is pedagogical, not philosophical: from Germany Spain must learn the method, that is, public instruction.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Berlín 9
El rey se ha ido a Potsdam esta tarde. Dos días permanecerá en el Versalles de Federico el Grande y también el filósofo. ¿Qué sentirá el ánimo religioso de nuestro monarca al entrar en Saint-Souci? Cualquier cosa de sustancia podía darse por asomar un instante a ese ánimo nuevo cuando caiga sobre él como la sombra de un monte el recuerdo del viejo Fritz. Los pasos fervorosos a lo largo de las salas despertarán de los rincones donde aún viven los ratones del escepticismo, y al trepidar las arañas de cristal, saldrán de ellas revolando las palabras filosóficas. ¡Oh, divino Saint-Souci, lugar de peregrinación para los hombres de alma libre!
Hay en el Panóptico de Castan, situado en la Friedrichstrasse, unas figuras de cera; sobre el dintel está la de don Alfonso en traje de general de infantería española. En el umbral hay otras que representan a Federico el Grande y a Francisco Arouet, dicho Voltaire; ambas son afortunadísimas. El primero con su nariz impertinente, cargada de rapé, y sus grandes, tranquilos ojos bovinos, dice un chiste materialista, y el segundo ríe y ríe en postura galantísima. Y nos parece escuchar la risilla corrosiva que trasciende de aquellas mejillas demacradas, de aquellos ojuelos vivaces y sensuales, de todo aquel fino perfil de vulpeja. Voltaire en la figura está representado como un anciano; pero sus pies están de tal modo y con tal gracia colocados, que no se sabe si camina o si danza. Parodiando lo que del pájaro dice Michelet, afirmaba no sé quién que hasta cuando el hombre del siglo XVIII anda, se conoce que ha tenido maestro de baile.
El rey Alfonso duerme hoy en Potsdam.
Hagamos resumen de las impresiones de estos días. Los periódicos franceses muestran empeño en afirmar que Berlín ha recibido a don Alfonso sin gran alborozo, y esto es falso. Quienes han presenciado otros recibimientos de soberanos afirman que nunca ha habido tanta multitud en las calles ni tanto regocijo. La raza prusiana es muy sobria en las expresiones de entusiasmo y nada amiga de enardecerse por lo extraño; acaso lleve más de dos siglos sin admirar cosa que de fuera venga, y acaso también sea esto, o el síntoma, o la causa de su actual solidez.
Notada pues esta disposición del pueblo prusiano, preciso es declarar que ha recibido a nuestro monarca con grandísimo afecto. Los hurras han resonado siempre tras él, y berlineses, con quienes he hablado, me aseguran que el pueblo ha sentido desde el primer momento hondísima simpatía por este rey niño de un pueblo tan viejo.
Las atenciones del káiser para con don Alfonso han sido constantemente, más que un deber de cortesía y de hospitalidad, muestra de verdadero y personal cariño hacia el monarca español. Guillermo II es un maestro de gobernar; sin haber ganado una batalla en campaña alguna, ha logrado afianzar la Constitución imperial, y como dice el publicista Nauman en su Política actual, hoy hay más amigos del Imperio en Alemania que al día siguiente de la proclamación de Versalles.
Por otra parte, el viaje de don Alfonso a esta nación debe ser motivo de comentarios muy otros que los que ordinariamente motiva un viaje regio al extranjero. Alemania no puede representar para nosotros una dirección política; de otras partes somos requeridos. Pero en cambio Alemania es precisamente la nación cuya influencia en la dirección moral e intelectual nuestra habrá de sernos más fecunda. Los ingleses son ingleses; los franceses son, como decía Cánovas, «españoles con dinero»; los alemanes no son alemanes, se han hecho alemanes en cincuenta años. He aquí lo que nosotros tenemos que aprender en Alemania y sólo aprenderemos en ella: el modo de hacernos españoles en poco tiempo, el gran secreto alemán, el método. La instrucción pública es el resorte de ese secreto.
En nuestra edad clásica poseíamos una organización de enseñanza que, salvando la perspectiva de los siglos, corresponde muy exactamente al sistema actual alemán. No voy a discutir ni de lejos el asunto: falta espacio en estos párrafos para ello; mas es hora de notar que el pensamiento de los gobernantes nuestros, si ha de comenzar a construir sólidamente, tiene que preocuparse ante todo de la escuela y de la Universidad alemanas. Y no para copiarlas, que éste sería el más grave error, sino para colocarse ante el problema de la cultura española del mismo modo que se colocaron ante el alemán los legisladores germánicos. Estúdiese bien a éstos, auméntese el número de profesores y estudiantes pensionados, téngase un momento de decisión para dar de lado las viejas ideas pedagógicas, que hoy somos los únicos en el mundo en conservar.
Cuando don Alfonso vuelva a España y los recuerdos de su viaje rapidísimo váyanse extinguiendo, quedará en su memoria la imagen de dos edificios severos, cuyas puertas guardan dos recios soldados. En el frontis de uno de los edificios se lee: Universitas litterarum, y en el del otro: Escuela de Comercio. Ahora adviértanse dos cosas: primera, que el soldado está a la puerta, pero nada más que a la puerta. Segunda, que la Universidad es tan poderosa construcción como la Escuela de Comercio. En fin, Alemania es hoy la primera nación en el movimiento económico, pero sus hijos estudian en los gimnasios seis años de latín.
Hasta que no sea llegado el claro día de primavera en que los publicistas y los oradores de café, los señores diputados y los arbitristas de afición se convenzan de que la cultura es algo que hay que tomar totalmente, y que es imposible y estéril fraccionado, nada se habrá hecho firme en la cien veces comenzada peregrinación regeneradora. Hoy está de moda en España una informe y vaga cosa llamada «practicismo», que consiste en declarar panacea única la enseñanza técnica e industrial, y en protestar de dos míseros cursos de latín que se estudian o, mejor dicho, que no se estudia en los Institutos.
El emperador Guillermo II se hace hoy explicar el último invento mecánico, pero mañana hace llamar a un profesor orientalista para que le ponga al corriente de las últimas excavaciones realizadas en tierra de Mesopotamia por la Sociedad Asiriológica de Berlín.
La civilización, la cultura, es una e indivisible, y aquel país inventará y poseerá mejores máquinas donde mejor se comenten las Analíticas de Aristóteles.
Firmado O., El Imparcial, 13 de noviembre de 1905